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Cien prólogos y un epílogo

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Puedo asegurar que no soy el único que ha abandonado la costumbre de comprar un periódico al salir de casa y hojearlo mientras tomaba un café matinal. Aunque no recuerdo cuándo ocurrió, como tampoco recuerdo cuándo pasé a leer los titulares de varios periódicos en la pantalla de un móvil, en lugar de leer la noticia entera en uno solo. Podría decir que han pasado cinco años pero, en realidad, bien podrían haber sido diez, o a la inversa; las nuevas costumbres borran de manera tan radical las anteriores que en lugar de memoria necesitamos hacer literatura para creer que tuvieron lugar. En todo caso lo que cuenta es que me he convertido en un adicto más de la información instantánea que se nos ofrece en grandes titulares y resplandecientes imágenes. La disfruto tanto que paso de un medio a otro sólo por comprobar que un mismo suceso es varias cosas a la vez, y a menudo opuestas. Por supuesto, esto tiene poco que ver con la noticia misma, lo cual hace innecesario detenerse y leer su contenido, desarrollo y variadas transformaciones de un periódico a otro e incluso en el mismo al cabo de unas horas. Ver cómo la realidad se descompone en segundos con un clic en la pantalla es un placer muy personal que no debe perturbarse con datos o precisiones que hagan perder gravedad y brillo a un conflicto internacional, una ruptura política local o una violación en grupo.

Un entretenimiento tan inocente está hoy en peligro. Después de las últimas elecciones hemos entrado en un periodo de titulares reiterativos y tan opacos que parecen verdaderos hechos. Pero los hechos aburren sin remisión y así no hay redacción capaz de hacerlos interesantes y provocar en el lector un punto de identificación, cólera o, por lo menos, inquietud. La campaña electoral era otra cosa: todos nuestros derechos estaban en peligro, la quiebra de nuestra forma de vida, fuera esta la que fuera, era inminente, personajes acreditados en la lucha por el poder hacían declaraciones con cualquier motivo en bodas, bautizos o funerales, declaraciones medidas para que dieran lugar a titulares incendiarios o sentimentales. Podían ser promesas irrealizables, mentiras evidentes o fantasías colectivas, daba igual con tal de que convencieran a los convencidos, avivaran el ánimo de los semi partidarios y enfurecieran al enemigo. Con estos ingredientes teníamos cada mañana una lectura restallante y variada en la pantalla del móvil. Ahora esos peligrosísimos personajes se han vuelto mansos y, lo que es peor, silenciosos. Y los titulares son mortecinos, las noticias languidecen y no vale la pena bucear en media docena de periódicos digitales para encontrar un exabrupto mínimo. Estamos en el dilatadísimo periodo previo a la investidura presidencial. Calma chicha.

Me pregunto cómo es posible que no se continúen zurrando, ya no digo que todos contra todos como antes de las elecciones, pero sí de manera más selectiva para hacerse un hueco en el futuro o desplazar a otro de la escena. Dossiers no deben faltar, o precisamente es por eso, porque sobran, vaya usted a saber. Eres un romántico todavía politizado, combinación muy poco recomendable –me dijo un colega que hace años abandonó el primer partido de la oposición, una vez que pasó a ser el del gobierno y le ofrecieron un negociado cultural de imaginario prestigio, algo que con toda razón le pareció imperdonable–, no quieres aceptar que hemos entrado en la época de la exhibición y el diseño. Ni las palabras se libran, se les atribuyen significados y se publican manuales –como recientemente ha hecho la alcaldesa de Barcelona– para aprender el uso de esta neolengua, aunque saben que, salvo los más perturbados, nadie la utilizará. Lo mismo ocurre con los magníficos programas electorales, ya han cumplido su misión, es decir, ya no existen, porque no están pensados para que se cumplan o se incumplan, su única finalidad es ser un anuncio, en el doble sentido de hacer publicidad y dar noticia de algo. Su contenido carece de valor, de la misma manera que cuando se lanza un producto nuevo la campaña publicitaria deja de tener interés en el momento de la salida del producto, en el mercado todo envejece de inmediato. O, si quieres verlo de manera más elevada, imagina que se publicaran libros exclusivamente con prólogos, sin que a continuación apareciera la obra tan espléndidamente prologada, con lo que el lector sabría lo suficiente de ese libro sin necesidad de leerlo y, sobre todo, sin sentirse decepcionado porque no se correspondiera con lo que el editor y su prologuista le habían prometido.

Borges hizo algo parecido, aunque con una intención muy diferente –me atreví a objetar–. Y, en todo caso, esos cien prólogos ya serían la obra. Lo admito, lo admito, interrumpió mi colega, en eso consiste el anuncio o programa o verborrea electoral, no exige que venga tras él nada, ahí acaba, como tus cien prólogos. No es una promesa y, por tanto, no puede ser ni cumplida ni incumplida. Nuestro futuro presidente lleva escribiendo un prólogo tras otro, y todos distintos, desde hace varios años y a sus lectores les importa bien poco lo que digan y, lógicamente, que tampoco se lleven a cabo. Pero ahora es distinto, está a la espera y en silencio, en negocios y transacciones, con palabras ahora sí reales.

Tal vez el resentimiento de mi colega quería decir que tuviera paciencia, al menos como los intérpretes que están en escena, porque lo que ahora decidan no se podrá cambiar, como si el prólogo no importara y estuvieran escribiendo el libro y fueran a publicarlo. Entonces podremos saber si era verdad o mentira, bueno o malo, leal o traidor. Aunque en realidad lo único que podamos hacer es soportarlo. Tal vez sea así, pero también es posible escribir un epílogo, hay libros que lo tienen y algunos que no lo tienen y lo merecen. Mejor serían otros cien epílogos, un libro solo de epílogos.

Fernando Sánchez Pintado