Presentación de El alma de las mujeres

 

Nota del Comité Editorial: La reciente publicación por Ediciones Deliberar del libro El alma de las mujeres, firmado por Cecilio de Oriol y José Lázaro, está causando entre sus primeros lectores (que son más bien lectoras) auténtica sorpresa. Que un hombre escriba sobre el mundo femenino las cosas que escribe Cecilio de Oriol es, como poco, infrecuente. Se empieza a hablar de “androfeminismo” para referirse a esta teoría masculina sobre las mujeres, que Victoria Camps ha definido así: “Sugerente y original relato sobre la construcción del alma femenina. Un curioso ejercicio de voyeurismo inteligente sobre las diferencias biológico-culturales entre los sexos. Un alegato feminista más allá de los lugares comunes. Divertido, profundo, rompedor”.

Ofrecemos a continuación a los lectores (o más bien a las lectoras) de la Revista Deliberar las páginas iniciales de la obra como primera muestra del texto:

EL ALMA DE LAS MUJERES

Novela neoepistolar

de

Cecilio de Oriol y José Lázaro

EPÍSTOLAS PRELIMINARES

 

Yo hice una película que se llama Eva al desnudo.

Si hubiera querido hacer Adán al desnudo,

no me habría dado ni para un cortometraje.

Joseph L. Mankiewicz

 

De Cecilio a Asmodeo

A veces ni el afecto que te tengo me compensa la irritación que me produce tu dificultad para comprender las cosas más obvias. Lo que intente explicarte sobre las mujeres, tras tus pesados ruegos y sin la menor gana, es fácil de resumir:

La mujer es un ser plenamente instalado en su cuerpo, mientras que el hombre vive el suyo como un simple instrumento; lo que no significa que la mujer esté presa de su fisiología. La capacidad femenina para llegar al deseo a través del amor contrasta con la dificultad masculina de alcanzar el amor a partir del deseo; lo que no tiene nada que ver con las tesis más rancias sobre el sentimentalismo femenino. La tendencia de la mujer a las relaciones personales se opone a la querencia del varón por las objetales; lo que no implica poner a los hombres en la cola de las especies animales. La dinámica masculina con el poder contrasta con la dialéctica femenina del querer; lo que nunca debe ser una excusa para perpetuar la sumisión de la mujer.

Pero también es importante comprender la pulsión de un cierto tipo de mujeres, las hijas de Judith y Salomé, a utilizar el deseo de los hombres poderosos para apropiarse de su espíritu y acabar cortándoles la cabeza. Hay que superar el tópico, relativo, según el cual las mujeres hacen el amor mientras los hombres follan para mostrar que tanto unos como otras pueden follar o hacer el amor, pero de muy distinta manera, porque hacer el amor supone la posesión gozosa y mutua del cuerpo amado, pero también la entrega indefinible del alma que realmente ama. Una mirada directa sobre la danza de los cuerpos enamorados en su intimidad permite observar los deseos ocultos tras los juegos amorosos y comprender uno de los misterios más profundos de la mujer: como al ser penetrada logra poseer por completo al que la penetra.

Las diferencias profundas entre lo masculino y lo femenino, que las hay, se encuentran en la forma de instalarse en el propio cuerpo, en el sentido que se da al cuidado del otro, en la relación con las cosas, en el juego acción-pasión, en centenares de matices maravillosos… He intentado explicártelo por activa y por pasiva, amigo Asmodeo, y lo único que he logrado es que me digas la bobada de que soy un pedazo de feminista.

Y cuando ya me había prometido no hacer ni un esfuerzo más para aclararte lo que no puedes comprender, me vienes con la propuesta de hacer pública nuestra correspondencia. Me parece una ocurrencia arriesgada y me ha hecho dudar. Ya sabes que mis papeles, acumulados durante muchos años, no han sido pensados para que otros los lean. Y lo que tu pretendes es, precisamente, que los pueda leer todo el mundo. No se me oculta que semejante eventualidad es improbable; tengo la certidumbre de que hay deseos que no se cumplen porque es imposible cumplirlos. Así que espero que ese plan que me propones sólo sirva para que discutamos entre nosotros aun más de lo habitual y con ello demos gusto al narcisismo imparable que mueve a todo el que toma la palabra.

 

De la Condesa de Toloño a Cecilio

¿Asmodeo? Pero, ¿quién demonios es Asmodeo?

 

De Cecilio a la Condesa de Toloño

Discúlpeme que haya olvidado, querida Condesa, hablarle sobre el personaje al que dirijo las epístolas que usted, tan amablemente, se dispone a leer. El dictamen que me envíe sobre ellas será lo que decida su destino.

Es el caso que, a veces, muy de tarde en tarde, lo suficientemente espaciadas como para no caer en las garras de los vigilantes de la ortodoxia mental, tengo barruntos de cuestiones que debo agradecer a no sé muy bien quienes. Pero intuyo precariamente que éstos “quienes” son una especie de espíritus benéficos, casi penates, que me acompañan sin estar y me hablan sin pronunciar palabra.

Suelen ser ellos los que me plantean cuestiones que al inquietarme me atraen y al atraerme me desafían. En realidad debería decir que es él, ya que generalmente se manifiestan con una sola presencia reconocible. Y un desafío es la única situación que no debe dejarse sin respuesta.

Las cuestiones que me plantea son aparentemente simples y realmente diabólicas; siempre tengo la sensación de que el habla sin voz a la que me refiero tiene un no se qué de Asmodeo en sus maneras. Y como usted bien sabe, Señora, Asmodeo era un demonio que, conociendo su imposibilidad de poseer a la hermosa mortal de la que estaba encaprichado, la vigilaba constantemente y, cada vez que ella decidía contraer matrimonio, asesinaba al marido en el lecho nupcial, siempre antes de que pudiese consumar el sacramento.

Al resonarme en el cráneo las cuestiones de Asmodeo oscilo entre el mareo y la huida. Pero comprendo que al improbable lector le puede ocurrir lo mismo que al diablejo de mis pecados. Por eso precisamente me he atrevido a rogarle que sea usted la primera de mis lectoras y me ofrezca su muy noble opinión sobre este largo monólogo, con fragmentos dialogados, que he dirigido a Asmodeo. Le recomiendo que no lo menosprecie: es inteligente y tenaz, lúcido y cultivado. Pero tenga usted en cuenta que, como todo demonio que se precie, es además falaz, tramposo y seductor.

 

De la Condesa de Toloño a Cecilio

Tengo para mí, querido Cecilio, que su obra es de una inusual clarividencia en lo que se refiere al conocimiento que los hombres tienen del sexo —perdón, género— femenino. Tanto es así que he llegado a preguntarme si no escribirá usted bajo seudónimo y, en realidad, será una mujer… Disculpe mi atrevimiento, pero ya que me decido a escribirle quisiera serle muy franca.

Su libro me llegó en un momento complicado de mi vida, uno de esos momentos de transición que generan incertidumbre y un cierto estado de ansiedad. En fin, lo cierto es que me despertaba todas las noches sobre las cuatro de la madrugada, intempestiva hora donde las haya, y sólo encontraba consuelo y un poco de paz en la lectura de su, llamémosle, ensayo sobre mis congéneres. Leía y releía fascinada sus párrafos y a veces pensaba si, en mi duermevela, no estaría yo misma completando o interpretando sus reflexiones de forma que las ideas que de allí surgían eran una amalgama de su pluma y mis ensoñaciones. Fuere lo que fuere, la lectura sobre la forma en que las mujeres entendemos el mundo, nuestras relaciones con los hombres y con nuestro propio cuerpo, me produjo un gran impacto.

Sin embargo, debo confesárselo, algunas veces tenía una cierta sensación de argumentus interruptus. Cuando más excitada estaba con el desarrollo de una idea, se producía un triple salto mortal y una deriva hacía otros derroteros, también interesantes, pero inconexos. Pongo como ejemplo su referencia a la Condesa de Campo Alange, sobre la que promete profundizar, pero que luego olvida; signo patognomónico de que es usted, efectivamente, un hombre.

No soy mujer de letras, así que apelo a su condescendencia y me permito, no sin presentarle de nuevo mis disculpas por el atrevimiento, una sugerencia. Su libro podría reescribirse, cabría mejorar su estructura y ordenar y completar con esmero sus referencias. El contenido merece la labor.

Si usted lo admite, puedo encargarme de enviarlo a un profesional de estas cosas; tanto que hasta ha adoptado como propio el nombre, políticamente impresentable, con que suele designarse en nuestro país a los de su oficio: todos sus conocidos le llaman “el Negro”. Como me une a él cierta amistad —y conociendo la dificultad que usted tiene para ocuparse de las cosas prácticas del mundo— puedo, si me da su autorización, hacerle llegar el manuscrito y encargarme de los detalles del contrato para que empiece cuanto antes a trabajar sobre el texto.

 

De Cecilio a la Condesa de Toloño

No me parece mal que contrate usted a un “negro” —¿de verdad se sigue diciendo así? — y que él pula estos manuscritos, siempre que no me obligue a conocerle. Y nada más, queridísima Condesa, encárguese usted del resto, mientras yo, en esta ciudad de maravilla que no se merecen los que la habitan, seguiré con atención devota lo que tenga usted a bien mandarme mientras huelo los jazmines, oigo la fuentecilla del jardín y paso los días mirando y las noches meditando. ¿Qué mejor vida puede pedirse?

 

Del Negro a la Condesa de Toloño

Admito que hay ideas muy sugerentes en estas cartas sobre las mujeres que escribió el tal Cecilio, querida Condesa. Creo que no es cierta la leyenda de que la Iglesia Católica negó durante siglos que las mujeres tuviesen alma. Coincido con Borges en la idea de que la teología es una rama de la literatura fantástica, aunque yo añadiría que, de todo el árbol, es la rama más aburrida. Por eso sé tan poco de cuestiones teológicas. Pero no puedo dejar de evocar esa leyenda al leer las cartas de Cecilio, porque la tesis de fondo que me parece entrever en todas ellas es que las mujeres ciertamente tienen alma; los que quizá no la tengamos somos los hombres.

Le agradezco mucho que propusiese usted a don Cecilio recurrir a mis presuntas habilidades de corrector. Pretenden ustedes, si lo he entendido bien, querida Condesa, contratar mis servicios profesionales para que limpie, ordene y de esplendor a la chapucera prosa con que se comunican Cecilio y su oscuro amigo Asmodeo. Porque lo cierto es que la escritura del uno no está mucho más cuidada que la del otro: ambos comparten la misma alergia a la paciente corrección, ordenación y recorrección de los textos.

La verdad es que son muchos los saberes que apuntan los escritos de su fantasmal amigo sobre las mujeres. Pero esos apuntes, ¡ay!, son excesivamente concisos. Las páginas que me ha enviado usted —ignoro si tiene muchas más— están llenas de formulaciones deslumbrantes, pero les falta todo el desarrollo necesario para hacer el deslumbramiento digerible. Contrasta en ellas la concisión de sus mejores hallazgos con el exceso de digresiones y la cantidad de cuestiones nucleares que dejan entre tinieblas. Así que, estimada amiga, si espera usted que yo dé a todos estos papeles una forma publicable, va a tener que ponerme en contacto directo con don Cecilio, pues he de interrogarlo sobre múltiples detalles mujeriológicos que sus papeles no aclaran.

Al leerlos y releerlos me entra en ebullición la cabeza. Surgen preguntas que quiero hacerle, objeciones que plantearle, ampliaciones que pedirle sobre estas páginas tan esquemáticas, tan telegráficas, tan prometedoras, tan frustrantes. A veces su escritura me recuerda a los aforismos nietzscheanos —no me refiero sólo a los escritos personalmente por Nietzsche— que en una sola frase dicen mucho, pero aportan aun mucho más de lo que dicen. El problema es que se entienda lo que aportan sin decirlo. Hay en un párrafo de estos escritos un paréntesis en el que Cecilio se muestra claramente consciente de ese rasgo suyo que al lector tanto le desespera. Dice así: “Hablo de un tema que puede necesitar amplísimo excurso, pero que, como tantos otros, debo dejar sin penetrar. Es infinita la cantidad de puertas que se abren en un laberinto inacabable cuando el asunto tiene sustancia. Pero es función inapelable del que pretende llegar a una meta el no dejarse distraer demasiado”. Pues si pretende llegar a la meta de ver su libro impreso, va a tener que esforzarse en aclarar la trayectoria que conduce a la salida del laberinto. Yo sólo puedo hacerle una parte del trabajo.

Así que, para empezar, cuénteme usted, por favor, algo sobre la identidad de su misterioso amigo y dígame cuál es la vía para ponerme en contacto directo con él.

Siempre a sus nobles pies.

Negro

 

De la Condesa de Toloño al Negro

Voy a tratar de satisfacer su curiosidad, mi querido amigo. Y lo voy a hacer reproduciendo literalmente un texto que el propio Cecilio escribió para presentarse a sí mismo, aunque empleando la tercera persona, seguramente para despistar:

Cecilio de Oriol y Ureña es hombre que no se esconde —firma sus manuscritos con nombre y apellidos— aunque toda su vida la pase escondido. Si intentase describirlo diría que su apariencia es anodina en medio de la gente, uno de esos a los que los dependientes atienden siempre en último lugar y a los que los camareros en los bares ni los miran. Es más bien bajo, moderadamente delgado, de piel blanca casi transparente, siempre perfectamente afeitado y vestido rigurosamente de negro. Nadie lo ha visto, ni en los días de calor africano que son frecuentes en los veranos granadinos, quitarse la chaqueta ni prescindir de la corbata. Tampoco se le ha visto sudar en ninguna circunstancia. Habla poco y se entusiasma sólo cuando se refiere a su ciudad natal, a la que considera el centro del mundo y el único lugar civilizado del orbe.

Este curioso personaje vive en un pequeño “carmen”, rodeado de libros, de bodegones y de antigüedades autóctonas. Es culto y razonable, pero en arte no admite que haya nada más allá de Sánchez Cotán y de Alonso Cano. En literatura siempre piensa en las excelencias del Alcázar de las perlas de Francisco Villaespesa y relee con gusto el Libro de las Tradiciones de Granada de Villa-Real. Si digo que su única concesión al mundo de lo moderno la constituye una colección de cornucopias —a las que es insólitamente aficionado, de tal manera que las diseña él mismo y se las hace confeccionar por un artesano de la madera y del estofado— creo que ya lo digo todo.

Este hombre casi irreal no se ha casado nunca y creo que nunca ha estado con una mujer desnuda. En su casa no entra nadie más que Antonia, que no tiene edad, de la que desconoce todo y con la que quizá habrá cruzado una docena de palabras en los últimos cuarenta años. Antonia dispone siempre las camisas —blancas— repasadas y los trajes —negros— cepillados.

Come poco y mal; lo que sí exige, sin decirlo, es que todo esté inmaculadamente limpio. El carmen es pequeño y el jardín moruno; sus fuentecillas dan cobijo a algunas ranas que no molestan demasiado. En el interior de la casa —tres pisos con tarimas y un desván atiborrado de cosas— los suelos son rumorosos y todo cruje al caminar. Pero la luz es espléndida y las primaveras colman las mayores expectativas.

Quiero aclarar, por último, que Cecilio no es rico. Esto no tendría la menor importancia si no fuera porque evita la imagen de un potentado provinciano. No es rico, pero no tiene que trabajar; no gasta, salvo en sus caprichos; no sale, salvo para despotricar sobre los atentados que los urbanistas y los políticos cometen periódicamente sobre su tierra. Como ya he dicho, dudo que haya conocido mujer pero, a la vista de sus escritos, no cabe duda de que las ha mirado.

 

Del Negro a la Condesa de Toloño

Admito que me gustaría conocer a Cecilio. Según voy leyendo y releyendo los papeles suyos que me ha enviado, querida Condesa, me aumentan las ganas de tomar unas copas con él. Pero parece que me voy a quedar con las ganas, ya que, por lo que usted dice, es menos sociable que Salinger. Ahora bien, si quieren ustedes que me encargue del trabajo, tendrá que ponernos al menos en contacto epistolar con él, pues son muchos los puntos oscuros que deberá aclararme.

Me ha costado trabajo creer que Cecilio sea hombre que no conoce mujer. Aunque es cierto que lo dice claramente, daba yo por supuesto que se trataba de una licencia literaria y que en verdad estaría felizmente casado, quizá tras una etapa juvenil de discreta poligamia. Lo imaginaba, desde luego, sentimental y enamoradizo. Nada en su prosa me hizo sospechar que pudiera tratarse de un teórico anacoreta, un puro profesional del mirar sin ser mirado. Ese hecho es particularmente chocante cuando se leen las páginas que dedica al desencuentro, sin excluir por completo la difícil armonía, entre el impulso masculino hacia el cuerpo de la mujer y el anhelo femenino por la amorosa posesión del alma varonil. Ese es el primero de los tópicos que se encuentra en cualquier libro-basura sobre los hombres de Marte y las mujeres de Venus. Lo que me interesó en su versión es la sutil diferencia con que narra una escena mil veces repetida. No es fácil de entender que esa diferencia proceda —y es cierto que él lo advierte— tan solo de una mirada atenta, fascinada, distante.

Con una sola frase, otro hombre sin mujer, Jorge Luis Borges, esculpió el más espléndido poema de amor: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquél en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Lo cierto es que al leer y releer estos papeles no dejo de preguntarme cómo es posible que él, en cuyo abrazo nunca desfalleció mujer alguna, haya podido llegar a elaborar estas curiosas observaciones sobre el alma de las mujeres.

 



 

 Fragmentos escogidos de El alma de las mujeres

 

El hombre desea y solo después puede llegar a amar, mientras que la mujer aspira a amar y ser amada desde el momento mismo del encuentro que hace nacer el deseo. Pg. 24.

Las diferencias profundas entre lo masculino y lo femenino, que las hay, se encuentran en la forma de instalarse en el propio cuerpo, en el sentido que se da al cuidado del otro, en la relación con las cosas, en el juego acción-pasión, en centenares de matices maravillosos… Pg. 12.

El motor de la búsqueda siempre es el deseo, da igual que sea un deseo alimentado por la necesidad o un deseo nacido de la imaginación del bien desconocido. El amor, en cambio, supone una dinámica totalmente distinta, pues su meta está en el encuentro con el sujeto, no en la posesión del objeto. El deseo se concreta en una captura del objeto deseado, que es hipotética y necesariamente futura. El amor busca la fusión completa, que tiene su comienzo en el establecimiento de la comunicación tras el contacto. La dinámica del deseo es la dinámica del objeto, la dinámica del amor es la dinámica del sujeto. Pgs. 30-31.

¡Somos [los hombres] tan previsibles, tan elementales, tan lineales en nuestras respuestas, indefectiblemente ligadas al deseo o al poder! Pg. 35.

Las mujeres no son pasivas, son activas, diga lo que diga toda la cultura occidental desde Aristóteles hasta Freud. Ahora bien, no son activas instrumentalmente, no manejan la naturaleza para utilizarla y seguir adelante sin más. No, no: la mujer actúa y se instala en lo actuado, mientras que el hombre actúa pero no se instala en lo actuado. Y eso te lo encuentras en las islas Trobriand, te lo encuentras en la cultura china y te lo encuentras en todas las culturas históricas. Pg. 39.

A mí el hombre me interesa poco, creo que ya quedó claro, por su evidente simplicidad. Sin embargo, no puedo obviarlo, por dos razones fácilmente comprensibles: la primera es que pienso desde un cuerpo de hombre y pretendo pensar sobre el cuerpo de la mujer. La segunda es que, en la comparación equidistante, si tal equidistancia existe, creo encontrar la posibilidad misma de acercamiento a la realidad que se me muestra, pero que no vivo. De nuevo aquí me apoyo en el rol del voyeur y en su posibilidad de, mirando, vivir lo que mira. Pg. 41.

Recuerda al duque de Borja, el ilustre santo valenciano que ante espectáculo gemelo al que se le presentaba diariamente a la reina de Castilla [Juan la Loca ante el cadáver de Felipe el Hermoso], reaccionó diciendo lo que ha quedado también en la historia y en la leyenda: “Nunca volver a servir a nadie que se me pudra”. Si la muerte del amado lleva a Juana a la locura de acompañarlo, servirlo y acariciarlo mientras se deshace, la muerte de la amada lleva a Francisco a apartarse del mundo y convertirse en santo. Y es ese mundo el que a una la llama loca y la encierra; al otro cuerdo y lo sube a los altares. Una es mujer, el otro hombre. Pg. 74.

Hay hombres que se sienten satisfechos en el ambiente prostibulario de usar y tirar. Los hay en abundancia. Es una triste constatación que se resume, quizá con brutalidad innecesaria, diciendo que el hombre quiere follar y lo hace. La mujer aspira a hacer el amor, a materializarlo en la entrega y en la posesión del otro. ¿Una limitación? Desde el punto de vista operativo, es posible. Pero en el fondo no es una limitación: es el precio de una existencia más armónica, estructuralmente más madura. Pg. 76.

La mujer posee, aunque posea de muchas y variadas formas; aunque posea desde el amor y también desde el odio, desde la entrega y desde la utilización, desde la protección y desde la destrucción. Por eso son tan distintas la pregunta del hombre y la de la mujer cuando se sienten engañados por la pareja con la cual creían haber constituido una comunidad amorosa.

La pregunta del hombre, la letal, la que verdaderamente le importa, la pregunta definitiva, no siempre pronunciada pero siempre presente, es una serie, en realidad, de preguntas sucesivas que nunca tienen, en la mente del preguntador, una respuesta lo suficientemente detallada como para resultar satisfactoria: “¿Qué te hizo? ¿Que le hiciste? ¿Te gustó? ¿Te gustó más que lo que yo te hago?”

Cuando una mujer descubre que el hombre que decía amarla ha estado con otra, también se plantea una pregunta que teme formular —como el hombre a la mujer que le engaña, diga lo que diga—; esta pregunta, también definitiva, reprimida también por miedo a la respuesta, es a la vez más simple e infinitamente más compleja: “Pero, ¿la quieres?”

La mujer no siente el dolor de la traición en el uso del cuerpo y en el deseo que la excluye, sino en la pérdida que supone constatar que el hombre al cual reputaba como suyo ya no lo es, porque hay otra que le disputa con éxito lo que más le importa de él: sus sentimientos, su entrega, su ser mismo, su amor, su alma. Pgs. 155-156.

Hay mujeres que, sobre todo en años mozos de inexperiencia con ideales, conciben su amor como una potencia que puede mover el mundo. Y quien dice mover el mundo, dice mover las costumbres, las debilidades, las mañas y las trapacerías de hombres indefectiblemente más inmaduros, más egoístas y más pequeños como personas que ellas. Pg. 165.

Hay que defender (…) la pasión responsable. Es legítimo y bueno buscar el disfrute. Pero el disfrute inteligente, el que hace que ganemos más de lo que perdamos y el que, nota distintiva importante, no se construye sobre el sufrimiento de los demás. La ascética y la sobriedad siempre las he mirado con suspicacia. El abuso del otro, con horror. Pg. 219.

Al otro se le conoce tratándolo, conviviendo, descubriendo qué hay tras los ropajes que le ponemos, no disfrazándolo sino desnudándolo, y no me hagas chistes, constatando si lo que creíamos y deseábamos es o no es real. Y todo eso en un proceso de aproximaciones sucesivas y de instalaciones progresivas. Equidistante tanto de la lentitud absurda y de las posturas desconfiadas como de la alegría a lo ¡viva la virgen! del que en unas horas cree descubrir, ¡infeliz!, que halló su alma gemela. ¿Que es problemático el proceso que te describo? Pues claro que lo es.

Por eso pasa lo que pasa. Pg. 232.

La capacidad de amar es la real e intima posibilidad de poseer al otro al tiempo que se permite consciente y asumidamente que el otro te posea. Ya os he advertido que en esta definición el termino “poseer” no tiene el sentido simple de “tener”. Poseer, en el ámbito del amar, es la intima fusión de dos individualidades en el marco imprescindible del respeto escrupuloso que cada una le tiene a la otra, precisamente porque se poseen sin trabas ni ambages. Porque se aman. Este es el misterio del amor, queridos diablejo e interlocutor oscuro. Aún a riesgo de que me llaméis cursi os lo digo. Posesión incondicional y respeto absoluto, un oxímoron imposible de admitir por los que no son capaces de vivirlo. Y como sin conocer no hay posibilidad de amar, esa posibilidad se da solo en la medida en que se conoce. Pgs. 260-61.

El amor, en tanto que posesión total y absoluto respeto en el caldo de cultivo del conocimiento profundo, es, irremediablemente, fuente de amor hacia los que se encuentran en la periferia inmediata del vórtice amoroso. El amor no produce utilización ni dependencia, que son sus antípodas. No las produce en la relación entre los amantes ni en la conducta de estos hacia los demás que les rodean. Pg. 262.

 



Revista de prensa

Comentario sobre El alma de las mujeres publicado en el diario La Opinión, sección “Libros”, sábado, 18 de noviembre, 2017, pg 5:

Antonio J. Ubero

[Ediciones Deliberar] gira el torno hacia el pensamiento travestido de ficción en la implacable y lúcida digresión de Cecilio de Oriol sobre la igualdad de género. El alma de las mujeres se estructura en un intercambio epistolar a cuatro bandas, con el que el autor expone con claridad su concepción del eterno femenino, dando una lección magistral de sensatez y agudeza que pone en evidencia los convencionalismos sociales respecto a la mujer y el cinismo que cautiva el pensamiento único de lo políticamente correcto.

Comentario sobre El alma de las mujeres publicado por Carolina Casco en el diario El Mundo, 18 de octubre de 2017:

El alma de las mujeres es la obra que nos presenta al debutante Cecilio de Oriol. Poco se sabe del autor, que hizo llegar su obra a José Lázaro a través de correo electrónico. Lázaro se interesó por el material, un torrente de sugestivas ideas que, sin
embargo, necesitaban un trabajo de edición. El propio Lázaro se encargó de esa corrección de estilo, y ese es el punto de partida de esta deliberación vía email, que da pie a un nuevo género: la neoepístola. Si la forma incorpora el novedoso elemento de la correspondencia por internet, el contenido utiliza lugares comunes como la igualdad de género o la descripción del temperamento femenino.

Comentario sobre El alma de las mujeres publicado en Hoy es arte (www.hoyesarte.com):

El alma de las mujeres, de Cecilio de Oriol es una obra en forma de novela epistolar que, como señaló Lázaro [en la presentación a la prensa], “tiene la fragancia de la literatura del siglo XVIII pero trasladada a la modernidad, pues la correspondencia entre los autores está realizada por correo electrónico”.

El libro aporta la visión del autor sobre la igualdad entre hombres y mujeres, pero también reconoce sus diferencias: “La capacidad femenina para llegar al deseo a través del amor contrasta con la dificultad masculina de alcanzar el amor a partir del deseo”, argumenta este enigmático creador que solo se comunica a través de correo electrónico.

Comentario sobre El alma de las mujeres publicado en El Periódico el 17 de octubre de 2017:

El libro presenta la visión del autor sobre la igualdad entre hombres y mujeres, pero también reconoce sus diferencias, para lo que ha contado con la aportación de la condesa de Toloño, quien constituye además un personaje en la obra.

Comentario sobre El alma de las mujeres difundido por la Agencia Europa Press el 17 de noviembre, 2017:

La cuarta obra presentada por Ediciones Deliberar ha sido El alma de las mujeres del escritor inédito Cecilio de Oriol, en colaboración con José Lázaro. Una obra en forma de “novela epistolar” que, según Lázaro, “tiene ese recuerdo del siglo XVIII, como en Las amistades peligrosas” pero que traslada el género a la modernidad, pues la correspondencia entre los autores está realizada por correo electrónico, según explica Lázaro.
El libro presenta la visión del autor sobre la igualdad entre hombres y mujeres, pero también reconoce sus diferencias, para lo que ha contado con la aportación de la Condesa de Toloño, quien constituye además un personaje en la obra, en lo que según Lázaro constituye una “gran aportación a la novela feminista”.

Comentario sobre El alma de las mujeres publicado en el www.todoliteratura.es, 14 de noviembre, 2017:

http://www.todoliteratura.es/articulo/actualidad/alma-mujeres-novela-neoepistolarcecilio-oriol-jose-lazaro/20171114074158045165.html

¿Cómo se hace una novela neoepistolar en el siglo XXI?
La condesa de Toloño, ¿es un personaje real o de ficción?
¿Quién es Cecilio de Oriol?

El alma de las mujeres es un ensayo narrativo, o un relato ensayístico, escrito por dos autores que lo etiquetan como “novela neoepistolar”, y en el que dialogan cuatro personajes. La identidad del primer autor —que comparte nombre con el principal personaje— permanece oculta, pero su discurso es claro y explícito.
El alma de las mujeres presenta un discurso a favor de la igualdad entre hombres y mujeres: “La sensibilidad de las mujeres —lo mismo que la inteligencia, el sentimiento o la intuición— es exactamente igual que la de los hombres”. Pero también reconoce constructivamente sus diferencias: “La capacidad femenina para llegar al deseo a través del amor contrasta con la dificultad masculina de alcanzar el amor a partir del deseo. La tendencia de la mujer a las relaciones personales se opone a la querencia del varón por las objetales”.
Un tema semejante al de numerosos best sellers, pero con un estilo y enfoque radicalmente distinto a ellos.

 



 

Carta de José Lázaro a la Condesa de Toloño

 

Queridísima Condesa:

Circula ya por las librerías el producto de nuestra larga correspondencia con don Cecilio de Oriol sobre temas mujeriológicos. Fue una gozada para mí inventarme las intervenciones en ella de Asmodeo y del Negro, a diferencia de don Cecilio y de usted, que no necesitaban inventar nada pues podían limitarse a ser ustedes mismos.

Me dice la editora, Belén Illana, que una vez escrito y publicado el libro empieza la parte difícil: dárselo a conocer al respetable público, que desbordado por la masiva oferta de obras firmadas por célebres autores, es difícil que se llegue a fijar en un desconocido anacoreta como mi admirado maestro, el señor De Oriol. (Lo cierto es que aunque el Negro me parece un poco pánfilo, comparto plenamente su devoción por el magisterio de don Cecilio).

Sé bien que a él no hay posibilidad alguna de hacerlo salir de su refugio granadino, ni tampoco de introducir allí una cámara con micrófono. Alguna vez se lo sugerí discreta e indirectamente y recibí como respuesta uno de sus temibles bufidos, acompañado por la queja de que bastante molestia era ya tener que contestar nuestros insistentes (y aburridos) correos para que encima pretendiésemos hacerlo salir de casa y exponerlo a las inclemencias de la prensa despiadada. Que hasta ahí podríamos llegar, vamos. Que a quien quiera saber de él podemos darle su correo electrónico; y eso sólo hasta nueva orden.

Pero el caso es que doña Belén insiste en que es fundamental acercarles el libro a sus eventuales lectoras (de los lectores no espera gran cosa, en esto coincide la editora con el editado), pues de otro modo no llegarán siquiera a enterarse de que existe. Y ha programado para ello un serie de encuentros con el público en distintas ciudades españolas, a los que yo acudiré, como segundo autor de la obra, acompañado por ella y por alguna amiga escritora que se interesa por estos temas mujeriológicos.

La pregunta que Belén me ha encargado transmitirle a usted, mi muy dilecta señora, es si podríamos tener el honor de contar con su egregia presencia en alguno de esos actos. Nada nos sería más grato y humildemente se lo solicitamos confiando en que sus bien probadas habilidades sociales la hagan inmune a ese ataque de misantropía que parece incurable en el caso de don Cecilio.

Quedo, como siempre, a sus pies y a la espera de su pronta respuesta.

Un respetuoso ósculo.

José Lázaro

 



Carta de la Condesa de Toloño  a José Lázaro

 

Mi querido profesor,

Permítame, ante todo, que le presente mis disculpas por no haber respondido con mayor premura a su amabilísima misiva. La situación que, contando con su bien probada discreción, pasó a relatarle, confío en que le resulte atenuante de tan improcedente falta de urbanidad por mi parte.

Lo cierto es que, escandalizada a la par que aturdida por las noticias que llegaban por los cuatro puntos cardinales, sin tregua y en modo in crescendo, sobre sediciones, sevicias y crueldades de todo pelaje, busqué  refugio y consuelo en una abadía cisterciense próxima a mi condado, que mi antepasada doña Urraca tuvo a bien fundar y en el que habitan un grupito de encantadoras monjas de clausura. Aquí, alejada del mundanal ruido y dedicada al ora et labora paso plácidamente los días, rodeada del calor de mis hermanas en Jesús, si bien, para serle del todo sincera, también nos rodean ahora los gélidos rigores del invierno en forma de nieve blanca que cubre la techumbre con su puro manto. Aunque muchas son las servidumbres de la aristocracia, como bien sabe, existen también compensaciones y una de ellas es que aún mantienen un aposento para los descendientes de la benefactora del monasterio que cuenta con todas las comodidades propias de los mejores alojamientos mundanos.

Debo confesarle, aun a riesgo de despertar los celos en mi verdadero confesor, el pater Feliciano, que no tengo intención alguna de retornar al bullicio, el desorden, a la caótica jungla en la que se ha convertido nuestra forma de vida, no al menos hasta que mi alma se serene y reponga fuerzas para afrontar tamaños dislates sin que mi ya castigada coronaria se resienta aún más.

En fin, mi querido amigo, creo que sigo los pasos de ese sabio amigo común que es don Cecilio de Oriol y antepongo el ansia de meditación y búsqueda de la armonía interior a las tentaciones sociales. Por ello, agradeciéndole de todo corazón su muy atractivo y generoso ofrecimiento de girar visitas a ciudades de nuestra querida España y mantener entrevistas con mujeres tan interesantes, cultas y amables, me veo en la obligación de declinar su propuesta.

Bien sabe que esta condesa muda de opinión con alguna frecuencia. Quiere esto decir que en un futuro, espero no muy lejano, es muy posible que reconsidere mi modo de vida y acepte lo que la fortuna quiera depararnos.

Le deseo toda clase de éxitos y mucha felicidad y contribuiré, modestamente por mi parte,  a su consecución manteniéndole en mis oraciones, ahora más que nunca.

Dios le bendiga.

Ósculos.

La Condesa.

 



 

 

Carta de Belén Illana a Cecilio de Oriol

 

Madrid, 12 de enero de 2018

Estimado Sr. de Oriol,

Como ya sabrá por el profesor Lázaro, el próximo 17 de este mismo mes de enero presentaremos en Madrid su libro El alma de las mujeres. Intervendrán en el acto la escritora Cristina Sánchez-Andrade y el propio José Lázaro. Nuestra querida Condesa de Toloño ya ha excusado su presencia, por no encontrarse en Madrid, y me preguntaba si usted sigue en su firme posición de no querer asistir a actos públicos.

Ediciones Deliberar ha querido apostar por usted como escritor inédito y desconocido hasta el momento.   Estamos seguros de que sus ideas sobre la construcción del alma femenina tendrán una gran repercusión entre los estudiosos del tema y en la sociedad en general. De hecho, ya se han escrito varias reseñas comentando su especial concepción del feminismo.

En resumen, creo que si asistiera al acto de presentación sería una buena oportunidad de darse a conocer, así como de expresar ante sus lectores lo que ha querido decir con este libro.

Espero recibir pronto noticias suyas.

Un cordial saludo.

Belén Illana

 



 

Carta de Cecilio de Oriol a Belén Illana

 

Granada, a 14 de enero de 2018

A la atención de Dª Belén Illana, Directora Editorial de “Deliberar”

Mi estimada Dª Belén:

El pasado 8 de diciembre escribí al Profesor Lázaro una carta sobre la presentación del libro “El alma de las mujeres”, presentación a la que, por razones que imagino le habrá comentado D. José, me será imposible asistir.

No me parece mal suplir mi ausencia con algunas palabras que materialicen mi presencia. Le confieso que para mí estos actos, tan de agradecer sin duda, tienen siempre una doble cara.

La doble cara que, en estos momentos en que le escribo, tengo delante de mí, enmarcada en la pared contra la que se apoya mi escritorio.

Es una foto que hice, hace ya muchos años, de una de las estatuas que flaquean el sepulcro de Francisco II en la catedral de Nantes. Las virtudes teologales están allí representadas en mármol de Carrara, pulido y brillante. Una atrajo mi atención especialmente: la que encarna la Prudencia (una dama robusta con sayal ceñido por cordón, que sostiene un compás en una mano y una especie de espejo en el que se mira, en la otra).   Tanto que la fotografié, amplié la foto y, desde entonces, me acompaña en mis días y también en algunas de mis noches.

Porque tras la nuca de la doncella, bellísima, aparece la cara de un anciano. Es una estatua bifronte. Como la Prudencia, que ha de ser doncella fuerte y, al tiempo, anciano sabio. Suave en la atención a sí misma y medidora exacta de lo que hace y también atesoradora de experiencia y maestra de la cautela.

Es el perfil de la moza bella y el anciano sabio el que miro cuando les escribo esto. Por que al escribirles y hacer acto de presencia en la presentación del libro no se muy bien si es la prudencia la que me ampara. Y mi duda se acreciente si resumo mis temores en la carta que le dirigí al Profesor Lázaro el día 8 de diciembre. No es, decididamente, una carta prudente.

Por eso decido mirar la cara de la doncella, obviar su nuca y remitir a usted, con el ruego de que la lea, la citada carta tal y como fue escrita.

Granada, 8 de diciembre de 2017

Mi estimado profesor:

Ya leí los comentarios que hace usted a la Sra. Condesa de Toloño, que es persona de mi estima y respeto. Siento que me retrate como un ser que da bufidos, lo cual me coloca en el apartado de animales tan estimables como los caballos y los rumiantes mayores. No crea que me desagrada una tal compañía y, si me aprieta un poco las clavijas, acabaré diciendo que un buen búfalo bufante es preferible a cualquier idiota parlante.

Pero no es este el motivo mayor de mi carta (carta es, aunque sea electrónica) sino un hecho que me inquieta y que me temo va a consolidar entre los amables oyentes de la misiva (por que se la envío para que la publicite) la imagen de individuo colérico e intratable que a usted le encanta difundir.

Pero vayamos al grano: En sus intervenciones (me temo que también en la que está en curso de hacer en el acto en el que se supone leerá usted esta carta) usa un termino que me resulta del todo inadecuado por no decir profundamente incómodo. Me refiero a ese malhadado palabro (déjeme que abandone por un momento la corrección semántica) con el que califica y cualifica mis pobres ideas: Androfeminismo.

Creo que usted conoce bien mi total oposición a lo que fue una moda en la política española de los años 80 del pasado siglo toda llena de consignas, eslóganes y ¡máximo horror! “ideas fuerza”.  Convertir el concurso de los pensamientos en cortos publicitarios nos ha llevado a creer que una frase afortunada puede resumir todo un complejo razonamiento. Y eso no es verdad.

No niego el éxito de dar con una expresión que sintetice y deslumbre como un fogonazo (es algo que he pretendido siempre, sin lograrlo) pero de ahí a la caricatura vergonzante hay un trecho, mi querido amigo, que no debemos nunca recorrer.

Le explico: Si usted dice que existe una cosa que se llamaría Androfeminismo por lógica comparativa debería existir también su especular Ginecomachismo. Si el androfeminismo lo practican los hombres que pretenden entender humanamente a las mujeres el ginecomachismo lo practicarían las mujeres que pretenden entender humanamente a los hombres.  Evitando entrar en la disparidad de las tareas de entrambas posiciones, permítame solo decirle que las beneméritas mujeres que se dediquen al segundo de los trabajos tendrán ante sí ¡ay! una empresa mucho más fácil y aburrida. Tanto mas en la medida de que la mayoría, llegada a una edad adulta, lo practican sin descanso y sin desmayo con sus parejas, hijos, e incluso con los militares sin graduación. Entender al hombre que la mujer tiene al lado no exige mucho.

Solo ver, oír y, la mayoría de las veces, aguantarse la risa.

Y no me haga ponerle ejemplos próximos

Sin duda que le reconozco el derecho a llamar a las cosas como le parezca bien y por tanto de calificar el opúsculo como le venga en gana, pero le considero una persona inteligente y cultivada y, en consecuencia, sé que verá en mis palabras algo más que un desacuerdo y algo menos que un reproche.

Fundamentalmente es una súplica humilde y dolorida: no me obligue demasiado a participar de la ocurrencia.  Con un poco de buena voluntad podemos evitar decir el androfeminismo de Cecilio de Oriol.

He pecado mucho, pero eso no me lo merezco.

Termino por donde debería haber comenzado: dando las gracias a las personas que esta tarde (o mañana, no lo sé con certeza) les acompañan en la presentación del librejo.

Desde aquí, en Granada, en el día que fecho esta carta a las 4 de la tarde, mirando a la sierra y con el jardín algo mustio (solo sobreviven, de un verde espléndido, las gardenias) sepan que hubiese deseado estar con ustedes.

No ha sido, ni será, posible.

Cecilio de Oriol

 

Carta de Cristina Planchuelo a la revista Deliberar

 

Nota del Comité Editorial: La profesora, sexóloga y escritora Cristina Planchuelo fue quien, en una conversación personal, sugirió a Lázaro el término “androfeminismo” para designar la perspectiva masculina sobre las cualidades femeninas que se expone en El alma de las mujeres. Como saben ya bien los  lectores de la serie de escritos a los que ahora se añade éste, el término, que entusiasmó a Lázaro, indignó a Cecilio de Oriol. Ofrecemos a continuación a los lectores de la revista Deliberar el texto de una carta remitida por Cristina Planchuelo que acabamos de recibir.

 

Anoche terminé la lectura del libro, El alma de las mujeres, que me deja más preguntas que respuestas (lo cual es de agradecer, al menos para una sexóloga como yo).

He disfrutado muchísimo con él, en parte porque tiene una estructura (casi) de diálogo y eso aporta distintos puntos de vista, todos ellos sugestivos y hasta convincentes; en parte por la belleza, la sabiduría, el ingenio y la ironía de su texto. Pero también por una sensación doble: por un lado, de epifanía en determinados párrafos; por otro, de sentirme entendida en lo más profundo. Ese “claro, esto es lo que me pasa a mí y no sabía cómo expresar” me ha ocurrido en numerosas ocasiones mientras leía. Juraría que lo mejor de todo es que estas palabras proceden de un varón… aunque quizás ese es el principal inconveniente: de nuevo los hombres son los que hablan en nuestro nombre, aunque sea para decir verdades como puños.

Es cierto que algunas verdades vienen de la mano de mujeres, pero el plato principal del menú es Cecilio, un hombre que admira a las mujeres… aun sin conocerlas carnalmente. Reconozco que al principio me puse alerta: ya está la condescendencia masculina ensalzándonos para dejarnos contentas. Pero al final caí rendida ante los encantos de su honestidad y su inteligencia. Cecilio no piensa como una mujer, pero conoce a las mujeres casi mejor que las mujeres mismas, justamente porque nos ve con la perspectiva que permite contemplar desde la otra orilla… sin la molesta urgencia de cruzar las aguas para poseernos.

Pero no acabo de tener claro que ese ensalzamiento de lo femenino sea feminismo ni androfeminismo. Las feministas buscan la igualad, no ser superiores a los hombres (porque saben que en realidad es así, ja, ja, ja).

A pesar de esa duda, defiendo el androfeminismo. Y lo entiendo como el intento de los hombres por elevar su concepto de las mujeres para contemplarlas como iguales en derechos y obligaciones aunque diferentes en naturaleza. Mi idea no es la que defiende Cecilio, es decir, la práctica que realizan los hombres para entender a las mujeres. Eso no es feminismo, ya que entender no es feminista: lo es relacionarse en igualdad. Su idea de que si hay androfeminismo debe existir ginemachismo es una trampa: esa no es la simetría. Si hay androfeminismo debería haber ginefeminismo, que es el que ya hay, aunque no se nombre así porque el feminismo nació solo en el seno de las comunidades de mujeres y habría resultado redundante ese prefijo. Como también hay andromachismo y ginemachismo. Si antes no los ha llamado nadie así no será porque no existen sino porque cuando se acuñó este término lo “gine” no aparecía en el mapa de lo social (sí lo ha hecho hace pocas décadas) y, por tanto, no hacía falta ese “andro” por contraposición.

Por tanto: esta vez no le doy la razón a El Sabio. Pienso que su deseo de polemizar no le ha permitido acertar esta vez. Aunque sí estaba cerca de la verdad al asegurar que “Convertir el concurso de los pensamientos en cortos publicitarios nos ha llevado a creer que una frase afortunada puede resumir todo un complejo razonamiento. Y eso no es verdad”.

Pero la charla entre Lázaro y yo en la que se me ocurrió el invento de este palabro trataba justamente sobre estrategias de promoción:hablábamos sobre las difíciles vías por las que se podría conseguir que las revistas femeninas se interesaran por El alma de las mujeresy diesen a conocer a sus lectoras este nuevo fenómeno: el androfeminismo.

Volveré a leer El alma de las mujeres, que es el impulso que me surge nada más terminar un libro que me gusta. Espero encontrar alguna respuesta más y no acabar perdidamente enamorada de Cecilio.

 

 

 

 

 

 

Compartir