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Cultura

Las palabras juguetonas

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“Ya no”, por Idea Vilariño

En 1958 la poetisa Idea Vilariño puso fin a su relación con Juan Carlos Onetti y decidió despedirse con el siguiente poema:

Ya no

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.



Palabras mortales, por Paloma Serrano Molinero

Me pasa cuando escribo, y, sobre todo, cuando leo, que tengo una Epifanía recurrente. A veces tropiezo y otras busco adrede un verso, por ejemplo, de Idea Vilariño: «No te veré morir». Y casi me muero.

¿A ustedes no les ha pasado algo así?

Es un verso final, tan terrible como fascinante, para el poema Ya no. Es brutal porque, además, es verdad. Idea Vilariño lo escribió tras su ruptura con el escritor Juan Carlos Onetti. Y lo leo, lo releo. Me quedo un rato ensimismada, herida casi, por esa imagen cuya mención descarta su existencia. Desaparece porque no, ya no lo verá morir. Relajo los ojos y las letras se ponen borrosas mientras divago sobre un día futuro. Bizqueo ligeramente y las palabras se desplazan, se encaraman unas sobre otras con un nuevo orden: ve no te moriré. Tomo aire y enfoco de nuevo el texto. Un poemita dibujado con líneas finas sobre la hoja blanca y pienso: «son bonitas las palabras colocadas así». Una tilde y el puntito de la i.

Paso la yema del dedo por la tinta impresa e imagino a las letras queriendo escapar del papel. Pero ya no, quedarán para siempre así dispuestas. Y me pregunto cómo han acabado ahí en ese orden y en esa posición concreta. Pienso en lo que lleva a una idea a originarse, a un sentimiento a brotar; formarse y expresarse de manera tan rotunda y certera es algo enigmático y turbador. Y leo de nuevo el verso y me asombro de estar ante tal prodigio. ¿A ustedes no les parece?

Me pregunto si sólo rara vez prestamos atención a estas cosas cuando leemos, o si alguien más reflexiona sobre estas cuestiones y si soy yo sola quien me entretengo en estas divagaciones infértiles. Pero vuelvo a caer y entonces, por hacer otra cosa, me pongo a escribir. Tecleo. Soy yo quien marca una letra y otra, ahora esta; una con rabillo, aquella redondita, pincho en el espaciado e incluso en los puntos… Mayúsculas también. Regreso a la idea de que Idea hizo igual en su momento. Solo que ella, de un instante a otro, creó ese verso mortal. Y desde entonces ya nunca ha dejado de existir. Ya no, no podrá desdecirse de lo dicho, de lo escrito. Y me vuelvo a embelesar en estas casualidades o azares, o lo que sean estas sincronías del abecedario que van construyendo primero una palabra, luego un verso, después una estrofa, preparándonos para una muerte figurada.

Releo entonces, digamos, desde el medio:

«No sabré dónde vives,

con quién,

ni si te acuerdas».

Resulta descorazonador, inquietante, desolador. Son letras muy bien puestas que agrietan las propias palabras que componen. Desgarran la lectura. ¿Será que ella quiso escribir eso así o le salió de adentro? No sé si a ustedes les pasa que a veces no sabemos bien qué queremos decir. Así que escribimos y vamos armando palabras juntas porque juntas suenan bien. Y luego nos entendemos, porque son ellas las que revelan lo que, sin saberlo, queríamos decir. ¿Sería su caso?

Llego de nuevo al final. «No te veré morir». ¿Por qué? ¿Cómo eligió esas palabras? ¿Quiso montar esa imagen o le nació? Podría haber escrito: no te veré envejecer. Entonces el verso desinflaría el poema, no nos habría emocionado, porque eso ya está muy dicho y muy pensado. Pero esta Idea nos mata con su final. No te veré morir y nos preguntamos, incluso, qué es eso, no ser parte ya de la vida que verías extinguirse.

Esta última imagen nos trastoca, nos trasforma, se adhiere a todos los nuevos pensamientos y no se despega de ellos, de nosotros, por largo rato. Tras el punto final del verso nos envuelve un silencio que nos destierra, nos condena a vagar en el vacío que sentimos.

No sé si a ustedes les parece. Para mí solo con palabras se consiguen muertes así.

Paloma Serrano Molinero



El amor que hacen las palabras, por José Lázaro

Tumbado en el diván del psicoanalista, un hombre se queda en silencio unos instantes, mirando, como siempre, al techo, y de repente hace un comentario: “Lo que más me gusta de estas sesiones es ver como hacen el amor las palabras”.

El enigma de la literatura (que es el juego de las palabras cuando se lanzan a hacer el amor unas con otras) tiene, como todo el mundo sabe, dos planos: el fondo y la forma, el significado y el significante, el sentido y el sonido. Dos planos que, si la literatura es buena, también hacen el amor entre sí.

El excelente texto de Paloma Serrano Molinero que ha servido de estímulo a este comentario también atiende a esos dos planos. Cuando juega a descomponer y recomponer las sílabas de las cuatro palabras que componen el verso final, o llama la atención sobre el efecto estético, visual, de la tilde y el puntito de la i, atiende al plano formal. Pero cuando reflexiona sobre el prodigio que supone la formación de una idea, el sentimiento que brota del juego con las palabras, está focalizando su atención en el plano del significado.

De la enigmática relación, escasamente consciente, entre el sonido de las palabras y la generación de su significado, es poco lo que sabemos. Por eso nos asombra una y otra vez, en los demás y en nosotros mismos, cada hallazgo literario. “¿Será que ella quiso escribir eso así o le salió de adentro?”, se pregunta, como nos preguntamos todos, Paloma Serrano Molinero. Es justamente célebre la respuesta de Juan de la Cruz a otra pregunta sobre el origen de sus poesías: «Unas me las regala Dios y otras se me ocurren a mí».

Cualquiera que se haya metido en el apasionante desafío de escribir un texto creativo de una cierta entidad, sabe que puede pasar mucho tiempo sin conseguir que el texto funcione. Pero que hay un signo infalible para saber que empieza a funcionar: es cuando su autor se asombra de las cosas que el texto está haciendo.

Cuando a Torrente Ballester le preguntaron por las razones que explicarían la chocante decisión de Clara Aldán al final de Los gozos y las sombras, dio una respuesta perfecta: “No tengo ni la más remota idea. Lo decidió ella”.

José Lázaro



Realidad performativa de la poesía, por Fernando Sánchez Pintado

En 1958 Idea Vilariño puso fin a su relación amorosa y turbulenta con Juan Carlos Onetti y en la despedida nos dejó el poema Ya no. Sus versos desesperados, además de expresar el desgarro que le produjo esa separación, parece que encierran un sentido profético y anuncian una realidad por venir que ya no será la suya, aunque la esté viviendo al escribir el poema.

Idea transformó el grito de dolor de quien sabe que se ha quebrado su vida en reconocimiento de lo que habrá de vivir, como si gracias a la poesía fuera posible entrever y aceptar el sentido del mundo. Para aproximarnos a esta especie de mecánica poética habrá que hacer una digresión, aunque parezca que nos aleja del sentido del poema.

Me voy a permitir extrapolar y hacer una interpretación, sin duda excesiva, de la distinción esencial que, para estudiar el lenguaje y sus usos, estableció John Austin entre enunciados declarativos y performativos. Austin consideró, como es bien conocido, que los enunciados declarativos se refieren a hechos, a la realidad y, por tanto, pueden ser verdaderos o falsos, en tanto que los performativos simplemente por ser enunciados crean la realidad de lo que se dice y están, pues, al margen de los valores de verdad. Hay ejemplos típicos de proposiciones performativas, tales como decir «os declaro marido y mujer» o «se le condena a la pena de cinco años de prisión», en los que el pronunciar algo es ya realizarlo, es llevar a cabo una acción. En ese sentido, la palabra crea el mundo, es el fiat, el «sea la luz y la luz fue».

Si en Cómo hacer cosas con palabras Austin fundamenta esta distinción en que no todos los usos lingüísticos constatan y transmiten hechos, podríamos decir que toda ficción es un uso generalizado de expresión performativa. Aunque llevar demasiado lejos esta idea y aplicarla a lo que hoy se llama autoficción parece que plantea algún problema, porque sería como considerar que declarar los pecados en confesión es también una forma de literatura. En todo caso, y sin entrar en debates literarios, de la poesía que nos emociona, sea la más reflexiva o la más íntima, está fuera de lugar afirmar si es verdadera o falsa. No está sujeta a las normas que rigen los hechos, de los que se puede asegurar si han sucedido tal y como se dice.

Idea se refiere de manera evidente en Ya no a algo enteramente real, al hondo dolor por la pérdida del ser querido, que resulta más terrible al estar escrito en tiempo futuro, lo que hace de él un dolor que no tendrá fin. Sin embargo, esa pérdida que ocurrió es menos real que el sentimiento que provoca, y éste a su vez aún menos que la forma de mostrar y dejar grabado para la eternidad en el poema lo que ella siente. Expresarlo es lo performativo, es el poema quien hace real ese sentimiento de abandono, lo hace inolvidable, único, distinto a cualquiera de los muchos que los hombres, o la propia Idea, han experimentado cuando han perdido al ser amado.

En toda la poesía que parece gemir por el amor, el tiempo o los sueños perdidos, tenemos la duda de que se exceden en su propia representación. En este poema lo que anula toda retórica sentimental es su último verso, en él aparece un ángel terrible que acaba con el dolor mismo, que anuncia el futuro que no será, el futuro que no compartirá con quien ama, el futuro real y cruel que le espera, el futuro de la muerte del amado en el que ella no podrá acompañarlo. Ese es el efecto buscado por el poema, o al menos lo que se puede sentir al leerlo. Sin embargo, lo performativo en este caso va más allá, y no creo que en sentido figurado. En el último verso del poema, No te veré morir es una forma de presciencia poética que anuncia el destino en el que se refleja la última vez que realmente vio a Juan Carlos Onetti tendido en la cama de un hospital. Idea estaba a solas con él en la habitación y cuenta: me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso, después del cual debí morirme. Cuando Idea dice No te veré morir, se tiene la impresión de que quien está muriendo es ella, en ese momento y en el futuro que no podrá vivir junto al amado, igual que se sintió morir al besarlo por última vez en la habitación de un hospital.

Fernando Sánchez Pintado



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