El caso Nevenka Fernández, precursor del movimiento “Me too”

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Adenda: El caso Nevenka por Cecilio de Oriol  

4 de abril de 2021

Enviado lo anterior para su publicación, aparece hoy un extenso artículo de Arcadi Espada en El Mundo que cubre, en parte al menos, lo que echaba en falta en mi anterior escrito: el testimonio del alcalde condenado.

Arcadi entrevista al susodicho mientras ven la película de NewTral y en la conversación se precisan cosas que tengo que rectificar: Nevenka tiene 24 años y no 26 cuando suceden los hechos, toma posesión como concejala el 23 de Julio de 1999, se acuesta con el alcalde por primera vez en Noviembre del mismo año,  (él hace tres meses que enviudó). Tras cuatro meses de relación sin aparentes sin novedades ella va “mostrándose esquiva,” a partir del 12 de marzo de 2001.

El 28 de Junio se encuentra con su ex amante en una boda en Valladolid (viajan por separado) y tras cenar con otros se van a las respectivas habitaciones y allí ella refiera un episodio de puertas comunicantes que se abren con la consiguiente invasión de la propia, que él desmiente rotundamente.

Nueve días después viajan, esta vez juntos, a otra boda (6 de Julio). Cenan y duermen en Logroño en una habitación doble reservada por la propia Nevenka. En este caso también difieren los relatos. Ella habla de una noche terrorífica (psicoterror parece que lo llama) oyéndolo masturbarse, y él habla de una noche plácida durmiendo cada uno en su camita y sin problemas, como dos buenos amigos.  Por la mañana se van los dos juntos a la boda y tras una larga fiesta vuelven a dormir juntos en la habitación.

Lo que pasó después ya lo saben ustedes. El alcalde dimitió el 30 de mayo de 2020.

En estos relatos hay, evidentemente, contradicciones. Eso es natural cuando se oponen en un proceso penal la victima putativa y el supuesto victimario. Nadie está obligado a declarar en su contra y aunque el que acusa si está obligado a decir verdad, ha de presentar todo lo que le puede apoyar su acusación y beneficiarle. Para eso está su abogado y para eso, desde el punto estricto de la justicia, debería estar el fiscal.

Pero no podemos ocultar que aquí la verdad se hace, desgraciadamente instrumental, y por eso no se juzga por lo que se dice y se aporta sino por la validez y solidez de lo aportado.   Yo (lego en derecho y amante de la lógica de las pequeñas cosas) siempre pensé que se juzga por las pruebas, no por los alegatos y menos aún  por las opiniones.

Y en el mundo de las pruebas (matizadas eso si, por las opiniones) están los viajes, idas y venidas, pernoctaciones y habitaciones compartidas que se suceden tras la negativa de ella a continuar la relación sexual.

Pero como los protagonistas cuentan cosas distintas, muchas de las manifestaciones y testimonios que se acumularon en el juicio da la impresión al observador profano, sobre todo tras la sustitución del primer fiscal, que se estancaron en el limbo difuso de “tu palabra contra la mía”.

Queda, por último, en el aire si mi descripción de la respuesta infantiloide de algunos hombres frente al abandono encaja o no en este caso.  Lo cual no quita ni un ápice de valor al hecho de que dichas respuestas existen. Espada suscita dudas y yo las recojo y asumo como tales dudas.

Otrosí está en el aire si Nevenka, como afirma  el ex alcalde y recoge Espada, nunca le dijo taxativamente “esto se ha acabado” y mantuvo una posición digamos “ambigua”  o por el contario terminó de manera tajante y clara su relación.

Hay muchas cosas que están en el ámbito de ese limbo difuso de quién miente y quien dice la verdad.  Ya lo mencionábamos más arriba.

En definitiva una pieza del rompecabezas (mejor llamarlo “mosaico de conveniencia”) que les confieso me faltaba y que aquí les pongo como complemento de lo que ya dije y no, en absoluto, como alteración o modificación de lo dicho.

[Nota 3.  Hay un curioso fenómeno que los especialistas deberían estudiar a fondo (les invito a ello) sobre el “estado de shock” (sic) en que quedan sumidas muchas de las víctimas de agresiones sexuales. En el caso que nos ocupa se hace mención a el ampliando su duración a días e incluso a semanas.

Invito aquí a los expertos a abrir un debate razonado y razonable que ponga las cosas en su sitio. El abuso de este argumento (y más en los tribunales) tiene el riesgo, que acarrea toda exageración y uso indebido de un fenómeno, que indudablemente es real, de banalizarlo y, al banalizarlo desposeerlo, se quiera o no se quiera, de su gravedad y de su tremendo impacto.

Hablemos de la situación de shock, saquémosla del ámbito del gacetillerismo y de la telebasura y respetemos a las víctimas que lo han padecido, apartando y rechazando su uso espurio o interesado].

Cecilio de Oriol


El caso Nevenka, por Cecilio de Oriol 

22 de marzo de 2021

A Deliberar el “caso Nevenka” le llamó la atención desde el primer momento.

El Dr. Jambrina, afilado psiquiatra, le dedicó una muy interesante entrada en esta revista que fue contestada (desgraciadamente desviándose del tema central) por José Lázaro. A partir de ahí ambos se enzarzaron en una polémica (más que una deliberación) en la que, buenos amigos como son se dedicaron a demostrar quien tenía más musculo literario y quien metía con más donaire el dedo en el ojo del adversario y nunca enemigo.

Después algunos interlocutores añadidos, acompañados de otros escritos que venían más o menos a cuento, se cebaron en una discusión (que no deliberación) sobre la función notarial del literato y la oportunidad y el momento de hablar de esto o de aquello, acabando, ¡no podía ser de otro modo! en la acción emasculadora que, para el pensamiento libremente expresado, ha tenido, tiene y tendrá lo políticamente correcto.

Nevenka, el alcalde y sus líos fueron orillados y desaparecieron de la deliberación que se pretendía centrada en ellos.

Ahora, veinte años después, como Dumas, Nevenka y su caso resplandecen en un documental de Netflix, asesorado por Millás (que se prodiga entre sentencioso y paternalista a lo largo de la miniserie) y producido por NewTral que, como todos saben, es una empresa de Ana Pastor, la compañera sentimental de Ferreras, el espíritu de la Sexta.

 La miniserie cuenta con la inestimable colaboración de la psiquiatra que, en urgencias del Hospital Clínico de Madrid, le puso nombre al cuadro clínico que presentaba Nevenka cuando allí arribó angustiada. La especialista le abrió los ojos y le reveló que la razón de su padecimiento era el “acoso”.

A ella se unen en cascada, el propio Millas, el psicoanalista que la trató, la concejala del PSOE a la que pidió consejo e impulsó las acciones legales (y que causa una impresión inmejorable) y dos o tres de figurantes del reparto.

Con estos mimbres en el trasfondo, el documental, de factura ágil y buena realización, da voz e imagen a la protagonista, una mujer de edad media, bella y educada, que se expresa con claridad y precisión y que sonríe y se emociona en las dosis justas y en los momentos adecuados.

Pero también alude de manera constante al otro: un alcalde que se perfila (en la película) como una especie de reivindicador del derecho de pernada ponferradino. Al final se incluye un letrerito en que se dice que no ha querido participar en la película.

Tras la aparición del documental (y en su proceso indudable de promoción) El País publica en su edición del domingo 14 de marzo de 2021, un extenso reportaje. Y en otros medios, con discreción e indirectamente, se nos informa, que Nevenka Fernández trabaja como economista y vive con su marido y sus dos hijos gemelos en Irlanda. Para mentes con la necesaria dosis de curiosidad retorcida se añade que no ha vuelto a España y que se casó al fin con un compañero de carrera que, y eso es bien cierto, la apoyó desde el primero momento de sus avatares con el alcalde.

No se trata de reproducir la cosa juzgada por mucho que el proceso estuviera trufado de aspectos curiosos e incluso bizarros: un fiscal desmadrado que se prodiga en despropósitos, que bien mirados, lo son en la forma pero no tanto en el fondo; un abogado de la demandante  que sabe tocar las teclas necesarias y las toca;  unos testimonios con cierta impostación y abundantes contradicciones y un fallo de culpabilidad de acoso sexual, convertido en el recurso en acoso sin apellidos, que se resuelve en una multa y no demasiado elevada.

El juicio, por tanto, mercería una buena deliberación hecha sobre las actas del mismo. Pero no está a mi alcance, al menos.

Tras el juicio el alcalde contraataca distribuyendo un relato de los hechos (su relato) entre el pueblo y la gente se manifiesta a su favor. Este relato, por lo visto, permanece inédito fuera de los que lo recibieron en la localidad. Hay en el documental un momento impagable (que por cierto es repetido dos veces) en el que una mujer de mediana edad vocifera a la cámara “¡A mí nadie me acosa si yo no quiero!”.

Ahora 20 años después, la productora del documental ha plantado un mural gigante con el rostro de Nevenka y pececitos rojos (en el documental se la representa como un pez rojo asediado por fúnebres peces negros) delante de la casa del ex alcalde, de manera que, como dice El País, “es lo primero que ve cuando saca el coche de su garaje”.

Imagino que es un hecho totalmente legal, pero significa lo que significa.

[Nota 1. La iniciativa del retrato de la víctima a gran escala y en las narices del agresor es una idea muy a tener en cuenta. La productora del documental, que tan diligentemente lo ha hecho, podía encabezar un movimiento que instara a colocar iguales pasquines frente a la casa de todos los agresores con la cara de los agredidos (los pececitos son opcionales).  Asesinos, violadores y demás ralea verían así todos los días de su vida  el rostro de los que  atacaron, mataron o violaron.  Pero ¡ay! estoy seguro que ante esta estupenda idea saldrán voces recordando que una vez cumplidas las penas el delincuente ha zanjado su deuda con la sociedad. Salvo, por supuesto, aquellos que una productora de documentales estime, en uso de su sapiencia y soberanía indiscutibles, que no han sido suficientemente castigados].

Pero ¿qué fue lo que pasó?

Es evidente que la verdad completa solo la saben los protagonistas de la tragicomedia. Los demás mortales solo conocemos que una mujer de 26 años (concejal) que, como es lógico y natural, había salido con chicos y tenía un novio consolidado, se hace amante de su jefe (alcalde y potente empresario local) en los aledaños de la viudedad del mismo.

Y un día la mujer decide que el jefe no le gusta (aquí pueden ustedes poner la motivación que deseen si ésta no les parece correcta) y que se acabó (permítanme la expresión coloquial) el acostarse con él. El susodicho no acepta la decisión y comienza la parte trágica de la comedia de costumbres.

A partir de ahí se suceden las acusaciones, que son mutuas, y las descripciones de la conducta del susodicho, hechas evidentemente por la mujer que dice no.

Tras una serie de intervenciones de gentes que se acercan de una manera u otra al caso, el embrollo acaba en una denuncia con corifeos, que un tribunal resuelve con un veredicto condenatorio de acoso sexual (convertido en el recurso en acoso simple) que se salda con una multa no demasiado grande y con dos roles que son ya definitivos y legalmente aplicables: hay una víctima (Nevenka Fernández) y un culpable (el alcalde). Este dimite inmediatamente.

No me interesan en este momento las motivaciones que llevan a la legalmente victima a la cama del regidor, ni tampoco las que le hacen salir de ella.   La lista puede ser larga o corta según prefiramos (se cansó, se decepcionó, dejo de interesarle, dejó de serle útil, etc etc). Pero es preciso señalar dos aspectos importantes: todas ellas, incluidas las que no se mencionan, son razones legítimas. Nadie puede discutirle a Nevenka su capacidad y su derecho de romper una relación en la medida que nadie le puede escatimar su derecho a iniciarla.

Quizá sea difícil ver el amor en todo este proceso (en ella y en él) aunque no pueda descartarse el enamoramiento que, en su versión castiza, ya saben cómo se llama.

Miremos ahora al victimario. Tiene a mis ojos más interés en la medida que parece simbolizar bien la incapacidad de determinados hombres de aceptar que lo que se les dio una vez puede serle negado en otra.  La ¿imposibilidad? masculina de aceptar un rechazo que, muchas veces, se plantea como específica del macho.

 No es arriesgado responder con una negativa razonada: La no aceptación del abandono no es un rasgo distintivo de los sexos.  Se da en mujeres y hombres, en todas las tendencias sexuales y en todas las situaciones imaginables. Es universal.

Pero si es posible que las conductas que se despliegan para paliar el dolor, la frustración y la rabia que dicho rechazo produce, tengan matices diferenciales. Aquí aparece el frecuente corolario de conductas miserables además de abusivas que muchas veces despliegan lo ilustres miembros de la cofradía masculina. Conductas que, pretendiendo ser muestra y ejemplo de potencia, solo acaban mostrando la debilidad, la inconsistencia, el patetismo y la miseria de su incapacidad de afrontar un no sin caer en pataletas infantiles. Pero ¡atención! pataletas que son siempre dañinas y pueden llegar a ser destructoras.

Hace ya muchos años (casi 40 o más) en una viñeta de un caricaturista americano publicada, creo recordar, en el New York Times, (yo la cito con frecuencia) se decía “Cuidado con los hombres débiles, son asesinos”.

Una terrible verdad.

[Nota 2. Desde la altura de un imposible Olimpo neutral, justo y omnisciente le entra a uno la tentación de pensar que en el asunto hay una Escila y un Caribdis. Y que el abordaje del tema consiste en pasar por el centro sin caer en las garras del monstruo que está a la izquierda y del que está a la derecha. 

Dos posiciones que considerar: El grito airado, más arriba mencionado, de una mujer que, en la manifestación a favor del alcalde vocifera con todas sus ganas: “A mi nadie me acosa si yo no quiero”. La segunda, otra mujer del pueblo que le dice a un periodista: “Estas cosas pasan porque no se dan cuenta de que una vez si no es siempre si”]

Es evidente que Ponferrada es tierra de mujeres sabias.

Y ahora deliberemos, si a ustedes les place.

Cecilio de Oriol


Gramática de un caso real, por Iñaki Carrasco

La plataforma Netflix estrenó recientemente una serie documental sobre el caso de Nevenka Fernández. Este hecho ha traído a mi memoria un artículo firmado, hace algo más de tres años, por el profesor Jambrina.

En ese artículo, Juanjo Jambrina deliberaba sobre la realidad a la que nos podíamos enfrentar si, la creciente ola de acusaciones de acoso a ciertos personajes mediáticos, se tomaba como prueba de cargo suficiente para -judicial o socialmente- condenar a estos últimos al ostracismo. Pues bien, este recuerdo me impulsó a mí también a deliberar sobre los tres sustantivos que conceptualizan el núcleo de su conclusión razonada y razonable. Recuerdo, mentira y víctima. No son los únicos en los que se detiene, desde luego hay muchos más. Pero veo en estos tres el sustento fundamental de su argumentación.

El Recuerdo

Comencé a reflexionar sobre las palabras de Jambrina a partir del recuerdo que me trajo una serie de televisión. Recordé también que Juanjo Jambrina había recordado el trabajo de la profesora Loftus sobre la falibilidad de nuestra memoria y de los recuerdos alojados en ella.

El trabajo ingente de Loftus sobre la memoria y el recuerdo abarca más de 20 libros y, al menos, medio millar de artículos. Recordé entonces las palabras de José Lázaro sobre aquellos que creen haberlo leído todo, y afirmando que no soy uno de ellos, convine en que -humildemente- lo poco que conozco sobre Elisabeth Loftus y su trabajo-  se podría resumir en la preocupación de esta por la ductilidad del recuerdo frente a influencias externas. Es decir, el recuerdo no es, en esencia, la verdad en sí misma. Cualquier recuerdo, cualquier relato, está sujeto y mediatizado -no solo por la falibilidad del relator- sino también por la del receptor. En resumen, y en otro plano, lo mismo que afirma la teoría posmoderna sobre la realidad del vencedor, que es, al cabo, el que establece su propia verdad: la posverdad.

Podría parecer que entonces, si todo recuerdo es falible -o al menos susceptible de ser moldeado- y toda verdad es mutable, que nada es cierto y todo es falso. Lo cual nos lleva a la tautología, pues si todo lo cierto es falso, la falsedad se volvería automáticamente certeza, la mentira, verdad y lo inmarcesible en polvo; es decir, volveríamos de nuevo al punto de partida.

Y cuando ya creía que mi divagación sobre el recuerdo y la antropología de la verdad no daría ningún fruto, recordé. Volví al recuerdo de lo poco que sé del género humano y de su insólita capacidad para dudar de absolutamente todo, para convertir lo simple en extremadamente complejo, y lo complejo en sistemáticamente simple. Y esto me recordó a Beccaria.

Decía Beccaria, entre otras muchas cosas, que debía desterrarse el arbitrio judicial. Es decir, que el juez debería estar sujeto única y exclusivamente a las leyes vigentes y escritas. Esto asegura un juicio justo al acusado y la aplicación de la ley ecuánime, justa y razonable. Recordé entonces que Beccaria es uno de los padres del Derecho Penal moderno, del que, en cierta forma, deriva el vigente en la actualidad.

Entonces, ¿por qué habríamos de temer que las acusaciones, sean del orden que sean, puedan afectar la solidez de nuestro sistema jurídico y penal? Ciertamente no lo sé. Sin embargo, y con la distancia que me dan los tres años que han pasado desde que el profesor Jambrina escribiera su artículo, más allá del rumor en según qué foros, y en esa entelequia a la que llamamos genéricamente “redes sociales”, no he apreciado en este tiempo ninguna vulneración de los derechos de nadie, acusado de delito de acoso o de cualquier otro. O al menos, no más que de costumbre. Ruego que me disculpen si mi confianza en el orden jurídico pueda resultar ingenua.

La Mentira

Mentiría si digo que me gusta la mentira. O quizá no. Pero mentiría si afirmo que me gustan los mentirosos. Aunque ¿ nos duelen tanto los mentirosos cuando mienten en nuestro favor? Uno se levanta por la mañana, enciende la radio y busca la frecuencia de aquella emisora que más le agrada, baja a comprar el periódico y elige éste o aquel en función de lo que dice, o de cómo lo dice. Queremos que nos cuenten la realidad que más se acerca a nuestra forma de entender el mundo. Y mentiría si dijese que me parece reprobable, porque, al cabo, las verdades duelen.

Y en verdad dice Jambrina: en la justicia se ha sabido siempre que las mujeres mienten tanto como los hombres. De nuevo, la tautología. Puesto que si las mujeres mienten tanto como los hombres, los hombres mienten tanto como las mujeres; ergo, todos mienten y todos dicen la verdad. Mentiría si dijese que tengo muchos más argumentos, pero Beccaria y Loftus, creo, me sirven de tabla de verdad. El sistema judicial es lo suficientemente robusto como para dilucidar lo cierto de lo falso y la verdad no puede sostenerse solo en la prueba testifical, sino, como es habitual en nuestro ordenamiento, se requieren pruebas indiciarias sólidas, diversas y suficientes para condenar a un acusado. Y que me parta un rayo si miento, pero estamos más habituados a quejarnos porque las penas nos parezcan escasas que excesivas.

La Víctima

La etimología de nuestro actual “víctima” no resulta clara. Hay quien lo relaciona con una raíz indoeuropea de weik, hay quien erróneamente lo liga al vincere latino. Sin embargo, lo más probable es que nos llegue del italiano a través del latín y a su vez el etrusco. La victima latina era aquel sujeto -animal o persona- que se ofrecía en sacrificio a los Dioses.  Huelga decir que, habitualmente, y al margen de interpretaciones románticas de la realidad histórica, aquello nunca era un acto voluntario. Quizá por ese motivo, a día de hoy hablamos del caso de Nevenka Fernández y no del caso Ismael Álvarez. Hablamos del atentado de las Torres Gemelas y no del atentado de Mohhamed Atta, hablamos del crimen de los Marqueses de Urquijo y no del crimen de quienquiera que fuera quien empuñase el arma.

Algo de lo que habla Jambrina, no sé si a propósito o no, creo, es la llamada cultura de la cancelación. Y eso es otro asunto. A pesar de que hayamos construido un neologismo para referirnos a ese hecho, la cancelación, la luz de gas, el ostracismo al fin y al cabo, han existido siempre. Pero conviene recordar que ni Séneca dejó de estar en los libros, ni nadie quemó las páginas de Muerte a crédito, ni Heidegger ha desaparecido de las bibliografías. Todos ellos, con razón o sin ella, fueron de algún modo cancelados en su tiempo.

Creo que deberíamos aprender a poner en su justo lugar aquello que sucede dentro de las redes sociales. Porque no son sino aquello que en otro tiempo eran plazas, mercados, calles, arrabales y extramuros. Lugares en los que cada cual daba su opinión con mayor o menor fortuna o fundamento. Ahora con más público, eso sí, pero nada nuevo que temer bajo el sol.

Creo que no podemos obviar, volviendo al comienzo, que en el caso de la ex concejala Nevenka, a día de hoy es ella la que ha tenido que recurrir de algún modo al ostracismo. Voluntario o no, eso puede ser discutible. Pero me cuesta creer que alguien planee una venganza tan retorcida para obtener como rédito el exilio.

Tratar de creer que existe una ola de manipulación, o quizá una confabulación en forma de denuncias multitudinarias es, en definitiva, creer en el lado erróneo de la navaja de Ockham.  Tratar de ver una especie de invasión de los ultracuerpos en la mitad de la población del planeta, quizá nos está impidiendo aceptar que hay  un octavo pasajero en nuestra nave. Y yo, discúlpenme, prefiero creer a Ripley.

En definitiva, como animales humanos que somos, estamos sujetos a la interpretación de la realidad que hace por nosotros ese órgano -tan complejo y a la vez tan simio- que es nuestro cerebro. Necesitamos recurrir siempre a lo simple y a lo tangible porque el alimento, el cobijo y el afecto -para el simio que seguimos siendo- siempre ha sido algo que se puede asir con las manos. Quizá por eso tratamos de establecer certezas inmediatas – en sentido temporal y espacial- y lo hacemos a través del prejuicio. Porque, no nos engañemos, el prejuicio debió salvarnos el pellejo muchas veces en aquel tiempo remoto en que este estaba mucho más recubierto de pelo de lo que lo está ahora.

Más tarde vendrían la duda, lo inasible, Beccaria, Loftus, Ripley y Foucault y el resto del posmodernismo. Y gracias a todos ellos, al recuerdo, a la mentira, a la etimología, podemos decir que vivimos un lugar en el que, a pesar de seguir siendo los simios que éramos, podemos confiar en la verdad y la justicia. O eso espero.

Iñaki Carrasco


La mancha humana, por Juanjo Jambrina

(Publicado en La Nueva España, 2 junio 2019)

Me pasé las últimas horas de la campaña electoral del día 26 de Mayo viendo la película Silvio (y los otros), la particular mirada de Paolo Sorrentino sobre Berlusconi (y los otros). Sorrentino es uno de mis directores de cine preferidos. Adorado por muchos, repudiado por otros, las películas de Sorrentino no dejan indiferente a casi nadie. Su cine tiene una mirada compasiva hacia casi todos sus personajes. Incluso para los más deficientes o los más canallas. Sus películas tienen un aroma cervantino muy agradable: desaparecen las verdades absolutas y se instaura como única certeza la sabiduría que se esconde en lo incierto. Así, si uno no sufre de narcisismo, sale del cine reconciliado hasta con las palomitas y los patéticos doblajes.

Silvio ( y los otros) es un película fascinante, apabullante, una sobria lección de ética para la ciudadanía. Mucho mas allá del retrato de un personaje que da tanto jugo allá donde se le exprima, Sorrentino ha hecho un verdadero tratado sobre la vergüenza, una de las emociones que más peso han tenido en la formación de la sociedad occidental actual y que más se echan en falta hoy día.

Siempre que oigo hablar de la vergüenza me vienen a la memoria las categóricas frases que le dedicó el maestro Rafael Sánchez Ferlosio: “La vergüenza es la comadrona o la nodriza de toda educación. El momento en que nace la pasión anímica de la vergüenza -señalado por la aparición concomitante del síntoma rubor- debe ser considerado el del surgimiento de la mera condición de posibilidad de toda educación verdaderamente humana. (…). Pero es solo la presencia física del prójimo, con su mirada, el término de referencia permanente de la afección de la vergüenza. De ahí vienen las conocidas letanías “¿Y con qué cara salgo yo ahora a la calle? ¿Con qué cara aparezco en público?”. Un gran acierto de Sorrentino es la presentación que hace de Silvio: fuertemente maquillado y con una sonrisa tan forzada como perpetua. Porque la vergüenza es, claramente, una emoción cara a cara.

Estoy de acuerdo con la socióloga italiana Gabriella Turnaturi en que de todas las “emociones sociales”, la mayor o menor vigencia de la vergüenza en una sociedad nos dice mucho acerca de la salubridad de la vida pública. Cuando decimos de alguien que “no tiene vergüenza” estamos diciendo que carece de escrúpulos, de valores de ideales. La vergüenza, además de su íntimo engranaje con el rubor, también correlaciona muy estrechamente y de forma muy significativa con la responsabilidad, uno de los valores que nunca debe perder un individuo si no quiere disolverse en el anonimato defectual que brinda la masa. No es poca cosa la relevancia social derivada del hecho de avergonzarse. Pero las emociones sociales cambian con el tiempo. Y en este tiempo nuestro tan mediático el mandato es que nadie debe avergonzarse de nada porque “così fan tutte”. O sea, dado que así hacen todos nada malo hay en fabricarse un umbral de vergüenza, un modelo de vergüenza construido a medida de cada uno.

Sorrentino está al tanto de estos dilemas. Y su Silvio (y los otros) no es más que un alarido en favor del sentido común, buscando que las aguas, en su caso italianas, vuelvan a su cauce. Sorrentino se plantea dónde se esconde la vergüenza hoy en día cuando ve a Berlusconi pidiendo a la oposición política ¡vergüenza! ¡Berlusconi! el creador de la llamada “vergogna rimbalzata”. O sea, la vergüenza rebotada.

Porque está claro que la vergüenza se bate en retirada. Se la connota como una emoción antigua caduca, porque arranca de valores tan clásicos como el honor, el orgullo o la honradez.

El problema ya no radica solo en la impunidad jurídica que deriva de esta ausencia de vergüenza. Más grave es aún la indiferencia generalizada y la impunidad emocional que lleva al que debería avergonzarse a mostrarse antes que a avergonzarse: en los discursos, las mentiras lo primero y con la voz más alta, decía Cela, experto en el tema.

La obra de Sorrentino, que no ha tenido una vida fácil, se sostiene sobre una fabulosa imaginación y unos diálogos sólidos, cargados de ironía, humor y distancia, como mandan los cánones. Uno de sus contertulios habituales es Niccoló Ammaniti, autor de ¡Que empiece la fiesta! la gran novela sobre el fin de la vergüenza: “si no hay reglas éticas ni estéticas el ridículo desaparece”, dice uno de sus personajes más clarividentes. Mientras veía el final de Silvio, en varias ciudades españolas los principales líderes políticos despedían la campaña.

Juanjo Jambrina


‘Todólogos’, por Carmen Martínez González

(Carta publicada en El País, el 6 de mayo de 2018).

Desde la crisis proliferan los todólogos. Todos criticamos las decisiones médicas, todos sabemos si un juicio ha sido justo o injusto, si una condena es larga o corta, si la economía va bien o mal. El discurso está movido por la emoción más que por la razón, cuando no por las mentiras. El conocimiento es inabarcable, la imprudencia valiente, y la frase “solo sé que no sé nada” suena hoy más anacrónica que nunca. Llamarán raro, corto, afín a tal partido, facha seguro (es el sinónimo preferido de disidente hoy), a quien ose decir esto en público. Pero, humildemente, a mí Fuenteovejuna me da mucho miedo.

Carmen Martínez González


Respuesta a Jambrina de José Lázaro

Una de las grandes ventajas que tiene la deliberación escrita frente a la oral es que siempre permite comprobar lo que nuestro interlocutor ha dicho exactamente. Y admirarnos con ello, una vez más, de la peligrosa ambigüedad con que a veces se escribe y la generosa elasticidad con que se interpretan los escritos ajenos (y los propios).

En el caso que nos ocupa, mi fraternal oponente, el doctor Jambrina, escribe en su réplica: “En ningún momento hago corresponder la valentía del periodista con la desinhibición ni con la incapacidad de dudar”. Previamente, en el texto inicial a cuyo comentario mío él replica, había escrito: “muy pocos periodistas reivindicaron la presunción de inocencia y la Justicia, muy pocos fueron valientes, adjetivo que pertenece a los que tienen una visión del periodismo en la que no cabe la inhibición o la duda”. Si el periodista valiente es aquel en que “no cabe la inhibición o la duda”, pero al escribir eso no estamos haciendo “corresponder la valentía del periodista con la desinhibición ni con la incapacidad de dudar”, tendría que explicarnos el doctor Jambrina si pretende extender a nuestras deliberaciones esos mecanismos del inconsciente que, según el doctor Freud, no están sometidos al principio de no contradicción.

Quede al menos constancia de que, más allá de deslices semánticos, entiendo que Juanjo Jambrina y yo estamos de acuerdo en lo fundamental: que el buen periodismo, como cualquier otro tipo de escritura, exige tiempo, rigor, estudio, comprobación de los datos, meditación de las opiniones, revisión, corrección, elaboración… Y alergia rigurosa a esos “todólogos” tan bien caracterizados por Carmen Martínez González.

José Lázaro


Profesionales, por Félix de Azúa

Artículo publicado en El País el 30 de junio de 1999.

Cuando yo estudiaba periodismo bajo la excelente tutela de don Ángel Benito y otros tutores no tan excelentes, los aprendices teníamos una idea perfectamente clara del buen profesional. Era éste un individuo de mediana edad, barba de dos días, un cigarro bailando en la comisura de la boca y la botella de whisky mediada en un cajón de la mesa de redacción. El buen profesional desconfiaba de absolutamente todo el mundo, pero muy en especial y por orden decreciente de los políticos, de los policías y de los jueces. La información verdadera, aquella que sus lectores les exigían, era la que se ocultaba tras las mentiras de los políticos, los chantajes de la policía y las corruptelas de los jueces.

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Félix de Azúa


Deliberando, por Juanjo Jambrina

De acuerdo con el Profesor Lázaro en que es difícil criticar a un escritor por lo que no ha escrito. Es lo que él hace con mi texto. Yo no digo nunca que Marías debió escribir sobre Nevenka pero que no lo hizo. Simplemente denoto, sin connotación alguna, que no estuvo entre los tres o cuatro columnistas que se opusieron al texto de J. J. Millás.

Tampoco se le recuerdan columnas en un tono similar a la que hoy glosamos. Hay una continuidad en su obra y a ella me remito. Revísense sus textos y dígaseme en cuáles aborda temas similares.

Por otro lado, en ningún momento hago corresponder la valentía del periodista con la desinhibición ni con la incapacidad de dudar. Siempre he creído que el que el no duda es lo más parecido a un idiota. Y no me parece que sea el caso de Marías. La valentía a la que me refiero hace referencia a escribir contra lo políticamente correcto, escribir razonadamente contra el pensamiento dominante, contra los lobbies que, a golpe de sentimiento, quieren imponer la ley del más débil, como si ello bastase para ser una ley justa. La valentía del periodista es la que expresa Félix de Azúa en la columna titulada Profesionales, que publicó, por cierto, en 1999.

Juanjo Jambrina


Comentario de Ángel Bizcarrondo

La lectura del texto precedente de Juanjo Jambrina me ha sugerido algunas consideraciones. Alude el autor a otro artículo de Javier Marías, titulado “Ojo con la barra libre” que considera excelente, aunque formula algunas reservas sobre la calificación como valiente que le ha sido atribuida por otros comentaristas. En la entrevista que mantuvo Marías con Luz Sánchez-Mellado, publicada una semana más tarde en el mismo medio, la periodista aporta su testimonio para confirmar que tal apreciación no era infundada.

No es, sin embargo, ese el problema del que me quiero ocupar, puesto que nos encontramos ante una cuestión de criterio en la que es normal que las opiniones no coincidan. Lo verdaderamente grave es que planteamientos razonables, como los de Marías, argumentados de forma respetuosa y correcta, puedan suscitar la sensación de riesgo para quién los escribe o dar lugar a reacciones de intolerancia como las que estamos observando de modo creciente.

Ahora que, superados los tiempos de la censura oficial, creíamos vivir en una sociedad libre, resulta que brotan nuevas formas de recriminación, más crueles y arbitrarias, incluso, porque carecen de rostros definidos, al quedar estos desdibujados en un magma de insultos e imprecaciones amparados generalmente en el confortable anonimato de la tribu.

Las modernas tecnologías de la comunicación han propiciado la creciente irrupción de grupos de interés muy radicalizados, movidos por resortes de carácter étnico, de identidad sexual, de origen territorial, de raza y otros fundamentalismos, que actúan con la pretensión de acallar las voces discrepantes, no mediante el diálogo civilizado, sino por la forzada imposición de su dogma fundacional. Naturalmente me refiero exclusivamente a las manifestaciones patológicas que nada tienen que ver con las legítimas demandas de los grupos de interés que defienden sus posiciones dentro del marco legal y social aceptado.

La agresividad que lleva a arremeter contra quienes se oponen, o no se someten, a las creencias de aquellos colectivos se extiende como una pandemia en las llamadas sociedades avanzadas. Además de descalificar las posiciones del presente, se ha abierto una causa general retrospectiva de las grandes creaciones del pasado. Del anatema no están exentas figuras como Cervantes o Shakespeare cuando sus personajes no se ajustan a los cánones actuales de conducta consagrados como inmutables por estos furibundos inquisidores.

La magnitud del despropósito se ha puesto de manifiesto el pasado mes de enero en la sesión inaugural de la ópera Carmen, en el teatro Maggio Musicale de Florencia. El director, Leo Muscato, sorprendió a los asistentes al manipular el final de la obra para que muriera el maltratador y no su víctima, como sucede en el original. La evaluación de esta conducta exige fundamentar la legitimidad del intérprete para corregir la obra artística, tal y como fue concebida por su autor, con el fin de adaptarla a los criterios éticos, sociales o culturales vigentes en el tiempo en que se representa.

El enjuiciamiento de la creación cultural con criterios ideológicos encontró poco después una réplica desde el otro extremo del espectro social con la polémica suscitada por la decisión de Ifema de retirar en la Feria de Arte ARCO el desafortunado friso de Santiago Sierra en el que retrata a veinticuatro supuestos presos políticos entre los que se incluyen Junqueras y los “Jordis”, precisamente el mismo día en que el Tribunal Supremo ratificó la condena de tres años y medio de cárcel al rapero Valtonyc por injurias a la Corona, enaltecimiento del terrorismo, calumnias y amenazas en las letras de sus canciones.

No procede ahora entrar en el fondo de un asunto tan complejo, pero me parece importante constatar que la actualidad nos devuelve bajo nuevos presupuestos el recurrente debate sobre los límites de la libertad artística, entre otras razones, porque el propio concepto de arte es controvertido, como también lo es su atribuida función transgresora. Sin embargo, no deja de resultar llamativo que coexistan dos fenómenos antitéticos: por una parte, la tolerancia con la feroz censura ejercida por grupos ideológicos muy radicalizados y, por otra parte, el virulento ataque a la censura cuando ésta se ejerce desde las instituciones, aunque sea con todas las garantías procesales como ocurre con las sentencias judiciales.

Por otra parte, contiene el artículo de Martínez Jambrina un reproche a Javier Marías, no por sus afirmaciones actuales con las que se muestra conforme, sino por su abstención o silencio en un momento anterior con la ocasión de la publicación de un libro de Juan José Millás a propósito del entonces denominado “caso Nevenka”. Dice el autor del artículo: “Cuando lo de Nevenka, muy pocos periodistas reivindicaron la presunción de inocencia y la Justicia, muy pocos fueron valientes, adjetivo que pertenece a los que tienen una visión del periodismo en la que no cabe la inhibición o la duda. Entre ellos no estaba Javier Marías, que ahora sí que se suma, y bienvenido sea…”

Esta afirmación nos enfrenta de nuevo al problema de la legitimidad del juicio, que en este caso versa sobre la actitud del autor, no sobre la obra, porque no se juzga su comportamiento actual, sino la coherencia de su conducta a lo largo del tiempo por comparación con hechos anteriores.

Aunque se acostumbre a decir que no podemos juzgar y se declare enfáticamente que “nadie es quién para juzgar a otro”, en la práctica sucede justamente lo contrario, no podemos evitar el juicio porque eso significaría la renuncia a entender el mundo en que vivimos y a evaluar el comportamiento más adecuado a cada situación. En definitiva, a distinguir lo que está bien de lo que está mal; lo justo de lo injusto.

Además, nos vemos inducidos a juzgar continuamente por la sencilla razón de que nuestra vida exige adoptar decisiones que se basan en una previsión del comportamiento futuro de otras personas. Con carácter permanente somos requeridos para otorgar nuestra confianza: al político que solicita nuestro voto, al profesional que nos ofrece sus servicios, a la persona que nos propone un compromiso. Toda decisión racional que implica a otras personas reclama un vaticinio sobre su modo de proceder en el porvenir y, en consecuencia, nos impone un juicio anticipado sobre su probable conducta posterior.

Aunque el juicio fuera obligado, resultaría imprescindible respetar ciertos principios elementales: actuar responsablemente, evitar la arbitrariedad, no demandar a los demás más de lo que nos exigimos a nosotros mismos, ni enjuiciar intenciones ajenas, ni juzgar a nadie por lo que no puede cambiar o por aquello de lo que no es responsable (raza, origen, color de la piel, capacidades personales, constitución física…). Por otra parte, conviene recordar que juicio no equivale a condena.

Como no es sencillo orientarse en el pantanoso terreno del juicio humano puede iluminar el camino el interesante precedente que ofrece la justicia penal. El juez analiza conductas y constata hechos probados, posteriormente establece una calificación de acuerdo con un código y finalmente emite un veredicto argumentado. Cuando concluye que los hechos enjuiciados constituyen, según la tipificación legal aplicable, un delito, condena a su autor a la pena prevista en una norma, pero no califica al justiciable como persona, ni le declara delincuente, asesino, ladrón o criminal. Se limita a evaluar conductas concretas y, en razón de la calificación que proceda establece la correspondiente pena, pero no juzga a la persona como tal.

Si aplicáramos este criterio al presente caso, tendríamos que convenir que Marías ha actuado con valentía al escribir el artículo citado; incluso, podríamos ampliar el argumento para expresar que no tenemos constancia de que se haya comportado en otras ocasiones del mismo modo, pero esta afirmación no invalidaría la primera conclusión, ni autorizaría a emitir un veredicto negativo sobre su valor personal.

Al inicio de su poema “Melancolía del Destierro”, José Ángel Valente escribe: “Lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido”. Cabría añadir que tampoco se deja de tener hoy razón, o valentía, por no haberla tenido, o acreditado, en el pasado. No debemos sorprendernos porque el comportamiento humano sea contradictorio. Después de todo la coherencia no es la regla, es, más bien, la excepción.

Ángel Bizcarrondo


Con flores a Marías, por José Lázaro

El sugerente texto del doctor Jambrina sobre Millás, Marías y el caso Nevenka plantea muchas cuestiones de interés sobre las que valdría la pena deliberar. Me limitaré de entrada a un par de ellas, no por periféricas menos importantes.

En primer lugar, hay dos maneras de criticar a un escritor: argumentando en contra de lo que ha escrito o reprochándole que no haya escrito lo que no ha escrito. La segunda es francamente problemática para el que la realiza.

En segundo lugar, nadie puede enterarse de toda la información que circula, ni mucho menos tiene un señor que escribe un artículo semanal obligación de comentar todo lo que ocurra. Hay pocos personajes más ridículos que los que aseguran haberlo leído todo. No hablemos ya de los que pretenden saber sobre todo.

Javier Marías no tenía ninguna obligación de escribir hace quince años sobre el caso Nevenka: había cada semana varias docenas de temas con similar interés e importancia. En medio de la catarata informativa que nos acosa por todas partes, cada vez es más importante defender nuestro derecho a focalizar la atención y ampliar el círculo de las cosas a las que no queremos dedicarles ni un minuto.

En tercer lugar, pienso que si algo degrada el periodismo y lo convierte en una profesión despreciable es precisamente lo que Jambrina considera “valentía”: la desinhibición y la incapacidad de dudar. Las prisas y la frivolidad con que se hacen juicios tajantes sobre cosas oscuras y complejas. El periodismo es muy dañino cuando actúa (casi siempre) con urgencia, improvisación y temeridad. Para hacer buen periodismo hace falta lo que pocos periodistas tienen: mucho tiempo, rigor, estudio de los temas a fondo, dudas sistemáticas, autocrítica, más reflexión, más análisis. Lo que no hacen, ni pueden hacer, el 99% de los periodistas en el 99% de los medios en que escriben.

A las Facultades de Periodismo habría que aplicarles lo que mi amigo Francesc Borrell recomendaba para las Facultades de Medicina: introducir una asignatura obligatoria pensada concretamente para aprender a dudar.

José Lázaro


Hubo algo que no fue como dijeron en un libro de J. J. Millás, por Juanjo Jambrina

El día 11-2-2018 el escritor Javier Marías firmó en el El País Semanal un excelente artículo titulado “Ojo con la barra libre”, donde daba cuenta de los  excesos surgidos a raíz de las denunciadas efectuadas por varias mujeres que dicen haber sido acosadas por el productor de cine Weinstein. Escribía Javier Marías:

“Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.”

Tiene mucha razón Javier Marías. La primera consecuencia nefasta de todo esto es que probablemente, las mujeres que ciertamente han sufrido abusos, no sean capaces de dar la cara para exigir justicia porque una vez que se da crédito a las víctimas por el hecho de decir que son tales, solo se abre el camino a ajustes de cuentas, venganzas, linchamientos, etc. Nada que ver con la Justicia desde donde se ha sabido siempre que las mujeres mienten tanto como los hombres.

El artículo de Javier Marías es excelente y muy difícil de cuestionar. Algunos admiradores lo han calificado de “valiente”. Aquí tengo yo más dudas. Escribir ahora sobre el fenómeno Me too está de moda como lo estuvo el “Síndrome de la Falsa Memoria”, que descubrió Elizabeth Loftus y que encubría miles de incestos entre padre e hijas —según contaban las hijas en psicoanálisis— lo que llevó a cientos de padres a prisión por delitos sentenciados sin más prueba que la palabra de sus hijas contra ellos. Un casó análogo es el de las “Mentiras Blancas”, término que acuñó Arcadi Espada en su libro Raval para referirse a las mentiras que cuentan los niños que presuntamente han sufrido abusos en los peritajes de los tribunales por temor, por obtener ventajas o por varios motivos más.

Según iba leyendo el artículo de Marías recordaba un caso que dio mucho que hablar en España hace 14 años: el affaire entre la concejal Nevenka Fernández y el alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, que sirvió a un escritor tan poco sospechoso de objetividad como Juanjo Millás para escribir su libro Hay algo que no es como dicen (2004). En él respaldaba paso a paso, beso a beso, la versión de la popular Kenka, que consiguió sentar a su expareja sentimental, el alcalde, en el banquillo y que fuese condenado por “acoso sexual”; un cargo, que tras la apelación fue cambiado por “acoso”.

El tema fue el de casi siempre. Una pareja se rompe. Ella quiere irse, él no quiere que se vaya… Ambos pasan una noche dura y larga en un hotel de la estepa castellana; el alcalde, para demostrar que la quiere hasta el alma, mientras ella llora, tiene el buen gusto de hacerse una masturbación in situ ante ella,  y esas cosas que tanto gustaban a revistas como el Lib o el Penthouse. Vueltos a Ponferrada, el alcalde quiere seguir, ella no, hasta que ella se cansa y le denuncia, casualmente a una concejal del PSOE que pasaba por allí. Charo Velasco, la concejal, escucha el testimonio de Kenka y pone la maquinaria judicial en juego. Es alucinante el cientifismo que practican en temas tan delicados la concejal Velasco y Millás. Escribe Millás: “Me dice Charo Velasco: la he visto y tiene cara de violada…” Bueno, Charo Velasco es pediatra, algo sabrá de periciales, claro…

Millás llegó a concluir que ni los colectivos feministas habían apoyado a Nevenka porque era una  “mujer del PP”. Hay que suponer que buscaron el linchamiento de Álvarez por un motivo similar. Cuando al periodista Millás le interrogaron sobre su libro, dio una de las respuestas más inauditas que he podido degustar como lector. En un coloquio alguien le preguntó por qué no había ningún testimonio del alcalde, por qué no había dejado lugar a que el acusado ejerciese su defensa. Millás contestó que su historia era absolutamente subjetiva y que se había inspirado para escribirla en Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, donde el narrador, pese a estar rodeado por tiburones nunca les preguntó a los escualos la opinión que tenían sobre él.

Bueno, cuando lo de Nevenka, muy pocos periodistas reivindicaron la presunción de inocencia y la Justicia, muy pocos fueron valientes, adjetivo que pertenece a los que tienen una visión del periodismo en la que no cabe la inhibición o la duda. Entre ellos no estaba Javier Marías, que ahora sí que se suma, y bienvenido sea, a este carro que pretende conseguir que el fenómeno Me Too no acabe con ese derecho democrático tan básico e importante para la convivencia ciudadana que es la correcta aplicación de la Justicia.

Juanjo Jambrina

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