Texto citado: La memoria del rencor, Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

Hay quien establece un paragón entre olvidar y perdonar. El perdón es algo de tan fácil mención como difícil realidad. Y el olvido está fuera siempre de la voluntad del que lo necesita. No se olvida porque se quiere sino porque se olvida, en un misterioso mecanismo de autolimpieza involuntaria.

Es fácil encontrar en la viña del Señor (como decían nuestros antepasados próximos) reclamadores casi profesionales del perdón. Estos curiosos seres siempre piden que sean los demás los que perdonen mientras ellos mantienen, bien cultivados y fuera de cualquier riesgo, todos sus rencores. En el polo contrario hay también mantenedores profesionales del agravio y de la inquina. Unos y otros confluyen, aunque no lo parezca, en mantener y hacer progresar el rasgo principal de la guerra en todas sus formas y maneras: la imposibilidad de todo dialogo, de toda interlocución.

No se puede negar, sin embargo, que hay gente capaz de perdonar. Siempre me han fascinado los que consiguen, desde el fondo de su corazón, irremediablemente dañado por otro, ser capaces de restaurar una comunicación que se rompió (y no por su causa).

Los forofos de la llamada “justicia restaurativa” insisten una y otra vez en que esto es posible y que el perdonar está dentro del repertorio accesible a la conducta humana. No seré yo quién lo ponga en duda. Sin embargo me siento más cerca de la realidad cuando me aclaran que toda transacción entre víctima y agresor, toda negociación para volver a encontrarse, es más posible (fíjense que no he dicho “más fácil”) si la ofensa, la agresión, no fue ni grave ni irreparable. Quizá porque hay cosas que superan la humana capacidad de asumir, de superar y de perdonar.

Resulta duro decir que la automática respuesta humana a la ofensa es siempre la venganza, el deseo y la pulsión irreprimible a devolver el mal causado al que nos los hizo. Pero la venganza tiene una respuesta corta y un recorrido posterior amplísimo. Además la venganza es mucho más flexible y líquida de lo que nos imaginamos. Puede adoptar mil formas y deslizarse de mil maneras a lo largo de la vida. También hay que decir que la venganza tiene un coste. Es una pasión seca y abrupta. Mete al individuo en un paisaje en el que no hay nada más que el dolor del recuerdo, la aridez de la ofensa irreparable y la humillación ante la imposibilidad de comprobar que el que nos ofendió sufre, no solo lo que nosotros sufrimos, sino mil y mil veces mas. La venganza es insaciable.

Hay en la novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo un pasaje, que ahora cito de memoria, en el que los hijos de Trujillo torturan a uno de los asesinos de su padre. La gran preocupación que les despierta la piltrafa humana en que han convertido al torturado es que se pueda morir. Porque si muere se acaba la venganza. Y aún les queda mucha necesidad de triturar, golpear, quemar, ver retorcerse y, sobre todo y ante todo, humillar a aquel que les ofendió, que les dañó, que les humilló. Porque, en el entresijo profundo de la venganza, lo que se pretende exorcizar es precisamente esa exquisita lesión que aparece cuando otro, potente y con desprecio, altivo y seguro, nos hace sentir no solo dañados sino fundamentalmente humillados.

Si la agresión es una demostración de poder (“te hago daño porque puedo y tu no tienes opción a impedirlo”) la venganza es un intento (¡ay! siempre fallido) de recuperar la posición de dignidad perdida. Intento vano y erróneo habrá que decir. No solo por corrección política, sino por simple constatación de lo real.

La sociedad actual ha optado por negar la venganza y, en un segundo paso, proscribirla. El que pretende vengarse tiene, de oficio, encima de su cabeza, el anatema social más contundente. Es bien sabido que la venganza se ha expropiado en las sociedades civilizadas a través de la justicia. La justicia aparece así como algo puro e imparcial que dará satisfacción al ofendido y restaurará el orden social roto por el agresor. Es una formulación intachable que pretende eliminar toda la cascada de infortunios que se deriva de la venganza ad classicum modo.

Pero en la realidad, como decíamos antes, lo líquido de la venganza sigue fluyendo en el animo del ofendido. El haber pasado, incluso, al estado gaseoso no le quita realidad ni presencia. Miremos a nuestro alrededor cuando se produce un crimen que, por su notoriedad o sus características, aparece como claramente odioso. En todos esos casos la justicia deja indefectiblemente insatisfecha a la victima. Porque no hay reparación posible al dolor ocasionado. Y la victima quiere que el agresor sufra al menos como ella ha sufrido, lo diga o no (y lo suele decir).

Miremos también a los comportamientos sociales en los que la relación entre la ofensa y el ofendido pasa por múltiples trasformaciones que hacen que lo personal derive irremisiblemente a lo ideológico. Miremos, sin prejuicios, como la venganza (que no la justicia) late debajo de muchas cosas que se presentan envueltas en ropajes más o menos postmodernos.

Y quizá también convenga que miremos en las memorias históricas y en las conmemoraciones interesadas, en las defensas a ultranza de cosas indefendibles y en la frustración que esconde el que las cosas no sucedieran como uno quisiera que hubiesen sucedido. Hay una cuidadosa elusión (¿intencionada?) de lo que realmente está agazapado en el recuerdo y, por tanto, ausente en el olvido. Nadie se atreve a plantear de frente lo que pretende. ¿Por qué tanto circunloquio y tantas vueltas putativamente documentadas? ¿Por qué buscar coartadas para lo que es pura y simple revancha? ¿Qué necesidad de dignificar y blanquear, de buscar trochas procustianas y retorcimientos sofísticos? Seamos valientes (que es una de las pocas cosas que nos quedan) y digamos en buena hora lo que subyace: que los míos (y los que piensan como yo) son buenos e impolutos y los otros (y los que piensan como ellos) son malos sin paliativos. Son y fueron.

Armados y reconfortados con tal seguridad volvamos en el tiempo (no se especifica a través de qué agujero negro lo haremos) y cambiemos lo que pasó hace ya más de noventa años en este desgraciado país y se acabó hace más de cuarenta.

Después afróntese el juicio de la realidad y de la Historia (que harán los que, atónitos, asistan el espectáculo del despropósito). Dirá palmariamente que buenos buenísimos y malos malísimos, si hubo, hubo pocos. Y que los asesinos, los ladrones, los sádicos, los miserables, los aprovechados, los violadores cuando aparecían lo hacían según la distribución inexorable que los estadísticos llaman “normal”.

Pero nosotros, tan gallardos y tan vengadores, habremos conseguido lo que se intentó evitar: Que los hunos y los hotros unamunianos campeen como el Cid del romance, no venciendo batallas después de muerto, sino resucitando a los asesinos, los ladrones, los sádicos, los miserables, los aprovechados, los violadores de cuerpos y conciencias. Esos ejemplares, tan deseables para todos, que aguardan a que se les dé pretexto para manifestarse.

Porque es evidente que el perdón (si ha lugar para él) es una opción imposible por no contemplada e inane por despreciada. El olvido no es mencionable. Desaparece cuando la memoria se activa.

Todo ello esta cuidadosamente oculto bajo la gruesa capa de afeites que embadurna el rostro de la meretriz vieja en que se ha convertido la política patria.

 

 



 

Comentario de J. Ángel González Sainz

José A. González Sainz

Excelente. Impecable conocimiento de la condición del bicho humano, excelente material literario. Pero un pero: al final esa valentía reclamada nos aboca a dar un paso más en la dialéctica schmittiana del amigo-enemigo que adoquina cada vez más nuestros días y donde siempre, no los más valientes, sino los más insolentes y carentes de miramientos se llevan y se van a llevar el gato al agua.

 



 

Comentario de Juanjo Jambrina

Juanjo Jambrina

Gran trabajo. El Darro y el Genil fertilizan la mente, a lo que se ve.

Comparto la pega de González Sainz. La valentía es un bichejo bastante difícil de describir y bastante fácil de excitar.

El lenguaje, las trampas del lenguaje, agravan la problemática inherente a olvidos y perdones. Hay un “olvido” físico, digamos, al que nos aboca la pérdida de memoria y que es ajeno a la voluntad. Luego hay un “olvido” literario, tanguero (“Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más penas ni olvido…”) que supone más que amnesia, un aparcamiento voluntario de un hecho, una voluntad explícita de no traer algo a la memoria. Lógicamente deberíamos tener una palabra distinta para cada uno de estos actos. Y no es así. Y es un problema.

Sobre el perdón, tan cercano en otras lenguas al olvido, habría que añadir las últimas aportaciones del evolucionismo por mano de Martin Brüne.



 

Comentario de Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

Quizá haya que volver sobre lo mismo. Un artículo de Raúl del Pozo se hacía eco de lo que Stanley Payne había dicho algunas semanas antes en Madrid, al referirse a la Ley de Memoria Histórica: “Un invento, un movimiento político arqueológico, semisoviético”. Pocos días después el Ayuntamiento de Madrid nombraba a la nueva responsable de materializar los cambios a que “obliga” la tan famosa Ley. Francisca Sauquillo, persona respetable sin duda, no vaciló al afirmar que la historia es una cuestión objetiva mientras que la memoria es algo subjetivo. Es una frase importante cuya exégesis no sería tan fácil como parece. Pero no hay duda de que abre deliciosos interrogantes sobre la manera como las subjetividades se priorizan. Y, sobre todo, como se convierten en objetividades a imponer. O, lo que es lo mismo, como derivan en historia producida (o reformada).

[Imagino un lugar ideal en el que todos los memorizantes —unos y otros, subjetivos todos, como no podría ser de otra forma— se reunieran un día al año para una puesta en común de sus recuerdos. Se les encerraría en una gran sala, bien acondicionada, y allí permanecerían, a modo de cónclave romano, hasta lograar que sus memorias coincidiesen milimétricamente, no solo en la fijación de lo que pasó sino también en el juicio moral que les merece. Y esa sería la verdad irrefutable del recuerdo. La genuina Memoria-Histórica. Tras semejante esfuerzo ciclópeo, la comunidad, así conformada y confirmada, regresaría a sus hogares cantando himnos de gratitud al prudente legislador que tan perspicazmente les habría organizado la vida].

Nuestra realidad cotidiana no da para tales sofisticaciones habiendo, como hay, atajos mas efectivos. Para eso no hace falta invocar las memorias de las gentes (recordemos, siempre subjetivas según la interesante afirmación de la Sra. Sauquillo) sino decidir quien recuerda por todos los demás, en un ejercicio de amplia tradición entre los diversos colores del espectro (pardos, azules, rojos y negros). Por eso la memoria (histórica) es una cuestión de comisiones.

¿Y la historia? ¡Ah! Eso es otro tema que interesa poco. Siempre cabe reconducirla si se muestra díscola o nos contradice.

Divagando sobre estos cansinos temas me tropiezo de repente con un articulito (el diminutivo ha de aplicarse al tamaño y no, como inmediatamente se verá, al contenido) de Ignacio Vidal-Foch en un suplemento semanal que se titula El Papel del Mundo.

Vidal-Foch cuenta con sorpresa el arrebato de emoción, lagrimas incluidas, de la alcaldesa Colau al inaugurar una plaza y un monumento a Salvador Puig-Antich. Habla de quién fue el fusilado, qué hacía y quién era su cómplice efectivo (el francés Jean-Marc Rouillan), menciona lo que este último dijo sobre lo que sucedió en el tiroteo donde mataron al policía Francisco Anguas, de la Brigada Antiatracos. También habla de lo que él mismo, Vidal-Foch, vivió en aquellos días de protestas y manifestaciones.

Y tras este ejercicio de memoria hace dos observaciones precisas y preciosas. En la primera recuerda como la ejecución de Puig-Antich fue traumática y como despertó “rabia y rebeldía contra el franquismo” y matiza: “Pero nunca se nos hubiera ocurrido que mereciera una plaza Puig-Antich. Ni mucho menos un monumento. No era un héroe ni un benefactor”. En la segunda se dirige a la alcaldesa, emocionada y emocionable, y le espeta. “¡No se conmueva tanto que este muerto no es suyo! ¡Este muerto es mío y yo tengo los ojos perfectamente secos!”.

Recordemos también nosotros algunas fechas: Puig-Antich fue fusilado en 1974, Vidal-Foch nació en 1956, Ada Colau en 1974.

La pena de muerte es un castigo bárbaro e intolerable. No solo por su misma naturaleza sino también por su incuestionable irreversibilidad. Hay otros medios de mantener a los depredadores fuera del campo social. Pero la pena de muerte parece ser, al mismo tiempo, una irresistible tentación para los aficionados a las memorias selectivas. También aquí hay ejecuciones y ejecuciones. Y ejecutores y ejecutores. Ya sabemos, e incluso podemos resignadamente aceptarlo, que el ser humano no disfrutará nunca de una serenidad olímpica a la hora de construir y enjuiciar al enemigo.

Pero al menos podrían ahorrarnos exhibiciones impúdicas de falsos dolores.

 



 

Perversión del relato (histórico) y de la acción política. F. Sánchez Pintado

Fernando Sánchez Pintado

 Las reflexiones que suscita La memoria del rencor sobre las relaciones entre memoria y olvido, justicia y venganza, perdón y rencor, historia y política, son extremadamente sugestivas pero muy exigentes, obligan a una aproximación teórica que va de la antropología a la moral, de la psicología a la política; y nos abren campos que, en principio, podían parecer muy alejados y, sin embargo, están íntimamente unidos, tanto que, sin a menudo ser conscientes, tomamos elementos de uno de ellos para explicar o incluso fundamentar otro.

No intentaré hacerlo, obviamente está fuera de mi alcance. Trataré de apuntar alguna de las relaciones entre perdón y olvido, y con un poco más de detalle entre historia (entendida como relato) y política.

Entre perdonar y olvidar, como señala Cecilio de Oriol, a veces se establece una equivalencia. Quizá por la dificultad de explicar su relación, pero también por justificar que no se perdonen las (grandes) ofensas y estemos, sin embargo, obligados a hacerlo. Es bastante común decir «perdono, pero no olvido». Cuando se hace a título personal, viene a significar que es un perdón condicionado que puede anularse si se vuelve a producir una ofensa similar a la perdonada. Y, a veces, una menor. Las infidelidades conyugales son ejemplos triviales pero muy reales de cómo se puede perdonar sin olvidar. Y el que es perdonado lo sabe. De igual manera, cuando afecta a la sociedad se traduce en antecedentes penales (sea por cumplimiento de la pena o por indultar al condenado), imperecederos incluso cuando se cancelan: la reincidencia en que puede incurrir quien ha sido perdonado es un buen ejemplo del no-olvido, de una memoria desactivada hasta que sea necesaria. En ambos casos, el perdón es una amenaza latente que puede convertirse en un agravante.

¿Se podría invertir la frase y decir «olvido, pero no perdono», como señala Amelia Valcárcel en La memoria y el perdón? Es significativo que no se haya convertido en una expresión habitual, al menos yo nunca la he oído. ¿De verdad, es posible olvidar si no se ha perdonado, es decir, si la ofensa sufrida sigue viva y nos hace querer castigar de una forma u otra al culpable? Mientras que el perdón sin olvido supone un cierto poder de quien puede perdonar y conservar por si acaso el recuerdo de la ofensa, el olvido sin perdón consiste en lo contrario: en la ausencia de poder de quien está obligado a perdonar porque es impotente para castigar (o guardar en la memoria el indulto del castigo momentáneamente suspendido), es el reconocimiento de una debilidad que se refugia en la no-memoria para no tener que seguir sintiendo de manera permanente la ofensa, que sin castigo (o perdón) nunca es clausurada.

Ante situaciones conflictivas y complejas, casi siempre hay quien tiene una solución indiscutible y única. En general, consiste en negar el problema o, al menos, en suprimir los matices, las inevitables ambigüedades. Y esto, cuando se lleva al terreno político, es más que un error, es una forma de reordenar la historia. La primera negación es que, respecto a nuestra historia reciente, sea posible que existan ciudadanos que «perdonan, pero no olvidan» y otros que «olvidan, pero no perdonan». La segunda negación es que, si existen, habrá que poner los medios para que el recuerdo sobrepase al olvido, y hacer de él una parte activa del presente. Esto crea inevitablemente un clima de confusión, porque altera los equilibrios que la propia sociedad ha ido consiguiendo, no sin esfuerzo, a lo largo de años, sin ofrecer a cambio otros reales. Y también hasta cierta crispación que es más hiriente para quienes más razones tenían para no traer al presente lo que no tuvieron la posibilidad de perdonar y sí olvidaron. Porque esta vuelta a la realidad presente de lo que había sido borrado de ella mediante el olvido (sin perdón) no puede tener otro valor que el mero símbolo y los dolorosos derivados que se siguen de él, y el primero el de mostrar la impotencia de quienes tuvieron que olvidar forzosamente.

Por ello podemos preguntarnos si no se trata tanto de no-olvidar como de rehacer la memoria. La historia, como todos sabemos, incluye muchas cosas detestables, y debe estar sujeta a reflexión y sacar consecuencias de ella, pero nadie, y tal vez menos que nadie un movimiento político, puede considerarse portador de la memoria colectiva. Ese es el camino seguro para excluir de ella a quienes no comparten su interpretación. Puede que no sea esa su intención, pero de la misma manera que en las acciones bélicas se producen daños colaterales, en este caso creer que se representa la verdadera historia, y hacer de ello bandera política, es una forma muy especial de negar la realidad pasada, para rehacerla a su medida, y dictar cómo es el presente.

Y esto último nos lleva a considerar otro de los problemas al que me refería al comienzo. Los contrasentidos y falsificaciones a los que asistimos en la sociedad española sobre la relación entre historia y política son de tal naturaleza que podrían denominarse perversión del relato (histórico) y de la acción política.

Hay algo fascinante en la transformación de los hechos en una narración que se transmite a otros que no han sido actores o testigos de ellos. Sin embargo, o tal vez por consiguiente, es la distancia que está en el origen de ese relato lo que, paradójicamente, contribuye a formar una opinión firme, a menudo inalterable durante mucho tiempo, acerca de tales hechos. Un fenómeno que representó una ruptura con la continuidad mítica y dio origen a la historia, y que en la modernidad, sometido a un sistema formalizado de constatación empírica, constituye nuestro pasado.

No es posible hoy entender nuestro mundo sin ese relato llamado historia; sin las múltiples, contrapuestas y, de tarde en tarde, cambiantes versiones de los hechos que han llegado hasta nosotros y a partir de las cuales hemos construido una interpretación. No hay por qué poner en duda la relativa fiabilidad de ese relato, mientras que otros hechos acreditados no aparezcan y sirvan de base para forjar un nuevo relato, que siempre será parcial y no enteramente concluyente, siempre sujeto a nuevas pruebas, a nuevas interpretaciones. Sin estos dos elementos −sin la constatación de los hechos y sin la interpretación que dé cuenta de ellos de manera global y con la sencillez de cualquier demostración− no es posible que haya cambios sustanciales en el relato histórico.

Hoy, sin embargo, asistimos a una situación sorprendente. Se construyen relatos de aquello que estamos viviendo, de lo que ocurre ante nosotros, de lo que vemos y oímos, de lo que en alguna medida somos partícipes, pero se hace como si vinieran del fondo de la historia, de un verdadero pasado que se nos había ocultado. En esto consiste buena parte de su poder de atracción. Y por más imaginarios que sean no importa, lo que cuenta es que respondan al hilo de su narración, porque lo que la fundamenta es su propia trama narrativa; nada hay fuera de ella: los de arriba-los de abajo; lo viejo-lo nuevo; lo deseado-lo real; los amigos-los enemigos. Un relato muy antiguo, sin duda, y que ha llevado a catástrofes que sí son verdaderamente constatables y recientes. Un relato que presenta lo que ocurre hoy como si hubiera ocurrido hace siglos, esto es, grabado en la piedra de la historia, con la indudable ventaja de ser «enteramente real», sin que quepa, pues, ponerlo en duda ni interpretarlo. Pero ¿en qué sentido podemos decir que es algo sorprendente? Siempre ha habido engaño y manipulación de los hechos. La diferencia estriba en un matiz poco perceptible pero esencial: en este tipo de relatos políticos la realidad y su interpretación no tienen que ver con los hechos, sino que éstos lo son sólo en la medida en que forman parte del relato. Y este es el cambio radical, es una ruptura con la racionalidad, es una forma de interpretación ahistórica que pretende ser, en un sentido nada metafórico, una nueva realidad y al suprimir los hechos crear una continuidad mítica de lo que fue a lo que será. Si exceptuamos el período totalitario del siglo xx, nunca se había llegado tan lejos en la sustitución de la realidad por aquello que se dice sobre ella.

El sustrato social y cultural del que surgen y se nutren algunos partidos y movimientos políticos en España, cuyos representantes más visibles son Podemos y los nacionalismos identitarios, está logrando el milagro de convertir lo imaginario en real. Es de tal naturaleza que hace imposible el debate racional. En eso consiste su éxito, en que los ciudadanos a los que va dirigido el relato se sientan tan íntimamente comprendidos que no vean lo que es, sino lo que se dice sobre ello. Y sobre ellos. Es el triunfo del relato sobre la acción política, que queda en segundo plano, que desde ese momento puede ser lo uno y lo contrario, porque esa diferencia, que es lo constitutivo de la acción política, para el pensamiento que anula lo real en nombre de las ideas de totalidad perfecta carece de sentido.

Cabe también preguntarse si todas las ideas políticas no son relatos más o menos ajustados a la realidad y cuya intención, partiendo de una visión inevitablemente parcial e interesada, es ofrecer un panorama futuro como mínimo más prometedor. En ese sentido, cualquier idea política tiene un componente de relato gracias al que comprendemos mejor lo que ya sabíamos o, en algunos casos, lo que todavía no sabíamos. Sin embargo, en la política el relato no es lo único, sino algo más o menos coyuntural y, por tanto, de ninguna manera pretende imponerse a la propia realidad. Ese movimiento de desplazamiento sólo se ha producido en el pensamiento político totalitario, en el que todo aquello que no forma parte de su relato es aceptado sólo en la medida en que aún no se ha realizado plenamente, porque en su culminación habrá sido erradicado.

Como por el momento no se presenta abiertamente en estos términos, puede parecer un temor injustificado. Pero, más allá de una valoración de la actual situación política española y de su futuro previsible inmediato, el problema al que asistimos, si es posible asistir a un problema, es que la acción política está siendo desplazada de manera gradual y constante por el relato de la política. Desplazada y negada. Y es la fascinación de cualquier relato lo que hoy avanza peligrosamente. O dicho de manera más precisa, se está produciendo la inversión del sentido propio del relato, de lo que dio origen a la historia como comprensión racional de los hechos, para dar lugar a una «nueva» forma, a una perversión del relato que anuncia su negación, sencillamente porque anula su valor. Por eso, frente a la política como relato, para mostrar la inanidad y falsedad de la política reducida a una especie de relato mítico, es necesario romper las coordenadas que trata de imponer como el único camino, como la redención de todos los males, y recuperar el valor de la política como acción diversa, contradictoria, limitada y concreta sobre lo real.

Compartir