Chaves Nogales sobre Cataluña, Daniel García-Mina

Daniel Ramírez García-Mina

¿Qué pasará en Cataluña? Ríos de tinta dibujan una y otra vez esta pregunta. Encarnada en el eterno retorno nietzscheano aparece, siempre enrevesada, para marcar el ritmo de la actualidad española. Lo hacía antes y lo hace ahora. Quizá las respuestas al pasado sigan iluminando el presente. Quizá los pronósticos de hace décadas describan un partido que todavía no ha terminado.

Manuel Chaves Nogales (1897-1944) era periodista, ni más ni menos. Se definía a sí mismo como “un pequeño burgués liberal”, un hombre que se “ganaba el pan y la libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos”, lo que leído a día de hoy puede resultar sarcástico. Chaves, como todos, se preguntó: ¿Qué pasará en Cataluña? Con la cercanía y la mirada sincera de uno que describía su oficio como “andar y contar”, el periodista sevillano se mostró tajante cuando, después de cientas, quizá miles, de horas de calle y entrevistas pertinentes, contestó así a la eterna pregunta: “En Cataluña no pasará nada”.

Chaves llegó a Cataluña para contar historias a los lectores del diario Ahora en diciembre de 1931. Allí se reunió con el presidente de la Generalitat, Francesc Macià. Habían pasado siete meses desde la proclamación de un Estado independiente que tardó apenas tres días en irse al traste. Años después, volvió a callejear por Barcelona en febrero y marzo del 36, cuando Lluis Companys recorría la ciudad condal después de haber abandonado la cárcel para convertirse de nuevo en presidente. Chaves vio de cerca y conoció a los protagonistas que se atrevieron a proclamar la independencia de Cataluña de forma unilateral.

La actualidad vibrante de esta región envolvió a Chaves desde un primer momento, lo que le llevó a escribir: “Entusiasmo. Entusiasmo. En ningún lugar de España se sabe lo que es el entusiasmo popular si no es en Cataluña. Son gente fervorosa y propicia a la exteriorización de sus sentimientos”. El sevillano predijo la eternidad de la pregunta que intentaba responder: “Un sentimiento tan metido en la entraña de este pueblo como el del afianzamiento de su personalidad tiene fuerza bastante para subsistir soterrado y brotar pujante cuando llega su hora”. Sus textos cobran ahora una inmortalidad palpitante que los coloca de nuevo encima de la mesa, como si tuvieran vida propia.

De diadas y manifestaciones

Sus relatos de las manifestaciones de aquellos días, ahora diadas, podrían aparecer sin causar asombro en las portadas de los periódicos una y otra vez: “A nuestro pueblo le entusiasman estas grandes paradas de la ciudadanía. No sabe pasar muchos meses sin provocar alguna. Pero acaso entre una y otra (…) tendría alguien que preocuparse de llenar el tiempo con una tarea: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para estos deslumbrantes espectáculos. Si entre una manifestación de entusiasmo y otra no hay siquiera unos meses de silencioso y honesto trabajo, llegará un día en que este pueblo catalán, tan entusiasta, tan fervoroso, tan bueno, cambiará. Y entonces será peor”. Al hilo de las grandes movilizaciones, incluía un temor que el paso del tiempo verificó: “Sospecho que en aquellos momentos hubiera sido facilísimo para unos agentes provocadores convertir en separatistas a los millares de catalanes que celebraban el triunfo obtenido por el catalanismo en las elecciones”.

La política y el verbo

En cuanto a los políticos, los nombres propios han cambiado, y también las circunstancias, pero las afiladas palabras de Chaves vuelven a rasgar el tapiz de los años para colarse en el presente y también en el futuro. Apasionado por el fervor de los catalanes y después de haber entrevistado a Macià y Companys –sendos presidentes de la Generalitat por aquel entonces– escribió: “Los políticos catalanes son inferiores al pueblo. Es lógico que así sea. Los mejores hombres de Cataluña se consagran, por temperamento y tradición, al servicio de la industria, las artes, el comercio y la pura especulación; saben que con estas actividades pueden conquistar su bienestar material y espiritual; saben también que el servicio público no paga a sus hombres con la misma largueza que la industria privada ni con la misma consideración moral que el ejercicio de las artes o las ciencias. Esto basta para explicar por qué Cataluña no tiene el equipo de hombres públicos que el ejercicio de su autonomía requiere”. ¿Lo tiene hoy? ¿Lo tendrá mañana?

Porque las circunstancias han cambiado, pero no los hechos. Porque el tiempo pasa, pero algunas malas costumbres permanecen: “Si a esto se une el egoísmo de las clientelas políticas y el anhelo de conservar el poder en las mismas manos, el pueblo catalán no logrará el alto exponente a que tiene derecho. Ochenta y tantos hombres que quieren seguir cobrando unas dietas no tienen derecho a restar calidad a un pueblo”.

¿Por qué?

“Hoy paciencia, mañana independencia”. Jordi Pujol describió a la perfección una secuencia que se ha repetido en bucle desde los tiempos de la primera república hasta hoy; un guión cuyo contenido hace presagiar que volverá a empezar una y otra vez, sin ofrecer una sola rendija de luz al final del túnel. Hoy parece que es el turno de la independencia, mañana volverá la paciencia, para volver a dejar paso a su vez al separatismo. ¿Por qué? ¿Cuál es el origen de ese sentimiento soterrado dispuesto a aparecer en cualquier momento del que hablaba Chaves?

Quizá la respuesta viva dentro de un sapo. Disfrazando el reportaje con una fábula, el sevillano escribió:

Dos aldeanos van de camino. Uno de ellos lleva una vaca. Junto a una charca encuentran un sapo, que produce en el de la vaca un gesto de repugnancia. El otro aldeano afirma que el sapo es un animal ni más ni menos repugnante que los demás que sirven a diario de alimento del hombre.

  • ¿Tú serías capaz de comerte un sapo?, arguye el de la vaca.
  • Me lo comería si hubiera necesidad.
  • Te doy la vaca si eres capaz de comerte el sapo.

La codicia y el amor propio fuerzan al aldeano a coger el sapo y comérselo. El otro ve acongojado que su compadre es capaz y, ante el temor de quedarse sin la vaca, le propone que le devuelva su animal si se come la otra mitad del sapo. El de la vaca ve una gran ocasión de librarse del tormento y le da el pedazo de sapo que le queda a su compañero, que se lo traga. Después de andar un rato se preguntan, ¿por qué nos habremos comido un sapo?

¿Por qué el sentimiento separatista aflora en Cataluña cada cierto tiempo? ¿Por qué dos aldeanos se comen un sapo si ninguno de los dos quería hacerlo? Responde Chaves: “Si las derechas no pretendían acabar con el régimen autonómico, ¿por qué fueron contra él? Si las izquierdas no querían una nueva aventura revolucionaria, ¿por qué la intentaron? A fin de cuentas, derechas e izquierdas están de acuerdo en mantener el Estatuto. Ni la Esquerra quiere más ni la derecha menos. Es, sencillamente, una cuestión de mutua desconfianza”.

¿Qué pasará en Cataluña? Así contestó Chaves en el 36. Hoy, quizá lo hiciera del mismo modo: “En Cataluña no pasará nada. Hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente. Yo no sé si los hombres de la Esquerra, profesionales casi de la revolución, se resignarán a aceptarlo. Si no lo hacen, peor para ellos”.

 



Comentario de Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

El tema catalán no es un asunto menor. Se entrecruzan en él muchos vectores de fuerzas distintas y direcciones incluso divergentes. No son frecuentes las aproximaciones que dejan la visceralidad fuera de sus análisis. Quizá porque el tema es más visceral que racional.
Sería apasionante dilucidar la mezcolanza de sentimientos, motivos, ideas y agravios, reales o ficticios, que hacen a personas habitualmente agradables y racionales transformarse en energúmenos gritones e intolerantes, al socaire de dirigentes que manejan tales resortes con sorprendente habilidad. No es fácil conseguirlo y, por tanto, las explicaciones simplistas no sirven.

Me refiero, entre otras cosas, al irredentismo que arranca de una peculiar visión de la historia (en cuanto a la exactitud de los hechos sucedidos) y además de historia tan próxima que está perfectamente documentada. La idea básica del citado irredentismo se ha solido apoyar en los sucesos de la toma de Barcelona por las tropas borbónicas, planteada como la invasión de un ejército extranjero y aderezada con episodios tan peculiares como la exaltación de Rafael Casanova (que como es archiconocido murió en su cama siendo funcionario del Borbón).

No les voy cansar con el resto de los agravios “históricos” que han llegado a nuestros días, plataforma sobre la que se engastan tres aspectos fundamentales: uno, elemental, consiste en proclamar que los contribuyentes catalanes financian a los vagos del resto del país (cuando la realidad se ha vuelto en contra y los que están financiando los desvaríos presupuestarios de los políticos independentistas catalanes son el resto de los españoles, este argumento ha pasado misteriosamente a la segunda fila); otro, que tuvo mucho éxito aunque parezca (y sea) inane fue la machacona propaganda según la cual los barceloneses tenían que pagar peaje para ir de uno otro lado de la ciudad mientras que los madrileños disfrutaban de autopistas gratis (se lo he oído comentar a gente culta e inteligente por mucho que cueste creerlo); el tercero y mas complejo es una mezcla de dos cosas: la primera es: nos desprecian, no nos valoran, no nos quieren y solo nos utilizan; la segunda: somos mejores, más trabajadores, más civilizados, más avanzados y si no nos vamos nos acabarán estropeando (esta es muy común a todos los nacionalismos hispanos como sabe bien quien se haya molestado en leer a Sabino Arana).

Todo esto configura la mezcolanza a la que me refiero y que puede ser desgranada ad infinitum. Además toda ella no se usa de manera global y simultánea, sino inteligentemente troceada según la parte de la población a la que se dirige (v. gr., cuando se habla a los inmigrantes no se menciona la superioridad “sabiniana”. Se entiende que ellos ya pertenecen a esa élite peninsular/mediterránea y por tanto ya se les ha contagiado la superioridad). Para un tipo de consumo la superioridad es racial y para otro meramente cultural y, por tanto, adquirible al módico precio de la asimilación.

Como puede verse, se mezclan argumentos pretendidamente racionales (usados más o menos torticeramente), argumentos afectivos y argumentos infantiles. Todos juntitos y mezclados han tenido una efectividad envidiable; y más ante la pasividad idiota de los que tenían que haber dicho algo y no lo hicieron.

Literatura parcial y parcializada hay a carretadas.
Pero me temo que Chaves no vería hoy la situación como la vio cuando escribió la apostilla final que cita Ramírez García-Mina. Hoy juegan también intereses personales, además de intereses viscerales. Y los intereses personales son, por definición, muy racionales.
Los intereses políticos, en todo caso, tienen en 2016 un sentido del que carecían en 1936. No se trata de proclamar el Estado catalán en el seno de la República Federal española. Se trata de crear un estado nuevo en el marco de una comunidad internacional inexistente entonces, la europea.
Esa es la meta, ese es el plan, por mucho que aquellos con los que se pretende unirse se muestren más o menos reticentes a tal operación.
También hay diferencias en como el Estado afronta el asunto. Nada más lejos de lo que hizo la república ante la famosa salida al balcón de Companys. Ahora todo se envía a la abogacía del estado para que lo estudie.

La diferencia entre la época de Chaves y la actual no es, sin duda alguna, esencial sino accidental. Entonces había, ¡por supuesto!, intereses personales (la figura de Companys merecería un libro que nunca se escribirá y la de Dencàs más todavía). Pero en la actualidad la grosera trama de los Pujol que se va desvelando (la justicia española es lenta pero terca) ha sido un detonante de la actitud de Mas. Y ahí hay riesgo de cárcel no por ser un mártir patriota sino por ser un ladrón. Con una “justicia catalana” el tema sería muy otro.

Lo visceral es la posición irracional en que se encuentra alguien que, para evitar ahogarse él, se apoya en lo primero que pilla aunque lo ahogue. También la de aquel que ya convenientemente seducido y alienado, renuncia a pensar (generalmente le han construido al enemigo) y está dispuesto, si es necesario, a morir matando por sí mismo, por su “patria” y por sus hijos.

Afortunadamente a la hora de la verdad estos últimos no son muchos. Y quienes los azuzan están siempre entre los primeros.

Los intereses personales podrán ser impresentables y amorales, pero son lógicos. Por ello el mal que causan suele ser selectivo. Los intereses viscerales son incontrolablemente asesinos. Por eso, cuando se desencadenan, la catástrofe está servida.

Es un acierto que Daniel Ramírez García-Mina se haya atrevido con este asunto. También se le agradece la nota final esperanzada. Pero a la historia del sapo quizá haya que contraponer la historia de las dos liebres y su discusión sobre la naturaleza de los perros perseguidores.

Por lo visto para morir a dentelladas siempre hay tiempo.

 

 



 

Segundo comentario de Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

Mis improbables lectores saben que la política no me interesa aunque la padezca. Es difícil encontrar tiempo para dedicar a un mundo de sandeces y mentiras cuando, en el jardincillo, las camelias estallan a placer y los gorriones no tienen otra preocupación que voletear alrededor de las migajas de pan que les voy dejando.

Pero hoy entré en el cuarto en el que guardo papeles y libros que, felices en su descanso, acumulan polvo sobre su sabiduría. Papelotes y ejemplares desgastados pero siempre vivos.

Y me encuentro una edición de 1944, que Revista de Occidente hizo de una serie de escritos de Unamuno. Es una recopilación titulada “Paisajes de España” por su editor Manuel García Blanco, discípulo de D. Miguel y estudioso de su obra.

Al final del volumen (ya muy fatigado, como dicen los libreros de viejo) se recoge un articulo publicado en Ahora el 22 de agosto de 1933. Ahora fue un periódico madrileño de corta trayectoria y largo alcance que vivió entre 1930 y 1939. Es decir que nació con la Dictablanda y murió al ganar la guerra el franquismo.

No me resisto a comunicarles lo que Unamuno dice en “España” (que es el titulo de su trabajo).

Y les dejo con el vasco enamorado de Castilla.

En esta mano [está hablando de España], entre sus dedos, entre las rayas de su palma, vive una humanidad; a este paisaje le llena y da sentido y sentimientos humanos un paisanaje. Sueñan aquí, sueñan la tierra en que viven y mueren, de que viven y de que mueren unos pobres hombres. Y lo que es más intimo, unos hombres pobres. Unos pobres hombres pobres. Y algunos de estos pobres hombres no son capaces de imaginar la geografía y la geología, la biografía y la biología de la mano española. Y se les ha atiborrado el magín, que no la imaginación, con una sociología sin alma ni espíritu, sin fe, sin razón y sin arte. ¡Hay que ver la antropología , la etnografía, la filología que se les empapuza a esa frívolas juventudes de los nacionalismos regionales! ¡Como las están poniendo con los deportes folklóricos, los bailes dialectales y las liturgias orfeónicas! ¡Qué paisanaje están haciéndole al paisaje!

Aunque… ¿paisanaje? No, esos nunca serán paisanos, hombres del país, del pago, de la patria que en el paisaje se revela y simboliza; no serán paisanos o si se quiere aldeanos. Y sin ser aldeano, paisano, no cabe llegar a ciudadano. El espíritu, el pneuma, el alma histórica no se hace sino sobre el ánima, la psique, el alma natural, geográfica y geológica si se quiere. Esos, los de la diferenciación, suelen ser señoritos de aldea que no aldeanos, cuando no algo peor y es señoritos rabaleros de gran urge, rabaleros aunque vivan en el centro de la populosa aldea. Son los que han inventado lo del meteco, el maqueto, el forastero, o sea, el marrano. Ellos se creen, a su manera, arios. No verdaderos aldeanos, paisanos, hombres del país —y del paisaje—, no cabreros o Sanchos sino bachilleres Carrasco. En el fondo resentidos; resentidos por fracaso nativo.

Les conozco a esos pobres diablos; les tuve que sufrir antaño. Querían convencerse de que eran una especie de arios, de una raza superior y aristocrática. Conocí a más de uno que en su falta de conocimiento de la lengua diferencial del país nativo estropeaba adrede la lengua integral de país histórico, de la patria común, de esa mano que sustenta, entre Mediterráneo, Atlántico y Cantábrico, a todos los españoles. Su modo de querer afirmarse, más aún, de querer distinguirse era chapurrear la lengua que les había hecho el espíritu.

Y luego decir que se les oprime, que se les desprecia, que se les veja y falsificar la historia, y calumniar. Y dar gritos los que no pueden dar palabras.

‘¿Pero usted les toma en serio?’ se me ha preguntado más de una vez. ¡Ah! Es que hay que tomar en serio la farsa. Y las cabriolas infantiles de los incapaces de sentir históricamente el país. Todo lo que en el fondo termina en la guerra al meteco, al maqueto, al forastero, al inmigrante, al peregrino, termina en una especie no de ley, pero sí de costumbre de términos comarcales o regionales. Cuestión de clientelas. Y como si fuera poco la supuesta lucha de unas supuestas clases, viene las de las flamantes naciones.

¡A dónde ha ido a parar desde la contemplación, desde la imaginación del paisaje y del país de esta mano de tierra que es España! Mano y lengua. Lengua de tierra en el extremo occidente de Eurasia, en vecindad de África. Mano que cogió a América y lengua que le habló en su lengua. Y desde arriba otra mano le señaló su misión, su historia. Por encima de regímenes”

Levanto la vista y pienso. Esto se escribió va a hacer muy pronto noventa años. Casi un siglo. Hacia dos años de la proclamación de la II República, tres años más tarde estalló la guerra civil y seis años después comienza una dictadura que dura casi 40 años. Pero también recuerdo que el año próximo hará cuarenta desde que España tiene una constitución democrática. En este torbellino se me vienen a la cabeza los mas de 800 muertos de ETA y, mezclándose, la bomba en el pecho de Bultó y los atracos, con muertes incluidas, del GRAPO. Es un carrusel que no me gusta.

Enciendo la televisión, gigantesca, que me han puesto últimamente enfrente de mi sillón en el cierre, y allí, con un tamaño que es más grande que el natural, la cabeza parlante de una gentil dama me informa de algo que al principio no entiendo. La sustituye un señor con peinado que me recuerda un Beatle de la primera época pero más frondoso, si cabe.

Todo vuelve a comenzar. Ahogo con dificultad una mezcla intragable de pena, miedo y repugnancia. Nada va a servir de nada.

Y ahora ni siquiera tenemos a Unamuno.

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