Última carta. Un suicidio en mi familia

 

 

 

 

 

Autor: Sergio González Ausina

Páginas: 304

ISBN: 978-84-17252-04-5

 

Última carta. Un suicidio en mi familia es un libro que muestra las terribles consecuencias del tabú en una familia, al tiempo que revela un secreto oculto durante más de treinta años. A través de testimonios, documentos y cartas, el autor reconstruye la historia de un tío suyo que se suicidó en un tren leonés tras un diagnóstico de esquizofrenia y la muerte sucesiva de sus padres.

Una escritura donde nada falta ni sobra y un ritmo eléctrico caracterizan esta investigación en marcha del género de la no ficción. El texto, además, se encara con uno de los principales problemas de la literatura de verdad: la intimidad. Y lo hace a partir de un asunto poco tratado en los medios de comunicación y casi siempre de manera indigna.

Sergio González Ausina, autor de A oscuras. Una aproximación al caso Sala, es probablemente el periodista español que más ha escrito sobre este tipo de muerte.

 

(Fragmento del prólogo de Arcadi Espada)

Cómo

Todo lo que honradamente puede saber un periodista (y tal vez cualquiera) del porqué está en el cómo. Más allá solo aguarda el terreno neblinoso y vacilante de la interpretación, del atajo adjetivo, de la declaración frente a la exhibición. De ahí que me guste la imagen del periodista como un hombre que va acarreando materiales, detalles del cómo, y los acumula frente a la alta pared del hecho, confiando en que de su convivencia vayan desprendiéndose porciones de sentido. Es importante que estos materiales provengan de todas partes. De la biología, de la sociología, de la psicología, de la economía, de la política, de la literatura.

El libro de Sergio González Ausina es un ejemplo admirable de este enfoque analítico. Mucho más admirable cuando se tiene en cuenta el asunto sobre el que se proyecta. El periodismo mantiene con el suicidio una relación escabrosa. Desde que Paul Aubry publicó La contagion du meurtre (1895) los periódicos, a diferencia de lo que hacen con cualquier otra forma de violencia, han evitado dar noticia sobre el particular. No hay, o mejor yo no conozco, estudios sobre la imitación que la divulgación de los hechos provoca, pero el sentido común dice que en el conocimiento está inscrita su imitación. Y que ello afecta a la muerte autoinfligida y a cualquier otra forma de violencia de la misma manera que a otros hechos inofensivos o benéficos. Como máximo, ciertas investigaciones han demostrado que la imitación sólo provoca, y excepcionalmente, una concentración en el tiempo y el espacio. Si en los días siguientes a la noticia se producen otros suicidios eso no significa que la divulgación cree, por así decirlo, su réplica, sino que la adelanta. Los periódicos no crean suicidas: a lo sumo racimos. Pero, en cualquier caso, sería razonable pensar que la conducta imitativa es uno más de esos «cómos» que el periodista tiene la obligación de acarrear. Descontando, desde luego, que la vulnerabilidad resulta irremisiblemente pequeña respecto a la protección social que genera el periodismo, y que está en la base de su vigorosa influencia en el mundo. En el tabú sobre el suicidio, que los periodistas quiebran con cinismo cuando el protagonista es una persona famosa, influyen otras causas, singularmente la religiosa. Incluso una determinada concepción del derecho a la privacidad y la supuesta voluntad soberana de los suicidas. Como responde un sacerdote a González Ausina cuando le pregunta por la casilla de la causa de los libros de defunciones: «En los libros no se pone lo que desprestigia a la familia. El suicidio no se suele poner. Se deja en blanco». (…) Es obvio que resulta mucho más fácil para los periodistas dejar el suicidio en blanco. No se han dado, además, nuevas circunstancias sociales que hayan propiciado la desaparición del tabú. Y me pregunto, en este sentido, cuál sería hoy la percepción general si, al contrario de lo que sucede, las mujeres se suicidaran en una proporción acusadamente mayor que los hombres. Última carta se enfrenta así a dos adversarios temibles y paradójicos. La exigencia del porqué —tan propio de esa fast truth que se ha convertido en la comida basura, muy apreciada, de los lectores— y la exigencia de oscuridad, en nombre del mito e incluso de la corrección política. Pero todavía encara y vence un adversario más. La intimidad. El autor narra la historia del suicidio de su tío y la acumulación de materiales lo encara forzosamente con el delicado asunto de la familia, sus secretos, complicidades y duelos. La tensa sobriedad de su escritura adquiere aquí sus mayores virtudes, confirmando hasta qué punto el énfasis es enemigo de la profundidad y la presencia del yo, afinada y valiente, se postula como la célebre garantía orwelliana. Discrepo de Albert Camus. No creo que el suicidio sea el principal problema filosófico. Creo que el principal problema filosófico es la verdad. Sea en cualquiera de las dos hipótesis Sergio González Ausina ha cumplido con lo que se esperaba de él y de su tema.