Texto citado: Medidas contra una sublevación de Pacotilla, Francisco Sosa Wagner

Francisco Sosa Wagner

(Texto publicado originalmente en Cinco días, 30 de octubre de 2017)

In extremis, cuando ya la rebelión institucional de los gobernantes de Cataluña alcanzaba maneras de burla y soez escarnio a la Constitución y a las leyes de España, el Gobierno se ha acordado de que dispone del art. 155 de la Constitución para poner firmes a los gobernantes sublevados. Cualquier observador advertía desde hace muchos meses que en Cataluña se organizaba y planificaba con meticulosidad la construcción de un Estado independiente ya que, incluso sus máximos responsables nunca lo han ocultado. Pues bien, el Gobierno ha necesitado que en una sesión parlamentaria bochornosa, ausentes los diputados de la oposición y donde todo era un trabuque de leyes y un naufragio de reglamentos, se proclamara literalmente la nueva República de Cataluña, social, democrática y no sé cuántos adjetivos más, para enterarse de lo que, insisto, todos veíamos por poca atención que prestáramos a la evolución de la actualidad y de los acontecimientos.

Nunca es tarde si la dicha es buena dice una manoseada y tontuna expresión popular. Acordándose de ella, el Gobierno, como he adelantado, echa mano del artículo 155 y se dirige al Senado para impetrar el acuerdo que esta norma exige. Precepto cuyos entresijos no voy a contar aquí pues no creo que exista a estas alturas un solo ciudadano responsable que no haya tenido ocasión de trabar conocimiento íntimo de ellos. Sí quiero recordar que análogo precepto figura en muchas Constituciones europeas entre las que destaca, porque parece haber servido de inspiración al legislador español, la de la República Federal de Alemania (art. 37).

Si leemos a los comentaristas canónicos de esa Constitución, me refiero al magno libro que se conoce como el Maunz-Dürig- Herzog, sabremos que nada les repugna, siempre con respeto al principio de proporcionalidad, la emisión de instrucciones o directrices de carácter general o singular a seguir por el Land renuente; la ejecución sustitutoria de sus deberes; la transitoria apropiación de parte del poder del Land por un órgano de la Federación —la gestión tributaria, por ejemplo—; el envío de “comisionados”; en fin, la presión económica o financiera para que el Land actúe en tal o cual dirección y de acuerdo con los intereses federales. Este precepto nunca se ha aplicado, pero sí fue muy frecuente el recurso al mismo del homólogo de la Constitución alemana precedente, la de Weimar, pues fueron varios los Länder intervenidos, culminando con la práctica desaparición (en 1932) de Prusia.

El español artículo 155 no es más que la faz adusta del federalismo, pues todo no va a ser un festival de transferencias de competencias y de fondos.

¿Y qué han hecho los gobernantes españoles para mostrar ese rostro desabrido de nuestro particular sistema autonómico? Pues aprobar una serie de Decretos (el 944/2017 de 27 de octubre, el 945/2015 del mismo día, etc.) que ponen en prosa reglamentaria las “medidas” autorizadas por los senadores.

Hay que decir que el trabajo de técnica jurídica hecho por el Gobierno es correcto y que el Senado ha actuado con eficacia teniendo en cuenta que estrenaba atribuciones. Bien delicadas, por añadidura.

Así, en virtud de esos Decretos, se han cesado a los altos cargos de la Generalitat, empezando por su presidente; los ministros del Gobierno han asumido las funciones que desempeñaban los Consejeros; los Mossos d’Esquadra han conocido la remoción de sus mandos supremos; se ha afianzado el control de la gestión económica de la Comunidad intervenida; se han extinguido las particulares “delegaciones” o embajadas que la Generalitat había creado en el extranjero ante las mismísimas barbas del Gobierno de España que, aun intentándolo de buena fe, no ha podido evitarlo. La misma extinción afecta a multitud de organismos cuya enumeración los viciosos de la letra pequeña pueden consultar en los Anexos y textos de los Decretos. Aunque la “extinción” de organismos tiene su punto de gracia porque quienes algo hemos leído sobre historia de la Administración o alguna experiencia tenemos, sabemos de la habilidad que han demostrado todos los organismos que en el mundo han sido para renacer de entre las cenizas de las reformas administrativas más audaces. Artillería muy pesada he visto usar contra ellos, siempre con un lastimero saldo de fracaso.

En cualquier caso tales Decretos constituyen una fuente de reflexión para los administrativistas jóvenes pues encierran muchos ingredientes nuevos que, a falta de mejor entretenimiento, han de dar lugar a debates jugosos y cargados de sabiduría. No avanzo más porque acabaría dando pistas a los sublevados.

Y, por supuesto, la medida estelar desde el punto de vista político: la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones a celebrar el 21 de diciembre próximo. El verdadero meollo del recurso al artículo 155, su busilis como se decía antaño. Mucho se ha discutido acerca de la constitucionalidad de esa disolución. A mi juicio es perfectamente posible de acuerdo con los fines que persigue una operación de esta importancia si se tiene en cuenta el papel abiertamente insurrecto que ha desempeñado esa cámara y especialmente su presidenta, una activista confesa del separatismo que se ha permitido arengar a las masas con un megáfono para entorpecer la acción de la Justicia, un Poder del Estado del mismo rango que el que ella representa.

Menos mal que la convocatoria electoral resta jugo a esa polémica jurídica porque el horizonte de las urnas implica la disolución del Parlament. La ausencia de funcionamiento de una Diputación permanente —habitual en períodos electorales— no creo que albergue inconstitucionalidad alguna porque su función más relevante, la de control del Gobierno, no puede ejercerse por la concluyente razón de que ese Gobierno ya no existe. Improcedentes serían pues las lágrimas —de cocodrilo— vertidas por no disponer de tal Diputación si se tiene en cuenta que el Parlamento mismo había dejado de funcionar como tal desde hace meses por el real —o más bien republicano— capricho de su Presidenta. Y porque el control de los actos de los nuevos gobernantes está atribuido a un órgano que designe el Senado.

¿Qué es lo que falta en términos jurídicos? La decidida intervención en los medios de comunicación públicos, excluida —en mala hora— de las “medidas” ex art. 155. Esperemos que la Junta electoral sepa restaurar la pluralidad informativa para asegurar la limpieza de un proceso electoral en el que prácticamente ya estamos si no lo descarrilan los partidos separatistas.

Y falta cualquier alusión a la necesidad de intervenir en la educación para evitar que siga violentándose la historia y tergiversándose la geografía (pronto le llegará el turno a las matemáticas y a la química) siempre pro domo de los intereses y discursos nacionalistas. Siendo este el epicentro de la “cuestión catalana” tal como la estamos viviendo en estos comienzos del siglo XXI, sé bien que es un objetivo a largo plazo a perseguir por los políticos. Ahora bien, de momento, bien podrían el Gobierno y el Senado haber anunciado —al menos— su intención de dar lustre y sacar un poco de brillo a la Alta Inspección del Estado que, como el arpa del poema, se halla “silenciosa y cubierta de polvo” en un ángulo oscuro cuando son tantas las notas que “duermen en sus cuerdas”.

En el momento en que esto escribo ignoro las acciones que piensa acometer y con qué ritmo temporal la Fiscalía General del Estado contra quienes han triturado el orden constitucional español. De momento lo que sabemos es que al Gobierno no le repugna la idea de ver como candidatos a los responsables de la conjura.

Concluyo recuperando conocimientos de mi época de alférez de Infantería. Todas estas medidas y decretos se me antojan proyectiles lanzados desde el aire, desde aviones o desde esos drones modernos. Ahora falta que baje a tierra la fiel Infantería y se manche las botas de barro. Y ahí permítaseme predecir que las acciones del actual Gobierno serán pocas y esas pocas más bien diseminadas.

Pero esta reflexión no debe tomarse en cuenta porque procede de un señor jubilado de provincias.

 



Comentario de José Lázaro

José Lázaro

El artículo de Sosa Wagner titulado “Medidas contra una sublevación de pacotilla” ofrece, por un lado, la ocasión (no muy frecuente) de estar en desacuerdo con él, y por otro la de intentar desarrollar, con precisiones que quizá en este caso no lleguen a ser objeciones, algunos aspectos muy importantes a los que su texto apunta pero en los que no llega a entrar.

El desacuerdo se refiere al momento en que el gobierno español aplicó el artículo 155, que a Sosa Wagner le parece in extremis tardío, “cuando ya la rebelión institucional de los gobernantes de Cataluña alcanzaba maneras de burla y soez escarnio a la Constitución y a las leyes de España”. En su opinión, el gobierno español no debería haber esperado tanto para cortar el procés separatista que se estaba desarrollando a la vista de todos. Llega a decir Sosa Wagner que hasta la bochornosa sesión parlamentaria del 27 de octubre en la que el gobierno catalán votó por fin la proclamación de su república bananera (perdón, quise decir de su república independiente), no llegó el gobierno español a “enterarse de lo que, insisto, todos veíamos por poca atención que prestáramos a la evolución de la actualidad y de los acontecimientos”.

 Es cierto que muchos compartimos esa sensación de que el gobierno de Rajoy estaba dilatando inexplicablemente las medidas necesarias para cortar el delirio narcisista del gobierno catalán y sus servicios auxiliares. Pero es precisamente ahora, cuando el artículo 155 acaba de aplicarse y Sosa Wagner escribe su artículo, cuando hay buenas razones para pensar que estábamos equivocados. Las dos impresionantes manifestaciones que llenaron Barcelona, a la vez, de banderas catalanas, españolas y europeas, ¿habrían llegado a celebrarse si Rajoy hubiese actuado un mes antes? Además de ellas, hay cada vez más datos para pensar que muchos ciudadanos catalanes sólo se fueron dando cuenta de la clase de profetas que les conducían hacia el paraíso con barretina precisamente cuando contemplaron la inconcebible serie de patochadas que los independentistas fueron escenificando a lo largo de septiembre y octubre.

Sin duda tiene razón Sosa Wagner cuando plantea que, desde el punto de vista jurídico, Rajoy podría haber hecho mucho antes lo que finalmente hizo. Ahora bien: ¿habría tenido el respaldo del PSOE —y el mayoritario apoyo de la ciudadanía— si lo hubiese hecho a mediados de septiembre?

Habría que analizar detenidamente la forma en que los nacionalistas lograron durante años dignificarse ante la mirada de muchas personas sensatas, especialmente las de izquierdas. Pero es evidente que la opera bufa representada en Barcelona durante los dos últimos meses les ha aclarado la vista de forma muy saludable. Cuando el enemigo se lanza por su propio impulso hacia el abismo, ¿no es buena táctica la de dejar que se cueza en su propia salsa y darle cuerda para que se ahorque? Porque la pela es la pela, como saben muy bien los banqueros y empresarios catalanes. Y la apisonadora judicial avanza, sin prisa pero sin pausa, pisándole los talones a la banda de los Pujol Mas Ferrusola más subalternos. Porque conviene recordar que no son dos, sino tres, los jordis encarcelados: el primero se llama Jordi Pujol Ferrusola, hijo, nada menos, que del Gran Timonel y la Madre Superior. ¿Acabará resultando que la Madre Superiora era la madre del cordero?

Y aquí enlazo con el aspecto que convendría desarrollar del artículo mencionado. Acaba comentando Sosa Wagner que haría falta tomar medidas en el campo de la educación y de los medios de comunicación que imparten doctrina catalanista. Evidentemente: hace ya muchos años que El Padrino dijo aquello de: “Primero paciencia, después independencia”. Son ya muchas las décadas de paciente labor preparatoria: el adoctrinamiento de los niños en los colegios y los adultos en TV3 y demás órganos de expresión nazionalista. (No, no con “c”, con “z”). La inmersión lingüística obligatoria. La construcción sistemática del enemigo identificado con España. La persecución social del disidente… Es exactamente el mismo método que siguieron en el siglo veinte (especialmente en su primer tercio, pero también después, a menor escala) las sociedades que decidieron construir un régimen totalitario.

El éxito está a la vista. ¿Alguien sabe si se ha investigado cuál es el porcentaje de separatistas catalanes entre los menores y entre los mayores de 35 años? Si la diferencia resulta ser insuficiente para la “liberación nazional”, quizá tendrán los patriotas catalanes que tener un poco más de paciencia: al fin y al cabo los que hoy tienen 16 años tendrán dentro de poco 17 y un años después 18…

Ese es mi punto de acuerdo con el difícil objetivo que Sosa Wagner propone: contrarrestar sobre el terreno, manchándose de barro, varias décadas de adoctrinamiento sectario. Pero es muy peligroso hacerlo ondeando banderas españolas, oponiendo sentimientos a sentimientos, resucitando patriotismos centralistas frente a patriotismos periféricos. La manipulación emocional de las masas no se puede combatir oponiéndole masivamente emociones contrapuestas. Para curar la intoxicación pasional de los nazionalistas no hay más remedio que iniciar un largo proceso de ilustración, de reflexión pública, argumentación y deliberación. Habría que desmontar racionalmente las grotescas mitologías catalanistas, pero eso no se puede hacer resucitando mitologías españolistas, sino con un largo proceso de educación racional, argumentada y contrargumentada, documentada y diversa. Habría que poner una y otra vez sobre la mesa razones bien fundadas para ir limpiando las telarañas que ha construido la irracionalidad. Habría que construir relatos, narrativamente atractivos, que aclaren la verdad histórica frente a la falsificación interesada del pasado. Habría que difundir reflexiones serenas de carácter polifónico en los colegios, en los periódicos y en los estudios de televisión catalanes.

Durante varias décadas, los gobiernos (interesados) del PSOE y del PP permitieron que los pujoles más puigdemones sometiesen al pueblo catalán (especialmente a sus niños) a un auténtico lavado de cerebro, contemplado con una sonrisa por la izquierda y jaleado por el coro entusiasta de los nazionalistas vascos, gallegos, baleares o valencianos (más algunos imitadores paródicos, como aquel político andaluz que lamentaba la desgracia de que su “patria” no tuviese una lengua propia). Hará falta ahora mucha paciencia —tanta como la que predicaba el marido de la Madre Superiora— si se decide ahora desnazionalizar las mentes de sus víctimas.

No hay por el momento indicios de que vaya a intentarse en serio realizar ese ejercicio de higiene mental.

 



Comentario de Mariano de las Nieves

Mariano de Las Nieves

4 de diciembre de 2017

La tentación de meterse donde nadie le llama a uno es, generalmente, una insensatez. Pero a veces la insensatez supone un atractivo suplementario e irresistible.

El tan traído y llevado “problema de Cataluña” ya suscita una atronadora unanimidad entre la gente que piensa: todos los califican de aburrido (los más prudentes) y de franco coñazo (los más castizos). Pero ahí sigue y seguirá, ampliado y corregido, tras la fantasmática llamada a las urnas del próximo 21 de diciembre próximo.

Deliberar ha mencionado de nuevo el tema en un intento de deliberación de José Lázaro como ¿comentario? a un articulo, serio e irónico al tiempo, como la mayor parte de los suyos, de Francisco Sosa Wagner.

Pero analizar una y otra vez el comportamiento de la pandilla separatista (es el calificativo correcto, dejemos ya los eufemismos) es, sin duda, un ejercicio melancólico, como lo fue, en circunstancias mas dramáticas y con muertos sobre la mesa, intentar entender el caso de ETA desde el punto de vista de las conductas políticas normalizadas.

Tuvo que venir Patria para poner los puntos sobre las íes de lo que todo el mundo sabia y nadie se atrevía a decir.

Por eso si queremos debatir (siquiera mencionar) algo sobre el tema catalán vayamos a las raíces y dejemos de una vez la puntita de las ramas.

¿Un punto de partida?: El titular del sábado pasado en El País y en primera pagina: “Estrategia de construcción del enemigo español” (https://politica.elpais.com/politica/2017/12/01/actualidad/1512147095_879949.html).

Ni choques de nacionalismos, ni pueblos oprimidos, ni próceres envueltos en banderas, ni zarandajas varias. Un irracional supremacismo trufado (¡ay la ceguera de la izquierda!) con el egoísmo de los ricos y con trocitos de añoranzas carlistoides de la Cataluña profunda, en una alianza meramente coyuntural y táctica (¡dónde quedó la estrategia!) con los supervivientes de la FAI y los restos menesterosos del comunismo estalinista.

Una alianza, dicho en corto, de fuerzas que ganando en conjunto no tardarían ni diez minutos en abalanzarse los unos sobre los otros y no precisamente para darse besos.

Pero a los españoles nos encanta aquello de discutir si son galgos o podencos. La costumbre de ser siempre conejitos.

Quizá habría que empezar hablando de eso: de los conejitos.

 



Comentario de Fernando Sánchez Pintado

Fernando Sánchez Pintado

18 de diciembre de 2017

La sublevación de los poderes públicos de la Generalitat ha sido, sin duda, de pacotilla, como se vio con toda claridad en el mismo momento en que fue declarada la república independiente de Cataluña, pero eso no quiere decir que no haya sido una sublevación. También es cierto que fue abortada, tarde y mal como se ha señalado reiteradas veces, pero eso tampoco quiere decir que no vaya a tener consecuencias. Unos días antes de que los catalanes elijan, esta vez sí democráticamente, a sus representantes en el parlamento autonómico, me sumo a la deliberación abierta por el artículo de Sosa Wagner no para abundar en la gravísima situación política que provocó, o en la que culminó después de años de maduración, esa sublevación de pacotilla. Quiero aportar algunas reflexiones, sin duda muy limitadas y parciales, sobre el papel decisivo de la mentira como fundamento e instrumento de quienes la organizaron.

Se considera que la mentira es consustancial con la política y, en consecuencia, no se le da excesiva importancia, cuando precisamente en la vida pública es un indicador preciso que nos advierte del grado de salud o deterioro del cuerpo social. No voy a mencionar el extremo falseamiento de la realidad –en el terreno económico, social o histórico- al que han llegado en Cataluña los partidos independentistas, sirviéndose de las instituciones democráticas, es de sobra conocido. Lo que resulta distinto a las habituales fabulaciones políticas, y mucho más peligroso, es cómo han sido recibidas esas mentiras por la población, porque, en lugar de tomarlas por inevitables con la natural dosis de escepticismo y precaución ante todo lo que viene del poder, parece que estuvieran deseosos de escucharlas y creerlas. Esto sobrepasa los límites que habitualmente se atribuyen a la mentira, hasta el punto de que nos preguntamos cómo resulta posible que, contra toda lógica, se mienta a aquellos que saben que lo que se les dice es mentira pero han decidido creerlo, y, aun a sabiendas, la esperen y la reciban como si fuera verdad. Como si se hubiera invertido el orden racional y se aceptara que en la vida social, en lugar de a la verdad, la primacía corresponde a la mentira.

Esto no es nada nuevo, es una constante de todos los regímenes totalitarios, mientras que en los estados democráticos, aunque los poderes públicos también mientan, al menos tienen que aparentar lo contrario. Es, como dijo la Rochefoucalud, el tributo que rinde el vicio a la virtud. Sin embargo, el nacionalismo desbocado no tiene que recurrir a ningún subterfugio, está por encima de ellos. Por supuesto, también presenta lo que dice como si fuera verdad, pero ya no necesita que tenga una apariencia mínimamente lógica. Basta que sea dicho por quien debe ser dicho para que, aun a sabiendas de que no es cierto, se tome por verdad. Tenemos tantos ejemplos que sería una lista inacabable. La cuestión que, en esa situación, se plantea, es cómo podríamos vivir en una sociedad que aceptara la mentira como principio de la vida pública, qué tipo de relaciones sociales se establecerían entonces.

Hay algo en la mentira que parece una obviedad y no lo es, que nos parece incuestionable y, sin embargo, es confuso y no se corresponde, o no enteramente, con nuestra experiencia cotidiana. Podemos formular esta evidencia así: no sería posible mentir si el interlocutor a quien se dice la mentira no esperase que le dijeran la verdad, es decir, sólo se puede mentir porque se confía en que se diga algo verdadero. En caso contrario, no sería mentira (por ejemplo, en la ironía, las bromas o la ficción) o no tendría éxito. El problema es que, aun siendo esto cierto, la realidad es muy distinta, como hemos podido comprobar no sólo en el caso de Cataluña, que más bien es una de las variantes del populismo que gana terreno día a día en el mundo. En tanto que la mentira política tradicional está asociada a la diplomacia, la guerra y la seguridad, o a la mercadotecnia electoral de promesas nunca realizadas, en suma, se trata de una mentira que se mantiene en círculos restringidos y es aceptada como un mal menor por los ciudadanos, este otro tipo de mentira tiene lugar —lo cual no excluye las formas tradicionales— a plena luz del día, de manera no sólo pública, sino podría decirse que necesita hacerse en público, sin ocultar que se está mintiendo, para alcanzar su objetivo. Esta forma de mentira pública, que se ha dado en llamar hechos alternativos o posverdad, tiene su origen y, hasta el momento, su máxima expresión en los regímenes totalitarios del siglo XX. Hitler escribió en Mein Kampf: “Una mentira colosal encierra una fuerza tal que impide dudar”. Y las escribió, las dijo y las creyeron.

Puede parecer excesivo relacionarlo con lo que ocurre hoy. Sin embargo, aunque el contenido de las mentiras no sea el mismo, el mecanismo es similar, o al menos está emparentado. Por eso, para apreciar si los poderes públicos en Cataluña están utilizando el sistema de la mentira colosal para que se tome como la única verdad, cuando a todas luces es mentira, y además una mentira increíble, creo que hay que distinguirla de lo que podríamos denominar la mentira corriente.

Para apreciar la enorme diferencia entre la mentira normal que está al alcance de todos los hombres y la mentira colosal, hay que tener presente que la mentira no se sitúa en el plano de verdad y error, la relación no se establece entre la realidad y lo que se dice, que puede ser verdadero o erróneo, sino entre lo que se dice y lo que piensa o cree quien lo dice. Es una obviedad a la que es necesario añadir que el mentiroso, además de tener la intención y la voluntad de engañar, haya calculado previamente la forma en que su interlocutor recibirá sus palabras y reaccionará ante ellas, porque es la relación entre los interlocutores lo que determina la mentira. Es aquí donde podemos ver lo que hoy ha cambiado en la forma y el contenido de la mentira nacional-populista que ha superado los límites tradicionales de la mentira política.

A diferencia de la mentira corriente, la nueva mentira pública es una mentira en segundo grado y el mentiroso no tiene que ocultar, como señalaba Koyré en 1942 acerca del nazismo, su intención de mentir para que tenga éxito su mentira. Es más, su éxito consiste en que no importe que sea mentira, porque se ha suprimido previamente el valor de verdad de quien diga lo contrario y, más delante, de que la verdad como tal tenga algún valor. Es una elaboración de la mentira por círculos: en el primero están los que la construyen; en el segundo, los que saben que es mentira pero interpretan que detrás de ella hay otra verdad tan colosal como la mentira misma, o dicho de otra manera, que exige una mentira aún más colosal que la verdad oculta (la liberación de una nación o la supresión de una raza) y por eso la exponen en público y la multiplican y la hacen creíble; en el último círculo se encuentran los que la reciben sin importarles ya si es verdad o mentira, sencillamente porque han llegado a creer que esta es una distinción sin sentido.

¿Qué fueron más efectivas, las presiones de Donald Trump a la empresa que contabilizó el número de asistentes a su toma de posesión para que no fueran menos que a la de Obama o inflar desvergonzadamente la cifra y decir que eran hechos alternativos? La nueva mentira convierte los hechos en interpretaciones y, a su vez, hace que las interpretaciones no estén sujetas ni al principio de verdad ni al de veracidad, son simplemente dichas y transformadas en otra verdad por el siguiente círculo de la mentira hasta llegar al último, hoy a través de las redes sociales. Entonces, aunque sea absurdo sostener que santa Teresa o Cervantes eran catalanes, es algo que ya no tiene importancia, es irrelevante una vez que los hechos se pueden modificar según la interpretación que convenga: la nueva mentira falsifica y crea otra realidad en la que los hechos (verdaderos) son secundarios o inexistentes, y sobre esa nueva realidad recién creada se levantan otros hechos alternativos de manera progresiva para confirmarla. Así se reconstruye la historia, de manera semejante a como Stalin borró a Trotsky hasta de las fotos. Evidentemente, la contraposición entre verdad y mentira sigue existiendo, es insuperable, pero en la concepción totalitaria o en la nacional-populista, en contra de los principios de la razón, la primacía pertenece a la mentira que descompone el entramado social y niega el valor de la verdad desde el momento en que los hechos son relativos y quedan reducidos a interpretaciones tan válidas unas como otras.

Por supuesto, hay múltiples formas de conseguir estos resultados. Henry Rousso, sin pretender ser exhaustivo, enumera una docena en Las raíces del negacionismo en Francia. Cualquiera de nosotros podría añadir alguna más después de ver una tertulia en televisión o escuchar algunos discursos políticos. Quiero mencionar algunas por su valor simbólico y porque nos permiten apreciar mejor el sentido del aluvión de mentiras que se ha desatado en Cataluña. Por ejemplo, “anteponer principios y valores a los hechos injustificables sin necesidad de negarlos”, “no negar los hechos, sino contextualizarlos y buscar causas ajenas a los responsables de forma que se trivializan los hechos y se justifican ellos”, “sin negar ni reconocer los hechos culpar a los otros de hechos similares, sean reales o no”.

Pero hay una forma que ha tenido y tiene un éxito estremecedor: “culpabilizar a las víctimas con argumentos genéricos y ajenos a los hechos, para que sin necesidad de negarlos, se entienda que no son lo que son y dicen las víctimas”. El caso paradigmático: los judíos fueron los causantes de la guerra e inventaron el holocausto. Es el mismo procedimiento del que se sirven los partidos que hoy en Europa han vuelto a levantar la bandera del supremacismo y la xenofobia. Y también en nuestro país, baste recordar la inversión de la culpa durante los años de plomo en el País Vasco o en el discurso victimista y falsario del nacionalismo en Cataluña.

En todas estas formas de convertir la mentira en verdad hay un elemento común: desacreditar el valor de los hechos, hasta el punto de que ya no sea necesario negarlos y se pueda entonces afirmar lo que no es verdad como si lo fuera. Y será tenida por tal, porque previamente se ha trazado una línea infranqueable entre amigo/enemigo que es lo que determina lo que es verdad. Este triunfo de la mentira que prescinde de una mínima lógica e incluso de la verosimilitud, que sustituye los razonamientos por las emociones, que proclama la pertenencia a un grupo contra y por encima de otro, es extremadamente grave. Produce en los ciudadanos hastío, confusión y miedo, y bajo el incesante bombardeo de la mentira se protegen sometiéndose a ella y rechazando los hechos que la contradigan. Esto ocurrió en los regímenes totalitarios y hay signos alarmantes de que, a pesar de contar todavía con una estructura democrática, avanza en Cataluña. Las formas en que se han utilizado, y se siguen utilizando, estas mentiras colosales de forma permanente e ilimitada en escuelas, medios de comunicación e instituciones públicas, no es sólo un problema político, que hace peligrar la convivencia, sino que podrían hacer que la verdad no sólo fuera un asunto sin importancia, sino que no se llegara a saber en qué consiste que algo sea verdadero o falso. Esta sería la consecuencia más grave de la sublevación de pacotilla del independentismo, porque sería una forma de suicidio social.

 



 

Europa como mito en el que proyectar una España mejor, Ángel Bizcarrondo

 

Artículo publicado por nuestro colaborador Ángel Bizcarrondo en El Español el 1 de diciembre de 2017

Ángel Bizcarrondo

Se atribuye a Churchill la definición del fanático como “la persona que no puede cambiar su forma de pensar y no quiere cambiar de conversación”. El hilarante episodio del preso que pide el cambio de celda porque no puede soportar la verborrea de su vecino secesionista confirma el acierto de la frase.

El fanatismo es una patología contagiosa, no sólo para los directamente infectados, sino también para el resto, como demuestra el hecho de que el asunto catalán se haya adueñado de todas las conversaciones, por lo que debemos preguntarnos si no sería más razonable que habláramos menos de Cataluña y más de España.

Absortos y desconcertados por la confusión y el ruido hemos desatendido nuestro auténtico interés. Carece de sentido intentar aplacar a los fanáticos, a los que nada debemos. Serán ellos quienes hayan de procurar remedio a su desvarío. El exaltado es refractario a razones y argumentos, de modo que sólo la dolorosa aceptación del principio de realidad puede devolverle la cordura.

Pero la aplicación de este principio exige también admitir que el ser humano necesita soñar con un mundo mejor. El mito surge como compensación de nuestra condición precaria. “Habrá mitología mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamín.

El reclamo del paraíso ha sido una ensoñación que ha fascinado a la humanidad a lo largo de la historia y ha servido para fijar un ideal común que mantuviera unido al grupo, pero con frecuencia el sueño ha acabado en un amargo despertar y al entusiasmo inicial le ha sucedido el cruel desengaño que produce el paso de la utopía a la realidad.

No se trata de abandonar los mitos, sino de proyectarlos de modo consistente para que sean accesibles. Este es el verdadero desafío: encontrar un proyecto colectivo ilusionante que movilice las energías sociales hacia un objetivo compartido. Ello requiere elevar el vuelo del espíritu por encima de la mediocridad dominante y dedicar los esfuerzos a la auténtica política.

El ejercicio de la política reclama una permanente transacción entre los deseos y la realidad, tal como condensa la conocida sentencia “la política es el arte de lo posible”, que refleja con acierto el sentido ambivalente de la actividad pública. Por una parte, declara implícitamente que lo imposible está fuera del campo de la política, pero también reconoce que el ámbito de lo posible es indeterminado y depende de circunstancias y factores diversos, entre ellos, el genio humano, cuyo “arte” puede convertir en posible lo que sin esa inspiración no lo sería.

Antes de afrontar los retos del futuro, conviene detenerse a pensar de dónde venimos, porque el pasado reciente contiene claves que pueden orientar el azaroso ejercicio de proyectar el porvenir. La hoy tan cuestionada transición política de 1978, ofrece una magnífica oportunidad, por sus aciertos y errores, por sus carencias y excesos, para investigar y extraer de la experiencia algunas enseñanzas.

Las brumas del largo invierno del franquismo se fueron disipando a medida que se acercaba su final. La eficaz política turística promovida bajo el lema “Spain is diferent”, atrajo a nuestras costas a multitudes de europeos ávidos de sol y con ellos llegaron noticias de costumbres y hábitos ajenos a los nuestros. El flujo de entrada fue correspondido por otro en sentido inverso de muchos jóvenes españoles que empezamos a recorrer Europa en una especie de viaje iniciático que desvelaría para nuestra sorpresa modos de vida ignorados.

Este descubrimiento despertó la conciencia de nuestra singularidad y dio paso a un sentimiento de frustración seguido de un deseo profundo de cambio. Nos había sido revelado un edén realmente existente, no producto de un delirio nacionalista o ideológico, sino una realidad verificable con sólo cruzar los Pirineos. Desde entonces un ansia incontenible de libertad encontró en el modelo europeo su mejor expresión.

La fe en un destino común logró encauzar las energías de aquella sociedad en una sola dirección para alcanzar acuerdos impensables en otras circunstancias. La Constitución selló la reconciliación entre las dos Españas enfrentadas durante más de siglo y medio y en un período breve se aprobaron normas que requerían un amplio consenso ciudadano porque afectaban a costumbres arraigadas, como la ley del divorcio o a intereses en conflicto, como la reforma tributaria. Queríamos ser europeos; sabíamos que ese era el precio exigido por vivir en una sociedad avanzada y estábamos decididos a pagarlo.

Así se inició el más dilatado período de paz, libertad y prosperidad de nuestra historia.

Sin embargo, nada es definitivo y cualquier objetivo se agota con su cumplimiento. El éxito es, además de esquivo, provisional. Nos encontramos ahora en la fase de desencanto que sucede a la euforia y el triunfo inicial ha derivado en frustración cuando el tiempo, juez inexorable, muestra errores, imprevisiones y desaciertos.

El entusiasmo europeísta corrió en paralelo con una dilución del sentimiento nacional español, avergonzado del pasado franquista que se había apropiado de símbolos y emblemas de nuestra historia común. Por otra parte, se desbordó la pasión nacionalista en algunos territorios y, en especial, en el País Vasco y ahora con gran virulencia en Cataluña donde se han rebasado los límites de la legalidad de forma insólita, tras agitar las emociones sociales en torno a un proyecto que, pese a ser inviable, resulta creíble para amplios sectores de la población. Una característica del sectarismo es ser, al mismo tiempo, desconfiado y crédulo, es decir, puede paradójicamente cuestionar lo evidente y creer lo inverosímil.

La combinación de los efectos descritos ha debilitado el sentido de identidad española y excitado una pasión localista rancia y retrógrada, con un resultado también negativo para nuestra declarada vocación europea que estaría mejor servida desde un estado nacional fuerte.

La Unión Europea es una construcción política y económica singular, que avanza sin una hoja de ruta completamente definida, pero tiene claro su origen y destino. No conviene olvidar que se trata de una organización formada por estados nacionales y éstos siguen desempeñando un papel esencial en su dinámica y funcionamiento.

El proyecto europeo es tributario del liderazgo indiscutido de Alemania y Francia. Así ha sido hasta ahora, pero estamos en una nueva etapa, en que ha aumentado el número de miembros y con ellos los problemas e incertidumbres, lo que hace necesario reforzar su impulso con otros protagonistas destacados.

España tiene una responsabilidad histórica, porque hemos contraído una importante deuda de gratitud con Europa y ahora debemos participar en la construcción europea, asumiendo la cuota de liderazgo que nos corresponde por cultura, historia, población, economía, territorio y situación geopolítica.

Pero es mucho más que un deber, es una auténtica necesidad. Resulta imprescindible definir un objetivo común que permita cohesionar a una gran mayoría de los españoles en torno a un proyecto compartido. Esta propuesta no constituye, al igual que la prevista reforma constitucional, una respuesta inmediata a los problemas del presente, sino que atiende al previo requisito de fijar un marco ilusionante, consistente y ordenado donde quepamos todos, sin exclusiones, ni privilegios.

Los españoles tenemos propensión a minusvalorar nuestras cualidades y capacidades colectivas, incluso somos más críticos con nosotros mismos que quienes nos observan desde el exterior. Hay además en el carácter español algún intangible valioso, no detectado por los estudios sociológicos, pero que fue captado por la atenta mirada de un europeo clarividente. Albert Camus, en su libro, El revés y el derecho, nos dedicó esta mención: “Existe cierta forma de estar a gusto en la alegría que define la auténtica civilización. Y el pueblo español es uno de los pocos civilizados de Europa”.

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