Texto citado de Manuel Arias Maldonado: Los iconoclastas inversos

(Texto publicado originalmente en The Objective, el 28 de enero de 2018)

Manuel Arias Maldonado

 

Retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway: ni una sombra de sospecha debe proyectarse sobre las representaciones culturales con las que nos entretenemos. Porque hacemos algo más que entretenernos con ellas; nos formamos. O sea, asimilamos modos de ver y juicios de valor que incorporamos a nuestra percepción de la realidad y acaso a nuestro comportamiento. Todo aquello que pueda ser juzgado sexista, racista o supremacista debería por tanto ser prohibido. No es censura, sino salud pública.

Así razonan, aproximadamente, los iconoclastas inversos. Son iconoclastas porque, al igual que los antiguos destructores de iconos, se dedican a derribar ídolos. En este caso, los consagrados por la tradición cultural occidental: los grandes artistas del canon. Y son inversos porque, en contraste con los desmitificadores que combaten las certezas establecidas, no persiguen ampliar los contenidos de libertad sino reducirlos. Su operación es reduccionista y a menudo refleja esas “miserias de la mente literal” que ha descrito con agudeza Daniel Gascón.

Resulta chocante que alguien pueda identificar a Humbert Humbert con Nabokov o ver en Lolita una apología de la pedofilia. Ya que estamos, esa portentosa historia de amor que es Ada o el ardor contiene también elementos discutibles: desde la temprana edad de los amantes al lujoso prostíbulo que regenta el dolido Van Veen durante su separación de Ada, por no mencionar el detalle de que ambos son -descubren ser- hermanos. De acuerdo con estas mismas reglas, Mark E. Smith, el inimitable cantante de la banda británica The Fall -fallecido la pasada semana a los 60 años- jamás podría haber hecho carrera: su talante adversativo no dejaba títere con cabeza ni se plegaba a forma alguna de corrección política.

Huelga decir que existen, porque la historia lo ha demostrado, ideas peligrosas. Pero es importante no confundir las ideas peligrosas con las ideas incómodas. Quizá lo peligroso sea no tener ideas incómodas; sobre todo si alguien se empeña en decidir por los demás cuáles son. Y no olvidemos que las obras de arte son representaciones de la realidad y no la realidad misma: Nabokov no secuestró a nadie, ni abundan los lectores de Nabokov que hayan imitado a ese “asesino de prosa exquisita” que es Humbert Humbert. Por lo demás, si las cifras de ventas de Lolita se han beneficiado del malentendido en torno a su naturaleza “picante”, tanto mejor para los herederos del escritor ruso.

Pero, ¿no es precisamente una de las virtudes del arte -esa “finalidad sin fin” al decir de Kant- su capacidad para aproximarnos a las distintas manifestaciones de lo humano? En todas sus formas: de lo sublime a lo perverso. Solo así podemos “salir” de nosotros mismos, de nuestro limitado punto de vista, para abrirnos a otras perspectivas. No es así extraño que el pensador británico Michael Freeden encuentre en el cultivo de las humanidades la mejor justificación para el liberalismo, entendido como una ideología que cultiva el pluralismo epistémico y subraya la provisionalidad de las verdades públicas. Irónicamente, ese mismo liberalismo es el que permite que los iconoclastas inversos defiendan retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway. Y es en la esfera pública democrática donde discutiremos sus argumentos. Aunque, si queremos seguir siendo una sociedad liberal, no deberían prosperar.

 



 

Texto citado de Aurora Nacarino-Brabo: Por la corrección política y en contra del puritanismo

(Texto publicado originalmente en Letras Libres, el 30 de enero de 2018)

Aurora Nacarino Bravo

 

Estamos viendo dos impulsos antiliberales antagónicos: una reacción conservadora autoritaria y una pulsión puritana que niega la libertad individual.

Quizá nunca haya tenido ocasión de decirlo hasta ahora por escrito: soy una gran defensora de eso que se ha dado en llamar la “corrección política”. Y nunca me he privado de meterme en todos los charcos y polémicas que pueden ocupar a un comentarista de la actualidad.

Las turbulencias políticas que siguieron a la última gran recesión en Occidente, y que significaron el auge de líderes y partidos de corte populista y/o nacionalista, llegaron muchas veces con una crítica a la corrección política. No hay que perder de vista la paradoja de quienes se esconden detrás del eufemismo para defender ideas viejas y conocidas a las que ni ellos mismos quieren llamar por su nombre. Es un fenómeno que comenzó a fraguarse hace años, disfrazado de honestidad. Bastaba que alguien nos anunciara: “Yo es que soy muy sincero”, o bien: “Yo digo las cosas como son”, para tener la certeza de que lo que vendría a continuación sería una impertinencia.

Primero se disfrazó de sinceridad la mala educación, y después esta fue ganando estatus político. El rechazo a la corrección política forma hoy parte del programa de algunos partidos y define el discurso de sus candidatos. Tras su demonización siempre late la justificación del trato desigual por razón de etnia, religión, sexo u orientación sexual.

La crítica a la corrección política como atributo de la modernidad ha alcanzado su popularidad máxima en un momento de reacción contra esa modernidad. La crisis económica, la intensificación de la globalización, la aceleración del cambio tecnológico y el aumento de los flujos migratorios significaron para muchos el advenimiento de un tiempo de inseguridad e incertidumbre. Ese temor y esa extrañeza del mundo pusieron en marcha un reflejo de repliegue que puede leerse de Europa a América y del Brexit a Trump.

En realidad, esta reacción no es nueva. En El proceso de la civilización, Norbert Elias daba cuenta de un fenómeno muy interesante que se produjo en el viejo continente con la llegada de la Edad Moderna. Comenzaron a aparecer los primeros Estados centralizados, con un ejército profesional y un sistema tributario capaz de recaudar impuestos de forma eficiente. Todo ello obedecía a una lógica bélica: los Estados sobrevivían y prosperaban por medio de la guerra, y ello dio origen al perfeccionamiento de la administración y del ejército.

Sin embargo, esa vocación bélica de los Estados tuvo como consecuencia la progresiva pacificación y la cohesión de las sociedades, según una máxima que predicaba paz en el interior y guerra en la frontera. Así, paradójicamente, y como ha explicado Ian Morris, la guerra fue responsable del declive de la violencia en Europa. O como dijo Elias: La “violencia queda reducida a un monopolio de un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás”.

Esto trastocó inevitablemente las viejas formas de organización política y social. La principal transformación afectó a la nobleza, que en poco tiempo perdió la mayoría de sus antiguas atribuciones militares. En torno a la monarquía se produjo una nueva socialización. Prosperar política y socialmente ya no dependía tanto de los méritos acreditados en el campo de batalla como de las habilidades para desenvolverse en ese nuevo ámbito de diplomacia, burocracia y relaciones públicas que era la corte. Y ser exitoso en la corte exigía un refinamiento de las maneras toscas del soldado, así como la represión de los instintos sexuales y violentos para los que hacía no tanto no cabía contención.

A este proceso Elias lo llamó la “pacificación de los guerreros”, y a su culminación, una vez hubo permeado hacia hacia las clases bajas, se refirió como “la sociedad cortesana”. La sociedad cortesana puede considerarse como precursora de la corrección política. De las palabras de Elias puede inferirse una cierta evolución histórica cuya inercia conduce a una pacificación progresiva de las sociedades. No obstante, Elias publicó El proceso de la civilización en 1939, razón por la que su lectura evolucionista no fue muy popular.

Efectivamente, la sociedad cortesana fue percibida por algunos como una jaula. De este modo, se fueron fraguando elementos reactivos movilizados por la añoranza de un pasado más libre. La voluntad de afirmación individual y el rechazo al constreñimiento de los instintos están en el origen de un romanticismo que escalará desde el movimiento Sturm und Drang hasta el nazismo.

Sin embargo, la teoría de Elias tiene validez desde el punto de vista de una evolución discontinua. Incluso si tenemos en cuenta las dos guerras mundiales, la violencia no ha hecho sino declinar en Europa desde que disponemos de registros. Este retroceso, que Elias considera que comienza a partir del año 1500, es probablemente anterior. Ian Morris describe cómo la romanización había tenido efectos similares casi un milenio y medio antes. Así describiría la Pax romana el esclavo convertido en filósofo Epicteto: “Ya no hay guerras ni batallas ni grandes bandidos ni piratas; podemos viajar a todas horas, del amanecer hasta la puesta de sol”.

Es previsible que sigan produciéndose discontinuidades en esa evolución, aunque cabe esperar que sean cada vez más breves y menos pronunciadas. Es posible que hoy nos encontremos en una de ellas. La crisis económica de la década pasada dio origen a una reacción de carácter romántico contra los atributos de la modernidad. El auge del nacionalismo, los discursos populistas, el rechazo a la inmigración, las inercias eurófobas o la contestación de la democracia liberal y sus instituciones dan cuenta de ello. También los ataques a la corrección política, nuestra particular sociedad cortesana.

No obstante, es posible que, en una posmodernidad que es al mismo tiempo reacción contra la modernidad y profundización en ella, estemos viendo dos tipos de impulsos antiliberales antagónicos: por un lado, una reacción conservadora de tintes autoritarios y antiigualitaristas. Por el otro, una pulsión puritana, victimizadora y negadora de la libertad individual.

Estas dos reacciones, que tratan de impugnar moralmente el sistema en distintas direcciones, y a las que desde luego no cabe dar el mismo tratamiento ético, han producido gran cantidad de ruido mediático y están protagonizando grandes movimientos políticos y sociales. Quizá por ello convenga recordar que tienen lugar en el periodo en que Occidente ha conocido más progreso, bienestar y reconocimiento de derechos. Es cierto que hay muchas tareas por acometer, pero la historia nos conmina a un modesto y discontinuo optimismo.

 



 

Texto citado de Daniel Gascón: La paradoja de la censura

(Texto originalmente publicado en Letras Libres, el 1 de febrero de 2018)

Daniel Gascón

 

En esta época de moralización del arte y estetización de la política exigimos más a los actores que a los políticos.

Vivimos en un mundo en el que ya no se pueden ver las películas y las series de Louis CK por su mala conducta sexual. Kevin Spacey ha sido eliminado de All the Money in the World y de la nueva temporada de House of Cards por acusaciones de acoso sexual. Amazon anuncia que está planteándose rescindir el contrato que tiene con Woody Allen, a causa de unas acusaciones nunca probadas de abuso sexual que datan de hace un cuarto de siglo. La National Gallery of Art de Washington ha cancelado una exposición de Chuck Close, acusado de acoso sexual.

Algunas películas del año capturan el Zeitgeist. Una es Tres anuncios en las afueras, un relato sobre la venganza. Otra es Los archivos del Pentágono, que combina la reivindicación del periodismo fiscalizador del poder con un ángulo feminista. Es un género clásico y el dilema también lo es. La dueña del periódico, Katharine Graham (Meryl Streep), tiene que escoger entre la prudencia que recomiendan los abogados y accionistas y el arrojo que prefieren el director y los reporteros. El derecho a publicar solo se afirma publicando, explica Bradlee (Tom Hanks). La decisión correcta, que se defiende con tonos épicos, es, por supuesto, la contraria a la que han tomado las productoras y distribuidoras.

Mientras tanto, Donald Trump, que ha cumplido un año como presidente de Estados Unidos, tiene numerosas acusaciones de acoso sexual y fue grabado diciendo que si eres una estrella puedes “agarrar a las mujeres por el coño”. Estos días se ha publicado que el abogado de Trump pagó ciento treinta mil dólares a una actriz porno para que no dijera que se había acostado con el actual presidente. La actriz ha negado que se produjera el encuentro sexual, pero como señaló The Onion, quizá lo más sorprendente es que no fuera la actriz quien pagara a Trump para que mantuviera el silencio sobre la relación.

Mientras tanto, en Italia lidera las encuestas Silvio Berlusconi, que fue condenado por pagar por servicios sexuales a una menor y por interceder para liberarla, cuando ella estaba detenida por robo, diciendo que era la sobrina de Mubarak. Berlusconi fue absuelto más adelante: de lo segundo, porque “no ocurrió”; de lo primero, porque “no es un crimen”. El político ha tenido otros problemas legales relacionados con la prostitución y los sobornos. En sus años en el poder se popularizó el término bunga-bunga.

Naturalmente, para rechazar la política populista e incompetente de Berlusconi o Trump no es necesario entrar en su machismo o su condición de predadores sexuales: su gestión reúne méritos de sobra. Pero el contraste es llamativo. Parece que, como decía una viñeta del New Yorker, no podemos exigir a quienes rigen los destinos políticos la moralidad que pedimos a quienes se encargan de entretenernos. Así, Kevin Spacey tiene una moralidad demasiado dudosa como para interpretar en la ficción a un personaje diabólicamente autoritario y criminal que ocupa un cargo que en la realidad ocupa alguien de moralidad como mínimo tan dudosa como la de Spacey. También se pide la retirada de cuadros o se critican obras literarias como Lolita (perseguidas en otro tiempo por los conservadores) porque la ficción debe dar buenos ejemplos: para malos ejemplos, parece, ya tenemos la realidad.

Este fenómeno puede verse como una consecuencia de la moralización del arte y de la estetización de la política, que José Luis Pardo ha descrito en Estudios del malestar o en el número de febrero de Letras Libres. No parece que esa moralización del arte sea buena para el arte y desde luego tampoco para la moral. Con respecto a la estetización de la política que vemos en Trump o Berlusconi, la mejor descripción son unas palabras del propio Woody Allen, que dijo que “la vida no imita al arte, sino a la mala televisión”.

 

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