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Cultura

El país de la izquierda

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El país de la izquierda, por Juan Claudio de Ramón.

(Texto publicado originalmente en El País, el 8 de Octubre de 2019)

Es frecuente salir al paso alegando que un país no son sus símbolos, sino la calidad de sus servicios públicos. Eso es confundir conceptos.

La campaña comienza bien: con una pintoresca disputa sobre las dificultades de cierta izquierda española para decir el nombre del país que quiere gobernar. Errejón no podía esperar menos: más que nombre de partido, “Más País” lo es de síndrome: el de no poder articular las seis letras de la palabra España. Tampoco en 2015 la izquierda alternativa tuvo la audacia de concurrir a las elecciones con un «España en común», análogo a la fórmula usada en autonómicas y municipales.

Los mareos y trasudores que le entraban ante la idea de decir España fueron confesados por el propio Pablo Iglesias, en un corte de vídeo que aún anda por YouTube. En él se escucha al líder de Podemos decir esto: “la identidad España, una vez perdida la Guerra Civil, está perdida para la izquierda”. Un diagnóstico aturdido y sin fundamento que enfurecería a miles de republicanos de izquierda que defendieron la Segunda República, empezando por los intelectuales antifascistas agrupados en la mejor revista literaria publicada durante la guerra: Hora de España se llamaba.

La cuestión está lejos de ser anecdótica. Iglesias y Errejón supieron desde el principio que sus agobios para relacionarse de manera saludable con España y sus símbolos eran plomo en las alas de Podemos. Por eso tuvieron que acudir a categorías vicarias como “patria” o “gente”. No es a Franco a quien deben culpar por ello, sino a ellos mismos, por haber comprado de manera acrítica el relato del nacionalismo subestatal que, de Prat de la Riba a Fuster, sostiene que España es un Estado sin nación: es decir, una realidad histórica ilegítima. Ahora el PSOE les ataca por ahí, pero todo espectador honesto de la política española sabe que los problemas del partido socialista en esta materia son quizá menos intensos, pero de parecida índole. Decir España puede ser ahora una eficaz pértiga electoral, pero de poco sirve si, siempre que hay la opción, se escoge gobernar en las autonomías con partidos nacionalistas que de manera confesa quieren menos España y se hace, además, asumiendo o aceptando su programa de gobierno, y en especial, el educativo.

Al hablar de estas cosas, es frecuente salir al paso alegando que un país no son sus símbolos, sino la calidad de sus servicios públicos. Pero esto es confundir conceptos. Una excelente cobertura social nos persuadirá de ser un gran país, pero no nos dirá qué país somos. Para saberlo, ninguna comunidad puede prescindir, sin inducirse un lento suicidio, de símbolos y memoria compartida, cosas por las que la izquierda española afecta desdén desde la Transición. No así la izquierda nacionalista vasca o la catalana. Porque la seriedad nacional no desaparece, solo se traslada a otro sitio. Una izquierda que no sabe cual es el país que construye ha de pasarse el día dando explicaciones; peor lo pasará el país que no tiene una izquierda que le escriba.

Juan Claudio de Ramón. 



Si no se nombra no existe, de José Lázaro.

Maravillas del pensamiento mágico: si en lugar de pronunciar su apellido le llaman “esa persona” es como si desapareciese; si en lugar de “España” dicen “Estado español” irán logrando que se extinga ese país; si en lugar de “cadena perpetua” escriben “máxima pena posible”, pueden ya firmar el texto antes rechazado. Es que son como niños. ¿O quizá es que, en el fondo, todos somos así?

Amos Oz escribió un breve ensayo que en castellano lleva el insípido título de Contra el fanatismo. La versión en inglés se llama How to cure a Fanatic, que el editor francés acertó a traducir por Comment guérir un fanatique. Recuerda allí Oz las primeras décadas del conflicto israelí-palestino, en las que “los palestinos y otros árabes tenían verdadera dificultad para pronunciar la sucia palabra ‘Israel’. Solían llamarlo la ‘entidad sionista’, la ‘criatura artificial’, la ‘intrusión’, la ‘infección’, aldaula al-mazuuma (el ‘estado o ser artificial’)”. Y, con la ecuanimidad que le caracteriza, añade Oz que sus propios compatriotas hacían lo mismo para no mencionar al pueblo palestino: “Solíamos recurrir a eufemismos como los ‘lugareños’ o los ‘habitantes árabes del país’.” No hará falta recordar aquel entretenido juego de los periodistas que intentaban hacerle pronunciar a Zapatero la palabra “crisis” mientras él repetía lo de la “desaceleración acelerada” debida a que “ahora las cosas van menos bien” y ocurrencias por el estilo. 

Pero los apóstoles del lenguaje políticamente correcto no son los únicos convencidos de que se logra cambiar la realidad sin más que cambiarle el nombre. A principios del siglo veinte eran frecuentes los análisis de algo que hoy está muy mal visto: los elementos comunes que se pueden observar en el pensamiento mágico de los pueblos primitivos (perdón, quise decir “cazadores-recolectores”), de los borrachos (perdón, me refería a las “personas con intoxicación etílica aguda”), de algunos enfermos mentales (perdón, quería decir las “personas que padecen un trastorno mental”) y de los niños pequeños (lo siento, pero ya no sé como hay que llamarles este año; ¿quizá “personitas en vías de desarrollo”?). Esos elementos comunes son llamativamente constantes: convicción de que dos cosas análogas pueden sustituirse entre sí, de que dos cosas que han estado en contacto pueden después influirse a distancia entre sí, de que dos palabras parecidas se refieren a la misma cosa (o a dos profundamente relacionadas), de que a través de un nombre se puede actuar mágicamente sobre el objeto nombrado (por ejemplo, eliminándolo de la existencia)… El abuelo de la Antropología, Georges Frazer, describió brillantemente en La rama dorada todos esos mecanismos (en el caso concreto del pensamiento mágico de los pueblos “cazadores-recolectores”, que el muy miserable no llamaba como es debido, claro está). Y Wittgenstein anotó, con la lucidez que le caracterizaba: “Cuando leo a Frazer me gustaría decir continuamente: todos esos procesos, esos cambios de significado los seguimos teniendo ante nosotros, en nuestro lenguaje hablado.” 

Exacto: esos procesos están en todos nosotros porque son la base misma de la asociación de ideas, de las metáforas y las metonimias, del razonamiento analógico, de la imaginación, de la fantasía y de las creencias religiosas. Diversos autores se han acercado a ellos con perspectivas parciales, pero seguramente complementarias; por ejemplo Freud, cuando describió los mecanismos básicos del inconsciente (la condensación metafórica y el desplazamiento metonímico) o Jakobson cuando planteó que el lenguaje tiene dos grandes ejes: el paradigmático (en el que se realiza la selección de un término descartando con ello otros más o menos semejantes que podrían haber sido seleccionados en su lugar) y el sintagmático (en el que se realiza una yuxtaposición de los términos seleccionados estableciendo entre ellos una relación de contigüidad que permite construir el discurso lineal). En España revisó el tema Eugenio Trías, en su temprana obra Metodología del pensamiento mágico.

Lo relevante es que esos mecanismos asociativos profundos están en todos nosotros y pueden fácilmente observarse en la vida cotidiana. A veces toman el control del habla y pueden llegar a producir la poesía de Góngora o el delirio. Otras veces se infiltran sutilmente en el discurso lógico y revelan su verdad oculta: le ocurrió hace muchos años a un locutor que informó sobre los parlamentarios electos de Herri Batasuna que, para tomar posesión de sus escaños en el Congreso, habían usado la formula “por imperativo legal, para atacar la Constitución”. Y también le pasó a un profesor que al explicar en clase las terroríficas plagas medievales de ergotismo fue interrumpido por risitas inexplicables… hasta que un alumno piadoso le señaló que en la pizarra había escrito “erotismo”.

Sí, Wittgenstein tenía razón: el pensamiento mágico lo usamos (y lo padecemos) todos, inevitablemente, cada día. En la medida en que logramos controlarlo podemos argumentar con lógica. En la medida en que nos abandonamos a él podemos convertirnos en poetas, en psicóticos o hacernos como niños. Pero cuando un político lo usa sin darse cuenta siquiera de la inocencia con que lo está usando solo consigue reforzar una opinión cada día más extendida: la política es una de las pocas profesiones que dan prestigio a quien las abandona.

José Lázaro.



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