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Cultura

La vaciedad del lenguaje político: Cien prólogos y un epílogo

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Cien prólogos y un epílogo, por Fernando Sánchez Pintado

Puedo asegurar que no soy el único que ha abandonado la costumbre de comprar un periódico al salir de casa y hojearlo mientras tomaba un café matinal. Aunque no recuerdo cuándo ocurrió, como tampoco recuerdo cuándo pasé a leer los titulares de varios periódicos en la pantalla de un móvil, en lugar de leer la noticia entera en uno solo. Podría decir que han pasado cinco años pero, en realidad, bien podrían haber sido diez, o a la inversa; las nuevas costumbres borran de manera tan radical las anteriores que en lugar de memoria necesitamos hacer literatura para creer que tuvieron lugar. En todo caso lo que cuenta es que me he convertido en un adicto más de la información instantánea que se nos ofrece en grandes titulares y resplandecientes imágenes. La disfruto tanto que paso de un medio a otro sólo por comprobar que un mismo suceso es varias cosas a la vez, y a menudo opuestas. Por supuesto, esto tiene poco que ver con la noticia misma, lo cual hace innecesario detenerse y leer su contenido, desarrollo y variadas transformaciones de un periódico a otro e incluso en el mismo al cabo de unas horas. Ver cómo la realidad se descompone en segundos con un clic en la pantalla es un placer muy personal que no debe perturbarse con datos o precisiones que hagan perder gravedad y brillo a un conflicto internacional, una ruptura política local o una violación en grupo.

Un entretenimiento tan inocente está hoy en peligro. Después de las últimas elecciones hemos entrado en un periodo de titulares reiterativos y tan opacos que parecen verdaderos hechos. Pero los hechos aburren sin remisión y así no hay redacción capaz de hacerlos interesantes y provocar en el lector un punto de identificación, cólera o, por lo menos, inquietud. La campaña electoral era otra cosa: todos nuestros derechos estaban en peligro, la quiebra de nuestra forma de vida, fuera esta la que fuera, era inminente, personajes acreditados en la lucha por el poder hacían declaraciones con cualquier motivo en bodas, bautizos o funerales, declaraciones medidas para que dieran lugar a titulares incendiarios o sentimentales. Podían ser promesas irrealizables, mentiras evidentes o fantasías colectivas, daba igual con tal de que convencieran a los convencidos, avivaran el ánimo de los semi partidarios y enfurecieran al enemigo. Con estos ingredientes teníamos cada mañana una lectura restallante y variada en la pantalla del móvil. Ahora esos peligrosísimos personajes se han vuelto mansos y, lo que es peor, silenciosos. Y los titulares son mortecinos, las noticias languidecen y no vale la pena bucear en media docena de periódicos digitales para encontrar un exabrupto mínimo. Estamos en el dilatadísimo periodo previo a la investidura presidencial. Calma chicha.

Me pregunto cómo es posible que no se continúen zurrando, ya no digo que todos contra todos como antes de las elecciones, pero sí de manera más selectiva para hacerse un hueco en el futuro o desplazar a otro de la escena. Dossiers no deben faltar, o precisamente es por eso, porque sobran, vaya usted a saber. Eres un romántico todavía politizado, combinación muy poco recomendable –me dijo un colega que hace años abandonó el primer partido de la oposición, una vez que pasó a ser el del gobierno y le ofrecieron un negociado cultural de imaginario prestigio, algo que con toda razón le pareció imperdonable–, no quieres aceptar que hemos entrado en la época de la exhibición y el diseño. Ni las palabras se libran, se les atribuyen significados y se publican manuales –como recientemente ha hecho la alcaldesa de Barcelona– para aprender el uso de esta neolengua, aunque saben que, salvo los más perturbados, nadie la utilizará. Lo mismo ocurre con los magníficos programas electorales, ya han cumplido su misión, es decir, ya no existen, porque no están pensados para que se cumplan o se incumplan, su única finalidad es ser un anuncio, en el doble sentido de hacer publicidad y dar noticia de algo. Su contenido carece de valor, de la misma manera que cuando se lanza un producto nuevo la campaña publicitaria deja de tener interés en el momento de la salida del producto, en el mercado todo envejece de inmediato. O, si quieres verlo de manera más elevada, imagina que se publicaran libros exclusivamente con prólogos, sin que a continuación apareciera la obra tan espléndidamente prologada, con lo que el lector sabría lo suficiente de ese libro sin necesidad de leerlo y, sobre todo, sin sentirse decepcionado porque no se correspondiera con lo que el editor y su prologuista le habían prometido.

Borges hizo algo parecido, aunque con una intención muy diferente –me atreví a objetar–. Y, en todo caso, esos cien prólogos ya serían la obra. Lo admito, lo admito, interrumpió mi colega, en eso consiste el anuncio o programa o verborrea electoral, no exige que venga tras él nada, ahí acaba, como tus cien prólogos. No es una promesa y, por tanto, no puede ser ni cumplida ni incumplida. Nuestro futuro presidente lleva escribiendo un prólogo tras otro, y todos distintos, desde hace varios años y a sus lectores les importa bien poco lo que digan y, lógicamente, que tampoco se lleven a cabo. Pero ahora es distinto, está a la espera y en silencio, en negocios y transacciones, con palabras ahora sí reales.

Tal vez el resentimiento de mi colega quería decir que tuviera paciencia, al menos como los intérpretes que están en escena, porque lo que ahora decidan no se podrá cambiar, como si el prólogo no importara y estuvieran escribiendo el libro y fueran a publicarlo. Entonces podremos saber si era verdad o mentira, bueno o malo, leal o traidor. Aunque en realidad lo único que podamos hacer es soportarlo. Tal vez sea así, pero también es posible escribir un epílogo, hay libros que lo tienen y algunos que no lo tienen y lo merecen. Mejor serían otros cien epílogos, un libro solo de epílogos.

Fernando Sánchez Pintado

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El lenguaje vacío de los políticos, por José Lázaro

El brillante texto de Sánchez Pintado “Cien prólogos y un epílogo” presenta de forma metafórica una tesis que recuerda al chiste del señor que se muere y al llegar al más allá es informado de que la democracia ha llegado y va a poder elegir entre el cielo y el infierno, tras una visita a cada uno. La primera le hace caer el alma a los pies, pues una muchedumbre de bienaventurados dedicados a disfrutar eternamente de la contemplación de Dios no le parece la compañía más apetecible para su nueva vida. El infierno, en cambio, resulta ser una fiesta permanente, en que los réprobos se entregan sin moderación alguna a disfrutar de todos los pecados, especialmente los de la gula y la lujuria que, como todo el mundo sabe, son insuperables. Al día siguiente comunica su elección y es enviado al infierno. Nada más entrar, un demonio le recibe a latigazos, lo ata a una pared, empieza a quemarle la planta de los pies… Él, naturalmente protesta: “Oiga, debe de haber una equivocación, yo estuve aquí ayer y no trataban así a la gente”. “Pues claro, ayer estábamos en período electoral, pero ahora ya has votado”.

Es muy curioso que cuando uno viaja por países de África o América Latina escucha continuamente ofertas de vendedores que no tienen nada que ver con la realidad pero tampoco lo pretenden. No se hace el menor esfuerzo para disimular la mentira. Si uno dice que busca un periódico, inmediatamente le invitan a entrar en una tienda en la que sin inmutarse le informan de que periódicos no tienen pero le pueden vender una alfombra muy barata. Si uno le dice al portero del restaurante que busca un sitio para comer cordero, es invitado amablemente a pasar al interior y sólo cuando ya está instalado en la mesa y servida la bebida se entera de que cordero no hay pero tienen un pescado estupendo. El lenguaje de los zocos no tiene el menor valor de verdad. El de los políticos tampoco.

 Mucho antes de que Trump y compañía denominasen “hechos alternativos” a sus mentiras cotidianas, ya Rajoy (como es habitual en los políticos profesionales) había dado ejemplos magistrales de su uso. Uno, del que nunca se recuperó, fueron las medidas fiscales y salariales que empezó a aplicar al día siguiente de ganar las elecciones: exactamente todas las que hasta el día anterior había asegurado que no iba a poner en práctica (y que, por otra parte, eran imprescindibles para salir de la crisis económica). Otro, especialmente significativo, fue el día en que tras hacer un discurso sobre el sublime espectáculo que es el desfile de la Fuerzas Armadas, un micrófono indiscreto captó su comentario sobre “el coñazo del desfile”; ni corto ni perezoso, don Mariano lo arregló declarando que ese segundo comentario no tenía ninguna importancia porque era de carácter privado; es decir, afirmó públicamente que en privado se puede decir lo que se piensa, mientras que en público solo se dice lo que conviene decir, al margen de que sea o no cierto. Y se quedó tan fresco.

No hay duda alguna de que Sánchez Pintado acierta al describir la actitud de nuestros políticos como un continuo cambio de prólogos para un libro que nunca llega a ver la luz. Pero yo no acabo de ver cómo podría concretarse su propuesta del epílogo. A menos que encontrásemos la improbable forma de hacer realidad aquella utopía con la que a un personaje de Borges, en algún momento del futuro, respondía a la pregunta de “¿Qué sucedió con los gobiernos?”:  “Según la tradición, fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.

José Lázaro

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La urgente necesidad de los epílogos, por Mariano de las Nieves

El agudo escrito de Sánchez Pintado se ha seguido de la ocurrente y punzante respuesta de José Lázaro.

Parece un tema divertido y oportuno para echar unas risas, pero les aseguro que a mí me sume en el más obscuro de los bucles melancólicos.

Y eso por que supone uno de los problemas más centrales de la gobernanza mundial: el hecho de que el cinismo que, desde Maquiavelo, ha sido visto como elemento consustancial del poder ahora no solo persiste potenciado al infinito por el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, sino que se exhibe con impudicia  y hasta se pretende que se admita que forma parte de las cosas que hay que aceptar como producto natural e inevitable de la época y de la vida.

Por que, no nos engañemos, tras la mentira sistemática se esconde el cinismo del disfrute personal del poder que se justifica a sí mismo. Esta autojustificación que se ha escondido durante casi toda la historia detrás del mandato divino o del “servicio al pueblo” ahora comienza a aparecer en su putrefacta desnudez a los ojos de cada vez más gente.

Tenemos que ser conscientes de que tan insólita situación solo se mantiene apoyada en dos hechos principales: Por una parte, ese artefacto llamado clientelismo que no hay que despreciar en su fuerza porque, digámoslo claro, da de comer a muchos millones de gentes en todos los territorios del planeta y por otra en la ignorancia de la población que posibilita la demagogia del poderoso. Porque la demagogia ya se ha incardinado irremisiblemente en todo el espectro político, desde la extrema derecha a la extrema izquierda pasando por todos los centros posibles, y se diferencia solo en pequeños detalles formales y no en su fondo ni en su objetivo. Es curioso que el tiempo de la máxima disponibilidad práctica de la información sea el tiempo de la máxima desinformación operativa.

Lázaro termina su aportación con una mención a Borges (es bien conocida su comprensible devoción por este autor) que plantea una distopía de la más acrisolada tradición ácrata. Sin embargo,(¡desgraciadamente!) choca con la realidad de un ser humano que, suelto, no se lame bien como el buey, sino que muy al contrario embiste, topa y rompe el mundo al tiempo que se machaca los cuernos propios contra el muro de granito de la realidad y de paso contra todos los cadáveres (reales y simbólicos) que deja tras sus topetazos.

Urge, por tanto, que descubiertos los prólogos, pasemos con urgencia a dibujar, perfilar y publicitar los epílogos. Y de paso prescindir alegremente de los prologuistas inveterados e irrecuperables (que son casi todos)

Es una fascinante tarea.

Mariano de las Nieves