La biblioteca de Alejandría en un pendrive, por Iñaki Carrasco

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Recuerdo cuando a finales de los años noventa participé en un concurso sobre conocimiento literario. Consistía en averiguar el nombre de una infinidad de autores y pensadores del siglo XX a partir de descripciones de sus obras. No lo gané, pero no me importó. El solo hecho de pasar tardes enteras en la biblioteca tratando de indagar si aquella pista se refería a T. W. Adorno o si tal aquel otro indicio apuntaba hacia Amiel fue, para mí, una recompensa bastante satisfactoria.

A día de hoy, plantear un concurso como ese, sería absurdo. No porque exista un mayor conocimiento enciclopédico sobre pensamiento y literatura entre la población, sino porque cualquier buscador de internet nos devolvería las respuestas correctas en apenas milisegundos. Parece contradictorio. ¿Por qué si a día de hoy tenemos toda la literatura universal al alcance de un solo clic no hemos aumentado nuestro conocimiento enciclopédico sobre la misma?

Hace poco hablaba con un amigo que es músico profesional. Recordábamos cuando en nuestra adolescencia teníamos tantísima avidez por conocer otros grupos y otras músicas que devorábamos revistas musicales publicadas en idiomas que desconocíamos y comprábamos por correo discos importados por el simple hecho de que el título nos parecía sugerente. Me decía: “parece mentira, ahora que tenemos toda la música del mundo en internet, siempre escuchamos lo mismo”.

Hay dos mecanismos implantados de serie en nuestros cerebros de primate que nos han permitido llegar hasta lo que somos hoy día como individuos sociales. Por una parte la identificación de lo ya conocido, que nos ha facilitado la integración en un grupo o la reiteración de espacios y soluciones que favorecían la seguridad y la supervivencia. Por otro lado, la simplificación de procesos cognitivos que -en parte vinculada a la anterior- ha hecho que optimicemos el tiempo, el trabajo, la efectividad del esfuerzo y, sobre todo, ha permitido que reservemos espacio en nuestros cerebros solo para lo útil y lo necesario como especie.

A pesar de cómo he titulado este artículo, la Biblioteca de Alejandría no creo que cupiese en un pendrive. Y sin embargo, si contásemos con el tiempo suficiente, tampoco nos haría falta que así fuera. Hay en la red millones de trabajos académicos, documentos, papers científicos, vídeos, conferencias, documentales, podcasts, películas y un sinfín de productos culturales y de comunicación que albergan -casi con toda seguridad- la práctica totalidad del conocimiento humano presente y pasado.

Pero, efectivamente, en la ecuación que introduce todo el conocimiento humano junto con la totalidad de la propia humanidad como especie, hay una variable que devuelve resultado cero: el tiempo. Porque uno puede acumular cientos de volúmenes en su biblioteca, varios terabytes de vídeo en su propio servidor, millones de horas de música o de grabaciones en un disco duro… y sin embargo es prácticamente imposible poder dedicarles a cada uno de ellos el tiempo que merece y necesita para ser atendido.

Por esta razón la investigación se ha convertido en nuestro presente en una de las tareas más valiosas y necesarias, sea cuál sea su campo de acción. La investigación, siempre específica y parcial, supone recibir una contraprestación que permita la subsistencia de quienes emplean el tiempo necesario para profundizar en todos y cada uno de aquellos elementos de trasmisión del conocimiento como sea necesario para poder obtener una conclusión.

Ahora bien, ni todo el conocimiento en extenso se debe a la labor de investigación, ni todas las personas necesitan basar su acervo en el conocimiento académico. Volvemos de nuevo al punto de partida. ¿Por qué si tenemos acceso a toda la información no hemos logrado un salto cualitativo en el conocimiento general de la población? Pues probablemente porque, del  mismo modo que hemos aumentado el acceso a las fuentes de información, así como el número de fuentes, también hemos aumentado el flujo de ambas hasta un volumen prácticamente inasumible.

Miles de personas en miles de lugares producen millones de productos culturales. Millones de personas en millones de lugares producen trillones de artefactos de intercambio cultural. El conocimiento, el interés y los medios de relación cultural han aumentado en progresión geométrica durante los últimos cien años. Ese crecimiento  sostenido se ha visto reforzado por la aparición de las TIC en las dos últimas décadas. Pero la verdadera revolución fue la democratización de la cotidianidad del acceso individual a internet. Esa sí que ha sido la llave a la Biblioteca de Alejandría en cada casa.

Es un cliché, pero no por eso deja de ser cierto: cualquiera en cualquier lugar y con un ordenador,  o incluso con un móvil, puede rodar una película, dar una conferencia, escribir un libro o grabar su propio disco. Y sin embargo solo tenemos dos oídos, dos ojos y el tiempo limitado que nos permite a cada uno las obligaciones de nuestra vida. Lo dijo Umberto Eco, “el mundo está lleno de libros maravillosos que nadie lee”. Vivimos una realidad contemporánea complejísima en la que, además, se nos exige el conocimiento, sobre todo, de aquello que es nuevo y reciente. Hemos creado una máquina que no para de producir pensamiento, un emisor que no deja de lanzar mensajes por un canal cada vez más ancho, cada vez más rápido, y cada vez más terminado en el vacío.

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