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Cultura

Contra el tabú del suicidio

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Nota del Comité Editorial de Deliberar

 

Ediciones Deliberar ha publicado en septiembre el 5º título de su colección, el libro Última carta. Un suicido en mi familia, una obra que muestra las terribles consecuencias del tabú que hay sobre ese tema en el ámbito familiar, al tiempo que revela un secreto oculto durante más de treinta años. A través de testimonios, documentos y cartas, el autor reconstruye la historia de un tío suyo que se suicidó en un tren leonés tras un diagnóstico de esquizofrenia y la muerte sucesiva de sus padres.

Una escritura donde nada falta ni sobra y un ritmo eléctrico caracterizan esta investigación en marcha que pertenece al género hoy llamado “literatura de no ficción”, concretamente al del reportaje. Su texto encara el problema de la intimidad, que es uno de los principales en la literatura de verdad. Además lo hace con un asunto poco tratado en los medios de comunicación, y casi siempre de manera indigna.

El autor, Sergio González Ausina, es probablemente el periodista español que más ha escrito sobre este tipo de muertes.

 



Autopresentación del libro «Última carta. Un suicidio en mi familia» de Sergio González Ausina

 

En uno de los capítulos centrales de Incógnito, el neurocientífico David Eagleman escribe sobre los secretos y cita a un psicólogo, James Pennebaker, que después de estudiar a víctimas de violación e incesto concluyó que el silencio en torno a lo sucedido resultaba más dañino que la propia experiencia: “Cuando los sujetos confesaban o escribían sobre ello, su salud mejoraba, sus visitas al médico descendían y se advertía una notable reducción de los niveles de estrés”. Eagleman añade que una parte del cerebro lucha por desvelarlos y otra por esconderlos, como los caballos de la famosa auriga. Lo leía y pensaba en el tabú sobre el suicidio.

En las navidades de 2009 mi padre me desveló un secreto: en verano de 1977 su hermano pequeño se había suicidado en un tren, tras la muerte sucesiva de sus padres y un diagnóstico de esquizofrenia. Tenía 24 años y faltaban pocos meses para que yo naciera. Aquello me afectó profundamente. ¿En qué hipnosis había permanecido yo durante todo aquel tiempo? ¿Cómo podía haber vivido sin darme cuenta? Para sobreponerme, empecé a citarme con personas que lo conocieron y a escribir su biografía. Puedo decir al cabo de este tiempo que he sido testigo de esa lucha entre dos caballos. Le preguntaba a mi padre y empezaba a frotarse la frente hasta que casi se le borraban las arrugas. Le preguntaba a otro familiar y se recostaba sobre el sillón, exclamando: “¡Ya no me acuerdo! ¡Hace mucho tiempo!”. Y era de los últimos que lo habían visto con vida. Le preguntaba a un viejo amigo, y las lágrimas le trastabillaban. Otra característica unía a los más silenciosos: pensaban que eran los únicos en saberlo. Que nadie les hubiese preguntado nunca les infundía esa errónea creencia. Pero ¿qué era lo que les impedía hablar a unos y a otros? Cuando uno trata de definir el tabú algunas palabras acuden enseguida a la mente: miedo, ignorancia, vergüenza, superstición. Pero nos equivocaríamos si pensáramos solo en modo peyorativo. Porque el miedo también se ha revelado como un extraordinario mecanismo de supervivencia. Que nuestros ancestros temieran el suicidio no quiere decir que debamos perderle el respeto. Pero sí que sustituyamos sus viejas supersticiones.

En España, el suicidio convierte diariamente a diez familias enteras en familias vencidas, incapaces de sobreponerse a una tragedia sin nombre. Entre las razones de esa incapacidad se halla, desde luego, el periodismo. Hace varios años uno de los más importantes periodistas de sucesos de este país reconocía que en cuarenta años de profesión sólo había escrito sobre tres suicidios. Y lo justificaba con el supuesto efecto contagio. En este sentido, yo fui uno de los que pensó ingenuamente que el suicidio podría tratarse caso por caso. Imposible. A las dificultades para superar el tabú hay que añadir la cifra: 3.602 suicidios, según el registro de 2015. Demasiados muertos y demasiado separados. Sin embargo, se puede abordar el asunto más allá del suicidio de famosos o los considerados socialmente reveladores. Y cabe congratularse de que en los últimos tiempos los periódicos hayan aumentado el espacio dedicado a las estadísticas y la prevención de un drama que provoca un número de muertes mayor que la llamada violencia doméstica (57), los muertos en accidente de tráfico (1.131) o los laborales (608), incluso que la suma de esas tres cifras. Hay excepciones, por supuesto, como los suicidios que con tanta ligereza se han convertido en homicidios o se han atribuido a la crisis económica.

Última carta, así se titula el libro que he escrito, cuenta una historia triste y desafortunada. Una historia que muestra las terribles consecuencias que ha tenido el silencio en mi familia. Y que incide, por si hiciera falta, en nuestra incapacidad absoluta para ver todo aquello que más cerca tenemos de los ojos. Pero no es el único ejemplo. Estoy convencido de que esa sensación de que en las conversaciones familiares hay parientes censurados acompaña a muchas personas. Y es probable que a algunas el secreto desvelado les despierte una obsesión parecida. Escribirlo no fue, sin embargo, una elección. ¿Qué clase de escritor se dedicaría, sabiendo que en su familia hay un secreto inconfesable, a otro cosa que no fuera contarlo? El esfuerzo tenía una generosa contrapartida. Y decepcionante. Creo que ningún periodista que no fuese a su vez un familiar podría haberlo escrito. Y en mi familia soy el único periodista.

Acabo. Sólo una superstición muy elemental ha podido convencernos de que informar sobre el suicidio es una forma de impulsarlo. La misma que sostiene que basta con nombrar al demonio para que éste haga acto de presencia. Lo primero, y quizá lo único, que hay que decir sobre el efecto contagio y la prensa es que ese vínculo no ha sido demostrado científicamente, más allá de los excepcionales clusters, suicidios concentrados alrededor de un caso que se hubieran dado antes o después. No. De igual forma que conviene saber que un tornado se aproxima, conviene saber que existe un pico primaveral, que los esquizofrénicos escogen los métodos más rotundos o que la muerte autoinfligida rara vez tiene que ver con la venganza. No sólo para prevenirlo, sino para no abandonar a los familiares y su desolación.

Por eso el estudio de Pennebaker me parece una gran noticia. Nada les devolverá a la vida. Pero quizá alivie algo impedir que mueran dos veces.

Sergio González Ausina



Prólogo de Arcadi Espada al libro

 

Cómo

Hay dos maneras básicas de afrontar la explicación periodística de un hecho. Una responde al cómo y la otra al porqué. Esta última es la más popular. No solo porque aparezca diariamente en las crónicas, elevada con frecuencia al titular. También porque en el discurso pedagógico dominante se instruye a los periodistas para que no se limiten a la narración de los hechos sino que indaguen en los porqués. El porqué es la pregunta espontánea que cualquiera dirige al que le da una noticia, sea la separación matrimonial de unos amigos o la dimisión de un presidente. Es una pregunta fácil que muchas veces sólo cumple una función protocolaria, o incluso psicológica, necesaria para pasar a otra cosa. Pero la respuesta, seriamente considerada, es difícil, por no decir imposible. En su acepción primera, el cómo da respuesta al modo en que se produjeron los hechos. Pero incluso en su acepción segunda, que indaga en la causa, el matiz que presenta respecto del porqué es subrayable. Basta ver el ejemplo del diccionario académico. Cuando alguien pregunta «¿Cómo sabes que no me gusta?» está invitando a su interlocutor a una narración del proceso por el que llegó a una conclusión, que no se explicita tan claramente en la pregunta homóloga «¿Por qué sabes que no me gusta?».

Todo lo que honradamente puede saber un periodista (y tal vez cualquiera) del porqué está en el cómo. Más allá solo aguarda el terreno neblinoso y vacilante de la interpretación, del atajo adjetivo, de la declaración frente a la exhibición. De ahí que me guste la imagen del periodista como un hombre que va acarreando materiales, detalles del cómo, y los acumula frente a la alta pared del hecho, confiando en que de su convivencia vayan desprendiéndose porciones de sentido. Es importante que estos materiales provengan de todas partes. De la biología, de la sociología, de la psicología, de la economía, de la política, de la literatura. Cuando Fukuyama, en su último y relevante trabajo, escribe la historia política del mundo utiliza las herramientas usuales de la Historia, la economía, la estadística o la política, pero también otras como la antropología o la genética. No creo que pueda haber ciencia social ni periodismo al margen de esa voluntad pluridisciplinar, de ese fértil y diseminado acarreo.

El libro de Sergio González Ausina es un ejemplo admirable de este enfoque analítico. Mucho más admirable cuando se tiene en cuenta el asunto sobre el que se proyecta. El periodismo mantiene con el suicidio una relación escabrosa. Desde que Paul Aubry publicó La contagion du meurtre (1895) los periódicos, a diferencia de lo que hacen con cualquier otra forma de violencia, han evitado dar noticia sobre el particular. No hay, o mejor yo no conozco, estudios sobre la imitación que la divulgación de los hechos provoca, pero el sentido común dice que en el conocimiento está inscrita su imitación. Y que ello afecta a la muerte autoinfligida y a cualquier otra forma de violencia de la misma manera que a otros hechos inofensivos o benéficos. Como máximo, ciertas investigaciones han demostrado que la imitación sólo provoca, y excepcionalmente, una concentración en el tiempo y el espacio. Si en los días siguientes a la noticia se producen otros suicidios eso no significa que la divulgación cree, por así decirlo, su réplica, sino que la adelanta. Los periódicos no crean suicidas: a lo sumo racimos de suicidas.

Arcadi Espada

 



 

Comentario de Juanjo Jambrina

 

Sergio González Ausina es un tipo serio y grave, rasgos que se acentúan cuando escribe o habla de su trabajo de periodista. Tiene una idea muy clara de la importante función social que debe cumplir su oficio. Y en el libro que nos ocupa cuenta como ha sufrido en sus propias carnes las dificultades que el periodismo y la sociedad en general han tenido para afrontar un drama tan complejo como es el suicidio. Muy poca gente sabe, por ejemplo, que las dos grandes heroínas de la literatura universal, Emma Bovary y Anna Karenina, se fueron de la vida por su propia mano. Hasta la omnipotente novela tiene sus rincones oscuros.

González Ausina habla de tabú, de silencio, de supersticiones; en definitiva, de todo eso que hoy se engloba de forma diabólica en ese concepto tan ambiguo  que llamamos “estigma”. Cuenta con valentía cómo se crece en una familia que esconde un drama. Es el periodista de la familia y le toca dar cuenta de los hechos con objetividad. Aunque duela en el alma. Convivir con una drama oculto en la familia ha de ser duro. Pero entiendo que aún es más difícil si la tragedia oscurecida es la de un enfermo, un hombre destruido por la enfermedad más humana que existe: la esquizofrenia. Y rematada por un acto tan específicamente humano como el suicidio.

González Ausina habla de cifras para realzar la importancia del asunto, para calcular el coste del tabú, el precio de las tinieblas: en España mueren más personas por suicidio que en accidentes de tráfico, en accidentes laborales o mujeres por violencia doméstica. Sergio González Ausina ha hecho un formidable trabajo con este texto. Siguiendo a su querido Pennebaker, acabar con el tabú significará que nuestros suicidados no mueran dos veces. Y que muchas familias puedan salir a la calle, con el dolor de las pérdidas. Pero paseando a cuerpo.

Juanjo Jambrina

 



 

 

Comentario de Enrique Baca

 

Cada día se quitan la vida en el mundo más de dos mil personas, según la Organización Mundial de la Salud. Y los profesionales sanitarios no dudan en calificar el suicidio como un problema relevante de salud pública, como el cáncer, las cardiopatías o los accidentes de tráfico.

Las causas que llevan a un ser humano a quitarse la vida no han dejado de interesar a casi todos los campos del conocimiento. La filosofía, la sociología, la psiquiatría, la genética y la religión han estudiado y valorado el suicidio. La literatura lo ha explorado con detenimiento y, a veces, con delectación. En las últimas décadas, numerosos trabajos científicos han intentado descifrar una conducta que desafía una de las tendencias más arraigadas en los seres vivos: la conservación de la propia vida. Todo ello conforma un volumen ingente de datos que obliga a tratar este tema sin frivolidad y sin ocurrencias.

Pero el suicidio no solo impacta en la vida del que lo comete, también en la de los que le sobreviven. Hay suicidios históricos que persisten a lo largo de los siglos (como el de Sócrates), suicidios arquetípicos (como el de Romeo y Julieta o el de Werther) y suicidios reales que se agotan al tiempo de su eco mediático. Pero de los que no se habla es de esos suicidios anónimos que parecen ser sepultados a toda prisa junto al ataúd. Se trata de suicidios vergonzantes que suscitan en los familiares y allegados la obsesiva pregunta de por qué con la angustia que late habitualmente tras la incomprensión.

El libro de Sergio González Ausina no es un relato sobre el suicidio ni sobre el suicida, aunque ambos aparezcan siempre en el trasfondo de la narración. Es un relato cuidadoso y preciso de lo que pasó entre los que se quedaron. Está presidido y coloreado por un silencio que se mueve siempre entre lo implícito y lo negado.

Por ello no es el suicidio el motivo de la deliberación que se propone, sino el sentido del silencio y la ocultación sobre este tipo de muerte. Es la cuestión que lanzo a los interlocutores, con la circunstancia venturosa e infrecuente de que el autor esté entre ellos.

Enrique Baca

 



 

Comentario de Sergio González Ausina

 

Yo diría que cuando uno trata de describir el tabú, algunas palabras acuden con rapidez a la mente: miedo, ignorancia, vergüenza, superstición. Yo no movería un dedo por defender la ignorancia, la vergüenza o la superstición. Pero no me ocurre lo mismo con el miedo. ¡El miedo también se ha revelado como un extraordinario mecanismo de supervivencia! Es decir, que nuestros antepasados temieran el suicidio no creo que signifique que nosotros debamos perderle el respeto, pero sí que superemos sus viejas supersticiones.

Sergio González Ausina

 



 

Comentario de Enrique Baca

El miedo, la ignorancia, la vergüenza y la superstición son cuatro ingredientes bien vistos y de consecuencias nada desdeñables. El punto donde Sergio nos centra podría formularse así: ¿Justifica el miedo el silencio impuesto, la negación constante y compartida, la mirada puesta en otro sitio? ¿Qué tiene que ver el miedo con la ignorancia, con la vergüenza y con la superstición? ¿No son caras de un mismo poliedro que materializa la insuficiencia de las personas ante hechos o situaciones que les desbordan? ¿Quién convence al sujeto para hacer semejante acto de valentía?  Yo creo que muchas veces el miedo no es exactamente un mecanismo de supervivencia sino la entrada en un mundo de amenazas infundadas.

 



 

Comentario de Sergio González Ausina

Yo no creo que el miedo justifique el silencio. Sobre la cuestión de quién convence al sujeto de que haga semejante acto de valentía, mi experiencia en este libro es que convencerlos resulta más fácil de lo que parece. Siempre que se les dedique tiempo y se les explique qué es lo que se pretende. Aunque debo reconocer que he jugado con ventaja porque yo soy un familiar. No siempre se abren tantas puertas. Pero en el miedo de los familiares a hablar, muy ligado a la superstición y a la ignorancia, creo hay otro asunto: el rechazo a un acto que atenta contra la preservación de la especie.

 

 



 

Comentario de Juanjo Jambrina

Yo diría que a la hora de resumir qué factores son más predominantes en la capa de silencio que se impone entre los familiares tras un suicidio, hemos de ver de qué supervivientes estamos hablando. No es lo mismo el suicidio de un padre que el de un hijo, o la vivencia del suicidio de un hermano, como es el caso del que Sergio habla en su libro.

El desconocimiento está detrás de todos ellos, pero en unos casos predomina el miedo, en otros el aturdimiento y en casi todos la vergüenza, porque resulta muy difícil explicar un acto que cuestiona toda ley natural e incluso puede cuestionar en muchas cabezas el statu quo vigente. La vergüenza es un sentimiento que se incrementa si el individuo fallecido sufría alguna enfermedad mental desconocida por el entorno. De ahí que la sociedad haya decidido esconder «su herida más profunda» mientras es capaz de vocear situaciones de mucha mayor alarma social. Pero se teme al efecto contagio, se teme a lo desconocido, se teme a lo que podríamos haber hecho y no hicimos. La teoría general abunda en que el suicidio solo se produce cuando todo el sistema sociofamiliar del sujeto ha fallado. Solo desde esa soledad surge la disposición para el último paso.

 

 



 

Comentario de Belén Illana

El silencio es también fruto de la incomprensión. El miedo a lo desconocido, la vergüenza de un hecho que no podemos explicar, la superstición del que no conoce sí me parecen justificables. Sin embargo, el miedo a no querer entender, la vergüenza ante la realidad o la superstición como creencia que sustituye a la razón merecen consideración aparte.

Muchas veces el dolor ante el suicidio, ya sea de un hijo, de un padre o de un hermano, nos deja sin palabras porque no comprendemos la causa. Y ese dolor se va transformando en culpa por no haber podido evitar esa muerte. Las familias se encierran en sí mismas porque no encuentran respuestas, pero también retroceden y callan porque tienen miedo a enfrentarse al tabú que supone la muerte pensada y voluntaria.

Belén Illana

 



 

Comentario de Juanjo Jambrina

Enrique tiene razón al excluir al suicida del pilar principal que sostiene el libro. Yo no estoy tan seguro de que el silencio tenga tanta importancia en el libro. El silencio, desde lo impersonal, bien lo explicó Castilla del Pino, es un arma de contención y de castigo durísima. Pero no me atrevo a decir que sea solo el silencio. Pienso más bien en la perplejidad, en el desconcierto de unir al suicidio el sintagma «esquizofrenia», por ejemplo. Es muy difícil deslindar todos esos conceptos. Pero desde el psiquiatra Störring sabemos que un síntoma especialmente paralizante es la perplejidad, que no es el desconocimiento, que no es la incomprensión. Es una mezcla de todos estos ingredientes pero que sume al sujeto en una nube de estupor paralizante, muy difícil de definir desde nuestros actuales conocimientos.  Desde luego, donde sí se corrió un tupido velo sobre el suicidio fue en el plano religioso. El certificado de defunción de la parroquia leonesa es un documento antropológicamente impresionante.

 



 

 

Comentario de Sergio González Ausina

A mí me gustaría insistir en el tema del miedo. En el libro me refiero, sobre todo, al miedo a hablar. Pero es obvio que, dentro del tabú sobre el suicidio, como dentro del tabú sobre las armas, por poner un ejemplo, está también el miedo a la muerte. El suicidio es un acto intimidante y es natural que la gente retroceda ante él. Tratar de reducir ese miedo creo que sería contraproducente. No opino lo mismo, desde luego, de los otros elementos del tabú como la vergüenza, la ignorancia o la superstición, que no sirven para nada y por los que se está pagando un precio muy alto. Sólo quiero decir que, a la hora de romper el silencio de los familiares, quizá merezca la pena dejar algún elemento intacto. No todo lo que produce miedo lo produce por razones equivocadas.

 



 

 

Comentario de Enrique Baca Baldomero

Solo una observación. Creo que estamos dejando aparte otro mecanismo que desgraciadamente se encuentra en el fondo de las conductas de todo allegado a un suicida: la culpa. Y que puede ser una de las justificaciones del silencio. Una culpa que se manifiesta fundamentalmente a través de sentimientos de culpabilidad y que se expresa de muchísimas maneras: desde la agresividad externalizada hacia cualquiera que pueda ser considerado responsable hasta el más profundo abatimiento personal. Una culpa que no se nutre de elementos objetivos la mayoría de veces, que en ocasiones se encuentra también en los familiares de los fallecidos por enfermedad común y en los supervivientes de atentados, accidentes o catástrofes, y que tiene sus raíces en unas terribles preguntas de imposible contestación: ¿Pude hacer algo más para salvarle? ¿Pudo hacer alguien algo más para salvarle? ¿Por qué él —o ella— ha muerto y yo sigo aquí?

 



 

 

Comentario de Belén Illana

Todas estas preguntas surgen fruto de nuestra impotencia al darnos cuenta de que somos incapaces de impedir la muerte o una enfermedad. No nos resignamos al hecho de no poder controlar la vida de nuestros seres queridos, querríamos preservarlos de todo mal.  Normalmente no pensamos en la muerte de un hijo o de una hermana, los enamorados no piensan en la muerte de su pareja, los niños no se plantean que sus padres puedan morir, como si de esa manera les otorgáramos una especie de inmortalidad. El miedo a la muerte hace que no queramos verla, que no hablemos de ella, que no nos preparemos para un hecho que es inevitable. Desde pequeños nos enseñan a vivir, pero no nos dan herramientas para sobrellevar la muerte, para convivir con ella. Y si encima esa muerte es voluntaria, la incomprensión se suma al miedo y el miedo hace que nos alejemos de la realidad, refugiándonos en el silencio donde la culpa es el sentimiento que prevalece.

 



 

 

Comentario de Sergio González Ausina

¡Y el drama de sentirte doblemente culpable! Es decir, de sentirte responsable y que las personas de tu alrededor consideren también que podrías haber hecho mucho más por salvarlo. Pero me gustaría decir algo sobre la ignorancia que sólo he sido capaz de ver con claridad una vez acabado el libro. Algunos de los principales protagonistas creían que eran los únicos en saber. Es decir, que nadie les hubiese preguntado nunca sobre lo sucedido les infundía esa errónea creencia. Y lo que ocurría es que casi todos lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo. Se producía, por decirlo de alguna manera, un doble nudo. Unos trataban de que nadie lo supiera y otros callaban, sabiéndolo. No sé si tenéis alguna idea de cómo invertir esta situación. En este sentido, leí hace poco la opinión de un especialista que daba por perdida la batalla en los periódicos y proponía empezar a romper el silencio en las escuelas, en la infancia, que es donde situaba Belén muy acertadamente el origen del tabú. Quizá no sea una mala idea.

 



 

 

Comentario de Juanjo Jambrina

Como señalé previamente, la teoría interpersonal del suicidio habla de que el suicida decide darse muerte cuando percibe que todos sus sistemas de apoyo somáticos, psicológicos y sociales han fallado. Esto hace que una muerte por suicidio haga estallar una oleada de culpa entre los allegados al suicida o quienes le trataban habitualmente. La culpa no hace más que agravar la perplejidad ante cómo debemos actuar y reforzar la parálisis de la razón ante sentimientos tan potentes como es el de la pérdida de un ser querido de forma dramática.

 



 

 

Comentario de Belén Illana

¿De qué hablamos?, ¿que nos callamos?, ¿lo que decimos es realmente lo que queremos comunicar?

Si normalmente nos cuesta mantener una comunicación con nuestros seres queridos, a los que vemos a diario en nuestro hogar, cuánto no nos costará hablar de una pérdida dramática como la causada por un suicidio en la familia. Entiendo perfectamente lo que describe Sergio, el silencio para no decir lo que pensamos que nadie más sabe, se une al silencio de los demás que no quieren que sepamos que ellos lo sabían. Son capas de silencio que se van acumulando y que impiden que nos abramos a los demás para diluir la culpa y el dolor por la pérdida.

Entonces, al no saber qué pensar, al no querer decir nada, nos sentimos perplejos y asustados. Y estos sentimientos, desde luego, no ayudan a averiguar qué pudo pasar por la cabeza de esa persona que decidió suicidarse, ni ayudan a comprender qué se podría haber hecho para evitarlo.

Por supuesto que es una cuestión difícil de atajar, pero si se puede hacer algo es durante la infancia, cuando nuestra mente es más plástica, está más abierta y menos deformada. Es cuando más receptivos estamos a la información que nos llega de nuestro entorno. Y ahí está la clave de la cuestión, en saber dar a nuestros hijos la información adecuada.

 



 

 

Última carta, por Julio Valdeón

 

Este artículo se publicó el 21 de septiembre en YouNews La Razón.

La enfermedad sin rostro, el último tabú, el suicidio, aparece en uno de los libros del año. He leído «Última carta: un suicidio en mi familia», de Sergio González Ausina, de un trago imparable. Con la boca seca y los ojos haciendo chiribitas. Igual que cuando descubrí a Kapuscinski y me enfrenté por vez primera a Chaves Nogales. Estamos ante un periodista masyúsculo. Autor de una crónica muy documentada y urgente, repensada y fresca, dolorosísima, sobre el suicido de un tío suyo, Vicente González Luelmo, «estudiante, esquizofrénico y leonés». Vicente se arrojó debajo del tren entre Guardo y León. La suya fue una muerte desenchufada en la memoria familiar. El mamut que brama por sobre las alfombras. Al que nadie quiere reconocer por una combinación de desolación y vergüenza. Añadan la ficción del contagio.

El viejo lugar común respecto a la necesidad de no comentar los suicidios. Para evitar, susurrábamos, la posible aparición de imitadores. En fin, este párrafo insuperable al principio de la investigación: «Por las noches había ido calentándome. Abría los álbumes de fotos y me imaginaba sus vidas. Me detenía en el semblante de Mary en la boda de mis padres, un mes después. En Vicente y sus botas de cuero, un mediodía portuario. Y en el piso de Maestro Uriarte, con mis abuelos, unas navidades, y de las últimas. El pie de todas aquellas fotos presentaba a mi padre como el testigo mudo de una destrucción familiar. Un hombre cansado y al que nunca había visto leer un libro». Contra las supersticiones de la tercera persona Ausina dispara desde el yo. Un yo a pecho descubierto, que reconoce valiente las frustraciones del reportero que navega contracorriente de sus propias intuiciones y no se permite caer en el letal error de cambiar huecos por ficciones. Se limita a acarrear y exponer los frutos de su paciente arqueología.

El resultado arroja luz sobre una tragedia familiar y, con la verdad que alienta los grandes textos, baña en radiante incandescencia uno de esos territorios colectivos que va siendo hora que encaremos. Por lealtad a los muertos y amparo a quienes en el futuro coqueteen con el monstruo. El silencio encadena. La palabra, cuando es tan refulgente y auxiliadora como en «Última carta», desmitifica y calma. «Me acostaba, apagaba la luz de la mesilla y le resarvaba un hueco al esquizofrénico…». Lo dicho, una maravilla.

 

Julio Valdeón

 



 

Es necesario romper el tabú del suicidio, por Pacho Rodríguez

 

Este artículo se publicó el 2 de noviembre en El Diario de León.

 

1977.Vicente González Luelmo, 25 años, leonés del barrio de San Esteban, se tira a las vías en las cercanías de Guardo. Estudiante, futbolista del San Esteban, esquizofrénico. Se suicidó. Y, a partir de esa palabra, el silencio total. Un libro de excepción, Última carta. Un suicidio en la familia, de este periodista y escritor, con prólogo de Arcadi Espada, afronta ahora el tabú. Vicente González Luelmo era su tío.

Hay palabras tabú pero hay una que se lleva la palma: el suicidio. Es ignorado como suceso próximo o lejano, íntimo o ajeno. Sea en la versión que sea, ante un hecho tal, la respuesta es la mirada hacia otro lado y el pasemos a otro tema. Más que mal visto, da pánico. No digamos ya en el periodismo, en donde hasta fechas no muy lejanas no era noticiable, en principio para ahuyentar el efecto contagio. Si a eso se le añade que, en este oficio de contar noticias, los temas se suceden de manera vertiginosa ante el teclado del periodista, puede decirse que ni rastro del suicidio, o, en tal caso, a cuentagotas. O con noticias de relevancia circunstancial como lo fue la del suicidio de Miguel Blesa, por poner un ejemplo mediático.

Con todo, a veces pasa que un periodista se queda trabado en un tema y no puede dejar de seguirlo. Algo así le ocurrió a Sergio González Ausina. Varios artículos sobre el asunto obtuvieron el reconocimiento no sólo de los lectores sino de los especialistas en la materia. Y un buen día le llegó el sobresalto: un tío suyo se había suicidado. En León. Se lo dijo su propio padre (leonés aunque nacido en Marruecos, ambos hechos por avatares de la vida de su abuelo), que más adelante confesó que nunca se había hablado de esas historia, ni de ese retrato que viajó por las casas familiares, porque tenía miedo. Así surgió Última carta. Un suicidio en la familia (ediciones Deliberar), prologado por Arcadi Espada y que cuenta con un apoyo casi tutelar del leonés Juan José Jambrina, jefe de la Unidad de Psiquiatría de Avilés, en donde desarrolla una labor que va de lo minucioso a lo innovador, de lo científico a lo humano, por lo que cuando cayó en esta historia se volcó en ayudar a Ausina, que vive en Alicante.

También les une la peculiar editorial Deliberar, más que una fábrica de libros un lugar para el pensamiento activo y que, entre otros, comandan en diferentes niveles José Lázaro como codirector junto a Enrique Baca, y Belén Illana. También coincide que Juan José Jambrina forma parte del comité editorial. Otro leonés, Francisco Sosa Wagner, es miembro del consejo asesor. Un ente bastante variado con nombres de la talla de Antonio Muñoz Molina, el citado Arcadi Espada, Fernando Savater, Albert Boadella o Victoria Camps. Tal vez, en toda esta pluralidad se teje la oportunidad de que surja un libro que aborda una temática al límite, y que consiste en un ejercicio de investigación periodística e introspección. Un libro que atrapa con una segunda parte sorprendente a la que sólo se puede llegar a través de su lectura.

—Usted vive en Calpe, su padre vivió en León pero hace mucho que no… Esta ciudad en realidad pertenece a su memoria y a un suceso familiar. ¿Cómo ha sido ese reencuentro?

—Bueno, realmente no se puede hablar de reencuentro, porque yo no he vivido nunca en León. Mi padre y mis tíos sí, porque trasladaron a mi abuelo a León y allí vivieron. Pero yo, hasta que no descubro esta historia tenía con León una relación nula. De hecho, para mí, los viajes a León para investigar para el libro fueron mi toma de contacto con la ciudad. Es más, mi padre nació en Marruecos, vivieron en Asturias y finalmente en León. Por eso fueron mi padre y mis tíos los que tuvieron ese contacto vital con León.

—Entonces este libro arregla en parte también esa carencia. ¿Creía que iba a combinar con tanto acierto la crónica periodística, la primera persona, casi un ajuste de cuentas familiar, abordar la enfermedad mental…? ¿Partía de una idea tan ambiciosa?

—Yo había escrito sobre el suicidio. Era uno de mis temas, en los que había desarrollado mucha labor de investigación. Y seguía en ello. Pero un día, una noche de esas de navidades, hablando con mi padre, poco dado a confesiones, me preguntó que en qué temas andaba y se lo dije. Y él entonces me dijo que mi tío Vicente se había suicidado. Aquella foto que siempre andaba por casa y en la que estaba mi tío resultaba que encerraba esa historia y yo no tenía ni idea.

—Se dio cuenta de que tenía en casa su propio tema… Le facilitaba las cosas, ¿no?

—No, porque era un tema del que no se podía hablar. Yo intenté durante esos días posteriores, quedar más con mi padre y sacarle algunas cosas, pero no fluía el tema. Entonces le dije que si yo tenía un tío que se había suicidado y no indagaba sobre la historia, con qué cara me iba a presentar en casa de Pepita Pérez para preguntarle, si yo no había roto todavía mi propio tabú.

—¿Y entonces qué pasó?

—Seguí yendo a casa de mi padre. Le iba soltando preguntas. Otro día le dije que además quería escribir un libro sobre la historia de Vicente. Intentó disuadirme: «Vicente era un chico normal. Tenía esquizofrenia pero era normal. No hace falta hablar más de él», me dijo. Yo le insistí y me dijo: «Es que tengo miedo».

—¿Qué fue descubriendo?

—La gente me fue ayudando. Juan José Jambrina, como leonés y psiquiatra, es pieza fundamental para la elaboración del libro. Contacté con la Universidad de León, fui atando cabos, como que jugaba a fútbol en el San Esteban. En el momento en el que ocurre su suicidio, su hermana vivía en Guardo y mi padre ya estaba en Alicante. Y él solo con su esquizofrenia en León, un poco abandonado y desamparado.

—¿A partir de ese caldo de cultivo fue cuando se desencadenaron los hechos?

—Sí. Un enfermo de esquizofrenia se monta en la cabeza sus propias conspiraciones. Fue a Guardo pero no a casa de mi tía. Se metió en una pensión en la que, al parecer, no durmió en toda la noche. Estuvo rondando por el pasillo, según me contaron. Pagó, se fue, y pilló el tren que va de Bilbao a León. Se tiró del tren a las vías, y el propio tren lo escupió y se volvió a meter… Una cosa muy trágica. Encima era en una zona deshabitada, y lo llevaron a Valcuende. Estuvieron velándolo dos días en la iglesia esperando a la familia.

—Y cuando empezó a investigar, ¿pensaba que iba a dar con tanta información?

—El tema es que en mi familia se creó tal tabú que empecé a investigar desde cero y un poco a tientas. Pero vi pronto que se conocía el caso, que la gente mayor lo recordaba, que incluso en el barrio se acordaban de la familia como de otras que habían vivido en León en aquellos años, cuando todo era más pequeño.

—¿Qué conclusiones personales ha sacado?

—Tengo cada vez más claro que hay que romper el tabú del suicidio en los periódicos y en las escuelas. Para abordar su problemática. Merece la pena por abordarlo de frente y, en casos pasados, porque es una carga que se lleva en las familias sin hablarlo y sin que muchos lo lleguen a saber.

Pacho Rodríguez

 



 

 

El sobrino del suicida, por José Mª Albert de Paco

 

Este artículo se publicó el 20 de marzo de 2019 en The Objetive.

 

El libro de Sergio González Ausina Última carta. Un suicidio en mi familia (Deliberar) me recordó que el asunto más crucial del que debe ocuparse un escritor suele estar bien a mano. Yo sé que ha de llegar el día en que me ponga a la tarea, y que todo lo que he ido publicando hasta ahora es una antología del disimulo. También sé que cuando me enfrente a ello tendré más mimbres, y que acaso el tiempo haya depurado la memoria de indeseables truculencias. Un recuerdo alisado. Pero no me engaño: si postergo el encuentro es por cobardía. Y Sergio es un valiente, un periodista de fuste que en lugar de vadear torpemente la cuestión, resolvió batirse con ella. La cuestión, por ir iluminando su hazaña, es su familia. La familia muerta y la familia viva, que es el único vehículo para llegar a la primera y la peor de las compañías para hacerlo.

Sergio había colaborado en el (cada vez menos) extinto diario Factual, de Arcadi Espada, como coautor del blog “Última carta”, en el que se encaraba con el tabú del suicidio a partir de notas de suicidas. Luego de que el diario echara el cierre, regresó a la empresa familiar, en lo que parecía un preludio de su claudicación frente al periodismo, que no frente a la escritura. Al término de una de esas jornadas, de vuelta a casa con su padre, Sergio le habló del blog. La comezón, en fin, del que deja una tarea inacabada. “Pues tú tuviste un tío que se suicidó”. La cabeza de Sergio convertida en avispero: ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué nunca le habían hablado de él? ¿Cómo se quitó la vida? ¿A qué se dedicó?

Última carta es el intento de responder a esas preguntas, un relato seco, vertiginoso, en el que el autor va volcando las pruebas con pulcritud forense, y en el que se superponen diversas capas, casi a modo de subtramas. La de la investigación puramente archivística; la de las decenas de interrogatorios (digo bien, interrogatorios) a todos aquellos individuos cuya sombra se cierne sobre el suicida, aun de forma fortuita y en aspectos marginales. La del padre, verdadero protagonista del libro, y al que Sergio, como un Carrère de ninguna parte (la España vacía es, sin apenas pretensión, otro de los grandes temas de la obra), somete al cedazo indeseable de la memoria, aun a riesgo de que una palabra de más o una de menos apelmace la relación entre ambos. Y por último, el de la mujer. Instigadora de la aventura, eficaz colaboradora, su figura se diluye a medida que su marido hace de las pesquisas su gran prioridad existencial, en un ensimismamiento que va rompiendo en obsesión, y que recuerda al del Graysmith de Zodiac o acaso al Dreyfuss que moldeaba el puré de patatas en Encuentros en la tercera fase. La obra, en efecto, dejará un temblor en la vida. Y un postrero corolario, tan imprevisible como sobrecogedor (dejémoslo aquí, spoiler).

El resultado es una delicadísima biografía de Vicente González Luelmo, muerto el 17 de agosto de 1977 en Valcuende, provincia de León, a la edad de 25 años. Desde la vía férrea donde le encontraron, Sergio González Ausina levanta una emocionante necrológica que sella el paso del suicida por este mundo, rescatando a él, y a todos nosotros, del oscurantismo y el atraso. Como hizo Ivan Jablonka con Laëtitia Perrais, sí, pero a despecho de su tiempo.

José Mª Albert de Paco

 



 

 

Imitación del hombre, por Juan José Martínez Jambrina

La vulnerabilidad de los adolescentes al llamado contagio del suicidio

Este artículo se publicó el 19 de mayo de 2019 en La Nueva España.

 

Clay (uno de los personajes de la novela Por trece razones, best seller de Jay Asher, de 2011, convertido en serie de éxito en 2017) se encuentra con 13 cintas de casete en las que Hannah, la adolescente protagonista, explica por qué ha tomado la decisión de quitarse la vida. En una de ellas dice: «Soy Hannah y estoy a punto de contarte por qué se acabó mi vida. Si estás escuchando esto, tú eres una de las razones».

Desde que Netflix estrenó esta serie la polémica la ha acompañado. Hace un par de meses las críticas han arreciado. La revista Journal of American Academy of Child and Adolescent Psychiatry ha publicado un riguroso estudio en el que concluyen que al mes siguiente de su estreno en Estados Unidos los suicidios de adolescentes entre 10 y 17 años aumentaron un 28,9% en todo el país. La investigación muestra que el estreno de Por trece razones se asocia con unos 195 suicidios adicionales en 2017 entre los 10 y los 17 años sin que aumenten en las demás franjas de edad. Esto refuerza una hipótesis conocida: los adolescentes son los más vulnerables al llamado contagio del suicidio.

Los autores del estudio enfatizan que con estos datos no se puede establecer una relación causal entre los hechos analizados. Pero, a juzgar por la intensidad de las discrepancias, parece que tanto los medios de comunicación como la comunidad científica y la educativa siguen sin tener claro si se puede hablar del suicidio y cómo ha de hacerse en exposición pública. El debate viene de los inicios del siglo XX cuando Paul Aubry escribió «El contagio de la muerte», donde sostenía que la reseña de un suicidio en prensa podía inducir suicidios entre los lectores aconsejando que no se informase sobre estas muertes. Como es público y notorio, ni la afirmación de Aubry ha tenido refrendo científico, ni los periódicos le han hecho caso, sobre todo si el suicida es una personalidad conocida. Así, tanto los medios como la sociedad en general oscilan entre tratar el tema como un tabú o bien contarlo aderezado con detalles que van desde el estruendo apocalíptico hasta la consideración cuasi heroica del suicida.

Decir que el suicidio es un fenómeno multifactorial tan complejo como inexplicable no deja de ser un tópico. Pero es lo que hay. Es lo que tenemos. Una epidemiología que se nos escapa como agua en una cesta, la incapacidad para predecir poblaciones de riesgo y la propia naturaleza, mórbida o no, del fenómeno limitan la efectividad de los esfuerzos por solucionar este problema. Pero bien sabido es que a la hora de hablar de temas desconocidos y tan serios la prudencia y la mesura deben presidir cualquier intervención.Sabemos que la adolescencia es una etapa cuajada de inseguridades e inestabilidades y en la que las capacidades de control conductual aún no están del todo maduras. Es un terreno abonado para que arraiguen impulsividades con malas consecuencias.

En casi todos los análisis que he leído sobre la relación entre el suicidio y la serie «Por trece razones» me llama la atención la ausencia del concepto «imitación», algo que nos concreta como humanos. Nos pasamos la vida imitando. Imitamos hasta que nos morimos. Pero si hay una etapa de la vida en que la imitación todo lo colorea, ésa es la adolescencia.

El ensayista catalán Ferrán Toutain publicó hace años un texto maravilloso, «Imitació de l’home» (2012), que es la mejor aportación española a este concepto. Por razones que ignoro, el fino trabajo de Toutain aún no ha sido publicado en castellano.

¿Somos porque imitamos o imitamos porque somos? Es la gran pregunta de Ferrán Toutain. Contra la moral de la identidad existe la moral de perfección, de escasa fuerza en momentos en que, como ahora, la cultura de la queja, clave en la génesis de tantos «hechos identitarios», es una de las formas de imitación más extendidas. Son los goces del rebaño.

Usando ejemplos de su biografía personal Toutain muestra como el niño constantemente imita a sus mayores, imita roles, identidades. De ahí el éxito de las identidades colectivas, porque la imitación protege. Incluso da reconocimiento. Y por eso los conflictos con fuerte carga imitativa hoy tienen su escenario en Facebook o Twitter. Según argumenta Toutain, la ausencia de paradigmas de conducta en el mundo actual se debería a que nadie imita a los grandes hombres porque no los hay. Coraje moral, sensatez o virtud pública ya no están en la agenda de los sistemas de imitación. Lo que se imita es lo banal y la mediocridad, que se propagan como una infección con la ayuda idiotizante de las redes sociales y de la televisión.

Cuando se pregunta por fenómenos como el del suicidio Toutain se reafirma: «El hombre es imitación. El límite de la imitación debiera estar en el instinto de supervivencia. Pero sucesos así muestran la potencia de lo imitativo. Sucede también con los asesinatos en masa que cometieron los nazis o los comunistas en el siglo pasado. Hay una pulsión por hacer lo que hacen los demás que nos arrastra. Y en los adolescentes esa pulsión imitativa es especialmente poderosa».

La vida humana no tiene más interés que el imitativo. Lo dicen Gombrowicz, Musil, Ingmar Bergman, Dalí, Maupassant, Jünger, Plinio el Joven, Walter Lippmann, Proust, las neuronas espejo, las crías de chimpancé huérfanas de madre, los aforismos de Chamfort, los recuerdos de la infancia o los olvidados textos de Gabriel Tarde. La imitación es la esencia de lo humano. Por más de trece razones.

Juanjo Jambrina