Sí a la guerra

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No (condicional) a la guerra, Fernando Sánchez Pintado

Hay ideas que, cuando por necesidades expositivas o polémicas se reducen a meras afirmaciones, pueden ser interpretadas en el sentido contrario al que tenían. Esto es lo que, en mi opinión, ocurre con un título como “Sí a la guerra”. Aunque el texto que sigue a ese encabezamiento no tenga relación alguna con una defensa del belicismo, un enunciado tan tajante despierta temores muy fundados. Por eso me parece necesario aportar de manera sucinta algunas consideraciones acerca de si a la guerra se le puede añadir un sí o un no sin más matices. Y lo hago a sabiendas de que José Lázaro de ninguna manera pretendía defender nada parecido.

La guerra es el mayor y más permanente desastre de la humanidad. Y también el menos comprensible. La guerra es un mal en sí misma que, sean cuales sean sus motivos y finalidad, produce otros muchos males, males que se prolongan y a menudo se acrecientan incluso cuando ha finalizado. Ni los más acerbos defensores del militarismo, capaces de decir “cuando hablan las armas, callan las leyes”, niegan la esencia terrible e irracional de la guerra. Aunque la consideren inevitable, como si se tratara de una ley de la naturaleza de la que sólo podemos conocer sus consecuencias, y lleguen a sostener que es el motor del progreso y, a la manera de malos discípulos de Hegel, vean los campos de batalla como el ara de la Historia Universal en el que los hombres son sacrificados para hacerla realidad.

Se han necesitado siglos para limitar el valor y el uso de la guerra, de manera que hoy ese descarnado belicismo es rechazado radicalmente por la inmensa mayoría de los ciudadanos y los conflictos bélicos están sometidos a normas cuya violación lleva o debería llevar a la condena de sus responsables tanto moral como jurídicamente. Que los crímenes contra la humanidad sean imprescriptibles es un avance gigantesco en la convivencia entre las naciones.

Que la guerra sea un mal no presupone que no se deba hacer cuando no hacerla signifique un mal aun mayor, es decir, cuando ella misma sea el mal menor. Pero esto no es posible predicarlo de manera general, porque depende del conjunto de circunstancias previas a su declaración, durante su desarrollo y después de su finalización. Y eso sólo se puede saber en cada caso concreto y para ello hay que tener presente que es muy distinto interpretar los hechos pasados que tomar decisiones cuando están ocurriendo y nadie puede saber con precisión cómo se debe actuar.

El pacifismo a ultranza, que también podría resumirse en un “no a la guerra” de carácter absoluto, es un desiderátum que no resiste la confrontación con la realidad. Por supuesto, esto no es aplicable ni hace perder valor (ni tampoco lo magnifica) al pensamiento de la no-violencia que para alcanzar sus objetivos propone la resistencia pasiva y cívica como forma de acción. Del juicio de valor que las guerras son un mal no se sigue la inaplicable norma práctica: no se debe hacer frente a agresiones que, de no hacerlo, multiplicarían ese mismo mal que se pretende evitar no haciendo la guerra. La descripción de los horrores de la guerra no hace de todas las guerras en todos los momentos y en todas las circunstancias el mal mayor. No es en absoluto ni moral ni realista olvidar las masacres y los exterminios que jalonan la historia de la humanidad y exigir al mismo tiempo que frente a ellos no exista el derecho de defenderse violentamente.

Ahora bien, este derecho a la defensa está sujeto a condiciones, a los principios de guerra justa tanto para legitimar su declaración como para limitar la manera de hacerla, e incluso para determinar las consecuencias que de ella se deriven; principios que tienen una larga historia desde Francisco de Vitoria y Grotius entre otros, y han sido recogidos por las Naciones Unidas. Se puede aducir que a la hora de su aplicación dejan mucho que desear, y esto además de muy cierto revela el verdadero problema al que nos enfrentamos: determinar cuándo, cómo y por qué sería legítimo emprender una acción bélica. Porque damos por supuesto que sólo en ese caso se debe hacer.

Podríamos poner numerosos ejemplos de nuestro pasado reciente o del casi actual que avalaran la necesidad y legitimidad de guerras que cumplieran los principios de causa justa, proporcionalidad ante la agresión, último recurso etc. Todos los tenemos presentes, de la misma manera que tenemos otros que no los cumplen. No en todos los casos es fácil delimitarlo con claridad. Por ejemplo, si no es discutible la legitimidad de la guerra que los aliados tuvieron que emprender para defenderse de la agresión de la Alemania nazi, tampoco es dudoso que los bombardeos de ciudades como Dresde o Hirosima sean actos de barbarie que en otras circunstancias, y al menos desde un punto de vista teórico, habrían supuesto la condena de quienes los ordenaron.

Es obvio que esta aproximación, excesivamente genérica y abstracta, debe ser inscrita en diferentes momentos de la historia a los que no es posible aplicar de manera directa nuestros principios morales y políticos actuales, por válidos que nos parezcan y tal vez sean. Las formas que adoptan las guerras revolucionarias a partir de finales del siglo XVIII (el pueblo en armas que defiende primero sus principios y supervivencia, y luego los impone más allá de sus fronteras); el fin de la guerra entre caballeros, aunque de ella quedaran escasos vestigios, que en las dos guerras mundiales se convirtió en guerra total y abolió la diferencia entre combatientes y civiles, estableciendo la destrucción de los medios de producción y el espíritu de resistencia de la población civil como un objetivo más, por no decir fundamental, de la estrategia militar; la amenaza permanente de destruir a toda la humanidad que consagró la disuasión nuclear para alcanzar la hegemonía, desplazando las guerras reales a espacios alejados donde se aplicaban otras leyes de la guerra muy distintas a las que se decía que regían en Occidente; la dispersión incontrolable de conflictos a partir de los años ochenta del siglo pasado que ya no responden a una autoridad reconocible ante la que no cabe, pues, ni diplomacia para evitar la guerra ni guerra para evitar agresiones o desastres humanitarios de proporciones pocas veces conocidas; todos estos cambios profundos de las condiciones técnicas y sociopolíticas de la guerra nos obligan y nos ayudan a pensar en qué condiciones se producen hoy los conflictos bélicos y, al tiempo, hacen aun más válidos los principios que deben limitarlos y regirlos.

Nos encontramos hoy ante nuevas circunstancias tanto objetivas como ideológicas. Entre éstas, quiero destacar una que no es precisamente nueva pero se presenta como tal, en la medida en que aparenta ser la mera constatación de hechos indiscutibles en los que se injerta algo muy distinto: consiste en legitimar las intervenciones bélicas en nombre de la moral. El valor de la propia moralidad y la aniquilación de la del adversario es una constante en la historia, la diferencia estriba en que ahora se presentan primero los hechos (o lo que se dice que lo son) y de ellos parece derivarse no ya una amenaza más o menos objetiva que justificaría la respuesta bélica, sino la supremacía moral sobre el enemigo. Los discursos del presidente George W. Bush antes de la segunda guerra de Irak (muy distinta del proceso seguido en la guerra con la que se puso fin a la agresión de Irak a Kuwait) contraponiendo el bien y el mal a partir de unos datos (falsos) que justificaran su intervención militar son una negación de los principios que decía defender, no tanto porque los datos fueran falsos sino porque, en realidad, los hechos sólo lo son porque vienen a corroborar los valores bueno-malo que previamente ya había establecido. No es la única vez ni la única forma en que esto ha ocurrido, pero es, sin duda, una reciente y conocida.

Lo que importa resaltar, sin entrar en las desastrosas consecuencias de una guerra mal concebida y peor ejecutada, o dicho de otro modo, no sujeta a los principios de la guerra justa, es que esta “moralización” de la guerra está ocupando el lugar de la reflexión jurídica, objetiva y contrastable de la valoración de la justicia de las causas y de los métodos empleados, que es lo que delimita lo que es legítimo y lo que no lo es en un conflicto bélico. Porque, reducida la guerra a los valores “morales” propios frente a los valores “inmorales” del enemigo, no cabe la posibilidad de ninguna norma común; nos situamos en un terreno subjetivo donde la razón última vuelve a ser la fuerza. Con esto, quiero señalar de manera categórica, no se defiende ninguna forma de relativismo moral o político, más bien todo lo contrario: si continuamos deslizándonos por el terreno de la subjetividad del propio y exclusivo código moral (en buena medida adaptado a las conveniencias del momento, que no responden a los valores de humanidad anunciados en la Ilustración y que han llegado a informar nuestras leyes) en contraposición a lo no-moral ajeno, cada uno de los contendientes podrá exhibir unos valores absolutos que, a la postre, muestran lo que son: puramente relativos. Por eso creo que si hubiera que resumir estas reflexiones apenas apuntadas, podría decir que más vale un no (condicional) a la guerra. Porque, como en el mundo real se continuarán desatando los conflictos, al privarnos de la valoración objetiva de qué es justo o injusto en la guerra, lo más probable es que con ello se contribuya a aumentarlas y a hacerlas aún más terribles.

Fernando Sánchez Pintado


Contestación de José Lázaro a Teo Millán 

Me parece muy interesante y generoso el comentario de Teo Millán. En el fondo, pienso que estamos de acuerdo, si no fuera, como tantas otras veces, por un problema de matices semánticos.

Yo intentaba precisar el significado concreto que en mi escrito le doy a cuatro términos que Millán prefiere definir de otra manera, lo que le lleva a vincularlos íntimamente al entender la “fase pensante” como (cito) un “complejo entramado de creencias y sobre todo  costumbres, que son en la mayoría de los casos un fanatismo o un pilar de seguridad que no se puede abandonar sin caer en un sentimiento de miedo que lleva a la violencia”.

Tras esta opción semántica de Millán hay otra que me interesa mucho: la mezcla de dos sentidos que suele tener el término “creencias”, uno general (convicciones, afirmaciones que considera ciertas el que las hace) y otro específico (convicciones congeladas, inmovilizadas y cargadas de emocionalidad que aglutinan a un grupo identificado con ellas). Yo procuro distinguir esos dos significados —inevitables— cuando escribo y usar la palabra “creencias” sólo en el sentido específico; pero en el habla cotidiana necesariamente los usamos ambos.

No pienso que haya ninguna superioridad moral en la defensa del “laicismo”, un término que para mí es sinónimo de sociedad abierta, tolerante, que permite sin problema las manifestaciones públicas de todo tipo, desde las procesiones de los católicos hasta las del “no a la guerra” o las del orgullo gay. De hecho, ni siquiera tiene para mí mucho sentido el término “superioridad moral”, pues el concepto de moral que prefiero es el que formuló Antonio Valdecantos: “La moral es el resultado de un conjunto de cálculos, despistes, astucias, confusiones y torpezas mezcladas con unas cuantas buenas intenciones y otras tantas villanías. Saber que la acción humana constituye el fruto de semejante desorden es quizá lo más esencial que cabe saber sobre ella”.

Y la diferencia que tienen las sociedades laicas sobre las religiosas es precisamente la conciencia de que sus propias creencias y costumbres se pueden y se deben cambiar: ese cambio continuo es el maravilloso proceso que han seguido Europa y Norteamérica desde hace dos siglos.

El argumento básico de Teo Millán, entiendo, es que el racionalismo laico que yo defiendo es una religión como otra cualquiera. Eso mismo dicen algunos del ateísmo. Pienso que estamos ante un nuevo ejemplo del concepto genérico de creencias frente al restringido. Mi respuesta a ese argumento ocupa doscientas páginas y está en un libro titulado La violencia de los fanáticos. Cuando se publicó, un muy querido amigo me dijo: “Es emocionante ver la pasión con que defiendes tu creencia en el librepensamiento”. Fue una de las mejores críticas que recibí.

Y también coincido con Teo Millán en que el triunfo de las democracias ilustradas, tolerantes, liberales y felizmente laicas es el resultado de que tienen más fuerza bruta que las sociedades dogmáticas de su entorno, pero no de que sean menos depredadoras. Yo en eso soy muy ferlosiano, reconozco la profunda artificiosidad de la Ley, cuyo fundamento histórico último es la pura voluntad de los guerreros victoriosos y el aplastamiento de los vencidos. Y eso se aplica a cualquier civilización, incluida la nuestra. Que, en mi opinión, puede y debe usar la violencia en muchos casos. Aunque no siempre la violencia es fanática: puede usarse para destruir el fanatismo, como hicieron británicos y americanos en los años cuarenta. Pero yo prefiero que la violencia sea deliberada, analizada y calculada a que sea violencia creencial, es decir, emocional.

En fin, ya no se si estoy de acuerdo con Millán o en desacuerdo conmigo mismo, pero, en cualquier caso, le agradezco muy sinceramente su estimulo para estos pequeños ejercicios de deliberación.

José Lázaro


Comentario de Teo Millán a “Sí a la guerra”

El texto de José Lázaro “Sí a la guerra” es un buen ejercicio de racionalidad discursiva y ausencia de pasión. Sin embargo, me veo obligado a señalar que no es oro todo lo que reluce.

Lo que el autor denomina “fase pensante”, y que distingue como aquella en que el agente es capaz de autocrítica y análisis racional, esconde también un complejo entramado de creencias —y sobre todo costumbres— que son en la mayoría de los casos un fanatismo o un pilar de seguridad que no se puede abandonar sin caer en un sentimiento de miedo que lleva a la violencia. O, dicho de otra forma, la defensa de lo que en Occidente denominamos los derechos y libertades básicos es una frontera que la gente no abandona sin sentir el santo temor de que su concepción del mundo está en peligro. Y quién ve peligrar su mundo está dispuesto a coger las armas para defenderlo.

Al definirnos como civilizados, tal como el artículo hace, nos estamos posicionando como fanáticos de un tipo de mundo. Solo que mi definición de fanático varía en algo de la que aporta el artículo. Y en esto no hago sino aplicar autocrítica a la reflexión que se presenta. Fanático es, para mí, no solo el que movido por creencias define una axiomática última, sino quién lo hace movido también por la costumbre y teme el desmontar esa costumbre. De ahí a que ese temeroso pase a sentirse amenazado cuando su axiomática y/o su costumbre se ven cuestionadas no va más que un paso (y para ejemplo véase como se recibe este mismo argumento). Y como buenos animales que somos, de la amenaza a la violencia justificada no queda mucho.

Ejemplos próximos de esta situación los tenemos recientes; desde la forma de reaccionar ante la oleada de inmigrantes que amenazan nuestro paraíso económico sosteniendo con las armas algo tan contingente como el concepto de frontera, hasta el fundamentalismo de la libertad de expresión a cualquier precio que no es más que una imposición de la laicidad como forma social en base a dos razones: su aparente superioridad organizativa y su compatibilidad con un sistema de libertades en lo privado que lleva aparejado imposiciones en lo público. Y es esta distinción kantiana entre privado y publico lo que sustenta la justificación última del buenísimo de nuestra concepción política. Aunque también esa axiomática hace aguas, como el mismo Kant reconoció al enjuiciar la revolución francesa, ante la cual se declaró incompetente.

Por tanto, y sin desmerecer la brillante presentación, quiero añadir mi granito de arena, que en nada intenta defender ni justificar los fascismos, absolutismos o fanatismos de este mundo, pero si que señala la paradoja lógica que significa que en ausencia de una axiomática absoluta, ni instrumental ni ética-objetiva, el paradigma cultural nos lleva a convertirnos en garantes de nuestra extirpe o, lo que es lo mismo, absolutistas de un relativismo siempre cuestionable. Ergo fanáticos y, cuando amenazados, violentos, tan violentos que hoy por hoy somos históricamente predominantes por la fuerza que no por la dialéctica.

Dicho esto soy fanáticamente partidario de la autodefensa y creo que hoy el Isis es beligerante, como lo fue el fascismo imperialista. Y ante el ataque solo cabe la defensa. Así que opto por el sí a la guerra (que nos han declarado).

Pero esa justificación no es en base a buenismos racionalistas. Lo es en base a la verdad última, que dirían tanto Adorno y Horkheimer como Carl Schmitt, desde posturas antagónicas. Pero para ese viaje no necesitamos alforjas. Lo que sí hacen las alforjas es deslegitimar intromisiones como la de Iraq, que de otra forma podrían volver a darse. De ahí por tanto la importancia de la política del entente (que defiende aún a sus 92 años Kissinger en su último libro, World Order). Así que mi elección es ésta; mucha practicidad y nada de superioridades morales. Mejor las humildades morales. Esto es, puestos a pecar prefiero pecar de tonto-Chamberlain que de listo-Bush. Al fin y al cabo las dos cosas acaban en una guerra, aunque una sabemos quién la empezó y quién la ganó y la otra…

Teo Millán


Sí a la guerra, por José Lázaro

Que Chamberlain no fichase por Podemos se debió tan solo a que, si lo hubiera hecho, habría cometido un error de tipo cronológico que acabaría por ser descubierto a la larga (la expresión es de Borges). No había otra razón pues, como es bien sabido, Chamberlain era radicalmente partidario del “no a la guerra” y del diálogo, diálogo y más diálogo para solucionar los conflictos. Así que se fue a Múnich para dialogar con Hitler ofreciéndole Austria y los Sudetes a cambio de que se uniese al “no a la guerra”. Como todo el mundo sabe, Hitler le agradeció efusivamente un diálogo tan cordial, aceptó el ofrecimiento, lo mandó de vuelta a Londres “con la paz bajo el brazo” y a continuación invadió Checoslovaquia y meses después Polonia. Fue Churchill, como nadie ignora, el que tuvo que darle un manotazo al podémico Chamberlain para gritar el “Sí a la guerra” gracias al cual hoy vivimos en la Comunidad Europea y no bajo el Reich de los Mil Años.

Hay enseñanzas de la historia que son bien transparentes para el que no se niegue a verlas. Todos los seres humanos tenemos una peligrosa tendencia a pasar de pensantes a creyentes, de creyentes a fanáticos y de fanáticos a violentos. Podemos hacerlo tanto en el plano personal como en el grupal. Por eso cada uno de nosotros, individuos y grupos, nos movemos en equilibrio inestable entre ideas y creencias —es imposible no tener unas y otras—, con ocasionales caídas en el dogmatismo, el fanatismo y los impulsos violentos. Así es la mente humana, así son las sociedades humanas.

Pensar no es más que afinar definiciones, precisar lo que entendemos por las palabras con las que intentamos reflejar las cosas. Por eso es importante definir lo que —en este escrito— se está llamando ideas, creencias, dogmas y violencia.

El pensante es capaz de autocrítica, de analizar racionalmente alternativas, de justificar con argumentos las decisiones y de reconocer sus aciertos y sus fallos. Maneja conocimientos (objetivamente demostrables, como lo son, por ejemplo, los científicos) y también maneja ideas (racionalmente justificables, como lo son, por ejemplo, las filosóficas) pero sabe que ni los conocimientos son definitivos ni las ideas tienen un grado absoluto de verdad.

El creyente renuncia a fundamentar objetiva o racionalmente sus certezas, las impregna de afecto y de emociones; afirma, con Tertuliano, que lo absurdo puede ser creíble porque lo imposible puede ser cierto. Las creencias son para él independientes de la lógica, ajenas a la comprobación experimental pero, eso sí, sentimentalmente cálidas. Lo verdaderamente emocional no es la inteligencia sino la fe.

El fanático da un paso más allá por el mismo camino. Atribuye a sus creencias un valor absoluto, rechaza enérgicamente el intento de cuestionarlas, las liga emocionalmente a su propia identidad y considera como un insulto personal cualquier crítica que se les dirija.

El violento ha dado otro paso más, y no de tipo cuantitativo sino cualitativo, pues ha pasado desde la palabra al acto. Al acto, concretamente, agresivo. Sus creencias tienen ya un valor tan grande que responde violentamente al que las cuestiona (o, en caso extremo, al que no las comparte). El agresor violento es un creyente fanatizado hasta el punto de que considera al incrédulo (es decir, al que no comparte sus creencias concretas) como un elemento hostil y peligroso que debe ser aniquilado.

Este proceso (o uno muy parecido que le ha servido de inspiración) fue brillantemente descrito por el psiquiatra Enrique Baca, que lo denominó “la construcción del enemigo” (un término, por cierto, que si se consulta en san Google suele tener un sentido muy distinto del que le ha dado Baca en el libro Las víctimas de la violencia).

La capacidad de cada hombre y cada pueblo para oponerse a esta pendiente resbaladiza es el principal indicador del grado que ha alcanzado en la escala de la civilización. Hay pasos adelante muy claros, como el Renacimiento o la Ilustración; hay regresiones evidentes, como el fascismo, el comunismo, el neoislamismo o el nacionalismo —empezando por el nacionalismo español, modelo y causa inmediata de todos los regionales que actualmente padecemos en España—.

Cuando el proceso que lleva de la fase 1 —pensamiento— a la fase 4 —violencia— es colectivo —y generalmente puesto en marcha por un grupo con objetivos políticos e intereses económicos muy concretos— da lugar a conflictos que son muy diferentes entre sí, aunque todos ellos comparten el mismo mecanismo básico.

El gran error de todos los chamberlains que en el mundo han sido consistió en ignorar que el diálogo puede servir para frenar la conversión de un pensante en creyente, pero es totalmente impotente frente a un fanático y suicida frente al violento.

Cuando José Luis Rodríguez Chamberlain decidió combatir el terrorismo vasco con mucho diálogo, ETA se lo agradeció efusivamente; él se presentó ante el pueblo español con la paz bajo el brazo y después ETA invadió Checoslovaquia en el parking de la T4.

El descrito proceso en cuatro fases no siempre llega a la última. El adoctrinamiento realizado en Cataluña desde 1980 bajo la dirección de la banda Pujol-Mas-Ferrusola no es comparable a los antes citados, pues no ha pasado de las fases segunda-tercera (ya que la violencia hubiera sido nociva para sus fines: disfrazar el latrocinio de patriotismo). Por eso puede ser todavía desmontado con los mismos medios que sirvieron para acabar con ETA (aunque estaba ya plenamente instalada en la fase 4): jueces y policía. Y a la vez que se encierra a los delincuentes convergentes hay que establecer un diálogo razonable y constructivo con el pueblo catalán, que le sirva de compensación por los 35 años que ha padecido de campaña organizada para empujarlo de la fase 1 a la 2 y a la 3.

El problema con el Estado Islámico, en cambio, no es sólo que haya llevado la fase 4 al máximo nivel de brutalidad, es que en su caso ya no hay ni diálogo, ni jueces ni policías que sirvan para nada. Por eso la única esperanza que aún queda frente a él es que aparezca un nuevo Churchill capaz de decir bien alto y claro: “Sí a la guerra contra la violencia, contra el fanatismo, contra la barbarie”. “Sí a la tolerancia”. “Sí a la civilización”. Lástima que Donald Trump no sea precisamente un ejemplo de tolerancia y civilización.

José Lázaro


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