Hubo algo que no fue como dijeron en un libro de J. J. Millás, por Juanjo Jambrina

 

El día 11-2-2018 el escritor Javier Marías firmó en el El País Semanal un excelente artículo titulado “Ojo con la barra libre”, donde daba cuenta de los  excesos surgidos a raíz de las denunciadas efectuadas por varias mujeres que dicen haber sido acosadas por el productor de cine Weinstein. Escribía Javier Marías:

“Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.”

Tiene mucha razón Javier Marías. La primera consecuencia nefasta de todo esto es que probablemente, las mujeres que ciertamente han sufrido abusos, no sean capaces de dar la cara para exigir justicia porque una vez que se da crédito a las víctimas por el hecho de decir que son tales, solo se abre el camino a ajustes de cuentas, venganzas, linchamientos, etc. Nada que ver con la Justicia desde donde se ha sabido siempre que las mujeres mienten tanto como los hombres.

El artículo de Javier Marías es excelente y muy difícil de cuestionar. Algunos admiradores lo han calificado de “valiente”. Aquí tengo yo más dudas. Escribir ahora sobre el fenómeno Me too está de moda como lo estuvo el “Síndrome de la Falsa Memoria”, que descubrió Elizabeth Loftus y que encubría miles de incestos entre padre e hijas —según contaban las hijas en psicoanálisis— lo que llevó a cientos de padres a prisión por delitos sentenciados sin más prueba que la palabra de sus hijas contra ellos. Un casó análogo es el de las “Mentiras Blancas”, término que acuñó Arcadi Espada en su libro Raval para referirse a las mentiras que cuentan los niños que presuntamente han sufrido abusos en los peritajes de los tribunales por temor, por obtener ventajas o por varios motivos más.

Según iba leyendo el artículo de Marías recordaba un caso que dio mucho que hablar en España hace 14 años: el affaire entre la concejal Nevenka Fernández y el alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, que sirvió a un escritor tan poco sospechoso de objetividad como Juanjo Millás para escribir su libro Hay algo que no es como dicen (2004). En él respaldaba paso a paso, beso a beso, la versión de la popular Kenka, que consiguió sentar a su expareja sentimental, el alcalde, en el banquillo y que fuese condenado por “acoso sexual”; un cargo, que tras la apelación fue cambiado por “acoso”.

El tema fue el de casi siempre. Una pareja se rompe. Ella quiere irse, él no quiere que se vaya… Ambos pasan una noche dura y larga en un hotel de la estepa castellana; el alcalde, para demostrar que la quiere hasta el alma, mientras ella llora, tiene el buen gusto de hacerse una masturbación in situ ante ella,  y esas cosas que tanto gustaban a revistas como el Lib o el Penthouse. Vueltos a Ponferrada, el alcalde quiere seguir, ella no, hasta que ella se cansa y le denuncia, casualmente a una concejal del PSOE que pasaba por allí. Charo Velasco, la concejal, escucha el testimonio de Kenka y pone la maquinaria judicial en juego. Es alucinante el cientifismo que practican en temas tan delicados la concejal Velasco y Millás. Escribe Millás: “Me dice Charo Velasco: la he visto y tiene cara de violada…” Bueno, Charo Velasco es pediatra, algo sabrá de periciales, claro…

Millás llegó a concluir que ni los colectivos feministas habían apoyado a Nevenka porque era una  “mujer del PP”. Hay que suponer que buscaron el linchamiento de Álvarez por un motivo similar. Cuando al periodista Millás le interrogaron sobre su libro, dio una de las respuestas más inauditas que he podido degustar como lector. En un coloquio alguien le preguntó por qué no había ningún testimonio del alcalde, por qué no había dejado lugar a que el acusado ejerciese su defensa. Millás contestó que su historia era absolutamente subjetiva y que se había inspirado para escribirla en Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, donde el narrador, pese a estar rodeado por tiburones nunca les preguntó a los escualos la opinión que tenían sobre él.

Bueno, cuando lo de Nevenka, muy pocos periodistas reivindicaron la presunción de inocencia y la Justicia, muy pocos fueron valientes, adjetivo que pertenece a los que tienen una visión del periodismo en la que no cabe la inhibición o la duda. Entre ellos no estaba Javier Marías, que ahora sí que se suma, y bienvenido sea, a este carro que pretende conseguir que el fenómeno Me Too no acabe con ese derecho democrático tan básico e importante para la convivencia ciudadana que es la correcta aplicación de la Justicia.

Juanjo Jambrina

 



Con flores a Marías, por José Lázaro

 

El sugerente texto del doctor Jambrina sobre Millás, Marías y el caso Nevenka plantea muchas cuestiones de interés sobre las que valdría la pena deliberar. Me limitaré de entrada a un par de ellas, no por periféricas menos importantes.

En primer lugar, hay dos maneras de criticar a un escritor: argumentando en contra de lo que ha escrito o reprochándole que no haya escrito lo que no ha escrito. La segunda es francamente problemática para el que la realiza.

En segundo lugar, nadie puede enterarse de toda la información que circula, ni mucho menos tiene un señor que escribe un artículo semanal obligación de comentar todo lo que ocurra. Hay pocos personajes más ridículos que los que aseguran haberlo leído todo. No hablemos ya de los que pretenden saber sobre todo.

Javier Marías no tenía ninguna obligación de escribir hace quince años sobre el caso Nevenka: había cada semana varias docenas de temas con similar interés e importancia. En medio de la catarata informativa que nos acosa por todas partes, cada vez es más importante defender nuestro derecho a focalizar la atención y ampliar el círculo de las cosas a las que no queremos dedicarles ni un minuto.

En tercer lugar, pienso que si algo degrada el periodismo y lo convierte en una profesión despreciable es precisamente lo que Jambrina considera “valentía”: la desinhibición y la incapacidad de dudar. Las prisas y la frivolidad con que se hacen juicios tajantes sobre cosas oscuras y complejas. El periodismo es muy dañino cuando actúa (casi siempre) con urgencia, improvisación y temeridad. Para hacer buen periodismo hace falta lo que pocos periodistas tienen: mucho tiempo, rigor, estudio de los temas a fondo, dudas sistemáticas, autocrítica, más reflexión, más análisis. Lo que no hacen, ni pueden hacer, el 99% de los periodistas en el 99% de los medios en que escriben.

A las Facultades de Periodismo habría que aplicarles lo que mi amigo Francesc Borrell recomendaba para las Facultades de Medicina: introducir una asignatura obligatoria pensada concretamente para aprender a dudar.

José Lázaro

 



 

 

Comentario de Ángel Bizcarrondo

 

La lectura del texto precedente de Juan José Martínez Jambrina me ha sugerido algunas consideraciones. Alude el autor a otro artículo de Javier Marías, titulado “Ojo con la barra libre” que considera excelente, aunque formula algunas reservas sobre la calificación como valiente que le ha sido atribuida por otros comentaristas. En la entrevista que mantuvo Marías con Luz Sánchez-Mellado, publicada una semana más tarde en el mismo medio, la periodista aporta su testimonio para confirmar que tal apreciación no era infundada.

No es, sin embargo, ese el problema del que me quiero ocupar, puesto que nos encontramos ante una cuestión de criterio en la que es normal que las opiniones no coincidan. Lo verdaderamente grave es que planteamientos razonables, como los de Marías, argumentados de forma respetuosa y correcta, puedan suscitar la sensación de riesgo para quién los escribe o dar lugar a reacciones de intolerancia como las que estamos observando de modo creciente.

Ahora que, superados los tiempos de la censura oficial, creíamos vivir en una sociedad libre, resulta que brotan nuevas formas de recriminación, más crueles y arbitrarias, incluso, porque carecen de rostros definidos, al quedar estos desdibujados en un magma de insultos e imprecaciones amparados generalmente en el confortable anonimato de la tribu.

Las modernas tecnologías de la comunicación han propiciado la creciente irrupción de grupos de interés muy radicalizados, movidos por resortes de carácter étnico, de identidad sexual, de origen territorial, de raza y otros fundamentalismos, que actúan con la pretensión de acallar las voces discrepantes, no mediante el diálogo civilizado, sino por la forzada imposición de su dogma fundacional. Naturalmente me refiero exclusivamente a las manifestaciones patológicas que nada tienen que ver con las legítimas demandas de los grupos de interés que defienden sus posiciones dentro del marco legal y social aceptado.

La agresividad que lleva a arremeter contra quienes se oponen, o no se someten, a las creencias de aquellos colectivos se extiende como una pandemia en las llamadas sociedades avanzadas. Además de descalificar las posiciones del presente, se ha abierto una causa general retrospectiva de las grandes creaciones del pasado. Del anatema no están exentas figuras como Cervantes o Shakespeare cuando sus personajes no se ajustan a los cánones actuales de conducta consagrados como inmutables por estos furibundos inquisidores.

La magnitud del despropósito se ha puesto de manifiesto el pasado mes de enero en la sesión inaugural de la ópera Carmen, en el teatro Maggio Musicale de Florencia. El director, Leo Muscato, sorprendió a los asistentes al manipular el final de la obra para que muriera el maltratador y no su víctima, como sucede en el original. La evaluación de esta conducta exige fundamentar la legitimidad del intérprete para corregir la obra artística, tal y como fue concebida por su autor, con el fin de adaptarla a los criterios éticos, sociales o culturales vigentes en el tiempo en que se representa.

El enjuiciamiento de la creación cultural con criterios ideológicos encontró poco después una réplica desde el otro extremo del espectro social con la polémica suscitada por la decisión de Ifema de retirar en la Feria de Arte ARCO el desafortunado friso de Santiago Sierra en el que retrata a veinticuatro supuestos presos políticos entre los que se incluyen Junqueras y los “Jordis”, precisamente el mismo día en que el Tribunal Supremo ratificó la condena de tres años y medio de cárcel al rapero Valtonyc por injurias a la Corona, enaltecimiento del terrorismo, calumnias y amenazas en las letras de sus canciones.

No procede ahora entrar en el fondo de un asunto tan complejo, pero me parece importante constatar que la actualidad nos devuelve bajo nuevos presupuestos el recurrente debate sobre los límites de la libertad artística, entre otras razones, porque el propio concepto de arte es controvertido, como también lo es su atribuida función transgresora. Sin embargo, no deja de resultar llamativo que coexistan dos fenómenos antitéticos: por una parte, la tolerancia con la feroz censura ejercida por grupos ideológicos muy radicalizados y, por otra parte, el virulento ataque a la censura cuando ésta se ejerce desde las instituciones, aunque sea con todas las garantías procesales como ocurre con las sentencias judiciales.

Por otra parte, contiene el artículo de Martínez Jambrina un reproche a Javier Marías, no por sus afirmaciones actuales con las que se muestra conforme, sino por su abstención o silencio en un momento anterior con la ocasión de la publicación de un libro de Juan José Millás a propósito del entonces denominado “caso Nevenka”. Dice el autor del artículo: “Cuando lo de Nevenka, muy pocos periodistas reivindicaron la presunción de inocencia y la Justicia, muy pocos fueron valientes, adjetivo que pertenece a los que tienen una visión del periodismo en la que no cabe la inhibición o la duda. Entre ellos no estaba Javier Marías, que ahora sí que se suma, y bienvenido sea…”

Esta afirmación nos enfrenta de nuevo al problema de la legitimidad del juicio, que en este caso versa sobre la actitud del autor, no sobre la obra, porque no se juzga su comportamiento actual, sino la coherencia de su conducta a lo largo del tiempo por comparación con hechos anteriores.

Aunque se acostumbre a decir que no podemos juzgar y se declare enfáticamente que “nadie es quién para juzgar a otro”, en la práctica sucede justamente lo contrario, no podemos evitar el juicio porque eso significaría la renuncia a entender el mundo en que vivimos y a evaluar el comportamiento más adecuado a cada situación. En definitiva, a distinguir lo que está bien de lo que está mal; lo justo de lo injusto.

Además, nos vemos inducidos a juzgar continuamente por la sencilla razón de que nuestra vida exige adoptar decisiones que se basan en una previsión del comportamiento futuro de otras personas. Con carácter permanente somos requeridos para otorgar nuestra confianza: al político que solicita nuestro voto, al profesional que nos ofrece sus servicios, a la persona que nos propone un compromiso. Toda decisión racional que implica a otras personas reclama un vaticinio sobre su modo de proceder en el porvenir y, en consecuencia, nos impone un juicio anticipado sobre su probable conducta posterior.

Aunque el juicio fuera obligado, resultaría imprescindible respetar ciertos principios elementales: actuar responsablemente, evitar la arbitrariedad, no demandar a los demás más de lo que nos exigimos a nosotros mismos, ni enjuiciar intenciones ajenas, ni juzgar a nadie por lo que no puede cambiar o por aquello de lo que no es responsable (raza, origen, color de la piel, capacidades personales, constitución física…). Por otra parte, conviene recordar que juicio no equivale a condena.

Como no es sencillo orientarse en el pantanoso terreno del juicio humano puede iluminar el camino el interesante precedente que ofrece la justicia penal. El juez analiza conductas y constata hechos probados, posteriormente establece una calificación de acuerdo con un código y finalmente emite un veredicto argumentado. Cuando concluye que los hechos enjuiciados constituyen, según la tipificación legal aplicable, un delito, condena a su autor a la pena prevista en una norma, pero no califica al justiciable como persona, ni le declara delincuente, asesino, ladrón o criminal. Se limita a evaluar conductas concretas y, en razón de la calificación que proceda establece la correspondiente pena, pero no juzga a la persona como tal.

Si aplicáramos este criterio al presente caso, tendríamos que convenir que Marías ha actuado con valentía al escribir el artículo citado; incluso, podríamos ampliar el argumento para expresar que no tenemos constancia de que se haya comportado en otras ocasiones del mismo modo, pero esta afirmación no invalidaría la primera conclusión, ni autorizaría a emitir un veredicto negativo sobre su valor personal.

Al inicio de su poema “Melancolía del Destierro”, José Ángel Valente escribe: “Lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido”. Cabría añadir que tampoco se deja de tener hoy razón, o valentía, por no haberla tenido, o acreditado, en el pasado. No debemos sorprendernos porque el comportamiento humano sea contradictorio. Después de todo la coherencia no es la regla, es, más bien, la excepción.

Ángel Bizcarrondo

 

 

 

 

 

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