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Cultura

La censura políticamente correcta (M. Arias Maldonado, A. Nacarino-Brabo, D. Gascón, F. Sánchez Pintado, C. Pérez y J. Lázaro)

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Los iconoclastas inversos, por Manuel Arias Maldonado

(Texto publicado originalmente en The Objective, el 28 de enero de 2018)

Retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway: ni una sombra de sospecha debe proyectarse sobre las representaciones culturales con las que nos entretenemos. Porque hacemos algo más que entretenernos con ellas; nos formamos. O sea, asimilamos modos de ver y juicios de valor que incorporamos a nuestra percepción de la realidad y acaso a nuestro comportamiento. Todo aquello que pueda ser juzgado sexista, racista o supremacista debería por tanto ser prohibido. No es censura, sino salud pública.

Así razonan, aproximadamente, los iconoclastas inversos. Son iconoclastas porque, al igual que los antiguos destructores de iconos, se dedican a derribar ídolos. En este caso, los consagrados por la tradición cultural occidental: los grandes artistas del canon. Y son inversos porque, en contraste con los desmitificadores que combaten las certezas establecidas, no persiguen ampliar los contenidos de libertad sino reducirlos. Su operación es reduccionista y a menudo refleja esas “miserias de la mente literal” que ha descrito con agudeza Daniel Gascón.

Resulta chocante que alguien pueda identificar a Humbert Humbert con Nabokov o ver en Lolita una apología de la pedofilia. Ya que estamos, esa portentosa historia de amor que es Ada o el ardor contiene también elementos discutibles: desde la temprana edad de los amantes al lujoso prostíbulo que regenta el dolido Van Veen durante su separación de Ada, por no mencionar el detalle de que ambos son -descubren ser- hermanos. De acuerdo con estas mismas reglas, Mark E. Smith, el inimitable cantante de la banda británica The Fall -fallecido la pasada semana a los 60 años- jamás podría haber hecho carrera: su talante adversativo no dejaba títere con cabeza ni se plegaba a forma alguna de corrección política.

Huelga decir que existen, porque la historia lo ha demostrado, ideas peligrosas. Pero es importante no confundir las ideas peligrosas con las ideas incómodas. Quizá lo peligroso sea no tener ideas incómodas; sobre todo si alguien se empeña en decidir por los demás cuáles son. Y no olvidemos que las obras de arte son representaciones de la realidad y no la realidad misma: Nabokov no secuestró a nadie, ni abundan los lectores de Nabokov que hayan imitado a ese “asesino de prosa exquisita” que es Humbert Humbert. Por lo demás, si las cifras de ventas de Lolita se han beneficiado del malentendido en torno a su naturaleza “picante”, tanto mejor para los herederos del escritor ruso.

Pero, ¿no es precisamente una de las virtudes del arte -esa “finalidad sin fin” al decir de Kant- su capacidad para aproximarnos a las distintas manifestaciones de lo humano? En todas sus formas: de lo sublime a lo perverso. Solo así podemos “salir” de nosotros mismos, de nuestro limitado punto de vista, para abrirnos a otras perspectivas. No es así extraño que el pensador británico Michael Freeden encuentre en el cultivo de las humanidades la mejor justificación para el liberalismo, entendido como una ideología que cultiva el pluralismo epistémico y subraya la provisionalidad de las verdades públicas. Irónicamente, ese mismo liberalismo es el que permite que los iconoclastas inversos defiendan retirar un Balthus, censurar Lolita, reprobar a Hemingway. Y es en la esfera pública democrática donde discutiremos sus argumentos. Aunque, si queremos seguir siendo una sociedad liberal, no deberían prosperar.

Manuel Arias Maldonado

 



 

Por la corrección política y en contra del puritanismo, de Aurora Nacarino-Brabo

(Texto publicado originalmente en Letras Libres, el 30 de enero de 2018)

Estamos viendo dos impulsos antiliberales antagónicos: una reacción conservadora autoritaria y una pulsión puritana que niega la libertad individual.

Quizá nunca haya tenido ocasión de decirlo hasta ahora por escrito: soy una gran defensora de eso que se ha dado en llamar la “corrección política”. Y nunca me he privado de meterme en todos los charcos y polémicas que pueden ocupar a un comentarista de la actualidad.

Las turbulencias políticas que siguieron a la última gran recesión en Occidente, y que significaron el auge de líderes y partidos de corte populista y/o nacionalista, llegaron muchas veces con una crítica a la corrección política. No hay que perder de vista la paradoja de quienes se esconden detrás del eufemismo para defender ideas viejas y conocidas a las que ni ellos mismos quieren llamar por su nombre. Es un fenómeno que comenzó a fraguarse hace años, disfrazado de honestidad. Bastaba que alguien nos anunciara: “Yo es que soy muy sincero”, o bien: “Yo digo las cosas como son”, para tener la certeza de que lo que vendría a continuación sería una impertinencia.

Primero se disfrazó de sinceridad la mala educación, y después esta fue ganando estatus político. El rechazo a la corrección política forma hoy parte del programa de algunos partidos y define el discurso de sus candidatos. Tras su demonización siempre late la justificación del trato desigual por razón de etnia, religión, sexo u orientación sexual.

La crítica a la corrección política como atributo de la modernidad ha alcanzado su popularidad máxima en un momento de reacción contra esa modernidad. La crisis económica, la intensificación de la globalización, la aceleración del cambio tecnológico y el aumento de los flujos migratorios significaron para muchos el advenimiento de un tiempo de inseguridad e incertidumbre. Ese temor y esa extrañeza del mundo pusieron en marcha un reflejo de repliegue que puede leerse de Europa a América y del Brexit a Trump.

En realidad, esta reacción no es nueva. En El proceso de la civilización, Norbert Elias daba cuenta de un fenómeno muy interesante que se produjo en el viejo continente con la llegada de la Edad Moderna. Comenzaron a aparecer los primeros Estados centralizados, con un ejército profesional y un sistema tributario capaz de recaudar impuestos de forma eficiente. Todo ello obedecía a una lógica bélica: los Estados sobrevivían y prosperaban por medio de la guerra, y ello dio origen al perfeccionamiento de la administración y del ejército.

Sin embargo, esa vocación bélica de los Estados tuvo como consecuencia la progresiva pacificación y la cohesión de las sociedades, según una máxima que predicaba paz en el interior y guerra en la frontera. Así, paradójicamente, y como ha explicado Ian Morris, la guerra fue responsable del declive de la violencia en Europa. O como dijo Elias: La “violencia queda reducida a un monopolio de un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás”.

Esto trastocó inevitablemente las viejas formas de organización política y social. La principal transformación afectó a la nobleza, que en poco tiempo perdió la mayoría de sus antiguas atribuciones militares. En torno a la monarquía se produjo una nueva socialización. Prosperar política y socialmente ya no dependía tanto de los méritos acreditados en el campo de batalla como de las habilidades para desenvolverse en ese nuevo ámbito de diplomacia, burocracia y relaciones públicas que era la corte. Y ser exitoso en la corte exigía un refinamiento de las maneras toscas del soldado, así como la represión de los instintos sexuales y violentos para los que hacía no tanto no cabía contención.

A este proceso Elias lo llamó la “pacificación de los guerreros”, y a su culminación, una vez hubo permeado hacia hacia las clases bajas, se refirió como “la sociedad cortesana”. La sociedad cortesana puede considerarse como precursora de la corrección política. De las palabras de Elias puede inferirse una cierta evolución histórica cuya inercia conduce a una pacificación progresiva de las sociedades. No obstante, Elias publicó El proceso de la civilización en 1939, razón por la que su lectura evolucionista no fue muy popular.

Efectivamente, la sociedad cortesana fue percibida por algunos como una jaula. De este modo, se fueron fraguando elementos reactivos movilizados por la añoranza de un pasado más libre. La voluntad de afirmación individual y el rechazo al constreñimiento de los instintos están en el origen de un romanticismo que escalará desde el movimiento Sturm und Drang hasta el nazismo.

Sin embargo, la teoría de Elias tiene validez desde el punto de vista de una evolución discontinua. Incluso si tenemos en cuenta las dos guerras mundiales, la violencia no ha hecho sino declinar en Europa desde que disponemos de registros. Este retroceso, que Elias considera que comienza a partir del año 1500, es probablemente anterior. Ian Morris describe cómo la romanización había tenido efectos similares casi un milenio y medio antes. Así describiría la Pax romana el esclavo convertido en filósofo Epicteto: “Ya no hay guerras ni batallas ni grandes bandidos ni piratas; podemos viajar a todas horas, del amanecer hasta la puesta de sol”.

Es previsible que sigan produciéndose discontinuidades en esa evolución, aunque cabe esperar que sean cada vez más breves y menos pronunciadas. Es posible que hoy nos encontremos en una de ellas. La crisis económica de la década pasada dio origen a una reacción de carácter romántico contra los atributos de la modernidad. El auge del nacionalismo, los discursos populistas, el rechazo a la inmigración, las inercias eurófobas o la contestación de la democracia liberal y sus instituciones dan cuenta de ello. También los ataques a la corrección política, nuestra particular sociedad cortesana.

No obstante, es posible que, en una posmodernidad que es al mismo tiempo reacción contra la modernidad y profundización en ella, estemos viendo dos tipos de impulsos antiliberales antagónicos: por un lado, una reacción conservadora de tintes autoritarios y antiigualitaristas. Por el otro, una pulsión puritana, victimizadora y negadora de la libertad individual.

Estas dos reacciones, que tratan de impugnar moralmente el sistema en distintas direcciones, y a las que desde luego no cabe dar el mismo tratamiento ético, han producido gran cantidad de ruido mediático y están protagonizando grandes movimientos políticos y sociales. Quizá por ello convenga recordar que tienen lugar en el periodo en que Occidente ha conocido más progreso, bienestar y reconocimiento de derechos. Es cierto que hay muchas tareas por acometer, pero la historia nos conmina a un modesto y discontinuo optimismo.

Aurora Nacarino Bravo

 



 

La paradoja de la censura, por Daniel Gascón

(Texto originalmente publicado en Letras Libres, el 1 de febrero de 2018)

En esta época de moralización del arte y estetización de la política exigimos más a los actores que a los políticos.

Vivimos en un mundo en el que ya no se pueden ver las películas y las series de Louis CK por su mala conducta sexual. Kevin Spacey ha sido eliminado de All the Money in the World y de la nueva temporada de House of Cards por acusaciones de acoso sexual. Amazon anuncia que está planteándose rescindir el contrato que tiene con Woody Allen, a causa de unas acusaciones nunca probadas de abuso sexual que datan de hace un cuarto de siglo. La National Gallery of Art de Washington ha cancelado una exposición de Chuck Close, acusado de acoso sexual.

Algunas películas del año capturan el Zeitgeist. Una es Tres anuncios en las afueras, un relato sobre la venganza. Otra es Los archivos del Pentágono, que combina la reivindicación del periodismo fiscalizador del poder con un ángulo feminista. Es un género clásico y el dilema también lo es. La dueña del periódico, Katharine Graham (Meryl Streep), tiene que escoger entre la prudencia que recomiendan los abogados y accionistas y el arrojo que prefieren el director y los reporteros. El derecho a publicar solo se afirma publicando, explica Bradlee (Tom Hanks). La decisión correcta, que se defiende con tonos épicos, es, por supuesto, la contraria a la que han tomado las productoras y distribuidoras.

Mientras tanto, Donald Trump, que ha cumplido un año como presidente de Estados Unidos, tiene numerosas acusaciones de acoso sexual y fue grabado diciendo que si eres una estrella puedes «agarrar a las mujeres por el coño». Estos días se ha publicado que el abogado de Trump pagó ciento treinta mil dólares a una actriz porno para que no dijera que se había acostado con el actual presidente. La actriz ha negado que se produjera el encuentro sexual, pero como señaló The Onion, quizá lo más sorprendente es que no fuera la actriz quien pagara a Trump para que mantuviera el silencio sobre la relación.

Mientras tanto, en Italia lidera las encuestas Silvio Berlusconi, que fue condenado por pagar por servicios sexuales a una menor y por interceder para liberarla, cuando ella estaba detenida por robo, diciendo que era la sobrina de Mubarak. Berlusconi fue absuelto más adelante: de lo segundo, porque “no ocurrió”; de lo primero, porque “no es un crimen”. El político ha tenido otros problemas legales relacionados con la prostitución y los sobornos. En sus años en el poder se popularizó el término bunga-bunga.

Naturalmente, para rechazar la política populista e incompetente de Berlusconi o Trump no es necesario entrar en su machismo o su condición de predadores sexuales: su gestión reúne méritos de sobra. Pero el contraste es llamativo. Parece que, como decía una viñeta del New Yorker, no podemos exigir a quienes rigen los destinos políticos la moralidad que pedimos a quienes se encargan de entretenernos. Así, Kevin Spacey tiene una moralidad demasiado dudosa como para interpretar en la ficción a un personaje diabólicamente autoritario y criminal que ocupa un cargo que en la realidad ocupa alguien de moralidad como mínimo tan dudosa como la de Spacey. También se pide la retirada de cuadros o se critican obras literarias como Lolita (perseguidas en otro tiempo por los conservadores) porque la ficción debe dar buenos ejemplos: para malos ejemplos, parece, ya tenemos la realidad.

Este fenómeno puede verse como una consecuencia de la moralización del arte y de la estetización de la política, que José Luis Pardo ha descrito en Estudios del malestar o en el número de febrero de Letras Libres. No parece que esa moralización del arte sea buena para el arte y desde luego tampoco para la moral. Con respecto a la estetización de la política que vemos en Trump o Berlusconi, la mejor descripción son unas palabras del propio Woody Allen, que dijo que “la vida no imita al arte, sino a la mala televisión”.

Daniel Gascón

 



 

La incluisividad lingüística debe ser radical, por Daniel Gascón

(Texto originalmente publicado en Letras Libres, el 18 de febrero de 2019)

Suprimir palabras que designan realidades desagradables puede eliminar algunas de esas realidades desagradables.

El mantra se repite en tribunas, tertulias y análisis. Se puede escuchar en las pesadillas y en la vigilia. A muy temprana edad una niña recibe la sentencia y la naturaliza, la hace suya. La palabra sin marca en la lengua castellana es la palabra masculina. En plural designa simultáneamente a entidades masculinas y femeninas. A veces es ambigua y a veces discrimina. Se trata de la diferencia gramatical: una manera de discriminar independiente de la de la naturaleza, según dicen. Ya se sabe que esa supuesta neutralidad es una falacia que encubre una herramienta para invisibilizar a la mujer.

El imparable tsunami feminista trabaja sin cesar para que esta evidencia se acepte. Se sabe que la parte semántica carece en buena medida de disputa y que hay causas prescriptivas y descriptivas para insistir en la brecha. Lingüistas de tendencias muy diferentes, en universidades y hasta en la Real Academia, admiten ya las premisas. A veces hacen matices, hablan de la naturalidad de la lengua, del avance y avatares de las palabras del latín a las lenguas francesa, italiana, catalana y castellana. Es un disfraz, un camuflaje que busca deslegitimar el avance tras la excusa de la ciencia.

Se señalan y a veces extirpan las palabras que marcan realidades e imágenes sexistas. Nuevas realidades exigen que se amplíe el caudal y que se creen significantes para las nuevas circunstancias y sensibilidades.

Hay una ausencia grave aún. Muchas más áreas de la lengua de las que habitualmente se admiten muestran huellas sexistas y patriarcales. Sucede en palabras, letras y partículas gramaticales que carecen de carga semántica, según dicen desde academias y universidades. Nada es puramente instrumental en un sistema de estas características. La tara semántica represiva está ahí, se puede descubrir aunque quieran disimularla tras la pretendida neutralidad de las estructuras sintácticas.

Limitar la tarea inclusiva a eliminar un final que marca, bien la pluralidad bien la especifidad, sería insuficiente, y derivaría en una trampa que indudablemente llevaría a nuevas invisibilidades.

Sería una ingenuidad letal aceptar esa premisa a veces ciega y frecuentemente maligna. De igual manera que la basura en una esquina hace que se degrade una calle entera, que la llave inglesa usada en un crimen es inadecuada para arreglar la cuna en que duerme la criatura lactante en una casa feliz, la huella machista de una partícula en una palabra se traslada a la letra aunque esté exenta de carga semántica. ¿Puede esa letra, esa llave inglesa, dejar de ser partícipe de un crimen? ¿Quién querría bañarse en agua sucia si hay alternativa?

Se dice que en las lenguas las estrategias inducidas únicamente desde arriba fracasan de manera inevitable. Se afirma tajantemente, y se prescinde de sustentar la tesis en pruebas ni nada similar, más allá de la experiencia previa en varias lenguas. Si, antes de ver cualquier prueba, se visten de verdades las herramientas de defensa de un régimen y de una estructura que abarca de la metafísica al episteme y limita la viabilidad de la experiencia y así la capacidad de transmitir la riqueza de la vivencia femenina, ¿qué enseñanza se traslada, qué cadena se desactiva, qué cárcel se destruye?

La resistencia que encuentra este avance exige recrudecer el ataque. La intensidad ha de ser triplicada. Nunca se es excesivamente radical: hace falta llegar hasta el límite, e ir más allá.

Dirán que es una quimera: esa vieja etiqueta nunca detiene a las feministas. Advierten de que se perderán palabras habituales, muy útiles en la vida diaria. Habrá que buscar nuevas. La vertiente gráfica habrá de marcar esta vez la ruta de la lengua hablada, la vertiente escrita guiará a la auditiva en esta travesía fascinante.

Imaginar permitirá purificar, empezar desde la línea de salida, crear una lengua nueva. La batalla para resignificar empieza en el significante. La creatividad servirá para hallar maneras alternativas de describir, para descubrir maneras distintas de pensar. Algunas ideas y palabras se perderán: eran antiguallas, inadecuadas para esta era. Y, además, aunque haya a quien le pese y quien se ría de la idea, eliminar palabras que designan realidades desagradables puede eliminar algunas de esas realidades desagradables.

La asfixiante presencia de la letra machista, que simula su naturaleza fálica en su circularidad, ha de ser resistida. La lucha feminista bien merece renuncias. Empezaré naturalmente en esta pieza. Parece a primera vista una tarea fuera del alcance de cualquiera, extenuante. Al final es fácil. Ya se ve: terminé esta página sin ella. Y, sinceramente, perder una quinta parte de las herramientas lingüísticas básicas para fabricar sílabas y una sexta parte de la palabra que me designa es una renuncia asumible en aras del avance de la mitad de la humanidad.

¡Muerte a la letra o!

Daniel Gasc-n

 



 

Usos y abusos del lenguaje, por Fernando Sánchez Pintado

 

Georges Perec hizo desaparecer la letra e, la más común en francés, de La Disparition, una novela de más de trescientas páginas cuyo valor literario supera con mucho al de la experimentación de someterse a una regla tan constrictiva y arbitraria. Daniel Gascón ha suprimido en todo su artículo una letra que, por exigencias del guión, tenía que ser la letra o. También en este caso es más que un divertimento. Muestra lo artificial y absurdo del llamado lenguaje inclusivo del tardofeminismo que pretende, por cambiar o suprimir algunas palabras, cambiar la realidad. La ironía pone al descubierto la inanidad de esta ideología, por eso es más rigurosa que cualquier admonición moral. Y mucho más divertida.

El intento de hacer el lenguaje a la medida de la voluntad de quien dicta las reglas para que, de manera subrepticia o autoritaria, al principio sean aceptables y, más tarde, lleguen a ser obligatorias, es, además de vano, peligroso. Vano, porque los nosotres y todes, los marichulos y cisgéneros, desaparecerán como han venido, simplemente por el paso del tiempo. ¿Quién se acuerda hoy de las “chicas topolino”? Pero también peligroso, porque lo que este tardofemenismo llama visibilizar es, en realidad, ocultar y negar lo real y ahormar la vida social a lo que, en buena medida, se entronca con una concepción política de raigambre totalitaria. Ejemplos sobran, baste recordar, en la ficción, la neolengua de 1984 cuya finalidad era impedir el pensamiento autónomo y libre o lo que, en la realidad, el nazismo impuso como la auténtica lengua alemana, en este caso nada inclusiva, algunos de cuyos terribles testimonios podemos leer en La lengua en el Tercer Reich. Todas estas formas de someter el lenguaje a los designios de los “ingenieros del alma”, como llamó Stalin a los artistas y creadores obedientes al Partido, son la expresión de una voluntad autoritaria y, al tiempo, un mecanismo clave para se acepten como naturales los límites que imponen a la vida social.

Podemos decir, porque es una intuición común a todos los hablantes, que nos encontramos desde siempre inmersos en la lengua, cuya estructura permanece, sin que por ello sea una esencia, cambiando o cambia permaneciendo para que sea posible comunicarnos. Es hecha por los hablantes y responde, de maneras muy diversas, a las transformaciones que experimenta la sociedad. No todos los cambios son autónomos ni tienen el mismo peso o capacidad de influencia y arraigo. Algunos de estos cambios no son inocentes, recogen la concepción e intereses de las élites que proyectan, a través de nuevos usos del lenguaje, sus valores con los que pretenden dirigir o continuar dirigiendo la sociedad. Es obvio que algunos perduran y otros desaparecen, casi siempre aquellos que son ajenos a los usos normales, y, por el contrario, tratan de amoldar la realidad a la forma en que ellos la nombran. Esto es lo que ocurre y ocurrirá con las fantasías lingüísticas del tardofeminismo. No es lo mismo, por poner algún ejemplo, utilizar en español el género femenino para las profesiones de las que hace años estaban excluidas las mujeres, que alterar las reglas gramaticales básicas, bien sustituyendo los nombres masculinos por términos abstractos, bien suprimiendo el masculino genérico, bien con otras curiosas innovaciones que hacen imposible la comunicación.

No creo necesario insistir en que la lengua mantiene un raro equilibrio entre innovación permanente y sujeción estricta a sus propias reglas, y que sería ingenuo suponer que la naturaleza de las cosas pasa directamente a las palabras que las designan. Aunque siempre nos quepa la duda de que las palabras tampoco se eligen al azar, de manera que, como señala Eric Fiat, no «se habría podido llamar al ruiseñor “yunque” o al yunque “ruiseñor”».

La lengua es un terreno privilegiado en la pugna por el control social, en el que se manifiesta el poder o la influencia de distintos colectivos e ideologías, en el que se expresan los conflictos y mutaciones que experimenta la sociedad, aunque afortunadamente sobreviva a todas esas batallas, como es obvio. Por supuesto, el tardofeminismo y su neolengua no son ni mucho menos un caso único, aunque esta última tiene la virtud de ser inaplicable, por más que se haya convertido en bandera política que, a falta de la lucha de clases, algunos partidos necesitaban. Pero hay otras formas más sinuosas y, en apariencia, inocuas, que a través de un uso pervertido del lenguaje presentan sus ideas como si fueran hechos innegables.

No se trata de casos como el de utilizar “derecho a decidir” para significar independencia, que no pasa de ser una forma más de las muchas que tiene la mentira, sin que por ello altere el significado de derecho y de decisión, sino a otros más graves de desplazamientos semánticos que variando el sentido de un término cambian también lo que significa, es decir, tratan de alterar la realidad gracias a la palabra. Esto es lo que ha ocurrido con el desplazamiento semántico del término sionismo que, en mi opinión, es paradigmático. Aunque esta digresión sea en exceso larga y en apariencia ajena al bombardeo (inofensivo y mediático) de la neolengua tardofeminista, quizá sirva para mostrar hasta dónde pueden llegar las perversiones de la lengua ligadas a determinadas formas de poder.

El movimiento sionista nace a finales del siglo XIX. Theodor Herzl, como es bien sabido, es el padre del sionismo que propuso la creación de un Estado soberano judío, convencido de que era la única solución ante los grandes «pogroms» que tuvieron lugar en esos años en Rusia y al asunto Dreyfus en Francia, que hicieron evidente que no era posible la asimilación de los judíos ni su existencia diferenciada como había sido tradicional hasta entonces, es decir, ni los guetos eran un lugar seguro. Transcurrió medio siglo y el holocausto hasta que se constituyó el estado de Israel, aunque la creación del “hogar nacional judío” comenzó antes con grandes flujos migratorios a Palestina, donde en 1940 ya vivía cerca de medio millón de judíos. Así, pues, el sionismo es un movimiento político que surgió en oposición al antisemitismo de la época y, en líneas generales, conservó los rasgos europeos de entonces: nacionalismo, laicismo y socialismo. En consecuencia, la crítica o el rechazo frontal a este movimiento deberían hacerse en términos políticos, por acerbos que sean. Sin embargo, los términos sionismo y antisionismo, desde mediados del siglo pasado, no se emplean de esta manera. En el mejor de los casos se solapan con el de imperialismo, para que de esa manera quede bien claro que el sionismo forma parte de la maquinaria de dominación militar de EE.UU., aunque sin por ello perder una diferencia fundamental, la de ser judíos.

Es de sobra conocido que el uso generalizado de sionismo, como una forma de imperialismo ajena a su origen y presupuestos políticos, se debe a la lucha de bloques después de la II Guerra Mundial en la que el bloque soviético trataba de delimitar su área de influencia en Oriente Medio. Sin embargo, la cuestión cambia radicalmente cuando los términos sionismo y antisionismo se trasladan a los movimientos de izquierda occidentales y se convierten en la forma consagrada de referirse al estado de Israel. Gracias a ese desplazamiento, sionismo pasó a significar dominación del estado de Israel y, a medida que el nacionalismo/integrismo islámico se hacía más potente, del pueblo judío. Desde entonces abandonó su significado estrictamente político.

El uso habitual por parte de la izquierda biempensante de antisionismo se presenta como político, pero no puede ocultar su huella antisemita. Después de la Shoah no es fácil expresar abiertamente el antisemitismo, que se introduce y disimula bajo la cobertura verbal de crítica, a veces mesurada, de la política del estado de Israel. Ahora bien, si esto ocurre en foros y medios de comunicación oficiales de Occidente, a los movimientos sociales de extrema izquierda y derecha se traslada como un hecho incontrovertible y una injusticia cuya única solución es la supresión de dicho estado, es decir, de Israel. Como vemos en este y en tantos otros casos, no es trivial el uso de las palabras.

El escritor francés, Alain Finkielkraut, hace días fue rodeado e insultado por grupos de gilets jaunes en París. En una manifestación no habría sido nada extraordinario, si no hubiera sido judío. “Lárgate, sucio sionista de mierda”, “pedazo de mierda sionista”, gritaban con gestos nada amistosos. No hay que ser un fino analista para saber lo que en este contexto significa sionista. Y, como si estuvieran expulsando una vez más a todos los judíos, terminaron a gritos “Francia nos pertenece”. El antisemitismo adopta muy diversas maneras para resurgir. Este desplazamiento semántico es una de ellas, con él se encubre y se expresa el odio antijudío anclado profundamente en occidente. Bajo una formulación aparentemente política se renuevan Los protocolos de los sabios de Sión.

Me he permitido esta larga digresión no para hacer un paralelismo entre dos formas de utilización del lenguaje por ideólogos y aparatos políticos, dos formas que son incomparables, cuyos orígenes y objetivos son contrapuestos. Hay una radical diferencia entre la neolengua de organizaciones políticas que se amparan en el feminismo y el uso de sionismo que aparenta ser neutro e inspira una nueva forma de antisemitismo. Pero tal vez sirva para alertarnos de hasta dónde pueden llegar ciertos usos del lenguaje, hasta aquellos animados de las mejores intenciones que deben ser precavidos con los derroteros que pueden tomar. Someter a crítica nuestro lenguaje, empezando por el propio, es un asunto de gran transcendencia política.

Fernando Sánchez Pintado

 



 

NOVEDAD: Antes que inútil, que sea útil para mis ideales, por César Pérez Romero

 

Hace aproximadamente un año, Daniel Gascón adelantaba que Amazon se planteaba rescindir su contrato con Woody Allen debido a sus acusaciones judiciales pasadas. Ahora que se ha confirmado tal noticia, podrían rescatarse unas palabras pronunciadas por Eugène Ionesco más de cincuenta años atrás, declaraciones en las que describe una sociedad quizá no muy distinta de la actual. La cita procede del conocido (y reconocido) manifiesto de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013).

Antes de transcribirlas, y en línea con las reflexiones aquí publicadas acerca de Lolita o de Balthus y su Thérèse dreaming, cabe preguntarse qué hay detrás de ese afán de corregir el arte siguiendo criterios morales (afán, por otra parte, no exclusivo del arte, y extendido hoy en día a otros ámbitos como el humor, la historia —con frecuencia reelaborada según juicios actuales— o los estilos de vida). El resentimiento que menciona acertadamente Juanjo Jambrina en otra deliberación de esta revista es posiblemente su base, y el sol argelino de un Camus que se distanció del marxismo debe servirnos para ver que algunos sectores de la nueva y fragmentada izquierda, detrás de fines parcialmente legítimos, esconden, como aquel movimiento, la pulsión por el dogmatismo y la censura.

Pero si el rencor es la base, otros incentivos son necesarios para que el ímpetu censor se perpetúe y crezca. Y aquí es donde entra Ionesco, que ve en el ritmo de vida de sus coetáneos y en la predominancia de los saberes prácticos la raíz de esa generalizada vulnerabilidad ante el ataque de ideas fanáticas. Seguramente, el poder de calado de tales ideas, en un mundo en el que la posverdad trata de imponerse sobre la verdad, las redes sociales sobre los periódicos, la inmediatez sobre la pausa y el sectarismo sobre la imparcialidad, no ha hecho sino aumentar. “El hombre moderno, universal”, escribe Ionesco, “es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil […] Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio”. Y continúa: “Porque esta gente atareada, ansiosa, que corre hacia una meta que no es humana o que no es más que un espejismo puede, súbitamente, al sonido de cualquier clarín, al llamado de cualquier loco o demonio, dejarse arrastrar por un fanatismo delirante, una rabia colectiva cualquiera, una histeria popular. Las rinocerontitis más diversas, de derecha y de izquierda, constituyen las amenazas que pesan sobre la humanidad que no tiene tiempo de reflexionar”.

El escritor israelí Amos Oz, recientemente fallecido, también asociaba la carencia de sentido del humor con el carácter fanático. Respecto a las “rinocerontitis de derecha y de izquierda”, puede cada cual buscar los ejemplos que quiera en el panorama nacional.

Las ideas sociales caben en la literatura, en el cine y en el arte en general; el ser humano es un ser social y el arte lo refleja. No obstante, no puede limitarse la creación artística a ser un vehículo de la política (por fortuna, sus fines apuntan bastante más alto). Y aunque el problema no es exclusivo de nuestro tiempo, parece apreciarse hoy en día una tendencia a valorar más las características sociodemográficas de los protagonistas (o la trayectoria vital del creador) que la calidad artística de la película, no extrañando ya oír hablar de novelas o películas “necesarias”, en el sentido de que abordan temas de gran actualidad social (cuando, como Ordine no se cansa de repetir, el arte es por definición inútil e innecesario). Por ello, urge alejar de las garras del lobo con piel de cordero el producto más ambicioso de la especie humana. Un producto sin fin en sí mismo, o más concretamente, con él mismo como único fin. El arte y la ideología no es que casen mal, es que son opuestos: se mezclan libertad y belleza con sectarismo y patrones fijos.

César Pérez Romero

 



 

NOVEDAD: Comentario de José Lázaro

Pienso que es un acierto de César Pérez Romero vincular esta deliberación sobre la censura políticamente correcta a la otra abierta en Deliberar sobre la actualidad del resentimiento. Entre todos los conceptos de Nietzsche que siguen estando vigentes, destaca con la mayor brillantez el de resentimiento, ya que es precisamente ese concepto, entendido al modo nietzscheano, el que explica la feroz tendencia que los creyentes tienen hacia el goce de prohibir: cuanto más firmes se van haciendo sus creencias (da igual el “ismo” en que crean, pues en esto coinciden los católicos, los racistas, los islamistas, comunistas, feministas, animalistas, nacionalistas o cualquier otro miembro de un grupo cuyo nombre acabe en “-ista”) más intensa es la vocación de prohibir todo aquello que no coincida con sus verdades absolutas (da igual que sean los deseos impuros, la convivencia con razas inferiores, las bebida alcohólicas, la propiedad privada, los piropos, las corridas de toros o la bandera del vecino). Si algo une a todos los auténticos creyentes es el placer que experimentan al prohibir los placeres que no pueden disfrutar (especialmente en los casos en que les resulta difícil ocultar el deseo de gozarlos). Y eso es precisamente lo que Nietzsche llamó “resentimiento”: impedir que los sanos disfruten lo que les está vedado a los enfermos, impedir que los fuertes hagan lo que quisieran y no pueden hacer los débiles, impedir que los libres gocen de lo que quisieran gozar, aunque lo nieguen, los adictos a la servidumbre voluntaria.

La actualidad del resentimiento no se debe a que haya reaparecido, sino a que nunca ha dejado de estar presente, aunque sea oculto bajo distintos disfraces. Por eso no es desafortunado el término “neopuritanismo” para referirse a los censores vocacionales que hoy nos amenazan desde los medios más políticamente correctos. Nuevos intentos de imponer el viejo afán inquisitorial con que las almas puras intentan siempre dar salida a su eterno resentimiento.

 

José Lázaro