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Cultura

Savater, opus 100

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La mejor novela de Fernando Savater, por José Lázaro

 

El motivo de este testimonio es que no se desconozca ni se olvide lo que yo tanto he amado, que haya cabal memoria y veraz conocimiento de los hechos que fueron primero la alegría, luego el dolor y siempre la paciencia y la pasión que gobernó mi vida.
Rafael Sánchez Ferlosio (El testimonio de Yarfoz)

En las páginas iniciales del último libro que piensa escribir en su vida (La peor parte. Memorias de amor), con sinceridad evidente, Savater dice de sí mismo: “Por modesto que sea sin duda mi talento, soy escritor, no un junta letras aficionado”. “Escritor menor, incluso un escritor menor… de segunda fila”. Lo hace sin falsa modestia y con la intención explícita de ponerse la venda antes de la herida, pues la cima que se ha propuesto escalar no es precisamente para alpinistas aficionados: escribir doscientas treinta páginas de amor y lágrimas sin caer en la cursilería. Pero es que “cuando se es escritor, ¿puede uno conformarse con llorar?”.

La peor parte. Memorias de amor es un largo capítulo que cierra el mejor libro previo de Savater (Mira por dónde. Autobiografía razonada) y a la vez clausura de forma definitiva, por decisión propia, la totalidad de su obra. Ambos libros juntos (o ambas partes de este libro iniciado en 2003 y concluido en 2019) reúnen de forma afortunada los respectivos aciertos (sin los lastres) de las dos grandes series en que podemos dividir todos los libros que Savater ha escrito en su vida (y de los que a éste, si no me falla la cuenta, le corresponde precisamente el número 100).

La primera de esas series, la que le ha dado más prestigio y lectores, está formada por la gran mayoría de ese centenar de libros publicados, que consiste en ensayos y recopilaciones de artículos. Desde Nihilismo y acción (1970) hasta Contra el separatismo (2017) esos ochenta volúmenes (aproximadamente, un recuento preciso es imposible) recogen casi 50 años de librepensamiento que, previamente expuesto en conferencias, periódicos y revistas, constituyen el legado del Savater que todo el mundo conoce: el ensayista ingenioso, ameno, agudo, incisivo, polémico, exitoso.

La segunda serie, muy querida por él pero poco apreciada por el público y la crítica, consta de media docena de novelas, otras tantas obras teatrales y algún libro de cuentos. La mejor de esas novelas, en mi opinión, El jardín de las dudas (1993), es en realidad una biografía de Voltaire construida sobre escritos suyos a los que les da un formato epistolar y una trama añadida por razones editoriales: un libro híbrido, por tanto, como lo serán posteriormente los dos volúmenes autobiográficos. Pero las hijas predilectas de su autor, por razones que explica bien La peor parte, son las puras novelas de acción, intriga, fantasía y aventuras: Caronte aguarda, El gran laberinto, La hermandad de la buena suerte o Los invitados de la princesa. Y es curioso, aunque no paradójico, que cuando los mismos críticos que ignoraron estas novelas tuvieron que elegir los mejores ensayos españoles del siglo veinte, incluyeron en la lista de forma muy destacada La infancia recuperada (1976), el libro que realmente consagró al joven Savater, en el que exponía sus ideas sobre las novelas de acción, intriga, fantasía y aventuras que siempre le han apasionado. Un caso más, como tantos que registra la historia, de un escritor que triunfa en un género literario distinto del que a él realmente le gusta.

La feliz síntesis de cualidades que adornan tanto la Autobiografía razonada como las Memorias de amor (de tono opuesto, por la situación e intención con que fueron escritas) se debe al equilibrio que han conseguido entre lo narrado, lo sentido y lo pensado. Son libros en que se cuenta una historia: la vida de su autor (en la primera la parte buena y en la segunda la mala, con recuerdos de la mejor); pero a la vez se reflexiona agudamente sobre ella y se enriquecen —narración y reflexión— con una escritura fluida y cuidada que consigue transmitir brillantemente la intensidad emocional de lo que allí se narra y sobre lo que allí se piensa.

El fuerte peso narrativo de Mira por donde y de La peor parte permiten considerarla(s) como novela(s), dado el amplio sentido que ha adquirido el término desde principios del siglo veinte. Se trata, además, de una novela (sin duda, ahora sí, la mejor de Savater) encuadrable en un subgénero de moda: la autoficción. Pero aporta a este subgénero una curiosa peculiaridad: de todas las que yo he leído, esta es una de las novelas de autoficción en que está más ausente la ficción. De hecho, lo que resulta más impactante de La peor parte es la falta de cualquier mecanismo de distanciamiento entre el narrador y lo narrado: si el texto se lee de un tirón, como suele ocurrir con un buen relato, es porque gran parte de su fuerza procede de la espléndida ausencia de pudor con que el narrador desnuda su intimidad y la expone, en carne viva, ante el lector.

Pero a lo largo de la historia narrada no dejan de aparecer las reflexiones: ¿Cómo es posible perder todas las ganas de vivir sin llegar a tener las suficientes ganas de morir? ¿Por qué tiene tanto prestigio la elaboración del duelo —que todo el mundo, empezando por Freud, considera un ejercicio saludable— si de hecho es una traición a la pérdida que lo ha desencadenado? ¿Cómo soportar a la masa de imbéciles que se empeñan en preguntarte ‘cómo estás’ cuando son obviamente incapaces de admitir una respuesta sincera? ¿Puede el auténtico amor darse sin ese “abandono delicioso y atroz a lo que no somos como si lo fuéramos” que hace del amado algo irremplazable y por tanto del amor perdido algo irremediable? Y es en la búsqueda de respuestas a tales preguntas donde vuelve a brillar el Savater por todos conocido.

Ahora que su obra está completa serán los profesionales de la literatura los que tendrán que deliberar sobre la valoración que hace de ella el más feroz de sus críticos: él mismo. (Seguramente no los leerá, despreciando como desprecia a los despistados que se empeñan en escribir sobre escritores menores de segunda fila). Pero al terminar la lectura de La peor parte se alegra uno de no tener que reseñarla. Porque lo que te pide el alma es volver a empezarla. Y lo menos apetecible sería hacerle una crítica literaria.



Los cien libros de Fernando Savater. Bibliografía elaborada por José Lázaro

No es fácil hacer una relación de los libros publicados por Fernando Savater (reediciones aparte). Todas las disponibles son bastante incompletas y divergentes entre sí. Los problemas son múltiples: ¿Se incluyen los libros de conversaciones con él? ¿Los firmados por él que son en realidad transcipciones de las series de TV que protagonizó y en los que sus intervenciones se articulan a veces con las de otros invitados y con páginas escritas por documentalistas del equipo televisivo (Los diez mandamientos, Los siete pecados capitales, La aventura de pensar, Las ciudades y los escritores…)? ¿Volúmenes que recogen artículos publicados en libros anteriores a los que añade otros inéditos en libro? ¿Libros firmados a medias con otro autor? ¿Y los hechos en colaboración con otros cuatro o cinco autores?… 

Preguntarle a él no es, desde luego, la solución: «Querido Jose, la verdad es que he dejado de contar mis libros, sublibros e incluso infralibros. Seguro que tu cómputo es generoso y acertado».

Necesidades de trabajo, mientras elaboraba el libro Vías paralelas: Vargas Llosa y Savater, me obligaron a buscar a todos esos dilemas una solución razonable. El resultado fue la siguiente bibliografía, según la cual al que presenta en 2019 como el último libro que piensa escribir en su vida (La peor parte: Memorias de amor) le corresponde precisamente el número 100 de los que ha publicado.

  1. Nihilismo y acción (1970) 
  2. La filosofía tachada (1972) 
  3. Apología del sofista y otros sofismas (1973)
  4. Inventario de Nietzsche (1973) 
  5. Ensayo sobre Cioran (1974)
  6. Escritos politeístas (1975)
  7. De los dioses y del mundo (1975)
  8. La infancia recuperada (1976) 
  9. La filosofía como anhelo de la revolución (1976)
  10. Apóstatas razonables (1976) 
  11. Para la anarquía (1977)
  12. La piedad apasionada (1977)
  13. Nietzsche y su obra (1977) 
  14. Panfleto contra el Todo (1978) 
  15. El Estado y sus criaturas (1979)
  16. Criaturas del aire (1979) 
  17. Isabel Villar (1979)
  18. Caronte aguarda (1981) 
  19. Impertinencias y desafíos (1981)
  20. Juliano en Eleusis (1981)
  21. La tarea del héroe (1982)  
  22. Invitación a la ética (1982)
  23. Sobre vivir (1983)
  24. Sobras completas (1983)
  25. Diario de Job (1983)
  26. Vente a Sinapia. Una reflexión española sobre la utopía (1983)
  27. Las razones del antimilitarismo y otras razones (1984)
  28. Contra las patrias (1984)
  29. Fernando Savater contra el Todo [Diálogo con M. R. Barnatán] (1984)
  30. Instrucciones para olvidar el Quijote (1985)
  31. El dialecto de la vida (1985) 
  32. El contenido de la felicidad (1986)
  33. Schopenhauer: la abolición  del egoísmo (1986)
  34. Episodios pasionales (1986)
  35. Perdonadme, ortodoxos (1986)
  36. A rienda suelta (1987)
  37. San Sebastián (1987)
  38. A decir verdad (1987)
  39. Euskadi: pensar el conflicto [Con Javier Sádaba] (1987).
  40. Ética como amor propio (1988)
  41. Último desembarco. Vente A Sinapia (1988) 
  42. Humanismo impenitente (1990) 
  43. La escuela de Platón (1991)
  44. Ética para Amador (1991) 
  45. El valor de educar (1991) 
  46. Política para Amador (1992) 
  47. Sin contemplaciones (1993)
  48. El jardín de las dudas (1993) 
  49. El contenido de la felicidad (1994)
  50. Libre mente (1995)
  51. Misterios gozosos. [Ed. de H. Subirats] (1995)
  52. Diccionario filosófico (1995) 
  53. El juego de los caballos (1996)
  54. El mito nacionalista (1996)
  55. Malos y malditos (1997)
  56. Despierta y lee (1998)
  57. Loor a leer (1998)
  58. La dimensión ética de la empresa (1998) 
  59. Fernando Savater: el arte de vivir [Diálogo con Juan Arias] (1999)
  60. Las preguntas de la vida (1999)
  61. La aventura africana (1999)
  62. A rienda suelta (2000)
  63. Los caminos para la libertad. Ética y educación (2000)
  64. Perdonen las molestias: Crónica de una batalla sin armas contra las armas (2001)
  65. A caballo entre milenios (2001)
  66.  Pensamientos arriesgados [Ed. de J. Sánchez Tortosa] (2002)
  67. Jorge Luis Borges (2002) 
  68. El contenido de la felicidad (2002)
  69. Ética y ciudadanía (2002)
  70. Palabras cruzadas: Una invitación a la filosofía   [Diálogo con J.L. Pardo] (2003)
  71. El valor de elegir (2003)
  72. Mira por dónde. Autobiografía razonada (2003)
  73. Las preguntas de la vida (2003)
  74. Los caminos para la libertad: Ética y educación (2003)
  75. El gran fraude: sobre terrorismo, nacionalismo y ¿progresismo? (2004)
  76. Los diez mandamientos en el siglo XXI (2004)
  77. La libertad como destino (2004) 
  78. El gran laberinto (2005)
  79. Los siete pecados capitales (2006)
  80. La vida eterna (2007)
  81. Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (2007)
  82. Saliendo al paso (2008)
  83. La hermandad de la buena suerte (2008)
  84. La aventura de pensar (2008)
  85. El arte de ensayar (2008)
  86. Historia de la Filosofía sin temor ni temblor (2009)
  87. La música de las letras (2010)
  88. Tauroética (2010)
  89. Los invitados de la princesa (2012)
  90. Tirar de la cuerda (2012)
  91. Acerca de Santayana (2012)
  92. Ética de urgencia (2013)
  93. Las ciudades y los escritores (2013)
  94. Figuraciones mías: sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar (2013)
  95. El traspié: una tarde con Schopenhauer (2013)
  96. No te prives: defensa de la ciudadanía (2014)
  97. Aquí viven leones (2015) [En colaboración con Sara Torres]
  98. Voltaire contra los fanáticos (2015) 
  99. Contra el separatismo (2017)
  100. La peor parte: Memorias de amor (2019)


Fernando Savater: “Mi mujer nunca se preocupó por mis infidelidades, sabía que la amaba a ella”, por Lorena G. Maldonado.

Entrevista publicada en El Español.

Sara Torres Marrero -más conocida como Pelo Cohete- no ha sido el gran amor de Fernando Savater: aún es su más enorme y terrible amor, su amor imprescriptible, su amor doloroso y único que desafía a la muerte. 35 años juntos. Ella se marchó hace poco y a él se le apagaron las luces. Ojalá encontrarse también en la próxima vida –para tomar un café, para sorprenderse de nuevo, para entregarse con todo– pero el filósofo no cree en eso. Ya esta ocasión fue muy hermosa. Radicalmente afortunada, radicalmente edificante e inspiradora. Sin embargo, nunca suficiente. Jamás les dio tiempo a ir a todos los sitios que soñaban. Jamás se agotó su curiosidad mutua. 

La mayoría de seres humanos se van de este barrio sin haber experimentado nunca un vínculo como el que el escritor relata en La peor parte (Ariel). Después del amor no hay nada. Uno se queda hueco. Exhausto. Mutilado. Errático. Vulnerable como un niño, de nuevo, pero mucho menos valiente. Después del amor no hay vida. Quizá sólo quede eso de lo que hablaba Umbral en Mortal y rosa, «un universo fluctuante, como dicen que es Júpiter».

¿Cómo saber por qué ama uno a alguien; cómo intelectualizar esa sensación devastadora y creadora al mismo tiempo? Lo explica muy sofisticadamente Savater: resulta que no es explicable. La única idea aproximada es la que ya ofreció Montaigne respecto a su amistad con De la Boétie: «Porque él era él, porque yo era yo». La alegría, ya está claro, era eso que reconocemos por el ruido que hace al marcharse. Hablando con el escritor -que permanece en el mundo noqueado como un boxeador, pero aún agudo, aún cálido- uno le entiende hondamente. Le ve reír y llorar en cuestión de un minuto, saltando de recuerdo en recuerdo. Y le entiende. 

¿Qué es el amor?

Es algo que conoces cuando te está pasando pero no es fácil explicárselo al vecino. Cuando a San Agustín le preguntaban qué era el tiempo, decía “si no me lo preguntas lo sé, pero cuando me lo preguntas, ya no lo sé”. Sólo lo identificas cuando lo tienes. La descripción es impresionista. Sólo sé lo que no es: no es un amorío de fin de semana (hay amoríos de fin de semana que duran años). No, no. No es lo prescindible. Si puedes prescindir de ello, no es amor.

Decías en el libro que si, al perder ese “amor”, sientes una desazón que se va al poco tiempo, no era amor, sino amor propio.

Claro, claro. Uno a veces cree que tiene amores todos los meses y que son inolvidables, pero cuando llega el amor de verdad entiendes rápidamente que no, que es otra cosa.

¿Y el sexo, qué es?

El sexo está muy bien, es estupendo, es como la gastronomía, como el surf. Es agradable y estoy a favor, pero si el amor se redujera al sexo sería estúpido y sería facilísimo. Pero no: el sexo no te saca del agujero. El sexo es decorativo, pero no te justifica la vida.

Pero, ¿cómo se relacionan el sexo y el amor? ¿No es necesario el sexo para el amor?

No. Bueno, si tú amas a una persona y además tienes una estupenda relación sexual con ella, y además ella hace unas paellas maravillosas… todo es a favor, ¡mejor!, pero el amor no consiste en esas cosas. Aunque tu pareja no sepa hacer paella y aunque pienses que sería mejor hacer el amor con no sé quién, no importa. El amor no es transitorio. El sexo sí.

¿Cuál es el gran síntoma con el que uno reconoce que está enamorado?

Esto de “reconocí la alegría por el ruido que hizo al marcharse”. Pues igual: reconocemos el amor por el ruido que hace al marcharse, o al acabarse. Es de esas cosas que mientras las estás disfrutando no sabes lo que son, pero cuando se van es como si tuvieras las luces apagadas.

¿Crees que has sido consciente sólo ahora de que estabas enamorado?

Sí, sí, claro, si no, a santo de qué habría escrito ese libro. El libro es eso: una declaración de nostalgia.

Es curioso eso, ¿no? Que haya tenido que pasar algo tan tremendo para que llegue la consciencia.

¡Claro…! Es que cuando la das por segura… parece que “bueno”. Sí, estás enamorado, pero, ¡en fin!, te molestan un poco cosas, y detalles. Hasta que realmente se pierde ese objeto del amor y te das cuenta de que con todo lo que tenías en contra y contra las discusiones, era eso lo que le hacía a uno vivir.

Hablas en un momento del espacio. Del saber darse espacio. ¿La convivencia acostumbra a matar al amor?

No, no. Nosotros convivíamos y vivíamos casi maniáticamente el uno para el otro. Pero es verdad que el hecho de que yo viajara mucho, o de que tuviese la casa en Madrid y la de San Sebastián… hacía que nos reencontráramos con mucho gusto. Nunca estábamos quince días separados. A veces el airear un poco el amor y darle escenarios distintos ayuda, sí.

¿Crees en la monogamia? ¿Es posible ser fiel a alguien toda la vida?

¡Bueno! Fiel toda la vida… si te da por ahí (risas). Eso es un capricho. Lo que no es es obligatorio.

Decías que la fidelidad es una «fea superstición».

Y sobre todo una superstición triste. Es algo triste, la fidelidad. “No voy a volver a tomar huevos fritos en mi vida”, ¡oye, pues toma huevos fritos, no pasa nada, pero para qué ponerte barreras…! No tiene ningún sentido.

Sin embargo, en España hablamos de “relación abierta” y sigue pareciendo como algo muy moderno, por no decir muy díscolo. Parece que la gente prefiere tener una relación cerrada y engañar a su pareja.

¡Hombre! Lo que está mal es utilizar esas relaciones personales para castigar o humillar al otro. Eso no está bien. Hay gente que lo que hace es utilizar otras relaciones para vengarse de la persona con la que está, y eso es terrible, y es insano. Pero lo malo ahí no es la infidelidad, sino la humillación pretendida.

¿Ella hubiera perdonado tus infidelidades si las hubiese sabido?

Nunca se preocupó por las infidelidades, sabía que la amaba sólo a ella. 

El amor romántico es el único amor, quien diga que no, que se vaya a tomar por culo

¿No le importaba, crees?

Cuando nos conocimos, los primeros años… yo no me terminaba de comprometer con ella. Ella sabía que yo tenía cuarenta cosas, pero no se preocupó nunca. En cambio, a veces, una mala palabra o un gesto… a eso sí le daba importancia. Un día que tenías que haberte acordado de que era una fecha importante, por ejemplo. Eso sí le sentaba mal. Pero lo de “oye, que has mirado a Pepita…”. Qué va.

Siempre nos da miedo que nuestra pareja tenga sexo con otras personas quizá no por el propio sexo, sino por si acaso se enamora. Por si se expone al amor a partir del otro cuerpo. Por si de repente lo físico inspira algo más.

Sí, pero eso depende de las personas. Ella me conocía lo suficiente para saber que a ella yo le tenía un amor que no tenía mucho que ver con que me gustara… (chasquea). En cambio, probablemente, si ella me hubiera dado muchos motivos de celos, hubiera estado mucho más justificado, porque estoy seguro de que si ella se hubiera ido con un tío a la cama no habría sido sólo por sexo, sino porque le gustaba algo más. Mientras que para mí era una cosa sin más, ni me acordaba de si se llamaba Pepita o Juanita. Pero en su caso ella hubiera sido incapaz de hacerlo si la relación no hubiera tenido cierta seriedad.

Te habrías preocupado ahí.

Sí, ahí me habría preocupado. Nunca me dio razones, pero me habría preocupado.

Hay una reflexión muy peculiar que haces en el libro: dices que su amor te daba fuerza para tener relaciones sexuales con otras. Y que ahora que ya no está ella, no tienes ninguna. Con ella se fueron todas.

Completamente. Desde que no la tengo a ella, ya no tengo ni el revulsivo de irme con ninguna. Me gustan las mujeres, siempre me han gustado, y los chicos. Pero no, ya no… es como si se me hubiera estropeado el estómago y antes me gustara mucho la fabada. Ahora no me metería una fabada, qué tontería. Es igual. Me ha vaciado las fuerzas. Ella era el motivo, el apoyo que tenía en el mundo, y ahora todo me parece dificilísimo. ¡Coger un taxi…! Me parece que me hubiera llevado la vida.

Total: que no te habrías puesto celoso si ella se hubiera acostado con otros hombres.

Probablemente me habría puesto celoso, pero ella nunca me puso a prueba. No sé si habría reaccionado bien. Ella no tenía celos maniáticos ni yo me pasaba la vida restregándole nada por las narices, ni mucho menos. Hay cosas que son de mal gusto. Toda la sinceridad… ¿hay que contar con pelos y señales todo lo que uno hace? Mira, no, hay que hablar de cosas agradables.

Sabes que ahora está un poco de moda denostar el amor romántico.

Lo he oído, quizá por eso este libro. No es que sea una defensa del amor romántico, es una defensa del amor, que siempre es romántico. ¿Que no existe el amor romántico? Váyanse a tomar por culo…

Qué otro amor habrá si no. 

¡Eso! Qué otro amor. ¿Qué va a ser, un amor práctico, es un amor mecánico? No hay más amor que el romántico.

Pero, ¿sientes que hay toxicidades que hemos arrastrado a lo largo del tiempo y que podríamos eliminar de nuestras relaciones?

Sí, pero eso no tiene que ver con el amor. Quiero decir: si el hombre tenía derecho a pegarle todas las semanas una paliza a la mujer… claro, es horrible, pero eso no tiene nada que ver con el amor.

A mí me gustaban las mujeres guapas; pero a las inteligentes les gustaba yo

No, pero me refiero también a lo que hablábamos: a la posesión, al sufrimiento exacerbado…

Es verdad que el amor te convierte un poco en el otro. Por eso, cuando ves que la persona amada se muere, no es que digas “se está muriendo”, es que dices “me estoy muriendo yo”. Mueres con ella, en parte. Compartes la muerte con alguien. Por eso cuando estás vivo sientes que si no controlas de alguna manera a la otra persona tampoco te controlas a ti mismo. Ahí sí que es verdad que hace falta tener un poco de sentido. Hay que decirse: “Sí, yo estoy enamorado de una persona, pero esa persona es ella, no soy yo en el sentido estricto y literal, no puedo manejarla”. Es complicado. Todos los sentimientos pasionales son difíciles de gestionar. Es que el amor te compromete, y el amor es toda tu vida. El amor tiene un elemento trágico. Aunque sólo sea por una cosa evidente: todos los amores acaban trágicamente.

¿Existe el poliamor?

No creo que exista, como no existe la pluripersonalidad. Los esquizofrénicos creen que son dos, pero… (ríe). No. Tú puedes tener afecto por mucha gente, ¡ahora! El amor, como eres tú mismo en otro, como es un alma en dos cuerpos…

Tienen que ser siempre dos cuerpos.

Yo creo que sí, pero tampoco me atrevo a decirte… hay gente tan rara en el mundo… no creo, no me parece creíble.

Aparte de lo que hablábamos del tema sexual, ¿hay cosas de ti que no le contaste nunca a ella?

Sí, hay cosas que no le contaba.

¿Me las vas a contar a mí?

No, no (ríe). No creas que eran cosas muy llamativas. Pequeñas vergüenzas que no te gusta revelar. Cosas que me parecía a mí que podían menoscabar el afecto o la buena opinión que ella tenía de mí. Yo quería presentarle mi mejor lado.

Es hermoso que eso se mantenga tanto tiempo: eso de seguir gustando al otro. Esa intención de agradar.

Sí, efectivamente. 35 años… nunca tuvimos la sensación de “qué barbaridad, aquí seguimos”. Todo era “¿ahora qué hacemos, a dónde vamos?, no nos va a dar tiempo a hacer esto”.

¿Cuánto hay de componente químico en el amor?

Yo soy de letras. Algo… hay unas afinidades físicas. O sea: hay personas de las que te gusta hasta cómo arrugan la nariz. Cualquier cosa. Mientras que otras veces te molesta todo. Edgar Allan Poe contaba cómo a uno le puede volver loco de indignación cómo alguien se rasca la cara. Otras veces todo te gusta: los gestos, la forma de fruncir el ceño. A mí me gustaba verla vivir. Nada más que verla vivir. Me gustaba mirarla.

Hay un momento en el que hablas de su inteligencia. Me acordaba de algo que decía Fernando Fernán Gómez: que él no quería a una mujer culta como novia, que como mucho la querría como maestra. Prefería a una mujer bella como pareja.

Yo, biográficamente, me he movido entre las mujeres guapas y las inteligentes. Las mujeres guapas son las que me gustan a mí y las inteligentes, con un poco de suerte, son a las que les puedo gustar yo. Cuando encuentro a una que es guapa e inteligente no la suelto (ríe). Sí, es verdad que son cosas distintas. Toda la vida me han preguntado que cómo me gustan las mujeres y yo siempre decía que rubias, sería por aquello de Brigitte Bardot o Marilyn Monroe… pues todas las mujeres de mi vida han sido morenas.

¡No se puede hacer ningún plan en esta vida!

Ninguno (risas). Todas morenas.

¿Y la cuestión ideológica, afecta al amor?

Hombre, no sé, si has estado quemando judíos en un campo de concentración para iluminar el jardín, igual sí, me costaría un poco. Pero no creo que por ideas, sin más… de hecho, Sara y yo compartíamos los temas esenciales de la democracia pero luego teníamos muchas opiniones distintas. Eso nunca te lleva a despreciar al otro y a decir “este tío es un monstruo”. Si es un enfrentamiento ideológico tremendo -cosas que afectan mucho a la vida- me imagino que sí.

Me llamó la atención el tema de que ella perteneciera a ETA.

Bueno, yo he tenido muchos amigos etarras, Jon Juaristi, Patxo Unzueta… muchas personas que después han sido muy respetadas fueron etarras en un momento determinado. No es que sólo dejaran ETA como hacen muchos ahora de “ahora no toca matar, toca otra cosa”, no, no: ellos se convirtieron en defensores de la democracia y en luchadores por la democracia. De alguna manera, Sara no sólo dejó ETA (estuvo en la época del franquismo, con 17-18 años), sino que se convirtió en una gran luchadora contra ETA.

¿Crees que si no hubieras conocido a Sara, habrías amado de la misma manera a otra persona?

Eso lo pienso a veces, ¿eh? Y me parece imposible. La respuesta auténtica es que no lo sé, pero a mí me parece imposible que con otra persona hubiese podido tener todo lo que he tenido con ella. Te confieso que no me lo puedo imaginar. Lo que he sentido por ella… 

Decías que el amor se caracteriza porque es insustituible.

Sí, sin duda. El amor es hacer insustituibles a las personas. Como una madre con un niño pequeño. Uno dice: todos los niños pequeños son iguales, ¿no?, todos se parecen a Churchill (ríe). Pues no. No son iguales. El amor los hace distintos. 

¿Podemos querer a alguien si no es por lo que nos da? ¿Hasta qué punto somos utilitarios cuando amamos; podemos amar, de verdad, desinteresadamente?

Entiendo… pero el hacer cosas por la otra persona en el amor da mucho placer. Una de las cosas que más placer da es saber que algo le va a gustar al otro. Acertar. Esto de “ya sabía yo…”. Yo me he pasado la vida pensando en pequeñeces para sorprenderla, y cuando atinaba, me sentía feliz. Cuando amas eres muy exigente y eres muy vampiro, y quieres que el otro esté feliz. Cuando amas te encuentras más desamparado. Yo me siento vulnerable. Me duele la cabeza y pienso: ¿quién me va a salvar ahora? Ahora me aterra cualquier cosa. Sin ella. También sufría con ella, cuando le veía una lagrimita en la cara. Eso me ponía totalmente descontrolado. Verla sufrir durante nueve meses y no poder hacer nada. O peor: intentar hacer cosas para alegrarla y equivocarme en todo. Eso fue… (chasquea).

¿El amor estable, en ámbitos artísticos, hace que el creador sea menos prolífico o menos genial? ¿La monogamia diluye la ficción, por ejemplo, o disminuye el carácter de una obra? ¿El amor aplatana?

Si estás enamorado la genialidad no te importa nada. A mí me llegan a decir “usted va a vivir sin amor, pero con esa falta de amor va a inventar mundos y va a ser un genio, va a tener veinte premios Nobel seguidos”… Pues no, gracias.

Prefieres el amor a la gloria.

Sin comparación.

Hay veces que se ha criticado a mujeres por decir que querían igual a su marido que a sus hijos. Siempre se espera que el amor a los vástagos sea el más inmenso. ¿Qué amor te pesa más?

Los amores familiares están muy bien pero son fruto de la necesidad. Aristóteles decía que todos los padres quieren más a sus hijos que los hijos a sus padres. El padre ve en el hijo una obra suya. Pero el hijo ve al padre como a una necesidad: “Este señor me ha tocado…”. El amor en sentido erótico es el amor que uno elige. La otra persona no sólo encarna tu ideal sino también tu libertad, y eso lo hace especial.

Hay una sensación angustiante en el libro, y es que es una despedida total. De la escritura y de la vida.

Pues sí.

¿Has pensado en el suicidio?

Esa idea la tuve al principio. En los últimos meses, cuando estaba Sara enferma, yo pensaba “tengo que durar hasta el final, no la puedo abandonar, mientras ella viva, tengo que estar aquí”. Pero ya después me siento completamente libre. No es sólo que haya pensado en suicidarme, que también, es que directamente pensaba que me moriría. Me tranquilizaba pensar que no iba a tener que vivir sin ella.

Si ahora que ha muerto mi mujer regresa ETA y me mata, me hace un favor 

Pero has sobrevivido.

Sí. Claro, y eso me da un poco de vergüenza, te advierto.

¿Por qué vergüenza?

Claro, porque digo “¿qué hago yo aquí, en esta rutina, por qué sigo…?”. Pero pienso: “Si me muero, ¿quién se acordará de ella?”. Ella no tenía familia, tenía algunos amigos… y pienso que si muero yo, su recuerdo desaparece. Eso me parecía que era una segunda muerte, y este libro venía a intentar compartir su recuerdo para que más gente lamentase no haberla conocido. La única tarea que tengo en mi vida es recordarla. Lo único que hago es recordarla. Y, por supuesto, no me considero vivo. Considero que estoy sobreviviendo.

Y tú no crees en que haya nada más después. En que haya otra manera de encontrarse.

Me temo que no. Si hubiera una manera de encontrarse, no estaría yo aquí hablando contigo. No creo que haya, no. Sería bonito…

A lo mejor te ha apetecido creer en dios.

En dios como lo imposible, sí. Esto de rezar me es absurdo… es ridículo. Pero ojalá un dios que fuera lo imposible, que hiciera que lo que haya sido no sea, que lo que murió, resucite. Ojalá creer en el dios de lo imposible. Sería una ventaja. Desgraciadamente, no lo he conseguido.

Y cuando mueras, que esperemos que sea dentro de mucho tiempo…

(Interrumpe riéndose) ¡No, no, tampoco exageremos! Eso es como decía Borges cuando una periodista le dijo “usted no va a morir nunca”. Él saltó: “Bueno, no nos pongamos pesimistas” (ríe). Pues eso. Me moriré, pero igual tú prefieres que no sea esta tarde.

No, no. Me muero yo detrás.

Te mejora el artículo (risas).

Te quería preguntar: ¿qué has pensado sobre ese momento, te gustaría escribir tu lápida?

No, no. La única muerte que cuenta para uno es la muerte de los demás. Como dice Woody Allen: “No es que me preocupe la muerte, pero me gustaría no estar ahí cuando llegue”. La muerte verdadera es la muerte del otro, del que tú quieres. La otra muerte no ocupa un lugar en tu vida, sólo es el índice de tu vida. La muerte que está dentro de tu vida es la del otro. Esa muerte ya la he pasado. Hace año y medio me encontraron un tumor en el recto, afortunadamente en fase inicial. El médico un día me dijo “te veo muy tranquilo”. Y yo le dije: “Es que uno está intranquilo cuando espera que le ocurra una desgracia, pero a mí ya me ha pasado”. Claro que puedo tener molestias, pero la gran desgracia ya la he pasado.

Ya no tienes miedo físico. 

No. Nunca he sido espantadizo, ni en la época de ETA, pero si me dices que regresa ahora ETA y me pega un tiro, me hace un favor. No me preocupa en absoluto.

¿Qué opinas de la eutanasia?

Pues habiendo conocido el caso de Sara sé que por intentar tantas cosas, y por querer aplazar… probablemente la hice sufrir innecesariamente un montón.

También hablaba de uno mismo.

¡Eso es suicidio, vamos a llamar a las cosas por su nombre! El suicidio asistido o sin asistir es el único delito que si te sale bien, no te puede culpar nadie (ríe).

Filosóficamente, ¿lo condenas?

A mí por qué me va a parecer mal… hombre, no, lo que me parece mal es que hay como un pudor. De los menores de 30 años, el suicidio en España es una de las causas mayores de muerte, más que la carretera. Y sin embargo aquí nadie se suicida. Todo el mundo se muere de otra cosa. No, hombre, no. Cada uno sabrá. Uno tiene derechos. La vida es de uno.

Lorena G. Maldonado.



A ti, que le pones los cuernos a tu novia, por Lorena G. Maldonado

Publicado originalmente en El Español.

Escribe Fernando Savater en La peor parte, un libro a la memoria de la muerte de su esposa, que él nunca dejó de preferirla. Luego se embarra: “Por eso no llegaba a ver incompatibilidad entre el amor que nos teníamos y mis caprichos cochinos, mis vacaciones sensuales, los deliciosos complementos que resaltaban aún más desde las sombras el deleite profundo, incomparable, desgarrador a veces, de nuestro entendimiento leal y definitivo”. Hay otra forma más cruda y breve de decirlo: le ponía los cuernos, pero le guardaba la cara cuando se trataba de amor. Bien. No vamos a ponernos moralistas a estas alturas. Fue el siguiente párrafo el que me subrayó en la perplejidad, el que me abrió los labios y me dejó colgada de un pánico hipócrita: “Era la fuerza exultante que ella me daba -repitamos el dictum de Goethe: ‘Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte’- lo que me permitía desbordar eróticamente en otras direcciones. Al perderla a ella, he perdido también a todas las demás”.

Esta última declaración me fue reveladora: ¿será cierto que la pulsión del hombre por probar cuerpos nuevos se sustenta en que ya existe un cuerpo -conocido, habitado, amado, quizá ya no tan deseado- que le espera? La fiesta apetece porque existe el hogar, y en el hogar no hay aventuras, sólo un nido construido con palabras -y cafés y edredones y besos templados y termómetros cuando uno está enfermo-. Pero, ¿qué sucede cuando ese hogar ya no está: de quién está escapando uno, de qué se está liberando, qué tipo de orden está transgrediendo? Es perverso: ¿será que nos apetece más acostarnos con otras personas que no son nuestra pareja porque estamos sorteando un obstáculo, porque estamos esquivando un pacto, porque estamos sacudiéndonos la vida que debería ser? Si no hay pareja, no hay trampa. Y si no hay trampa, no hay morbo.

Unos días después de entrevistar a Savater -a quien, obviamente, pregunté por esto-, un reputado intelectual patrio me comentó sus impresiones acerca del libro del filósofo: él creía que, más que de ausencia, estaba cargado de culpa. Que eran unas memorias-expiación. Que Savater lleva dos años como alma en pena gritando su dolor calle arriba, calle abajo, porque no se perdona a sí mismo, porque la gestión de las lealtades depende de un equilibrio oscuro y las traiciones eróticas tienen efecto boomerang y acaban golpeándonos en la cara. Su tesis es que Fernando había disfrutado de sus escarceos confiando en que en su vejez, que es lo que llega ahora, iba a redimirse cogiendo de la mano con cuidado a Pelo Cohete y no pensando en ninguna, en ninguna más. Se acababa la mentira. Se acercaba el tiempo de mirarse: los años de la parálisis, del reúma, de la torpeza física, de las erecciones débiles. Se acercaba la era de la entrega completa, ahora que la anatomía y los juegos pasaban a un segundo plano. Pero llegó la enfermedad y lo jodió todo. El plan se vio truncado. Y el hombre ya jamás pudo resarcirse.

Es una lectura interesante, no sé si cierta. Hace años que pienso en esto: en la idea honorable pero soporífera de estar solo con una persona para siempre. Cuando era adolescente, me tatué en la nuca un extracto de la que sigue siendo para mí la mejor canción escrita en castellano, Y sin embargo, de Joaquín Sabina. Ya saben: “De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti, la vida entera; y sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera”. Este himno que es el nuestro, el de los niños descarriados, habla de esa insatisfacción vital que nos hace soñar enfermizamente justo con lo que no tenemos. Lo que queremos siempre está un poco más allá. Somos burro terco y zanahoria imposible.

Es un hastío carnal que nos abarrota la cama de gente con la que, bien visto, no tomaríamos ni un puñetero vaso de agua: será que follar nos agita el espíritu. Nos propone caminos nuevos, aunque no nos interese caminarlos. Nos recuerda en el mercado. Nos reinaugura como seres deseantes y deseados: nos insufla una belleza falsa y agónica, la de la novedad. Follamos con personas que no amamos -y que a veces, ni nos gustan- porque el ego nos está derribando. Luego volvemos, escarmentados sólo hasta la próxima, a un vientre cálido y conocido en el que apoyar la cabeza. A alguien que nos besa la frente y nos pregunta qué hemos comido ese día.

Y sin embargo es un poema de amor furioso, convicto y franco que dignifica la contradicción, que nos recuerda que es humana y entera, traidora y valerosa. Te quiero tanto, pero. Beso a otras, pienso en ellas y no me redimo. ¿Serás capaz de entenderme, de perdonarme una y otra vez, toda la vida? Te quiero tanto y no es suficiente.

Aquí anda la peña haciendo canciones y libros con nuestras paradojas, con nuestras taritas, con nuestro estiércol emocional; buscando eslóganes que justifiquen lo perlas que somos los que amamos grave y raro. Pero seguimos sin encontrar -como sociedad- solución a este entuerto incómodo. Si en un momento de mi adolescencia me divirtió la tropelía, ahora cada vez me genera más repugnancia el engaño sistémico con el que hemos construido nuestro micromundo sentimental, pero el ciudadano medio sigue apostando por ser infiel y por rodearse de cómplices que le cubran –así crece su mancha amarga– en vez de buscar nuevos modelos de amor. Es insostenible tanta infamia. 

En España nadie se escandaliza al charlar sobre unos cuernos, pero ¡ah!, como le preguntes al vecino su opinión sobre las relaciones abiertas: vanguardistas de los cojones, promiscuos, modernos venéreos, viciosos, egoístas, incapaces de comprometeros ni con un cursillo de inglés de tres meses. El problema de estos nuevos romances aperturistas -hasta donde he podido ver y leer- es que uno de los integrantes de la pareja lo acepta sólo porque es el otro quien lo propone y lo desea. Hay uno que sufre, pero cede por no perder al ser amado. Es muy complicado encontrar un equilibrio sano cuando la persona a la que quieres vuelve a casa, huele a otro y el reproche no cabe en el pacto. El terror profundo en ese momento, entiendo, no es tanto que nuestro amor venga de viajar en otro cuerpo, sino que llegue a sentir algo por él y un día no regrese más a nuestro lado. Esta idea tiene grietas, pero es preferible a la mentira. 

¿Somos capaces de amar sin poseer? ¿Estaremos alguna vez tan seguros de nosotros mismos y, sobre todo, tan seguros del otro, sabiendo que el amor nunca ofrece garantías? Pienso en una frase que leí en El retrato de Dorian Gray: “Mi querido muchacho, a lo que ellos llaman su lealtad y su fidelidad yo lo llamo sopor de rutina o falta de imaginación. La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso”. Salgo sin hacer ruido y les dejo con la estocada final: “¡Fidelidad! Tengo que analizarla algún día. La pasión de la propiedad está en ella. Hay tantas cosas de las que nos desprenderíamos si no tuviéramos miedo de que otros las recogieran…”.

Lorena G. Maldonado.



La parte peor, por Juanjo Jambrina

Texto publicado originalmente en La Nueva España.

Fernando Savater y su último libro: amor o mala conciencia ante una persona enferma en su desvalimiento

Sus ojos se cerraron y el mundo siguió andando….

Le Pera-Gardel

Hace un mes, el New York Times publicó un reportaje sobre los problemas éticos planteados por libros que bajo la cubierta de la ficción reflejan episodios de la vida privada de personas conocidas del autor sin que los aludidos, a menudo seudonimizados, tengan conocimiento de ello. El artículo del NYT se basa en el alboroto que vive el mundo cultural noruego (sí, como Teruel, también existe) desde la publicación de las memorias del escritor Karl Ove Knausgaard. A causa de sus escritos, Knausgaard está afrontando acusaciones de «falta de ética» por parte de algunos familiares o de sus exparejas porque en su luenga obra casi todos los personajes citados aparecen con sus nombres reales. El caso de Knausgaard es el más famoso por su gran éxito de ventas pero hay varios escritores noruegos más frecuentadores de la «reality fiction» que están teniendo que responder a demandas judiciales iniciadas por los protagonistas «ficticios» de sus novelas.

Enternecedores estos noruegos… Parece que acaban de descubrir la pólvora cuando en España llevamos años jugando con la bomba de neutrones. Desde los «Diarios» de Andrés Trapiello, a los nunca bien explicados «relatos reales» de Javier Cercas, a la biografía novelada de Adelaida García Morales que firmó Elvira Navarro, llevamos más de treinta años discutiendo activamente al respecto. Y seguiremos discutiendo. El asunto no tiene fácil remedio porque como dijo Josep Pla: «La intimidad es el gran problema de la literatura». Porque obliga a trabajar con la verdad, con hechos. O sea, con el material que usan los jueces. Por eso los escritores, en general o tomados de uno en uno, prefieren vivir del cuento.

Similares conflictos también suceden en sentido inverso aunque con menos frecuencia. O sea, cuando alguien publica una autobiografía o unas memorias y da la impresión de que ha escrito una ficción.

Esto es, «tout proportion gardée», lo que me ha sucedido con el libro de Fernando Savater «La peor parte» (2019) . Aún siento el frío en los huesos. Tal vez porque Savater es uno de mis autores preferidos esperaba algo especial de este texto.

«La peor parte» es el libro con el que Savater rinde recuerdo a Sara Torres, la mujer con la que compartió 35 años de su vida y que falleció hace cuatro años y medio. Es un libro emotivo, escrito en ese tono coloquial y accesible «tan de la casa» y cuajado de frases delicadas, incontenibles: «Escribía solo para que ella me leyera» o «necesito hablar de ella para que todos los lectores la quieran como yo la quise». También hay momentos de osadía, como los recuerdos de su época de depredador de hombres o aquellos en los que habla de sus flirteos con otras mujeres, sin mayores problemas que los que encuentran ciertas mentes libertinas que se creen que todo el amor cabe en un agujero, como decía el gran Ferpo. Y hay que ponerse firme cuando Savater relata los años de lucha contra ETA y contra los vascos que callaron y asintieron, los años en que les escupían a Sara y a él mientras paseaban por San Sebastián, los muchos años con la cabeza a sueldo en los que convivieron con un tercero, el escolta, en medio.

Pero descontados estos tramos del camino empecé a pensar lo poco que había visto a Sara en el trayecto. Y es que eso era lo que yo esperaba con mayor detalle. Conocer algo más de la persona más importante en la vida de uno de mis escritores preferidos. Unas memorias de amores que crecen sobre la terrible muerte de una mujer de 59 años que afrontaba la plenitud de la vida. Pero Sara no aparecía en los momentos en que la esperaba. Y una vez fallecida, la escena se llenó de Fernando en un duelo interminable. Entiendo que la deformación catatímica del autor influye en los recuerdos. Al fin y al cabo, este es un libro impuesto por el amor de su vida que le pidió que contara al mundo lo que había habido entre ellos. Pero yo no llevo bien los momentos de sensiblería o lo que CS Lewis llamaba «el asqueroso, dulzarrón y pringoso placer de ceder a revolcarse en un baño de autocompasión.»

Sara Torres murió de un glioblastoma cerebral en un proceso que duró cerca de un año con una agonía final especialmente dura como lo son estos casos en los que el sistema nervioso se deteriora rápido y se van perdiendo los sentidos hasta llegar al delirio que preludia el final inminente.

Y me dio por pensar que es un texto que tal vez no esté tan sostenido por el amor (su principal pretexto) como por una cierta mala conciencia del autor respecto a su actitud hacia la enferma en su desvalimiento. Lo cuenta Fernando en algún momento. La mala conciencia tiene poco que ver con la culpa. La culpa arranca de lo que «debí hacer» y la mala conciencia de lo que «debería haber hecho». Esta mala conciencia es algo profundamente humano e inserto en la dureza del agónico dolor de un ser querido. Lo explica muy bien la película «Un monstruo viene a verme» (2016) de J. A. Bayona. Es la cuarta historia de Conor O’Malley, el niño que a punto de perder a su madre reconoce entre llantos: «Quería que todo se acabara. No puedo soportar saber que se irá. Ella me decía que todo iba bien y yo la creía pero no la quería y empecé a pensar en que tenía ganas de que se acabara aunque eso significaba perderla.». Y el tejo, el árbol que le cobija le responde a Conor: «querías que se acabara el dolor, tu propio dolor. Es el deseo más humano que hay. Te crees las mentiras piadosas sabiendo lo dolorosas que son las verdades que hacen esas mentiras necesarias. Has sido valiente, Conor, al final lo has dicho».

Yo no he encontrado en «La peor parte» esta imprescindible secuencia. He leído innumerables momentos de placer compartidos por Sara y Fernando. Pero me falta saber cómo se le explicó a Sara el diagnóstico, cómo quería morirse, quién estaba con ella en su último suspiro, qué hablaron en esas conversaciones que mantuvieron en Baltimore? Y me sobran sentimientos, como dice CS Lewis en Una pena en observación, libro canónico sobre el duelo en el que se basó la película Tierras de penumbra (1993). «Sentimientos, sentimientos, sentimientos. A ver si puedo sentir menos y razonar un poco más. Tengo la sensación de estar sometido a un deber de fomentar mi propia infelicidad. ¿Qué hay detrás de todo esto? En parte, vanidad. Demostrarnos que somos amantes superiores y no miembros de un batallón de afligidos».

No me ha sido fácil leer «La peor parte». Pero mucho más me ha costado escribir sobre ella. Nunca conocí a Sara Torres. De Savater conozco desde sus aventuras por la ficción a sus magistrales libros de ensayo. Y no. Esta no es su mejor novela. En la realidad, escribe CS Lewis (tan cerca de Dios y tan lejos de Freud) «el dolor enconado no nos une con los muertos, nos separa de ellos».

Juanjo Jambrina.



 

 

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