De la sonrisa al amor

Enrique Baca

1

De la sonrisa

La sonrisa está en el mundo de las expresiones comunicativas, más concretamente en el de las expresiones que preceden o acompañan a la empatía. Es el intento de establecer comunicación con un sujeto que se pretende sea próximo.

Las meras expresiones han de ser valoradas siempre en el contexto de su sentido y nunca aisladamente. En su origen ontogenético la sonrisa del bebé es una expresión de temor expectante ante lo desconocido, que es el preludio del llanto si el temor se conforma como amenaza percibida.

Si ante la sonrisa lo que se recibe es aceptación y contacto positivo, su mecanismo queda consolidado como manera habitual de relación amistosa.

En la materialización de ese gesto siempre actúan los factores temperamentales. Especialmente importante es el binomio pasividad/retracción == actividad/exploración.

En el mundo infantil la sonrisa es un modo exploratorio del mundo de los otros. El llanto es un modo de rechazo al contacto.

En el mundo adulto de todas las culturas del mundo la sonrisa es un medio de significar el acercamiento positivo al otro, extraño o no. Su rechazo sustituye el llanto infantil por las expresiones de hostilidad o de agresión.

 

2

De la empatía

Empatía es la identificación afectiva con los sentimientos y la posición personal de otro.

La empatía es siempre un intento de “sentir lo que el otro siente”, se consiga realmente o solo crea conseguirlo el que intenta empatizar.

La empatía no supone conocimiento cierto ni exacto de los sentimientos del otro. Solo supone que el sujeto intenta conocerlos e identificarse.

La empatía tiene, por tanto, un componente cognitivo, real o imaginado (conocer lo que el otro siente) y un componente identificatorio, afectivo, (intentar sentir lo que el otro siente).

Cuando la empatía se establece, la relación entre el sujeto y el otro de la empatía se hace intuitivamente más fluida y más aceptante.

La aceptación del otro, de sus sentimientos y de sus valores, es una de las consecuencias inmediatas de la empatía.

Asimismo, la comunicación es otra de las consecuencias inmediatas de la empatía.

Ahora bien, para que la comunicación se consolide y permanezca, la empatía ha de constituirse bilateralmente.

Se puede afirmar que la empatía es una vía regia para la constitución de una alteridad en la que el otro no es un objeto sino otro-yo.

Pero la empatía no es necesariamente bilateral ni correspondida y puede estar sometida en la comunicación resultante a variaciones y distorsiones inherentes a la comunicación misma (por ejemplo, al malentendido y al sobreentendido).

La empatía puede ser un rasgo disposicional en la personalidad de cualquier sujeto, pero solo se materializa en presencia de un “otro” concreto. La visión idealista de la empatía como capacidad universal y aplicable a cualquier otro en cualquier situación es ilusoria.

Fomentar la empatía es posible, pero de manera indirecta, fomentando otras disposiciones individuales como la capacidad de escucha y de comprensión. Estos no son rasgos radicalmente afectivos, sino que pertenecen al mundo de la confluencia entre el afecto y la cognición.

La empatía no tiene rango estructural si no evoluciona hacia la amistad, pudiendo aparecer como cambiante, mudable o perecedera.

Hay, por tanto, movimientos empáticos que resultan fallidos al someterse a la experiencia o al devenir de los acontecimientos. Si esto ocurre no se desarrolla amistad.

Una ultima advertencia: la empatía no es similar a la identificación con el otro forzada cognitivamente como, por ejemplo, sucede o debe suceder en la psicoterapia

 

3

De la amistad

La empatía consolidada entre dos personas puede considerarse como la fuente (origen) de la amistad.

“Amistad” es una palabra que identifica el momento emocional empático, expreso, consolidado y acompañado de una fluida comunicación cognitiva.

La amistad tiene por tanto una base empática y una culminación cognitivo-intelectual.

Hay casos, no obstante, en que la base empática puede suplir la falta de comunicación intelectual, aunque es muy difícil que esta falta sea total o completa. Se puede “querer” a un amigo sin estimarlo intelectualmente, es decir, solo sobre la base de una fuerte identificación empática. Aunque hay que reflexionar si esta circunstancia no degradaría la amistad a simple “consideración afectiva” del otro.

Sobre lo que podemos llamar “afectividad empática” (identificativa con el otro) comunicada y comunicante y añadida a la posibilidad de identificación en los valores personales (o al menos a la consideración cognitivo/intelectual), se instala generalmente el respeto.

El respeto es siempre respeto a la identidad del otro como tal, seguido de la atribución a dicho otro de la condición de interlocutor válido.

Ser un interlocutor válido supone siempre un plus de deseabilidad en la comunicación del otro y su instalación (temporal o permanente) en un nivel de comunicación privilegiado en la panoplia de los “próximos” del sujeto.

En estas condiciones (identificación afectiva, consideración específica, comunicación privilegiada y respeto) la amistad asciende al nivel del agápē griego.

Esta concepción de la amistad (agápē) puede no ser estructural inicialmente pero, supuesto el éxito de sus componentes, tiende indefectiblemente a hacerse estructural y a incorporarse a la vida relacional del sujeto como elemento fijo y, en ocasiones, imprescindible.

Si estas estructuras son generadas en la infancia o en la primera adolescencia tienden a ser muy estables y consolidadas. Las generadas en otras etapas de la vida pueden ser más superficiales. Se habla en estos casos de que estamos ante elementos funcionales más que ante estructuras personales.

 

4

Del amor

El amor se construye sobre la existencia de la amistad y del deseo.

No así el enamoramiento, que se construye sobre la simple empatía y el deseo.

En el enamoramiento el deseo lleva el mando del afecto.

Si el deseo inicia el enamoramiento, la empatía lo consolida en sus primeras fases.

Una primera visión del amor (que no del enamoramiento) puede ser planteada como la coexistencia de las condiciones básicas del agápē con las de un deseo que permanece (eros).

(El amor unidireccional e incondicional, como el maternal, y el metapersonal, a una Idea o a Dios, no se incluyen aquí porque necesitarían un análisis diferente y especifico).

En cualquier caso no es posible hablar de enamoramiento sin la presencia del cuerpo deseado, que es el elemento central del enamoramiento.

Para que el enamoramiento devenga en amor el cuerpo deseado ha de ser también el cuerpo del amigo. El amor funde así los elementos básicos del agápē y del eros.

Tras el enamoramiento y a lo largo del tiempo las formas y manifestaciones del deseo pueden cambiar sin alterar la íntima constitución del eros.

El deseo inicial del enamoramiento, lleno de elementos estéticos y pulsionales, puede evolucionar a un “deseo integral” en el cual el cuerpo amado está más allá de la estética y de la pulsión.

Eso sucede porque el eros se organiza alrededor y a través de la comunicación corporal con el otro y de la constitución simultánea del otro en cuerpo amado más allá de las formas y expresiones de ese amor.

En consecuencia el amor se instala en el ámbito primordial de lo corporal y, como tal, en el ámbito de lo sensual. Pero no se instala de cualquier forma: para su definitiva vida exige la previa constitución del agápē.

Si el agápē es la máxima expresión de la capacidad de empatizar, comunicar y respetar, el amor lo dota, en una ultima vuelta de tuerca, con la posibilidad de comunicación total que es la comunicación corporal en tanto que existencia personal encarnada de otro-yo que ya es un otro-prójimo privilegiado.

Porque debe quedar claro que el amor es un proceso de “llegar a amarse”, nunca un punto de partida; y en este proceso el cuerpo amado sufre una trasformación definitiva a través de haber sido y ser un cuerpo deseado.

La expresión máxima del deseo amoroso es aquella que consigue y se basa en el sentimiento de apropiación (del otro) y de pertenencia (al otro). Pero al otro y del otro como sujetos respetados, no como objetos.

Esta transformación del otro en Sujeto (con mayúscula) es lo que hace que el amor no caiga en su caricatura meramente deseante (la utilización y la dependencia).

Si en este momento de la argumentación decimos que ese Sujeto es el Amigo Deseado, poseído y poseedor de mí en el marco del respeto que nos tenemos el uno al otro como personas y el deseo de compartir nuestra vida que nos une en un quehacer común, puede considerarse que hemos culminado la descripción.

Queda una penúltima consideración: ¿Es este amor así constituido, definitivo y permanente? La respuesta es clara: sí, si ha llegado a constituirse; pero hasta ese momento hay que admitir la existencia empírica de múltiples situaciones incompletas o frustradas.

Pero el proceso de constitución refuerza la faceta estructural (refuerza la estructura). Es decir, el tiempo constituido en el proceso del desarrollo del eros refuerza al eros.

Y una ultimísima cuestión que es grave: ¿Es esto posible en la existencia real de los seres humanos? La respuesta es sí. ¿Es esto frecuente? La respuesta es incierta.

 



 

Comentario

Rafael Spottorno

Me gusta mucho esa progresión con cadencia de escala musical perfecta: sonrisa – empatía – amistad – amistad+deseo – amor. Todo esto que dice Enrique Baca es muy sensato y seguramente muy cierto porque de emociones y cogniciones sabe por vía doble, la teórica y la práctica.

No cabe duda de que el que describe es un posible camino para llegar al amor, sin duda el más amable, hermoso, incluso beatífico y hasta… amoroso. Pero me pregunto si no hay otros quizá menos atractivos —podríamos decir, menos políticamente correctos— pero que podrían no ser menos eficaces. Por ejemplo, con perdón, el interés.

Ya sé que queda francamente feo sacar a relucir la palabra interés cuando estamos hablando de amor, pero no hay que amedrentarse ante las palabras, por mala prensa que tengan. ¿Tiene cabida el interés en esa preciosa escala musical que describe el doctor Baca? Yo creo que sí y que lo puede hacer con la cabeza alta. Al fin y al cabo, desde los neandertales el interés ha sido un potentísimo motor del progreso de la humanidad y tampoco nadie ha puesto en duda su legitimación para ocupar plaza con pleno derecho en el elenco de motivaciones que inspiran las acciones de los seres humanos. A lo más que se llega en un amago de descalificación es a motejarlo de vil para camuflar, en el fondo, la desazón que en el fondo produce el darle entrada en el edificio en construcción del amor junto a otros invitados más románticos y respetables como la empatía o la amistad

En la relación de pareja (evito la palabra matrimonio para eludir voluntariamente la dimensión institucional) cuya vida en común ha tenido su origen en el interés, no es difícil encontrar, tras muchos años juntos, que cuando uno de los dos muere, celui des deux qui reste se retrouve en enfer, como tan elocuentemente dice la canción de Jacques Brel Les Vieux. La historia —y la vida— nos muestran casos semejantes a todos los niveles sociales, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca (vale igual, innecesario es decirlo, el príncipe altivo y el pescador en ruin barca). ¿Ha construido esa pareja su amor ascendiendo por esa escala que va de la sonrisa a la empatía, que luego sube el peldaño de la amistad y que finalmente se encarama en el de la amistad más el deseo, tras el que se alcanza ese vértice que es el amor? Al principio de la escala, esa misma escala que termina en el amor, ha hecho su aparición, bien voluntaria y autónoma, bien forzada por terceros (normalmente padres o parientes), en sustitución de la sonrisa, ese incómodo interés, tan poco romántico pero con tanta capacidad de amalgama y con tan considerable potencial de desarrollo por caminos inesperados que al cabo desmentirían su infamante condición de vil.

En las clases altas francesas, si bien más en el pasado que ahora, era frecuente que los cónyuges / amantes se dirigieran el uno al otro como mon ami / mon amielo que resulta revelador en quienes, en proporciones altísimas, habían iniciado su vida en común por vil interés. Y del mon ami / mon amie al mon amour hay solo un paso, el que propicia el deseo, para el que el interés actúa como un elemento absolutamente neutro.

Baca visualiza esto que yo llamo, con muy poca propiedad, escala musical, como un acueducto que, uniendo arco tras arco, va trazando el camino que conduce a la eclosión del amor a partir de esa sonrisa que ejerce el fundamental papel inicial de ser “un medio de significar el acercamiento positivo al otro”. Sin negarle calidad ingenieril a ese acueducto, sugiero un arco alternativo en su comienzo: el interés. Estaría por ver con cuál de los dos arranques permanecerá en pie por más tiempo la fábrica del acueducto…

 



 

 

Comentario

Mariano Aísa

Preciso y clarificador me parece el trabajo del profesor Baca. Mi única objeción sería que el criterio que establece para el amor, la conjunción de agápē y eros, resulta muy limitativo. El eros sería para mí un complemento, un magnífico complemento, pero no una condición necesaria; pienso que se puede hablar de amor, y de un amor con el grado de sublime, sin que intervenga el deseo erótico.

En cualquier caso, y asumiendo el canon exigente de Baca sobre el amor, querría señalar un requerimiento imprescindible, a mi parecer, que aunque implícito en su exposición, convendría aflorar. Me refiero a la disposición de entrega plena por el amante, a la entrega con armas y bagajes, a la donación al amado tanto de las capacidades corporales como de lo que San Agustín definía como potencias del alma. Es la dilución del propio yo en el del Otro. Y los poetas han ido tratando, bella y diferentemente, esas entregas:

La entrega corporal, no solo del cuerpo propio como objeto de placer, sino también como instrumento de ayuda y cuidado: “Dos amantes dichosos hacen un solo pan / una sola gota de luna en la hierba”; “Dos cuerpos frente a frente / Son a veces raíces / En la noche enlazadas”.

La entrega del tiempo, supeditándolo a la prioridad del Otro; el tiempo lo mide el otro: “Por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero”.

La entrega de la voluntad: “Es una libertad encarcelada / Que dura hasta el postrero paroxismo”. “Y siempre cuanto vivieres / Haré lo que tú quisieres / Si merced hacerme quieres”. Con una visión más prosaica, es el: “¿Qué hacemos hoy? “Decide tú”. “No, no, decide tú”.

Es también supeditar la historia propia a la del amado: “Y si se cierran los ojos / ¿quién eres tú?, ¿quién soy yo?”; “Cuando confío, es ella la confianza,/ Y cuando espero, es ella la esperanza, / Y cuando vivo, es ella el corazón”.

Pero el amor sublime precisa de otra entrega del amante; la entrega de la razón; tiene que asumir, en la composición medular de su amor, la sinrazón. Bien, esto no es nuevo; la literatura, desde el Cantar de los Cantares hasta hoy, ha relacionado siempre amor con desvarío, con locura, “la bendita locura”. Yo no voy tan lejos y la relación entre amor y locura la podrá explicar, con plena competencia, el profesor Baca. Pero pienso que él aceptará que, en ese amor riguroso que define, el logos está de mirón ante la coyunda de agápē y eros.

Y no se trata solo de que la fusión amorosa demande la aplicación de filtros a la razón (“Tengo la mujer más guapa”, “Mi hijo es el más inteligente de su clase”). No, se trata de aceptar que el amor, repito, el Verdadero Amor exige la sinrazón. ¿Por qué amas intensamente a tu pareja?: 1) Porque me satisface sexualmente. 2) Por ser el padre, o la madre, de mis hijos. 3) Por largos años de convivencia. Ninguna de estas respuestas explicaría un amor tal como lo hemos definido, ni siquiera la conjunción de todas ellas. La única respuesta válida sería: Le amo porque SÍ, y es difícil encontrar una proposición más irracional.

Lo que pasa es que, bien pensado, es decir, usando la razón, se concluye que esta ni está, ni se la espera en los episodios de máxima satisfacción de una vida humana: el disfrute sensorial o sexual, el goce intenso ante la obra de arte, la experiencia amorosa (la caricia, el embeleso ante el amado), la relación (quien la consiga) con la Divinidad. Tampoco parece que la razón se deje ver en el último momento cumbre del vivir humano.

Ya señaló Nietzsche: “¡Ah, la razón! Esa vieja hembra embustera …”.

 



 

El amar entre mujeres

Cecilio de Oriol

El amar entre mujeres

Mi lectura de esta deliberación sobre temas amorosos en la que intervienen los señores Enrique Baca, Rafael Spottorno y Mariano Aísa, ha coincidido con la de un librito, editado por la Fundación Banco de Santander en la colección “Cuadernos de obra fundamental”. Son un total de 137 páginas, 108 de las cuales recogen una recopilación de cartas intercambiadas entre Carmen Laforet y Elena Fortún entre 1 de febrero de 1947 y 25 de enero de 1952. A esas alturas Laforet tenia entre 26 y 31 años y Fortún (Encarnación Aragoneses de Urquijo) entre 61 y 66. Carmen viviría 52 años más y Elena (Encarnación) moriría cuatro meses después de cesar la correspondencia.

El género epistolar tiene detractores y partidarios. Entusiastas ambos. Pero distingamos entre lo epistolar como estructura de una obra literaria —facticia y ficticia— y lo epistolar como expresión de comunicaciones íntimas entre personas, que no tiene otro fin que la lectura por el destinatario. Por eso, cuando este segundo grupo se filtra a los demás (muchas veces —quiero imaginar— sin ningún aprobación, ni póstuma ni previa, de los corresponsales), presenta a nuestros ojos de voyeurs indiscretos una oportunidad única de escudriñar las almas de los que escriben.

Carmen y Elena (dejemos ya sus nombre tal como ellas los quisieron) comienzan sus confidencias en un tono mesurado en el que encontramos el apasionamiento de una joven escritora que se cartea con alguien a quien admira, y la respuesta, inicialmente también mesurada y serena, de la que ya es madura de edad y de criterio. Pero pronto Carmen se desborda en apasionamientos y Elena le sigue sin perder por ello la sagesse que le corresponde. Elena esta enferma y gran parte de las cartas contiene sus quejas y sus temores; Carmen parece no querer admitir esta realidad o la desborda en una continua y explicita petición de amor. Al final, el 13 de noviembre de 1951, escribe a Elena que está ingresada en el sanatorio de Puig de Olena, en la provincia de Barcelona:

Querida mía; quiero que pienses de cuando en cuando que yo te quiero mucho y que pienso mucho en ti: quiero que, me veas alguna vez junto a tu cama y que sepas que, muchas veces, te beso con cariño de verdad.

Si, te beso y te quiero y estoy contigo. Te doy las gracias por ser como eres, por pensar como piensas y también por haber recibido mi cariño y quererme también… Esto es muy hermoso.

Deseo con toda el alma que no sufras físicamente. Deseo con toda el alma que te cures; y deseo con toda el alma verte y abrazarte de verdad, querida amiga mía.

Con un cariño muy grande y un grandísimo deseo de que me sientas a tu lado te envió un abrazo y muchos, muchísimos, besos

Tu Carmen.

 En su contestación del 20 de noviembre del mismo año Elena, tras comentar cosas de su enfermedad, hablar de su confesión con “un cura viejecito” que la tranquiliza sobre sus “remordimientos” y le explica que los produce el diablo “que no quiere mi paz”, se despide de Carmen diciendo: “Adiós querida mía, yo también te quiero mucho y te mando miles de besos. Tu Elena”.

Sobre y alrededor de estas cartas se ha hablado del amor entre mujeres. La vida de Carmen y Elena, tan distintas y distantes y solo unidas al final de la de una de ellas, se ha interpretado a la luz de las previas relaciones de ambas con otras personas (especialmente de Elena con Matilde Ras). Se las ha incluido también en un grupo de extraordinarias mujeres que en la primera mitad del siglo XX generaron, se quiera o no, una cierta atmosfera que menciona con justeza una de las prologuistas del libro que comentamos: Nuria Capdevila-Argüelles. Todo un mundo conocido a medias y mencionado también a media voz, que esconde bajo un rotulo genérico de feministas una realidad que a mi me resalta con una luz distinta y más potente: El amor entre mujeres y más específicamente el amar entre mujeres.  Porque nunca un hombre habría escrito a su amigo mas dilecto unas cartas como las que Carmen escribía a una Elena anciana y enferma. Nunca. Y no se piense que es el pudor o la convención social la que lo impediría. Lo impediría la misma constitución del amor que el hombre construye con el sujeto amado.

Quizá por eso resulta tan difícil a la literatura escrita por hombres entender estos amores sin reducirlos a la categoría donde lo masculino se mueve con una tan pasmosa como insuficiente seguridad: el amor o es “platónico” o es “carnal” y el segundo se rige solo por las leyes del deseo inmediato de la detumescencia. Por mucho que lo arropemos con la ternura. Pero este no solo es el error del hombre común. También es el error de los hombres geniales. Solo tenemos que recordar a Sigmund Freud.

Explicar esto parece empresa imposible. De un lado no se entiende y del otro se malinterpreta. Cuando uno lee las discusiones sobre si había amor carnal o amor platónico entre Sor Juana Inés de la Cruz, la eximia poetisa mexicana, y su protectora la marquesa de Laguna, Luisa Manrique, queda patente esta incapacidad de evitar la mala interpretación y el mal entendimiento.

Pero hay que arriesgarse y decirlo con la voz mas fuerte que tengamos. El alma femenina no usa el cuerpo (que también) sino que lo ocupa e instala. La mujer tiene un cuerpo, como el hombre sin duda, y también como el hombre es un cuerpo, pero este ser es un estar en la más completa y armónica inmediatez. Y por eso cuando ama, ama con todo lo que ella es: su alma y su cuerpo.

Y eso conduce a que la distancia entre el contacto y la caricia, entre el beso y la pasión, entre el abrazo y la entrega, se hagan porosas y sus fronteras flexibles. Es esa maravillosa e incomprendida forma de amar, donde el cuerpo nunca es un obstáculo o un pretexto, en la que lo sensual y lo afectivo carecen de toda dualidad y la piel, los labios, las manos, la mirada y la voz se convierten en vehículo natural del sentimiento.

Pensemos si somos capaces. Visualicemos por un momento lo que es sentir este amor y sentirlo con alguien que sabemos que lo siente como nosotros. Si lo hacemos estaremos en la antesala de comprender el arcano del amar de las mujeres. Porque en el amar de las mujeres, y más aun en el amar entre mujeres, se da el milagro de la entrega alborozada que, al entregarse envuelve, y al envolver posee, con la sublime ternura que surge incontenible cuando el alma posee y el cuerpo se entrega.

Dichoso los hombres a los que les sea permitido asomarse, aunque solo sea por una rendija pequeña (la que permita su atolondrada insensibilidad) a esta maravillosa realidad del amor femenino.

 

Compartir