Sí a la guerra

José Lázaro

 Que Chamberlain no fichase por Podemos se debió tan solo a que, si lo hubiera hecho, habría cometido un error de tipo cronológico que acabaría por ser descubierto a la larga (la expresión es de Borges). No había otra razón pues, como es bien sabido, Chamberlain era radicalmente partidario del “no a la guerra” y del diálogo, diálogo y más diálogo para solucionar los conflictos. Así que se fue a Múnich para dialogar con Hitler ofreciéndole Austria y los Sudetes a cambio de que se uniese al “no a la guerra”. Como todo el mundo sabe, Hitler le agradeció efusivamente un diálogo tan cordial, aceptó el ofrecimiento, lo mandó de vuelta a Londres “con la paz bajo el brazo” y a continuación invadió Checoslovaquia y meses después Polonia. Fue Churchill, como nadie ignora, el que tuvo que darle un manotazo al podémico Chamberlain para gritar el “Sí a la guerra” gracias al cual hoy vivimos en la Comunidad Europea y no bajo el Reich de los Mil Años.

Hay enseñanzas de la historia que son bien transparentes para el que no se niegue a verlas. Todos los seres humanos tenemos una peligrosa tendencia a pasar de pensantes a creyentes, de creyentes a fanáticos y de fanáticos a violentos. Podemos hacerlo tanto en el plano personal como en el grupal. Por eso cada uno de nosotros, individuos y grupos, nos movemos en equilibrio inestable entre ideas y creencias —es imposible no tener unas y otras—, con ocasionales caídas en el dogmatismo, el fanatismo y los impulsos violentos. Así es la mente humana, así son las sociedades humanas.

Pensar no es más que afinar definiciones, precisar lo que entendemos por las palabras con las que intentamos reflejar las cosas. Por eso es importante definir lo que —en este escrito— se está llamando ideas, creencias, dogmas y violencia.

El pensante es capaz de autocrítica, de analizar racionalmente alternativas, de justificar con argumentos las decisiones y de reconocer sus aciertos y sus fallos. Maneja conocimientos (objetivamente demostrables, como lo son, por ejemplo, los científicos) y también maneja ideas (racionalmente justificables, como lo son, por ejemplo, las filosóficas) pero sabe que ni los conocimientos son definitivos ni las ideas tienen un grado absoluto de verdad.

El creyente renuncia a fundamentar objetiva o racionalmente sus certezas, las impregna de afecto y de emociones; afirma, con Tertuliano, que lo absurdo puede ser creible porque lo imposible puede ser cierto. Las creencias son para él independientes de la lógica, ajenas a la comprobación experimental pero, eso sí, sentimentalmente cálidas. Lo verdaderamente emocional no es la inteligencia sino la fe.

El fanático da un paso más allá por el mismo camino. Atribuye a sus creencias un valor absoluto, rechaza enérgicamente el intento de cuestionarlas, las liga emocionalmente a su propia identidad y considera como un insulto personal cualquier crítica que se les dirija.

El violento ha dado otro paso más, y no de tipo cuantitativo sino cualitativo, pues ha pasado desde la palabra al acto. Al acto, concretamente, agresivo. Sus creencias tienen ya un valor tan grande que responde violentamente al que las cuestiona (o, en caso extremo, al que no las comparte). El agresor violento es un creyente fanatizado hasta el punto de que considera al incrédulo (es decir, al que no comparte sus creencias concretas) como un elemento hostil y peligroso que debe ser aniquilado.

Este proceso (o uno muy parecido que le ha servido de inspiración) fue brillantemente descrito por el psiquiatra Enrique Baca, que lo denominó “la construcción del enemigo” (un término, por cierto, que si se consulta en san Google suele tener un sentido muy distinto del que le ha dado Baca en el libro Las víctimas de la violencia).

La capacidad de cada hombre y cada pueblo para oponerse a esta pendiente resbaladiza es el principal indicador del grado que ha alcanzado en la escala de la civilización. Hay pasos adelante muy claros, como el Renacimiento o la Ilustración; hay regresiones evidentes, como el fascismo, el comunismo, el neoislamismo o el nacionalismo —empezando por el nacionalismo español, modelo y causa inmediata de todos los regionales que actualmente padecemos en España—.

Cuando el proceso que lleva de la fase 1 —pensamiento— a la fase 4 —violencia— es colectivo —y generalmente puesto en marcha por un grupo con objetivos políticos e intereses económicos muy concretos— da lugar a conflictos que son muy diferentes entre sí, aunque todos ellos comparten el mismo mecanismo básico.

El gran error de todos los chamberlains que en el mundo han sido consistió en ignorar que el diálogo puede servir para frenar la conversión de un pensante en creyente, pero es totalmente impotente frente a un fanático y suicida frente al violento.

Cuando José Luis Rodríguez Chamberlain decidió combatir el terrorismo vasco con mucho diálogo, ETA se lo agradeció efusivamente; él se presentó ante el pueblo español con la paz bajo el brazo y después ETA invadió Checoslovaquia en el parking de la T4.

El descrito proceso en cuatro fases no siempre llega a la última. El adoctrinamiento realizado en Cataluña desde 1980 bajo la dirección de la banda Pujol-Mas-Ferrusola no es comparable a los antes citados, pues no ha pasado de las fases segunda-tercera (ya que la violencia hubiera sido nociva para sus fines: disfrazar el latrocinio de patriotismo). Por eso puede ser todavía desmontado con los mismos medios que sirvieron para acabar con ETA (aunque estaba ya plenamente instalada en la fase 4): jueces y policía. Y a la vez que se encierra a los delincuentes convergentes hay que establecer un diálogo razonable y constructivo con el pueblo catalán, que le sirva de compensación por los 35 años que ha padecido de campaña organizada para empujarlo de la fase 1 a la 2 y a la 3.

El problema con el Estado Islámico, en cambio, no es sólo que haya llevado la fase 4 al máximo nivel de brutalidad, es que en su caso ya no hay ni diálogo, ni jueces ni policías que sirvan para nada. Por eso la única esperanza que aún queda frente a él es que aparezca un nuevo Churchill capaz de decir bien alto y claro: “Sí a la guerra contra la violencia, contra el fanatismo, contra la barbarie”. “Sí a la tolerancia”. “Sí a la civilización”. Lástima que Donald Trump no sea precisamente un ejemplo de tolerancia y civilización.

 



Texto citado: La bomba norcoreana, Mario Vargas Llosa 

Publicado en El País el 10-1-2016

 

“La satrapía de los Kim no sólo ha condenado al pueblo norcoreano a vivir en la miseria, la mentira y el miedo. Con su búsqueda frenética del arma nuclear que, cree, le garantizará la supervivencia, pone en peligro a sus vecinos de la península y a todo el Asia. La comunidad internacional tiene la obligación de actuar, poniendo en acción todos los medios a su alcance para acabar con un régimen que se ha convertido en un riesgo para el resto del planeta. Hasta China, que fue uno de los escasos valedores de la dictadura norcoreana, parece haber comprendido el peligro que representan para su propia supervivencia las iniciativas demenciales de Kim Jong-un. Y la forma de actuar más eficaz es cortar de raíz la posibilidad de que el régimen de Pyongyang continúe con unos experimentos nucleares que constituyen, en lo inmediato, una gravísima amenaza para Corea del Sur, China y Japón. La comunidad internacional puede dar un ultimátum al régimen norcoreano, a través de las Naciones Unidas, dándole un plazo preciso para que desmantele sus instalaciones atómicas so pena de proceder a destruirlas. Y cumplir con la amenaza en caso de no ser escuchada. No creo que haya un caso más evidente en el que un mal menor se imponga por sobre el riesgo de que Pyongyang provoque una catástrofe con cientos de miles de víctimas en el Asia y, tal vez, en el mundo entero.”

 



Texto citado: Soldados sin riesgo, Javier Marías

Publicado en El País el 27-12-2015

 

“Las intenciones del Daesh están anunciadas desde el principio y son meridianas: si por sus miembros fuera, llevarían a cabo el mayor genocidio de la historia, y acabarían no sólo con los “cruzados” (es decir, todos los occidentales), sino con los judíos, los yazidíes, los kurdos, los chiíes, los ateos, los laicos, los variados cristianos, los demócratas, los que fuman, oyen música, juegan al fútbol… En fin, sobre la tierra sólo quedarían ellos, con los pocos que sobrevivieran a su carnicería como esclavos, las mujeres no digamos. Punto. Así que ignoro qué hay que hacer, y aún más cómo. Pero de lo que no me cabe duda es de que han de ser combatidos y derrotados, antes o después.

”Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo, antigua enfermedad que misteriosamente, y desde hace ya lustros, se ha hecho epidémica entre la falsa izquierda que nos rodea. Hay quienes exigen a los occidentales que no entren en guerra, lo cual resulta imposible de cumplir cuando alguien nos la ha declarado y empezado ya. Otros proponen “diálogo y empatía” con los terroristas, como si éstos estuvieran dispuestos no ya a hablar de nada, sino ni tan siquiera a escuchar, o pudieran aceptar pactos de ningún tipo. El genocida declarado, se debería saber a estas alturas, sólo admite aniquilar. Finalmente Pablo Iglesias, ante la posibilidad de que España enviara más tropas a Malí para ayudar allí a Francia, lo ha desaconsejado con la siguiente y preclara advertencia: “Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera”. ¿Ah sí? Es como si el susodicho recomendara no llevar a los bomberos a sofocar un incendio porque pueden volver quemados; ni a los policías a impedir un atraco o un secuestro porque pueden ser tiroteados; ni a los pilotos a volar en helicópteros y aviones porque se pueden estrellar. Nadie desea que les ocurra nada a soldados, bomberos, policías y pilotos (y además merecerían mejor remuneración), pero la ­única manera de asegurarse de ello es que no existan, que no los haya. Lo que carece de sentido es tener un Ejército para que nunca intervenga ni corra riesgos, como disponer de una policía y unos bomberos que permanezcan acuartelados en las emergencias. En España ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Si así fuera, nada impediría que el Daesh desembarcara en la península como si estuviéramos en el siglo VIII. Me pregunto qué haría entonces Iglesias si fuera Presidente. Es probable que ordenara a los soldados no hacer frente a los invasores, no fuera a ser que regresaran de sus misiones en ataúdes. Claro que, en este caso, lo más seguro es que la población entera quedara decapitada y sin sepultura en los amenos campos de España. Porque desde antiguo es sabido que los ­sarracenos (nada peyorativo en este término: consúltese el diccionario) se han cuidado poco o nada de los cadáveres de sus enemigos infieles”.

 



 

Comentario de Teo Millán a “Sí a la guerra”

Teo Millán

El texto de José Lázaro “Sí a la guerra” es un buen ejercicio de racionalidad discursiva y ausencia de pasión. Sin embargo, me veo obligado a señalar que no es oro todo lo que reluce.

Lo que el autor denomina “fase pensante”, y que distingue como aquella en que el agente es capaz de autocrítica y análisis racional, esconde también un complejo entramado de creencias —y sobre todo costumbres— que son en la mayoría de los casos un fanatismo o un pilar de seguridad que no se puede abandonar sin caer en un sentimiento de miedo que lleva a la violencia. O, dicho de otra forma, la defensa de lo que en Occidente denominamos los derechos y libertades básicos es una frontera que la gente no abandona sin sentir el santo temor de que su concepción del mundo está en peligro. Y quién ve peligrar su mundo está dispuesto a coger las armas para defenderlo.

Al definirnos como civilizados, tal como el artículo hace, nos estamos posicionando como fanáticos de un tipo de mundo. Solo que mi definición de fanático varía en algo de la que aporta el artículo. Y en esto no hago sino aplicar autocrítica a la reflexión que se presenta. Fanático es, para mí, no solo el que movido por creencias define una axiomática última, sino quién lo hace movido también por la costumbre y teme el desmontar esa costumbre. De ahí a que ese temeroso pase a sentirse amenazado cuando su axiomática y/o su costumbre se ven cuestionadas no va más que un paso (y para ejemplo véase como se recibe este mismo argumento). Y como buenos animales que somos, de la amenaza a la violencia justificada no queda mucho.

Ejemplos próximos de esta situación los tenemos recientes; desde la forma de reaccionar ante la oleada de inmigrantes que amenazan nuestro paraíso económico sosteniendo con las armas algo tan contingente como el concepto de frontera, hasta el fundamentalismo de la libertad de expresión a cualquier precio que no es más que una imposición de la laicidad como forma social en base a dos razones: su aparente superioridad organizativa y su compatibilidad con un sistema de libertades en lo privado que lleva aparejado imposiciones en lo público. Y es esta distinción kantiana entre privado y publico lo que sustenta la justificación última del buenísimo de nuestra concepción política. Aunque también esa axiomática hace aguas, como el mismo Kant reconoció al enjuiciar la revolución francesa, ante la cual se declaró incompetente.

Por tanto, y sin desmerecer la brillante presentación, quiero añadir mi granito de arena, que en nada intenta defender ni justificar los fascismos, absolutismos o fanatismos de este mundo, pero si que señala la paradoja lógica que significa que en ausencia de una axiomática absoluta, ni instrumental ni ética-objetiva, el paradigma cultural nos lleva a convertirnos en garantes de nuestra extirpe o, lo que es lo mismo, absolutistas de un relativismo siempre cuestionable. Ergo fanáticos y, cuando amenazados, violentos, tan violentos que hoy por hoy somos históricamente predominantes por la fuerza que no por la dialéctica.

Dicho esto soy fanáticamente partidario de la autodefensa y creo que hoy el Isis es beligerante, como lo fue el fascismo imperialista. Y ante el ataque solo cabe la defensa. Así que opto por el sí a la guerra (que nos han declarado).

Pero esa justificación no es en base a buenismos racionalistas. Lo es en base a la verdad última, que dirían tanto Adorno y Horkheimer como Carl Schmitt, desde posturas antagónicas. Pero para ese viaje no necesitamos alforjas. Lo que sí hacen las alforjas es deslegitimar intromisiones como la de Iraq, que de otra forma podrían volver a darse. De ahí por tanto la importancia de la política del entente (que defiende aún a sus 92 años Kissinger en su último libro, World Order). Así que mi elección es ésta; mucha practicidad y nada de superioridades morales. Mejor las humildades morales. Esto es, puestos a pecar prefiero pecar de tonto-Chamberlain que de listo-Bush. Al fin y al cabo las dos cosas acaban en una guerra, aunque una sabemos quién la empezó y quién la ganó y la otra…

 



Contestación de José Lázaro a Teo Millán

José Lázaro

Me parece muy interesante y generoso el comentario de Teo Millán. En el fondo, pienso que estamos de acuerdo, si no fuera, como tantas otras veces, por un problema de matices semánticos.

Yo intentaba precisar el significado concreto que en mi escrito le doy a cuatro términos que Millán prefiere definir de otra manera, lo que le lleva a vincularlos íntimamente al entender la “fase pensante” como (cito) un “complejo entramado de creencias y sobre todo  costumbres, que son en la mayoría de los casos un fanatismo o un pilar de seguridad que no se puede abandonar sin caer en un sentimiento de miedo que lleva a la violencia”.

Tras esta opción semántica de Millán hay otra que me interesa mucho: la mezcla de dos sentidos que suele tener el término “creencias”, uno general (convicciones, afirmaciones que considera ciertas el que las hace) y otro específico (convicciones congeladas, inmovilizadas y cargadas de emocionalidad que aglutinan a un grupo identificado con ellas). Yo procuro distinguir esos dos significados —inevitables— cuando escribo y usar la palabra “creencias” sólo en el sentido específico; pero en el habla cotidiana necesariamente los usamos ambos.

No pienso que haya ninguna superioridad moral en la defensa del “laicismo”, un término que para mí es sinónimo de sociedad abierta, tolerante, que permite sin problema las manifestaciones públicas de todo tipo, desde las procesiones de los católicos hasta las del “no a la guerra” o las del orgullo gay. De hecho, ni siquiera tiene para mí mucho sentido el término “superioridad moral”, pues el concepto de moral que prefiero es el que formuló Antonio Valdecantos: “La moral es el resultado de un conjunto de cálculos, despistes, astucias, confusiones y torpezas mezcladas con unas cuantas buenas intenciones y otras tantas villanías. Saber que la acción humana constituye el fruto de semejante desorden es quizá lo más esencial que cabe saber sobre ella”.

Y la diferencia que tienen las sociedades laicas sobre las religiosas es precisamente la conciencia de que sus propias creencias y costumbres se pueden y se deben cambiar: ese cambio continuo es el maravilloso proceso que han seguido Europa y Norteamérica desde hace dos siglos.

El argumento básico de Teo Millán, entiendo, es que el racionalismo laico que yo defiendo es una religión como otra cualquiera. Eso mismo dicen algunos del ateísmo. Pienso que estamos ante un nuevo ejemplo del concepto genérico de creencias frente al restringido. Mi respuesta a ese argumento ocupa doscientas páginas y está en un libro titulado La violencia de los fanáticos. Cuando se publicó, un muy querido amigo me dijo: “Es emocionante ver la pasión con que defiendes tu creencia en el librepensamiento”. Fue una de las mejores críticas que recibí.

Y también coincido con Teo Millán en que el triunfo de las democracias ilustradas, tolerantes, liberales y felizmente laicas es el resultado de que tienen más fuerza bruta que las sociedades dogmáticas de su entorno, pero no de que sean menos depredadoras. Yo en eso soy muy ferlosiano, reconozco la profunda artificiosidad de la Ley, cuyo fundamento histórico último es la pura voluntad de los guerreros victoriosos y el aplastamiento de los vencidos. Y eso se aplica a cualquier civilización, incluida la nuestra. Que, en mi opinión, puede y debe usar la violencia en muchos casos. Aunque no siempre la violencia es fanática: puede usarse para destruir el fanatismo, como hicieron británicos y americanos en los años cuarenta. Pero yo prefiero que la violencia sea deliberada, analizada y calculada a que sea violencia creencial, es decir, emocional.

En fin, ya no se si estoy de acuerdo con Millán o en desacuerdo conmigo mismo, pero, en cualquier caso, le agradezco muy sinceramente su estimulo para estos pequeños ejercicios de deliberación.

 



 

No (condicional) a la guerra, Fernando Sánchez Pintado

Fernando Sánchez Pintado

Hay ideas que, cuando por necesidades expositivas o polémicas se reducen a meras afirmaciones, pueden ser interpretadas en el sentido contrario al que tenían. Esto es lo que, en mi opinión, ocurre con un título como “Sí a la guerra”. Aunque el texto que sigue a ese encabezamiento no tenga relación alguna con una defensa del belicismo, un enunciado tan tajante despierta temores muy fundados. Por eso me parece necesario aportar de manera sucinta algunas consideraciones acerca de si a la guerra se le puede añadir un sí o un no sin más matices. Y lo hago a sabiendas de que José Lázaro de ninguna manera pretendía defender nada parecido.

La guerra es el mayor y más permanente desastre de la humanidad. Y también el menos comprensible. La guerra es un mal en sí misma que, sean cuales sean sus motivos y finalidad, produce otros muchos males, males que se prolongan y a menudo se acrecientan incluso cuando ha finalizado. Ni los más acerbos defensores del militarismo, capaces de decir “cuando hablan las armas, callan las leyes”, niegan la esencia terrible e irracional de la guerra. Aunque la consideren inevitable, como si se tratara de una ley de la naturaleza de la que sólo podemos conocer sus consecuencias, y lleguen a sostener que es el motor del progreso y, a la manera de malos discípulos de Hegel, vean los campos de batalla como el ara de la Historia Universal en el que los hombres son sacrificados para hacerla realidad.

Se han necesitado siglos para limitar el valor y el uso de la guerra, de manera que hoy ese descarnado belicismo es rechazado radicalmente por la inmensa mayoría de los ciudadanos y los conflictos bélicos están sometidos a normas cuya violación lleva o debería llevar a la condena de sus responsables tanto moral como jurídicamente. Que los crímenes contra la humanidad sean imprescriptibles es un avance gigantesco en la convivencia entre las naciones.

Que la guerra sea un mal no presupone que no se deba hacer cuando no hacerla signifique un mal aun mayor, es decir, cuando ella misma sea el mal menor. Pero esto no es posible predicarlo de manera general, porque depende del conjunto de circunstancias previas a su declaración, durante su desarrollo y después de su finalización. Y eso sólo se puede saber en cada caso concreto y para ello hay que tener presente que es muy distinto interpretar los hechos pasados que tomar decisiones cuando están ocurriendo y nadie puede saber con precisión cómo se debe actuar.

El pacifismo a ultranza, que también podría resumirse en un “no a la guerra” de carácter absoluto, es un desiderátum que no resiste la confrontación con la realidad. Por supuesto, esto no es aplicable ni hace perder valor (ni tampoco lo magnifica) al pensamiento de la no-violencia que para alcanzar sus objetivos propone la resistencia pasiva y cívica como forma de acción. Del juicio de valor que las guerras son un mal no se sigue la inaplicable norma práctica: no se debe hacer frente a agresiones que, de no hacerlo, multiplicarían ese mismo mal que se pretende evitar no haciendo la guerra. La descripción de los horrores de la guerra no hace de todas las guerras en todos los momentos y en todas las circunstancias el mal mayor. No es en absoluto ni moral ni realista olvidar las masacres y los exterminios que jalonan la historia de la humanidad y exigir al mismo tiempo que frente a ellos no exista el derecho de defenderse violentamente.

Ahora bien, este derecho a la defensa está sujeto a condiciones, a los principios de guerra justa tanto para legitimar su declaración como para limitar la manera de hacerla, e incluso para determinar las consecuencias que de ella se deriven; principios que tienen una larga historia desde Francisco de Vitoria y Grotius entre otros, y han sido recogidos por las Naciones Unidas. Se puede aducir que a la hora de su aplicación dejan mucho que desear, y esto además de muy cierto revela el verdadero problema al que nos enfrentamos: determinar cuándo, cómo y por qué sería legítimo emprender una acción bélica. Porque damos por supuesto que sólo en ese caso se debe hacer.

Podríamos poner numerosos ejemplos de nuestro pasado reciente o del casi actual que avalaran la necesidad y legitimidad de guerras que cumplieran los principios de causa justa, proporcionalidad ante la agresión, último recurso etc. Todos los tenemos presentes, de la misma manera que tenemos otros que no los cumplen. No en todos los casos es fácil delimitarlo con claridad. Por ejemplo, si no es discutible la legitimidad de la guerra que los aliados tuvieron que emprender para defenderse de la agresión de la Alemania nazi, tampoco es dudoso que los bombardeos de ciudades como Dresde o Hirosima sean actos de barbarie que en otras circunstancias, y al menos desde un punto de vista teórico, habrían supuesto la condena de quienes los ordenaron.

Es obvio que esta aproximación, excesivamente genérica y abstracta, debe ser inscrita en diferentes momentos de la historia a los que no es posible aplicar de manera directa nuestros principios morales y políticos actuales, por válidos que nos parezcan y tal vez sean. Las formas que adoptan las guerras revolucionarias a partir de finales del siglo XVIII (el pueblo en armas que defiende primero sus principios y supervivencia, y luego los impone más allá de sus fronteras); el fin de la guerra entre caballeros, aunque de ella quedaran escasos vestigios, que en las dos guerras mundiales se convirtió en guerra total y abolió la diferencia entre combatientes y civiles, estableciendo la destrucción de los medios de producción y el espíritu de resistencia de la población civil como un objetivo más, por no decir fundamental, de la estrategia militar; la amenaza permanente de destruir a toda la humanidad que consagró la disuasión nuclear para alcanzar la hegemonía, desplazando las guerras reales a espacios alejados donde se aplicaban otras leyes de la guerra muy distintas a las que se decía que regían en Occidente; la dispersión incontrolable de conflictos a partir de los años ochenta del siglo pasado que ya no responden a una autoridad reconocible ante la que no cabe, pues, ni diplomacia para evitar la guerra ni guerra para evitar agresiones o desastres humanitarios de proporciones pocas veces conocidas; todos estos cambios profundos de las condiciones técnicas y sociopolíticas de la guerra nos obligan y nos ayudan a pensar en qué condiciones se producen hoy los conflictos bélicos y, al tiempo, hacen aun más válidos los principios que deben limitarlos y regirlos.

Nos encontramos hoy ante nuevas circunstancias tanto objetivas como ideológicas. Entre éstas, quiero destacar una que no es precisamente nueva pero se presenta como tal, en la medida en que aparenta ser la mera constatación de hechos indiscutibles en los que se injerta algo muy distinto: consiste en legitimar las intervenciones bélicas en nombre de la moral. El valor de la propia moralidad y la aniquilación de la del adversario es una constante en la historia, la diferencia estriba en que ahora se presentan primero los hechos (o lo que se dice que lo son) y de ellos parece derivarse no ya una amenaza más o menos objetiva que justificaría la respuesta bélica, sino la supremacía moral sobre el enemigo. Los discursos del presidente George W. Bush antes de la segunda guerra de Irak (muy distinta del proceso seguido en la guerra con la que se puso fin a la agresión de Irak a Kuwait) contraponiendo el bien y el mal a partir de unos datos (falsos) que justificaran su intervención militar son una negación de los principios que decía defender, no tanto porque los datos fueran falsos sino porque, en realidad, los hechos sólo lo son porque vienen a corroborar los valores bueno-malo que previamente ya había establecido. No es la única vez ni la única forma en que esto ha ocurrido, pero es, sin duda, una reciente y conocida.

Lo que importa resaltar, sin entrar en las desastrosas consecuencias de una guerra mal concebida y peor ejecutada, o dicho de otro modo, no sujeta a los principios de la guerra justa, es que esta “moralización” de la guerra está ocupando el lugar de la reflexión jurídica, objetiva y contrastable de la valoración de la justicia de las causas y de los métodos empleados, que es lo que delimita lo que es legítimo y lo que no lo es en un conflicto bélico. Porque, reducida la guerra a los valores “morales” propios frente a los valores “inmorales” del enemigo, no cabe la posibilidad de ninguna norma común; nos situamos en un terreno subjetivo donde la razón última vuelve a ser la fuerza. Con esto, quiero señalar de manera categórica, no se defiende ninguna forma de relativismo moral o político, más bien todo lo contrario: si continuamos deslizándonos por el terreno de la subjetividad del propio y exclusivo código moral (en buena medida adaptado a las conveniencias del momento, que no responden a los valores de humanidad anunciados en la Ilustración y que han llegado a informar nuestras leyes) en contraposición a lo no-moral ajeno, cada uno de los contendientes podrá exhibir unos valores absolutos que, a la postre, muestran lo que son: puramente relativos. Por eso creo que si hubiera que resumir estas reflexiones apenas apuntadas, podría decir que más vale un no (condicional) a la guerra. Porque, como en el mundo real se continuarán desatando los conflictos, al privarnos de la valoración objetiva de qué es justo o injusto en la guerra, lo más probable es que con ello se contribuya a aumentarlas y a hacerlas aún más terribles.

 



Texto citado: Las guerras nos han hecho más ricos, más seguros y más pacíficos, Ian Morris

 

El historiador más apasionante y heterodoxo de la actualidad se atreve en su último libro a defender el conflicto bélico como la principal fuente de progreso humano

Entrevista de Daniel Arjona, publicada en El Confidencial, 19-12-2017

Treinta mil caledonios armados escucharon aquel amanecer a su comandante Calgaco en el monte Graupio, allí donde las tierras altas se deslizan hacia el frío mar del Norte: “Escuchadme! Vivimos en los confines del mundo. Somos los últimos hombres libres sobre la faz de la Tierra. Los romanos roban, matan y violan y a eso lo llaman gobierno! ¡Es mentira! ¡Convierten cuanto pisan en tierra baldía y lo llaman paz!”. Unas horas después aquellas palabras se habían perdido entre el estruendo de las espadas. Las legiones romanas de Agrícola reinaban sin apenas pérdidas en un campo de batalla sembrado con más de 10.000 cadáveres caledonios, uno de ellos probablemente Calgaco. El resto había huido. Táctito, que se casaría con la hija de Agrícola escribe: “Un terrible silencio se había posado en todas partes. Las colinas estaban desiertas, las casas humeaban en la distancia y nuestros exploradores no encontraban a nadie”. Parecía cumplirse así el fúnebre vaticinio de Calgaco.

Y, sin embargo, cuando las tropas romanas se retiraban a sus cuarteles de invierno y recorrían territorios conquistados hacía décadas “veían campos bien labrados, pueblos hirviendo de actividad y comerciantes ansiosos por venderles sus productos. Los granjeros prósperos bebían vinos procedentes de la capital en finas copas importadas y los antiguos salvajes guerreros britanos habían intercambiado sus fuertes por lujosas villas. Llevaban togas que ocultaban sus tatuajes y enviaban a sus hijos a clases de latín”. Una historia que, según defiende Ian Morris en ‘Guerra, ¿para qué sirve? (Ático de los Libros), nos ofrece un estupendo y lúgubre resumen del problema que su último libro trata de resolver.

Ian Morris (Stoke-on-Trent, Reino Unido, 1960) es uno de los más imaginativos, osados y divertidos historiadores actuales. Se doctoró en Cambridge y hoy imparte clases de Arqueología y Cultura Clásica en Stanford. Su gran libro hasta la fecha regresaba a la gran pregunta de la historiografía actual con un puñado impagable de nuevas ideas. El título es claro: ‘¿Por qué manda Occidente…por ahora?’ (Ático, 2014). El último se ocupa ahora de la guerra para elaborar un políticamente muy incorrecto elogio del secular hábito de matarnos entre nosotros. Y lo hace cargado de historias, de batallas, de estrategias militares que nacen, vencen y son sustituidas por otras más eficaces, de excursos a la biología evolutiva o la geopolítica de bloques. La tesis puede resumirse así: la guerra que llama “productiva” genera estados más grandes y prósperos con menor propensión a la violencia. La propuesta exige más de una, y de cien, explicaciones, matizaciones, adendas… Procedamos.

PREGUNTA. Hace unos años algunos pensadores propusieron que la violencia se ha reducido drásticamente en el mundo. Sufrieron por ello numerosas críticas, especialmente una en concreto: defendían el orden existente. Y ahora usted dice no solo que la violencia declina sino que la guerra “es buena”, gracias a la guerra, la paz ha ganado. ¿Qué es lo peor que le llamaron cuando salió el libro en EE.UU?

RESPUESTA. Bueno, creo que tuve bastante suerte. La mayor parte de las objeciones que recibió el libro señalaron que había sido demasiado generoso con la raza humana. En ‘Guerra’ afirmo que los conflictos se han reducido gracias al avance de la civilización, mientras que algunos aducen que se debe solamente al poder disuasorio de las armas nucleares y que me he quedado muy corto en mi proyección (desafortunadamente, quizá tendremos ocasión de verlo si la escalada entre Corea del Norte y Estados Unidos no se desactiva). El hecho es que yo no defiendo el orden existente, ni soy un defensor del imperialismo. Solo describo la manera en que hemos llegado a nuestro presente, y si puede parecer que me centro excesivamente en la guerra como única causa del avance de las civilizaciones, es porque lo fue, al menos hasta el siglo XX. De hecho, explico al inicio que fue escribiendo ‘Por qué manda Occidente… por ahora’, mi anterior libro, cuando me di cuenta de que gran parte de la historia de Occidente se centraba en la historia de los conflictos. Eso fue lo que me llevó a analizar la guerra tan exhaustivamente.

P: Afirma que la idea actual de la guerra es un mito construido sobre dos pilares: nuestra incapacidad para pensar a largo plazo y nuestra moral civilizada. Me gustaría separar aquí la opinión experta (la de los historiadores, científicos, etc.) de la llamada “opinión popular”. A fin de cuentas, las ficciones son útiles… ¿No es mejor que la gente deteste la guerra aunque se equivoque?

R: Desde luego, y la ironía es que la “opinión popular” de que la guerra es mala es una consecuencia directa de… la guerra. Las sociedades resultantes después de un conflicto (el ejemplo clásico sería el imperio romano, que ‘devoró’ numerosos grupos integrándolos en la ‘pax romana’) son más pacíficas, más ricas y seguras, y progresivamente sus habitantes aprenden a apreciar la paz que proporciona el Leviatán que los ha integrado, aunque sea de manera forzosa. De hecho, mi aproximación al tema del libro también empezó con esa ‘opinión popular’, como usted dice: soy de una época que tachó la guerra de Vietnam como una abominación, y fue al profundizar en el análisis cuando descubrí la pauta de las guerras productivas (y de las contraproducentes) que ha caracterizado la historia de la humanidad. Eso no está en contradicción con un mensaje pacifista, no después de la irrupción de las armas nucleares y de hidrógeno, porque desde hace unos años somos la única civilización que ha desarrollado la capacidad de autodestruirnos en un colapso global. Por eso es tan importante entender las raíces que nos han hecho como somos: para evitar nuestra propia aniquilación.

P: Reagan dijo una vez, bromeando, que “las diez palabras más terroríficas de la lengua inglesa son ‘Buenos días, soy del gobierno y estoy aquí para ayudar'” pero en realidad, según usted, son más bien “Buenos días, no hay gobierno y estoy aquí para matarte”. Defiende que la guerra crea estados más grandes y fuertes donde la gente “se mata menos”. ¿El anarcocapitalismo de Ayn Randt y compañía solo es otro “romanticismo”?

R: Mis libros son estudios basados en la historia, la antropología, la biología… Disciplinas, en resumen, vinculadas al análisis de los datos, de los indicios y las pruebas de que disponemos. No son análisis de la ideología actual o pasada de los grupos humanos, aunque naturalmente la historia de las ideas aparece porque es una de las herramientas con la que el ser humano ha tratado de organizarse socialmente. La realidad es que los Leviatanes organizan la sociedad mejor y más eficientemente que las bandas de cazadores-recolectores, que solamente se preocupan por explotar los recursos de una zona y luego proceden a desplazarse a otra. En ese sentido, ser víctima de una guerra contraproducente (la que solamente busca explotar un territorio, como por ejemplo lo que Bélgica hizo en el Congo) es mucho peor que ser víctima de una guerra productiva (y terminar asimilado en el rico imperio romano, con la oportunidad de participar de esa riqueza y de esa paz).

P: Usted parece apostar por una combinación razonable de estado y mercado.

R: Soy un historiador, y como tal no tengo un posicionamiento ideológico previo. Creo que los dos sistemas dejados a su libre albedrío, capitalismo y socialismo, tienen graves deficiencias: ya fuimos testigos de la deriva del comunismo durante el siglo XX, y esta semana hemos asistido a una votación en el Senado de Estados Unidos que generará muchos problemas a corto y largo plazo, y que es una consecuencia directa del impacto del capitalismo en la política.

P: En 1415 Europa se sumerge en una guerra eterna y, gracias a ella, conquista el mundo. Una guerra “horrenda” pero, 500 años después, en 1914, el mundo es más seguro y próspero de lo que nunca lo fue. Y Europa lo logró, argumenta usted, gracias a una revolución militar que no empezó sin embargo aquí. Frente al estereotipo asiático… ¿los europeos hemos “copiado” mejor que nadie?

R: En Por qué manda Occidente… por ahora analicé en detalle esta competencia permanente entre Oriente y Occidente, y cómo en los momentos clave en que Asia pudo haber tomado la delantera no lo hizo, o no logró superar el techo del índice de desarrollo social que podría haber llevado su sociedad a otro nivel. Sí que podríamos formularlo así: numerosas invenciones, particularmente bélicas pero también agrícolas, originadas en China son las que llevan a Occidente, y en concreto a distintas zonas de Europa occidental, a sus particulares revoluciones (militares, industriales y sociales).

P: En El hombre que pudo reinar Daniel Dravot y Peachey Carnehan conquistan ellos solos toda una región de Afganistán y de pronto la paz reina en aquel lugar. Usted escribe que la realidad del imperialismo fue muy parecida a la del relato de Kipling. Pero ¿de qué le servía a un afgano explotado y asesinado? Quiero decir… ¿cómo podemos obviar el sufrimiento individual presente y real en aras de un hipotético y futuro bienestar colectivo?

R: Es lo mismo que le sucede a Calgaco, después de la batalla en el Monte Graupio frente al general Agrícola, y que Tácito describe con su minucioso estilo. Desde luego que a los individuos implicados en esas terribles conquistas mi teoría no les sirve de mucho… Generalmente las pautas de la historia son útiles para conocernos mejor y para tratar de proyectar con el mayor acierto posible lo que sucederá en el futuro. Lo mismo sucede con las víctimas de la explotación de los recursos en África o en América, a los más de quince millones de muertos después de la Primera Guerra Mundial, y los cincuenta o cien millones que perdieron su vida entre 1939 y 1945. No hay espacio para el sufrimiento individual cuando hablamos de los grandes conflictos de la historia. Pero si logramos dar el paso atrás, y contemplar la historia como una sucesión de eventos dinámicos, de movimientos y reacciones, sí veremos que en el imperio romano, la tasa por muerte violenta era mucho menor que antes, y eso también lo confirma la arqueología, con la disminución de construcciones defensivas y el crecimiento de redes comerciales, que nunca pueden progresar si no es en un contexto de paz.

P: Tras la publicación de La paz perpetua, de Kant, en 1795, Europa se sume en las guerras napoleónicas. Tras la publicación de ‘La gran ilusión’, de Norman Angell, en 1910, estalla la Primera Guerra Mundial. Justo el mismo año de la publicación de ‘El proceso de civilización’, de Norberto Elias, en 1939, empezó la Segunda Guerra Mundial. ¿No teme Ian Morris que después de la publicación de Guerra, Trump aprete un botón y Corea, Japón, y tal vez California desaparezcan del mapa?

R: ¡Espero que no! En los últimos capítulos de ‘Guerra’ analizo los peligros de que no contemos con un “policía global” como había sido Inglaterra durante el imperio británico, o Estados Unidos durante buena parte del siglo XX. El hecho de dejar ese puesto vacío posibilita el incremento del clima de violencia al que estamos asistiendo, y hace que los bandidos modernos ejercen su violencia sin cortapisas. Es una situación extremadamente peligrosa.

P: Los llamados nuevos optimistas como Steven Pinker, Matt Ridley o usted mismo afirman que pronto acabaremos con la guerra, el hambre o la pobreza, y lo dicen desde un punto de vista “científico”. Pero otros pesimistas ilustres como John Gray o David Rieff señalan, sin embargo, que es muy poco científico obviar la naturaleza violenta de nuestra especie. No somos bonobos hipies sino violentos y posesivos chimpancés…

R: Me alegra que me considere un optimista, pero como ya advierto en las últimas páginas del libro, somos la única civilización que se ha dotado de la capacidad de aniquilarse en un colapso global. Armas nucleares y bombas de hidrógeno, el cambio climático, epidemias, conflictos migratorios de alcance global y hambrunas se combinan en una maquinaria de relojería infernal que puede empujarnos a desaparecer, si no tomamos medidas.

P: Usted mismo relata al principio del libro que está vivo (estamos vivos) de milagro, gracias a la inteligencia y serenidad de un solo hombre: Petrov. Si los físicos tienen razón y vivimos en un multiverso con muchas realidades “alternativas”, ¿no es posible que en todas ellas la humanidad se haya aniquilado a sí misma… menos en la nuestra? ¿El progreso es progreso o solo es azar?

R: Me gustó mucho poder homenajear a Petrov en mi libro, y especialmente después de que su fallecimiento este año hiciera que su heroísmo en 1983 fuera más conocido por el público. No puedo contestarle acerca de los multiversos (no soy un físico) pero sí creo que el progreso es real y no se debe al azar. Lo que fue esencialmente distinto en el caso de la decisión de Petrov fueron las armas nucleares, y eso es lo que ha cambiado el juego, por así decirlo. Antes, cuando los Leviatanes daban lugar a nuevas sociedades más grandes y seguras, y de ahí pasaban a ser civilizaciones e imperios, cuando por los motivos que fuera estas se degradaban, su caída y colapso solamente afectaba a los habitantes de esa sociedad. No se trataba de un fenómeno global, aunque fuera doloroso para sus miembros, por supuesto. Pero la magnitud de la evolución bélica ha dado un salto gigantesco con la bomba de hidrógeno y con la bomba nuclear. Por primera vez en la historia, una sola bomba podría eliminar todo un continente. Por eso la decisión de Petrov nos salvó a todos, a toda la humanidad. Por eso fue tan importante. Y he escrito este libro porque hasta ahora, la guerra ha sido un factor de creación de civilizaciones… pero desde hace unos años, los conflictos son globales (no por el impacto que tienen en otras áreas: desde Siria los flujos migratorios afectan a Europa y eso desequilibra al continente, crea descontento entre la población que no quiere compartir su riqueza con los recién llegados, pero no amenaza su existencia futura). Son globales porque las armas nucleares tienen consecuencias globales, porque el cambio climático dará lugar a carestías de agua y de cosechas, que provocarán hambrunas globales, epidemias, y otras consecuencias que tendrán un impacto global. Es decir, nos encontramos por primera vez en la historia en una situación en la que el azar (un conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos) podría significar nuestra eliminación como especie.

P: ¿Por qué nadie imaginó una victoria de Trump? ¿O del Brexit? ¿Por qué nuevos movimientos autoritarios, nacionalismos, etc., surgen de pronto por todas partes si el mundo es tan próspero? ¿No será esa prosperidad una “peligrosa ilusión” que nos impida “detectar a tiempo amenazas muy reales”?

R: Los historiadores tenemos la responsabilidad de estudiar el pasado para tratar de entender nuestro presente y, tal vez, proyectar lo que sucederá en el futuro, pero eso no significa que poseamos una bola de cristal… Si bien la victoria de Trump o el Brexit son dolorosísimas (hablo como un británico residente en Estados Unidos), también son expresiones de la incapacidad de la clase política de vehicular el descontento de la población con la globalización económica. Es un hecho que si bien nos encontramos en uno de los momentos de mayor riqueza agregada en la sociedad occidental, la percepción de algunas capas de la sociedad respecto a los cambios que han experimentado ha sido negativa, y sus votos han expresado esa percepción. En algunos casos, va más allá de una percepción, y se trata no solo de un temor anticipado a perder sus privilegios sino de una constatación efectiva de la pérdida de poder adquisitivo. Son los perdederos de la globalización, y por mucho que globalmente la sociedad norteamericana sea más rica que en ningún otro momento de la historia, no están contentos. En ese sentido, no podemos hablar de ninguna “ilusión”, sino de ciudadanos que no encuentran ninguna otra vía para expresarse excepto votar por opciones radicales y populistas, como en el caso de Trump o Farage. En tiempos de incertidumbre, los líderes populistas son los que afirman que solucionar problemas complejos es fácil, y se hace construyendo muros, contratando más policías o cerrando fronteras. Eso sí es una “peligrosa ilusión”.

 



 

Texto citado: La luz crepuscular, Joaquín Leguina

 

Hay que tomar postura, incluso cuando no estemos totalmente seguros de nada, porque la duda es compatible con la acción, sabiendo que cada decisión nos enfrenta a una pérdida, porque cada decisión nos exige dejar de lado las alternativas no escogidas, incluso al decidir podemos herir algún valor querido, porque, a veces, habrá que apoyar —por ejemplo— alguna guerra para evitar males mayores.

 

La luz crepuscular, Joaquín Leguina. Madrid, Santillana, pp. 519-520.

 

 

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