Texto citado: Recapitulación, Fernando Savater

Fernando Savater

Artículo publicado en El País el 17-4-2017.

Savater comenta las críticas recientes al ideal democrático, que algunos empiezan a considerar “una idea bonita que ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez”. Apoyándose en resultados democráticos recientes (Brexit, Donald Trump…) y argumentando sobre las limitaciones de unos “votantes que se informan casi exclusivamente por Internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento más que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras…” algunos acaban proponiendo “medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc…”

Frente a los peligros de estas críticas antidemocráticas Savater recuerda que “la democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el gobierno, pero no son sujetos gobernantes y por tanto carecen de verdadera sociedad”.

 



Acotaciones a Fernando Savater, Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

Publicado en El Mundo, 21-4-2017.

Los autores empiezan dejando claro su actitud deliberativa y no hostil:

“Leer a Fernando Savater es algo siempre provechoso y además un placer literario. Su artículo ‘Recapitulación’ publicado hace unos días en el diario El País suscita, como todos los suyos, motivo para la meditación y, permítasenos, para la controversia o, si se prefiere, para formularle algunas acotaciones”. (…)

“En un momento como el actual no está de más oír una voz autorizada que nos alerta acerca de las tergiversaciones que de la democracia perpetran regímenes políticos bien cercanos, caso de la Hungría de Orbán o la Turquía de Erdogan, y no digamos más lejanos, como Venezuela. O podrían perpetrar, si alcanzaran el poder, esos partidos populistas que en España y en nuestras inmediaciones repiten, como si fueran invenciones suyas, consignas que vienen de la crítica -muy gastada- al parlamentarismo formulada por pensadores de los años 20 del pasado siglo y que desembocaron en los totalitarismos comunista y fascista”.

Tras señalar los errores, abusos e incluso delitos en que caen con frecuencia los partidos políticos, “que han instaurado un sistema parecido al del botín: la multiplicación de cargos de confianza, de asesores, de contratados a dedo, es ya abrumadora”, discrepan de la opinión de Savater en contra del sorteo entre minorías cualificadas como alternativa democrática y desarrollan una defensa, matizada, esa alternativa:

“Quienes estamos defendiendo en libros y artículos el sorteo para seleccionar a determinados cargos públicos no estamos proponiéndolo como “una alternativa que sustituya el voto universal”. El tal voto universal es un ingrediente indispensable de todo sistema político democrático, como si dijéramos el aceite en la preparación del bacalao al pil pil, cuya confección conoce bien Fernando Savater.

Ninguna duda puede caber al respecto. Pero ese mismo sistema democrático admite en su seno legitimidades diferenciadas y la resultante del sorteo es una de ellas y bien digna por cierto pues con ella se persigue enriquecer la caja de herramientas de la democracia, no empobrecerla ni aherrumbrarla. ¿No es el sorteo el sistema por el que elegimos a unos ciudadanos que han de pronunciar el veredicto de inocencia o culpabilidad de un acusado del delito de asesinato? Fernando Savater recordará cómo quienes aspirábamos a las cátedras universitarias en las postrimerías del franquismo clamábamos por el sorteo de todos los miembros que nos habían de juzgar en los tribunales pues solo así se evitaba el caciqueo de los mandamases del ministerio (hoy, derogadas las habilitaciones que eran por sorteo, todos los miembros de los tribunales los pone el candidato gracias a un sistema progresista ideado en la época de Zapatero).

Importa añadir ahora algo que, además, Fernando Savater sabe y es que las tres obras que fueron las antorchas con las que se empezó a iluminar un mundo político nuevo, a saber, El espíritu de las leyes de Montesquieu, el Contrato social de Rousseau y la Enciclopedia de Diderot y de D’Alembert, alaban el sorteo y aseguran que su combinación con la elección refuerza la democracia.

A nuestro juicio, en la España actual, el espacio donde el sorteo puede dar frutos y presentarse como una buena medicina contra el clientelismo partidista es el de las organizaciones especializadas técnicamente muy complejas que existen en el Estado (también en algunas Comunidades autónomas): Banco de España, Comisión Nacional del Mercado de valores, Comisión de Mercados y Competencia, Junta de Seguridad nuclear… Pero también en órganos de fundamental importancia como son el Tribunal Constitucional, el de Cuentas o la Autoridad de responsabilidad fiscal. Y por supuesto el Consejo General del Poder Judicial.

Se trataría, dicho sea en términos muy generales porque cada uno de los organismos citados exigiría precisiones que no son de este lugar, de que el procedimiento de nombramiento de sus órganos directivos se iniciara con una convocatoria pública a la que acudirían, sin las sombras que proyectan partidos u organizaciones sindicales, los profesionales que libremente lo desearan y reunieran los requisitos técnicos pertinentes. A partir de ahí, tras comprobar de forma rigurosa y con transparencia, trayectorias y méritos alegados, se confeccionaría la lista definitiva de los candidatos, que sería la que serviría para realizar el sorteo.

Con carácter previo, y especialmente para los órganos constitucionales, se debería establecer la exigencia de una comparecencia parlamentaria u otra aproximación al candidato de parecida naturaleza.

Estos trámites, los de la convocatoria pública y la comparecencia, ya existen para la designación de muchos responsables de las instituciones europeas y, en tal sentido, no está de más citar los ejemplos de las autoridades europeas de supervisión financiera o de la Oficina de lucha contra el fraude (OLAF).

Porque se convendrá con nosotros que, garantizada la idoneidad de todos los candidatos, es indiferente la persona concreta que sea designada. Y el azar le proporciona la ventaja de poder ejercer su función en perfectas condiciones de independencia y por tanto de libertad, emancipado de compromiso adquirido -explícito o implícito- con dedo alguno. Sustituyendo la elección por el sorteo, hacer la astrología de las decisiones de estos órganos, en función del origen de cada persona que interviene en una votación, se haría muy difícil.

En fin, a quien terminara un mandato determinado por el azar se le deberá obligar a volver con humildad de fraile trapense a su puesto de trabajo, desterradas futuras ambiciones de cabildeo con las fuerzas políticas para seguir disfrutando indefinidamente de otras prebendas.

Es decir, y volvemos al principio, el rico régimen democrático admite en su seno legitimidades variadas y no todas pasan por la elección.

Pues de lo que en definitiva se trata es de que no se nos extravíe el buen gobierno ni la libertad política, tal como las defendemos Fernando Savater y nosotros”.

(Cursivas añadidas por la revista Deliberar)

 



Comentario de Mariano de las Nieves

 Mariano de Las Nieves

Savater y Sosa Wagner, junto la coautora del segundo, su esposa y compañera en las tareas docentes Mercedes Fuertes, son, creo, buenos conocidos, y no sé si atreverme a decir amigos (coincidentes en aventuras sociopolíticas, sin duda).

El primero ha escrito un artículo en El País en el que se queja, con razón, del desastre ético y estético de la escena partidista en España. Los segundos lo comentan en El Mundo y proponen, tras algunos circunloquios, una solución ateniense para el acceso a determinados puestos de la administración.

El asunto queda un tanto desdibujado, por no decir confuso.

Si no he entendido mal a estos ilustres pensadores, la propuesta del primero (Savater) se basa en una cerrada y bien argumentada defensa del sufragio como método y de la socialdemocracia como meta. Los segundos (Sosa y Fuertes) no niegan estas premisas (más bien las subrayan) pero objetan que la maquinaria partidista tal y como existe en la realidad española (dejemos por un momento eso tan seductor que es la política comparada) implica el riesgo cierto de que algo pensado para vehiculizar posturas ideológicas, el partido, se convierta (se ha convertido ya) en una pura y dura agencia de colocaciones y recomendaciones. Trafico de influencias añadido.

Y aquí comienza lo que no debe ser un debate sino una deliberación.

Sosa y Fuertes se sienten aludidos en un párrafo en el que Savater “descalifica” (así lo consideran los dos segundos autores) el empleo del sorteo “entre minorías bien preparadas” en lugar de la elección, para el acceso a determinados puestos de la Administración. Y citan una lista, indicativa aunque no exhaustiva, de los mismos (Banco de España, Comisión del Mercado de Valores, Consejo General del Poder Judicial, etc.).

Como puede deducirse de semejantes ejemplos, la referencia se hace, pues, a organismos muy especializados en los cuales los partidos meten la mano directa o indirectamente a la hora de proponer y sobre todo a la hora de asignar las correspondientes regalías, que se convierten así en plácidas y provechosas bicocas.

La solución de Sosa y Fuertes es clara: Localizados los individuos con capacidad técnica y profesional (es decir “garantizada su idoneidad”) para ocupar dichos puestos, se sortea entre ellos quien lo ocupa. De esta forma serán más independientes, se sentirán menos ensoberbecidos y, lo más importante, al terminar el encargo volverán “con humildad de fraile trapense” (sic.) a su puesto de trabajo habitual.

Cualquiera se rendiría (y yo lo hago) ante tan sugestiva imagen. Pero uno, que ve la vida a ras de suelo y que no tiene tan altas calificaciones como estos tres interlocutores, ha sido testigo de algo que vicia la mayor: ¿Cómo y quien determina quiénes son los sorteables? Sosa y Fuertes se adelantan a esta objeción e insisten en que el sorteo se realizaría “tras comprobar, de forma rigurosa y con transparencia, trayectorias y méritos alegados”.  Queda en el aire quiénes serían los “comprobadores”.

No es mala propuesta, insisto, y desde luego evitaría que los candidatos adujeran experiencias exóticas como licenciado en la celebración de eventos o estudios sobre física cuántica que obtuvo porque un día visitó el departamento de tal materia en la universidad de su pueblo. Todavía recuerdo a la consejera de una de nuestras desgraciadas Cajas de Ahorros que, cuando estalló lo que era previsible que estallase, se defendía enternecedoramente diciendo que ella no sabía nada de finanzas y que solo estaba allí para firmar lo que le ponían delante.

Pero dudo que, en la selección previa de los sorteables, no se deslizara la mano negra del favoritismo más o menos justificado. Ya hemos tenido “licenciados” fantasma que llegan a ministros e importaciones súbitas de países hermanos seguidas de  ascensos meteóricos a las estratosferas de la judicatura. Los ejemplos se pueden prolongar al infinito.

No cabe duda que el problema está en el clientelismo y en lo intrínsecamente sectario de muchas de las organizaciones partidarias. Donde el poder entra por una puerta, la racionalidad sale por la otra. Por eso más que preocuparnos por quién y cómo se nombra para dirigir el Banco de España (que también) hay que ajustar un poco el alza. El clientelismo comienza antes y pasa por carreras que debutan durante la postadolescencia en las juventudes de un partido, prosiguen con una matrícula, fallida tras el primer curso, en una carrera cualquiera, y acaban (es un decir) a los cuarenta y pocos de Secretario de Estado y candidato a presidente de comunidad.

Podemos multiplicar los ejemplos hasta el infinito: Cuando Zapatero dijo que cualquiera podía ser ministro o presidente del gobierno (perdonen la posible inexactitud al citar de memoria) lo que estaba diciendo es que lo único que hace falta en política es que el dedo divino te señale (aunque se pretenda que el dios de turno habla por el pueblo).

Y este es el punto sobre el que convendría deliberar en serio.

 



 

Texto citado: Socorro, Fernando Savater

Fernando Savater

Publicado en El País el 18-5-2017.

La nueva columna de Savater lleva la deliberación sobre los mecanismos de la democracia un auténtico límite. No es casualidad que la inicie contando un chiste:

“Aquel alpinista resbaló fatalmente y pendía aferrado con tres dedos a un mísero reborde sobre el abismo. No era muy creyente, pero recuperó la fe: “¡Oh, cielos! ¡Me arrepiento de mis blasfemias! ¿Alguien me escucha? ¡Salvadme!”. Una voz dulce y grave repuso desde las alturas: “Hijo mío, tu fe te ha salvado. No temas, suéltate. Volarás como una pluma hasta lugar seguro”. Y el accidentado contestó: ‘Ya, muchas gracias. Y ¿hay alguien más por ahí?’.”

Savater considera que la misma pregunta debieron de hacérsela los votantes del PSOE que padecieron el debate (que no deliberación) entre Susana Díaz y Pedro Sánchez previo a las primarias que ganaría el segundo:

“Aparte de los defectos mutuos que denunciaban, nada destacaba por encima del nivel de la peor tertulia. En lo que opinaban de los demás los tres llevaban razón… pero no había más razones. Por lo visto y oído, el gran proyecto del centroizquierda es acabar con el gobierno del centroderecha, descalificado como un endriago podrido, extorsionador, criminal… y votado mayoritariamente. Pero de las alternativas concretas poco o nada se supo”.

La conclusión a la que llega Savater no es precisamente moderada: quizá la única esperanza que nos queda sea la sabiduría procedente del extranjero:

“¿Primarias? Lo malo no es la cacareada desafección de los partidos, que a veces propicia una visión menos sectaria y más pragmática de las siglas. Peor son los afiliados, un puñado recalcitrante y posesivo casi siempre entusiasta del candidato más “suyo” y por tanto indigerible para el resto de los votantes. Mejor será importar a un líder que no sea “pata negra” ni patoso, como las ciudades griegas procuraban que sus leyes las dictase un sabio extranjero…”.

 



Comentario de Mariano de las Nieves

 Mariano de Las Nieves

 Intervengo de nuevo en la deliberación sobre el debate (debate fue) entre Savater y Sosa Wagner/Mercedes Fuertes para intentar acotar el problema introduciendo claridad y precisión.

Lo que me propongo plantear es simple: ¿Necesitamos conocer la cualificación de los aspirantes a dirigir la nación? ¿Y exigirles un mínimo (o máximo) nivel? ¿Es eso señal de un elitismo intelectual (o intelectualoide) incompatible con la necesaria participación popular (es decir de la parte media de la distribución gaussiana de la inteligencia, de la cultura, de la educación y de la riqueza) en la gobernanza? ¿Negamos el valor del “sano sentido común” del pueblo llano? ¿Es este, en cualquier caso, independiente del nivel educativo? ¿Es mejor, para el político en ciernes, tener cultura o tener experiencia de la vida?

Se amontonan las preguntas y hay pocas respuestas.

Ahí va el desafío.

 



Texto citado: La ignominia de Gibraltar, Fernando Savater

Fernando Savater

Publicado en El viejo topo en noviembre de 1981.

La relectura de este memorable artículo escrito por Savater hace 36 años es muy oportuna para apreciar la radical evolución que un librepensador experimenta en ese tiempo, pero también para constatar las permanencias: Si en 2017 Savater bromea con la idea de encargar el gobierno español a algún sabio extranjero, en 1981 proponía que en lugar de pedir a Inglaterra que nos devuelva Gibraltar le pidiésemos que se quedara con el resto de España…(leer)

 



Comentario de M. Fuertes y F. Sosa Wagner

Mercedes Fuertes y Francisco Sosa Wagner

Queremos, en primer lugar, agradecer el interés demostrado por algunos lectores sobre nuestra piccola polémica con Fernando Savater. En segundo lugar, insistimos en la reivindicación del sorteo, que es método muy antiguo, tratado sobre todo desde Aristóteles. Hoy este sistema puede enriquecer la caja de herramientas de la democracia reservándolo única y exclusivamente para puestos técnicos previa selección de las personas que en ese sorteo pueden participar. El ejemplo más claro es el del Tribunal Constitucional. La aplicación del sorteo para seleccionar a sus magistrados se habría de hacer sobre la base de las personas que la propia Constitución habilita para ostentar el cargo de magistrado: catedráticos de Facultades de Derecho, abogados del Estado, etc. que voluntariamente quieran participar en ello (a muchos no les interesa en absoluto asumir esas responsabilidades) de manera que estamos hablando ya de personas muy cualificadas en términos profesionales.

No sería muy difícil articular esta propuesta, pero naturalmente exige mucho debate y deliberación que es en lo que estamos. De ahí que felicitemos esta iniciativa de la Revista.

 

 

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