Nota de José Lázaro

 

La publicación del libro de Diego S. Garrocho Sobre la nostalgia. Damnatio memoriae (Alianza Editorial, 2019) es importante por varias razones. El autor es un joven profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid que había publicado anteriormente otro libro: Aristóteles. Una ética de las pasiones (2015). La expresión latina Damnatio memoriae se puede perfectamente traducir como “La condena de la memoria” sin perder el doble sentido que la enriquece: condenar algo al olvido o ser condenado por la imposibilidad de olvidar. En su versión original se refería a la práctica de eliminar inscripciones honrosas dedicadas a ciudadanos de los que después se habían descubierto graves delitos cívicos. Pero también se usó como venganza contra emperadores y hombres públicos que habían sido derrotados, es decir como instrumento político al servicio del rencor que, además, permitía expropiar todos los bienes del condenado a desaparecer del pasado.

El libro de Garrocho se inscribe en una corriente que ahora disfruta de un auge internacional: la “Historia de las emociones”. Fue elaborado dentro del grupo de investigación más potente que esa especialidad tiene en nuestro país, el liderado por Javier Moscoso, cuyo libro, Promesas incumplidas, he tenido ocasión de comentar en otro lugar.

Ofrecemos a continuación, por cortesía de Alianza Editorial, una entrevista inédita con Garrocho que es probablemente la mejor presentación de su libro.

José Lázaro

 



 

Entrevista con Diego S. Garrocho acerca de su libro Sobre la nostalgia

 

  • ¿Qué te llevó a escribir sobre la nostalgia?

Supongo que, como todo libro, este está motivado por circunstancias estrictamente personales. Desde hace algún tiempo había detectado que la referencia a la nostalgia era un recurso singularmente habitual, en contextos, políticos y desde luego estéticos. Tanto a nivel individual como colectivo vivimos una época nostálgica en la que la repetición de demasiados fenómenos queda probada por la insistencia con la que empleamos, sobre todo en el contexto anglosajón, el prefijo re-. Repensar, revisitar… son palabras espantosas que sin embargo han tenido un extraordinario éxito. Muchos políticos han vuelto a capitalizar el eslogan de Reagan del Make America Great Again. Lo perverso no es la ideología que inspire el lema, sino la dinámica inscrita en ese “great again”, la conciencia de pérdida de un pasado mítico pero recuperable, me parecía un recurso omnipresente y digno de estudio.

A partir de ahí comencé a investigar y la casualidad hizo que la “nostalgia” fuera una palabra con una historia absolutamente fascinante. Conocemos su fecha de datación exacta, nació como una palabra esencialmente falsa, que parece griega pero que no lo es, que originalmente aspiró a nombrar una enfermedad de soldados… Hay un conjunto de accidentes fascinantes que convierten a la “nostalgia” en un concepto especialmente fecundo no sólo para la reflexión sino incluso para la narración de ficción. Su historia está plagada de anécdotas que se narran en el libro y que a veces parecen demasiado buenas para ser reales. Pero sí, la historia de algunas palabras está plagada de secretos y avatares absolutamente sorprendentes.

  • Una antigua enfermedad que hoy nombra un sentimiento no parece ser un objeto especialmente idóneo para la reflexión filosófica.

Creo que la nostalgia es una vivencia o una totalidad afectiva esencial para el ser humano. Si la filosofía aspira a pensar realidades, acciones o emociones determinantes para la vida humana la nostalgia es un candidato absolutamente pertinente para la reflexión. En este libro, aunque aspira a ser un ensayo filosófico por propia deformación profesional, conviven nombres de filósofos con los de literatos, artistas, fisiólogos, médicos, magos o incluso chamanes. No me importa tanto el canon como nuestra tradición cultural, simbólica, emocional… Y ahí conviven, muchas veces sin distinción, demasiadas disciplinas. No creo que haya una frontera estricta que nos permita distinguir qué es un objeto de estudio específicamente filosófico. Creo que hay realidades relevantes para la vida y otras, que curiosamente gozan de cierto prestigio académico o filosófico, que son absolutamente irrelevantes.

  • ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

Es obvio que no y que incluso esa pregunta sólo tendría sentido responderla circunscribiéndonos a un contexto determinado y en función de algunas variables muy concretas. Depende de quién responda y en qué sentido los días pasados fueron o no mejores. Lo que he querido rescatar en este libro no es una lectura privada o histórica de la clausura de cierto optimismo histórico sino que he intentado analizar el mecanismo que nos conduce a idealizar el tiempo pasado. Existe una motivación psicológica y defensiva, pero también una querencia narrativa, casi literaria que nos lleva a ficcionar el pasado. La memoria, como diría John Banvillle, es una sutil fingidora. Por ser finos, porque a veces es una hipócrita descarada. Nadie está dispuesto a pensar que su biografía o que la historia de su país o de su comunidad política es absolutamente mediocre cuando estadísticamente lo más probable es que sea así. Por eso, en parte, tendemos a fabular y a imaginar los días sidos en forma épica. Gil de Biedma decía que él no quería ser poeta sino que quería ser poema y, en cierto sentido es como si cada individuo aspirara a convertir su vida en un poema épico. Es curioso cómo, precisamente, uno de los poemas épicos fundacionales de nuestra tradición, la Odisea, es una oda a la nostalgia en su sentido más literal: la añoranza de la patria perdida.

  • La nostalgia, ¿es una emoción culturalmente construida o es una experiencia humanamente universal?

Esa pregunta es enormemente compleja y, previsiblemente, no podría responderse con rotundidad en una dirección u otra. Creo que existen suficientes testimonios culturales desde la Antigüedad hasta nuestros días para justificar que el ser humano es un animal que añora y que, incluso, somos capaces de echar de menos cosas que no hemos conocido nunca. Sin embargo, esa querencia tan humana se ha visto acelerada y potenciada históricamente a partir de ciertos mecanismos y dispositivos culturales. En este sentido creo que la nostalgia es una experiencia esencialmente moderna por cuanto suele ser consecuencia de una emancipación. Echamos de menos no sólo la casa del padre sino también la autoridad perdida, las certezas antiguas, el relato omnicomprensivo y totalizante que nos permitía enmarcar nuestra existencia. En este sentido podríamos decir que somos más humanos que nunca en la medida en que la historia ha precipitado la radicalización de una posibilidad que nos es radicalmente propia. El ser humano es un animal que echa de menos.

– ¿Hay cura para la nostalgia?

Esta es otra de las paradojas fascinantes de la nostalgia. La pregunta sólo tendría sentido si, en efecto, concediésemos que la nostalgia es una enfermedad. Desde la segunda mitad del XIX no sólo no se considera una patología sino que llegó a asumirse como un rasgo de distinción, como antes lo fue la melancolía. En cualquier caso es más que interesante preguntarnos cómo querríamos reparar la nostalgia: con una cura de memoria o con una terapia de olvido. Si existiera algo así como una memoria objetiva y fehaciente podríamos confiar en que esa memoria terapéutica nos demostraría que los días pasados no fueron tan felices como los imaginábamos. Otra opción sería recurrir, como señalara Nietzsche, al olvido como un fármaco, como un recurso defensivo. En tal caso se haría enormemente difícil ejecutar dicho recuerdo porque nadie puede ni enseñarnos ni obligarnos a olvidar. Cuentan que el propio Kant escribió en su escritorio el imperativo de “olvidar en nombre de Lampe”, su mayordomo. El problema es que cada vez que nos recordamos la conveniencia de olvidar estamos haciendo imposible ese olvido, del mismo modo que cada vez que Kant leía ese mandato se hacía imposible su cumplimiento. Si existiera verdaderamente una “ciencia del olvido” creo que todos acudiríamos de inmediato a la academia donde se impartiera esa disciplina. Una universidad que enseñara a olvidar tendría mucho más éxito que ese entrenamiento de la memoria al que, a fin de cuentas, se ha consagrado nuestra tradición pedagógica desde Simónides hasta nuestros días. No conozco a nadie que no quiera olvidar algún capítulo de su vida y que, sin embargo, no puede hacerlo. Lo que no tengo tan claro es qué preferiríamos olvidar, si el pasado más doloroso o los días que fueron felices y que, sin embargo, perdimos.

 



 

 

Nostalgia de lo que fuimos, por Diego. S Garrocho

 

(Artículo publicado en la Tribuna de El Español, el  28 marzo de 2019)

 

Hay títulos que son mucho mejores que los libros a los que dan nombre. Le ocurrió a Vargas Llosa con La verdad de las mentiras y les pasó también a Juan Luis Cebrián y a Felipe González con El futuro ya no es lo que era, un libro menor donde los haya en el que su mejor idea se agotó en la cubierta. Menos es nada. Aquella sentencia, a mitad de camino entre el chascarrillo castizo y la reflexión metafísica, supo condensar en muy pocas palabras un diagnóstico que sólo con el tiempo terminaría por hacerse terriblemente certero. Creo que Felipe y Cebrián nunca quisieron acertar tanto como lo hicieron, pero los goles por accidente también suben al marcador. Y en esas estamos.

El futuro, esto es poco discutible, es una invención reciente. Aunque existieran oráculos desde los tiempos más remotos y la predicción se considerara como un signo inequívoco del saber científico, nada nos impide constatar que la confianza en el tiempo por venir y la esperanza injustificada en los días que vendrán es una aguda y afinada construcción cultural. Y todo lo construido (esto lo sabe mi sobrino de un año) puede deconstruirse, como decimos a veces los cursis, o directamente demolerse, como gustaba hacer Nietzsche con el martillo. Por eso ahora se hace trágicamente inteligible el mensaje que algunos jóvenes llevaban estampado en unas camisetas amarillas hará unos ochos. En letras negras podía leerse: “juventud sin futuro”.

Todavía recuerdo a mis alumnos con la mochila llena de libros y de vocación confesando su descrédito en el lema dolorosamente contradictorio y certero. Yo, sabedor de que les mentía bellacamente como el protagonista de San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, trataba de convencerles de que eran otros los que no tenían futuro. Pero aquella generación de chicos fue la última que creyó en el mérito, el esfuerzo y en el cumplimiento de su parte del contrato. Aunque se olían el fraude decidieron seguir apostando en una partida con las cartas marcadas.

Después de aquellos días terminó por alcanzarnos el ruido y la pobreza del espíritu. Tanto que tuvimos que confesarnos -lo haría Zygmunt Baumanpor nosotros poco antes de morir- como habitantes de la era de la nostalgia. Una palabra fantástica esta, puesto que parece griega sin serlo y, sobre todo, porque es un comodín estratégico para abrigarnos frente a la desesperanza y, ante todo, para protegernos de nuestra propia mediocridad. Vivimos en la era de la nostalgia porque se ha vuelto a recuperar la confianza de un pasado inexistente en el que podamos disfrutar de logros que nunca emprendimos.

La enfermedad de la nostalgia es la epidemia de nuestro tiempo y si no aplicamos ninguna terapia acabará por devorarnos

El Great Again de Reagan se ha plagiado hasta en las sedes más costumbristas, pero no nos confundamos. La querencia legítimamente nostálgica del pensamiento conservador o reaccionario no evidencia el signo de nuestro tiempo. Si vivimos en la era de la nostalgia es porque incluso cuando soñamos con hacer la revolución nos imaginamos haciendo la revolución de nuestros padres. Con barba, camisas estampadas y gafas de resina, por más que en lugar de adoquines imaginarios (aunque nos duela decirlo, nuestros padres nunca estuvieron en París) ahora llevemos un iPhone en la mano. El retorno de lo vintage no es más que un gesto cosmético con el que se quiere impostar una falsa dignidad sobre la escombrera de la historia. El verdadero nostálgico no añora sino que aspira, mordido por una enfermedad que en origen se definía mortal, a soñar como se soñaba entonces.

Hasta en eso de añorar volveremos a ser poco originales. Si los años 80 fueron los años de la memoria política en el Occidente desarrollado (España llega con su puntual retraso a la cita) el tiempo por venir será un tiempo distinto, un tiempo en el que la esperanza, aliada con la imaginación, comience a invertir su sentido hasta dirigirse a un pasado remoto y por ello infalsable.

Apunten la palabra y mirémonos al espejo para detectar los primeros síntomas de aquella pasión que, como toda enfermedad, no existió hasta que alguien decidió inventarla. Este caso es incluso singular ya que conocemos la fecha exacta de su nacimiento. Fue en 1688 cuando por primera vez Johannes Hofer, un médico casi debutante que leía su tesina en la Universidad de Basilea, puso nombre a la que después pasaría a convertirse en una noble enfermedad. Sin un examen de su genealogía, su propagación y sus formas será imposible interpretar el tiempo que viene. La enfermedad de la nostalgia es la epidemia de nuestro tiempo y si no aplicamos ninguna terapia acabará por devorarnos. Palabra.

 

Diego S. Garrocho

*** Diego S. Garrocho es profesor de Ética en la UAM. 

 



 

 

NOVEDAD: Echar de menos, por Fernando Sánchez Pintado

 

El paso del tiempo aniquila imperios y dinastías, reduce a cenizas las grandes hazañas y a los héroes que las realizaron; estas eran unas de la muchas formas de expresar el tópico barroco de la finitud, el memento mori que, como el reloj de arena que se grababa en las lápidas funerarias, nos recordaba el transcurso inexorable del tiempo y la brevedad de nuestra vida. Esto era antes. Ahora la representación del tiempo, que predomina en la vida personal y social, es un presente inalterable y continuo, el tiempo se ha reducido, es el productor de lo nuevo en el que lo que desaparece no deja otra huella que la de haber sido un antecedente de su futuro. Sin duda esto es algo que va contra toda experiencia, y pretende transformar el sentimiento más común y profundo, que es el de la pérdida, en un accidente, en un momento que se borra, se integra y se supera porque ya forma parte del futuro. Convierte el pasado en algo maleable, a nuestra disposición en los términos que deseemos, con la garantía de que de esta manera se terminará suprimiendo el sufrimiento que provoca el recuerdo de lo que se ha perdido.

«El ser humano es un animal que echa de menos», dice Diego Garrocho. Es difícil encontrar una forma más expresiva y directa de referirse a la nostalgia, al dolor que causa sentir que ya no somos lo que fuimos, un dolor que anida y retorna en el recuerdo. Y no sólo porque hayamos perdido lo que un día amamos; los momentos felices y los momentos amargos conviven en la memoria y lo que echamos de menos es aquel tiempo en el que ocurrían. La memoria es un permanente campo de batalla y la contienda no está siempre equilibrada entre lamentar el pasado perdido y afrontar su ausencia. A veces nos entregamos al poder de atracción que ejerce esa pérdida, al placer oscuro que proporciona la melancolía, o, por el contrario, para desembarazarnos de la añoranza se llega a renegar de lo que hicimos y fuimos. Pero incluso en este caso extremo y, sin embargo, muy común hay una forma de nostalgia, o dicho invirtiendo los términos, la nostalgia es imborrable, tanto que ni el olvido logra deshacerse de ella. Pervive y se convierte en una especie parasitaria que corroe y se alimenta de su propia negación. No se puede olvidar voluntariamente, en algún rincón de la memoria permanece lo que querríamos olvidar, y aquello a lo que se somete a ese ersatz de olvido retorna de manera incomprensible y virulenta, como un castigo que nos hace perder la orientación, que solo podemos recuperar enfrentándonos a la temporalidad que, al tiempo que nos constituye, nos niega.

No podemos dejar de recordar si queremos saber hacia dónde nos dirigimos. «La Odisea –dice Garrocho– es una oda a la nostalgia en su sentido más literal: la añoranza de la patria perdida». En el atormentado viaje para regresar a Itaca se enfrenta Ulises al designio de los dioses, al mar que le aleja siempre de su destino, a la suspensión del tiempo cada vez que arriba a la costa y se detiene y le tratan hospitalariamente o ponen su vida en peligro. En el recuerdo de Itaca encuentra Ulises la razón de ser de lo que su voluntad decide, en el relato que necesita contar a quienes lo acogen se encuentra a sí mismo, y, cuando relata lo que ocurrió para hacer posible lo que vendrá, sufre el dolor de haberlo perdido y el deseo de continuar el viaje. No siempre es fácil ni grato recordar, y pocas veces nos dice de manera fiel, y mucho menos claramente, lo que ocurrió. Pero en el olvido hay un sufrimiento más hondo. Cuando Calipso («la que oculta») ofrece a Ulises la eterna juventud y la felicidad sin trabas, a condición de que permanezca a su lado, olvide su pasado y viva para siempre los instantes que se repiten iguales, Ulises se retira, contempla el mar y llora amargamente. La patria perdida es inolvidable, le reclama y le obliga, le da los medios para ser lo que es, la voluntad y la astucia para sobreponerse y vencer a los designios de los dioses.

La Odisea es un poema del recuerdo, pero acordarse no es estrictamente un acto de voluntad; el recuerdo nos asalta, nos ocupa y luego se pierde; el recuerdo sólo mantiene su presencia cuando se hace relato y da forma a nuestro presente. «Acordarse –dice Paolo Spinicci en su extraordinario Itaca, infine– es como arrojar un guijarro al agua. Primero el guijarro sobrevuela la extensión del agua, después se sumerge en un punto lejano, y el lugar en el que se hunde se convierte en el centro de un nuevo movimiento: el movimiento de las ondas que se suceden hasta alcanzar la orilla en que nos encontramos: nuestro presente”. El viaje de Ulises transcurre en el mar sin límites donde tiene que trazar su camino a Itaca, es la voluntad y la astucia para vencer lo informe que le rodea, un viaje entre la memoria y el olvido. «En la Odisea –dice Spinicci– a veces no se trata de recordar, sino de olvidar. (El olvido) reviste la forma de alguna sustancia mágica. Las flores de loto anulan la voluntad de retorno a la patria y las drogas que Circe mezcla con la miel y el vino de Pramnos producen el mismo efecto: borran en quien las bebe tanto su humanidad como la memoria de su retorno».

En la nostalgia conviven el recuerdo y el olvido, combaten y se reconocen. Es a la vez nuestro pasado y nuestro futuro. Paradójicamente, cuando nos obliga a volver la vista atrás, vemos gracias a ella algo lineal que nos anuncia el camino que debemos seguir. Pero también en ella descubrimos que el tiempo tiene otra dimensión, ajena a lo que creemos dar forma con el relato de un viaje que necesariamente va del pasado al futuro. Un tiempo que no se somete a la continuidad ni a la pérdida, que permanece y recuperamos, a veces, de manera fugitiva en un echar de menos algo que solo se muestra y apenas podemos nombrar.

 

Fernando Sánchez Pintado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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