El imperio del deseo

Mariano de las Nieves

El deseo, esa cualidad humana de proyectar la satisfacción en el futuro, es un ingrediente necesario en nuestra vida. La historia de la humanidad ha sido, en muchos aspectos una lucha, casi siempre perdida, para negociar, modular, encauzar y, desgraciadamente con más frecuencia de lo deseable, reprimir el deseo.

Ahora la actualidad ha vuelto a dar al deseo un puesto de primera fila en la gestión de nuestras vidas. Podríamos poner ejemplos hasta aburrirnos y no agotaríamos el abanico de lo que los seres humanos deseamos y los contemporáneos canonizamos por el simple hecho de que alguien lo desea. Es como si el viejo sueño sadiano de poner toda norma en mi deseo se estuviese haciendo realidad. Poco a poco y sin que se note demasiado.

Pero no se crea que este comentario va orientado a reivindicar un triste ascetismo que acaba dando más risa que pena. Va en otra dirección. Me ha surgido leyendo el sábado, 18 de febrero de 2017, un artículo en la sección de “Opinión” de El País, firmado por una buena escritora que tiene publicados libros muy recomendables: Berna González Harbour.

El suelto se titula Entre los bebes ‘robados’ y los de ‘alquiler’ y pone de manifiesto una prudente actitud de recelo ante la idea de que se pueda pagar por el uso del útero de una mujer por parte de otra (o de otro) que quiera tener un hijo (permítanme que haga abstracción de los motivos para semejante deseo por aquello de no entrar en el bosque impenetrable de la justificación de los actos humanos).

Con un estilo directo y en pocas palabras, la articulista, tras mencionar la siempre presente posibilidad de “donaciones altruistas”, centraba el tema en un par de párrafos que resumo textualmente aquí, acogiéndome al uso (a veces abuso) de la intertextualidad. Dice así Berna González Harbour: “El derecho a la maternidad o a la paternidad a costa del cuerpo ajeno, como el derecho al placer sexual a costa del cuerpo ajeno, no existe”.

Y tras hablar del emborronamiento que la necesidad y la pobreza pueden ejercer sobre el “derecho a decidir sobre el propio cuerpo” (una mujer que alquila su útero para poder comer ella o dar de comer a su familia no actúa muy libremente que digamos) acaba diciendo algo que no es posible ignorar: “La sociedad debe avanzar con leyes, si, que garanticen los derechos. También los de los débiles. Y los del menor”.

El mismo fin de semana el propio diario El País, en un editorial ligeramente campanudo y tras intentar mantenerse en los limites de lo políticamente correcto, abominando, como no podía ser de otro modo, de toda prohibición, daba la solución perfecta: legislar (en positivo, of course!) y vigilar.

¿Puertas al campo?

Me viene a la memoria la noticia, aireada con profusión por los que vieron en ella la posibilidad de tener su minuto de gloria, de esa mujer con más de sesenta y cinco años que dio a luz a un par de gemelos en un pequeño hospital español. Se había hecho fertilizar en un hospital norteamericano (cheque en ristre supongo, y supongo bien) y había vuelto aquí a que el sistema público español la atendiese en la cesárea que era de rigor. Para mayor inri ya había conseguido, por el mismo procedimiento, una hija anterior (también parida más allá de la sesentena) que le había sido retirada por serias deficiencias en su cuidado. Ahora tiene dos más.

Puertas al campo.

 



Comentario

Carmen Martínez González:

Armonizo con el lenguaje de interrogantes que Mariano de Las Nieves utiliza. En la dificultad de poner puertas en la gestación subrogada y en la necesidad de poner no solo puertas, sino cerrojos, a esas maternidades hipertardías, más propias de un concurso tipo Guinness Book of Records de proezas de la ciencia que de una medicina basada en pruebas científicas y compromisos éticos.
Cuando la biología ha superado ampliamente los límites fisiológicos para la maternidad deberían existir una contraindicación de edad tan clara que ningún colega falto de escrúpulos o ávido de dinero pudiera saltársela. Es obvia la necesidad de un límite de edad claro, una contraindicación médica para las técnicas de reproducción asistida como existe para ser receptor de un trasplante, ingresar en una unidad de cuidados intensivos o ser donante de médula ósea.
El deseo de tener un hijo no es el deseo de ser madre si no eres capaz de imaginarte criándolo, viéndolo crecer en un futuro compartido en donde poder construir un compromiso afectivo duradero. Ser madre tampoco es desear compañía en la vejez, realizar una fantasía de juventud prolongada, comprobar que el cuerpo responde, ni programar huérfanos prematuros, como diría Savater.
Estas mujeres no se han visualizado como madres de hijos pequeños, dependientes, jugando por el suelo, perdiendo el tiempo y el sueño, pero mucho menos como madres octogenarias con un hijo adolescente. Porque en su planteamiento no cabe imaginar que su hijo probablemente no tenga madre a una edad en la que habitualmente se tiene y se necesita.
Quitar los interrogantes de la gestación subrogada tiene una mayor complejidad.

Aunque la teoría dice que aprender a ser mortal, aceptar los límites simbólicos y reales de la vida estructura el psiquismo humano, en esta sociedad, eso cada vez importa menos. Es arduo aceptarse incompleto, asumir las limitaciones de la edad (las arrugas, la enfermedad) o de la vida (la esterilidad). Se lleva querer un mundo sin restricciones, que nadie ni nada ponga límite a nuestros deseos que se expanden como los gases.

Si las hipótesis filosóficas no tienen interlocutores, los argumentos prácticos en contra están llenos de flaquezas. ¿Cómo cuestionar la “necesidad” de un lazo genético que la adopción no proporciona, cuando es el deseo universal para tener hijos? Si casi nadie tiene hijos adoptivos pudiendo tenerlos biológicos, parece políticamente incorrecto dejar esta posibilidad clausurada para parejas o personas estériles. ¿Cuestionar la voluntad de una mujer que en plenas facultades quiere, remunerada o altruistamente, gestar el hijo de otro? Podría ser anular su autonomía, su libertad para hacer que su cuerpo sea vasija, objeto de culto o lo que le dé la gana. Aunque indudablemente la pobreza produce una asimetría de poder que favorece la decisión de la mujer en esa circunstancia (y habría que ponerse en la piel de esa mujer que ve una posibilidad de salir de la miseria) legislar adecuadamente sería la forma de acabar con el mercado ilegal y con la explotación de la pobre por los ricos.

Pero el gran olvidado es el hijo “subrogado”, fruto de un deseo “frio” (M. Mort) en lo que tiene de mediado por la ciencia, la técnica y la economía, sin esas inscripciones simbólicas edípicas (¿qué diría Freud?) comunes a (casi) todos, pero sobre todo sin saber a largo plazo como construirá su identidad porque hasta ahora apenas existen esos datos.

El tema tiene tantas aristas que hace bien dificultoso el consenso. Pero si aceptamos que para abortar la mujer decide, la sociedad respeta, el Estado garantiza y la Iglesia no interviene, ¿porque no aceptar las mismas premisas para la gestación subrogada?

No. No es fácil decidir que interrogantes quitar (¿dónde, ¿cómo?) en la gestación subrogada, porque están especialmente imbricados los aspectos morales con los éticos y los legales. Y en ese magma, como en el aborto o la eutanasia, es difícil que haya un debate sosegado y racional.

 



Comentario

Juanjo Jambrina

La frase de Mariano de las Nieves (con quien tanto coincido) de “poner puertas al campo” viene ahora mismo como anillo al dedo. Las opiniones vertidas al respecto tras el artículo de Berna González Harbour abundan en ese sentido galileano: “Eppur si muove”.

Hay varios conflictos éticos que estallan en la gestación subrogada (GS). Algunos serán resueltos por los hechos. Pero la mayoría son conflictos de valores. Lo que resulta curioso es que el PSOE, con sus grandes commares secas al mando, haya estimulado el clítoris de Pedro Sánchez hasta hacerle gritar bien alto ese ¡no a los vientres de alquiler! De Obispalia prefiero no opinar por no tener que tomarme un antiácido.

No es de recibo, escribe Luisgé Martín, brillante escritor homosexual, que la izquierda repita como una cacatúa que el único valor que justifica la GS es la libertad del individuo. ¿Acaso no es un valor de peso? ¿Para qué se hizo una revolución en 1789 que alumbró un mundo nuevo? ¿O es que algunos prefieren que estas cosas de la libertad se las decidan los políticos?

En estos tiempos donde el estoicismo ha sido arrumbado, donde la resignación es un concepto arcaico, donde todo lo relativo al individuo es referido en términos de “proyectos” individuales, ponerle puertas al campo es un completo desafuero.

Las objeciones, muy apreciables, de Carmen Martínez me resultan personalmente más distantes. No veo claro que el hijo subrogado sea un hijo del frío. A mí me pasa como a Lorca, que “preferiría ser hijo de un sueño”. Que me expliquen de dónde arranca esa connotación de temporada baja, de sucedáneo que tiene el subrogado (que, por cierto, ya lleva gran estigma en la palabra). ¿Habría más calor en casa de la niña gallega adoptada Asunta? Sus amantísimos padres la llamaban “la china” …

La GS es un curso extremo, cierto, reservado para casos especiales, de momento. Pero antes de prohibirla o anatemizarla habría que poner los hechos sobre la mesa: ¿cómo funcionan las adopciones internacionales? ¿Tenemos datos? ¿O seguimos prefiriendo buscar donde hay luz y no allí donde se nos cayó la llave de casa? ¿Dan respuesta al problema las adopciones, tan veneradas?

Sobre la paternidad hay una frase deliciosa de García Calvo que me contó un día Arcadi Espada. Algo así como que tener un hijo es dejar tu faz en un lienzo… Era maravillosa aquella frase. Habría que encontrarla y enviársela entera a Almudena Grandes y compañía.

El tema está ahora encima de la mesa. Uno de los debates políticos más interesantes de este año 2017 fue el que mantuvieron, el 3 de mayo pasado, Emmanuel Macron y Marine Le Pen poco antes de las elecciones que llevaron al Elíseo al dirigente de “En Marche!”. En una secuencia que me llamó la atención se enfrentaron precisamente a cuenta de la GS, que está prohibida en Francia, pero que es legal en Estados Unidos, India, Grecia, Ucrania, Canadá, etcétera. Le Pen declaró que en “su Francia” seguiría prohibida. Macron, que se declaró en contra de la GS, propuso cambios legislativos al respecto. Por ejemplo, involucrar a Francia en la lucha contra las agencias que especulan con estas actividades. Pero Macron anunció otra medida más importante: que concedería la ciudadanía francesa a todos los niños nacidos “subrogados”. Esto a Le Pen le pareció que conduciría a la creación de empresas dedicadas a la fabricación de “subrogados” en los países pobres del mundo y que su proyecto de encarecer la ciudadanía francesa se venía abajo. Tronaba Marine Le Pen, tronaba…

En Francia, como bien sabemos porque los que perdieron con estrépito nos lo han explicado, las elecciones las perdió la “facha” y las ganó el “banquero”.

Bueno, pues el anuncio hecho por Macron sobre la GS no es moco de pavo y ha desencadenado una secuencia de interesantes hechos. Veamos:

En España el partido Ciudadanos anunció en febrero que iba a llevar al Congreso una propuesta de debate sobre la regulación de la GS. “No podemos mirar hacia otro lado ante esta dramática situación”, dijo su portavoz, Inés Arrimadas. La situación es que a España llegan al año más de mil niños procedentes de la GS realizada en otros países, ya que aquí está prohibida. Y son niños que o bien se quedan con la nacionalidad del país de origen o bien entran en los canales destinados a las adopciones internacionales, “puerta falsa” para no dejarles en un limbo sin patria ni padres regularizados. Los padres suelen gastar unos 90.000 euros en los trámites.

El anuncio de Ciudadanos en el Congreso provocó un maremoto similar al del capitán Renault entrando en el café de Rick de Casablanca para cerrarlo tras descubrir “con vergüenza” que allí se jugaba. El periodista Emilio de Benito describió así el episodio: “La propuesta obligó a los grupos a posicionarse. O, mejor dicho, mostró que ninguno tenía una postura clara”. Las discrepancias alcanzaron a grupos habitualmente cohesionados como las feministas o el LGTBI (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales).

El día 19 de mayo pasado, el Comité de Bioética de España, un órgano asesor del Ministerio de Sanidad que forman doce expertos (juristas, médicos, filósofos o científicos) propuestos por las comunidades autónomas, publicó un informe de 92 páginas donde se declara totalmente contrario a la GS en cualquiera de sus modalidades. Y adopta esta decisión para evitar, así se dice, la mercantilización del cuerpo de la mujer inherente al proceso de GS.

Y ya tenemos la polémica servida. Poco antes el Grupo de Ética y Buenas Prácticas de la Sociedad Española de Fertilidad había publicado otro extenso documento abogando por una regularización de la GS para evitar que los beneficios económicos fuesen el “primum movens” del proceso.

El asunto GS es muy delicado. Los pros y contras son trascendentes y con grandes repercusiones para muchos menores y sus familiares. Y para las madres realmente gestantes. A este respecto, léase el reportaje que publicó Yaiza Santos hace unas semanas en “El País Semanal” sobre ese basural en México. En los márgenes, como casi siempre, crecen los argumentos extremos. Desde el desprecio hacia la condición humana de las madres de alquiler que exhiben muchas parejas contratantes hasta el argumentario de ciertas portavoces opuestas a la GS porque el cuerpo de la mujer se “cosifica” y se transforma en una “vasija”; gentes que, por otro lado, no ven cosificación alguna en la donación de óvulos o para quienes la donación de semen es equiparable a la de Oil of Ulay. Asoma en los márgenes, en fin, la larga sombra de las sotanas laicas en amable danza con la curia romana y el maligno narcisismo de quienes siguen convencidos de que la Revolución socialista no fue posible porque no la dirigieron ellos.

Ante el debate en el Congreso los políticos parecen bloqueados por un debate de valores. Y no tienen la culpa de todo este desastre porque la ocupación de los políticos no debe ser discutir sobre hechos, valores o deberes, sino sobre intereses. Cualquier debate social que involucre una deliberación ética, sobre valores, ha de recaer en los intelectuales. Si éstos fracasan en aportar soluciones o es que son incompetentes o es que se han pasado al debate de los políticos, o sea, al pragmatismo de los intereses. O sea, que han corrompido su oficio y con ello están obligando al tejido social a construir la convivencia empezando la casa por el tejado.

De todo esto da detallada cuenta el profesor Diego Gracia en el número de junio de 2015 de la revista Bioética Complutense, en un excelente artículo dirigido a un discípulo suyo, actualmente muy alto cargo de un partido político, y titulado “Carta a un amigo”. Su antiguo discípulo le pregunta por la posibilidad de incorporar la deliberación moral a la toma de decisiones políticas. La respuesta del profesor Gracia es magistral: “Todos los problemas de la ética, de las discusiones sobre valores y hechos y deberes, vienen de la invasión que ha sufrido por la política y la única posibilidad de arreglo es mantener ambos campos lo más alejados posible”. La deliberación moral, sostiene Gracia, busca tomar decisiones sobre las que sustentar leyes eludiendo intereses particulares, pero en ausencia de asambleas y votaciones. El debate político es un puro juego de intereses en el que, por cierto, es obligatorio votar.

Los movimientos que los políticos han hecho cara al debate planteado por Ciudadanos han sido cosa de broma. Muy levemente, el PSOE anunció que su freno rotundo a la GS era ya historia. Que se den prisa en actualizarse. Unos cuantos miles de pobres infelices esperan que políticos e intelectuales españoles hagan ¡por fin! su trabajo.

 



Comentario

 Mariano de las Nieves

La polémica sobre la gestación subrogada (que en un lenguaje no destinado a ocultar en lugar de a comunicar, se llamaría simplemente “embarazo por encargo” o, si nos ponemos más broncos, “alquiler de útero”) se ha enriquecido con dos nuevos interlocutores ilustres.

Arcadi Espada, en El Mundo (“Se alquila izquierda”, 29-6-2017), entra en el tema de las intenciones con las que juega el legislador ingenuo (si es que tal contradicción es posible) y con el caveat que, en el proyecto de ley de Ciudadanos, intenta evitar la explotación de los “úteros pobres”. No es un tema baladí, pero en mi modesto juicio no añade ni quita nada a la complejidad del problema que no está en las intenciones del que alquila (ni tampoco en las del alquilador) sino, digámoslo directamente, en el hecho de alquilar.

Y aquí Espada decide (aunque sirva de poco) enristrar la lanza contra los hipócritas de derechas, que se quedan tranquilos al decir que el encargo le da igual al nasciturus (habría que verlo) y contra los hipócritas de izquierdas que atacan la posibilidad de que la mujer se embarace a demanda (incluyendo a pago) olvidándose del sacramental “mi cuerpo es mío”. (Mencionar en este contexto al aborto es, quizá, una demasía).

En la última página del mismo diario, Antonio Lucas (“Alquilar mamás”) es más exploratorio y acumula más preguntas que certezas. No quiero entrar en sus considerandos. Solo decir que Lucas subraya (bien) lo que de comercio subyace en el tema y lo vidrioso que es intentar legislar el altruismo. Pero el lector (yo al menos) se queda con la sensación de que sigue siendo necesario debatir primero y deliberar después. Debatir para precisar de qué hablamos sin tapujos, deliberar para avanzar en lo que subyace claramente: la posibilidad real de pensar una política (para y del) deseo.

Porque no nos confundamos. Aquí los árboles son las ganas de hijos de los que no pueden tenerlos, las ganas de ganar dinero con el alquiler del cuerpo (acto éste prestigiadísimo a través de los tiempos), las ganas de imponer lo que yo creo a los demás y, last but not least, las ganas (irrefrenables en algunos) de tutelar.

¿El bosque? En qué medida el deseo ha de ser aceptado y protegido como motor exclusivo de conductas que afectan a otros. Aquí sí nos adentramos en la maleza que hay que desbrozar. Porque asoman cosas que no se ven desde la periferia de la espesura. Y son cosas viejísimas, conocidas, que la tecnología ha “popularizado” y al popularizarlas las ha puesto bajo el foco mediático y, lo que es mucho peor, bajo el foco de eso que se llama “la moral pública”.

Pero, insisto, son viejas conocidas. Embarazar a la criada (o a la esclava) para tener un heredero que la mujer legitima no puede dar no es de hoy ni de ayer. Es de antes de ayer.  “¡Eso solo lo hacían los ricos y poderosos!”, clamará alguien. Y tendrá razón. Pero alquilar un útero lo harán los mismos con el elemento corrector de que, si se populariza, “bajarán los precios”.

Lo nuevo, si hay algo nuevo, no es la cosificación (y eventual comercialización) del cuerpo. Y no se reduce, en nuestros días, a los trasplantes intervivos, fuente de tantas y tantas historias de terror y de heroísmo. Ni tampoco a la venerable institución de la prostitución masculina o femenina (“te alquilo tus genitales” está muy cerca, queramos o no, de “te alquilo tu útero” o “te pago por tu esperma”, y no solo por proximidad espacial). Lo nuevo es que la tecnología hace posibles cosas que, para hacerlas aceptables, hay que recurrir a la aplicación, selectiva, además, de ese despreciable principio que nos persigue a lo largo de la historia y que reza “El fin justifica los medios”.

Lo demás es literatura.

*

Parece claro que el tema de los úteros de alquiler (o de préstamo gratuito, no se me alboroten) está dando para mucho.

La última incorporación al asunto aparece en el diario La Razón del viernes 30-6-2017. Su título ya provoca escalofríos: “Amor subrogado”. La escribe un ilustre, activo y emprendedor economista, Juan Ramón Rallo, bien conocido por su pertenecía a la corriente ultra liberal de los “austriacos”, por sus diatribas contra los impuestos (que nos lo hacen tremendamente simpático) y por su defensa, más o menos disimulada, del darwinismo social, que es algo así como decir conjuntamente “A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga” unido a “Cada uno tiene lo que se merece” (lo cual disminuye sustancialmente la simpatía).

Pues bien, en esta ocasión se sale de sus predios habituales y se lanza a pontificar sobre el tema que nos ocupa desde una posición que uno no sabe cómo calificar: si de “buenista”, si de ingenua, si de cínica.

Su tesis es que hay gentes de bien (“mujeres blancas, cristianas, de clase media y con un nivel de educación superior”, especifica para que quede claro su “target”) que solo prestan sus úteros por “altruismo y empatía hacia las parejas sin hijos, así como su voluntad de hacer un acto noble en sus vidas”. Porque para nuestro amigo ultra liberal, los padres deseantes buscan “gestantes subrogadas sanas, autónomas, afectuosas, suficientes y confiables que cuiden y protejan a sus hijos [nótese el “sus hijos” que hace referencia a los que encargan no a la madre en cuestión] durante los nueve meses del embarazo”.

Y concluye que todo este entramado se sustenta en “un generoso acto de amor: amor de la gestante hacia los padres sin hijos y amor de los padres sin hijos hacia sus futuros vástagos”. Y que, por tanto, nadie está legitimado para aducir “razones morales” para prohibir semejante tráfico.

Tal parece que invocar el amor (palabra fetiche muy usada por los que lo confunden con el deseo) santifica cualquier cosa que se nos ponga por delante. Diciendo que una cosa se hace por amor, se puede desde asesinar a hacer la vida imposible al otro. ¡Yo la amaba!, clama el que mata su pareja. ¡Yo os amo!, predica el que quema herejes en la hoguera. ¡Es por tu bien!, dice el que te hace imposible la vida. Y detrás de esa proclama solo hay ganas de algo que desea —le gusta— el que lo hace. La invocación al amor como coartada del más puro, rancio y descarnado egoísmo.

Y todo ello aplicado a algo tan serio y tan trascendente como planificar y manipular la creación, gestación y destino de un ser que va a tener nueve meses de intercambio íntimo y definitorio con un útero que jamás pasara de ser una mera incubadora. Los “amorosos todos” que han decidido tal destino, han puesto sus deseos por encima de cualquier otra consideración; deseos todos, por supuesto, altruistas, bienintencionados y maravillosos como corresponde a las mujeres (imagino que también a sus maridos) “blancas, cristianas, casadas, etc., etc.”, no vayamos a confundirnos.

A riesgo de provocar griteríos solo te pido, amable lector, que hagas el siguiente ejercicio de imaginación. Piensa en un pobre desgraciado, feo y poco listo, que sufre por que no ha tenido nunca la dicha de que alguien se meta en la cama con el. Piensa en una chica, también fea y sin gracia, a  quien nadie ha querido y que sueña, no con el sexo, sino con el cariño y la ternura de un hombre a su lado. ¿Les buscamos gentes que —por amor, of course— les den lo que anhelan y no tienen? En los idealizados USA de D. Juan Ramón ya se ha hecho y, por si no lo sabe, esas personas se llamaron de forma muy parecida (surrogates). Algunos otros, a tales prácticas, las denominaron con un nombre más sonoro y menos maquillable. Les llamaron prostitución.  Una prostitución que no siempre se paga.

Se dijo durante mucho tiempo, en relación con el uso torticero de los sentimientos, que el patriotismo era el último refugio de los canallas. Qué pena da encontrar al amor convirtiéndose en el último refugio de los miserables.