El placer de matar, José Lázaro

 

Una versión algo más breve de este texto fue publicada en El País el 9 de marzo de 2018

Hace cuarenta años, aproximadamente, un modesto comerciante de Lugo, aficionado a la caza, viajó a Madrid para realizar el sueño de su vida: contratar un safari en África. El gerente portugués de la agencia que lo organizaba le fue exponiendo las tarifas: “Por tumbar una gacela, tanto; por un león, tanto; por un elefante, tanto…”. En un momento dado, el gallego, que ya había establecido una cierta sintonía con él, le miró directamente a los ojos y con tono de colega le preguntó: “Y por cargarme un negrito, ¿cuánto?”. La respuesta, acompañada de una sonrisa cómplice, fue: “De eso ya falaremos cuando estemos allí”.

Entre los muchos temas que fueron eclipsados en otoño del 2017 por la tragicomedia de los puigdemones está la impresionante matanza realizada en Las Vegas por Stephen Paddock el día 1 de octubre: casi 60 muertos y medio millar de heridos en un tiroteo desde lo alto de un hotel sobre la muchedumbre que escuchaba un concierto. En cuando se descartó la hipótesis terrorista, muchos periódicos comentaron, perplejos, que el móvil era desconocido y desconcertante. De Paddock se averiguó enseguida que tenía licencia para la caza mayor en Alaska y apostaba continuamente en los casinos grandes cantidades de dinero.

Por las mismas fechas se supo que habían sido más de cien las víctimas mortales del enfermero alemán Niels Högels, y no seis como al principio se pensaba. A diferencia de Paddock, que se suicidó tras su orgía, Högels fue detenido y juzgado, por lo que contamos con su testimonio para conocer el móvil: lo hacía por aburrimiento. La forma de combatirlo era una serie de excitantes apuestas consigo mismo: inyectaba a los pacientes una dosis letal de fármacos y unos minutos después empezaba a aplicarles maniobras de reanimación. Cuando sobrevivían sentía un intenso placer, pero cuando perdía la autoapuesta y el paciente moría se sentía profundamente triste. Reconoció que actuaba básicamente en busca de emociones fuertes, de esa extraordinaria tensión que le producía la incertidumbre del desenlace. De paso, los éxitos que lograba en el deporte que él mismo había inventado le permitían presumir ante los compañeros de su habilidad como reanimador de pacientes gravísimos. Una vez descubierto, Högels decidió plegarse a una de las más potentes supersticiones contemporáneas: pidió perdón a los familiares de sus víctimas y aseguró que lo sentía mucho.

En las últimas décadas se ha publicado una ingente cantidad de testimonios sobre el placer de matar, al que las guerras suelen ofrecer barra libre. Libros como los de Joanna Bourke (Sed de sangre), Glenn Gray (Guerreros. Reflexiones del hombre en la batalla), James Hillman (Un terrible amor por la guerra) o Neitzel y Welzer (Soldados del Tercer Reich. Testimonios de lucha, muerte y crimen) han hecho fácilmente accesibles centenares de documentos, de los que unos pocos serán aquí suficientes como muestra. Por ejemplo, el del soldado que describía a su novia la sensación de clavar la bayoneta en un cuerpo enemigo: “Cada uno al que le doy bajo las costillas me hace pensar en ti, querida, y eso fortalece mi brazo”. O el miembro del equipo de Patton que contaba: “Y hablando de cosas maravillosas, (…) lo más grande que he visto —y quizá también lo más hermoso y el espectáculo más satisfactorio que jamás he presenciado— fue un bombardero enemigo estallar en llamas por los aires junto con sus ocupantes al chocar contra la ladera de una montaña. Dios, fue magnífico”. O el piloto de guerra que presumía de sus hazañas: “Cuando uno se acercaba volando bajo, entonces ¡fiuuum, venga disparar!, las ventanas hacían ruido y le tejado saltaba por los aires. (…) Una vez fue en Ashford. En el mercado, había una asamblea, montones de gentes que iban charlando, ¡vaya chorro que les cayó encima! ¡Qué divertido!”

La ambivalente fama de que goza Ernst Jünger procede en parte de la franqueza con que describió sus vivencias en la Primera Guerra Mundial: “Con una mezcla de sentimientos, producidos por la sed de sangre, la rabia y la embriaguez, avanzamos al mismo tiempo, pesada pero inquebrantablemente, hacia las líneas enemigas. (…) Hervía con una rabia ciega que había tomado el control de mi ser y de todos los demás de una forma incomprensible. El abrumador deseo de matar daba alas a mis pies. (…)  Un observador neutral quizás habría creído que nos hallábamos poseídos por un exceso de felicidad”. Coppola sabía bien de lo que hablaba cuando filmó Apocalypse Now.

El placer de matar no entiende de ideologías. A Sánchez Dragó le oí contar el caso de los milicianos que en la Barcelona bélica llegaron a casa de un empresario para detenerlo y fusilarlo. Su mujer, compungida, les dijo que no era posible, porque había fallecido la noche anterior. Como se negaron a creerla, los llevó al salón de la casa, donde se estaba velando el cadáver. Uno de ellos se revolvió contra el jefe del comando: “Mira que te lo advertí; teníamos que haber venido antes de ayer”. Y el gran psiquiatra Antonio Colodrón, que era de Valladolid, recogió allí el testimonio de un grupo de falangistas que se reunieron una noche preocupadísimos: “Estamos haciendo el ridículo. Los camaradas del barrio vecino ya se han cargado tres docenas de rojos y nosotros no hemos llegado ni a la docena y media.”

Pero, aunque dispongamos de una biblioteca entera con testimonios directos de excombatientes, parecen ser muchos más (no creo que existan estadísticas para saberlo a ciencia cierta) los que se refugian en un impenetrable silencio. Y testimonios como los citados (sólo una pequeña muestra) obligan a preguntarse si el profundo silencio de muchos excombatientes se debe a que no quieren recordar el horror que vivieron o a que no quieren admitir ni ante sí mismos el extraño placer que sintieron al vivirlo.

Son varias actualmente las hipótesis que intentan explicar ese placer de la crueldad. Exponerlas requeriría bastantes páginas. Algunas son tan pintorescas que solo pueden haber nacido en los “cráneos privilegiados” de profesores universitarios en París o Chicago. Las razonables se pueden agrupar, muy esquemáticamente, en dos grupos:

El primero remite al sadismo como trastorno enfermizo de un pequeño porcentaje de humanos. Es la hipótesis patológica, la que separa radicalmente a estos asesinos pervertidos de la comunidad de personas sanas. A veces se confunde al sádico con el psicópata, pero éste mata con frialdad, con la misma frialdad con que hace cualquier otra cosa, pues su característica definitoria es que ni siente ni padece. El sádico en cambio es el que obtiene un intenso placer al humillar, torturar o matar seres humanos.

El segundo grupo de hipótesis apuntaría al placer primordial de resucitar las huellas mnémicas que podría conservar nuestro paleoencéfalo desde los tiempos prehistóricos en que el homínido que todos fuimos disfrutaba la vivencia jubilosa del éxito en la batalla y en la caza, las dos actividades básicas de las que dependía la supervivencia. Ese inconfesable placer sería algo así como el retorno del tatarabuelo troglodita que todos llevaríamos oculto en lo más hondo de nosotros mismos.

La tesis de Hillman, desde su perspectiva jungiana, es que la guerra haría respirar una locura de amor, despertaría una presencia eterna de nuestra naturaleza, provocaría una oscura fusión entre belleza y violencia, entre terror y amor, una excitación placentera difícil de imaginar para los que no la han vivido; por eso, advierte Hillman, “la guerra se vuelve hermosa con demasiada facilidad”.

El placer de cazar es un tema sobre el que habría mucho que hablar. Podemos discutir si se trata de un deporte como cualquier otro (por cierto, ¿de dónde viene, en el fondo, el placer de practicar —o el de mirar— competiciones deportivas?), si es una creación humana como el arte dramático o si oculta, como la tauromaquia, la representación simbólica de una experiencia primigenia: la de nuestros tatarabuelos cromagnones que se enfrentaban a una fiera armados con un palo afilado. Dicen sus practicantes que no se puede comparar la caza menor (liebres, perdices…) y la mayor (corzos, jabalíes…). No suele hablarse de que para algunos seres humanos la mayor —y más placentera— de las cazas parece ser precisamente la caza humana. Y si no se habla más de ello no es ciertamente porque falten datos y documentos que lo ilustran. Pero es lógica la prevención, pues de trata de una de esas experiencias límite que no son fáciles de mirar directamente. Y sin embargo, pese a la advertencia de Nietzsche, a veces es necesario mirar de frente al abismo, asumiendo incluso el riesgo de que el abismo nos mire. Porque si no lo hacemos podría ocurrir que acabemos cayendo ciegamente en ese desconocido abismo.

José Lázaro

 



 

Comentario de  Fernando Sánchez Pintado

 

El artículo de José Lázaro tiene un título inquietante, “El placer de matar”, que anuncia reflexiones no menos inquietantes. Pero inquietar no es malo, más bien es necesario en una sociedad en la que los medios de comunicación reducen a una noticia entre mil sucesos tan terribles como asesinatos en serie, masivos o al azar. Lázaro, por el contrario, se pregunta por lo que ese tipo de crimen tiene de único y, sin embargo, también de común, es decir, cómo rompe los principios en que se basa la vida social y, al mismo tiempo, está inscrito en ella.

Todos los informativos del mundo ponen un especial énfasis en mostrarnos la última matanza en una escuela de Estados Unidos dejando bien claro que la causa es que cualquiera puede comprar un fusil de asalto y, si tiene una crisis psicológica, una infancia maltratada o una visión celestial, salir una mañana y disparar indiscriminadamente contra sus compañeros de clase. Sin duda, algo quiere decir que en ese país durante los últimos cinco años se hayan vendido 1,5 millones de AR-15 (dispara treinta balas por minuto). Desde luego, no es nada recomendable y prohibir la venta de armas haría más difícil cometer crímenes de ese tipo, pero no hemos avanzado un paso en comprender el problema, y menos las causas que llevan a una persona a “pasar al acto”.

De la misma manera que abandonar los juegos infantiles de espadachines y vaqueros con armas imaginarias y entregarse a consolas en que se mata por miles a enemigos también imaginarios, no es la mejor forma de alimentar la imaginación; pero tampoco es explicación suficiente de que haya un aumento de la violencia juvenil, que en España, cuyos niños y jóvenes comparten los mismos juegos, es muy escasa y, comparativamente, despreciable.

Hago esta breve introducción para resaltar que Lázaro, además de no caer en ninguna de estas interpretaciones superficiales, al abordar lo que hay de “terriblemente humano en acabar con una vida”, lo hace desde un punto de vista antropológico y suscita una reflexión en torno a la raíz de qué es eso de matar a un hombre. Voy a seguir esa línea, con el único propósito de abrir aún más el abanico que nos propone su artículo.

Lázaro aporta testimonios de excombatientes que fueron capaces de contar lo que sintieron en el combate, cuando tenían que matar y mataban, y algunos sentían una descarga emocional emparentada con el placer que, en ese momento, les hacía ser otros de lo que antes eran y después esperaban volver a ser. Aunque retornar a lo que fueron, antes de matar, no siempre fuera posible. Quien mata a título personal, sin ninguna justificación social previa, se sitúa en un plano radicalmente distinto de quien tiene un mandato de la sociedad expreso, indubitable, para  matar en su nombre, porque no lo hace como individuo, sino que se convierte en un instrumento de otra voluntad, es decir, está obligado, lo quiera o no, a hacerlo. Parece una distinción trivial, casi de Perogrullo, pero sin esa distinción ninguna sociedad habría podido aceptar que un hombre derramara la sangre de sus semejantes, que es la prohibición esencial que permite la vida en sociedad. En eso consiste la primera distinción entre matar y asesinar, abordada no desde el punto de vista jurídico ni psicológico.

A ello hay que añadir algo que parece contradictorio y no lo es, porque transgredir esa prohibición absoluta no sólo forma parte de la vida social. Si fuera sólo eso, podríamos decir que se trata de anomalías o instintos no suficientemente controlados que escapan a las reglas que protegen a la comunidad. Por el contrario, la historia de la humanidad, por no hablar del presente, muestra que tanto la prohibición de matar como su transgresión son inseparables y, a menudo, difícilmente distinguibles. Dicho de manera radical: ambas están en el origen y constituyen la sociedad. Estamos advertidos desde el Génesis, que para mayor claridad en hebreo se denomina “En el principio”, donde el primer ser humano nacido de mujer, Caín, es el primer asesino.

Pero no creo que sea necesario remontarnos a la palabra de Dios ni a relatos míticos, para comprobar que se trata, al menos, de una tensión constante que atraviesa toda vida social. No pretendo entrar en las diversas formas, sutiles o brutales, jurídicas o religiosas, de canalizarla y hacerla lo menos destructiva posible, sino señalar la diferencia obvia, a la que me he referido antes, entre matar como un acto personal (se asuma o no la responsabilidad derivada de ese acto)  y cuando esa acción es el resultado de un poder ajeno que se impone a quien la realiza, o, en términos kantianos, de la heteronomía de la voluntad, de tal manera que socialmente no es ni moral ni inmoral y, en consecuencia, el individuo no es responsable de sus actos.

Hay múltiples situaciones en que se produce esa disociación entre los actos y quien los realiza, entre el daño causado y la responsabilidad de quien lo causa. A nadie se le ocurre pensar que un verdugo sea un asesino, es evidente que mata y lo debe hacer con pericia (hoy para evitar sufrimientos, en otras épocas para aumentarlos) y no se tiene en cuenta lo que pueda sentir cuando tiene que ejecutar al reo, si siente indiferencia, asco o placer, lo que nos parece impensable no tanto porque sería inhumano, sino porque un instrumento no puede sentir, y eso es el verdugo que actúa en nombre de la colectividad que se lo ha ordenado.

Puede aducirse que es una situación rara y límite, pero, si volvemos a los testimonios de excombatientes, encontraremos algo similar. En un soldado se produce una separación entre el individuo y sus actos, comparable a la del verdugo; se abre un abismo radical entre la conciencia y sus actos. Para el soldado, matar ha quedado desprovisto de responsabilidad; en una campaña militar disparar al enemigo es equivalente a los servicios de intendencia o a retirar heridos del campo de batalla, y además mejor valorado. Por supuesto, hay límites, históricamente cambiantes, pero con un elemento invariable: está permitido y recompensado matar al enemigo, de lo que se derivan formas morales e incluso estéticas, como han quedado en la historia desde las bellísimas estelas asirias con hileras de prisioneros a los que les sacan cuidadosamente los ojos, hasta las imágenes con que nos obsequian “en tiempo real” durante las últimas guerras.

La prohibición de matar a nuestros semejantes no es, pues, absoluta, lo cual plantea un doble problema. Por un lado, la legitimidad de quien justifica y ordena matar en su nombre. Asunto grave que exige una aproximación muy distinta a ésta. Por otro, cómo es posible que coexista el mandamiento de “no matarás”, que, insisto, rige nuestra vida, y la obligación de matar sin que esto lleve aparejado culpabilidad ni remordimiento. Es una disociación que, a su vez, conduce en cada persona a caminos opuestos. En ocasiones, la conciencia se rebela contra el mandato y se niega a obedecer, arriesgándose al castigo, sólo por poder afirmar: no lo haré, mi deber es otro, y estaré libre de culpa. Son respuestas excepcionales. La aceptación de la orden es lo común. De los innumerables casos de la historia, baste recordar el del batallón de pacíficos policías de Hamburgo, movilizados sin formación militar, a los que, en 1942, se ordenó asesinar a una población de judíos en Polonia. Antes de hacerlo, sus jefes les dieron la opción de pasar a tareas auxiliares y no participar en la matanza. Sólo doce se retiraron, el resto asesinó a tiros a 1.200 judíos. Se pueden aducir diversas motivaciones —presión del grupo, temor difuso a la autoridad etc.—  para explicar esta derogación de la prohibición de matar, pero, en casos tan inhumanos y repugnantes como este, me temo que no son suficientes.

Sin duda es algo extremo, pero no tan distinto a lo que han podido experimentar combatientes anónimos, como ha quedado reflejado en otros testimonios, por fortuna más numerosos, contra la guerra en la que participaron. Aunque ejecutaron órdenes y cumplieron con el deber social al que estaban obligados, después tuvieron que responder, si al matar en el campo de batalla a sus enemigos, no habían sido unos asesinos. Cada cual responderá de una manera, perdonándose, olvidando, culpando a otros, pero tendrá que responder. Porque la ley de la ciudad que nos permite ser y vivir como seres humanos, no puede eliminar la responsabilidad y la conciencia de cada individuo, como expresó de manera insuperable la tragedia griega. Ese es el límite al que nos enfrentamos al verter la sangre de otro ser humano. En cierta medida, es también el propio límite de la ley.

Fernando Sánchez Pintado

 



 

 

 En la mente del asesino, Elvira Lindo

 

Artículo publicado en El País el 16 de diciembre de 2017

Que el repugnante Charles Manson pueda provocar algún tipo de fascinación pop no es producto de una sociedad enferma, como se suele afirmar, sino de una suerte de romanticismo idiota que pulula en torno a los asesinos concediéndoles más misterio del que tuvieron. En general, este tipo de asesinos cuyos crímenes no responden a impulsos sino a patrones largamente acariciados desde la adolescencia no suele gozar de una inteligencia superior. Un cociente medio basta para perpetrar su hazaña y, a pesar de que tarden en ser apresados, para matar no es preciso una mente privilegiada sino crueldad, falta de empatía y una tendencia patológica a obtener placer con el sufrimiento máximo de otros, algo difícil de entender hasta para los psicópatas que no matan, que los hay. Los expertos en la materia se esfuerzan en desmentir lo que la ficción se empeña en afirmar. Revisitada con racionalidad, El silencio de los corderos, de Jonathan Demme, es una patochada de tal calibre que al segundo visionado ya se aproxima a la pura comedia: la mente del Lecter interpretado con ironía y talento por Anthony Hopkins es tan alambicada que más se parece a un Houdini que a un malvado en la vida real. Eso es lo que intentaba explicar el antropólogo canadiense Elliot Leyton cuando escribió Cazadores de humanos: desmontar con rigor científico las fantasías que tantos argumentos han proporcionado a la ficción y al periodismo y escarbar en esas razones de orden social que conducen a preguntarse por qué siendo tan escaso el número de asesinos en serie un buen porcentaje de ellos se concentra en los Estados Unidos.

Leo en la revista The New Yorker el sorprendente reportaje dedicado a Thomas Hargrove, un tipo que consideró la idea de valerse de los métodos de las ciencias sociales para practicar el periodismo, y de ser reportero de sucesos acabó organizando un archivo monumental de asesinos y víctimas de su país: 751.785 registrados desde 1976. Hargrove creó un algoritmo que ayudara a la policía a relacionar la naturaleza de ciertos crímenes, con el fin de detectar la presencia de asesinos que obedecieran a un patrón en sus fechorías. Como suele ocurrir, y esto sí que parece de película, la policía desconfió de la sabiduría del viejo reportero, pero acabó siendo fiel a la épica del cine americano: el mapa criminal de Hargrove se ha convertido en una herramienta útil.

Dado que la naturaleza de los asesinos en serie les conduce a repetir un mismo esquema de elección, secuestro y rituales con sus víctimas, la estadística viene a ser la mejor compañera para la resolución de un caso. El archivero sabe que los asesinos múltiples suelen elegir para matar un lugar distanciado de su casa para no ser reconocidos, pero no tan lejano como para sentirse perdidos. Cada año, cerca de cinco mil personas matan a alguien y no son detenidos, y un porcentaje no desdeñable de estos asesinos han matado ya antes. Sus tendencias están primorosamente clasificadas: los ángeles de la muerte que asesinan enfermos, los misioneros que acaban con personas que consideran inmorales, los perseguidores de niños… No se trata de un estudio psicológico sino numérico, pero los números son prodigiosos desvelando incógnitas.

Donde sí se habla de la psicología de estos practicantes de la maldad es en la hipnótica serie Mindhunter, que cuenta en su primera temporada cómo en los años 70 dos agentes de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI, Ford y Tench, imaginaron que entrevistando a este tipo de criminales, que se iban a pudrir entre rejas o pasaban sus últimos días en el corredor de la muerte, podrían establecer esquemas de conducta que sirvieran para prevenir asesinatos. Resultaba chocante e innecesariamente generoso que alguien pensara en conceder un minuto de atención a esos monstruos que hasta los demás presos rechazaban, pero los detectives, interpretados por Jonathan Groff y Holt McCallany, no se desalentaron y a fuerza de jugar a la complicidad con estos reclusos lograron que confesaran cuáles fueron los pasos desde el simple deseo de matar a la acción criminal.

Lo más destacable de la serie es, sin duda, su falta de afectación. Se agradece. En un asunto tan escabroso como el de la ritualidad del crimen es fácil dejarse llevar por el efectismo, la muestra impúdica de la sangre, las amputaciones, los aplastamientos o las huellas de una violación, sin embargo, el director David Fincher sabe tratar la crueldad del asesino y la vulnerabilidad de la víctima sin necesidad de que el espectador se tape los ojos a cada momento. Todos los asesinos son hombres, algo que responde a la pura estadística: los varones matan diez veces más que las mujeres, pero la presencia femenina es constante, ya que buceando en las biografías de estos personajes se revela la falta de cariño y atención de la madre. También el maltrato del padre. No disculpa el crimen, pero responde a un hecho cierto. También está muy presente la soledad extrema, la falta de cohesión social. Lo que retrató Hopper, sí, lo que Hitchcock copió a Hopper, sí. Y lo que Perkins interpretó.

 

 

Compartir