Idioticracia, por Carlos J. González Serrano

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Hace algunos años, una campaña publicitaria de un organismo público eligió como eslogan la siguiente fórmula: “No tenemos sueños baratos”. De alguna manera, quien lo leyera debía declararse pobre, al menos implícitamente, y relacionar sus carencias –fueran del tipo que fueran– con el elemento estrictamente dinerario. Ya el sociólogo Émile Durkheim había escrito, muchas décadas antes, en los albores del siglo XX, que la clave del bienestar social consiste en introducir en la plebs “el convencimiento de que no tienen derecho a más”, y añadía: “Lo que se necesita para que reine el orden social es que la generalidad de los humanos estén contentos con su suerte”.

Pero ¿qué sucede cuando ni siquiera se tiene la paciencia, o incluso la posibilidad, de recapacitar en aquello que nos puede hacer felices, en qué pueda ser la felicidad? ¿Cómo reconvertir al contemporáneo sujeto del rendimiento, empresario de sí mismo en esta sociedad del cansancio, en un individuo que piensa, que reflexiona, que se atreve a hacer un alto en el camino? Como los perros del experimento de Pavlov, nos han convertido –sin distinción de edad o condición– en febriles marionetas que reaccionan mecánicamente a estímulos dados. Unos estímulos cuya programación (algorítmica) está diseñada para sumirnos en la más profunda ignorancia. En la más soberana idiotez.

El idiota, en la antigua Grecia (ιδιωτης), era el individuo que se resignaba a ocuparse de sus asuntos personales y no le inquietaban, en absoluto, los problemas sociales, las dificultades de la polis: es decir, los contratiempos del conjunto social al que pertenecía. El idiota era el individuo que se ceñía a lo puramente doméstico, al ámbito del hogar, mientras omitía deliberadamente cualquier tipo de implicación con la sociedad en la que estaba inserto. Etimológicamente, por tanto, la idiotez está asociada a una buscada alienación, a una falsa independencia que se funda en la mala fe, es decir, en un mal y despótico uso de la libertad que reclama para sí la potencia de aislarse del grupo para que nadie venga a pedirle explicaciones.

Nos espolean cada día, casi a casa instante, sobre todo desde instancias políticas, a expresarnos libremente en nombre, precisamente, de la tan manoseada libertad de expresión. Pero ¿qué importa ésta, se pregunta el profesor y filósofo Emilio Lledó, “si lo que expresamos es el discurso estúpido y vacío de las palabras mal sabidas, de los conceptos manipulados, incluso por nosotros mismos, de las ideas estereotipadas, convertidas en pringue ideológico que se recalienta en el rescoldo de nuestros miedos y de nuestros intereses?” (Sobre la educación, Taurus, 2018, p. 26).

La sociedad contemporánea vive envuelta en un terrible halo de credulidad y superstición, sujeta al albur de los grandes emporios empresariales y de las disposiciones y tendencias económicas de turno. Sobre todo porque no se tiene qué decir. Hemos sido idiotizados. Sólo convence el constante tráfico de poder, influencia y dinero. Como apuntó muy inteligentemente Étienne de la Boétie en su Discurso de la servidumbre voluntaria, “siempre el pueblo necio fabrica él mismo las mentiras para después creerlas”.

“No existen sueños baratos”: el catálogo de cosas (y emociones, y experiencias) que no se compran con dinero se hace cada vez más exiguo, y todo tiene que monetizarse (los intereses, las aficiones, la cultura, la propia imagen, las amistades, etc.). Nada cae fuera del peligroso dominio de lo pecuniario: todo se hace cuantificable, medible, mensurable, y lo cuantitativo –en términos económicos– pasa a convertirse en la clave para medir el valor de cualquier realidad. Ya dejó escrito el Nobel de Literatura Elias Canetti que la más cruel muerte no es la biológica, sino la que convierte al individuo (y sus posesiones) en un número, en un agregado, en una agrupación de cosas que se pueden amontonar. Ni que decir tiene que con ello está más que servido el caldo de cultivo de la más desaforada desigualdad.

En una sociedad idiotizada, sus miembros se dan por contentos con cualquier sucedáneo de libertad, palabra ésta tan trillada en días de populismo de toda índole. El mismo La Boétie se asombraba, en pleno siglo XVI, con cuán poco se conforma el pueblo. Qué actuales, qué dolorosas se hacen estas palabras: “Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, las bestias extrañas, las medallas, los cuadros y otras bagatelas semejantes fueron para los pueblos antiguos los cebos de la servidumbre, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. Este medio, esta práctica, estas seducciones utilizaban los antiguos tiranos para adormecer a sus súbditos bajo el yugo”.

Y hoy, dos milenios más tarde, seguimos sin despertar de ese sueño dogmático. Bajo capa de entretenimiento, se nos sirven numerosas ocupaciones que nos mantienen (voluntariamente) idiotizados. No se trata de llamar a la revolución, sino de despertar a la llamada de la auténtica libertad: la de constituirse como individuos autónomos. “Los medios de comunicación, dicen algunos de sus practicantes y teóricos –apunta Emilio Lledó en el libro aludido, p. 30–, tienen que servir para divertir y alegrar. Probablemente, pero no así. La lamentable programación de esos esperpentos implica un desprecio terrible a la sociedad, a los espectadores, a los que se rebaja a niveles profundos” y mediante los que se les instala en la ignorancia y la idiotez como si se tratara de su elemento más natural, mientras su sensibilidad para lo mejor se va minando y distorsionando.

“No tenemos sueños baratos”. Pues bien, como apuntó a mitad del XIX el historiador Guglielmo Ferrero, “nunca ha habido tanto dinero en el mundo y nunca ha habido tan poco”. Porque algún día, en un aciago pero lúcido instante, caeremos en la cuenta de que nuestra más profunda crisis viene dada por una respetabilidad ante un sistema que nos instrumentaliza bajo una falsaria capa de la libertad. Nunca antes se dio en la historia una tan alta y dañina identificación entre racionalidad económica e hipócrita fanatismo liberal. Quizá haya llegado el momento de imaginar nuevas posibilidades. Colectivamente. Porque “el mercado” es, como cualquier otra, sólo una abstracción más que nos ata de pies y manos. Incluso nuestros sueños.

Para terminar, recordemos una vez más a La Boétie: “Los tiranos sólo son grandes porque nos ponemos de rodillas”. Frente a la idioticracia, y más necesaria que nunca, se levanta una responsabilidad civil que no tema a la propaganda del miedo que siembra un amañado concepto de libertad. Porque justamente sólo se es libre cuando se es capaz de denunciar, públicamente y con intención de participar en los asuntos de la polis, los males que acechan a la auténtica libertad. Y digamos, con Albert Camus: “Soy avaro de esa libertad que desaparece desde que empieza el exceso de bienes”.

5 Respuestas a “Idioticracia, por Carlos J. González Serrano”

  1. Excelente artículo. Muy necesario, en este momento, en Perú. Si los representantes de democracia censataria utilizan como porta estandartes a la libertad.

  2. Muy acertadas reflexiones, estamos inmersos en un mar de consumismo lleno de basura, nos hemos individualizado a tal grado que poco importa lo que sucede a nuestro alrededor, tenemos que reivindicarnos como seres pensantes para salir de ese marasmo que nos tiene enajenados y nos hunde en la banalidad.

  3. El hogar de la casa es ahora la televisiòn y las familias hablan de los problemas que se difunden en ella. Razòn que les da para olvidar sus problemas.
    Para los griegos las mujeres debìan de ser idiotas, adoraban la belleza, sin embargo, pero eran barbaros.

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