La ideología emocional, José Lázaro

José Lázaro

El artículo titulado “La ideología emocional” fue publicado en El País el día 30-6-2017. Se reproduce a continuación su texto, al que se añadirá un comentario del propio Javier Cercas con el que se abrirá la deliberación sobre el tema propuesto.

La ideología emocional

En su reciente libro El monarca de las sombras, Javier Cercas se enfrenta abiertamente a un pasado familiar y doloroso. Recoge un diálogo con su primo, el dirigente socialista Alejandro Cercas, que le confiesa: “Yo nunca quise saber nada de mi familia; de la familia de mi padre, sobre todo, que es la tuya, ya sabes, los que mandaban en el pueblo”. La razón de esa sordera deliberada está clara: “La guerra fue horrible, Javi. Horrible. Y en los pueblos todavía más. Tú eres una persona de izquierdas, como yo, y nuestra familia era de derechas”. Pero el exdiputado socialista matiza enseguida la decisión de proteger sus propias convicciones con una ignorancia voluntaria: “Ahora, con la edad, creo que los entiendo mejor, pero…”. Su primo Javier no deja pasar la ocasión y le explica en ese instante cuál es el objetivo de su libro: “‘Saber’, dije. ‘No juzgar’, añadí. ‘Entender’, aclaré. Y al final concluí: ‘A eso nos dedicamos los escritores’”.

El monarca de las sombras narra una investigación de resultados escasos, pero la historia del intento resulta apasionante de leer, lo que confirma una vez más el talento narrativo de su autor. Poco es lo que a estas alturas se puede averiguar sobre un anónimo soldado, Manuel Mena, tío de la madre de Cercas, muerto con 19 años en la batalla del Ebro, tras lo que la familia quemó todas sus pertenencias intentando favorecer el olvido con la hoguera. Y ahí aparece un tema que en el libro se repite y que todo el que haya conocido excombatientes habrá podido observar en directo: la profundidad de las heridas anímicas con que vuelven los que vivieron la guerra en primera fila, el silencio sepulcral (nunca mejor dicho) con que intentan tapar el horror de haber visto a la bestia humana dando salida a lo peor que lleva dentro cuando la civilización ha quedado abolida en nombre de la supervivencia y los instintos más primarios se desatan porque es cuestión de vida o muerte y todo está permitido.

Cercas escribió hace algunos años La velocidad de la luz, una novela (en mayor medida que El monarca de las sombras, que es una recreación de memorias reales narradas casi sin ficción) en que esa situación límite era ya un tema central. La brutalidad que presencia, y en la que inevitablemente participa, el que combate cuerpo a cuerpo en las trincheras (y también el que es testigo de las salvajadas que se producen en la retaguardia) suele ser tan extrema que los supervivientes a veces se convierten en zombis atormentados por el recuerdo e incapaces de verbalizarlo. De la descarga endocrina, y no solo adrenalínica, a la que ha sido sometido su cuerpo y su mente no se recuperan nunca. Hay quien sospecha que sólo conocen algo semejante —no idéntico, claro está— los que han experimentado a fondo con las drogas, el masoquismo o la mística.

Hay diferencias fundamentales entre esos cuatro tipos de experiencias límite, por supuesto, pero lo interesante es la idea de que podría haber algo común tanto en el aspecto psicológico como en el bioquímico. Y hay documentos que añaden una hipótesis inquietante: en ese estado límite en que la conciencia se altera hasta llegar casi a diluirse, la intensidad de la sensación es tan fuerte que ya no es posible distinguir el horror del placer. (Que se lo pregunten al torero que se enfrenta a una bestia de 600 kilos armado con un capote rojo; varios han confesado la sensación orgásmica que les llena cuando el toro cae atravesado por el estoque y el pánico ante la muerte deja paso a la apoteosis del triunfo).

Entre los testimonios que Cercas logra recoger sobre Manuel Mena hay uno que es fundamental. Al estallar la guerra era sin duda un apasionado falangista; al morir en el frente del Ebro había dejado de serlo. Cuando visita por última vez a su familia ha visto ya tanto espanto que no puede creer ni en el falangismo ni en ninguna otra cosa. Solo le queda la ética y los afectos personales. Si decide volver a la batalla en la que encontrará la muerte es solo para evitar que vaya su hermano, casado y con niños pequeños.

Algún sectario ha acusado a Cercas de blanquear el franquismo atribuyendo crímenes políticos a razones personales. Pero entre la política y las cuestiones personales está la ética. Y sobre eso hizo Cercas recientemente unas declaraciones inequívocas: “No hay duda de que los republicanos tenían la razón política, pero no todos los republicanos eran moralmente buenos; no hay duda de que todos los franquistas estaban políticamente equivocados, porque se levantaron contra un régimen legítimo, pero eso no significa que todos fueran unos asesinos ni unos indecentes, ni mucho menos. No tengo ningún motivo para pensar que este chaval que tenía 17 años cuando estalla la guerra y 19 cuando muere fuese moralmente peor que yo.” Ver vídeo.

La única forma de combatir el sectarismo es precisamente esforzándose en distinguir, en la siempre compleja y confusa realidad, el papel de la ideología, el de la ética y el de los factores personales y afectivos que se mezclan inevitablemente con ellas; al menos en la medida, siempre insatisfactoria, en que esa distinción es posible. Porque lo cierto es que la ideología y la ética corresponden a un plano superior de la conciencia humana bajo el que late un estrato más profundo y oscuro que influye sobre él: las emociones, afectos y sentimientos que interactúan silenciosamente sobre el plano racional. Y más abajo todavía hay un tercer plano, el más oscuro y primitivo de todo ser humano (y, en forma más elemental, de otros animales superiores) que también deforma en secreto las emociones y los argumentos, para intentar ponerlas al servicio de nuestros instintos básicos, que siempre tienen que ver con el orgullo y el deseo.

Por eso es tan importante que los escritores, como dice el narrador Cercas en el libro del escritor Cercas, se esfuercen por entender toda la compleja y oscura red de factores que interactúan en las conductas humanas, en lugar de coger el rábano sólo por las hojas ideológicas.

José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la UAM y autor del libro La violencia de los fanáticos (Madrid, Triacastela, 2013).

 



Comentario de Javier Cercas

Javier Cercas

CONCEPTO DE NOVELA:

Para mí El monarca de las sombras es una novela; lo sería, aunque no contuviera ficción, como lo son Anatomía de un instante y El impostor, pero es que además contiene ficción; muy poca, poquísima, pero la contiene: la suficiente para que toda la novela se convierta en ficción (un solo gramo de ficción hace que un reportaje o una novela sin ficción se vuelvan ficción, igual que una sola gota de veneno hace que un vaso de agua se vuelva imbebible).

En la novela hay dos narradores que se alternan a lo largo de la narración: un historiador que reconstruye el pasado, que opera como un historiador y que, como tal historiador, no puede inventar nada (y así lo dice, una y otra vez); y un narrador que se llama Javier Cercas y soy yo o se parece mucho a mí y que se toma alguna mínima, ínfima licencia, en todo caso la suficiente, insisto, para que toda la novela se convierta en ficción. Pero el primer narrador no hace eso: él, que es el que reconstruye el pasado, la historia de Manuel Mena y de mi familia y mi pueblo durante la guerra, es como un notario y por tanto no puede inventar, tiene que atenerse rigurosamente a los hechos, y eso lo repite una y otra vez. Insisto: quien dice que no puede inventar —y de hecho no inventa—, quien incluso habla de mí en tercera persona y a veces hasta me corrige es este personaje y sólo este, porque es un historiador (el otro no). Ambos narradores se alternan en el libro (uno en un capítulo, el otro en el otro), son distintos y funcionan de manera distinta (aunque al final del libro el lector comprende que en realidad son sólo desdoblamientos del mismo narrador).

Esto no vale para ninguna otra de mis novelas, porque cada una de mis novelas opera con reglas distintas; y creo que esto, intuitivamente, lo entiende así el lector: para mí, escribir una novela consiste en inventar un juego distinto en cada ocasión, cuyas reglas creo a medida que escribo y el lector descubre a medida que lee.

SHOCK POSTRAUMÁTICO:

Me parece muy interesante la referencia al shock postraumático de los excombatientes. Yo diría que sí, que tanto Rodney Falk (en La velocidad de la luz) como Manuel Mena son de algún modo víctimas de ese shock. ¿Lo será incluso Miralles (en Soldados de Salamina), tantos años después de la guerra, y por eso —entre otras cosas— no puede evitar llorar cuando habla de sus amigos muertos?

ÉTICA Y POLÍTICA:

La distinción entre el papel de la ideología, el de la ética y el de los factores personales y afectivos que se mezclan con ellas sería otro asunto para discutirlo detenidamente. No hay ninguna duda de que hubo motivaciones personales detrás de muchos asesinatos de la retaguardia durante la guerra, motivaciones que se disfrazaron de políticas o que confluyeron con ellas —según los que más saben, como Miguel Caballero, el asesinato de García Lorca, sin ir más lejos: claro que Lorca era republicano y homosexual y en consecuencia un enemigo para los sublevados, pero lo mataron por una querella familiar que venía de lejos: querían hacerle daño a su padre, dándole donde más le dolía—. Y por tanto sí, lo afectivo y lo personal cuentan muchísimo; yo eso lo englobo en el plano ético-moral. (Quizá deberíamos discutir qué entiende cada uno de nosotros por ética, que para mí es un sinónimo perfecto, o casi, de moral: en todo caso, yo utilizo indistintamente esos dos términos, como hacen casi siempre los anglosajones; añado por si acaso que la moral es para mí lo contrario de la moralina, que es lo que entre nosotros se entiende casi siempre por moral).

No creo que las emociones personales sean un tercer plano, pero quizá se puedan estudiar por separado: en el fondo mi distinción entre razón política y razón moral viene a ser la distinción entre ética y política; una distinción que, como he intentado explicar varias veces (por ejemplo en un artículo titulado “Un pacto sobre el pasado” que se publicó hace poco en El País), me parece fundamental para que nos pongamos de acuerdo de una puñetera vez sobre el pasado, sin lo cual es imposible ponerse del todo de acuerdo (en lo sustancial) sobre el presente.

 



Un pacto sobre el pasado, Javier Cercas

Javier Cercas

El artículo que Cercas cita en su comentario (infra), “Un pacto sobre el pasado”, publicado en El País Semanal (9-4-2017) propone un acuerdo mínimo sobre el pasado que “es una dimensión del presente sin la cual el presente está mutilado” y porque “la única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente”. Sostiene que en España “si al terminar el franquismo no volvimos a matarnos” fue “porque todo el mundo tenía el peor pasado muy presente y se conjuró para que no se repitiese”. Afirma Cercas que nuestro presente empieza el 18 de julio de 1936, con el golpe de Estado que provocó la guerra civil, tras destruir “una democracia con muchos problemas y carencias, y en la que a la altura de 1936 ya poca gente creía; pero era una democracia. Y la solución a sus problemas no era la que se le dio: un golpe militar orquestado por la oligarquía y apoyado por la Iglesia y por una parte de la población a la que la oligarquía y la Iglesia convencieron de que no había más solución que acabar con la República. La razón, por tanto, estaba del lado de la República, y al menos para nosotros, que gozamos de una democracia, no debería haber ninguna duda: por eso todos deberíamos abominar sin paliativos del golpe y reclamar la herencia del último experimento democrático de nuestro país”. Pero eso no significa, para Cercas, que “todos los que apoyaron la República fueron unas personas excelentes, y unos canallas todos los que apoyaron el golpe militar. Por supuesto que no. Los responsables del asesinato a sangre fría de miles y miles de curas y monjas tenían la razón política, pero no la razón moral: nadie puede considerarlos personas decentes; y a la inversa: hubo rebeldes que se equivocaron de buena fe, creyendo que el error político de sublevarse contra la democracia era un acierto”. “Como toda buena causa tiene sus canallas y como con las mejores intenciones pueden crearse los peores infiernos, todos deberíamos aceptar que la República no tenía la exclusiva de la razón moral; pero, como todos creemos en la democracia, todos deberíamos aceptar que la República tenía la exclusiva de la razón política”. Lo que abiertamente propone Cercas es “un acuerdo que condene de forma taxativa el golpe del 18 de julio y el franquismo y que diga taxativamente que ni fueron necesarios ni inevitables, y que el golpe militar y la dictadura constituyeron un error sin paliativos. Por desgracia, la derecha española, o buena parte de la derecha española, todavía no tiene claro el pasado y por tanto carecemos de un acuerdo completo sobre el presente, lo que significa que el pasado sigue sin digerirse, sigue siendo un lastre y un freno, de vez en cuando un arma arrojadiza. Y por eso casi nunca sabemos adónde vamos, ni qué hacer con el futuro”.

 



El tiempo de furia, Javier Cercas

Javier Cercas

El 26-7-2017, Cercas publica también en El País el artículo “El tiempo de la furia” en el que aplica a Cataluña la tesis de Isaiah Berlin: “el nacionalismo es antes que nada una respuesta a la actitud de menosprecio hacia los valores tradicionales de una sociedad, el resultado de un orgullo herido y de un sentimiento de humillación en sus miembros socialmente más conscientes, que llegado el momento produce rabia y autoafirmación”. Opina que a “esta herida infligida en el sentimiento colectivo de una sociedad no es una condición suficiente para el surgimiento del nacionalismo” pues hace falta también “un grupo de personas que buscan un foco para la lealtad o la autoidentificación, o una base para su poder” y el apoyo de “algún factor de unificación general, como una lengua o una historia común, real o inventada”. “Berlin afirma que un sentimiento nacional herido es como una rama flexible, doblada con tanta violencia que, cuando se suelta, golpea con furia. Aunque el nacionalismo catalán casi nunca ha sido violento, en Cataluña estamos ahora mismo en el tiempo de la furia”.“Es evidente que el franquismo infligió una herida colectiva en el sentimiento nacional catalán, (…): la lengua catalana fue perseguida, la cultura catalana fue humillada y ninguneada, las instituciones catalanas fueron abolidas. En suma: el franquismo, una hipertrofia monstruosa del nacionalismo español, quiso acabar con el nacionalismo catalán”. Pero desde los años cincuenta del siglo pasado algunos catalanes heridos empezaron a construir contra el franquismo un discurso sobre el orgullo de ser catalán, sobre la dignidad de Cataluña, de su lengua, su cultura y sus instituciones, y tras el franquismo consiguieron no solo convertirlo en hegemónico sino también llevarlo al poder de la Generalitat, la institución que desde 1980 gobierna la amplísima autonomía catalana instaurada por la democracia y que permitió, entre otras muchas cosas, la dignificación de la lengua y la cultura catalanas”.Al mencionar en papel de Jordi Pujol, apunta Cercas que “en 2014 declaró, muy probablemente para proteger a sus hijos de la actuación de la justicia, que desde hacía décadas poseía una fortuna en el extranjero”. Y añade: “Durante sus más de dos décadas de poder incontestado, Pujol contribuyó decisivamente a devolver el orgullo a los catalanes; el problema es que, en manos de sus hijos (los carnales y los políticos), ese orgullo se ha trocado en soberbia, cuando no en matonismo”. “Soberbia, o matonismo, es decidir que nosotros, los catalanes, vamos a decidir por todos los españoles, o de lo contrario violamos o intentamos violar las reglas que nos hemos dado entre todos. Soberbia, o matonismo, es pretender negociar con el Gobierno español una salida a la presente situación sobre la base de un lema acuñado por el actual presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, que dice así: “O referéndum o referéndum”; o sea: “O lo que yo quiero o lo que yo quiero”. En opinión de Cercas: “Es la rama flexible de Berlin, que, tras ser doblada, vuelve a golpear con furia”.

 



Comentario de José Lázaro

José Lazaro

Es realmente un placer deliberar con Cercas, como lo es siempre argumentar con personas inteligentes y cordiales sobre los temas en los que no estamos de acuerdo. Él mismo lo expresaba al lamentar en uno de sus artículos la escasa afición que hay entre nosotros a este sano deporte: “A veces me he preguntado por qué resulta tan difícil en España el debate de ideas —la discusión pública, educada y razonada—, y casi siempre me he contestado que por nuestra suntuosa tradición de intolerancia, responsable de que casi siempre la discrepancia intelectual se confunda con la agresión personal y de que, en consecuencia, para nosotros el auténtico debate intelectual consista en arrearle un sartenazo al discrepante o, en su defecto, en cortarle los testículos: todo lo demás es cosa de nenazas”.  (“Los caballeros, el decano y las humanidades”,  publicado en El País Semanal, 12-2-2017).

Pero los dos artículos de Cercas resumidos en las entradas anteriores de este diálogo suponen, en mi opinión, una forma bastante curiosa de autodeliberación: tal como yo los entiendo, Cercas defiende en “Un pacto sobre el pasado” una tesis que él mismo refuta (no de forma explícita, ni argumentada, sino con ejemplos prácticos) en “El tiempo de la furia”. Nada hay de malo en ello: cuanto mayor es la capacidad de pensar, menos tiempo se tarda en cambiar de ideas.

Para evitar tergiversaciones en un diálogo es importante aclarar si entendemos correcta o erróneamente lo que el otro nos dice. Porque lo que yo leo en la reflexión de Cercas sobre el nacionalismo, si la he entendido bien, no cuadra con lo que él escribió en “Un pacto sobre el pasado” y reafirmó en su comentario a mi artículo sobre él, abajo reproducido: “La distinción entre el papel de la ideología, el de la ética y el de los factores personales y afectivos que se mezclan con ellas sería otro asunto para discutirlo detenidamente. No hay ninguna duda de que hubo motivaciones personales detrás de muchos asesinatos de la retaguardia durante la guerra, motivaciones que se disfrazaron de políticas o que confluyeron con ellas (…). Y por tanto sí, lo afectivo y lo personal cuentan muchísimo; yo eso lo englobo en el plano ético-moral. (…) No creo que las emociones personales sean un tercer plano, pero quizá se puedan estudiar por separado”.

El problema que yo le veo a este planteamiento de Cercas es que el razonamiento ético o moral (de acuerdo en la sinonimia, para los fines de este diálogo) se desarrolla en un plano consciente y se expresa de forma pública, mientras que los sentimientos e intereses personales a los que nos referimos son a veces conscientes y otras semiconscientes, pero no se suelen poner encima de la mesa precisamente porque de lo que se trata es de ocultarlos, mediante esos argumentos éticos o políticos que se construyen para enmascarar con ellos las verdaderas intenciones. (Esta regla tiene hermosas excepciones, en los casos de personas honestas y sinceras, que las hay, en las que los legítimos intereses personales son perfectamente confesables y coherentes con los juicios éticos y políticos que realizan en público). Por eso me parece difícil englobar los elementos afectivo-personales en el plano ético, que sirve generalmente para disimularlos, aunque yo no me opondría, por el contrario, a englobar el plano ético con el político, pues pienso que ambos cumplen, en esas personas con dobleces, una función encubridora muy parecida.

Los ejemplos que el propio Cercas aporta no podían ser más claros:

  1. El golpe militar de 1936, escribe, fue “orquestado por la oligarquía y apoyado por la Iglesia y por una parte de la población a la que la oligarquía y la Iglesia convencieron de que no había más solución que acabar con la República”. Los argumentos ético-políticos que usaron para justificarse públicamente son bien conocidos: acabar con las quemas de iglesias y asesinatos como el de Calvo Sotelo, salvar a España del separatismo y del comunismo, defender la civilización cristiana, etc., etc. Los intereses personales y grupales que estaban detrás son evidentes: defender los privilegios económicos y sociales, en gran medida injustos y abusivos, que disfrutaba aquella oligarquía y aquella Iglesia.
  2. Cuando Jordi Pujol confesó que tenía una fortuna en el extranjero e intentó justificarla (aparentando un noble examen de conciencia y dolor de los pecados) fue, como bien señala Cercas, para ocultar los delitos cometidos por sus hijos, siguiendo la tradición familiar del caso Banca Catalana. (En el cual, por cierto, cuando lo descubrieron con las manos en la masa, tapó rápidamente la acusación califícándola de “agresión contra el pueblo de Catalunya”).
  3. Los argumentos nacionalistas sobre factores unificadores (cultura, lengua, historia…) están al servicio, afirma Cercas, de “un grupo de personas que buscan un foco para la lealtad o la autoidentificación, o una base para su poder”. Y el sentimiento nacional es, en sus palabras, “una respuesta a la actitud de menosprecio hacia los valores tradicionales de una sociedad, el resultado de un orgullo herido y de un sentimiento de humillación en sus miembros socialmente más conscientes, que llegado el momento produce rabia y autoafirmación”. Pocas cosas hay más emocionales y personales (o grupales, pues los grupos doctrinarios también tienen su corazoncito) que la lealtad, la autoidentificación, el orgullo, la humillación o la rabia. Y ahí es dónde realmente se encuentran los motivos oscuros, pero auténticos, de las racionalizaciones que acaban formulándose bajo el disfraz de juicios morales o ideas políticas.

 

Pienso que la propuesta hecha por Cercas de un pacto sobre el pasado no tiene ninguna posibilidad de prosperar porque al formularla mediante la distinción ética/política no se plantea lo fundamental: las verdaderas causas que tiene la izquierda para idealizar la Segunda República, y la derecha para criticarla (justificando de paso el franquismo), tienen poco que ver con el plano superficial de la ética o la política y mucho con los intereses económicos y los sentimientos personales o tribales (deseos, frustraciones, orgullo,  humillación…) que están detrás de todos nuestros actos y se disfrazan continuamente de argumentos presentables en el foro público.

Siguiendo con los ejemplos, hay dos tipos claramente definidos de independentistas catalanes (entre otros): los miembros de la red familiar-amistosa que obtuvo su fortuna de forma delictiva desde la cúpula de la Generalitat y que ahora necesita independizarse del sistema judicial para no ir a la cárcel, por una parte y los eternos “tribunos de la plebe” por otra, siempre dispuestos a canalizar la rabia de los fracasados, humillados y ofendidos, prometiéndoles el paraíso a cambio de que les den a ellos el poder absoluto. Pero ambos tipos de tienen mucho en común con los viejos defensores de la España Una, Grande y Libre, cuya retórica —completamente trasparente en los salvapatrias de 1936— tampoco conseguía ocultar, tras la argumentación política, los correspondientes intereses personales y grupales. (Es curioso hasta que punto la dinámica de grupos bien cohesionados reproduce los mecanismos psicológicos de los individuos que los forman). Lo expresa claramente Cercas en “El tiempo de la furia”, cuando apunta el paralelismo y la relación causa-efecto entre la forma en que “el franquismo infligió una herida colectiva en el sentimiento nacional catalán” (persiguiendo su lengua, humillando su cultura, aboliendo sus instituciones) y la respuesta catalanista que empezó cuando “durante sus más de dos décadas de poder incontestado, Pujol contribuyó decisivamente a devolver el orgullo a los catalanes” y culminó cuando “en manos de sus hijos (los carnales y los políticos), ese orgullo se ha trocado en soberbia, cuando no en matonismo”. Una soberbia y un matonismo que es a la vez la réplica y la perfecta reproducción de la que exhibían los franquistas anticatalanes en los años cuarenta.

No quiere esto decir, insisto, que toda actitud ética y política sea siempre un disfraz de cochambres particulares. Pienso que hay admirables ejemplos de personas en las que su conducta tiene profunda coherencia entre el plano íntimo, el privado y el público. Pero son muy frecuentes las contrarias, del tipo de los ejemplos que Cercas señaló y yo estoy reinterpretando. Llevamos ya siglo y medio dando vueltas a la llamada “filosofía de la sospecha”, desde que la fundaron los tres santos patronos de nuestra racionalidad laica: Marx, Nietzsche y Freud. Que tras los grandes discursos morales e ideológicos se encuentren el orgullo y el deseo de personas y grupos no debería ya sorprendernos lo más mínimo. Y tampoco la coherencia de los que saben armonizar de forma limpia sus intereses privados y sus declaraciones públicas.

Pero si queremos distinguir a unos de otros y protegernos contra los farsantes depredadores debemos diferenciar con claridad los argumentos que pertenecen a los planos ético y político frente a los factores que los determinan, limpia u oscuramente, desde los abismos íntimos de nuestros interlocutores, que por regla general sólo podemos inferir dudosamente.

El tema, desde luego, tiene muchas más vueltas de las que puedo esquematizar en estas notas. Por ejemplo explorando los argumentos favorables a la tesis contraria de la que acabo de exponer, que estaría más próxima a la de Cercas: que se pueda unir lo personal y lo ético, considerando la fidelidad a nobles motivaciones particulares como un acierto moral y contraponiendo esa unidad íntimo-ética al plano público de lo político. Valdrá, sin duda, la pena intentarlo en su momento. No hay mejor ejercicio intelectual que argumentar contra las propias convicciones.

 

 

 

 

 

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