Texto citado: Muy tarde, Fernando Savater

Fernando Savater

El 31 de diciembre de 2016 Fernando Savater publicó en El País la siguiente columna:

Ahora me abruma tanto desperdicio. Una vida que renunció demasiado pronto al verdadero camino de la sabiduría, que no supo evolucionar en el buen sentido, incapaz de ascender desde la chiquillada a la seriedad adulta. Un cierto talento, limitado aunque prometedor, derrochado en leer tebeos (con la entrega que otros reservan para Kierkegaard), novelas policiacas estudiadas con fervor como grimorios, y tantas películas del Oeste (con el corazón en la mano: no hay nada más hermoso), o ambientadas en las profundidades de la selva y los abismos del mar (donde acecha Kraken, el pulpo monstruoso, y la sombra aciaga del insaciable tiburón), mañanas ensangrentadas por los dinosaurios, medianoches sin luna de vampiros… La trampa de la infancia, de la que cuando no se sale a tiempo —¡oh, vergüenza!— ya no se sale nunca. Y lo demás se fue en el altar de las carreras de caballos o en otros compromisos poco edificantes, como beber los vientos (¡hasta los vientos!), guiñar el ojo sin éxito pero con fruición, y dormir largas, bochornosas siestas. Interminables, hasta hoy. No echo de menos el concepto claro ni la erudición incansable, sino la inexperiencia que perdió la ocasión de madurar.

Buena persona, dicen los amigos más complacientes, que también los hay. Pero no me llamo a engaño: nadie puede ser de veras bueno habiéndose divertido tanto como yo. Y muchas o muchos se alejaron cuando les dijimos que lo nuestro no era valor sino simple curiosidad, ¿verdad, Leonard? Como confesó aquel futbolista mítico que murió arruinado, gasté todo mi tiempo en lo innecesario y el resto lo perdí tontamente. Pero hoy, cuando el año acaba, me agobia este desperdicio: la voz de la tristeza es la de la hormiga amonestando a la incorregible cigarra. Inútilmente. Qué pronto se ha hecho tarde.

 



 

Texto citado: Condena, Fernando Savater

Fernando Savater

18 de marzo de 2107

Dos meses y medio después de iniciada esta deliberación, Fernando Savater publica en El País otra columna que lleva el tema aquí planteado a un nueva dimensión:

De Emanuel Swedenborg, al que Kant llamó “visionario”, cuenta Borges que “hablaba con los ángeles por las calles de Londres”. Aunque fue un científico notable (hizo los planos de un avión y un submarino, descubrió el funcionamiento de las glándulas endocrinas, lanzó la hipótesis de la formación nebulosa del Sistema Solar, etcétera…), su verdadera especialidad fue el Mas Allá, la posvida en el Cielo y el Infierno. Explicó que al comienzo los condenados no son conscientes de su muerte y creen que continúan en su esfera cotidiana: les rodean los muebles y utensilios familiares, los paisajes conocidos. Poco a poco, van produciéndose desapariciones —la butaca favorita, el piano, una ventana, las flores del jardín…— y luego surgen en lugar de lo desvanecido formas equivocadas o amenazadoras. Por fin se dan cuenta de que no están en casa sino en el Infierno y empieza su eterna condena.

Creo poder confirmar esta tesis de Swedenborg. Hace tiempo que las cosas de mi mundo se van difuminando, pierden sustancia. Los libros siguen presentes y tentadores, pero al abrirlos algo ha drenado su savia hasta dejarlos huecos, exánimes. Las películas nuevas son peores que las antiguas, las antiguas peores de lo que las recordaba: sentado ante el televisor con desasosiego ya no siento la expectativa feliz porque ahora nadie apoya sus pies en mi regazo. Se fue el disfrute… Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos… comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza. Llega el infierno y se revela mi condena, la más atroz: creer que estoy vivo y que es ella la que ha muerto. Hoy hace ya dos años.

 



Comentario de Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

La consciencia de sí mismo está anclada firmemente en la propia definición de ser humano. Efectivamente ser hombre (o mujer, no nos pongamos pejigueros) es, radicalmente, ser consciente de sí. Saber que se sabe, sentir que se siente, conocer que se conoce. No me atrevería a decir que el ser humano no comparta esta cualidad con otros seres vivos. Me inclino a pensar que no, pero nunca lo afirmaría rotundamente. Me falta para eso conocer el lenguaje de los demás animales y, hasta ahora, lo único que sabemos es que el hombre (y la mujer, no insistan, por favor) es el único que habla, y no meramente se comunica.

El sábado 31 de diciembre (buena fecha para tales filosofías) Fernando Savater en su habitual columna de ese día en El País, hacia un sorprendente despliegue de autoconciencia. No solo demostraba que sabia que sabia y sabía que sentía (acción que no tendría en sí mérito alguno) sino que se miraba a un difícil espejo en el cual nuestra vida y nuestro yo aparecen como lo que son, nos pongamos como nos pongamos.

Pero aparte del honrado diagnóstico de sí mismo que, como tal, no ahorra arista ni recoveco, Savater abre, a mi juicio, la posibilidad de una interesante deliberación sobre la existencia de hombres dispuestos a ser conscientes y hombres que luchan con todas sus fuerza para evitar semejante desafuero. Y es que el ser consciente de sí y además reconocerlo ya es una empresa peligrosa. Más aun si se añade la posibilidad de limpiar bien el espejo en el que uno se mira.

Los hombres (aviso, es la ultima vez: y las mujeres) somos una especie que lucha denodadamente para lograr engañarse. Generalmente tiene éxito y lo consigue. Por eso es tan extraño que alguien se mire al susodicho espejo, lo limpie concienzudamente y después no cierre los ojos ante la verdad que se le aparece, indubitable, en la superficie pulida que lo refleja. El que Savater enfoque su mirada sobre lo que se pudo hacer y no se hizo, sobre lo que se pudo logar y no se logró, que llore, contenido, encima de los recuerdos, que evoque lo que se fue sin posibilidad de que vuelva, es, hasta cierto punto anecdótico. Por mucho que esta palabra parezca diluir la grandeza y la trascendencia del problema.

Lo que late en su escrito es algo mucho mas importante, mucho mas vital. Late, en definitiva, la gran pregunta: ¿Es la verdad la que nos hace libres?

 



 

Comentario de José Lázaro

José Lázaro

En el año 1984, cuando Savater tenía 37 años, se publicó el primero de los libros de conversaciones que, con el tiempo, se irían haciendo con él: el de Marcos Ricardo Barnatán Fernando Savater contra el Todo. Allí, entre otras muchas cosas, Savater declaraba:

“Siempre me he llevado muy mal con mi cuerpo, me he mirado físicamente sin ninguna simpatía. Quizá ésta haya sido mi mayor fuente de infelicidad: que no me gusto ni concibo que pueda gustar sinceramente a nadie. Quien me ha demostrado afecto erótico, en el fondo siempre me pareció hipócrita o resignado… por otra parte, me las he arreglado como he podido. Cierta señora francesa del siglo XVIII describe a un contemporáneo desgarbado diciendo: ‘Parecía un alma que se había encontrado en un cuerpo por casualidad y se las arreglaba como podía’. Pues bien, tal es exactamente mi caso”. (Pg. 93).

Quien haya tenido la suerte de leer Mira por dónde —el libro de memorias de Savater que es, en mi opinión, de todos los que ha escrito el que mejor consigue un equilibrio armónico entre lo que narra y lo que piensa— recordará varios pasajes en que su autor se pone de este modo ante el espejo y confiesa lo que ve con mucha sinceridad y poco pudor. Pocas personas se han atrevido, en España, a hacer este tipo de ejercicios, que recuerdan el momento infantil, recogido en Les Mots, en que a Sartre su abuelito, dispuesto a virilizarlo, le corta los rizos que le cubrían por completo la cabeza y al mirarse al espejo el niño descubre horrorizado la imagen de un sapo. Pero los despiadados autoanálisis de Savater no se limitan al cuerpo: también se extienden a la vida y al alma.

Ahora bien, la columna que ha provocado el estimulante comentario de Cecilio de Oriol está escrita en un tono literario que deja abierta su interpretación: ¿arrepentimiento u orgullo? ¿Es un lamento o una reafirmación?

Muchas veces, a lo largo de los años, repitió Savater que su modelo intelectual no era Kant sino Voltaire. Cuando ahora contrapone el placer al rigor y los tebeos a Kierkeggard, ¿nos está confesando su dolor de los pecados o constatando una vez más el goce incomparable de la narración entendida como la infancia recuperada?

Sea una u otra su intención, el problema que Cecilio De Oriol plantea es igualmente fundamental: ¿La verdad nos hará plenos? ¿El pensamiento es un camino hacia la felicidad o hacia una lúcida resignación? ¿Debemos destruir o cultivar el Árbol de la Ciencia que nos expulsa del paraíso haciéndonos conscientes de lo que somos? La cuestión fue planteada por el propio Voltaire en su “Historia de un buen brahmán”: ¿Hay alguien que esté dispuesto a ser feliz a condición de ser imbécil? Aunque quizá sería mejor que la reformuláramos: ¿Y si la prueba de que alguien no es imbécil se encuentra en su felicidad, ya proceda de Góngora o de las pelis del Oeste?

Yo me inclino a pensar que Savater sigue siendo en el fondo un joven nietzscheano que cuando mira por el retrovisor su propia vida la afirma con entusiasmo y sin duda alguna porque su anhelo sería repetirla eternamente tal y como fue. Pienso que el artículo con que cerraba el año 2016 tiene el mismo sentido que el texto que escribió y firmó hace más de cuarenta años: “El único remedio contra el primer culpable mordisco a la manzana parece ser comerse la manzana entera, y todas las otras, y el árbol con la pluralidad de sus raíces, y el otro árbol y el Jardín, y el ángel de flamígera espada que lo custodia y…” .

 



Comentario de Cecilio de Oriol

Cecilio de Oriol

No cabe duda de que Lázaro es un adecuado polemista. Y que le gusta serlo. Por esta ¿razón? siempre es un placer provechoso leerlo.

Yo no sé si Fernando Savater (que, como muy bien recuerda Lázaro, nunca ha tenido empacho en hablar claro de sí y de los demás) hace un recuento de añoranzas o una decidida apuesta autoafirmativa. El talante del personaje me inclina más a lo primero, pero la mía es una opinión sin fundamento.

A mi me interesa otra cosa a destacar para deliberar sobre ella. Y Lázaro la detecta de forma impecable al citar a Voltaire y su “Historia del buen brahmán”. Ahí radica el meollo de la cuestión: el problema de las gabelas que exige la conciencia clara de sí mismo, que reclama el no poder engañarse aunque uno lo pretenda.

Y lo que pierde o gana quien, por decisión o posibilidad, se adentra en estos pantanosos espacios.

Por eso yo no estaría tan seguro de la excursión que Lázaro hace al terreno esquivo de la felicidad. Es este un término (y un concepto) lo suficientemente obscuros como para no traerlos aquí sin trastocar la intención inicial de la deliberación. Bastante embrollada es, sin necesidad de derivadas.

Pero una vez puesto en liza es difícil sustraerse a hacer un comentario (insuficiente). Lázaro plantea una ingeniosa inversión del argumento volteriano. Cito: “¿Y si la prueba de que alguien no es imbécil se encuentra en su felicidad, ya proceda de Góngora o de las pelis del Oeste?.

Me sigo temiendo que la felicidad (¡ay! eso tan etéreo y frágil que promete Coca-Cola) sigue siendo una resultante esquiva de algo que tiene poco que ver con la lúcida conciencia de sí y del mundo. Y menos aún con la inteligencia. Es más, casi me siento tentado de afirmar que si encuentro a alguien “feliz”, con Góngora o con “El Coyote”, se me planteará la duda de si realmente se ha enterado de quien es y en donde vive.

Pero, claro, quizá eso solo indique que él que escribe estas líneas es, sin remedio, un raro sujeto que no ha asimilado aún (¡dura cabezota!) la buena nueva del pensamiento positivo.

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