Jugar y leer en el desván del cerebro, por Paloma Serrano Molinero

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«Las palabras son para la luz, de noche se fugan», El cuarto de atrás, Carmen Martín Gaite.

No sabía cómo comenzar este artículo, le he dado varias vueltas y creo que ya lo he decidido: empezaré por el final, por el cuarto de atrás, que es además el título del libro del que quiero escribir.

Es una novela en la que no pasa nada. Hay dos personas charlando en un sofá durante una noche de insomnio: Carmen —la propia autora— y un hombre sin identidad, vestido de negro. Ella le cuenta historias del cuarto de atrás de la casa de su infancia, donde se dedicaba a leer y a jugar. Los lectores pasamos la noche en vela con ambos, escuchando su conversación. No pasa nada más. En la novela lo único que pasa verdaderamente es la literatura. «Escribe usted en plan follón», le comenta el hombre misterioso. Y sí. Porque va recordando momentos de su juventud y, entre la vaguedad del recuerdo y la prisa de la memoria, piensa que ella no era ella y que aquél sitio donde estaba tampoco era realmente ese sitio. Es entonces cuando tiene la premonición: «Me está habitando la literatura».

Al final del libro descubrimos que lo que hemos leído es el sueño de cómo escribía el libro. El sueño en el que hemos estado metidos durante el insomnio es escribir. O escribir es el sueño. Ambas alternativas son inspiradoras. Y resulta enternecedor recoger hoy con nuestros ojos los pensamientos que Martín Gaite fue sembrando entonces en cada página.

En esa noche sin dormir no nos queda claro si Carmen sueña despierta, si es verdad lo que ocurre y narra, si nos lo cuenta a nosotros o al personaje que la acompaña, o si habla consigo misma. Borges dijo que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido. Y ella nos va guiando por el sueño mientras habla. A fin y al cabo, para ella escribir es como hablarle a alguien ausente.

El hombre misterioso se ha presentado en casa de Carmen en mitad de la noche y la entrevista. Más bien la cuestiona; puede ser lo mismo con el añadido de poner en cuestión. Le recrimina que perdiera su camino a media novela de El balneario, obra que había publicado un tiempo atrás. Hacen reflexiones sobre la escritura y la lectura. Y los recuerdos de Martín Gaite se difuminan entre reales y ficticios. Lo mismo ocurre con el personaje de negro, ¿es real aunque inventado o es fruto de su imaginación? Le cuenta la historia del cuarto de atrás, donde aprendió «a jugar y a leer». Recojo esa frase y la desdoblo en mi mente como un papel arrugado; uno puede jugar a cosas que no sean leer, pero leer siempre es jugar, al final.

Aprendemos que la necesidad de almacenar provisiones en la postguerra acabó con la libertad que, de niña, gozaba en el cuarto de atrás. La familia empezó a guardar allí perdices estofadas, embutidos y mantecas. El cuarto de leer y jugar sucumbió bajo las pilas de latas de conservas porque uno, aunque sea niño, no puede jugar si antes no tiene para comer. Los productos de primera necesidad desplazaron y arrinconaron su infancia. Pero puntualiza: «Aprendí a convertir aquella derrota en literatura».

La narradora hace una pausa para ir a la cocina a por un té. Por el pasillo se encuentra entre un aparador y un espejo que la llevan de nuevo al cuarto de atrás y piensa en «el vehículo narrativo que suponen los muebles». Es un pensamiento maravilloso pues, como dice, los objetos tienen una historia inherente a su silueta. Y así descubrimos nosotros esa habitación donde jugaba a perderse por el bosque, rodeada de los árboles que eran los muebles, donde recortaba castillos de cartulina y leía cuentos de Antoniorrobles. El cuarto, así, no se ha perdido. Porque lo que uno imagina, existe siempre.

En el vaivén de divertidos diálogos, Martín Gaite se enreda en su pasado y acaba explicándole a aquél señor extraño cómo de joven se ponía chifles en el pelo para rizárselo. Porque en aquella época la moda eran los rizos, dice, y «no se podía ir por la vida con el pelo tan liso». Él le rebate que sí se podía, ¿qué había de Greta Garbo? Y ella responde: «Bueno, Greta Garbo no iba propiamente por la vida, sino más bien por el éter». Entonces podemos preguntarnos si ese hombre es real o es un personaje inventado, necesario para poder charlar de todo esto. Tal y como ella le confiesa: «Es que hablando con usted, me salen tantas cosas… y todas revueltas». Hablan de literatura pero también de cosas que, sin ser importantes, revolotean en nuestra mente; esas cosas que nos decimos a nosotros mismos cuando hablamos solos por la calle, ensimismados, preparando un argumento, o repasando lo que teníamos que haber dicho pero no lo pensamos en el momento… Y entre todo ese revoltijo de cosas, él le pregunta por Carmencita Franco y si piensa que ella también se ponía chifles en el pelo. Leemos esto y, sonriendo, vemos adónde viaja su mente en el duermevela antes del amanecer: a Carmencita Franco y los chifles del pelo.

El cuarto de atrás es recurrente en la conversación. Ella lo describe «como un desván del cerebro». Cada uno tenemos nuestra propia habitación, donde «viven agazapados los recuerdos que pueden darnos alguna sorpresa». Los recuerdos siempre salen de allí, pero «sólo cuando quieren, no sirve hostigarlos». Y aprovecho esa frase maravillosa para apreciar el paso del tiempo en el lenguaje con esa tilde en la o de sólo (edición de Siruela, 2012).

A propósito del tiempo, cuenta que cuando su madre se sentaba a leer, no acertaba a entender «si el tiempo se le iba deprisa o despacio»; lo que sabía con seguridad es que mientras leía, no se aburría. Reflexiona sobre el paso del tiempo y lo compara con el juego del escondite inglés: «el tiempo trascurre a hurtadillas, disimulando» y «de pronto volvemos la cabeza y encontramos imágenes que se han desplazado a nuestras espaldas». Martín Gaite asegura que lo que más se pierde es el tiempo, pero no creo que se refiriese a la lectura. Uno nunca pierde el tiempo leyendo. Si acaso, lo encuentra.

Leer a Carmen Martín Gaite es un gran encuentro. Piensa en las palabras: «recordar y acordarse son palabras de distinto matiz». Es reconfortante leer a alguien que tiene el lenguaje en cuenta cuando escribe. Muchas veces se da por sentado que las palabras van a colocarse unas detrás de otras, solitas, para hacernos el favor de expresar exactamente lo que queremos y, además, como queremos. La autora comparte sus miedos de escritora; por ejemplo, el miedo a perder el hilo. Porque como explica, «siempre hay un texto soñado, indeciso y fugaz», anterior al que realmente se escribe. Me reconozco en sus palabras. A mi me pasa siempre, hoy me ha pasado también; pero el texto ha salido así. No pasa nada, ignoro mi miedo a la página en blanco. Si ella tuvo miedo está bien que lo tenga yo. Además, como ella dice, «el miedo ajeno ayuda a superar el propio».

Leamos, perdamos el miedo y no perdamos nada más, que ya «hemos perdido el gusto por jugar y, en el fondo, es tan fácil». Yo me propongo visitar más a menudo el cuarto de atrás: allí podré convertir cualquier derrota en literatura, leyendo y jugando en el desván del cerebro.

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