NOTA: El siguiente texto corresponde a las primeras páginas del libro que acaba de publicar Ediciones Deliberar:

Francisco Sosa Wagner

Memorias dialogadas

con José Lázaro

 



 

Introducción de José Lázaro

Sosa Wagner es un lector voraz tanto de obras ensayísticas como literarias. Esa pasión por los libros, unida a una gran curiosidad por el ser humano y las sociedades en que habita, le han proporcionado una visión de la realidad amplia y transdisciplinar que da a sus escritos un gran interés más allá del ámbito profesional que le es propio. Su último libro, en 2016, sobre la independencia de los jueces, se subtitula “Un relato escrito para personas curiosas y legas”, pero incluso sus obras más técnicas se pueden leer fácilmente sin más que tener un cierto interés por el mundo en que vivimos y un nivel cultural medio; la razón fundamental es su habilidad para exponer cualquier asunto haciéndolo interesante por su dimensión general y desarrollándolo con un pensamiento tan claro como la prosa que lo transmite.

Una de las ventajas de esta mentalidad opuesta a “la barbarie del especialismo” es que enriquece la deliberación al facilitar la conciencia de que los temas complejos no se pueden reducir a esquemas simples. Cuanto mayor es la amplitud intelectual que nos proporcionan los saberes variados, mayor también la flexibilidad para buscar explicaciones de las cosas más allá de nuestras primeras ocurrencias o de nuestra ideología favorita. Una auténtico análisis deliberativo ha de hacer el esfuerzo de buscar siempre en los problemas planteados aspectos diferentes de los que inicialmente nos parecían suficientes para comprenderlos.

Como en todos los textos de esta serie que lleva como título “Autobiografía dialogada”, se articulan en la conversación que sigue los recuerdos biográficos de la personalidad seleccionada, el resumen autocrítico de su labor profesional y las opiniones personales sobre los grandes problemas eternos y actuales que ocupan su interés.

 

Diálogo

LÁZARO: Cuando se lanza una mirada retrospectiva con intención de trazar la “Biografía intelectual” de alguien (o la “Autobiografía intelectual” de uno mismo) llama la atención la complejidad de factores sociales, históricos, circunstanciales, profesionales y personales que se entrecruzan a lo largo de nuestras vidas. En función de todos ellos van evolucionando nuestra concepción del mundo, nuestro sistema de valores y nuestras decisiones prácticas. Así se va desarrollando ese doble conjunto de constantes y de cambios que constituye nuestra evolución personal e ideológica. ¿Tú podrías darnos de entrada un primer esquema del punto de partida desde el que inicias tu desarrollo intelectual y profesional?

SOSA: Mi peripecia vital ha estado siempre marcada por mi afición a los libros que es la que desde jovencillo me llevó a soñar con ser alguna vez catedrático de Universidad. Recuerdo que, cuando entraba en los despachos de los profesores en la Facultad de Derecho de Valencia donde estudié, lo que más me impresionaba era la cantidad de libros que aquella gente tenía a su disposición. De manera que, ya desde el primer curso visitaba la biblioteca con asiduidad y —destaco— antes la general de la Universidad que la propia de la Facultad de Derecho. Fui buen estudiante de Derecho, acabé con el Premio Extraordinario, pero me tiraba mucho la literatura, el ensayo, la historia… recuerdo que tenía sobre la mesa en la que estudiaba en casa un retrato de Marañón cuyos libros leía con asiduidad, influido sin duda por mi padre, que era médico.

Su padre, o sea mi abuelo paterno, había llegado a general del Ejército. Figura entre los generales liberales que no aceptaron la Dictadura de Primo de Rivera quien le encarceló con motivo de la “sanjuanada”. Era muy amigo del general Weyler. Murió poco después. Mi abuelo materno era alemán, formó parte de la amplia emigración de ciudadanos alemanes que se produjo a finales del siglo XIX hacia Marruecos y el sur de España (hoy muy estudiada por los historiadores), trabajó en empresas variadas sobre todo de obras públicas donde empleaba sus habilidades lingüísticas pues se manejaba en varios idiomas. Yo no le conocí y fue lástima porque me hubiera inculcado el alemán que se perdió en mi casa a su muerte. Cuando llegó la guerra civil, él y mis tíos fueron encarcelados por ser masones, habían fundado en efecto una logia en Villa Sanjurjo (hoy Alhucemas, Al Hoceima) y dieron con sus huesos en el Peñón, habilitado como cárcel. Luego fueron liberados por las autoridades franquistas por ser ciudadanos alemanes aunque siguieron empapelados varios años por el Tribunal “para la represión de la masonería y el comunismo”.

En Alhucemas nací yo en 1946, mi padre dirigía el hospital civil que se construyó en esa pequeña localidad. La razón de que mi padre anduviera como médico (no militar) por esa zona se debía a que su madre, la viuda del general Sosa, que vivía en Madrid, se había instalado en Melilla a la búsqueda de uno de sus hijos, teniente desaparecido —y nunca hallado— en la batalla de Xauen. Mi padre fue tras ella aprovechando la necesidad de médicos que tenían los programas sanitarios que impulsaba la República en el Protectorado de Marruecos.

Estos antecedentes míos conformaron en mi casa un ambiente liberal, de otro lado, muy poco religioso, la rama alemana era protestante y mi madre solo al casarse con mi padre abrazó el catolicismo. De manera que he vivido la religión católica de una manera superficial (aunque he observado los ritos de paso tradicionales) pero además he convivido —hasta los once años estuve en el Marruecos español— con niños musulmanes y judíos con quienes jugaba en la calle. Mi padre había sido republicano y se salvó de un destino poco amable gracias a su profesión que resultaba indispensable para atender a la población.

Cuando llegó la independencia mi familia se trasladó a Valencia. Por eso estudio en su Universidad la licenciatura en Derecho.

LÁZARO: Por curiosidad, tu segundo apellido, ¿tiene algo que ver con el autor de Tannhäuser?

SOSA: Nada. El apellido Wagner es bastante común en Alemania. No es el Martínez o el Gómez español, pero sí está muy extendido.

LÁZARO: Tenemos, por tanto, un joven que llega a la Universidad de Valencia a principios de los sesenta. Procede de una familia liberal con militares, médicos y masones, además de haber disfrutado en su infancia un enriquecedor entramado de culturas (alemana, española, musulmana, judía). Con todo ese bagaje, con esa vocación cultural y esa opción profesional hacia el Derecho, ¿cuáles eran en aquel momento tus modelos de identificación, las personas de tu entorno que más te habían influido y los autores cuya lectura más te había marcado?

SOSA: En efecto, en el año 1962 ingreso en la Facultad de Derecho de Valencia. Mi padre, que nunca quiso que estudiara Medicina, fue determinante en esta elección profesional, un acierto que me ha permitido vivir holgadamente y pasarlo bien. Pienso que lo mismo hubiera ocurrido si hubiera seleccionado la Historia o la Literatura como oficios pero me alegra haber optado por el derecho y, después, por el derecho administrativo, porque esta materia, al carecer de orillas precisas, permite caminar por muchos senderos, que es lo que a mí me gusta.

Las personas que me marcaron en la carrera fueron claramente Luis Díez Picazo, catedrático de derecho civil y Manuel Broseta, que lo era de mercantil (este hombre magnífico fue asesinado por la organización criminal ETA en 1992). A Luis —recientemente fallecido— le debo nada menos que haberme colocado en el lugar exacto en el momento preciso: en el despacho de Eduardo García de Enterría en Madrid, sellando con ello mi futuro profesional. Me llevó desde Valencia en su coche hasta la casa de Enterría y, gracias a ello, pude hacer una carrera académica placentera y rápida. También contribuyó de manera decisiva mi traslado a Bilbao para trabajar junto a Ramón Martín Mateo, a quien considero mi maestro y mi amigo inolvidable. Mi vida hubiera sido otra, más triste y menos imaginativa, sin Ramón.

Todos ellos me ayudaron de forma determinante a que consiguiera una beca del Gobierno alemán para estudiar en Tübingen, donde me beneficié del magisterio de dos grandes del derecho público: Otto Bachof y Günther Dürig. A ambos homenajeo en el tercer tomo de mi obra sobre los maestros alemanes del derecho público.

¿Lecturas? Muchas ya en mi época estudiantil. Antes he citado a Marañón, junto a él a Ortega, a Pío Baroja, a Valle-Inclán, en general a los autores del 98. Recuerdo que leí con gran interés el libro de Pedro Laín Entralgo España como problema, entonces en pelea dialéctica con la España sin problema de Calvo Serer. Y una obra que me impresionó mucho fue la de Jean Sarrailh L’Espagne éclairée de la deuxième moitié du XVIIIe siècle. Mucho ensayo político, generalmente en francés, idioma que había empezado a aprender en Marruecos con una vecina nuestra, una mujer judía que procedía de la zona del Protectorado francés y que era bilingüe.

Los títulos de la editorial Ruedo Ibérico nos fascinaban en aquella época y leíamos los que podíamos (Hugh Thomas, Gerald Brenan…).

Nunca sentí la afición al cine que era común entre mis compañeros. No practicaba deporte, tan solo la natación en verano, nunca me interesó (ni me interesa) el fútbol y sí sin embargo me captó el espectáculo taurino pues mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a las novilladas que se celebraban los domingos del verano en la plaza de Valencia. Esta afición la conservo y me gusta proclamarla cuando tan “correcto” es enfatizar lo contrario. Empecé entonces a leer poesía taurina y recuerdo, además de los poetas más conocidos (Lorca, Alberti, etc.), al menos difundido Fernando Villalón que figura en la(s) Antología(s) de Gerardo Diego, un libro este que me acompaña desde hace muchos años allá donde voy.

LÁZARO: La vocación intelectual en la época universitaria suele ir acompañada de una inquietud política que, por entonces, solía plasmarse directamente en militancia. Cuando yo llegué a la universidad, diez años después que tú, muchos de mis compañeros militaban en partidos comunistas, maoístas, trotskistas, anarquistas… A la democracia la calificaban de “burguesa” con un profundo desprecio. Tengo entendido que tú no pasaste por aquellas fiebres de totalitarismo izquierdista que ahora parecen estar volviendo a la actualidad, aunque bajo la forma de populismo y “leninismo dulce”. ¿Cómo eran tus ideas políticas en la época estudiantil y cuáles fueron tus primeros contactos con la militancia política?

SOSA: En efecto, jamás me sentí atraído por las ideas comunistas, menos por las maoístas, trotskistas o anarquistas. En la Facultad yo no milité en ningún partido clandestino aunque sí participé en las manifestaciones y encierros que culminaron con la desaparición del sindicato universitario franquista. Aquello nos pareció una gran victoria. Momento hubo en que alguien me dijo que andaba incluido en las listas de la policía secreta, pero yo creo que todo eran figuraciones y por ello siempre sostuve que mi nombre no inquietaba precisamente el sueño del Caudillo… Sí recuerdo que me preocupaba el escaso aprecio que en general se tenía en el ambiente de las agitaciones al estudio y a la reflexión conectada con la lectura de libros y ensayos. A tal efecto, con otro compañero, que luego ha sido también catedrático, fundamos en plan festivo un partido que bautizamos como “Universitario Tecnocrático Español” (por sus siglas hilarantes PUTE) al que unimos a un amigo más joven al que llamábamos “las juventudes del PUTE” (hoy se ha jubilado también como catedrático). Fuimos pues tres quienes tratábamos de reivindicar la necesidad de un discurso serio y no hablar de oídas (una chifladura, como se ve).

Cuando ya estaba en Alemania, en la Universidad de Tübingen, viví el mayo del 68 y recuerdo la casa de don Antonio Tovar, a la que los estudiantes españoles éramos invitados algunas veces, con su cuñado, Joaquín Pérez Villanueva, que era director del Colegio de España en París y había sido expulsado por los colegiales rebeldes. Villanueva pidió asilo a Tovar, catedrático recién nombrado en Tübingen.

Era un momento de grandes turbulencias en Alemania, con la discusión de las llamadas “leyes de excepción” a la que se oponía la “oposición extraparlamentaria” pero que avalaban tanto la democracia cristiana como la socialdemocracia (Willy Brandt). Debo decir que entonces enseñaba en aquella Universidad un tal Ratzinger, que era persona considerada como muy conservadora y cuya figura se contraponía a la de Hans Küng, también catedrático allí. Era un acto de rebeldía ir a las misas de Küng y desde luego a sus clases. A alguna de esas clases acudí yo sin que lograra enterarme de nada porque explicaba asuntos muy enrevesados sobre historia de los dogmas.

En la Facultad de Derecho el ambiente era más distendido y razonable. Recuerdo que en la clase de Teoría del Estado un estudiante se atrevió a decirle al Herr Professor (que era un gran jurista, Günther Dürig) que el régimen de libertades de la República Federal era un engaño. Dürig se limitó a contestarle que “eso no puede usted decirlo en la Universidad donde enseña Ernst Bloch”. Porque, en efecto, Bloch enseñaba allí y, marxista como era, había salido zumbando del paraíso comunista de la DDR y aceptado una cátedra en Tübingen.

En la Mensa, el comedor universitario de la Wilhelmstraße, se discutía, se peroraba, se repartían panfletos, se vendían libros en tenderetes (muchos de ellos aún los conservo). Confieso que me irritaba mucho ver a aquellos jóvenes de una sociedad rica y democrática enarbolar el libro rojo de Mao entusiasmados con la “revolución cultural” que los más discretos juzgábamos a distancia como una masacre organizada por el dictador. Podría citar algún nombre que hoy es muy conocido en España que vivía exaltado con esta macabra experiencia china y con el Ché en Bolivia desde su casa bien calentada en Tübingen.

Yo tenía una beca del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores (del DAAD) y esa beca incluía un viaje de una semana a Berlín. Para mí aquel viaje fue determinante porque los españoles llevábamos un pasaporte que nos prohibía entrar en los países comunistas, pero excluía el Berlín oriental, lo que me permitió salir y entrar por la frontera del muro con tranquilidad. Por azar conecté con un grupo de gente joven y por azar histórico también estaba convocado un referéndum para aprobar la reforma de la Constitución de la DDR. Vi y oí a Ulbricht dando un mitin en un acto celebrado delante de la Universidad (la Humboldt) en un ambiente de euforia artificial, producto de la propaganda, que a mí me recordó mucho al referéndum que había vivido en España en 1966 para aprobar la Ley Orgánica del Estado. Lo que me contaban aquellos amigos míos ocasionales y la decoración del Régimen me hicieron ver la realidad alemana tras el muro. La guinda la puso la visita a las librerías, mi gran pasión, donde —en materia de ensayo político— no se encontraban más que las obras canónicas del marxismo junto a los discursos plúmbeos de Ulbricht. El contraste con la viveza de las librerías occidentales era demasiado evidente.

Todo ello fue conformando mi forma de ver las cosas. Luego he vivido en Madrid, en Bilbao, en Roma…
LÁZARO: ¿Roma?  ¿Qué estancia fue esa?

SOSA: Había entonces unas becas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que tenía —¿o tiene?— en Roma un Instituto jurídico. El director era Álvaro D́’Ors, yo conseguí la mía gracias a la ayuda de Fernando Sánchez Calero, catedrático de derecho mercantil en Bilbao. Pasé unos meses maravillosos, estudié algunas cosillas inútiles pero sobre todo viví —vivimos, con Loli, mi ex-mujer— la experiencia de la vida italiana y romana en particular: política, literatura, excursiones…
LÁZARO: Muchos intelectuales han padecido esos fervores marxistas que mencionabas y posteriormente han comprendido su error al apoyar proyectos idealistas que ocultan su vocación totalitaria. ¿A que atribuyes ese asombroso espejismo, del que hoy estamos viendo la repetición en el auge de los populismos neoleninistas? ¿Cómo lograste mantenerte a salvo de esas fantasías revolucionarias que son tan difíciles de evitar entre los veinteañeros?

SOSA: En efecto, yo nunca he tenido fervores marxistas, pero no me sorprende la cantidad de personas que sí los cultivaron. La razón es muy simple —al menos respecto de los que yo conocí en carne y hueso—: eran snobs bastante frívolos, no creían en lo que decían, simplemente se trataba de una pose para épater le bourgeois que es algo muy propio de todo decadentista. Muchos procedían del seminario o habían tenido trato intenso con los tonsurados.

A mí no me basta con que, al cabo de los años, se autoflagelen; la penitencia a aplicarles es la de no creer una palabra de lo que ahora proclaman. O al menos yo pondría como condición para creerles que a la hora de propalar sus nuevas convicciones no usen lo que podríamos llamar “el dedo dogmático”, es decir, que tengan humildad en sus planteamientos actuales. Porque yo recuerdo que estas personas —al menos las que yo traté— eran todo menos indulgentes y tolerantes con quienes no pensaban como ellos. Sus armas eran la burla y la descalificación. Actitudes que no han abandonado.

Y es que andar con la verdad en la mano como si fuera un cirio es muy poco ameno, diría yo que incluso desapacible, porque las verdades dejan huellas como cicatrices. Siempre recuerdo aquello de Rusiñol: quien busca la verdad merece el castigo de encontrarla.

Por otra parte, las altas expectativas del populismo y el comunismo en España tienen una explicación también bastante simple: el infantilismo de buena parte de nuestros compatriotas. En España se lee poco y ahora los mensajes del twitter y la lectura atropellada de titulares están produciendo resultados catastróficos. Pero esto no ha hecho más que empezar.

LÁZARO: Este tema me parece idóneo para ejercitar nuestra afición a buscarle siempre más pies a todos los gatos. Estoy de acuerdo en que el éxito del populismo neomarxista que padecemos en España (o el neofascista que padecen en Francia, Austria o Grecia) se debe en parte al infantilismo y la incultura. Pero entre los votantes de esos partidos yo encuentro al menos cuatro tipos de personas: 1. Idealistas de gran nobleza e ingenuidad que quieren realmente mejorar la sociedad, aunque la experiencia histórica demuestre lo mal que acaban ese tipo de proyectos. 2. Personas arruinadas y machacadas por la crisis que están convencidas de que ya no tienen nada más que perder. 3. Frustrados e insatisfechos que no están dispuestos a asumir su fracaso personal y prefieren atribuírselo “al Sistema”. 4. Psicópatas con vocación destructiva (el menos numeroso de los cuatro grupos, seguramente, pero de carácter irrecuperable). ¿No podría ese tipo de análisis complementar el que constata la ignorancia e infantilismo de esos votantes?

SOSA: Completamente de acuerdo contigo en lo que se refiere a los cuatro tipos de votantes que se sienten atraídos por las fórmulas populistas o comunistas. Pero mi tesis es que todos ellos padecen incultura e infantilismo porque, si así no fuera, no se dejarían encandilar por quienes andan a estas alturas enarbolando el puño cerrado o la hoz y el martillo.

En el mundo no ha habido ni un solo espacio o territorio —¡ni uno!— donde alguien se haya beneficiado en su vida, en sus libertades, etc., de lo que esos símbolos significan. Solo un intonso puede ignorar esta verdad de bulto.

Añado algo más: en la actual circunstancia, quien difunda la idea del enfrentamiento entre derecha e izquierda, tiene la batalla en buena medida ganada. ¿Por qué? Porque nuestros conciudadanos tienen mentalidad futbolera: o gana el Rayo Vallecano o gana el Cangas de Morrazo. Esto no es nada extraño si se tiene en cuenta que prácticamente los siete días de la semana las radios, las televisiones, los informativos están hablando de fútbol, inundándonos con resultados y minucias ciertamente tediosas. Se sabe de la corrupción en ese deporte, de los fraudes en los partidos, de los fraudes fiscales que protagonizan ídolos muy admirados, pero todo eso da igual… lo importante es que gane el mío (el Cangas de Morrazo).

Como siempre, es preciso recurrir a los humoristas porque son ellos quienes, con la acidez y la lucidez de sus habilidades artísticas, aciertan a la hora de desenmascarar tantas idioteces. Así, Miguel Mihura, en su Ninette y un señor de Murcia presenta al padre de Ninette, un exiliado español con ideas claras y distintas, preguntándole a su huésped, que acabaría de novio y casándose con Ninette, si prefería “el cocido o la fabada”. Como quiera que el joven contestara que a veces gustaba de tomar fabada pero otras comía también con mucho agrado el cocido, el futuro suegro le increpa y le dice que “usted tiene que inclinarse por una de las dos cosas. No se puede ser conformista. Hay que tomar siempre partido. Estar con uno o estar con otro. Ser cocidista o ser fabadista”. Y sigue el diálogo: “¿pero es que no me pueden gustar las dos cosas?” “No, señor, eso no es político, solo le puede gustar una y dar la vida por ello si es preciso”.

Se comprenderá que la hora actual de España debería consistir justamente en superar la diabólica alternativa gastronómica del padre de Ninette.

Pero quienes mandan en los medios están a otra cosa. Porque veamos: ¿es de progreso o de regreso defender la prolongación de la Castellana en Madrid? ¿Y prorrogar el contrato de Mobile World Barcelona? ¿Y qué de paralizar nuevos trayectos del AVE?

Rescatar las concesiones de las autopistas, ¿es de derechas o de izquierdas? Y la moratoria para las licencias de construcción de nuevos hoteles, ¿forma o no parte de un pacto “de progreso”?

¿Es de izquierdas abrir un debate sobre las procesiones de la Semana Santa? ¿O decir que se van a suprimir las corridas de toros en ciudades como Sevilla, Pamplona, Madrid, Valencia, Salamanca, Bilbao…? Financiar un Auditorio para conciertos o para representaciones de ópera ¿dónde se encaja?

En fin, habremos de convenir con Sancho Panza que “en este mundo apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”.

LÁZARO: Cuando comparabas el referendo que presenciaste en la Alemania comunista con el que habías visto en la España franquista de 1966, ¿puedo entender que apoyas mi sospecha de que un referendo es tan fácilmente manipulable que casi siempre lo gana el que lo convoca y redacta la pregunta, especialmente en sociedades bien adoctrinadas, como lo son las dictaduras y, en mucho menor grado, la Cataluña actual, con la mayoría de sus medios de comunicación en manos de los nacionalistas?

SOSA: Los referendos proliferan por toda Europa. Los hay de alcance muy amplio, como el del Reino Unido [junio de 2016] sobre la permanencia o la salida de este país de la Unión Europea. Los hay de menor alcance pero cuajados de significación: el ejemplo mejor es el de Holanda, destinado a averiguar la opinión del votante sobre el Tratado o Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Ucrania. Los gobiernos de Hungría y Polonia anuncian, por su parte, otros.

¿Es esto bueno o malo? A mi juicio, malísimo. Y ello porque el referendo no es, a salvo lo que luego voy a señalar, un instrumento de la democracia sino un instrumento de la demagogia. Es decir, un instrumento que se pone en manos del ciudadano para pronunciarse acerca de una cuestión que, por su complejidad, difícilmente puede valorar en su cabal integridad. Tuve la oportunidad de estar presente en el Parlamento europeo (cuando aún era diputado) en la ceremonia de firma del Tratado citado con Ucrania. Eché un vistazo a su contenido y puedo asegurar que entendí muy poco. Pues bien, es ese documento lo que los holandeses —en realidad muy pocos holandeses— han evaluado para concluir que es inaceptable.

No entro en el análisis de la importancia política que ese Tratado tuvo y tiene. Lo que quiero señalar y enfatizar es que el referendo es un recurso que gusta mucho a los dictadores y así durante la dictadura franquista no había elecciones pero sí referendos. Es más: una de las “Leyes fundamentales”, el sucedáneo de Constitución de aquel régimen, era precisamente la que regulaba el referéndum nacional. Y Hitler sometió a referendo la anexión de Austria a su Reich y de la misma forma lo hizo con el territorio de la cuenca del Sarre.

¿Quiero decir que estoy por completo en contra de los referendos como forma de pulsar y conocer la opinión del pueblo llano? En absoluto, soy partidario de los mismos siempre que se cumpla una condición: que el ciudadano disponga de todos los elementos de juicio y de conocimiento para emitir su voto.  Por eso aplaudo el referendo en el nivel municipal, porque los Ayuntamientos, en cuestiones importantes pero fácilmente comprensibles, auscultan la opinión ciudadana por esta vía. Ejemplo: ¿nos gastamos el dinero en unas instalaciones deportivas o en una escuela de música?

Reforzar así, en el ámbito local, la democracia representativa es un acierto porque la robustece. Esta es la razón por la cual tales modos están sembrando las legislaciones de países con democracias más maduras y ventiladas que la nuestra, como es el caso de la alemana. Así, en ese país, están proliferando las consultas vecinales para aplicarlas a asuntos tan modernos y controvertidos como son las llamadas “remunicipalizaciones”, que consisten en devolver al Ayuntamiento lo que se había privatizado o liberalizado en el marco de políticas que fueron muy propias de los años finales del siglo XX y principios del XXI. Hoy se advierte que hubo en todo aquello un poco de papanatismo que fue panza, por cierto, de ubérrimos negocios. Hoy se están analizando los resultados y muchos Ayuntamientos vuelven a tomar las riendas de servicios que se habían escapado de su control, dando un vuelco a la política liberalizadora — un poco atolondrada— que hemos vivido en las últimas décadas. En algunos se pregunta a los vecinos si están o no de acuerdo usando para ello la vía del referendo municipal

Conclusión: sí rotundo al referendo planteado por un gobernante que se toma en serio a los ciudadanos preguntándoles algo que pueden contestar honestamente y sin necesidad de superar varios cursos y seminarios.

No rotundo al referendo cuando el gobernante lo utiliza para dar el gato de un gatuperio político por la liebre de la democracia rectamente entendida.

(Continúa en el libro: Francisco Sosa Wagner: Memorias dialogadas. [Conversaciones con José Lázaro]. Madrid, Ediciones Deliberar, 2017).

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