Texto original de Ignacio Quintanilla Navarro

 

Hace ya mucho tiempo llegaron a nuestra tierra extranjeros venidos del otro lado del mar, del levante por donde el padre sol asoma. Su ejército y sus armas eran poderosas y poseían también saberes nuevos y extraños y otros dioses antiguos. Poco a poco la diversidad de pueblos que poblaban los paisajes formidables de esta gran tierra entre dos mares, donde ahora escribo, acabaron sometidos a su imperio.

Un gran imperio era realmente, con muchas y poderosas naves que surcaban el mar, y las naciones de aquí, aunque tenían magníficos ejércitos y guerreros, se le aliaban o enfrentaban sin pensar en un concierto común. No es de extrañar si pensamos que esas naciones también se combatían entre sí y había mucho miedo y muchas cuentas que ajustar así que, en realidad, ese concierto común ni había existido antes ni se quiso entonces. A veces hubo grandes batallas y gestas heroicas por ambas partes en las que algunos de nosotros lucharon en el bando de los extranjeros. Otras veces, acuerdos y contratos fueron acatando el dominio de estos hombres del oeste y de sus dioses nuevos para nosotros. Yo creo que, además de acuerdos y batallas, también influyó la fascinación por algunas cosas —buenas y malas— que esta gente extraña traía y cierta intuición vaga —sabia o funesta— de que los nuevos tiempos de la historia eran suyos.

Organizaron nuestras tierras, nos dieron nombres nuevos y nuevas formas de contar los días y vestir el cuerpo. Era el final de una era remota en la que nosotros éramos el mundo y el inicio de otra en la que pasamos a ser la orilla occidental de otro mundo mucho más grande, la última frontera. Muchas de las viejas ciudades se abandonaron o desaparecieron entre la maleza, otras ni siquiera sabemos hoy dónde están y algunos restos magníficos de la vieja arquitectura, con grandes sillares y bestias bien labradas en cada esquina, solo se pueden ver en algún museo. Otras ciudades que ya existían cuando nos llegó este nuevo destino prosperaron y se acrecentaron bajo el mandato de nuevos señores. Y aparecieron, en fin, ciudades y edificios nuevos tan hermosos y tan nuestros como los antiguos y en los que reconocemos hoy nuestro destino y nuestra alma.

El oro y la plata de estas tierras se desenterraron y expatriaron con tal afán que todavía hoy muchos de nuestros paisajes y caminos se explican por ello y entre quienes vinieron había rufianes y desalmados que causaron gran dolor. Pero la lengua que ahora hablo y escribo se la debo también a ellos, que no son exactamente ellos, que soy también yo, porque su sangre es también la mía, y porque con el tiempo todos los de aquí acabaron siendo ciudadanos de ese imperio —salvo los esclavos, claro está. Un imperio que, como todos, también tendría un final.

También mi religión y el derecho del que surgen y que regula nuestras actuales patrias vinieron con estas gentes y de algunos siglos preciosos de relativa paz que trajeron, sin los que no se explicarían, seguramente, ni mi calle ni mi casa ni mi forma de bailar o beber con los amigos. Además, no solamente vinieron rufianes, también vino gente con buena fe y, sobre todo, gente corriente, con un poquito de ambas cosas y el alma llena de ilusiones y fantasmas. A fin de cuentas, a muchos rufianes los hace la necesidad, así que no son rufianes irreversibles; a nadie le gusta dejar su tierra y embarcarse hacia un futuro incierto y lleno de peligros si las cosas le van bien en casa, o a casi nadie.

En realidad, y hablando propiamente, yo soy el hijo de esos que vinieron, su estirpe verdadera y su heredero universal, esto es, el último cabo de su patrimonio y fortuna así que tampoco seré yo quien vaya a poner a mis abuelos de vuelta y media porque ellos soy yo. Pues toda esta historia que cuento habla de mi familia y de mi sangre más que de la de aquellos que quedaron en la vieja capital del viejo imperio. Y el final de esta historia es que la sangre, los dioses y las costumbres se mezclaron en una maravillosa y fecunda amalgama que pervive hoy, mucho tiempo después de que ese oro y esa plata se gastaran en guerras olvidadas.

Y con esto se acaba la historia y empieza la reflexión.

Y empieza la reflexión porque este relato cuenta la conquista de Hispania por parte de Roma, y si algún lector se ha confundido hasta aquí de historia y de relato tanto mejor, porque es de esa confusión de la que quiero hablar. De esa confusión y del espantoso cúmulo de superficialidades, malentendidos y patéticos pruritos nacionalistas que oscurecen hoy el pensar la historia común a las personas que hablamos y sentimos en las dos grandes lenguas ibéricas.

Un pensar que depende todavía demasiado de la mediocridad y la holgazanería. Los de allende por no haber sabido imaginar bien todavía una identidad mejor que la de haberse librado en su día de un yugo que sus propios padres —padres en el sentido literal— encarnaban y con el que la inmensa mayoría de los de aquende también tenían que cargar. Un yugo, además, que a aquellas alturas de la película ya tenía los días contados. La independencia de las naciones iberoamericanas no es una gesta seria, ni falta que le hace. El momento de sus gestas serias debería ser el siglo XXI.

Los de aquende por seguir sin asumir que económica y culturalmente las naciones iberoparlantes más punteras y pujantes pueden no estar en Europa y que, a veces, el hermano mayor —que lo es por ser el más viejo— puede ser el más menesteroso. Y es que, tal vez, en la gran aventura americana se nos fuera realmente a América el alma —el alma como nación moderna— y con ella lo más vital y genuino de nuestra modernidad, de nuestra Ilustración si se quiere. Ello explicaría que España y Portugal estén abocados a ser —en cierto sentido— naciones postmodernas en Europa sin haber sido nunca, propiamente hablando, grandes naciones europeas modernas.

¿Pero qué es esto de pensarnos bien hoy? Aunque, como se sabe, es el trance más terrible en el trabajo de un filósofo, pondré un ejemplo de lo que quiero decir. El siglo que todavía estrenamos va a ser, sin duda, el siglo de las grandes migraciones y ya es el siglo de la globalización. Quienes erróneamente asimilan Occidente y Occidente sajón y ven en los Estados Unidos el anteojo con el que interpretar todo su pasado y todo su futuro, aplican en esta tesitura una receta claramente tomada del imperialismo del XIX —de su parte más civilizada—: la multiculturalidad.

Pero la multiculturalidad es siempre el indicador de que una casta y cultura —más o menos benévola pero dominante— impone su regla de juego. Que tres religiones, culturas o lenguas convivan más de dos o tres generaciones en perfecto estado de conservación esencial, además de extremadamente difícil, no significa que la cosa va bien, significa que la cosa va mal. Por supuesto, podría ir peor —ahí está el ISIS y cualquier libro de historia para recordárnoslo— pero algo sigue yendo mal porque lo normal, lo orgánico y lo culturalmente poderoso es que esas culturas —es decir, las personas, las familias, los compañeros de baile o de universidad— se entremezclen y originen una cosa nueva y, si se ha hecho bien, mucho mejor.

Una de las trampas más estúpidas pero eficaces del ultranacionalismo es pretender que, en cuestión de naciones, culturas o lenguajes, ya no se puede hacer nada esencialmente mejor que lo que hay y hay que cerrar el libro de la Historia y dejar abierto solo el de las historias particulares. Entre éstas, por cierto, la de pueblos indígenas que son historias ya hoy particulares y se preservan porque se piensa que han perdido —como el lince ibérico— toda su potencialidad histórica y no nos van a matar ninguna oveja.

De ahí la fuerza del hallazgo de la criollización y lo criollo llevado a cabo por escritores antillanos como Chamoiseau o Glissant, que sutilmente la confrontan con la multiculturalidad —sobre todo el segundo. Con todas la ambigüedades, trampas y dilemas que todavía encierra el concepto —que es concepto demasiado grande y no cabe en las Antillas, su criollo no es exactamente el nuestro— vergüenza debería darnos que sean escritores del francés, por muy buenos que sean y lo son —Chamoiseau se merece de largo un Nobel o incluso algo mucho mejor, mucho más criollo— los que hayan puesto por fin algún dedo clave en alguna llaga clave en esto de pensar la América latina.

La multiculturalidad es el desideratum del modelo sajón de expandirse por el mundo —en el mejor de los casos, porque en Australia o en Canadá, no queda mucha. Es la tentativa del siglo XIX y esa tentativa vamos viendo que funciona mal y que tiene algo de “parafernalia navideña” todo el año. La criollización, en cambio, ha sido el modelo latino, fue la tentativa del siglo XVI y solo con esto es evidente que hablamos de cosas muy distintas, de otra Navidad, la de lo insólito y extraordinario, que es la verdadera.

Por eso es tan importante para toda la humanidad aclarar si es o no Iberoamérica una utopía fallida y en qué sentido lo es; por eso es tan importante —no para Iberoamérica, sino para la humanidad entera— que, finalmente no lo sea; y por eso es tan estúpido que una parte de la intelectualidad iberoamericana se apunte a la ola antiberista que recorre los Estados Unidos y se encuentra larvado en muchas identidades americanas, dicho sea sin dramatizar.

Sin dramatizar, porque hay muchos Estados Unidos y muchas Américas y porque solamente algunas de sus gentes querrían minimizar la memoria de una América hispana. Pero entre estas gentes, y junto a mucho despistado, parece haber algunas poderosas que intuitivamente se huelen que estas páginas son verdad y quieren acabar con la criollización en América, es decir deslatinizar América en nombre de un indigenismo primigenio. Todo ello al servicio de una multiculturalidad que preserva una hegemonía.

Según ésta, solo el indio que haga bien de indio o el caucásico que haga bien de sajón —cumplidos los requisitos raciales para ello— serían la verdad y el futuro de América. Los que prevalecen y los que son preservados. ¿Pero quién puede hoy en día permitirse ser realmente un indio y quién realmente un sajón?

No confundamos las cosas, indígenas los hay en todas partes. Europa está llena de ellos y el olvido de este dato antropológico radical nos está trayendo, de hecho, muchos problemas —y no se vea ironía o menosprecio en el indígena de esta frase, porque es una condición muy seria que yo, por ejemplo, asumo sin rebozo. Pero indios “indios” de verdad solamente los hay como resultado de una criollización fallida o rechazada. De ahí la enorme trascendencia de la dialéctica entre “indios” y “americanos” que alimentaba los juegos de nuestra infancia —quiero decir de la infancia de los lectores senior. Y de ahí, también, que el muro de Trump sea, además de una pared grande y sin puertas, un interrogante filosófico profundo y específico, es decir, distinto del que suponen el muro de Berlín o la muralla china. Un interrogante que no se resuelve en dos patadas.

Total, que a ver si dejamos de una vez de alimentar secretas ínfulas de Madre Patria y de gimotear por plata perdida y empezamos a pensarnos en serio, a pegarnos en serio —intelectualmente hablando—, y a querernos más en serio —hablando de corazón. Lo que implica, también, a admirarnos en serio. Hagámoslo, entre otras cosas, porque todavía está en juego muchísima más plata y también porque, como sigamos así, al final las ínclitas razas ubérrimas no vamos a salir en la foto más que como “indios” o como “norteamericanos”, y eso sería desastroso para nosotros, para Occidente y para la humanidad entera.

Escribo estas líneas el día en que —supuestamente y según el calendario que rigiera— los Reyes Católicos autorizaban los matrimonios mixtos en América. Hecho ambiguo y matizable, sin duda —¿algún hecho histórico no lo es?— pero relevante y digno de recuerdo porque la pregunta, al final, lleva trazas de ser la siguiente: ¿usted que preferiría: el candado de alguna reserva o casarse conmigo? Por mi parte digo todo esto con plena conciencia del margen de incertidumbre e imprecisión de mis afirmaciones. Ciertamente estoy tratando de tirar una piedra o patear un avispero, pero es urgente hacerlo y trataré de no esconder la mano.

 



 

Comentario de Mariano Aísa

 

Mariano Aísa

En una de mis primeras visitas a América Latina, hace ya muchos años, tuve ocasión de visitar los murales de Diego Rivera en el palacio Nacional de México. Al observar el panel dedicado a la conquista de Hernán Cortés, recuerdo que me quedé impresionado, y diría que hasta atormentado. El horror que reflejaban esas pinturas —las caras sádicas de los conquistadores, los indígenas tratados como esclavos o colgando de los árboles, la exhibición de horrores— no se correspondía con aquella imagen de una colonización española benéfica y heroica que yo había aprendido en el bachillerato de la época franquista. Casi me dieron tentaciones de gritar a los grupos de adolescentes que visitaban el palacio: “¡Eso es mentira! ¡Es la Leyenda Negra!”. Entonces empecé a darle vueltas, con mayor intensidad que anteriormente, a si en verdad la Leyenda Negra había sido eso, una leyenda, una falsedad, o si, total o parcialmente, estaba justificada.

Posteriormente he tenido muchas ocasiones de leer unas versiones y otras sobre la colonización americana y también, y eso es lo verdaderamente importante, de conocer con bastante detalle la América Latina. Y con todo el conocimiento que he ido recogiendo de variadas lecturas y también con mis percepciones a través de los sentidos, he pretendido en este tema intentar comprender lo sucedido, poniendo previamente entre paréntesis, es decir practicando una cierta epojé fenomenológica, toda las teorías o doctrinas previas recibidas sobre lo que pudo ser la realidad.

He intentado pues establecer, ante mí mismo, varios premisas previas y sentimentales para considerar el proceso de colonización española sin aplicar juicios morales: 1) No debo interpretar como míos, tanto para sentir orgullo como culpabilidad, los actos realizados por una sociedad, por un conjunto de individuos de hace 500 años, cuya única relación conmigo sea la de haber nacido en un territorio geográfico más o menos cercano. Me siento patriota solo en la medida en que pertenezco a un Estado, el español actual, que me da derechos y obligaciones, que me protege y me facilita disfrutar de toda su cultura. 2) No tiene objeto establecer comparaciones morales entre acontecimientos históricos producidos a lo largo de la historia en momentos distintos, culturas y circunstancias distintas, interpretaciones morales diversas. Defenderse de la Leyenda Negra, independientemente de su realidad, invocando la masacre de los indígenas norteamericanos, o de los negros en el Congo por el rey Leopoldo, es una incoherencia. La historia de la humanidad está plagada de hechos que yo ahora, con mi mentalidad, considero detestables, pero no estoy legitimado para culpar moralmente a los que fueron sus intérpretes. Probablemente Sócrates consideró virtuosos a aquellos atenienses que más mataban soldados persas y el Dios del Pentateuco fue un personaje sanguinario.

Con estos requisitos, tratando de “mirar desde fuera” todo el proceso americano de España, y sin entrar en juicios morales condenatorios o entusiastas, la observación resulta apasionante. Si en vez de, o además de, leer a los historiadores, uno se va a los escritos directos de los protagonistas: las cartas de Colón y de Cortés, los libros de Bartolomé de las Casas, de fray Bernardino de Sahagún, de Díaz del Castillo, del Inca Garcilaso, etc., se queda sobrecogido y se pregunta de qué madera estaban hechas esas personas, qué locura, motivación, furor, les movía. Pero a ello hay que añadir una experiencia empírica decisiva: la de recorrer con algún detalle los países latinoamericanos actuales y constatar, en todas sus manifestaciones ante el visitante, cómo se amalgamaron íntimamente dos culturas tan radicalmente distintas: la de los conquistadores y la de los conquistados. Y eso de una forma que no se dio en ningún otro proceso de colonización en el globo terráqueo. La fusión que se observa por ejemplo en Perú y en México, donde la cultura previa indígena era intensa, no se observa ni en la India, o en Indonesia e Indochina, ni evidentemente en ningún país en su día colonizado de África.

A mí me gusta decir que se produjo una macla de culturas. A los ingenieros nos enseñaron que “macla” es un término en cristalografía que significa la agrupación simétrica de dos cristales, de tal forma que parece que los dos elementos se han introducido uno en el interior del otro, pero manteniendo una configuración de simetría. Los dos cristales se han fusionado, pero en la forma resultante se puede distinguir cada uno de ellos. Y entonces, y aceptando sin duda que hubo unos dominadores explotadores y unos dominados explotados, y que en bastante medida sigue habiendo ahora una diferencia relativa, a veces muy marcada, entre los descendientes de las dos etnias en calidad de vida, hoy en día las dos culturas originarias, la española y la indígena, se han maclado para formar una identidad única y original. Y eso se observa en prácticamente todas las manifestaciones sociales y culturales en Latinoamérica: en la arquitectura, donde el barroco español se vio completado, enriquecido, con la imaginación indígena; en el idioma allí hablado; en el sincretismo de las prácticas religiosas; en el folklore; en la onomástica, en la toponimia.

Me vienen a la memoria, sin andar rebuscando mucho, multitud de ejemplos. 1) En un acto social en México conozco a una señora con rasgos mestizos, con la que luego mi familia ha mantenido relación. Al preguntarle su nombre, me dice que se llama Pilar, pero todos le llaman Pili (esto tiene efectos en un aragonés que, de niño, llamaba Pili o Pilarín a tías y primas). A continuación, me presenta a su marido: se llama Cuauhtémoc. 2) Pregunto en Cuzco por una dirección; me dicen: está en la esquina de las calles Castilla con Huayruropata. 3) Iglesia de Santo Tomás, en Chichicastenango, Guatemala. El interior, y sus escalinatas externas, y todo acompañado por el intenso olor del incienso, están repletos de ofrendas florales indistintamente a la Virgen, al patrono Santo Tomás y a antiguos dioses mayas. Oímos música fuera de la Iglesia y salimos. Al ritmo de marimbas, desfila una procesión con imágenes de santos (algunos dudosos), acompañados de bailarines, unos disfrazados de conquistadores y otros de personajes mayas.

Hay un libro sublime, de lectura casi obligada si se quiere interpretar lo mexicano: El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. En él dedica páginas a explicar dos temas esenciales para el mexicano: el culto a la fiesta y el culto a la muerte. Y detrás de las dos, fiesta y muerte, está la sangre (“La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de si mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano”). Pues bien, si un español observador asiste, por ejemplo, a las fiestas de la Guelagetza, en Oaxaca, o al día de los Muertos, en Pátzcuaro, en los ritos, bailes, ropajes, cánticos, percibe, secuencial pero también simultáneamente, lo absolutamente novedoso junto con una sensación de déjà vu, aunque a veces difícil de identificar.

La historia de la Humanidad ha estado plagada de confrontaciones entre dos culturas muy diferenciadas, como consecuencia de invasiones, colonizaciones, grandes emigraciones de población. Así se fueron generando grandes imperios, más o menos estables a lo largo del tiempo, donde poblaciones de dominadores y de dominados tuvieron que cohabitar; y en algunos casos los dominados fueron desplazados o exterminados. Pero que esas dos identidades llegaran, a lo largo del proceso histórico, a fusionarse de una manera tan intensa y acabaran componiendo eso que yo llamaba antes una macla cultural es realmente singular. Yo creo que el caso de la América latina no tiene parangón, salvo quizás otro caso excepcional como el imperio romano.

Y la pregunta sería ¿podríamos identificar algunos parámetros diferenciales que hubieran favorecido estas circunstancias? Entiendo que a esto se refería Glissant en su tesis sobre la criollización, que expone Ignacio Quintanilla: elementos culturales muy diversos y con orígenes absolutamente distintos que se criollizan, se implican y se confunden entre sí para generar algo absolutamente distinto. Yo diría: se maclan.

En lo poco que sé sobre la criollización, entiendo que hay un elemento que consideraba Glissant, la imprevisibilidad. Y detecto que efectivamente un primer elemento diferencial de la colonización española respecto a otras históricas es que era absolutamente imprevisible. En prácticamente todos los demás casos de la historia, el conquistador, el colonizador, tenía algún tipo de información previa sobre lo que encontraría; llegaba al nuevo territorio ya informado, en cierto modo preparado. En el caso del descubrimiento de América por España todo fue una sorpresa, nada podía haber sido previsto, ni siquiera imaginado. Probablemente los reyes, la corte, la Iglesia, todos se habían olvidado de Colón a los pocos días de la partida de Palos.

Y tras los primeros años del asentamiento español en América, lo imprevisto, aunque en menor escala, siguió manteniéndose a lo largo de todo el proceso. Nunca hubo una planificación que se cumpliera. Durante trescientos años hubo propuestas y contrapropuestas, debates permanentes, decisiones arbitrales de la monarquía, y las cosas fueron sucediendo, la convivencia se fue encajando, sin objetivos previos de detalle, por procesos naturales de carácter coyuntural, tras multitud de pruebas y errores.

El desconcierto a la hora de juzgar a los seres humanos que se encontraron los españoles fue absoluto y permanente. Ya Colón en sus cartas expone sobre los indígenas unas opiniones y sus contrarias. “Son la mejor gente del mundo y más mansa (…) en el mundo creo que no hay mejor gente y mejor tierra”. Un año después dirá: “No hay tan mala gente como cobardes, que nunca dan la vida ninguno, así que si los indios hallasen un hombre o dos desmandados, no sería maravilla que los matasen”. “Que un perro vale para contra los indios como diez hombres”. Y ese desconcierto absoluto sobre cómo juzgar y como tratar a los indígenas se expresa treinta años después claramente en Hernán Cortés y en otros conquistadores y cronistas. Es el caso de Fray Bernardino de Sahagún, en su gigantesco estudio sobre las costumbres indígenas, quien tan pronto se muestra maravillado por las prácticas de los indios, que deberían servir de modelo para los cristianos (hasta considerar la teoría de que un apóstol de Jesucristo cristianizó las Américas) como, unos páginas después, mostrarse absolutamente horrorizado por las prácticas crueles de los aztecas. Y la confrontación entre dos interpretaciones radicalmente distinta sobre los pobladores de América, sobre sus capacidades físicas, intelectuales y morales, lo que llevaría a concluir sobre su tratamiento como prójimos respetables o cómo animales de carga, fue una constante al menos durante todo el siglo XVI, para desconcierto de la monarquía en su complicada labor arbitral. Es sorprendente, por ejemplo, la comparación de las opiniones de los dos contendientes, Sepúlveda y de las Casas, en las reuniones de Valladolid de 1542:

“No creas que antes de la llegada de los españoles vivían en la paz saturniana que cantaban los poetas; al contrario, se hacían la guerra casi continuamente entre sí con tanta rabia que consideraban nula la victoria si no saciaban su hambre prodigiosa con las carnes de sus enemigos; crueldad que entre ellos es tanto más portentosa cuanto más distan de la invencible fiereza de los escitas, que también se alimentaban de cuerpos humanos, siendo por lo demás tan cobardes y tímidos que apenas pueden resistir la presencia hostil de los nuestros, y muchas veces miles y miles de ellos se han dispersado huyendo como mujeres al ser derrotados por un reducido número de españoles que apenas llegaba al centenar.” (Juan Ginés de Sepúlveda, citado por Santiago Muñoz Machado)

“Todas estas universas e infinitas gentes a toto genero crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosos, no querulosos, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo”. (Bartolomé de las Casas, citado por Tzvetan Todorov).

Parece que se estarían refiriendo a seres muy distintos; pero no, se trata simplemente de los contrastes inherentes en la especie humana.

Pero aparte de este debate, absolutamente vital en un proceso colonizador, hubo innumerables cambios de política a lo largo de tres siglos. Con un Consejo de Indias y una monarquía en la cúpula, bastante ignorantes ambos de lo que realmente sucedía y sometidos a la influencia de lo que hoy llamaríamos tres lobbies potentes: el de los hacendados, de los administradores y de las órdenes mendicantes, se dieron bastantes bandazos. Nunca en la historia de las civilizaciones una sociedad se había enfrentado a un reto de proporciones tan gigantescas, y habría que decir que en una visión global, y tras innumerables procesos, para nuestra mentalidad actual, de heroísmos y de abusos, de rapiña y de servicio, de fanatismo y de benevolencia, de intransigencia y de compasión, el resultado se podría considerar como épico.

Pero quiero ahora señalar un aspecto que, por encima de todo este proceder, en cierta medida anárquico e improvisado, fue determinante en la configuración del mundo americano. Para ello preciso expresar algunos comentarios con un carácter más general. Pienso que a lo largo de la historia de la humanidad, y superados unos procesos iniciales de socialización, para justificar actuaciones de conquista, invasión, colonización, es decir incidir sobre una población para ser dominada, todas las civilizaciones han precisado del uso de una idea fuerza, un gran lema, que bien ennoblecería o bien enmascararía otras causas motivadoras menos justificables, como podrían ser la búsqueda de riqueza, la egolatría de los dirigentes, o simplemente dar rienda suelta a los impulsos de agresividad de la sociedades. Esa idea fuerza generalmente se apoya en una Verdad, en difundir, instalar una verdad que el conquistador posee, la considera como una Verdad Absoluta y por tanto beneficiosa para los pueblos dominados. Gengiskan, Napoleón, Lenin o Hitler, pretendían un efecto benéfico con sus actuaciones. Los daños iniciales que producirían se verían claramente compensados por el beneficio a largo plazo. Buscaban el bien de la humanidad, o al menos el bien de una parte de la humanidad. Yo pienso que esa Verdad, como causa de dominación, esa verdad que yo poseo y que sería bueno que la trasmitiera a aquellos pueblos dominados, se genera por tres vías:

1) Verdad revelada, transmitida directamente por la divinidad y no sujeta a discusión. Así se ha justificado tanta guerra y tanta conquista con motivación religiosa.

2) Verdad basada en la razón, en la Ilustración, en poseer indiscutibles sistemas avanzados de gobierno y de convivencia social que es provechoso implantar en sociedades más atrasadas. Esa sería la idea fuerza para justificar los procesos imperialistas de colonización europeos en África o Asia y también los fallidos intentos recientes de aplicar nuestra democracia occidental en algunos países de Oriente Medio. (Hay un libro, interesante pero exagerado, La edad de la ira, que trata de ello).

3) La verdad cimentada en la pasión; una pasión que se convierte en un objetivo de acción colectiva. Es la idea fuerza de los movimientos nacionalistas.

La colonización española de América estuvo marcada desde el principio por la idea fuerza de la transmisión de la Verdad Cristiana, o dicho de otra forma, de la evangelización de los individuos encontrados en las nuevas tierras. Y esa misión se estableció, a lo largo del proceso colonizador, de una manera tan fuerte, tan rotunda, tan insistente, que, por encima de todas las dudas, de los cambios de política de detalle, de las presiones de las partes interesadas, marcó definitivamente toda la actuación española en América, y de una forma que no se dio en cualquier otra aventura histórica de parecidas características. Apoyados en esta idea se acometieron actos heroicos y también se disfrazaron acciones inmundas. Para esta casi obsesión de esculpir (y nunca mejor dicho, a veces a sangre y fuego) la Verdad cristiana en la América descubierta se dieron varias circunstancias. Los reinos de la península se habían caracterizado, a largo de siglos, por una lucha, la llamada Reconquista, en defensa del Cristianismo, lo que había llevado al sentimiento de pueblo elegido; los reyes de España se adjetivaban como cristianísimos y en cierta medida España estaba gestionada casi como una teocracia. Hubo además otra causa determinante que fue la donación papal dada por Alejandro VI en la bula de 1493, en la que concedía los nuevos territorios a la corona de España, con la condición fundamental de llevar la fe cristiana a todos sus habitantes. La reacción del imperio a la reforma de Lutero, convirtiéndose en el gran defensor del dogma católico, radicalizó aún más la postura. En consecuencia, y al menos durante dos siglos, fue constante la referencia a la primordial obligación de evangelizar, tanto en las leyes como en las cartas o instrucciones dadas por la monarquía.

A este respecto, pienso que interesa señalar que nunca se ha dado otro caso similar de que los gobiernos sucesivos de un Estado se hayan ocupado, tan insistentemente y con tanto vigor, en procurar el bien (lo que ellos entendían como el bien) de las poblaciones sometidas. Bien es cierto que otra cosa es cómo se aplicó este mandato en territorios lejanos, dispersos y mal controlados, y con ejecutores de muy diversas mentalidades y aspiraciones. Los colonizadores seglares iban a lo suyo, pasadas las primeras épocas de aventuras; trataban de enriquecerse y para eso tenían que explotar al máximo a los indígenas. Pero como había que justificar la gran Misión, hubo que inventar una institución que fue criminal: la Encomienda. Con ella se vestía el muñeco: —A ti, indio, te hago trabajar al límite y a mi servicio en esta vida, pero como compensación te evangelizo y te hago merecedor de la vida eterna—. Dos héroes, Montesinos y de las Casas, (los héroes, desde Aquiles hasta Cristiano Ronaldo, y precisamente para llegar a ser héroes, han tenido que prestarse a veces a la desmesura), la denunciaron hasta el límite, consiguieron mejoras, pero no lograron suprimir las encomiendas.

Los clérigos tenían más claro el cumplimiento de la gran Misión establecida: no les movían otros intereses más terrenales, o al menos los tenían menos acusados. Y realmente fueron los grandes benefactores en el proceso colonizador. Pienso que sin ellos no se hubiera dado en Latinoamérica una sociedad mestiza. Los indígenas se hubieran extinguido casi por completo, tanto por las epidemias como por el mal trato. Fueron principalmente las órdenes mendicantes, en su proceso asistencial y de evangelización, las que actuaron, no solo por mejorar las condiciones de vida sino para incorporar a las poblaciones locales a una nueva cultura. Claro que aquí también las consignas del poder de Madrid se aplicaron de maneras erráticas, en función de criterios y sentimientos individuales y de las políticas de cada orden mendicante, que acostumbraron a ir por libre. Hubo clérigos, o congregaciones de clérigos, que de la Verdad Cristiana tomaron la praxis e hicieron una inmensa labor asistencial, pretendiendo, un tanto ingenuamente, facilitar un “nuevo reino de Dios”, una nueva Utopía, en contraste con un viejo mundo corrompido. Pero se dieron también en abundancia los que primaron la teoría de la Doctrina y se dedicaron frenéticamente a bautizar masivamente a pobres indígenas desconcertados para salvarles de lo importante: la eterna condenación. Y también para ello destruyendo, por idolátrica, la antigua cultura.

Con los reyes borbónicos, ya en el siglo de la Ilustración, la prioridad de la Verdad Revelada fue cediendo en favor de la Verdad de la Razón, y se pretendió ordenar, homogeneizar y controlar. Se exigió con más rigor la enseñanza del idioma español, aspiración desde siempre de la monarquía que, como demuestra Muñoz Machado, los monjes habían desatendido por considerar más eficaz que ellos aprendieran las lenguas locales. Y ya, tras los procesos de independencia, también la Verdad de la Razón tuvo que ceder a la Verdad de la Pasión, a las ideologías nacionalistas, pero nacionalismos de las castas dominantes. Los pobres indígenas fueron declarados ciudadanos “con igualdad de derechos y obligaciones“, pero ya no disfrutaron, en teórica consecuencia, de muchas tutelas.

En resumen, yo pienso que la colonización de América fue una epopeya grandiosa y única, irrepetible, con un objetivo primordial establecido, pero gestionada de forma dispersa, a veces contradictoria, y en la que se dieron todas las grandezas y miserias atribuibles a la condición humana en las épocas en las que se produjo. Cualquier valoración moral, absoluta o en comparación con otros acontecimientos históricos , me parece inválida e inoportuna de entrada. El resultado ha sido una sociedad mestiza, con una cultura única y singular, fusión íntima de las dos originales, con un alto grado de una religiosidad sui generis, infradesarrollada pero optimista, vitalista, y, así como en una macla los dos elementos que la componen se han fusionado pero se distinguen por su orientación, en esta sociedad unificada se diferencian desgraciada y acusadamente las castas sociales.

La pregunta ahora sería: ¿puede esta cultura mestiza, fruto, consciente o inconsciente, de las colonizaciones española y también portuguesa, esa criollización que cita Ignacio Quintanilla, servir de modelo en la actualidad? Yo pienso sinceramente que no. En mi exposición anterior he pretendido señalar la absoluta singularidad, en función de las circunstancias que se dieron, en la colonización de América y creo que actualmente los procesos de convergencia, o hasta de conflicto, de diferentes culturas están sujetos a entornos muy distintos. El emigrante se encuentra con una sociedad anfitriona, con una cultura que considera muy superior, poseedora de la Verdad (en este caso de la Verdad de la Razón), sociedad egoísta, poco solidaria, y que al inmigrante le ofrece dos alternativas: o renuncia a su anterior identidad y asume la de sus anfitriones, o se resigna a pertenecer a una casta inferior y subordinada. Y por otra parte, con la mentalidad y las tecnologías actuales, ya no se puede convencer o engatusar a los más primitivos con abalorios.

Creo que no queda más remedio que aceptar, y tratar de gestionar, la multiculturalidad. Lo que por otra parte, debería ser posible: alcanzar una convivencia satisfactoria entre culturas distintas que cohabitan, con una sola condición transversal para todos: el cumplimiento de la ley y el respeto a las Instituciones. El único requisito, pero al que debería aspirarse en, digamos, una humanidad avanzada, sería que los grupos sociales aprendan a relativizar sus propias Verdades.

En cualquier caso, las grandes dificultades, al menos las que más asustan, no son las derivadas de un conflicto de culturas, sino quizás de la aculturación. En las segundas o terceras generaciones de inmigrantes se dan muchos individuos que han ido desprendiéndose de la cultura de sus padres, sin ser capaces de integrarse en la de sus anfitriones. Están perdidos, no se reconocen en la sociedad que les rodea y arremeten contra sus símbolos. Están desprotegidos, sin un manto identitario, tradicional, que les dé cobijo. Y son, por tanto, proclives a cualquier delirio fanático. Pero conviene recordar que los efectos de esa desculturación tampoco son nuevos. Se dio, precisamente, en la colonización española de América. Los cronistas de su primera época insistían en ello; que los indígenas, con sus creencias prohibidas, sus templos e ídolos arrasados, obligados a trabajar hasta la extenuación para sus nuevos amos, con las terribles epidemias, estaban perdiendo la ilusión de vivir, ya no procreaban y muchos se suicidaban. Recojo una tremenda frase: «Las mejores mujeres, especialmente las doncellas, las toman para sí los españoles, por cuyo motivo nacen muchos mesticillos y mesticillas en este Reino». Felizmente, para mejorar la situación en alguna medida, estaba la labor de las órdenes mendicantes. Lo que pasa es que ahora el Progreso nos ha hecho cambiar la Verdad Revelada por la Verdad de la Razón, y los monjes fueron sustituidos por la frialdad y desapego emocional de las leyes.

Acabo con una frase expresiva, que tomo de Tzvetan Todorov: “Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los demás, aunque sus rostros y sus costumbres sean diferentes de las nuestras, y saber también ponerse en su lugar para vernos a nosotros mismos desde fuera”.

 



 

Comentario de Ángel Bizcarrondo

 

Ángel Bizcarrondo

 

Pese a que en esta cuestión mis dudas superan ampliamente a las certezas no quiero dejar pasar la oportunidad de sumarme a la controvertida deliberación de Quintanilla y Aísa sobre el tema: “Pensando América: multiculturalización y criollización”, con algunas acotaciones apresuradas que me ha sugerido lo escrito por ellos.

El texto de Ignacio Quintanilla me parece tanto un ejercicio literario como filosófico. Primero provoca la imaginación del lector y le induce sutilmente a emprender un camino que más tarde se revelará equivocado. Se sirve de este ardid para facilitar la comprensión de su tesis y lo hace de forma tal que, en esta ocasión, el literato se impone al profesor

Es característico de la literatura que el autor busque la complicidad del lector con el objeto de atraparle en un juego de simulación u ocultación parcial que suscite su interés y acabe por convertirle en auténtico coautor de la obra. El lector es el verdadero protagonista de la obra literaria. Cuando rescata al libro del anaquel en el que reposa como un objeto inerte, para leerlo e interpretarlo, lo que realmente consigue es darle nueva vida e iniciar un proceso de recreación que confiere savia nueva al original y lo transforma en algo propio de quién lee y distinto de lo que se escribió.

Tengo, no obstante, alguna reserva; más debida a cuestiones formales que de fondo. Es posible que no haya un sinónimo adecuado para término “criollización”, frente al que corrector ortográfico del ordenador se rebela por simple automatismo, pero también cabría añadir motivos estéticos y semánticos para resistirse a aceptarlo dócilmente. La palabra “criollo”, que inicialmente se aplicaba a los nacidos en Hispanoamérica de padres españoles, (María Moliner, Manuel Seco) se ha venido cargando de significados diversos a lo largo del tiempo y de la geografía, de modo que su derivado “criollización” es un concepto, a mi juicio, impreciso y carente de rigor y aun admitido que haya sido utilizado por autores reconocidos, me parece oportuno objetarlo. Como no sería de recibo formular una crítica sin proponer una alternativa y a riesgo de provocar una réplica contundente, además de merecida por imprudente, me atrevo a sugerir en su sustitución el término “mestizaje”.

La relación que Quintanilla establece entre el modelo latino y el anglosajón me suscita la siguiente especulación sobre la distinta transcendencia que ha tenido una lengua común en ambos ámbitos. Recuerdo haber escuchado hace tiempo a Jorge Edwards decir, en referencia a esta circunstancia —y cito de memoria—: “Gran Bretaña está unida a Estados Unidos por el océano y separada por la lengua, a diferencia de España separada de Hispanoamérica por un océano y unida por una lengua común”.

Los angloparlantes constituyen una pluralidad de sociedades que comparten un mismo idioma pero que mantienen convicciones, mentalidades y planteamientos vitales tan diversos como los que pueden separar a un neozelandés, un pakistaní y un inglés. Por el contrario, se puede hablar con propiedad de una comunidad hispanoamericana en la que la lengua desempeña una función esencial en la homogeneidad de valores, costumbres, sistemas jurídicos y concepciones existenciales. Si conviniéramos en que esto es así, estaríamos ante un hecho, a mi juicio, muy significativo.

Sospecho que Ignacio Quintanilla ha pretendido ser más inspirador que convincente. Presumo que ha querido abrir líneas de reflexión más que establecer conclusiones. Si esta conjetura fuera cierta, creo que lo habría logrado de modo muy satisfactorio. En cualquier caso, esta impresión puede ser precipitada.

Tan provocador texto, por fuerza habría de activar el gen dialéctico de Mariano Aísa, y su documentada réplica invita también a hacer algunas consideraciones.

Comienza con una descripción que hago mía, pues se corresponde con las sensaciones que experimenté en el mismo lugar: “En una de mis primeras visitas a América Latina, hace ya muchos años, tuve ocasión de visitar los murales de Diego Rivera en el palacio Nacional de México. Al observar el panel dedicado a la conquista de Hernán Cortés, recuerdo que me quedé impresionado, y diría que atormentado. El horror que reflejaban esas pinturas —las caras sádicas de los conquistadores, los indígenas tratados como esclavos o colgando de los árboles, la exhibición de los horrores— no se correspondía con aquella imagen de una colonización benéfica y heroica que yo había aprendido en el bachillerato…” La misma impresión que yo había recibido, aunque en mi caso fue inmediatamente corregida por otra vivencia que se produjo a continuación.

Frente al Palacio Nacional, en el lateral norte de la espaciosa plaza del Zócalo, se alza majestuosa la catedral metropolitana de la Ciudad de México. La construcción de estilo renacentista, propio de la época en que se iniciaron las obras, en el año 1571, durante el reinado de Felipe II, constituye la mayor de las catedrales edificadas en Hispanoamérica. Al entrar en su interior sorprende al visitante, perdido en un laberinto de capillas adornadas por una abigarrada imaginería acumulada a lo largo de los siglos, la devoción de una multitud de fieles que reflejan en sus rasgos físicos la diversidad étnica de aquellas tierras. La contemplación de los tendenciosos murales del palacio fue sustituida por la visión de escenas de la vida cotidiana que mostraba una realidad que, sin desmentir las atrocidades que se pudieron producir en el pasado, ofrecía, sin embargo, una perspectiva distinta y complementaria.

Hago referencia a esta experiencia porque resume mejor que cualquier otra explicación la perplejidad que me provoca la gesta americana. Aunque moleste a los espíritus sectarios, debemos llamar a las cosas por su nombre en lugar de enredarnos en melindrosas consideraciones sobre si emplear el término encuentro en lugar de conquista, u otros remilgos semejantes, para no ofender susceptibilidades impostadas. Epopeya, gesta, hazaña grandiosa, con la desmesura que es propia de lo heroico, como advierte Mariano Aísa, en la que se suceden hechos dispares y contradictorios, reveladores de lo mejor y de lo peor de la condición humana, sobre los que me parece ocioso añadir algo a lo ya dicho en los textos comentados.

No obstante, no me resisto a formular una afirmación atrevida que es más una intuición que una reflexión meditada. De los grandes imperios cuya historia está bien establecida, me parece posible encontrar alguna similitud importante entre el Imperio Romano y el Imperio Español. La función civilizadora que ejerció el derecho en el primero fue asumida por la religión en el segundo. En ambos casos el trauma de la conquista se vio atemperado por el efecto balsámico de un nuevo orden, que, en el caso español, no sólo proporcionó la promesa de una vida mejor en el más allá, o como dice Savater algo mejor que la vida, sino que procuró remedio inmediato a alguno de los males del presente: protección frente a los desmanes de los poderosos e instrucción para mejorar las condiciones de vida. Por otra parte, la posición favorable de la iglesia al matrimonio con las indígenas, aunque urgida no tanto por motivos humanitarios, sino como remedio canónico a la incontinente concupiscencia de la soldadesca, fue, sin duda, la principal causa del mestizaje.

Volvamos al núcleo de la cuestión planteada: multiculturalidad y criollización. Tras la lectura de estos trabajos —que, si bien llegan a conclusiones distintas, entiendo que más que excluyentes son concurrentes—  me surge la interrogante de si es esta una pregunta sin respuesta o que admite tal multiplicidad de soluciones, dependiendo de las hipótesis contempladas o los supuestos aplicables, que nos puede conducir a una deliberación en la que se sucedan los argumentos a favor y en contra en una serie interminable.

No puedo dejar de ser sensible a los argumentos de Ignacio Quintanilla, cuya consistencia racional está fuera de duda, pero el análisis de la realidad no me permite ser optimista, y ello tanto por motivos prácticos derivados del análisis de la evolución de las “comunidades criollas”, como por el hecho de que la criollización es discutida también en su propio seno, como muestra el vigor del movimiento indigenista.

En una analogía grosera y posiblemente impropia, esta deliberación me trae de modo lejano el recuerdo de la preocupación de los intelectuales del siglo pasado por descubrir el “ser de España”, a la que tantos afanes se dedicaron de modo infructuoso. Estoy persuadido de que el asunto que nos ocupa es de mucho mayor calado que el que atormentaba a nuestros noventayochistas y puede ser un motivo de reflexión que proporcione resultados tan interesantes como los artículos de referencia, pero debo confesar mi escepticismo, entre otras razones porque, aunque tuviéramos el acierto o la fortuna de dar con la solución, considero muy improbable que tuviéramos la capacidad de aplicarla.

El virus racionalista que introdujo la Ilustración muta, pero no se extingue. Sometidos a su influjo inexorable intentamos encontrar una explicación convincente a cada fenómeno, a ser posible una interpretación única e irrebatible. Por ese motivo nos resistimos a aceptar que haya enigmas indescifrables o cuestiones irresolubles e imputamos la ausencia de respuesta a nuestras limitaciones o a nuestra torpeza. Es decir, atribuimos la causa a una deficiencia del observador, no a una característica de lo observado. Esta convicción ha impulsado el ingenio humano para alcanzar logros inimaginables, pero aunque desconozcamos los límites podemos inferir razonablemente que existen y es posible que esta cuestión controvertida se encuentre en esa zona de sombra de difícil acceso a la razón humana o que no admite una solución única al margen del tiempo y del espacio.

Lo que empecé a redactar como un acto de cortesía ha terminado por convertirse en una impertinente enmienda a la totalidad. Escribir es iniciar un camino hacia lo desconocido; la escritura es un proceso de descubrimiento. Uno no escribe porque tenga las cosas claras, sino para aclararlas. No escribe para expresar lo que sabe, sino para averiguarlo o, como en este caso, para incrementar su propia perplejidad.  Ese es el tortuoso camino que sigue el pensamiento, con avances y retrocesos sucesivos antes de alcanzar alguna verdad precaria, sometida al juicio del tiempo y de otros interlocutores a los que animo a sumarse a la deliberación.

 

 

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