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¡Cómo cambian los tiempos!

A partir de cierta edad podemos recordar, siempre con una aproximación relativa, la primera vez que subimos a un avión, porque para muchos fue una ocasión señalada. También podemos recordar el inmenso placer que nos produjo entonces acceder a un medio privilegiado, que nos hacía sentir que formábamos parte de la clase que no habíamos visto más que con actores glamurosos en la pantalla. Es inútil precisar que esto ocurría, en la mayoría de los casos, a finales de los años sesenta. Un placer que tampoco estaba exento de cierta aprensión, teniendo en cuenta que ya éramos adultos, y en España pasábamos de conducir un modesto seiscientos a volar. Un cambio de estatus que nos parecía milagroso.

Hoy leía, en el diario ABC, las cifras de vuelos contabilizadas por número de aviones y pasajeros que están en los aires: más de 120.000 vuelos transportaron a doce millones de personas cada día en 2018. Por resumir, el número de pasajeros en 2017 superó los 4.100 millones. Es de suponer que, dentro de veinte o treinta años, esta cifra se habrá multiplicado de tal manera que el número de seres humanos en vuelo será igual o superior a los que están en el suelo. Lo cual no deja de ser sorprendente y, hasta cierto punto, alentador acerca de la capacidad de adaptación de la humanidad. También supongo que prácticamente ninguno de esos miles de millones experimentarán una sensación lejanamente parecida a la nuestra de hace cincuenta años. Hoy, ya no hay nada más normal que ir de un extremo a otro de la tierra en unas pocas horas, aunque no caigamos en la cuenta de que suprimir el tiempo es una forma también de suprimir el espacio, de la misma manera que creemos, y hasta cierto punto es así, que internet nos otorga una especie de ubicuidad. Pero sobre nuestra sentimentalidad volveré en otro momento.

Lo que por el momento ocupa primeras planas de la información biempensante es el impacto ambiental de tal multitud de aviones, con sus pasajeros incluidos, yendo de un lugar a otro sin parar. Hay cifras al respecto que, en general, se comparan con las de contaminación de vehículos a motor o cualquier otra que tenga que ver con la libre movilidad de los individuos, que resultan de manera directa o indirecta los culpables. En ellas se aprecia el efecto perverso para la sostenibilidad del clima del uso actual y el abuso futuro del transporte aéreo. Sin duda, son ciertas, pero el problema es muy otro. En la historia, hasta el momento, no ha habido ningún cambio o avance o desarrollo técnico, como queramos llamarlo, que se haya detenido por razones extrínsecas, siempre y cuando haya favorecido a los hombres, es decir, a su bienestar. Por tanto, lo que tiene que ver con el uso de los aviones no es tanto su rentabilidad económica, que no es despreciable, sino lo que sus usuarios, es decir, los hombres, quieren hacer por razones profesionales, turísticas, familiares, o por simple aburrimiento. Según los datos aportados, el crecimiento exponencial del uso de aviones se centra hoy en extremo oriente. No parece nada sorprendente.

En nuestro afán viajero nos encontramos (en el futuro, o dependiendo de qué pronósticos, en el presente) ante un dilema: por una parte, una agresión al medio ambiente creciente e irreparable si no se ponen medidas radicales de inmediato, y, por otra, satisfacer e incluso incrementar las demandas de la población que, por múltiples razones, necesita y desea desplazarse. Evidentemente si se multiplicaran por diez, por veinte o por mil los precios, el problema desaparecería. No parece realista. Supongo que habrá otras vías, por el momento desconocidas. Pero la solución que proponen los medios reformadores de nuestras costumbres es una ensoñación mil veces repetidas a lo largo de la historia, es la solución moral. Es  inútil y nociva, es una mezcla de bondad/responsabilidad moral individual e intervención estatal para obligarnos a ser ciudadanos bondadosos y morales. Curioso ensamblaje. La historia se repite. Pero, como siempre, no hay nada extrínseco (   heterónimo, en términos kantianos) que detenga la realidad y el deseo de mejorar las condiciones de vida que tienen los hombres. Tal vez porque esos biempensantes creen que esta es una tendencia errónea o malévola. Prefiero suponer que no lo creen y sólo escriben por escribir.

Sin embargo, el caso es que han dado a luz una estrella que nos conduce en esa dirección, o sea, directamente a ninguna parte. Greta Thumberg es sueca, lo cual la sitúa en una realidad bastante placentera, muy por encima de la del resto del planeta; es adolescente y, por tanto, dotada de ideales incontaminados por intereses políticos; y al parecer con alguna diversidad psíquica que le hace aún más apreciable para quienes temen discriminar a cualquier vecino que esté verdaderamente lejos de ellos. Por esas y otras razones los medios de información y políticos le han otorgado el papel de representante de la lucha juvenil contra el cambio climático. Sin ánimo de ofender a los creyentes en la religión ni en la ideología mediático-ecologista, el caso de Bernardette Soubirous bajo la advocación mariana era mucho más coherente. Siempre que se creyera en la aparición de la Virgen, el destino que le marcaba era irrevocable. ¿En este caso, cuando no hay transcendencia, cuál es? O tal vez sí nos encontramos ante una forma espuria de transcendencia.

Cuestiones triviales, porque el mundo ya no es el mismo y sigue su curso; la jovencísima activista ambiental, y no como la pobre Bernardette que no pasó de un convento, se dirige a la Cumbre sobre la Acción Climática en Naciones Unidas, en un yate de 18 metros de eslora, que ha participado en carreras alrededor del globo, eso sí, sin contaminar como esos malhadados aviones llenos de individuos que quieren ir de un sitio a otro sin ser conscientes de que «el planeta está ardiendo». Eso es lo que nuestra adalid nos enseña, se puede ir a Nueva York sin subir en un avión.

Fernando Sánchez Pintado