Alma Mahler, un caso clínico. Joaquín Leguina

 

Mi poco aprecio por Alma Mahler —que me parece una impostora— se deriva, probablemente, de la lectura de Canetti, quien habla de ella en sus memorias (El juego de ojos) y no la trata nada bien.

En efecto, Elías Canetti fue amigo de Anna, la hija mayor de Alma, y fue ella quien le presentó a su madre. Alma recibió a Canetti en su casa y le enseñó sus «trofeos», entre los que destacaban la última partitura que escribió Mahler en su lecho de muerte, la inacabada Décima sinfonía, y el cuadro de Kokoschka donde Alma aparece representada como Lucrecia Borgia. «Esta soy yo. ¡Qué lástima que como pintor no haya llegado a nada!», dijo Alma despreciando a Kokoschka, cuyos cuadros alcanzan hoy precios astronómicos en las subastas. También como «trofeo» le fue presentada Manon, la hija que tuvo Alma con Gropius, una niña que moriría un año después. «¿Ha visto usted a Gropius? —dijo Alma—. Un hombre alto, hermoso. Justo lo que se llama un ario. El único hombre que racialmente ha hecho juego conmigo. Excepto él, siempre han sido judíos pequeños, como Mahler, los que se han enamorado de mí».

En la época de esta entrevista entre la Gran Viuda y Canetti, Kokoschka había tenido que abandonar Alemania, pues los nuevos amos consideraban que su pintura era «degenerada». Huido a Praga, pintaba en aquellos días un retrato del presidente Masaryk.

«¿Qué es eso de que Kokoschka no ha llegado a nada?», objetó Canetti. «Pues sí, no lo dude —contestó Alma—. Ahora anda por Praga, como un pobre emigrante». No habría de pasar mucho tiempo para que también ella, por estar casada con un judío, Werfel, tuviera que convertirse en «emigrante» (aunque no tan «pobre», como se verá más adelante) y todo a causa del racismo nazi, tan ario.

«Era una mujer bastante alta —informa Canetti—, abundosa en carnes por todos lados, de sonrisa dulzona y unos ojos claros, muy abiertos, de cristal. En todas partes se hablaba de su belleza. Una reputación, la de su belleza, que se había venido transmitiendo durante más de treinta años. Pero allí estaba ella, de pie, e inmediatamente se arrellanó pesadamente. Una persona medio ebria, que parecía mucho más vieja de lo que en realidad era».

Alma fue una especie rara de musa. Una musa dispersa, pues por ella sintieron una especial devoción personas tan variadas en profesiones y gustos como el músico que le dejó el apellido, el arquitecto Gropius, el pintor Kokoschka, el escritor Werfel y un número crecido de amantes más o menos ocasionales.

En mi opinión, Alma dedicó especial atención a su propia persona y muy poca a los demás. En torno a su figura se ha producido una cantidad tan desproporcionada de literatura elogiosa que bien merece una desmitificación. Lo intentaré fijando la atención solo en un momento y en un viaje entre Francia y Estados Unidos, realizado por un extraño quinteto cuando las tropas nazis asolaban Europa en 1940.

Ignoro, porque la literatura a su costa suele ser muy remilgada, cuáles eran las artes eróticas de la señora Mahler, pero durante los días que se narran a continuación, y pese a lo apurado del trance, tuvo tiempo y ganas de seducir al más joven viajero de los que la acompañaban en la huida. En efecto, también Golo Mann entró a formar parte de la colección de Alma pasando por su cama, no sé si con la natural prisa de quien escapa o con la placidez de quien reposa en tan duro camino como el que aquí se va a relatar.

De todos los hijos de Thomas Mann, es Golo quien me resulta más simpático, quizá porque fue siempre el más silencioso y estudioso, y también el menos empadrado de todos ellos. De Golo Mann se publicaron en español sus memorias de juventud (Una juventud alemana, Plaza y Janés, 1989), cuya lectura me atrevo a recomendar a todo aquel que tenga interés por la familia Mann y, sobre todo, por el desgarro social e intelectual que se vivió en el periodo de entreguerras dentro de Alemania. Golo Mann, socialdemócrata en su juventud, fue historiador e hispanista, todo ello muy a su manera, pero, sobre todo, fue un hombre solitario y generoso.

La tormenta de la Segunda Guerra, como es habitual en tales tragedias, produjo cruces de vidas y caminos, y uno de esos cruces es el que se va a contar aquí.

Fue cerca de la frontera franco-española donde coincidieron los espectros de tres figuras, las tres «M», cuyas andaduras no se habían entrecruzado antes: Mahler, Mann y Machado. Golo Mann, que mucho después escribiría un hermoso ensayo sobre Antonio Machado, estuvo allí y la historia no deja de tener su lado paradójico y hasta cómico.

La relación entre las tres «M» comienza con la muerte del poeta sevillano cerca de la frontera francesa, en el final de la guerra civil española. Pocos meses después, el ejército del Reich, a la velocidad del rayo, invadió el territorio francés, y los antinazis alemanes, exiliados en Francia, intentaron salir de allí como pudieron. Algunos quedaron en el camino. Por ejemplo, el 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamin se quitaba la vida en Portbou. Había dejado escrito: «Sobre un muerto no tiene potestad nadie».

Al inicio de ese mes de septiembre y vagando entre Lourdes y Marsella va una maleta con algunas partituras originales de Gustav Mahler. Una maleta arrastrada, perdida y reencontrada por Alma Schindler, quien, como sabemos, era conocida por el apellido de su primer marido, Mahler. Alma, ya entrada en años y en carnes, se había casado en su tercer matrimonio con el escritor judío Franz Werfel, junto a quien intentaba huir hacia España.

«El último día de nuestra estancia en Lourdes —escribió más tarde Alma—, Franz Werfel desapareció durante bastante tiempo. Estuvo en la gruta de las apariciones. Me lo dijo él mismo: “He prometido a la Virgen escribir un libro sobre santa Bernadette si llegamos sanos y salvos a América”».

En Marsella, intentando conseguir un visado en el consulado norteamericano, Alma y Franz van a formar un quinteto con Heinrich Mann, el barbudo hermano de Thomas, de casi setenta años, a quien la invasión ha sorprendido en Niza escribiendo una novela sobre el rey Enrique IV de Francia, su nueva esposa, Nelly Kröger, una joven algo alocada, y su sobrino Golo Mann.

El viernes 13 de septiembre, conseguidos los papeles norteamericanos, el quinteto se prepara para salir de Cerbère hacia la frontera española, pero surgen dos problemas. Por ser el 13 un día marcado, la supersticiosa Nelly se niega a viajar. Solo unas bofetadas de su irritado esposo hacen entrar en razón a la joven. El segundo impedimento lo constituyen las maletas de Alma. Golo Mann, porteador casi obligado del equipaje, protesta educadamente. Su tío le apoya airado. «Y menos mal que no te has traído los pianos de Mahler y maquetas de Gropius y diez o doce cuadros de Kokoschka», le reprocha.

Alma se considera vejada por las frases de Heinrich y se refugia una vez más en el Benedictine (los anisetes siempre la acompañaron), lo que retrasa algunas horas la salida.

Con la maleta de Mahler a cuestas y no sin dificultades, el quinteto pasa a España. Barcelona y luego Madrid. Desde Madrid viajan en avión a Lisboa. Finalmente, un vapor griego, el Nea Hellas, les llevó a Nueva York. Ya en California, Heinrich Mann –que había escrito El ángel azul antes de la guerra– comenzó a trabajar para la Warner Bros a ciento veinticinco dólares por semana, hasta que se hartó de aquella vida de oficinista. Poco tiempo después, Nelly se suicidó.

La vida de Heinrich Mann en Estados Unidos fue amarga, siempre a la sombra de su hermano. Al final, apenas escribía. Heinrich murió de un derrame cerebral en su casa de Santa Mónica el 12 de marzo de 1950 y sus últimas líneas —que no llegaron a publicarse— componían un artículo necrológico en recuerdo de su sobrino, el hermano de Golo, Klaus Mann, quien se había suicidado, tras varios intentos fallidos, el 21 de mayo de 1949 en un hotelucho de Cannes, frente al Mediterráneo.

La última novela de Klaus, El aliento, que publicó en Ámsterdam meses antes de su muerte, concluía así: «La luminosidad del jardín se había apagado. El mundo dormía paralizado, como en las noches en que estallaban sus catástrofes, aunque ahora estemos cansados y depongamos ya la palabra».

Golo Mann volvió a Alemania en 1945 vistiendo el uniforme del ejército americano. Fue la desolación ante su patria destruida lo que le hizo retornar a California, donde fue profesor de Historia en el Claremont Men’s College. En 1957 fue nombrado catedrático de Ciencia Política, primero en Münster, luego en Stuttgart. Más tarde se instaló en Kilchberg, al lado de Zürich, donde murió hace ya algunos años.

Werfel cumplió su promesa y escribió de un tirón La canción de Bernadette. De la primera edición se vendieron trescientos mil ejemplares. La Twentieth Century Fox compró los derechos, y la virginal Jennifer Jones —a la sazón esposa del actor Robert Walker y amante de David O. Selznick, el productor de la Fox— interpretó el papel de la espiritual campesina con toda la convicción que fue capaz de reunir. Ganó un Oscar.

En agosto de 1945 Werfel murió de un ataque cardiaco. A su entierro acudió todo Hollywood, pero Alma no estuvo presente. «Jamás voy a esos actos», dijo. Pero sí ordenó lo que había de introducirse en el ataúd, cumpliendo, según ella, el deseo de su esposo. A Werfel —bajo las órdenes de Alma— se le vistió de esmoquin, y al lado de su cuerpo se depositaron varios pañuelos y una camisa de seda como improbable muda. Bruno Walter tocaba el órgano mientras todos esperaban el discurso fúnebre del franciscano Georg Moenius, pero este no pudo pronunciarlo, pues Alma había querido revisar el texto de arriba abajo y sus anotaciones no llegaron a tiempo.

Alma vivió buena parte de su vida a costa de algún hombre que, además, la admirara. Aunque esta vez, la definitiva, más bien se tratara de un milagro. Un milagro de la Virgen de Lourdes, pues aun sin estar catalogado ¿qué otra explicación puede tener el que un poeta judío, checo y probablemente ateo, consiga un éxito millonario escribiendo la lírica historia de una campesina a quien se le aparece la Virgen?

Se asegura que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, pero habrá de reconocerse que en el extraordinario caso de Alma Mahler la escritura divina resulta difícilmente inteligible.

Joaquín Leguina



 

Comentario de Cecilio de Oriol

 

Cecilio de Oriol

(Fragmento del libro El alma de las mujeres)

El relato de como la joven Alma persiguió al compositor y director famoso es definitivamente seductor. Alma quería conseguir al músico sin por ello renunciar a su extensa colección de trofeos amatorios. Lo quería para ella, ingresando así en la fascinante nómina de las salomés históricas. Con dieciocho añitos escribe en sus diarios —que ocultó celosamente durante toda su vida—: “Es mi ídolo, lo admiro, lo respeto, no se deja dominar por el público, sino que es él quien impone la norma: tengo que conocerlo”. Dejaba dramáticamente claro el anhelo fundamental de toda Salomé que se precie: no vale cualquier cabeza, sino la cabeza de quien no se deja seducir por nadie, de quien no se doblega, de quien no es dominable. Por eso las salomés reales no piden el despojo cadavérico sino la cabeza viva —y acompañada del cuerpo, aunque éste no les interese demasiado—. Exigen, eso sí, que esa cabeza esté solo al alcance de ellas y de nadie más.

Alma se dedicó con todo su ahínco a perseguir al músico, —componiendo así otro de los rasgos habituales de las salomés—, sin desmayar cuando la persecución no daba frutos inmediatos. Ante una emboscada, perfectamente planeada y fallida en su final, escribe: “¡No sabes lo que te estás perdiendo, estúpido Mahler, orgulloso asno! Si me conocieras, ¡cambiaría tanto tu vida! Y la mía…”.

Persiste, pero no deja por ello lo que podríamos llamar “piezas menores” o “piezas circunstanciales”. Es una cazadora que dispara a cualquier presa que se cruza en su camino. Pero no nos engañemos. En realidad, nunca dispara indiscriminadamente. Sabe dosificar bien sus cartuchos y, aunque su meta es cazar al león, no desprecia felinos menores y algún que otro cocodrilo. Y no deja de estar ojo avizor, que es otro de los rasgos de una buena depredadora. Cuando al final aparece la posibilidad de conocer por fin a Mahler, anota en su diario: “Hay que aprovechar las oportunidades cuando se presentan”.

El 4 de noviembre de 1901 se hace invitar a la casa de una de las personas que el músico trata con familiaridad y respeta. Allí se lanza sobre su objetivo. Tres meses más tarde se casa y la que podría haber sido conocida como Alma Schlinder, o quizá como Alma Klimt, Alma Burckhard, Alma von Zemlinsky u otras muchas Almas de apellidos que no llegaron de forma nítida hasta nosotros, pasa a ser para la historia Alma Mahler, aunque después fuese, y sin tardar mucho, Alma Gropius —antes de hecho que de derecho—, Alma Kammerer, Alma Kokoschka, Alma Berg y finalmente, que se sepa, Alma Werfel. Y aún hubo tiempo y ganas para adornar con un nuevo y original trofeo su pabellón de caza. Qué menos que culminar el curriculum con un sacerdote prometedor como Johannes Hollnsteiner, apreciado, y mucho, por el mismísimo arzobispo-cardenal de Viena.

Volvamos atrás. Mahler cae, y cae bien a gusto, por lo que parece. El compromiso esponsal se redacta de forma cruda y pone a la joven esposa bajo la aparente férula de un amo tajante y posesivo. Pero la pantera negra es suave en sus movimientos y silenciosa en sus aproximaciones. Mahler parece, a los ojos de un observador ignorante, el paradigma del hombre que, seguro de sí mismo, no se percata de que no está seguro de nada. Se siente protegido por su música y por su fama. Se siente el dios que crea belleza y que por ello tiene derecho a estar a salvo. Es un Zeus ignorante de que su rayo es solo atrezzo y que en la soledad del dormitorio, en calzoncillos y sin batuta, compondrá siempre una imagen más penosa que la de su mujer, aunque ésta se deje las medias.

Mahler es Mahler vestido de frac, con la corbata blanca, empinado en el estrado y apoyado en el atril, frente a una orquesta que le mira solo a él y que de él depende. Los grandes amantes del poder siempre han ejemplificado en la orquesta el pueblo deseable y deseado para dirigir y mandar. Mahler es Mahler en el escenario y en los salones, pero va a aprender pronto que no es Mahler frente a esa esposa jovencita y voluntariosa, inteligente y sensible, que se pliega a su ridícula exigencia de “sometimiento al genio”, que aparece como una colaboradora eficaz y domesticada, que es una promesa de subordinación eterna. Le dice —según ella—: “Tienes que entregarte a mí sin condiciones, la configuración de tu vida futura en todos sus detalles ha de depender íntegramente de mis necesidades”.

Pero ella espera, pantera negra de ojos luminosos y piel de terciopelo. Espera, probablemente de manera sincera y honesta, que el genio sea siempre el genio. Hasta cuando come, hasta cuando duerme, hasta cuando hurga en su nariz o afeita su cara. Y lo dice: “Él es el único hombre que puede dar sentido a mi vida, porque supera a todos los que he conocido hasta ahora”. Temeraria esperanza en la que naufragan todas las salomés honestas que en el mundo han sido.

Vuelvo a oír el adagietto una y otra vez. La indicación de Mahler en la partitura es expresa y expresiva: “muy lento” —Sehr langsam—. En alemán suena incluso más imperativo y al tiempo más entrañable. Es una especie de ruego que se hace perentorio en una llamada a la sensatez del que lo ejecuta. Advierte que aquí no caben precipitaciones, pero al tiempo suplica que no se altere lo que el compositor pidió con la impronta de lo que es imprescindible para que la belleza resplandezca. En esto sí se ve el genio y también la perspicacia de Alma al buscarlo y encontrarlo. Pero el problema es, ya lo he dicho, que el genio no es genio de manera permanente y entre la túnica de oro siempre aparecen, más o menos presentes, más o menos controlados, los destellos humanos de la carne y las miserias, no menos humanas, de la vida.

Y Alma tropieza con ellas tras la muerte de la hija. Depresión, balneario, lejanía y Alma obsequia a su flamante marido con una testuz de ciervo de siete puntas. Un joven Walter Gropius entra en escena, inaugurando la segunda serie de trofeos de Alma. Salomé puede ser adúltera, pero nunca con el cochero; y, si lo fuese también con él, la experiencia quedará sepultada para siempre en las cavernas de lo no dicho, de lo omitido. Alma tiene en su vida una piedra miliar que la separa en dos etapas distintas, digan lo que quieran sus biógrafos. Mahler fue para ella la esperanza de culminar una búsqueda y un tanteo. Los otros, incluido un mítico primer beso de Klimt, habían sido tan solo ensayos —sin vestuario, en este caso— de lo que para ella habría de ser la epifanía definitiva. Cuando se constata el fallo, hay una primera salida, Gropius, que ejemplifica bien el inicio, indeseado e indeseable, de la nueva búsqueda que ya no terminará. La muerte de Mahler hace imposible que Salomé recapacite y se dé cuenta de que no hay ningún Zeus, ni probabilidad de que los haya, que permanezca siempre y en todo momento en la majestad, en la seguridad, en la creación, en la roca inmarcesible de lo que es El Hombre mítico. Y por ello no se le da el tiempo que necesita para que Salomé pacte con la cabeza conquistada y admita que la búsqueda de lo perfecto es siempre más frustrante que la realidad de lo tenido.

Triste destino de las salomés reales que vagan, de presa en presa, disminuyendo el nivel de exigencia, insaciables e insaciadas hasta que la implacable acción del tiempo las mata o las convierte en viejas putas, tan llenas de recuerdos como vacías de presencias. Tengamos para ellas un piadoso recuerdo. Siempre serán las víctimas de la peor de las condiciones masculinas: la debilidad de los grandes, la pequeñez de los fuertes.

Alma —¿Mahler? — fue un ejemplo excelso de supervivencia. Algún miope pensará que se salió con la suya, porque a los 53 años —de 1930, que no son los de ahora— aún podía tirarse a un cura católico que no llegaba a la treintena. Puede ser. Pero a mí se me aparecen todas las demás, las que no pusieron su meta en la primera fila de la cultura o del poder, las que no aspiraron a poltrona sino a compartir la banqueta de la admiración local. Las inteligentes calcularon bien la última posibilidad y se aferraron a ella pactando con intimidades más o menos aceptables. Las menos listas —también hay salomés tontas— engrosaron la fauna espectral de los retoques estéticos, de las posiciones enrocadas, de la autosuficiencia mentirosa.

Nadie les dijo que el trofeo en la pared tiene siempre la mirada muerta.

 

 

 

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