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Cultura

Deliberar felicita y que sea lo que Dios quiera

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Deliberar felicita, y que sea lo que Dios quiera

Dice Byung-Chul Han, y si lo dice él por algo será, que las ceremonias crean comunidad. Nosotros, minervistas de esta minerva precaria, gustamos de hermanear a la gente y procurar nuevos y preciosos motivos para que se unan y compartan intrinsiquezas y emociones.  Aunque no desdeñamos que acaben compartiendo también ideas, aunque solo sea para mirarlas, sopesarlas y abandonarlas. Por eso, y no lo ocultamos ni preterimos, les animamos a participar también de nuestra particular anábasis en la que, detalle insólito y provocador, entre los que se agrupan bajo sus confalones abundan los peones y escasean, por fortuna, los priostes.

Sean por ventura, y en consecuencia, felices en estas fechas, las denominen como prefieran y las celebren como buenamente puedan, en el penetral de sus lares o, si les dejan, en las ágoras de sus poblados. Pero no se olviden que la seminal aleluya estará siempre en ese hueco curioso que todos tenemos encima de las cejas y debajo del occipucio.

Y estamos seguros que es precisamente ese curioso espacio el que nos librará de metimientos y nos alejará de añorar privanzas.

Nihil desperandum!



Feliz Navidad

 

Estimados lectores, creyentes y ateos (cuñados incluidos):

Me sumo a la felicitación navideña de los editores aunque en ella introduzco un descargo de responsabilidad. Deseamos a todos una Feliz Navidad tan sincera y enérgicamente como desaconsejamos su celebración por causas de fuerza mayor.

*En este punto, antes de proseguir, me desmarco de quienes nunca celebran las Pascuas; ni por motivos religiosos ni por causas tradicionales, ni siquiera por inercia, sino que las rehúyen tanto por la festividad en sí como por la parafernalia que la acompaña, los reencuentros, los desencuentros, las sobremesas, la hipocresía o aquello a lo que cada uno quiera achacar su reticencia.

Ahora volvamos a los que sí celebramos la Navidad contando con todos los tipos de celebradores en la España laica de tradición católica. Porque hay quien la recibe con devoción, quien la disfruta por costumbre, quien la aprovecha como descanso laboral, o quien la toma como una buena excusa para juntarse con familiares y amigos. A todos ellos les insistimos: por fuerza mayor, que no celebren la Navidad.

¿Qué es fuerza mayor? Es un concepto intangible —aun con un significado muy concreto, que no se puede prever o resistir— a menudo percibido por el imaginario colectivo como un supuesto imposible. Véanse los ejemplos a continuación. «Por causas de fuerza mayor, el avión no podrá despegar». Traducción: nos pongamos como nos pongamos, es imposible que el avión alce el vuelo. «Salvo causas de fuerza mayor, el evento se celebrará como estaba previsto». Quiere decir que es altamente improbable que nos libremos de asistir al evento.

¿Pero cuándo hemos dejado nosotros de celebrar las navidades? Aquí es cuando nos ponemos estupendos y lucimos ese carácter que nos une como sociedad. Indignados desafiamos la directriz. Porque de toda la vida se han celebrado. Recurrimos a argumentos fuera de contexto para desacreditar la recomendación. Juntarnos en una casa no tiene más riesgo que ir todos los días en el metro, digo yo. Y acudimos a frases (mal) hechas y pretenciosas. Si no va a pasar nada.

Y luego pasa.

Así que vuelvo a la pregunta inicial. ¿Cuándo antes hemos dejado de celebrar la Navidad? Pues tal vez un año una nevada nos dejó varados en la carretera. Quizá otra vez sufrimos un siniestro, o nos tuvieron que operar de apendicitis, o nos llamaron del trabajo y no pudimos faltar. Esto son contratiempos, accidentes. Son cuestiones de mala suerte, coincidencias, casualidades. Cosas que pasan. Mas en esta ocasión no se trata de nada de eso, queridos lectores. Nos encontramos ante causas de fuerza mayor. Muy mayor, mayorcísima, tan grande y gigantesca que es inédita en nuestro tiempo.

Por eso, estimados lectores (cuñados incluidos): Si no nos resignamos, si no practicamos la resiliencia —que es la capacidad de adaptación frente a una situación adversa— y simplemente nos aguantamos, caramba, no lo haremos nunca. Todos los que seguimos somos, de momento, supervivientes a esta pandemia. Y no hace falta ser videntes para saber cuáles son las consecuencias de no ser responsables.

A los creyentes les queda el consuelo de que a pesar de no poder reunir a toda la familia alrededor del Belén, el niño Dios volverá a nacer en Nochebuena. A quienes celebren sin devoción les resta la certeza de que después del 25 de diciembre viene el 26, y luego el 27 y así sucesivamente. Y llegará el día en que podamos juntarnos, celebrar o hacer lo que nos dé la gana. Mas por ahora, por fuerza mayor, por solidaridad, por sentido común o por favor: no celebremos la Navidad.

No obstante todo, y como una cosa no quita la otra (ni siquiera lo bailao), agradezcamos las celebraciones pasadas y pensemos con alegría en las futuras, sin dejar de felicitarnos estas pascuas sin fuste, solitarias, austeras, inciertas, porque si algo debe destacar del espíritu navideño es no dejar nunca de desear al prójimo muchas felicidades.

Feliz Navidad.

Paloma Serrano



 

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