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Cultura

El celibato es la peor aberración sexual

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El celibato es la peor aberración sexual, por José Lázaro

Los que teníamos dieciocho años cuando estaban de moda los libros de Wilhelm Reich quedamos fascinados, como es lógico, por el atractivo irresistible de sus títulos: La lucha sexual de los jóvenes, La función del orgasmo, La revolución sexual

Reich era un autor muy adecuado para postadolescentes en los años setenta, por la rotunda claridad de su idea básica: la práctica sexual es una de las tendencias más naturales del ser humano, por lo que su represión conduce directamente a la frustración, la neurosis o la perversión. Toda su obra parecía una versión freudiano-marxista del viejo dicho semen retentum venenum est. El modelo de conducta sexual que él teorizaba era claramente masculino: funcionaba como una olla a presión, con una dinámica básicamente fisiológica, animal y mecánica. La simpleza de ese mecanismo tiene poco que ver con el del deseo sexual femenino, que suele ser, por el contrario, bastante emocional, personal y selectivo, como muy bien ha mostrado Cecilio de Oriol en su obra maestra El alma de las mujeres (Biblioteca Deliberar).

El atractivo de Reich estaba en la clara contundencia de su tesis: follar es una cosa muy sana porque es profundamente natural. Por el contrario, la castidad es una aberración antinatural cuyos beneficiarios acaban siendo los psicólogos y psiquiatras que ven sus consultas llenas por las víctimas de la continencia. Ya había explicado Sade, 150 años antes de Reich, que las desdichas de la virtud son tan inevitables como el goce del vicio: la única idea que sostiene todos sus razonamientos es que la naturaleza nos dice lo que debemos hacer a través del deseo, nos da el placer como premio por obedecer sus dulces órdenes y por lo tanto todo deseo que se realiza placenteramente es natural y por consiguiente es bueno. Nietzsche, por su parte, mostró detalladamente la forma en que el resentimiento cristiano consiguió etiquetar como “vicio” y “pecado” todo lo natural, lo fuerte, lo sano… y lo placentero.

El argumento de que lo moral se identifica con lo natural hace ya mucho tiempo que no lo usa ningún filósofo serio. Eso lo sabemos incluso los que en filosofía no hemos pasado de aficionadillos. Los únicos despistados que todavía recurren a la moral naturalista son los ecologistas más iletrados y los clérigos más estultos, algunos de los cuales todavía son capaces de decir que la homosexualidad es una cosa horrible porque es antinatural. No recuerdo haber oído nada parecido de boca del Papa Francisco, que tiene poco de estulto y mucho de astuto. De astuto luterano, claro está.

Después de Reich el pensamiento psicoanalítico se apartó de aquel naturalismo para adolescentes y navegó hacía aguas más profundas. Autores como Lacan exploraron la dimensión lingüística y simbólica del deseo humano, mostrando en él toda la riqueza y variedad que caracterizan a la imaginación humana. A pesar de la jerga con que Lacan ocultaba sus ideas (Castilla del Pino solía advertir contra la tentación de “lacanear”, entendiendo por ese verbo “hablar para que no me entiendan pero dejando claro que estoy diciendo cosas muy profundas”) el análisis de la sexualidad humana se enriqueció al abandonar la fisiología de los instintos y orientarse hacia la plasticidad del lenguaje simbólico.

Pero la dinámica cultural del deseo no deja de apoyarse en las necesidades fisiológicas. El más sublime de los artistas necesita comer y beber para poder crear. Cuando se intenta cortar un río con un muro, la presión del agua acaba superando el muro, agrietándolo o inundando terrenos que en condiciones normales sólo debería regar. La sexualidad, al menos en lo que tiene de biológica, también funciona como una olla a presión: si se le cierran las salidas directas, el vapor acaba saliendo por vías indirectas, que pueden ser sanas, como la homosexualidad, o criminales, como la violación y la pederastia. Por eso aparecen siempre conductas sexuales desviadas de las que previamente se habían tenido en comunidades de hombres solos, como los barcos mercantes o pesqueros en largas travesías, los ejércitos aislados de la población civil, las cárceles… Y, por supuesto, los conventos.

José Lázaro



La magia del título, por Cecilio de Oriol

El profesor Lázaro mantiene una admirable postura sobre los títulos que encabezan sus escritos. Piensa que el lector ha de ser intrigado o indignado, tanto da, por la frase que se pone para anticipar lo que viene después. Que dicha frase represente con exactitud lo que en el texto se apoya, describe o declara le parece   cuestión secundaria.

En estos días y en esta revista he leído cómo respondía a las objeciones que Sánchez Pintado hacia sobre su “Sí a la guerra” y hoy soy yo el que se pregunta acerca de la pertinencia y la justificación de afirmar a bote pronto que “El celibato es la peor aberración sexual”.

Es bien conocida mi relación de afecto y respeto que profeso al Prof. Lázaro y lo que admiro sus indudables prendas intelectuales. Como también es sabido que no lo conozco personalmente pero me tengo por un próximo y no, desde luego, por adversario o polemista con lo que hace, piensa o escribe.

Desde esa proximidad leo con agrado lo que dice sobre la superación de la visión meramente naturalista en el caso de la sexualidad humana. La sexualidad humana es un campo en el que paradigmáticamente se manifiestan de forma esplendente todos los grados y niveles que conforman eso que, precisamente llamamos humanidad. Desde el impulso fisiológico a las elaboración sofisticadas de lo simbólico, desde la búsqueda de la detumescencia a la complicada danza del deseo, que no es solo (que mas quisiéramos) un asunto “cultural”.

En definitiva, desde los arranques de la genética y de la neuroendocrinología a las elaboraciones más “espirituales” de la aparición del otro como tal otro, en el horizonte de nuestra vida.

Por eso coincido con él en su repaso (somero) del tema que nos ocupa al tiempo que discrepo de lo que, un tanto incongruentemente, sostiene en sus últimas líneas. La sexualidad no funciona como una “olla a presión” (vuelve al estereotipo justificativo masculino que previamente ha criticado con acierto), salvo en casos muy concretos y bastante infrecuentes que no suponen una regla general.

La idea freudiana de la represión como causa primera y de los mecanismos de defensa como consecuencias inevitables es muy sugerente y ha aclarado múltiples mecanismos a la hora de entender mejor al ser humano, pero debe ser revisada con tanto respeto como determinación en lo concerniente a la interpretación mecanicista de la sexualidad.

Por último, last but not least, las conductas “desviadas” (¡ay!, como se deslizan las palabras indeseables aunque no las queramos admitir) no son consecuencia inevitable de la represión. Y no entramos en el fondo de lo que significa “desviación” que daría para mucho.

Yo no dudo (por mucho que hay demasiada fiction y a veces poca faction en ello), que los barcos, prisiones, ejércitos, club deportivos y las estancias en la montaña (y por supuesto los conventos) hagan que la sexualidad (¿hablamos también de las mujeres?) busque acomodo circunstancial sin necesidad de irnos al dramatismo de la famosa “olla”, pero no veo qué hay de extraño en ello y, desde luego, no veo nada desviado si hablamos de seres humanos adultos.

Pero de ahí a decir que el celibato es la peor aberración sexual creo que hay un trecho a recorrer de la mano de la sensatez y de los datos.

El escrito de Lázaro es una invitación, de la que tomo nota, para penetrar en una deliberación ilustrada de lo que es y de lo que no es la actividad sexual humana y sus relaciones (¿por qué no?) con el amor, el deseo, el placer, la cultura, la historia, las normas éticas y morales, el arte y la vida en general para no hacer de esto una relación tan interminable como fútil.

Deliberemos, pues.

Cecilio de Oriol 



Asesinar por hambre sexual, por Dario Prieto

Publicado en El Mundo, 23 de febrero de 2020

“No he tenido esposa ni novia en toda mi vida. Los últimos 18 años los he pasado solo por propia elección”. Durante páginas y páginas de su manifiesto, Tobias Rathjen -el alemán de 43 años que este miércoles mató a disparos a nueve personas, incluida su madre, en la ciudad de Hanau- se dedicó al odio racista y a las teorías conspiranoicas contra EEUU. Nada muy diferente de los artífices de otros actos terroristas ultraderechistas de los últimos años, como el de Noruega en 2011 y el de Christchurch (Nueva Zelanda)en 2019. Pero bastaron un par de líneas para que el atentado que cometió antes de suicidarse cobrase un nuevo sentido. Tobias se definía a sí mismo, sin usar la palabra, como ‘incel’. Un acrónimo que hace referencia a los “célibes involuntarios” varones, a partir de la grafía inglesa, que han encontrado en internet su ecosistema perfecto.

¿Pero qué es exactamente un ‘incel’? Para responder, hay que empezar el relato por la mitad. En abril de 2018 Alek Minassian embistió su vehículo contra los viandantes del centro de Toronto, matando a 10 de ellos. En un principio, se investigó si se trataba de un atentado yihadista, pero se descubrió un extraño mensaje que el asesino había dejado en Facebook poco antes del ataque:”¡La rebelión ‘incel’ ya ha comenzado! ¡Acabaremos con todos los ‘chads’ y las ‘stacys’! ¡Ave al caballero supremo Elliot Rodger!”.

Aquellas tres frases destaparon para el gran público un submundo que hasta entonces había permanecido semioculto en foros de internet y servicios de mensajería. Además conectaba el ataque con otro sucedido cuatro años antes en Isla Vista (California) por un estudiante. Elliot Rodger apuñaló a tres compañeros, subió en su coche, se dirigió hacia una hermandad estudiantil de la Universidad de California, disparando indiscriminadamente en marcha y matando a otras dos chicas. Tras intercambiar disparos con la policía, chocó contra otro vehículo y se suicidó de un disparo.

En la investigación de lo sucedido, salió a la luz un manifiesto de 107.000 palabras que Rodger había hecho circular y, sobre todo, un vídeo que subió a su perfil de YouTube el día antes del ataque. “Mañana es el día del castigo, el día en que tendré mi venganza contra la humanidad, contra todos vosotros”, decía Elliot a cámara. “Durante los últimos ocho años de mi vida, desde que llegué a la pubertad, me he visto obligado a soportar una existencia de soledad, rechazo y deseos incumplidos, todo porque las chicas nunca se han sentido atraídas hacia mí. Las chicas dieron su cariño, sexo y amor a otros hombres, pero nunca a mí”.

Con la mirada tranquila, seguía: “Tengo 22 años y todavía soy virgen. Nunca he besado a una chica. He estado en la universidad durante dos años y medio, en realidad más, y todavía soy virgen”. Para él, la universidad era “el momento de la vida en que todos experimentan cosas como el sexo, la diversión y el placer”. Pero él no:”En esos años, tuve que pudrirme en la soledad. No es justo. Vosotras las chicas nunca os habéis sentido atraídas por mí. Y no sé por qué vosotras, tías, no os sentís atraídas por mí, pero os castigaré a todas por eso. Es una injusticia, un crimen, porque… No sé lo que no ves en mí. Soy el tipo perfecto y, sin embargo, os arrojáis a estos hombres desagradables en lugar de a mí, el caballero supremo”.

Por aquel entonces la palabra “incel” todavía no se había popularizado y se usaba “virgen” para definir la situación. Pero, con el paso del tiempo, la subcultura se fue desarrollando y creando una filosofía única que el novelista Michel Houellebecq supo predecir en su primera novela, Ampliación del campo de batalla (1994). “Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la ‘ley del mercado'”. El autor francés desarrollaba más la analogía entre dinero y sexo:”En un sistema económico que prohibe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohibe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad”.

Las estadísticas han terminado dando la razón a Houellebecq. Un estudio de Twenge & Park de 2017 demostraba que el porcentaje de alumnos estadounidenses de último año de bachillerato que habían tenido una cita alguna vez en su vida había caído del 87% en 1977 al 57% en 2014. Al mismo tiempo, el ‘Washington Post’ demostró que el porcentaje de varones vírgenes menores de 30 años había subido del 7% en 1989 al 27% en 2018.

Se podría hablar del aislamiento en sociedades en teoría cada vez más comunicadas, de la sexualización de la vida cotidiana y el sexo como herramienta de estatus social, pero ninguna de estas teorías puede explicar lo que es bucear durante meses en foros y chats de este submundo. El más importante de todos, el que alojaba el sitio Reddit, fue clausurado en noviembre de 2017, lo que provocó una migración a otras plataformas, como incels.co, que es ahora la más usada. En ellas se ha cocinado una iconografía que incluso ha llegado a trascender los límites de la comunidad y ha llegado a permear en la cultura popular a través de las redes sociales, con memes, canciones y hasta con películas. De hecho, muchos han visto en el reciente ‘Joker’ que le ha valido el Oscar a Joaquin Phoenix a un célibe violento.

Esta iconografía se basa en la dicotomía entre el chad y el virgin (o incel). Chad es el típico nombre de quarterback de fútbol americano en Estados Unidos. Los incels tienen una relación ambivalente con él: por una parte les odian por tener éxito con las mujeres y por otra parte les envidian enfermizamente. Los incels achacan la popularidad de los chads a varias disfunciones de las mujeres, como que éstas se sienten atraídas por los hombres peligrosos y/o delincuentes que las tratan mal, o por aquellos que tienen dinero. Pero en su visión del mundo son las características fisionómicas las que tienen una importancia capital, como tener muñecas finas y, sobre todo, la forma de la mandíbula. Si esta está marcada y tiene un ángulo viril, piensan los incel, ellas caerán rendidas irremediablemente.

También se prioriza a determinadas razas y etnias (sobre todo a blancos y a negros) como factor de triunfo sexual. Por eso, asiáticos o mestizos tienen menos posibilidades de tener relaciones sexuales con las stacys. Ellas son, en su imaginario, la evolución de las animadoras del instituto, rubias despampanantes que sólo copulan con chads. Y no sólo ellas, también las beckys, las chicas apocadas y sensibles, acaban sintiendo preferencia por los chads, porque a estos les da igual 8 que 80. Precisamente éste es el pilar de uno de los dogmas incel:que el 20% de los hombres tiene a su disposición al 80% mejor de las mujeres, y que, a la inversa, el 80% de los hombres tiene que pelearse por el 20% de las mujeres. Es el desequilibrio del que hablaba Houellebecq.

Para terminar de construir este universo simbólico es necesario recurrir a la película ‘Matrix’ (1999). En ella se plantea una dicotomía:o bien tomar la pastilla azul y vivir engañado pero feliz en un mundo donde todo es falsa apariencia, o bien tomar la pastilla roja para descubrir la realidad en la que la inmensa mayoría de la humanidad está alienada. Estas dos opciones se traducen en actitudes ante la vida:los bluepill (pastilla azul)pueden apuntarse al gimnasio (y convertirse en gymcel) y conseguir un buen empleo… para darse cuenta de que “un incel siempre será un incel”.

La evolución de esta idea es la blackpill (pastilla negra), que es la toma de conciencia de que la situación no va a cambiar. Este reconocimiento plantea varias salidas. La primera es una misoginia extrema. La segunda, el debate sobre el suicidio como única salida para abandonar el dolor por no tener una vida sexual. La última es seguir el camino de Rathjen, Minassian y Rodger.

Según fuentes de la lucha antiterrorista española consultadas por Crónica, por el momento en España no hay elementos que puedan llevar a temer un atentado de estas características.

En uno de los (escasos) foros en español de la comunidad célibe involuntaria, un usuario exponía la filosofía blackpill: “El problema es que sigue habiendo muchísimos hombres que no tienen ni puta idea de la naturaleza femenina y una tía de 5 tiene 50 tíos detrás, es horrible y deleznable. Hasta que no habrán [sic] más un poco los putos ojos y vean que las mujeres valen menos que el meado de mi gato no vamos a llegar a ningún lado”.

Dentro de esta visión ultramisógina, el feminismo es uno de los mayores enemigos. “Se subestima el tema del feminismo en España, es horrible, horripilante, monstruoso”, se lamentaba el mismo usuario. “Te reto a encontrar una sola mujer (bonus: joven) que no sea feminista o apoye el feminismo aquí en España, no existen, el 95% lo es y lo peor es que todos los hombres se lo tragan con patatas y no tienen putos huevos”. Y aún más: “Mientras que todas estas zorras de mierda salen a la calle en masa a quejarse y a pedir y pedir y pedir, los hombres de quedan callados y hacen lo mismo pero con el puto fútbol”.

Otro usuario, que se identifica como profesor de instituto, sigue por ahí: “Todo el punto mundo, incluidos profesores, están convencidos de que los hombres estamos genéticamente programados para ser violadores y asesinos, todos creen que las españolas están ‘oprimidas por el patriarcado’ y que ‘el español es sexista y hay que cambiarlo’. Pero todas chorrean cuando ven pasar de lejos a algún tiparraco de gimnasio con pinta de violador pero cara bonita. Si eres feo en España, no vas a conocer el respeto femenino, así de simple”. Tras quejarse del “feminismo tóxico”, se traga su blackpill: “Al menos puedo poner notas bajas a las buenorras de clase, y subírsela a los futuros incels. Es mi pequeña venganza. Si no, me volvería loco”.

Afortunadamente, el aumento en el número de incels ha provocado que se vaya diversificando la comunidad. Cada vez hay más foros que promueven discursos contra el odio, que incluyen a comunidades LGBT y otros ‘purplepill’ (una combinación de las dos actitudes). Incluso se ha registrado (en mayo de 2019) un Partido Incel. Entre sus propuestas: incentivar económicamente los encuentros de incels con mujeres en situaciones similares, poner a disposición de todo el mundo burdeles y robots sexuales, y “hacer que las películas manga vuelvan a molar”.

Tras tirotear a clientes de dos bares frecuentados por inmigrantes, Tobias regresó a su casa y asesinó a su madre de un disparo y luego se mató. Lo interesante, advierten los criminólogos, es que dejase a su padre con vida. Último gesto de odio de alguien que vivió y murió sin sexo: “No he tenido esposa ni novia en toda mi vida…”

Dario Prieto



 

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