Texto citado: Los géneros de la violencia, José Lázaro

Nota del Comité Editorial: El artículo publicado en El País el 18 de noviembre de 2017 “Los géneros de la violencia” de José Lázaro, es la versión reducida (por las habituales restricciones de espacio en la prensa impresa) de un original más completo. Lo ofrecemos ahora íntegro a los lectores de Deliberar, junto con otros textos y comentarios sobre él:

José Lázaro

En memoria de María José y de las demás mujeres asesinadas por energúmenos incapaces de entender que prefiriesen a otro.

Ha sido Leila Guerriero la que ha tenido la profunda honestidad de hacer una pregunta clave: cada vez que una mujer es violada y asesinada decimos con orgullo: “Ni una menos”. ¿Qué debemos hacer cuando un niño de diez años, como Felipe Romero, es violado y asesinado por su entrenador, que después se suicida? (“Violado”, El País, 3-5-2017). No sería mala idea intentar dar a esta cuestión una respuesta clave: quizá deberíamos analizar bien ese crimen para entender, entre otras cosas, por qué son tan decepcionantes los resultados de la lucha contra la violencia machista y por qué debemos intensificar y radicalizar el combate contra ella.

La violación y asesinato de Felipe Romero es un caso de violencia sexual que no es violencia de género, evidentemente, pero tampoco puede considerarse violencia doméstica ni violencia de pareja, a diferencia del que recogía el titular de El País, (30-12-2016) que decía: “El embajador griego desaparecido en Río de Janeiro, posible víctima de violencia doméstica. La esposa de Kyriakos Amiridis tenía una relación con un policía, según las investigaciones”. O el caso catalán, análogo, en que dos policías (hombre y mujer, compañeros de patrulla) fueron detenidos por la sospecha de que podrían haber asesinado, de común acuerdo, a la pareja de ella; cada uno de los detenidos echó la culpa al otro.

Cuando un atracador mata a una vigilante de seguridad tampoco lo hace por violencia machista, sino por pura y simple violencia instrumental: él no dispara contra una mujer sino contra el uniforme que se interpone entre su pistola y el botín. Es un asesinato puramente impersonal.

El problema es que el propio término “violencia de género” apunta a formas de violencia impersonal o genérica, como lo es la violencia machista, impulsada por el desprecio y la discriminación contra el género femenino, o la de los hutus cuando intentaron exterminar el género tutsi, o la de los nazis que quisieron suprimir el género judío, o la de los etarras que atacaban el género guardia civil, sin saber ni siquiera el nombre del que moría dentro del uniforme, ni si estaba casado, era de Mondoñedo o tenía hijos. Pero, ¿se puede considerar impersonal la violencia del bárbaro que asesina a la mujer con la que lleva veinte años viviendo?

A veces se quejan los homosexuales de que cuando uno de ellos es asesinado por su pareja no se le pueden aplicar al asesino las medidas legales vigentes contra la violencia de género, porque la violencia entre gais (o lesbianas) no entra en ese concepto, aunque sí en el de violencia de pareja. Y precisar los términos es condición necesaria para profundizar en los conceptos y así entender mejor las realidades y poder tomar medidas más específicas y efectivas contra los diversos tipos de violencia.

Si usásemos bien las palabras deberíamos llamar “violencia de género” a aquella en que el agresor no sabe nada de su víctima, salvo el grupo al que pertenece, el uniforme que viste, las creencias genéricas que simboliza ante sus ojos asesinos. La violencia realmente genérica es la del que mata “rojos”, “fachas”, “judíos”, “herejes”, “infieles”… Quien mata a María José sabe muy bien a quien mata, pues la mata por razones (en buena parte al menos) personales. No mata a otra persona en su lugar, aunque pertenezca al mismo género.

En los últimos años el término “género” ha tomado un sentido que es muy importante y útil; la RAE lo recoge ahora en su tercera acepción: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. Pero el término tiene ocho acepciones, que necesariamente conviven en la lengua cotidiana: desde las más amplias (“conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes”; “clase o tipo a que pertenecen personas o cosas”) hasta las más específicas (“en el comercio, mercancía”; “tela o tejido”). De ahí la necesidad de precisar el sentido en que se usa, sobre todo si se trata de analizar fenómenos tan complejos como la violencia humana.

Cuando un hombre armado con un cuchillo entró en una iglesia de Madrid y la recorrió mirando al vientre de las mujeres que asistían a misa, hasta que encontró a una claramente embarazada, la acuchilló y siguió su camino en busca de otra, estaba realizando un acto puro de violencia genérica: lo que le estaba ordenando su delirio era que asesinase a personas del género “mujeres embarazadas”. Para entender las raíces de la violencia humana, la distinción entre la que es de naturaleza psicótica y la que no lo es resulta tan importante como la distinción entre la violencia personal e impersonal. Lo dejó muy claro Enrique Baca en el capítulo “La construcción del enemigo” del libro Las víctimas de la violencia.

En la tarde del 6 de mayo de 2017 una mujer de 28 años declaró a la policía de Almería que su pareja sentimental la había agredido, golpeándola en la cabeza. ¿El enésimo caso de violencia machista? Primero habían tenido una discusión que subió de tono. A continuación, ambos se arrojaron los móviles a la cabeza. La mujer añadió que como él se mostraba “cada vez más agresivo, había cogido un cuchillo de 21 centímetros de hoja para defenderse y que éste se abalanzó sobre el arma y se la clavó”. Él varón (que declaró haberse causado la herida él mismo por accidente con un cristal, exculpando a la mujer, a diferencia de la pareja de policías barceloneses) fue detenido por violencia de género y la mujer por un presunto delito de homicidio en grado de tentativa.

Es evidente que en la inmensa mayoría de las agresiones violentas en parejas heterosexuales la mujer es la víctima y el hombre el agresor. Pero si queremos aclarar las razones por las que sigue habiendo tanta violencia contra las mujeres y por las que son tan insuficientes las medidas tomadas hasta ahora hay que partir de esa abismal diferencia cuantitativa para hacer un análisis cualitativo de los aspectos comunes y los elementos diferenciales que se encuentran en los distintos tipos de violencia.

Tenemos una deuda sagrada con las mujeres que han muerto asesinadas por hombres que dormían con ellas. Y, sobre todo, tenemos un deber sagrado con las que van a morir si no se toman contra la violencia de género medidas auténticamente radicales. Pero para tomarlas antes hay que aclarar las múltiples y complejas raíces que se ocultan tras cualquier acto de violencia humana. Y para eso hay que empezar por hacer un riguroso análisis comparativo de los conceptos de violencia doméstica, violencia sexual, violencia machista, violencia de género, violencia instrumental, violencia ideológica y violencia patológica, entre otros (hay también violencia política, religiosa, sádica…). Cada uno de esos conceptos se refiere a un fenómeno distinto, pero todos tienen entre sí algunos componentes que coinciden y otros que no; esos diversos componentes pueden mezclarse entre sí en muy diversas combinaciones. Cada tipo de violencia es teóricamente distinto, pero en la vida real no siempre se dan formas de violencia puras, sino una gran cantidad de casos heterogéneos y mixtos.

 



 

Contra la violencia de género, más Convenio de Estambul, Beatriz Becerra

En el artículo “Contra la violencia de género, más Convenio de Estambul”, publicado en El País el 25 de noviembre de 2017, Beatriz Becerra (vicepresidenta de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).) escribe:

“Me temo que nos hemos acostumbrado a los discursos emotivos e indignados sobre la violencia contra la mujer por el hecho de ser mujer. Yo hoy quiero hablar de soluciones. De pragmatismo. De operatividad y liberación de etiquetas excluyentes e ineficaces.

Aunque pueda sonar obvio, para poder afrontar un problema lo primero que hay que hacer es ponerle nombre y visibilizarlo. Un nombre, no veinte distintos. El universalmente acordado es violencia de género: dejémonos de inventos locales pues. Para poder afrontar ese problema, hay que buscar e identificar sus causas sin complejos”.

Y más adelante, añade:

“La UE como institución ha ratificado el Convenio de Estambul. Solo falta la última decisión formal del Consejo. Esto tiene un gran valor, porque crea un marco común para Europa que obliga a los Estados a perseguir no solo la violencia contra la mujer, sino toda clase de violencia intrafamiliar”.

 



 

Comentario de José Lázaro a Beatriz Becerra

José Lázaro

En mi artículo “Los géneros de la violencia” (arriba reproducido) intenté argumentar que la lucha contra la violencia machista debería ser potenciada con un diagnóstico diferencial de otros tipos de violencia, como la  instrumental, la ideológica, la patológica, la política, la religiosa o la sádica, entre otras.

Y es que el problema no está en el nombre que se le ponga a la violencia contra las mujeres, ni mucho menos en discutir su indiscutible frecuencia e importancia. Está en la necesidad de combatirla con más eficacia acalarando lo que tiene en común y lo que la diferencia de otras diversas formas de violencia que también deben ser combatidas porque también tienen un evidente grado de realidad.



 

Lo terrible de estos crímenes, Javier Marías

El 10 de diciembre de 2017, dos semanas después de la publicación de Becerra y tres tras la de Lázaro, Javier Marías realiza una aportación directa al tema de la violencia genérica y la violencia personal en su artículo de El País Semanal titulado “Lo terrible de estos crímenes”, que dice:

Cada vez hay más desesperación respecto a la llamada violencia machista (nunca emplearé la insensata expresión “de género”). Se suceden las protestas y las campañas en su contra, y se exigen “medidas” para atajarla y erradicarla. Todo ello con razón, pero, lamentablemente, con escaso sentido de la realidad. Lo terrible de estos crímenes, y la dificultad para combatirlos, estriba en que son individuales. No hay una conspiración de varones que prediquen el castigo a las mujeres que los abandonan. No hay proselitismo, a diferencia de lo que ocurre con el terrorismo, fuera el de ETA ayer o el del Daesh hoy. Tampoco, como con el actual independentismo, hay “evangelización”. No se intenta convencer a los hombres de que maten a mujeres, no se trata de una “causa” que busque “adeptos”. Por desgracia (bueno, no sé qué sería más trágico), cada bruto o sádico va por su cuenta y toma su decisión a solas. Lo más que puede concederse es que haya el factor mimético que suele acompañar a cualquier atrocidad, al instante imitadas todas. En ese aspecto, siempre cabe preguntarse hasta qué punto la sobreexposición en los medios de cada maltrato o asesinato de una mujer no trae consigo unos cuantos más, del mismo modo que los eternos minutos y enormes planas dedicados a cada atentado yihadista tal vez propicien su multiplicación. Pero poco puede hacerse al respecto: si ustedes recuerdan, durante los años más sangrientos de ETA, cuando ésta llegó a matar a unas ochenta personas cada doce meses, había ocasiones en que los asesinatos ocupaban tan sólo un “breve” del periódico, y eso no logró que disminuyeran. Por mucho que las noticias den malas ideas o estimulen la más nefasta emulación, es imposible dejar de informar de los hechos graves e indignantes.

Lo cierto es que cada crimen machista va por su cuenta, con su historia particular detrás. Cada asesino asesina sin confabularse con otros (salvo en casos tan irresueltos como los de Ciudad Juárez, donde sí pareció haber conjura), ninguno necesita el aliento, el beneplácito ni la propaganda de sus congéneres. Contra eso es muy difícil luchar. ¿Endurecer las penas? Desde luego, pero no es algo que importe a los asesinos de sus parejas o exparejas, los cuales se suicidan con frecuencia —o más bien lo intentan— después de cometido su crimen (uno se pregunta por qué diablos no lo hacen antes). ¿Educar desde la infancia? Sin duda, pero no parece que eso dé mucho resultado: un alto porcentaje de adolescentes españoles ve hoy “normal” el control de sus “chicas” y hasta cierta dosis de violencia hacia ellas. Es deprimente, y da la impresión de que, lejos de mejorar las mentalidades, las vamos empeorando. No sé, cuando yo era niño, nos pegábamos de vez en cuando en el patio o a la salida del colegio. Las niñas, rarísimamente, y no pasaban de tirarse del pelo, poco más. Conocíamos, sin embargo, una serie de normas inviolables: era inadmisible pegarse con un compañero de menor tamaño o edad; también ir dos contra uno (“mierda para cada uno”, era la frase infantil); y, sobre todo, a una chica no se le pegaba jamás, en ninguna circunstancia. Eso se consideraba una absoluta cobardía, algo ruin, algo vil. El que lo hacía quedaba manchado para siempre, por mucho perdón que pidiese luego. Pasaba a ser un apestado, un individuo despreciable, un desterrado de la comunidad. Y esas enseñanzas se prolongaban hasta la edad adulta. A una mujer no se le pone la mano encima, a no ser, supongo, que sea muy bestia y se nos abalance con un cuchillo en la mano, por ejemplo. Pero éramos conscientes de nuestra mayor fuerza física y de que era intolerable emplearla contra alguien en principio más débil (insisto, sólo en lo físico).

Obviamente, no todo el mundo cumplía esas reglas, porque, de haber sido así, no habría habido en el pasado palizas de maridos a sus mujeres, y ya lo creo que las ha habido, probablemente más que hoy. Al fin y al cabo, durante siglos se consideró que no había que entrometerse en la (mala) vida de los matrimonios, y que esas palizas y aun asesinatos pertenecían a la “esfera íntima o familiar”, una verdadera aberración. Lo que sí es relativamente nuevo, algo cada vez más extendido, es que los varones maltratadores maten también a los hijos de la mujer, para causarle el mayor dolor imaginable. Ha dejado de ser una rarísima excepción. Los niños de mi época nos creíamos bastante a salvo, precisamente por ser niños incapaces de infligirle el menor daño a un adulto. ¿Cómo iban éstos a hacerle nada a una criatura no ya indefensa, sino inofensiva? Dudo que los críos de hoy se puedan sentir seguros, a poco que se les permita ver o leer las noticias. Las mujeres llevan siglos viviendo con un suplemento de miedo, al ir por la calle y aun en sus casas. Los niños, no, y quizá ahora sí. Lo peor es que, como sociedad, poco podemos lograr contra todo esto, más allá de exigir jueces más severos y repudiar a los maltratadores hasta el infinito. Pero es ingenuo creer que eso les va a hacer efecto. Es lo que tienen los crímenes personales, que nada disuade a cada asesino individual.

 

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