Soledad: la pandemia detrás de la pandemia, por Carlos J. González Serrano

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Hace poco tomaba un café con un amigo psiquiatra –de dilatada trayectoria en terapia y consulta médica– y me confesaba que, a su juicio, la gran crisis que ha desplegado la pandemia (amén del impacto económico y sanitario) ha sido el de la reclusión y, en paralelo, el de la incapacidad para volver a instaurar nexos y relaciones de confianza mutua. El largo periodo de encierro, así como el auge de las redes sociales a la hora de entablar conexiones superficiales entre personas, ha provocado que la soledad se convierta en uno de los motivos más habituales de consulta psicológica y psiquiátrica.

La soledad es un fenómeno ambivalente. Por un lado, nuestra condición eminentemente social nos empuja a relacionarnos de manera natural con nuestros semejantes; en este sentido, el hecho de estar solos, al menos cuando la soledad no es elegida, es considerado algo negativo, una circunstancia a evitar e incluso perjudicial; por otro lado, habituarse a convivir con nuestra constitutiva soledad resulta una parte imprescindible del desarrollo evolutivo personal de cada individuo. La soledad constituye, por tanto, una moneda de dos caras muy distintas que debemos aprender a manejar. El abuso de cualquiera de sus dos vertientes (exceso de sociabilidad o exceso de reclusión) puede llegar a constituir rasgos de conducta patológicos.

Sin embargo, y sobre todo entre las generaciones más jóvenes (los llamados nativos digitales, habituados a vivir entre pantallas y aparatos), la soledad angustiante, ansiosa o nerviosa se ha normalizado como un efecto colateral inevitable del uso de las nuevas tecnologías. Y es algo que, como sociedad, debería preocuparnos. Una circunstancia que acaba por extenderse a todas las capas sociales y a todos los rangos de edad y que denota una falta de contacto real con los otros. A su vez, la falta de este tipo de contacto (personal, físico, presencial) nos deshabitúa de numerosos patrones conductuales y afectivos que, a lo largo de milenios, hemos desarrollado para poder relacionarnos funcionalmente con otros individuos: sobre todo, la comunicación no verbal y todos los aspectos paralingüísticos que conlleva el habla.

De alguna forma, cuando nos comunicamos mediante el uso de la tecnología, ejercemos más un monólogo que un diálogo. Diálogo, no lo olvidemos, remite en términos etimológicos a un proceso que se da “a través de” (dia) un logos (la palabra). Cuando empleamos compulsivamente las redes sociales y otros medios tecnológicos de relacionarnos, convertimos el objeto mismo (teléfono, tablet, ordenador, etc.) en el “a través” de la relación. Es decir, transformamos el instrumento (el medio) en un fin en sí mismo, y esto crea dinámicas relacionales muy distintas a las que se dan en un contacto directo.

Empezando porque es el instrumento (sobre todo el smartphone) el que acaba por configurar y dictar nuestra conducta y crea nuevos patrones y hábitos de actuación: notificaciones constantes, consulta compulsiva de redes sociales, fijación enfermiza por la obtención de likes, afán de aceptación y reconocimiento, locus de control fundamentalmente externo, pérdida de autonomía y libertad, dependencias varias, etc. Al fin y al cabo, con quien acabamos manteniendo una relación es con el propio teléfono, y no con quienes están tras nuestras relaciones digitales. Acabamos siendo usados por la cosa que debería ser objeto de nuestro uso y acaban por desarrollarse conductas propias de adicciones.

El problema anejo a esta circunstancia, como señalan numerosos pensadores, psicólogos sociales y psiquiatras actuales, es que cada vez estamos más conectados y, paradójicamente, cada vez nos sentimos más solos. Según el Colegio Oficial de Psicología de Madrid, en información facilitada por el diario El País, se estima que en Madrid las peticiones para cita psicológica se elevaron entre un 20% y un 30% a comienzos de 2021 respecto al año anterior: la causas fueron, en su mayor parte, ansiedad por la situación vivida y tristeza o signos nacientes de depresión. Por no hablar del repunte de casos de suicidio, que se ha convertido en uno de los mayores retos de salud pública en Europa –en numerosas ocasiones silenciado como un tabú social–, con una tasa de prevalencia de 11,93 por cada 100.000 (en España la tasa es de 7,79, pero en cualquier caso alarmante, con un crecimiento del 3,7% respecto a la última medición del INE abril de 2021, y con un triste aumento en adolescentes y jóvenes).

Es importante remarcar que ni el suicidio ni otros fenómenos como la ansiedad, el alto estrés o la depresión han de estar causados necesariamente por un trastorno mental. En muchas ocasiones, se debe a la confluencia o repetición de diversas circunstancias onerosas que llegan a colapsar al individuo en términos psicológicos. En este sentido, habrían de ser de obligado cumplimiento dos medidas político-sociales: en primer lugar, más formación psicológica en las etapas educativas tempranas (sobre todo en adolescentes y jóvenes), de manera que sepan afrontar –siquiera de manera incipiente– la constitutiva vulnerabilidad a la que la existencia nos expone en diversas ocasiones; en segundo lugar, un reforzamiento sustancial de asistencia psicológica en la atención pública primaria.

El uso indiscriminado de las tecnologías sobre todo de las redes sociales, así como la peculiar coyuntura histórica que vivimos, ha originado más y más honda soledad. Se ha creado un mundo paralelo y artificial en el que parece que nadie está solo, pero en el que el sentimiento de soledad es muy habitual. Mediante este tipo de relaciones tangenciales, el individuo cree poder estar en contacto con numerosas personas, pero –todos los estudios sobre el asunto remarcan este punto– resulta imposible llegar a la intimidad y ligazón que se genera en los contactos reales, de carne y hueso.

Dejar de relacionarnos, o relacionarnos menos, en términos reales también significa dejar de lado gran parte del componente afectivo y emocional que comportan los gestos, las miradas o la complicidad que se intercambian y generan en una conversación cara a cara. No debemos olvidar que somos mamíferos, y que el contacto (físico) con el otro forma parte de nuestra condición. Como señala Giorgio Nardone, “la intimidad relacional es lo que hace que la compañía de otra persona constituya un antídoto frente al sentimiento de soledad”. Las redes sociales han creado una perversión placentera que se alimenta de manera sádica: el contacto con muchos se ha transformado en un aislamiento global. Nos relacionamos desde una soledad autoinfligida.

El sentimiento subjetivo de soledad se ha convertido, tras la pandemia y el auge de las redes sociales, en una de las emociones que más tormento causan. La soledad angustiante activa las mismas zonas cerebrales que el dolor físico. Por eso es más importante que nunca cuidar y acompañar. De cerca. Humanamente.

4 Respuestas a “Soledad: la pandemia detrás de la pandemia, por Carlos J. González Serrano”

  1. Discutible. Antes de la pandemia veía los centros comerciales llenos de gente obsesionada con el celular, unos comprando cosas que nunca usarán y otros sufriendo porque no podían comprarlas. Eso sí, pendientes de los convencionalismos sociales que tenían que cumplir. Mucha gente cercana físicamente, pero realmente distantes. La pandemia lo que ha hecho es recluir a las personas en sótanos y los ha privado de mecanismos de evasión que antes estaban a su alcance. Algo más. La soledad puede ser placentera, provechosa, fructífera, fuente de desarrollo personal, punto de partida de la expansión del intelecto y del corazón, como ha ocurrido tantas veces y en tantos lugares. ¿Es imaginable Kant con esposa e hijos que mantener? ¿Es imaginable Newton sin el régimen espartano al que se sometía? ¿Y Jacobi? ¿Y San Juan de la Cruz alejado de la cueva en la cual meditaba?

  2. “Es importante remarcar que ni el suicidio ni otros fenómenos como la ansiedad, el alto estrés o la depresión han de estar causados necesariamente por un trastorno mental. ”

    Estos fenómenos como los llamas no pueden ser causados por lo que es su consecuencia. Un trastorno no es más que un conjunto de síntomas, un síndrome que puede llegar o no a ser un trastorno (si se cumplen todos los criterios del trastorno). Una persona que se suicida o sufre una depresión evidentemente tiene un trastorno mental, y gracias a que existen estas señales (síntomas) que en su grado más intenso se denomina trastorno, se podría con los recursos humanos y económicos necesarios evitar esta alta cifra de suicidios. Hay que dar gracias a que existan como entidades nosológicas los trastornos, en épocas anteriores no existían estas “etiquetas”, no existían ayudas sociales, psiquiatras, ni psicólogos, estas personas eran discriminadas socialmente, y en muchas ocasiones internados y recluidos el resto de su vida.

    Admiro tu trayectoria Carlos J. Gonzalez pero este artículo es muy criticable desde la psicología, tal como yo la entiendo y estudio.

    1. Estimada Cristina: por supuesto. Lo que digo en el artículo no es que no existan trastornos psicológicos, sino que tras ciertas emociones normales de angustia, miedo o incertidumbre no tiene por qué existir (siempre) un trastorno. Son afirmaciones distintas en su raíz. Nos hemos acostumbrado peligrosamente a vivir rodeados de un afán constante por patologizar cualquier emoción. Y las emociones son, en ocasiones, síntomas adaptativos, no patológicos. Desde luego, cuando existe un malestar evidente es necesario consultar con un profesional. Lo que quería apuntar con el artículo era la paulatina deshumanización que están sufriendo las relaciones humanas y, en correspondencia, la consiguiente merma de su calidez.
      Un afectuoso saludo.

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