La vida (más allá) del trabajo, por Carlos J.González Serrano

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De manera paulatina y casi imperceptible nos hemos acostumbrado peligrosamente a medir el tiempo de nuestra vida en tiempo de trabajo. En tiempos de puro rendimiento. Paseamos, descansamos, entablamos conversaciones enriquecedoras, leemos o, sin más, nos entregamos a la ociosidad cuando no nos sentimos apremiados o impelidos por las obligaciones propias de la servidumbre laboral. Aunque cabe preguntarse si las fronteras entre el trabajo y la producción de sí (el continuo producir al que nos impele el más descarnado neoliberalismo) no han acabado por desaparecer, como si nunca, en efecto, dejásemos de trabajar. Como si la libertad fuera libertad para autoexplotarse.

La corriente de pensamiento que aboga por la supuesta preeminencia y alta moralidad del tiempo de trabajo se remonta a épocas inmemoriales. Ya en los primeros compases de la Biblia se expresa que estamos condenados a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Condena que, al parecer, representa igualmente un don. También existen dichos populares que hacen alusión a esta circunstancia: “ganarse la vida” como sinónimo de trabajo asalariado, la fórmula benedictina ora et labora o el tan manido “primero la obligación y después la devoción”. Pero una pregunta queda siempre intacta: ¿qué vida nos queda, o qué clase de vida alcanzamos, cuando hemos obtenido los medios suficientes para subsistir? Más aún, ¿qué hacemos con la vida que resta tras “ganarnos la vida”?

Además, y por otro lado, el imperio de la tecnocracia, que prometía exonerarnos de numerosas obligaciones materiales, nos ha anclado, muy al contrario, a nuevos y muy numerosos imperativos: continuos estímulos y notificaciones, redes sociales que hay que nutrir con nuevo contenido a cada instante, sobreexposición a información no siempre fidedigna, un narcisismo creciente que debemos alimentar convenientemente, etc. Con cierta ingenuidad, Henri Poincaré escribió en su La valeur de la science: “Si admiro las conquistas de la industria es sobre todo porque, al liberarnos de las preocupaciones materiales, algún día nos darán a todos el tiempo para contemplar la naturaleza”. Y sigue el texto de Poincaré: “Si queremos liberar al ser humano de las preocupaciones materiales, es para que pueda emplear su libertad económica en estudiar y contemplar la verdad”.

La franqueza y casi bonhomía que muestra el polifacético autor francés en las líneas precedentes podrían verse refrendadas e incluso justificadas por la larga tradición en la que se ha expuesto sin descanso –y por contra– la superioridad de la vida contemplativa frente a la vida propia del homo laborans. Por ejemplo, Cicerón en sus Disputaciones tusculanas: “En efecto, ¿qué es más dulce que un tiempo libre dedicado a los estudios? Me refiero a aquellos estudios que nos hacen conocer el universo, la naturaleza, el cielo, la tierra, los mares […] El estudio y el conocimiento de las cosas son preferibles a todo lo demás […]. El hombre está allí para contemplar el cielo y para honrar a los dioses […]. El hombre nace para contemplar el cielo y el mundo y adaptarse a él”.

Si echamos un vistazo a nuestro panorama social, comprobamos muy rápidamente que, sin embargo, aquellos imperativos tecnocrácticos han sustituido a las bonanzas que técnica y tecnología prometían traer consigo. El progreso se nos ha hecho grande. Sus promesas (nos) han colapsado. Nuestra vida se ha convertido en un continuo trasiego, en un ruido insoportable, en el que no queda tiempo para la pausa, para el silencio o la reflexión. Un mundo que no cesa requiere individuos que nunca se detengan: la vida misma se ha convertido en un trabajo. El “oficio de vivir”, podríamos decir con Pavese.

En Contra el trabajo (Firmamento, 2021), el filósofo italiano Giuseppe Rensi (1871-1941) dejó escrito que “el pueblo romano fue paulatinamente tomando conciencia de las consecuencias de una vida de laboriosidad inadecuada para las necesidades de la espiritualidad humana, que, para no ser asfixiada, requeriría irrefutablemente del otium, ese freie Müsse [ocio libre] que Schopenhauer, por su parte (en perfecto acuerdo con el pensamiento de los antiguos, Aristóteles y Sócrates a la cabeza), consideró como lo único digno del hombre, lo único capaz de hacerlo relativamente feliz”.

Hemos acabado por creer, inducidos por un miedo constante a perder los medios para subsistir, que tras la obtención de la subsistencia se esconde justamente la posibilidad de dar sentido a esa misma subsistencia. Que la vida tras el trabajo es la vida que nos queda. Y que en ese resto nos jugamos todo. La pretendida “ética del trabajo”, defendida por tantos gabinetes técnicos de los denominados “recursos humanos”, no es más que un nombre políticamente correcto para referirse a una amable y consentida explotación de los individuos mediante relaciones económicas en las que se intercambia un salario por fuerza de trabajo.

Habrá quien se sienta molesto con esta afirmación (del propio Giuseppe Rensi y que aquí hago mía): el trabajo es una esclavitud. Una necesaria esclavitud, pero esclavitud al fin y al cabo. “Ganarse la vida” como sinónimo de trabajo resulta aterrador. El trabajo permite sobrevivir, pero la vida “se gana” en muchos otros ámbitos. Se podrá hacer con mayor o menor gusto, pero el trabajo es un yugo (necesario); si el yugo se romantiza, comienza una indeseada esclavitud voluntaria. “Quien no trabaja no come. Tal es el imperatovo demagógico que pretende resolver la cuestión, simplemente relacionando el derecho a comer con la obligación de trabajar”, escribe Rensi, y añade: “Más bien deberíamos hablar de un derecho al no trabajo que de un derecho al trabajo”.

El poeta latino Horacio ya denunció que la búsqueda permanente de bienes materiales para alcanzar la supervivencia es agotadora, y que las sociedades que sólo buscan el lucro se condenan a la absorción laboral de su tiempo, a la desaparición de la posibilidad de ejercer el derecho para entregarse a la ociosidad, a la contemplación, al silencio, a la paz. Rensi denunció igualmente este hecho hace casi cien años: “Nuestro hábito de destinar a las exigencias de una vida saludable y espiritual sólo el tiempo que queda después de haber satisfecho primero las exigencias del trabajo se ha vuelto imparable”.

La consecuencia es clara: somos incapaces de imaginar una ordenación distinta de la existencia. El tiempo en que trabajamos y el tiempo en que no trabajamos. Pero si cuando no trabajamos seguimos anclados a la misma dinámica imparable de producción a la que nos encadenan las nuevas tiranías tecnocrácticas, ¿dónde queda el tiempo del otium, el tiempo de libre disposición?

La cuestión que se presenta inexorable a este respecto es clara: ¿hemos renunciado finalmente a nuestra libertad? ¿En nombre de qué o de quién? La coacción y el esfuerzo propios del ámbito laboral se han impuesto al resto de nuestra existencia, y las condiciones neoliberales que disfrazan la autoexplotación bajo capa de libertad de acción han acabado por imponerse hasta el punto de que la sociedad (lo dicen todos los índices sociológicos actuales) termina por sentirse cansada y exhausta.

Resulta difícil salir de este atolladero: el trabajo es condición necesaria para poder cosechar el tiempo del no trabajo. Pero si convertimos el tiempo del no trabajo en una producción constante de nosotros mismos, si nos convertimos –como pretenden– en “empresarios de nosotros mismos”, no queda entonces más que una marioneta que se mueve al son de los intereses económicos o políticos de turno.

Si “la ociosidad es la madre de todos los vicios”, como reza el dicho popular, quizá haya llegado el tiempo de que transfiguremos el vicio en virtud para caer en la cuenta de que cuanto más se ennoblece moralmente el concepto de trabajo y cuanto más se tiene al trabajo como una virtud, “menos importancia adquiere la mejora de las condiciones de los trabajadores y menos tendemos a preocuparnos por ella” (Rensi).

Quizá la pausa sea más necesaria que nunca para ennoblecer el tiempo de la auténtica libertad: que es el tiempo del pensamiento. “Entonces ¿qué? ¿No vas a aplicar con preferencia tu cuidado en demostrar que todos se afanan, con gran pérdida de tiempo, por lo superfluo, y que muchos han pasado la vida buscando por doquier los medios para enriquecerse?” (Séneca, Cartas morales a Lucilio).

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