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Enrique Baca Sociedad

La guerra del coronavirus

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Coronavirus y realidad, por Enrique Baca Baldomero

La humanidad se encuentra en estos días (20 de marzo de 2020) frente a un desafío que la coloca en una situación parecida a la que generaron en el pasado las guerras mundiales. Pero ahora no se trata un peligro bélico.  Al menos por el momento.

Hay una amenaza a la vida de las personas en todo el mundo que no se conoce bien y que, mas allá de su letalidad real, produce efectos graves en forma de “epidemias mediáticas”. Es decir produce, de forma fehaciente y rápida, una infoxicación que es la forma de denominar a una intoxicación informativa global. Globalidad que está favorecida por un hecho insólito en la historia: la difusión instantánea y mundial de la información en las alas de las tecnologías de la comunicación.

Así pues, estamos ante una situación que, repetimos, es global, que no es fácilmente controlable, que genera miedo e incertidumbre y que se propaga con una celeridad pasmosa en su doble vertiente: la infección física de la gente y la infección informativa. La primera provoca enfermedad y muerte, la segunda ataca y destruye el tejido social.

Nadie debería ignorar este hecho y por ello es necesario hacer un doble esfuerzo. El primero, el que hace el sistema sanitario intentando paliar los hechos físicos de la enfermedad y al tiempo luchando para que el propio sistema no se colapse. No es tarea fácil, aunque me temo que los responsables políticos no son aún conscientes de lo que nos jugamos en ese frente, cuyo peso se ha descargado en su totalidad sobre los profesionales sanitarios, esperando que ellos aguanten todo lo que se les viene encima. Pero no podrán aguantar solo con halagos verbales y con los aplausos en los balcones por mucho que nos emocionen y se agradezcan. Es imperativo actuar con decisión racional y sin trucos barriobajeros en la distribución de los recursos y en la elaboración de los necesarios planes de contingencia. Hay que explicar a los que están al pie del cañón lo que se piensa hacer y por qué se piensa hacer eso y no otra cosa (están perfectamente capacitados para entenderlo) y hay que arbitrar los medios y canales para recoger las informaciones de esos profesionales de trinchera, de manera que dicha información llegue a los sanedrines de todo tipo. Si no se hace todo esto, pronto los profesionales entenderán como un sarcasmo ofensivo los halagos que se les dirijan y más aun en la medida en que contrasten con lo que diariamente viven.

Y esto que se dice de los profesionales sanitarios hay que aplicarlo también a los colectivos que mantienen el orden y la estructura social. No se puede tener trasportistas, policías, personal de comercio, repartidores y tantos otros sin los apoyos y las medidas fácticas de protección, pensando que solo la disciplina o el halago los mantendrán a salvo (y sobre todos los mantendrán activos y operativos).

Y ahora hablemos de la información. La información que se da a la población general ha de ser, sin duda, veraz, rápida y continua. Pero la información que se trasmite a los colectivos profesionales ha de ser una comunicación técnica solvente que  permita saber a dichos profesionales por qué se les dice que hagan lo que están haciendo más allá de la expertiseclínica para la cual, afortunadamente,  no necesitan instrucción alguna.

La idea de un grupo de sabios, alejado de la realidad, que piensa por todos, no solo es arriesgada sino que es radicalmente peligrosa en su efectividad real. Y mucho peor si en lugar de sabios tenemos a burócratas empoderados o a expertos de solapilla.

[Un inciso necesario aunque molesto:  España posee una masa cualificada de profesionales de la salud publica (epidemiólogos, preventivistas y salubristas) perfectamente homologable internacionalmente.  Pero en épocas normales se ha producido, en los organismos oficiales que atienden a la salud publica en nuestro sistema sanitario,  intromisiones (políticas a veces, nepotistas otras) de gente que hace real la frase “no son todos los que están” y, en consecuencia, no están todos los que son. Es vital en estos momentos actuar de manera realista y con estrictos criterios de efectividad, corrigiendo estas desviaciones allá donde se manifiesten.  Hay que ser valientes y dar paso a los que saben. No se trata de echar a nadie pero sí de apartar a los ignorantes y a los advenedizos. No es fácil, pero al menos que no estorben].

Sigamos hablando de información. Y centrémonos en lo que mas arriba hemos llamado “epidemia mediática”.  Y aquí hay también dos problemas distintos pero complementarios. El primero es la información que dispensan las autoridades entendiendo por tales los responsables políticos de las acciones. Hay solo una difícil condición para este primer aspecto: No engañar. Y no engañar no es solo no ocultar lo que pasa, también es dar la información de manera comprensible y sin sesgos oportunistas. Aquí los profesionales sanitarios que están incrustados en las esferas de mando tienen un deber inexcusable: no plegarse al tempo político ni al manejo partidista. Y ya hemos visto como no lo consiguen en los momentos más clave del problema. A veces, por muy compresible que sea, no es de recibo decir amén a lo que el poder nos dicta. Mejor irse a casa con la cabeza alta.

El segundo problema lo protagoniza el afán de conseguir la “historia llamativa”. Comprendo que para el periodismo de batalla la tentación de contar la historia llamativa es muy difícil de resistir. Pero las anécdotas han de ser valoradas en razón de su impacto social y, sobre todo, de su posibilidad de ser generalizables. No cabe duda de que toda historia humana tiene un valor por sí misma y toda historia que se relata está ciertamente basada en un hecho real y comprobado. No me refiero en este momento a la verdad del hecho. Sino a su valor divulgativo, a su capacidad de generar ruido, miedo o indignación. Se podrá decir que se pretende exactamente eso: generar ruido, miedo e indignación para que se resuelvan las cosas. Pero me temo que en circunstancias como las que atravesamos no está tan claro que sea la mejor manera de resolverlas. Lo que sí es evidente es la facilidad con la que se convierte en un elemento importante  de erosión del tejido social que tan imprescindiblemente hay que preservar.

¿Hay, por tanto, que callar todo lo que no sea ideal o estupendo en la respuesta que se da al problema? ¿Los que sufren no tienen derecho a que se conozca y se responda a su sufrimiento? De ninguna manera. La función critica de los medios de comunicación es imprescindible. Y aun mejor si se convierten en la voz de los que no tiene posibilidad de ser escuchados.  Pero eso no es una patente de corso para torticeramente alimentar un sensacionalismo alarmista ni, lo que es mucho peor, arrimar el ascua a la sardina de nuestras preferencias ideológicas. Y no solo por sus consecuencias negativas sino porque estamos usando el dolor de la gente.

No cabe duda de que el tremendo asunto que nos ocupa da para mucho más. Pero no se puede acabar sin mencionar dos de sus consecuencias colaterales más graves. La primera es la económica. Se habla y se escribe mucho sobre esto y no estaría de más que se abordase con seriedad y sin pensar que se trata de una mera cuestión táctica. El trasfondo (la alteración de los sistemas y estructuras económicas, las pérdidas de magnitudes escalofriantes y la repercusión en la vida inmediata de cada uno de nosotros) no es fácil de percibir, ni siquiera de concebir, ahora. Los remedios nos remiten, como decíamos al comienzo, a la economía de guerra durante la epidemia y a las reconstrucciones económicas de las postguerras, una vez pase la pandemia. Pero en las guerras del siglo XX siempre había vencedores y en ellos se apoyaba la humanidad para reconstruir. ¿Los habrá ahora? Me temo que la respuesta puede no ser demasiado tranquilizadora.

Pero hay una ultima consecuencia más obscura y no menos preocupante. Las consecuencias políticas. Las opciones políticas revolucionarias (y llamo revolucionarias a las que pretenden asaltar el poder constituido desde una legitimidad autoatribuída) tienen en su ADN la idea de que los momentos de debilidad del sistema que pretenden asaltar son los que hay que aprovechar sin demora y cueste lo que cueste. En su ADN también está inscrito a fuego aquello, tan repetido y tan ignorado, de que el fin justifica los medios; y también aquello, cínico pero efectivo, de que cuanto peor, mejor.

No es un tema que ninguno debamos desdeñar ni menospreciar.

A no ser que decidamos formar parte de la gente definitivamente instalada en la ciudad alegre y confiada que tan bien describió Benavente.

Enrique Baca



Contagio emocional, por Javier Moscoso

Publicado en ABC, 24 de marzo de 2020

En uno de los cuentos más emblemáticos de Edgar A. Poe, el detective Dupin resuelve el misterio de un chantaje, no mediante la aplicación del razonamiento lógico, sino a través de la identificación empática. En «la carta robada», que así se llama este maravilloso cuento, Poe defiende que, para averiguar los pensamientos de otros, no hay nada como comenzar por acomodar nuestras expresiones faciales a las suyas, y esperar a que los mismos sentimientos afloren en nuestro corazón. Por boca del avezado Dupin, el escritor se pregunta si los grandes moralistas, desde Maquiavelo a La Bruyère, no fueron tal vez más que personas dotadas con esa capacidad de hacer brotar en su interior los pensamientos y sentimientos de otros. Tiempo antes de que el filósofo Adam Smith estableciera que la simpatía era el fundamento de la sociedad civil, el suizo Albrecht von Haller, fundador de la fisiología moderna, le había cortado la cabeza a un buey para estudiar sus movimientos post-mortem. Cuando vio brotar una lágrima del ojo del animal, juró que jamás repetiría experimento semejante.

En los tiempos que corren, habría que reconocer que el drama de la nueva pandemia posee una dimensión psicológica y emocional que no puede desatenderse. Las medidas de distanciamiento social, que no son sino una forma suave de llamar al confinamiento, producen un efecto similar al del náufrago atrapado en su isla, aislado y, sin embargo, responsable de mantener sus rutinas cotidianas, sus valores morales y sus virtudes económicas. La circunstancia de que Defoe escribiera tanto un libro sobre la soledad de un náufrago como un diario de la peste nos hace ver hasta qué punto la relación entre el aislamiento y la pandemia, entre los individuos y sus referentes emocionales, no pueden olvidarse en tiempos de tragedia. Dentro de poco seremos capaces de derrotar la enfermedad, pero tal vez pasemos por alto lo que podíamos haber aprendido de nosotros mismos. Hay que recordar que, desde los tiempos de Tucídides, o incluso desde que Apolo castigara a los griegos con la peste, las grandes visitaciones, como se llamaba a estos episodios, nos han puesto en la necesidad de movilizar no solo nuestros conocimientos, sino nuestros recursos emocionales. Nada extraño por otra parte, puesto que no hay relatos sin emociones ni enfermedad humana sin relato. Así que, a medida que avanza la enfermedad, también afloran los sentimientos. Y no todos son bienvenidos ni carecen de consecuencias. Harían mal los responsables políticos en no llamar a la puerta de las humanidades en tiempos de pandemia, pues la batalla no es solo contra el virus, sino contra las metáforas de la enfermedad, de las cuales la historia nos proporciona innumerables ejemplos.

Para empezar, nuestra situación presente puede parecernos única, pero no lo es en absoluto. La gran pandemia de este año, como la peste de 1665, como cualquier otra, no distingue fronteras. Por el contrario, es un fenómeno propio de la globalización que algunos juzgarán cosa de ahora, pero que en realidad ha sido cosa de siempre. Por muy extraño que les parezca a algunos, nunca hemos estado solos. De ahí que hayamos tenido siempre la tentación de pensar que la enfermedad viene de lejos. Al describir la peste que asoló Atenas en el siglo V antes de Cristo, el historiador Tucídides explicaba que la epidemia había surgido en Etiopía, más allá de Egipto. De los valles del Nilo había llegado a Libia, desde donde se extendió por el Peloponeso. Tampoco innovamos demasiado en las soluciones. En la peste de Florencia de 1348, que dio lugar al Decameron, Boccaccio explicaba cómo, para combatir la enfermedad, algunos ciudadanos prefirieron apartarse de cualquier otro ser humano y encerrarse en sus casas; otros optaron por la satisfacción de sus más diversos apetitos y hubo también quien, ante la rapiña y el desorden, prefirió abandonar sus posesiones, buscando refugio en el campo. Como en la peste de Londres de 1665, sobre la que escribió Defoe en 1722, la llegada de la epidemia propiciaba, antes como ahora, una nueva relación de los ciudadanos con la autoridad, así como una forma de enfrentar de manera individual y colectiva la experiencia de la tragedia. Tampoco faltan, en cualquier acontecimiento que cuestione o suspenda provisionalmente el orden social, las acusaciones veladas o explícitas. Fuera de la lógica del castigo divino, con la que Apolo castigó a las griegos en la Ilíada, la naturalización de cualquier fenómeno disruptivo ha pasado, históricamente, por el señalamiento del otro, hasta el punto de que el drama de la pandemia ha servido muchas veces de abrevadero del odio y del fanatismo. La historia de la xenofobia y de la peste se han encontrado muchas veces, aunque no siempre bajo la bandera de la discriminación racial. Baste recordar que en los comienzos de la epidemia de sida, tampoco faltaron voces dispuestas a explicar la desgracia por la orientación sexual de los enfermos.

Puesto que la visitación supone una ruptura del universo normativo, es lógico que afloren los sentimientos de pertenencia grupal, ya estén animados por el amor o por el odio. Los aplausos y las caceroladas que se escucharon hace unos días en algunas ciudades de España tienen orientación política muy diferente, desde luego, pero ambos fenómenos obedecen a la misma necesidad, la de construir un orden emocional que sostenga el espectáculo de la tragedia. Ya sea como reconocimiento o como señalamiento, el gesto subraya la urgencia de aunar los vínculos de pertenencia grupal, mediante la movilización de pasiones, incluso contradictorias.

Al contrario que Robinson Crusoe, que tenía que hacer esfuerzos por mantener viva la civilización, aun estando solo, los protagonistas del año de la peste deben intentar no sucumbir a las pasiones ficticias, ni a las emociones inmoderadas. Es decir, deben evitar convertirse en salvajes, aun estando juntos. El alegato de Defoe a favor de las medidas impopulares que sirvieron, en lo posible, para contener la epidemia, forman parte de la lógica británica del «Keep calm and carry on» (mantenga la calma y siga adelante) que tan buenos resultados produjo durante los bombardeos de Londres en 1940. Bajo la forma de lo que los psicólogos denominan «contagio emocional», que los antiguos llamaban «ósmosis» y los modernos «simpatía», los seres humanos reconocemos nuestro carácter gregario, hasta en condiciones de confinamiento. Ahora bien, el contagio emocional en tiempos de epidemia, que nos lleva a arrojarnos sin control sobre los rollos de papel higiénico, es tan peligroso como el contagio viral, pero al contrario que este último, puede ser modulado. No es una imposición de la naturaleza, sino un factor humano que puede y debe regularse.

Javier Moscoso

 



Por un gobierno de unidad, por Francisco Sosa Wagner

Publicado en El Mundo, Sábado, 28 marzo 2020.

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.

Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que «el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran» (así en sus Recuerdos de la revolución de 1848, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).

Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o la ONU a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.

Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.

Podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo Dios y leyes viejas y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.

Creemos que si este mensaje sencillo lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.

Hoy, la epidemia nos pone de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios…

De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno. Es hora de que callen quienes, con mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas. Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.

Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.

Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes… son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!

Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es: ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España?, ¿volveremos a reunir la mesa del conflicto catalán, con Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales?, ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario?, ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman su independentismo?, ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas?, ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado?, ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O, por el contrario, ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por angustias, desesperanzas y lutos?

Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial. No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un Ejecutivo, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente, pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven, «como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza».

Un Gobierno que recoja lo que de aprovechable -en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones. Un Gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

Francisco Sosa Wagner



El confinado por su gusto, por Daniel Martín Mayorga

Todos los males del mundo vienen de que a la gente le da por salir de su casa

Blaise Pascal

Solo por esta cita —extraída de los Pensamientos, en traducción un tanto libre— merecería Pascal la consideración de santo patrón de todos nosotros, los confinados. Pero no es el único ni el más importante promotor del discreto recogimiento. Antes bien, son multitud, y de todas las épocas, quienes con mayor o menor énfasis han ensalzado el aislamiento, la soledad, el retiro, o, cuando menos, las ventajas de mantener una prudente distancia con nuestros congéneres. Aquí nos ocuparemos de uno vernáculo: el fraile Juan Crisóstomo de Olóriz.

Mínimos datos biográficos para situar al personaje: nacido en 1711 en Zaragoza, monje cisterciense, erudito, catedrático de la universidad de Huesca, calificador del Santo Oficio, miembro correspondiente de la Real Academia Española. Murió en 1783. Autor de una docena de obras, todas de tema religioso con dos o tres excepciones. Precisamente una de ellas es la que merece ser recordada en estos momentos de reclusión: Molestias del trato humano (1745).

Quien esto escribe tuvo primera noticia de tal libro gracias a uno de los extraordinarios, luminosos y siempre divertidos artículos que Julio Caro Baroja publicaba en el diario El País en los años 80 del pasado siglo. En concreto, el domingo 20 de marzo de 1983, en la sección de Opinión, página 11, el desprevenido lector se encontraba, junto al nombre del sobrino de don Pío, este título: “Apotegmas II: sobre la abundancia de pelmazos”. Se comprenderá que, con un reclamo así, cualquier otra actividad física o mental que no fuera sumergirse inmediatamente en su lectura resultaba impensable.

El meollo del artículo era un recuerdo de juventud del autor, cuando de estudiante frecuentaba el Ateneo madrileño y a los atrabiliarios seres que allí habitaban. Uno en concreto, don Saturnino, general retirado, agnóstico, positivista y “discípulo de don Heriberto (Spencer), como él decía”, le tomó particular afición, hasta el punto de confiarle su diagnóstico sobre los males de España: la causa de nuestras desgracias no era, a su entender, la desidia o la holgazanería, sino “la proporción descomunal de pelmazos por kilómetro cuadrado”.

Y seguía don Julio:  «Algún tiempo después de amistar con el viejo general y de conocer su teoría, compré en la feria de libros una edición barata, publicada por la Biblioteca Clásica Española de Barcelona, de la obra de fray Juan Crisóstomo de Olóriz Molestias del trato humano y se la regalé. Me agradeció el modesto obsequio, comprobó que aquel fraile castizo era “una autoridad de la lengua” y que utilizaba la palabra clave: pelmazo. Y me dijo: “Es una obra sugerente, estimulante. Muchas gracias, pollo, muchas gracias”».

No extrañará al lector que nos pusiéramos con toda urgencia a la búsqueda de un ejemplar. En aquellos años no era tan fácil e inmediato como en nuestro actual tiempo tecnológico, donde, con un ordenador y sin moverse del sillón, se puede acceder a los fondos de cientos de librerías, escoger y pagar con aladas monedas. Entonces se requería visitarlas físicamente y, además, estar en buenos términos con el librero. Hubo suerte y con cierta rapidez dimos con las Molestias…, en la misma edición que regaló don Julio (no había otra) de la Biblioteca Clásica Española; casa que conocíamos bien por sus hermosos volúmenes con la particular encuadernación que los distingue (entre ellos guardamos con cariño una preciosa edición, la única en castellano, de las novelas de Mateo Bandello).

Molestias del trato humano es, sobra decirlo, singular. Y sugerente y estimulante, como atinadamente afirmaba el general. Para empezar, uno nunca ha visto un libro con tantos preámbulos: una dedicatoria, una aprobación, tres licencias, dos censuras, una tasa y la introducción propiamente dicha hay que atravesar antes de llegar a la sustancia. En cuanto al texto, el lector de hoy probablemente señalaría tres supuestos defectos: estilo sumamente recargado, exceso de latinajos —la mayoría, sin traducción— y argumentaciones efectistas y tortuosas. Nada grave: 1) estilo, hay tres siglos de distancia con el gusto actual; 2) qué decir lo de los latines, siendo el autor un fraile, y 3) en cuanto a las argumentaciones tortuosas… era catedrático y, por si fuera poco, académico.

La obra está dividida en diez capítulos, denominados Reflexiones. En la primera se nos sitúa —“Qué hombres buscan la comunicación y qué hombres huyen a la soledad”— y en las siguientes se desarrolla la teoría y la práctica del aspirante a confinado a partir de las mil situaciones que se van dando en la vida social. Solo con leer algunos títulos nos haremos una mediana idea: Reflexión VI, “Dificultades en que se embaraza la política para tratarse los hombres sin molestia”; Reflexión VIII, “El trato de los hombres es más temible que el de las fieras silvestres”. Y todo así.

Para el padre Olóriz es dogma infalible que el sabio prefiera la vida retirada, mientras resulta sospechoso de garrulería cualquiera que guste de la compañía de sus semejantes. “Indoctis molestissima est solitudo”, (para los ignorantes es muy molesta la soledad), nos asegura, e insiste: “fuge multitudinem, fuge paucitatem, fuge etiam unum” (huye de la multitud, huye de pocos, huye incluso de uno solo). Remacha con una sentencia de San Bernardo, el fundador de su orden: “nunquam minus solus quam cum solus”, (nunca se está menos solo que cuando se está solo).

Pero, ¿es el trato humano detestable por sí mismo, o depende de las personas involucradas? Nuestro fraile, creemos, lo tiene claro, pero contemporiza: “No quiero decir que la conversación que se tiene entre gente discreta no sea el pábulo más gustoso del alma”. Añadiendo a continuación, porque le puede el genio: “Aunque sobre esto hay muchas excepciones”.

Y va describiendo los distintos tipos de pelmazos, entre abundantes citas y referencias por las que desfila todo el elenco clásico —a Cicerón lo llama familiarmente “Tulio”— y bastante del santoral. Repara especialmente en aquellos que importunan no solo con su propia presencia, sino que lo complementan hablando mal del prójimo. Olóriz opina que estos hombres malignos suelen ser peritos (in illa est eruditus) en los defectos que a los demás achacan. Quien a otros pretende corregir omni vitio carere debet, (debería carecer de todo vicio), pero la vida y la historia nos presenta múltiples ejemplos de lo contrario; tal Salustio, “terrible fiscal y acusador de cualquiera delincuente, siendo él mismo tan vicioso que era escandaloso y ninguno más notado en Roma”.

Las visitas y los visitantes son particularmente detestables, como no podía ser de otra manera, pues consiguen que “para tropezar ya en molestias, no sea menester salir de casa”. Y añade esta certísima observación que merecería ser puesta en mármol: “los que no gustan mucho de que los visiten, gustan menos de visitar. Si el ser visitado es molestia, el visitar es violencia que martiriza”. Lo cual incluye, por supuesto, a los amigos, si es que existen: “presumo que la verdadera amistad solo la descubrieron los mitológicos en el país de la ficción”.

A nadie se echa en falta en la infinita galería de pelmazos que, con precisión de entomólogo, se descubren y clasifican en el libro. Recorriéndolo —a capite usque ad calcem, como diría nuestro fraile— quedará el lector bien munido de sentencias y prácticos consejos de aplicación directa en estos días de confinamiento. Y también de ejemplos del talante rocoso y la actitud resuelta con que hay que afrontarlo… y hasta disfrutarlo.

Una muestra, para concluir, del recio carácter del padre Olóriz, y de cómo éste le lleva a no rehuir contrincante alguno, por más elevado que sea: así, acepta —porque no le queda más remedio— que el mismísimo Dios dijera aquello de non est bonum hominem esse solum. Pero acto seguido se atreve a puntualizar: “Mientras Adán estuvo solo mantuvo la gracia, y la perdió poco después que tuvo compañía”.

Es lo que modernamente se llamaría un “zasca” en toda regla, aplicado nada menos que al Padre Celestial. Reconozcamos que, para un inquisidor, no es poca cosa.

Nota; nunca tuvimos la fortuna de manejar la primera edición (1745) de Molestias del trato humano. La mencionada por Julio Caro Baroja (Biblioteca Clásica Española, 1887) no es, ya lo hemos dicho, un libro particularmente difícil de conseguir. De este, además, la Editorial Alta Fulla sacó un muy digno facsímil en 2001, y no hace muchos años incluso estaba saldado en la librería del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Daniel Martín Mayorga