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Cultura

Ferlosio no es de este mundo

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Presentación de Diálogos con Ferlosio

Editorial Triacastela, dentro de su colección Deliberar, ha publicado en noviembre de 2019 Diálogos con Ferlosio. Una serie de entrevistas realizadas por escrito que son como una sucesión de breves artículos suyos; otras fueron grabadas para televisión —con Julio Llamazares o Fernando Sánchez Dragó— y aquí han sido transcritas con rigurosa fidelidad; algunas las redactó el entrevistador a partir de notas tomadas durante el encuentro. Hay incluso una inédita, realizada para la revista Archipiélago por Félix de Azúa en 1997 y que no pudo ser publicada entonces. De diferente manera, todas ellas ayudan a conocer la personalidad excepcional de este escritor genuinamente auténtico. Fechados entre 1956 y 2017, estos diálogos ofrecen una visión directa y personal de Ferlosio, a la vez que una vía muy accesible y fiable para acercarse a su no siempre fácil pensamiento. Y algunas aportan detalles inesperados, desde su interés juvenil por John Dos Passos o la comparación entre El Jarama y La colmena hasta sus explosivas opiniones sobre Lope de Vega o los principales escritores de su propia generación.

En 1957 declaraba Rafael Sánchez Ferlosio a un periodista: «Yo para las entrevistas no sirvo. No puedo contestar rápido. Soy fundamentalmente enemigo de la espontaneidad». Sin embargo, las cuarenta y cuatro conversaciones y entrevistas con él que este volumen recopila son un documento excepcional para conocer al Ferlosio oral y espontáneo a su pesar. El volumen enriquece y complementa la imagen ya conocida del escritor que pulía su sintaxis con paciente vocación perfeccionista.



Los pecios orales, por José Lázaro

Es sabido que Ferlosio eligió el término “pecios” («pedazo o fragmento de la nave que ha naufragado», según la RAE) para designar sus escritos más breves. Es frecuente confundirlos con aforismos, y de hecho algunos pecios lo son, pero otros tienen más bien el carácter de apólogos, parábolas, sentencias o incluso breves relatos. Los que se acercaban al chiste procuraba su autor eliminarlos en las sucesivas reediciones de sus libros.

Pero además de los pecios que él escribió como tales están también los que, a modo de citas, pueden sacarse de sus escritos y, además, los de carácter oral, que se encontraban dispersos en el medio centenar largo de diálogos y entrevistas que (con muchas resistencias) concedió a lo largo de su vida y que he tenido la suerte de poder recopilar en un reciente volumen (Diálogos con Ferlosio). Los ejemplos de estos pecios orales son bastante variados y jugosos: 

«A mí me parece que la memoria no es más que venganza».

«Yo para las entrevistas no sirvo. No puedo contestar rápido. Soy fundamentalmente enemigo de la espontaneidad».

«No me interesan nada los temas íntimos. (…) Leo los periódicos porque mi interés está totalmente volcado hacia lo público. Por eso mismo lamento la invasión de la prensa por lo privado».

«Yo soy partidario de la censura. Censura contra los programas de telebasura y contra la publicidad dirigida a los niños».

«Lope de Vega fue un chapucero, un mamarracho y un sinvergüenza».

«Cela hizo muchos libros, pero siempre repitiendo lo mismo. Se le reconoce la voz a las leguas, siempre con la misma monserga. Es un hombre que todo lo envilece. Fue el que escribió la primera crítica sobre el Alfanhuí y lo lanzó. Luego he sido ingrato con Cela, pero es que era un abusón».

Como el resto de las fuentes orales, estos textos plantean muchos problemas pero ofrecen también algunas enseñanzas. 

Los problemas se derivan de la diferencia entre lo dicho y lo escrito. Es evidente que nuestras formas de hablar y de escribir no son iguales, y aunque es habitual que una persona hable y escriba bien (o mal), hay bastantes casos de grandes escritores que son malos oradores y de personas a las que da gusto escuchar pero que son incapaces de redactar un párrafo legible. De hecho es sabido que las bases anatómicas de la expresión oral y escrita se localizan en zonas cerebrales distintas, son funciones lingüísticas diferentes. Y esa diferencia se refleja también en el distinto valor de una cosa y otra: no podemos atribuir la misma solvencia a una frase pensada, escrita, revisada y publicada por su autor y a otra que un periodista anotó que le había oido improvisar en respuesta a una pregunta inesperada.

Pero en el caso de Ferlosio el testimonio de sus amigos más próximos (que se preparaba para las entrevistas tratando de adivinar las preguntas que podrían hacerle y la respuestas que debería darles), la coherencia entre sus escritos y sus declaraciones, así como la frecuente reiteración de respuestas muy parecidas ante preguntas similares, indican que también sus testimonios orales estaban muy bien pensados y que, incluso con el ritmo que impone una conversación, sabía manejar su alergia a la espontaneidad y a la improvisación para mantener siempre la coherencia y el rigor de su pensamiento.

Estas son las razones por las que una amplia muestra de diálogos con Ferlosio nos permite conocer mejor sus ideas, aclarando cuestiones sobre las que él no habría escrito si no se las hubiesen planteado y resumiendo sus reflexiones en términos más breves y sencillos que los habituales en su escritura, pero sin caer en la imprecisión ni en la falta de rigor que tanto temía, por lo que solía pulir una y otra vez sus borradores, muchas veces para acabar decidiendo que no merecían ser publicados.

Un terreno en el que se ve muy clara la aportación de sus pecios orales es el autobiográfico (ya que a la hora de escribir era especialmente reacio a las confesiones personales):

«Mi hija y yo lo pasábamos muy bien. Yo iba así todo desastrado, como un vagabundo. En el Retiro nos separábamos y luego nos encontrábamos entre los árboles y yo le daba caramelos. Las señoras pensaban cosas raras y llamaban a la Policía. Nos divertíamos mucho».

«No siento en Madrid agresividad alguna ni he hecho nunca fines de semana porque no he trabajado nunca». 

«Con pocos conocimientos he hecho que parezca que soy más instruido de lo que en realidad soy. Tengo muy pocas lecturas.» 

«Yo, es que soy viejo casi de nacimiento, ¿sabe?».

«La palabra intelectual es demasiado respetable para mí. En el fondo no me siento más que un chisgarabís, un pelagatos, un tío tirado con el que no se puede contar para nada». 

Otro punto que iluminan sus declaraciones verbales, cuando se tiene en cuenta la fecha en que las realizó, es, lógicamente, el del cambio de gustos. Es bien sabido que desde hace muchos años no solía decir de El Jarama más que la frase que él hizo célebre: «Lo tengo aborrecido». Pero en 1957, un año después de publicada la novela, era bastante más explícito:

«En El Jarama me parece que hay, si hay algo nuevo, un escrúpulo de mutua fidelidad y correspondencia entre todos los elementos que integran el mundo novelístico. Puede haber antecedentes en toda la literatura española, desde el realismo clásico hasta Carlos Arniches; y en la extranjera, como ya han señalado algunos críticos. La Colmena, en este sentido, tiene que ver en cuanto es la novela que ha introducido en España la estructura “behaviorista”. Por ahí puede estar El Jarama emparentado con ella.»

Ese cambio de gustos aparece también, como es lógico, cuando se le pregunta por los novelistas que prefiere. En 1957 respondía: «Un europeo: Conrad; y un americano: John Dos Pasos».  En 1986, en cambio, ya asegura: «Las novelas me aburren, sobre todo las de chismes familiares. En realidad, después de Kafka no ha vuelto a salir nada bueno».

Y en cuestión de gustos cinematográficos no es menos contundente: «Charlot mató el cine. Tiempos modernos y La quimera del oro son tan buenas que acabaron con todo».

Hay quien prefiere no conocer personalmente a los escritores que admira. Hay también muchos teóricos de la literatura según los cuales un texto debe ser leído al margen de cualquier dato biográfico o psicológico de su autor. Otros pensamos que la vida privada de un escritor —e incluso la íntima—, en la medida en que es posible y lícito conocerla, enriquece de forma decisiva las posibilidades de interpretar su literatura. En este último caso las fuentes orales, como las epistolares o las archivísticas, son, con todos sus problemas, una gran ayuda para la hermenéutica literaria. Una de las pesonas más respetuosas que conozco con la vida privada de los demás confiesa al mismo tiempo que daría un año de vida a cambio de una larga conversación con Aristóteles.

 José Lázaro.



Como el sol por un cristal, por Arcadi Espada

Texto publicado originalmente en El Mundo.

José Lázaro ha reunido hasta 45 entrevistas de Ferlosio a lo largo de 60 años en el volumen ‘Diálogos con Ferlosio’ que acaba de publicar.

Mi liberada:

La primera entrevista la publicó el diario La Vanguardia el 8 de enero de 1956. El tiempo ha convertido en una delicia su primer párrafo: “Rafael Sánchez Ferlosio, ganador del premio Eugenio Nadal 1955, se encuentra en Barcelona desde anoche, acompañado de su esposa, la joven escritora Carmen Martín Gaite. Llegaron ambos sigilosamente del mismo modo que habían partido de Granada a las cuatro de la tarde (…) ‘Desde luego quisimos escuchar la radio -nos ha dicho-. Pero no supimos a quién acudir, para estar a la vera del receptor’». El editor de Deliberar, José Lázaro, ha reunido hasta 45 entrevistas del escritor a lo largo de 60 años (1957-2017) en el volumen Diálogos con Ferlosio que acaba de publicar. Roza las 500 páginas y de su lectura se obtiene el inesperado fruto de una benéfica traición: la autobiografía hablada de aquel que fue tan reacio a toda forma autobiográfica. El alfa y el omega del volumen, y hasta de la propia trayectoria literaria del autor, cabe entre estos dos fragmentos. El primero de la misma entrevista de La Vanguardia. Le pregunta el anónimo periodista:

-¿Otras actividades suyas?

-Solo escritor profesional.

Dios Santo. ¡Profesional! Ferlosio habría matado a aquel chaval de 28 años que acababa de ganar el premio literario más prestigioso de España. De hecho, lo mató. Treinta años después José Antonio Gabriel y Galán le preguntaría por su época productiva, la de El Jarama. Aún se escucha el brrr furibundo del maestro:

El Jarama, que hoy detesto, fue en notable medida escrito por esa motivación profesional, fue un producto profesional y no una obra. La detesto porque es un artificio que no se sabe a qué viene.

Durante estos últimos años fue un tópico de la relación entre los periodistas y Ferlosio el misterio sobre El Jarama. Era difícil sacar en claro los motivos de la repugnancia que sentía Ferlosio por esa obra, ¡tanto le repugnaba! Estos Diálogos lo aclaran, a poco que el lector sea paciente y vaya cerniendo sus palabras. No hay un solo motivo y apuntaré aquí el principal. Ferlosio acabó creyendo que El Jarama no lo había escrito él, sino que el llamado realismo social se lo había dictado a aquel muchacho de ilusa ambición: “Uno quería ser aceptado y reconocido entre los rojos y entonces no tenía la libertad para escribir lo que le diera la gana. Si no escribía El Jarama, que era un libro que podría ser afecto de un modo inmediato, superficial y pueril…”, le confesó a Julio Llamazares en 1987.

En el libro hay tres entrevistas a este muchacho. La última en 1957. Entonces aún se atrevían a hacerle preguntas como la de Pedro Mario Herrero:

-Defínete a ti mismo.

-No se me ocurre nada. No puedo definirme porque solo tengo exterior.

Por la pregunta y por la respuesta se comprobará que la entrevista es el género que fomenta hasta un lugar indescriptible la estupidez creativa.

Pasan 30 años. Blanca Berasátegui entra en su zulo de la glorieta de Bilbao y escribe unas líneas muy vivas y valiosas. Ferlosio está saliendo de los años de las anfetaminas y de la enfermedad -él la llamaría “Altos Estudios Eclesiásticos”- del lenguaje, pero el paisaje permanece: “La escena es tan precaria, tan desoladora y tan adusta, que el visitante, convertido en intruso de inmediato, comprende a la primera que el que allí habita tiene alma de realquilado. Están todos los ingredientes del hiperrealismo al por mayor: un suelo de baldosas desconchadas, una cama deshecha, ropa tirada por la silla, calzado por el suelo, carpetas de esas azules empolvadas, un escritorio maltrecho, libros y papeles por ahí, el ruido y el frío que suben de la calle como el humo de una churrería (…) Vive de espaldas al confort, a la complacencia, a la autoestima, instalado así en su piso como en su alma: como un inquilino de paso con derecho a cocina”.

Las editoriales, con sucesivas promesas de limpiar, ordenar y fijar su obra completa, lo hacen volver cíclicamente a las entrevistas. Siempre las recibe de malhumor o incluso afectando malhumor. A veces escribe las respuestas, otras las rumia largamente. Inevitablemente se desliza el lugar común, las opiniones repetidas. Pero, de repente, entre la chatarra, advienen bellísimos milagros: “He pasado por el mundo o el mundo ha pasado por mi alma como el sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo” (Javier López Rejas, 1992).

En todas las conversaciones, sin excepción, Ferlosio se muestra seguro de su lugar. Es decir, del lugar del intelectual. Sin pusilanimidad, sin acomplejamientos, sin caridad.

“Desprecio a aquel que dice que no se cree, que no se pretende, en posesión de la verdad. Si no te crees en posesión de la verdad, por muy relativa y circunstancial que sea la referencia, por mucha humildad que la experiencia del error te haga añadir por fuera, cállate” (Manuel Rivas, 1988).

“A los que podrían querer chantajearme con el miedo a la tacha de elitismo o de ‘encerrarme en mi torre de marfil’ les respondo humildemente: ¡A mucha honra! No me gusta el mundo, no me gusta la calle, no me gusta el gentío, ¿qué le voy a hacer?” (López Rejas, 1992).

“El amarillismo está en los ojos de los periodistas, como una ictericia. Ya no se puede alternar porque las conversaciones también están dominadas por la negrita. ¿A eso le llaman estar en contacto con la sociedad, con la calle, con la vida? Pues entonces me digo, torre de marfil” (Patxo Unzueta, 1993).

El mundo de Ferlosio. Su humilde arrogancia, ese lugar que tal vez sea el único lugar posible de un intelectual. Hoy más que nunca. Hoy que el comunismo y su política de igualación por abajo, después de fracasar en la política y en la economía, se han hecho fuerte en la cultura y en la conversación pública. Las redes sociales, la desaparición del intermediario y de cualquier canon permiten constatar el hecho asombroso de que los medios de producción -cultural- han pasado finalmente a manos colectivas. Y que antes de que la definitiva y feliz igualación reduzca al silencio cualquier diálogo es preciso atravesar la fase dura, intermedia e inexorable de la lucha, la llamada dictadura del proletarado (¡ojo linotipista!), que, en nombre del nacionalismo, la religión, el ecologismo, o cualquier forma de identidad, de irrisorio name dropping, reprima toda señal de inteligencia crítica y de libertad. Este calamitoso periodo de la historia de Occidente es lo que hace plenamente subversivo este libro, que deben pasarse con precaución y bajo mano todos los humildes y arrogantes de este mundo, porque en él hay eficaces instrucciones para fabricar artefactos nucleares del pensamiento. Estos diálogos -debo aclarárselo por último a tu cabecita lenta-, de Rafael Sánchez Ferlosio consigo mismo.

Y sigue ciega, tu camino.

Arcadi Espada.



Autorretrato inédito de Rafael Sánchez Ferlosio, por Félix de Azúa

Texto originalmente publicado en Babelia.

La entrevista forma parte del volumen ‘Diálogos con Ferlosio’.

‘Babelia’ publica una entrevista de Félix de Azúa al autor de ‘El Jarama’, mítica por la negativa del escritor a que viera la luz.

Realizada para un homenaje preparado en 1997 por la revista Archipiélago, esta entrevista ve la luz por primera vez. Incómodo con el resultado, el autor de Alfanhuí la retiró y, a cambio, escribió su texto más autobiográfico: La forja de un plumífero.

La entrevista tuvo lugar en el domicilio madrileño de Rafael Sánchez Ferlosio el jueves 19 de junio de 1997. El termómetro de la Puerta del Sol marcó ese día los 35 grados. En nuestro primer encuentro, el miércoles, Ferlosio me había preguntado: “¿Tú sueles comer al mediodía?”, pero habiendo yo arriesgado una afirmación bastante endeble, se vio en el deber de añadir: “Es que la primera sesión deberíamos hacerla de doce a seis de la tarde, y aunque yo suelo despachar el almuerzo con unos potitos, tú, a tu edad…”.

El jueves comenzamos puntualmente a las doce y no hubo interrupción para comer potitos. Dimos cuenta, eso sí, de cuatro flautas que yo había comprado en el Boccatta’s de la esquina, pero sin dejar de hablar ni un segundo. A las cuatro y media me derrumbé, pedí tregua y comprobé que había agotado las cintas. Ferlosio seguía tan fresco. Y es que a mi edad…

Toda entrevista es injustificable a menos que aporte alguna información de difícil acceso sobre un escritor notable aunque por alguna razón poco conocido. También puede ser aquel artículo que el entrevistado nunca escribiría, sea por pudor, sea por sentido de la responsabilidad, pero que desearía escribir o incluso desearía que cualquier otro escribiera. He tratado de reunir ambas justificaciones en una sola entrevista y en las páginas que siguen el lector encontrará las frases de Ferlosio que me han parecido más significativas acerca de estos cuatro asuntos: afinidades de orden intelectual, etapas de su obra literaria, reticencias sobre la ficción y uno de sus temas medulares al que llamaremos provisionalmente y en memoria de Walter Benjamin “círculos del destino y del carácter”.

En el espacio razonablemente concedido por Archipiélago para la entrevista he resumido tres horas de conversación grabada, otras tantas apuntadas a mano y un cuaderno de notas personales que Ferlosio tuvo la generosidad de ofrecerme como ayuda de memoria para la redacción final. Ni que decir tiene que esa palabra, “generosidad”, es la que mejor define a un escritor cuya habilidad artística solo es comparable con el coraje moral que la vivifica. Es cierto que la literatura brilla por sí misma y toda apoyatura moral le es enemiga, pero si la energía que hace brillar la prosa literaria fluye de un espíritu bueno y no de un alma tullida, entonces a la admiración se le añade la simpatía y con ello se alcanza la excelencia. Me gustaría haber contribuido al retrato de un hombre excelente.

Afinidades

“Vamos a zanjar de una vez por todas este vidrioso asunto para no volver a escarbar en él nunca jamás. Me pago de ser muy poco cotilla, tanto respecto de los demás como de mí mismo, ni siquiera con el diario de un escritor tan incomparable como Kafka he podido hacer otra cosa más que zapping.

De mi infancia recuerdo con agrado la vida en Italia y cómo nos deslizábamos por la pinaza de la Villa Aldobrandini (Anzio). Desde la adolescencia fui el predilecto de mi padre, quizás por nuestra afinidad hacia las letras. Un día, cuando yo tendría sobre los 18 años irrumpió en mi cuarto y me espetó: ‘Rafael, ¿tú crees que se puede escribir gémula iridiscente? ¡Gémula iridiscente!’. Era de Ortega. Compartíamos un odio por “la bella prosa” que no me libró, como veremos, de caer en ella.

Hacia 1946 entré a formar parte del grupo de amigos de mi hermano Miguel, pero rompí con ellos el día en que decidieron asaltar una iglesia protestante. A mí me parecía una barbaridad. Así que pasé luego dos años solo, hasta que constituí una fratría con Aldecoa y el grupo Arte Nuevo, que eran Alfonso Sastre, José María de Quinto, Medardo Fraile, algo más tarde Fernández Santos… En la pensión de Aldecoa, hacia 1951, comencé a leerles lo que llevaba escrito de Alfanhuí. Siendo casi todos hombres de teatro, tenían una admiración grande por Jardiel Poncela y empezaron a sentarse con él, pero a mí me parecía el ser más odioso, arbitrario y estúpido que se pueda imaginar, de modo que también me retiré bastante de ellos.

Juan Benet tenía alguna relación con ese grupo a través de José María Valverde, que fue quien trajo a Gambrinus a Víctor Sánchez de Zavala. Entre todos pusieron en marcha lo que llamaban ‘la Universidad libre de Gambrinus’, a cuya tertulia yo acudía de vez en cuando. También leía mis horribles poemas a Valverde. Mi padre no le apreciaba. Decía: ‘Estos que quieren hacer discipulitos’.

En 1953 me casé y comencé a redactar El Jarama. Yo era un autodidacta, sin influencia de personas, aunque mucha gente ha tenido más autoridad sobre mí de la que ellos suponían. Por ejemplo, tenía una enorme autoridad Sánchez de Zavala. Era un hombre muy inteligente pero le cogí rencor porque cuando me sumergí en el universo de la gramática y empezamos a reunirnos para hablar juntos de cuestiones de lenguaje con Carlos Peregrín Otero, Carlos Piera, Isabel Llácer y otros más (él lo llamaba ‘el círculo lingüístico de Madrid’) le dijo un día a Carmen Martín Gaite, en medio de la calle, que estaba estudiando con Piera, Llácer y otros, pero sin citarme a mí: ‘Es que no se puede trabajar con aficionados’. Me había excluido.

Así que seguí trabajando por mi cuenta y me hundí en las anfetaminas y la gramática durante quince años. No quería ver a nadie. Por aquellos años venía a visitarnos casi cada día un escritor, que se aburría soberanamente, pero yo apagaba la luz de mi cuarto y Carmen Martín Gaite le decía que estaba durmiendo y que no podía despertarme. Allí esperaba, a oscuras, a veces horas, hasta que se iba, para poder seguir con lo mío. Llegue a estar seis días y seis noches sin parar. Me tragaba un tubo entero de Centramina o de Simpatina, que eran muy malas.

Con las anfetaminas, lo normal era trabajar intensamente sobre los cuatro días, luego dormía un día entero con una maravillosa bajada de tensión. Y después cogía a mi niña y me pasaba tres días con ella. Íbamos a ver cuadros; le gustaba mucho El Bosco porque, como ella decía, ‘tiene mucho’; y La laguna estigia de Patinir. Éste que cuelga de la pared [El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo] era su favorito. Yo no quería enseñárselo, por esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión de la muerte, y me la llevaba hacia El carro del heno, que está al lado, pero me cazó. Era muy difícil de engañar. Se convirtió en su cuadro favorito.

Al cabo de tres días me encerraba otra vez. Primero tomaba dos Centraminas para ponerme en marcha, luego cuatro; el segundo, tercer y cuarto día eran los mejores y en los dos últimos venía el descenso. Me quedaba despierto sin necesidad de tomar pastillas; la excitación cerebral era de tal categoría… Luego caía tumbado. Fueron quince años, del 57 al 72, de máxima intensidad gramatical; nunca lo he pasado mejor. Siempre he escrito o leído a la luz de la bombilla, así que fueron cinco mil noches, más o menos, las que dediqué a la gramática y a las anfetaminas.

En 1970 me fui a vivir a la calle Prieto Ureña, en donde sucumbí al desorden y la animalización, casi a la destrucción. Volví al mono. La anfetamina (ahora usaba la extraordinaria Dexedrina Spansuls) es (al menos imaginariamente) muy industriosa. Me aficioné a las herramientas y a los pegamentos (fue la gran temporada de los epoxi); dibujaba muebles, como el vargueño rampante del que desarrollé muchos modelos, que luego era incapaz de construir. Todo el piso estaba cubierto de basura menos un caminito que llevaba al armario de herramientas. Yo hacía manualidades, jugaba con tornillos, con pegamentos, hacía manufacturas con tubos de plástico y diversas carpinterías inútiles… Cuando me sacaron de allí había sacos enteros llenos de tubitos de plástico. A veces perdía la conciencia, gateaba a cuatro patas y gruñendo, y no entendía ni siquiera los tornillos, no sabía lo que eran. Me dio por usar un soldador y me quemé el brazo izquierdo; eran quinientos o seiscientos grados. Llegué al extremo de la degradación. Tenía lo que denominé ‘alucinaciones olfativas’. De modo que la química me encerró entre dos frentes [el de la anfetamina y el de los epoxi] y me tuvo sitiado casi un par de años hasta que me salvó el dueño de la casa, que me dio 400.000 pesetas para recobrar el piso.

La caligrafía empezó a disparárseme hasta descomponerse, en ocasiones, casi por completo. Ya verás. [Me enseña unos cuadernos con garabatos, rayas incomprensibles, borrones; en uno de ellos desentraña la palabra “número”, una línea que cae hasta ocupar toda la página]. Ahora he recobrado la caligrafía. Yo creo que la caligrafía salva del alzhéimer. La caligrafía ahora la tengo muy bien.

En aquellos años setenta y sin dejar del todo la gramática, comencé a leer mucha historia, nunca separada de la sociología. Había empezado a escribir la crónica de las guerras barcialeas a finales de 1969 como un entretenimiento, pero luego el Barcial fue creciendo mucho. Solo se conoce El testamento de Yarfoz, pero hay como cien veces más; no sé si podré editarlo nunca porque tendría que trabajar muchísimo para sacar de todo aquello algo en limpio. También escribí las notas para el Víctor de L’Aveyron, y luego preparé las dos primeras Semanas del jardín. La semana tercera está empezada y trata sobre “las figuras”. Tampoco he tenido luego ánimos para desarrollarla y disponerla para la edición.

En 1980 me mudé a la glorieta de Bilbao. Allí preparé la edición de Yarfoz, con mucho esfuerzo porque a mí me interesaba por encima de todo dar la historia de los babuinos mendicantes, lo que me obligó a redactar muchas partes nuevas. También escribí algunos libelos de los que han aparecido El ejército nacional, Mientras no cambien los dioses, y quizás algún otro. Las celebraciones del descubrimiento de América me obligaron a redactar Esas Yndias equivocadas y malditas. ¿Lo has leído? ¡Pero si es insoportable…!

Ya aquí, en la calle Agustín de Rojas, he ido escribiendo y pasando a limpio las últimas cosas, las colecciones de ensayo que ha editado Destino, los artículos de EL PAÍS y la revista Claves, y ya tengo listo para publicar El castellano y la constitución y un nuevo volumen de ensayos donde va el artículo sobre la belleza, la diatriba contra el deporte, cosas sobre el liberalismo y la economía… En fin, todo eso.

Etapas literarias

“Primero incurrí en “la bella prosa”, después quise divertirme con el habla y finalmente, tras todos los años de gramática y anfetamina, me encontré con la lengua.

En Alfanhuí hice lo que después más he odiado; algo que estaba entre Azorín y Miró (hay un ejemplo demoledor en el capítulo XV de la primera parte). Escribía un capítulo cada noche, muy de prisa, y está lleno de monerías como aquella ‘gémula iridiscente’ de Ortega. En cuanto a El Jarama, lo primero que hay que decir es de qué manera se escribió.

Durante mi servicio militar tuve conmilitones de todas las regiones españolas, la gran mayoría obreros. Allí, primero en Bab Tazza, luego en Tetuán y al final en la Mehalla de Xauen, me familiaricé con el habla popular. Yo ya conocía las formas rurales extremeñas, pero no las del resto de la antigua Corona de Castilla, desde Asturias hasta Almería. Solo los catalanes, que eran doce, hablaban en su lengua; tenían un portavoz para las relaciones exteriores, un chico llamado Caparrós, tal vez dependiente de comercio.

Yo apuntaba sistemáticamente los giros, las construcciones, las palabras que me llamaban la atención, y acumulaba en una lista largas filas de “modismos” y retorsiones sintácticas. Sobre tal urdimbre se tejió El Jarama. Si volviese sobre esa novela, podría señalar qué conversaciones fueron inventadas sin más motivo que el de abrirle sitio a tal o cual ítem de mi lista, porque las conversaciones de la novela iban hacia ese determinado giro. Era el habla lo que construía a los personajes, unos más rurales, otros más urbanos, todos construidos por su habla.

Es un procedimiento que a lo mejor puede recordar al de Lope cuando escribe una comedia para ilustrar una copla popular, pero no tiene nada que ver. La coplilla de El caballero de Olmedo, por ejemplo, vale más que todo el texto de Lope. Como dijo un italiano, oggi sarebe stato un cinematografaro (así lo dicen los de Roma, cinematografaro), ‘hoy habría sido director de cine’. Era un bellaco. Un monopolista que impedía el ascenso de los nóveles. En Fuenteovejuna violan a todas las mujeres menos a la heroína. Recuerdo que eso le indignaba a Buero Vallejo, y con razón. Ahora hay un anuncio en la tele donde se ve a una pareja en la cama disfrutando del pecado, pero luego entran unos niños y resulta que se trataba de un matrimonio y estaban disfrutando de la virtud. Eso es lo que hace Lope en Fuenteovejuna, tranquilizar a las buenas conciencias; el pecado a un lado y la virtud al otro.

Después de las guerras barcialeas ya no he escrito más novelas, y me alegro, porque de haberlas escrito me habría supeditado a lo que socialmente se espera de cada uno de nosotros (por eso de que ‘hay que ser algo en este mundo’), y a mí me repugnaba el grotesco papelón de literato. Así que cuando cayó en mis manos la Teoría del lenguaje de Karl Bühler me sumergí en lo que la Iglesia católica denomina “un retiro para dedicarse a altos estudios eclesiásticos”. Lo dicen de aquellos sacerdotes molestos o insumisos a los que retiran una temporada de la circulación. Bien podría decirse que yo estoy metido en “altos estudios eclesiásticos” desde entonces.

Para escribir ficción se te ha de ocurrir algo muy especial y yo tengo otros asuntos en que pensar. Me absorben más estas cosas: una carta a mi primo, un artículo sobre Bousoño, lo de la belleza, una crítica a Adorno (este hombre no entendió nunca lo que es la pureza), el peso de la historia… Pero en los ensayos y artículos, aunque hay poca ficción, sigue habiendo literatura, como en la historia del autómata de feria que aparece en Si la flecha está en el arco. Literatura siempre hay, creo yo.

Hace poco, sin embargo, escribí algo de ficción, pero no acaba de… Es débil. Me da un poco de vergüenza, soy una persona inculta. Ya verás… [Empieza a sacar carpetas y cuadernos de las estanterías. Hay cientos de carpetas, cientos de cuadernos. Me los muestra por fuera y luego por dentro. Por fuera, una etiqueta informa sobre la fecha de redacción y sobre el contenido. Por dentro, miles de folios escritos a máquina, miles de páginas escritas con una letra clara y precisa, dan idea de un trabajo colosal, quizás poco sistemático, pero ordenado. ¿Cuántos libros interrumpidos, incompletos, pendientes de revisión o —lo más probable— terminados aunque no a la completa satisfacción de su dueño, habrá en esta casa? ¿Doscientos?].

Reticencias

“Tengo muchas objeciones que hacer a las novelas tal y como se escriben hoy día, pero sobre todo a la ficción tal y como se concibe ahora. Voy a poner un ejemplo: los ingleses hicieron aquella película horrible sobre Lord Jim, de Conrad, con ese gestero, Peter O’Toole, en donde confundían por completo la idea principal de la novela. Lo esencial del relato es cómo, poco a poco, se aleja la información que sobre Lord Jim van recibiendo los británicos: Hong Kong, Shangay, Borneo… así hasta esfumarse en lo desconocido. Las noticias son siempre objetivas y externas, nunca entramos en la intimidad de Lord Jim. Pero los ingleses de la película psicologizan el honor y lo presentan como si Jim quisiera ‘recobrar el respeto de sí mismo’, demostrarse a sí mismo que no es un cobarde. Eso es aborrecible. El honor no es algo interno, sino externo, referido a los otros hombres. El honor es una relación de lealtad con el prójimo, no es ‘fallarse a sí mismo’ sino ‘fallar a los demás’. Lo que Lord Jim no puede soportar es haberles fallado a los musulmanes, ¡no a sí mismo! Su pecado es objetivo, no subjetivo. La recepción de su peripecia ha de ser igualmente objetiva.

Este atropello, cometido contra una novela extraordinaria, es una actitud cada vez más extendida, es decir, la substitución de virtudes objetivas por elementos psicológicos e individuales que “explican” la acción. Por eso no leo novelas actuales, las pocas veces que lo hago me encuentro cada vez con mayor frecuencia estos abusos de la psicología.

No tengo nada contra la novela psicológica, pero es muy difícil no caer en excesos. Le sucede incluso a Dostoievski. En Crimen y castigo, por ejemplo, hay una escena que describe hasta seis sentimientos encontrados de Raskólnikov. Está solo, en su cuarto, ¡y se debate entre seis pasiones simultáneas! Sin embargo, ¿alguien sabe lo que es una ‘turbación psicológica’? Eso es un invento arbitrario, nadie puede saber cómo se define lingüísticamente un sentimiento, es un campo por completo confuso. Las conversaciones con el comisario, en cambio, son magníficas; allí los personajes se definen hacia fuera, con el habla, y eso es lo importante en una narración: exponer cómo quiere aparecer cada personaje ante los otros.

En un diario, o en una novela epistolar, es más fácil verbalizar el estado íntimo. Choderlos de Laclos, por ejemplo, transcribe en Les Liaisons dangereuses autorrepresentaciones escritas por los mismos personajes, y de ese modo escapa al psicologismo. Cada personaje aparece tal y como quiere que le vean los restantes personajes. Que el autor quiera penetrar con su palabra en algo que es esencialmente confuso e inefable como son los sentimientos, etcétera, eso me pone muy nervioso y acabo cerrando el libro. El único ‘realismo’ posible es la autorrepresentación. El personaje ha de manifestarse por sí mismo.

Sucede que ahora hay cada vez más novelistas que inventan primero el esquema caracteriológico de los personajes y luego lo aplican como si fuera un molde. Moravia, por ejemplo, en El inconformista, describe a un niño que martiriza con una vara primero a unas plantas, luego a un gato, y por fin a un niño. Esta gradación psicológica es un artificio insoportable. Cuando en mi camino hacia la lengua me encontré con Yarfoz procuré que todos los personajes se explicaran desde el exterior, y por un igual. Nunca he podido soportar a los escritores que no guardan idéntico respeto a todos los personajes. Hay una gran diferencia entre reírse con el personaje y reírse de un personaje.

Las novelas están regidas por un conjunto de convenciones al que he denominado ‘el derecho narrativo’. Si no respetas esas convenciones, el lector te abandona. Por ejemplo, el desafío entre Saladino y Ricardo Corazón de León. El príncipe inglés toma un mandoble y usándolo como si fuera un hacha parte un tremendo tronco. Pero Saladino coge su cimitarra, lanza al aire un cendal de seda o un cojín de plumas (según las versiones del cuento) y cae el cendal partido en dos, o el cojín sin que vuele una sola pluma. Si antepones la acción de Saladino a la de Ricardo, entonces el cuento es absurdo, idiota, porque el sentido es: ‘la fuerza sutil es superior a la fuerza bruta’. Estas convenciones son constantes e inexorables. Desde el comienzo de la narración sabes quién no puede absolutamente morir, o solo puede morir al final, y quién puede sobrevivir. La narración es una sucesión de acontecimientos regidos por derecho, pero ese ‘derecho narrativo’ se respeta cada vez menos, quizás por influencia del cine y de la televisión.

Hace dos veranos leí varias novelas españolas, cosa que evito rigurosamente. Una no pude leerla porque la tipografía me pareció incomprensible, comenzaba con las primeras líneas del párrafo sangradas sin necesidad evidente. La segunda era entretenida pero de pronto aparecía un deux ex machina… Y la tercera también se estropea al final, aunque debo decir que las descripciones del paisaje andaluz me parecieron muy buenas; clásicas, sin aporte de novedad, pero muy vívidas. Luego ya no he leído más.

Eso en cuanto a los personajes, pero en cuanto a la prosa, a mí me complacen mucho las posibilidades hipotácticas del castellano escrito. Esa complejidad hipotáctica se desarrolla, creo yo, a partir del lenguaje administrativo, como he comprobado recientemente en las crónicas del canciller López de Ayala a quien tenía por paratáctico y resulta que es hipotáctico. Yo me lancé a las diversiones de la frase poliarticulada y de muy largo aliento a partir de Las semanas del jardín y como consecuencia de mi encuentro con la lengua. Alguna frase llegó a costarme una jornada entera.

La hipotaxis es muy viciosa pero puede conducir a naufragios catastróficos; yo mismo tengo un naufragio glorioso en Esas Yndias equivocadas… Este es el ‘gran camino de la lengua’, frente a la ‘pequeña tranquilidad de la bella prosa’. La hipotaxis es un galeón con todas las velas desplegadas, capaz de aprovechar hasta el más mínimo suspiro de viento; la parataxis es una pequeña embarcación de cabotaje para trayectos cortos. No encuentro novelas que escapen de la ‘bella prosa’ o de aplicaciones vulgares de la parataxis. Las novelas exigen mucho esfuerzo, mucho trabajo y buenas ocurrencias. Por eso me resisto a escribir ficción. Pero, en cambio, he leído ocho o diez veces Josefina la cantante o La rendición de Utica, y no me canso de leerlas y volverlas a leer.

Carácter y destino

El primero que habla de ‘carácter y destino’ creo que es Schopenhauer. Luego Benjamin titula así su brevísimo ensayo, que es muy bueno. Mi primera vislumbre del asunto la tuve con mi hija, cuando contaba unos tres años de edad y la llevé a ver los títeres del Retiro. No hubo ninguna necesidad de que nadie la iniciara en aquel juego, ni de que nadie le explicara cuál era el personaje bueno o el malo, aunque nunca los había visto. Era tan evidente, que resultaba claro y fascinante incluso para una cría de tres años. Llamé desde entonces “personaje de existencia’ al que tiene un destino y ‘personaje de manifestación’ al personaje de carácter. Es una denominación provisional, muy endeble.

Nietzsche decía que quien tiene carácter vive una sola experiencia que siempre se repite, vive en un tiempo consuntivo. Charlot o Carpanta son personajes de carácter, ni nacen ni mueren, no cambian nunca, como los títeres de la comedia del arte, consumen su tiempo. En cambio, el personaje de existencia vive en un tiempo adquisitivo, un tiempo que conduce hacia un desenlace, es el personaje de avatar, de peripecia, de agonía, de destino.

Esta diferencia entre un tiempo consuntivo y un tiempo adquisitivo puede ampliarse a una multitud de actividades, como, por ejemplo, a los juegos y deportes. Si distinguimos los juegos y deportes en agónicos y anagónicos, o sea, entre aquellos en los que hay victoria final porque el agonista gana o pierde, y aquellos en los que no hay más que consumo (o disfrute) del tiempo, entonces los agónicos serían análogos al ‘personaje de existencia’ siempre luchando por llegar a su destino que es la victoria o el fracaso, y los anagónicos al ‘personaje de carácter’, el cual no se sacrifica por ninguna finalidad sino que consume su tiempo. Entre ambos hay esa diferencia que Hegel llamó ‘diferencia entre la felicidad y la satisfacción’. Los juegos anagónicos proporcionan felicidad, los agónicos satisfacción. El tiempo adquisitivo del agónico está entre un ‘todavía no’ y un ‘¡ya!’; el tiempo consuntivo, en cambio, está entre un ‘¡todavía!’ y un ‘ya no’.

En los juegos anagónicos se experimentan liberaciones de leyes muy generales, como la de la gravedad cuando los niños se deslizan por una barandilla, por una rampa con un carrito, o sobre las agujas de pino, y los jugadores los disfrutan en cada momento y no solo en el momento de la victoria. Esta clasificación me obliga a incluir entre los deportes ‘buenos’ algunos que me son antipáticos por su carácter social distinguido, como es el esquí o el bob-sleigh, o esos que se tiran en paracaídas o desde un puente. Pero me veo en la obligación de reconocer que incluso los ricos disfrutan de los juegos como si fueran pobres.

Estos juegos son anómicos, no tienen reglas, no exigen esfuerzo, tan solo hay que poner un poco de destreza y se disfrutan en cada momento. Los juegos agónicos, por el contrario, exigen esfuerzo, proporcionan un simulacro de dominio y su disfrute solo aparece al final en forma de victoria, como destino fatal o como ‘triunfo de la técnica’. Durante todo el juego se sacrifica el cuerpo y se le hace sufrir con el fin de alcanzar un final victorioso, un orgasmo. Los juegos agónicos obedecen leyes muy estrictas y suele haber árbitros que juzgan quién se las ha saltado y quién las obedece.

Solo hay, que yo sepa, un juego no agónico y sin embargo sujeto a reglas, que es la danza. Se trata sin la menor duda de una actividad en tiempo consuntivo, sin finalidad, sin victoria ni derrota, que se disfruta de instante en instante. Pero, sorprendentemente, está sujeta a reglas. Para explicar la danza tengo que acudir a las ‘figuras’, que están en esa tercera semana del jardín que no sé si podré publicar nunca. También el toreo es una actividad tan singular… Pero de momento escribo sobre el deporte (o quizás contra el deporte), modelo del esfuerzo agónico y del sacrificio corporal.

Yo no sé cuándo comenzó en el cristianismo ese gusto por el esfuerzo, por el sacrificio, ese odio al cuerpo. Desde luego no es de origen judío, un pueblo muy inclinado al goce sensual y alejado de toda idea de dominio del cuerpo. Sin duda el odio al cuerpo penetró en el cristianismo a través de la cultura helénica, y seguramente un puente fundamental fue Filón de Alejandría, un judío contemporáneo de Paulo de Tarso y tan helenizado que habría incluso perdido el uso del hebreo. Pertenecía a lo que José Montserrat en su excelente estudio denomina ‘la sinagoga cristiana’, cuando los cristianos eran todavía una secta judía, en el siglo II. Antes de la destrucción del templo, un 10% de la población romana era judía y en el Trastevere llegó a haber hasta siete sinagogas.

La obsesión por el dominio de las pasiones y el desprecio del cuerpo arranca de Platón y quizás a través de los judíos helenizados llegara al cristianismo romano y se fundiera con la corriente estoica que era la más potente. Este Filón utiliza constantemente la metáfora deportiva como modelo del robustecimiento del alma. Ahí aparece ya el sacrificio tal y como se concibe en el deporte actual: el santo es un ‘atleta del alma’. Naturalmente, ésta es también la fuente de una concepción del trabajo como forma de ‘ennoblecimiento’, del esfuerzo como ‘superación de sí mismo’ y todo lo que constituye el actual catecismo social.

Nuestra sociedad está ahora espantosamente obsesionada con los juegos agónicos como el fútbol y con los personajes de experiencia y destino que son los que la prensa llama ‘triunfadores’, atletas victoriosos de su destino, al que llegan tras ‘grandes sacrificios’.

No tengo mucha simpatía por esos sacrificios. Recuerdo que cuando yo era niño, en Anzio, resbalábamos con un cartón debajo del culo por la pinaza de una villa que había comprado mi abuelo con un pinar maravilloso… Aquello siempre era igual, no se acababa nunca, nunca te cansabas… ¿No? No había nada que ganar, ni nada que perder”.

Félix de Azúa.



Habla Ferlosio, por Ignacio Echevarría

Texto publicado originalmente en El Cultural.

El mismo día en que Rafael Sánchez Ferlosio hubiera cumplido 92 años, el pasado 4 de diciembre, se celebró en la sede del Instituto Cervantes de Madrid un homenaje a su memoria que contó con la participación de un buen número de amigos y de personas cercanas al escritor, empezando por su viuda, Demetria Chamorro.

Muy pocas semanas antes tuvo lugar, también en Madrid, con la participación asimismo de viejos conocidos de Ferlosio, la presentación del libro Diálogos con Ferlosio, editado por José Lázaro (Biblioteca Deliberar, Triacastela). Se trata de un volumen que recoge más de cuarenta entrevistas hechas a Ferlosio en un arco temporal que va de 1956 (el año siguiente al del premio Nadal concedido a El Jarama) a 2107. Un cuerpo muy considerable –y bien tasado– de declaraciones a menudo intempestivas cuyo plato fuerte lo constituye, sin lugar a dudas, el texto original de la entrevista que Félix de Azúa le hiciera a Ferlosio con ocasión del número especial que la revista El Archipiélago dedicó al escritor con motivo de su 70 cumpleaños. Como es sabido, a Ferlosio le disgustó el texto que Azúa le mandó para su supervisión, que sólo después de darle muchas vueltas optó por rehacer y publicar a modo de memoir redactada por él mismo bajo el título “La forja de un plumífero”(1998).

El episodio, reconstruido con detalle por José Lázaro en su prólogo, es ilustrativo de la dificultad que tenía Ferlosio para reconocerse en la palabra hablada, desprovista de la precisión, de la rectitud que él tanto buscaba –y apreciaba– en la escritura.

Recuerdo la sorpresa que, cuando lo conocí en persona, siendo él ya octogenario, me produjo la voz de Ferlosio. Lo mismo me había ocurrido mucho antes con Octavio Paz, cuya voz no se correspondía con la que uno, de manera sin duda arbitraria, le había fabricado con el oído interior, mientras lo leía. En el caso de Ferlosio, la amplitud de su sintaxis, el estilo severo y a menudo intimidante de su prosa tanto periodística como ensayística, se compadecían mal con una voz débil y cascada, lastrada en su vejez por una respiración fatigosa.

Esa inconsecuencia, por así llamarla, entre la voz y el estilo, se repetía en el plano del discurso. Ferlosio no era elocuente. Era un buen conversador –como lo fue toda su generación– pero no era elocuente. Se lo dificultaban su timidez y su exacerbado sentido del pudor. Es conocida su escasa afición a hablar en público, y su resistencia a hacerlo sin el sostén de unas páginas escritas. Pese a lo cual, el resultado solía ser, en el plano de la dicción, poco feliz, como cabe constatar escuchando en la red el por otro lado extraordinario discurso del Cervantes (2004).

Importa tener esto en cuenta cuando se leen las conversaciones de Ferlosio reunidas por José Lázaro, quien no deja de avisar al lector de esta radical asimetría entre el hombre que escribe y el que conversa. Sustraídas de la férrea malla de su sintaxis, las ideas de Ferlosio vuelan desamparadas como gorriones, azuzadas por las preguntas de los interlocutores, al acecho siempre –tanto más conforme iba propagándose su fama de hombre huraño y atrabiliario– de la fórmula rotunda y provocadora, de la soflama tronante y jeremíaca. Lázaro comienza su prólogo refiriéndose a los “disparates” de Ferlosio, y con razón sugiere que, en las mejores ocasiones, sus declaraciones tienen la luminosa contundencia de los más celebrados “pecios”.

Así las cosas, el interés principal de estos Diálogos con Ferlosio consistiría –como ocurre tan a menudo con el moderno género de la entrevista– en la furtiva captura de desahogos y deshinibiciones, de recuerdos personales traídos al asalto, de epifanías emocionales. Es el vislumbre de la personalidad de Ferlosio desprovista de la armadura de su prosa, asomando sólo muy fugazmente por las rendijas que en el tupido velo de su pudor abren su acusado sentido de la gratitud y de la cortesía, su vehemencia, las efervescencias líricas de su impresionante memoria, lo que confiere a estos diálogos su más apreciable valor, tanto mayor en cuanto se trata de un escritor particularmente hermético en relación a su privacidad, ya no digamos su intimidad.

Ignacio Echevarría.



Historia oral de Rafael Sánchez Ferlosio, por Diego Medrano

Texto publicado originalmente en El Imparcial.

La generosidad, el buen hacer, la paciencia de José Lázaro ha sido mayúscula en la compilación actual que ahora se presenta y quedará por mucho tiempo: Diálogos con Ferlosio (Triacastela Editorial). Lázaro, miembro de la tertulia ferlosiana del bar El Universo del barrio madrileño de la Prosperidad, amplio conocedor de la ferlosía –en el decir de Arcadi Espada- se propuso un proyecto gigante: una historia oral, por así decir, del homenajeado, donde se produce todo aquello de interés que le oyó explicar y, por el otro, el grueso de las entrevistas mejores desde el inicio de su carrera literaria (años 50). Lo aclaraba Ferlosio en 1957: “Yo para las entrevistas no sirvo. No puedo contestar rápido. Soy fundamentalmente enemigo de la espontaneidad”. El Ferlosio locuaz, explicativo, de tesis, arde en las presentes páginas junto a todas sus derivas, en edición barata de puro lujo, buen papel y mejor tino a la hora de ordenar el conjunto.

Todo Ferlosio vive aquí, murcielagón de sí mismo, huraño y misántropo hacia el desconocido, joyero de sus rarezas, orfebre de una prosa que cincelaba sin prisa para llegar a sus mejores resultados. Siempre hubo deriva en el pensador, vestido habitualmente como un mendigo (“Yo no me visto sino que me pongo ropa”), comedor de pizzas o galletas por la calle (“Tengo un paladar de esparto”), en zapatillas viejas y a cuadros largo tiempo en el Café Comercial por las tardes, a las seis o siete de la mañana con barba de pescadero, benjamín de champán, cinta de lomo y garrota fiel. Sostiene Miguel Ángel Aguilar que todos los ferlosios fueron especialistas en lo mismo, hacerse daño a sí mismos; sostenía Francisco Umbral que Ferlosio era el único pensador al que se le toleraba hoy pensar una cosa y mañana la contraria. La única realidad es que siempre despreció la burguesía, las formas, a los señoritos, y hay orgullo en sus andrajos, a pesar de ser confundido habitualmente con un mendigo en redacciones de periódico y bares. Fue un Nietzsche de sí mismo: ajeno a dogal, sin doblar la rodilla, en derrota pero jamás en doma, indiferente a la zanahoria habitual colgando del palo, sin hacer caso a prebendas, tajadas, trepar por la cucaña y tantos santos oficios literarios patrios con su cola de fieles.

Viene el Ferlosio que monta broncas a los camareros del Café Comercial y, a la hora del cierre, aparece en pijama con abrigo a pedir perdón. Viene el Ferlosio que se presenta en ABC, avisan en la redacción que hay un pobre en el vestíbulo y no se marcha hasta que se lea en su totalidad el artículo que trae a cuestas (generalmente, por Santiago Castelo o Alfonso Armada). No sale pero podría el Ferlosio que alguna vez le dijo a Miguel Ángel Aguilar, príncipe de los periodistas españoles, una frase que es toda una novela: “No tengo dinero para ir a pedirle dinero a Carmen Martín Gaite”. El Ferlosio de Coria, el viajante en tren con un carrito de la compra lleno de libros que compra ropa en los chinos, la pone hasta que no da más y la tira sin lavarla en pos de otra igual de nueva y mala. El libro no escatima los llamados disparates de Ferlosio, para Javier Pradera era un auténtico compilador de saberes inútiles, pero la mayor orla es su monacato, el sabio y trabajador incansable de la escritura, quien publicó apenas un séptimo de lo escrito, quien a base de dexidrina y soledad se propuso una alta gramática –en la ola de Karl Bühler- que jamás consiguió ver la luz en España. Miles y miles de folios convertidos en lo que más quiso, los llamados pecios: “pedazo o fragmento de la nave que ha naufragado”. Pura épica y mito colosal.

Era entrañable el Ferlosio de silla de tijera y termo mientras esperaba la entrada para los toros de Las Ventas. Es entrañable el estudioso de los animales, de las fábulas de Esopo a Collodi, de los tratados sobre la guerra (polemología) y, sobre todo, uno crucial, aquel que separa literatura y habla, literatura y conversación, siempre devoto de eso mismo, el habla, la distinción entre conversación y escritura, por un lado; quien distinguía siempre sobre el papel lo anímico de lo mental y lingüístico: “Que un autor quiera penetrar con su palabra en lo que es esencialmente confuso e inefable como son los sentimientos, eso me pone muy nervioso y acabo cerrando el libro”, por el otro. Las virtudes objetivas no debían substituirse por elementos psicológicos e individuales con el pretexto de explicar la acción. Rechazaba Ferlosio los abusos de la psicología, el corpus de casi todas las novelas actuales, no creía en tales inventos arbitrarios y, en último término, entendía cómo nadie podría precisar con precisión o definir lingüísticamente un sentimiento, campo por completo confuso, por lo que el novelista honrado debería limitarse a constatar lo que hacen y dicen sus personajes pero nunca inventar lo que ocurre en abismos insondables del alma que, en el fondo, les lleva a decir lo que dicen. La poética sería un viejo refrán sefardí: “Con dizir flama non se quema la boca”.

Le propusieron la Real Academia y la rechazó, le propusieron que institutos de enseñanza media llevasen su nombre y amenazó con denuncias, dejó la ficción tras un almuerzo de pompa y boato donde confirmó el grotesco papelón del literato, a nivel social, en España. Dejó de acudir a las grandes reuniones de El País en José Luis (“En esa tertulia se habla de personas y no de asuntos y a mí lo que me interesa son los asuntos”) y poco se fijó en grandezas o competiciones estériles (“Lo propio del hombre no es medirse con otros hombres sino ocuparse de los asuntos”). Grande Rafael Sánchez Ferlosio, muy grande, más cerca todavía gracias al libro insustituible de José Lázaro, lupa en el camino, donde la verdad del literato y pensador titila como estrella en la mejor noche del alma, crónica y velocidad de un tipo justo, ajeno a lucro y enriquecimiento, obrero de las letras y siempre paciente trabajador a quien apetitos comunes y rentas disfrazadas nada decían. Casi por un milagro, Premio Cervantes, puesto en limpio y para siempre, merecidísimo y sin las últimas estafas –políticas, por supuesto- del galardón. Gracias, José Lázaro, por esta aventura peligrosa con hechuras de rotundo prodigio.

A título de coda o despedida pediría al lector entusiasta e inteligente que fijase su atención en los lugares. Es otra novela desde donde Ferlosio habla y lo que dice. Su ciudad es espléndida y Ferlosio la describe en pleno y convulso amor: “No siento en Madrid agresividad alguna ni he hecho nunca fines de semana, porque no he trabajado nunca. Me voy a mi pueblo dos o tres veces al año porque me gusta y estoy allí uno o dos meses, pero no huyendo de nada”. La gran fortaleza del escritor –me atrevería a considerar- es su naturaleza. Una vocación, el esfuerzo dentro de la misma y esa condición de “escritor profesional”, por la que se define al poco de recibir el Premio Nadal y de la que no se movería el resto de años posteriores sin pedir peras al olmo, consciente de las migajas de la misma, ajeno a embelecos o promesas de riqueza en los ciegos habituales, obrero y trabajador sin ganas o gula por nombradía y humo. Un escritor, nada más, lo más serio y honrado posible.

Diego Medrano.



Del que hace punto, e incluso a veces jerséis…, por Fernando Valls

Texto publicado originalmente en Infolibre.

Pocos escritores españoles se han mostrado tan reacios a conceder entrevistas como Sánchez Ferlosio y, sin embargo, en Diálogos con Ferlosio (Triacastela), de José Lázaro, tienen un volumen entero plagado de conversaciones con tan esquivo autor. Y aunque no estén todas, se trata de una generosa selección, si bien las que se nos dan aparecen completas, sin los cortes que a veces sufrieron a la hora de ver la luz.

La más antigua data de 1956, y se publicó en La Vanguardia. El escritor tenía entonces 28 años. Y la más reciente, fechada en el 2017, apareció en la revista Campo de Agramante, de la Fundación Caballero Bonald. Lo curioso es que entre 1958 y 1982, no se recoja ninguna, y que la mayoría sean posteriores a 1987, aunque vuelva a haber otro periodo de silencio entre 1995 y el 2000. Sea como fuere, estas entrevistas suelen concentrarse en los momentos en que publica un libro o le conceden un premio (el Nadal lo obtuvo en 1956), y lo probable es que se prestara a ellas por insistencia del editor, para llamar la atención sobre los libros. A pesar de que en casi todas Ferlosio empiece a la defensiva, conforme avanza la conversación y el interlocutor muestra que conoce la materia, va bajando la guardia, extendiendo y matizando sus respuestas. En otras ocasiones, el entrevistador —pretencioso, poco informado o cultivador del lugar común— choca contra un muro que no logra franquear. El prólogo del volumen, cuyo autor es responsable de una buena biografía de Luis Martín Santos, resulta útil y clarificador, y la información final, sobre la procedencia de estas conversaciones, incluso sobre aquellas que no han sido recogidas en este libro, me parece imprescindible. A ello hay que sumarle un clarificador artículo final de Miguel Delibes, sobre el que luego volveremos.

La entrevista es un género que aprecian muchos lectores y que para los historiadores de la literatura y para los críticos suele ser a veces una bendición de los dioses. Quizá lo que se comente en una de ellas no resulte siempre significativo, pero cuando las ideas se repiten, o se amplifican y matizan en varias, como ocurre en este libro, me parece que adquieren un gran valor. Téngase en cuenta, además, que algunas fueron respondidas por escrito, a partir de un cuestionario, con lo que los juicios resultan más certeros.

Sea como fuere, nos encontramos con una serie de ideas que se repiten: el rechazo casi absoluto de sus libros de ficción, matizado en los casos de Alfanhuí, que era también la novela preferida de su padre, y de El testimonio de Yarfoz, cuyo episodio preferido es el de los babuinos mendicantes, confiesa en varias ocasiones. No olvidemos que esta última novela está dedicada a Demetria, su segunda y definitiva mujer. En la entrevista de 1956 afirma que prefiere El Jarama, quizá porque acababa de aparecer, novela que su autor consideraba un invento de Castellet para poder sostener sus tesis sobre la importancia del behaviorismo. Después, en diversas conversaciones, explica cómo la hizo, lo mucho que tiene de artificio. En cambio, sobre los cuentos, algunos extraordinarios, como en el caso de “Dientes, pólvora, febrero”, no siempre opina lo mismo, ni tampoco sus interlocutores se interesan especialmente por ellos.

Tras el homenaje que le rinden en el café Varela de Madrid, organizado por Rodríguez Moñino, por haber ganado el Nadal, este resulta ser una epifanía, al darse cuenta del bochorno que le producía tener que desempeñar el grotesco papelón de literato. Visto desde hoy, resulta cuando menos curioso que a muchos novelistas jóvenes y no tan jóvenes parezca interesarles más desempeñar justo ese papel que Ferlosio tanto aborrecía.

Creo que la mayoría de estas conversaciones se centra en sus artículos y ensayos, en sus ideas sobre el mundo, las teorías políticas, los avatares de la sociedad española, la guerra, la fobia a Ortega y Gasset (por su frivolidad, y a sus ortegajos, animadversión que heredó de su padre), al patriotismo (debería llamarse –precisa— nacionalismo), a la celebración del V Centenario y –en general— a todos los grandes fastos, a Walt Disney y a Felipe González (a quien tacha de Pinocho, “mentiroso de siete suelas”, p. 147), a la publicidad, aunque le gustaba precisar que con la excepción del anuncio de Tintes Iberia, de antes de la guerra, y al deporte profesional, que considera una práctica “intrínsecamente fascista” (p. 131).

Ferlosio comenta, en suma, que el país ha perdido todas las pasiones, pues “tiene el alma como una pescadilla blanca y fría” (p. 142). No es infrecuente, además, que califique sus ensayos de forma despectiva, bien como “hojas parroquiales” (p. 70), bien como el “sermón de un cura enloquecido” (p. 71). Lo cierto es que no solo se descalifica él (“Me tengo por un chisgarabís”, p. 125; se acusa de moralista y cargante, p. 269; o confiesa ser —esta es mi preferida— de vidrio vanidoso (pp. 421 y 422), sino que también cuestiona a menudo su obra, y no parece que se trate, en ninguno de los casos, de una captatio benevolentia. En cambio, algunos de sus habituales seguidores parecen groupies, con lo que aquellos juicios suyos tan extremos quedan compensados de inmediato por estos otros demasiado entusiastas.

Se ocupa, además, de otras muchas cuestiones de interés. Así, distingue entre Cultura e Ilustración (p. 411), entre los personajes de carácter y los de destino (p. 369), nos cuenta cómo lee (p. 153), qué son los pecios (pp. 189, 394-396 y 406) o en qué consiste la frase (p. 118) y la hipotaxis que tanto cultivó (pp. 208, 252, 256, 395, 420, 425, 438 y 461). Y confiesa que la edición de Alfanhuí la pagó su madre y que el dibujo que aparece en la cubierta es obra suya; pero también que el origen de El testimonio de Yarfoz es un cuento titulado “El fin de la octava guerra barcialea” (pp. 94, 109).

En 1956 anuncia libros que nunca llegaron a publicarse: la novela Los encinares y un volumen de cuentos, pues recuérdese que el primero que vio la luz, El geco, data del 2005. Como tampoco se llevó nunca a cabo la versión cinematográfica de su primera novela, aunque en 1986 cuente que Manuel Matji estaba escribiendo el guion.

Aquí y allá recuerda que su autor favorito de ficción es Kafka (“en el terreno literario ‘no ha salido nada bueno después de Kafka”, afirma en el 2004, p. 316), decantándose por América y El castillo. Recuérdese, además, que Yarfoz es también un agrimensor y que en su casa tenía a la vista una pequeña foto del praguense, tal y como nos cuenta Gabriel y Galán, quien nos lo presenta en 1986 con cayada, y como “un humilde fraile franciscano sabio, radical, irreductible y algo alucinado” (p. 77).

En aquella temprana conversación de 1956, Ferlosio cita entre sus escritores preferidos a Conrad y a Dos Passos, y treinta años después afirma leer con gusto las novelas policiacas de Ross MacDonald P. D. James, sobre todo –de esta última— La octava víctima. A ellos cabría añadir al periodista vienés Karl Kraus y la pieza de teatro de IonescoLa cantante calva, que considera una obra genial. También confiesa haber releído el Calila y Dimna, libro del que recientemente nos ha dado una versión actualizada José María Merino. Y, sin embargo, ya en 1957 anunciaba estar dedicado a estudiar el lenguaje, en especial la Teoría del lenguaj, de Karl Bühler. Sus preferencias, además, se decantan por AdornoMax Weber y Walter Benjamin, sobre todo por su ensayo “Carácter y destino”.

Y por lo que se refiere a la literatura española, en 1957 afirma apreciar a Juan de Mena, “por encima de los Garcilasos y los Boscanesfray Luises Góngoras” (p. 57), lo que no deja de resultar un juicio estrambótico. Si a ello le sumamos sus disparatadas afirmaciones sobre Lope de Vega (“es un falso prestigio mundial, siendo un chapucero intolerable”, p. 154) y lo displicente que se muestra con Quevedo, autor que no le resulta simpático, y con Góngora, cuesta trabajo entender qué lectura había hecho de los clásicos españoles. Y menos mal que salva a Cervantes. El párrafo que le dedica a las cabalgaduras (caballos, mulas y burros) de Don Quijote, Sancho y luego Jesucristo al entrar en Jerusalén, resulta hilarante, puro Ferlosio.

Si nos fijamos en sus opiniones sobre la literatura española contemporánea, Clarín no le parecía un buen novelista; sí le interesó, en cambio, el Machado de Juan de Mairena. De Baroja nos dice que tiene libros divertidos, y sobre Unamuno que cuenta con muchos de su interés, aunque sus versos le parezcan horribles… (p. 471). Y, sin embargo, reconocía la influencia de Gómez de la Serna sobre su primer libro (p. 397), pero sintió una gran antipatía por su discípulo Jardiel Poncela (pp. 197, 246, 389), hasta el punto de que dejó de acudir a una tertulia de amigos porque le irritaba su presencia y opiniones. En cambio, Arturo Barea le parece “muy buen escritor” y La forja de un rebelde, muy buena novela (p. 479). Sus juicios sobre Cela y Delibes varían con el tiempo. Del primero, que lo apoyó en sus inicios, tiene una pésima opinión (“es un hombre que todo lo envilece”, que escribe siempre el mismo libro con una voz campanuda…), aunque acabe siendo consciente de que ha sido ingrato con él, pero no por ello deja de considerarlo un “abusón”. A Delibes lo crítica (“no me interesa nada”, afirma en 1988; pero en el 2004 sostiene que es una persona a la que siempre estimó), para finalmente elogiarlo. Sí era de su gusto la obra de Juan Benet, a quien también elogia como dibujante, no así la de Carmen Martín Gaite, cuya obra de ficción no aprecia, quizá con la excepción de Caperucita en Manhattan, y cuyo mejor libro opina que es el dedicado a Macanaz. Ferlosio no se consideraba un niño de la guerra civil, como los llamó Josefina Aldecoa, puesto que la pasó en Italia, y toda la literatura de su generación —amigos cercanos, muchos de ellos— le parece malísima, horrible (p. 385). Sí apreciaba, en cambio, los ensayos de Fernando Savater, sin que por ello dejaran de tener sus disensiones, como también ocurrió con Agustín García Calvo, otro amigo cercano. Y respecto al cine, su gusto parece haberse quedado detenido en Chaplin, en películas como Tiempos modernos que consideraba la mejor película del siglo XX (p. 221).

No menos valiosos resultan sus recuerdos familiares, bien sean sobre sus padres, o sobre algunos de sus hermanos, sobre todo de Chicho, su preferido, sobre su infancia en Italia o a propósito de la estrecha relación que mantuvo con su hija Marta, fallecida en 1985. En recuerdos como los que se recogen en estas entrevistas se basa el útil libro de J. Benito Fernández (El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía, Árdora, Madrid, 2017). En cambio, apenas se dice nada, o mucho menos de lo que nos hubiera gustado, de Carmen Martín Gaite.

Ferlosio no fue otra cosa que un escritor profesional. Se ganó la vida con los artículos y los premios que obtuvo, más que con las ventas de sus libros, quizá con la excepción de El Jarama, lectura escolar durante muchos años. Siempre se negó a desempeñar el papel de intelectual al uso, aceptando salir a escena en muy escasas ocasiones. Y, sin embargo, el objetivo de sus artículos y ensayos —lo formula con claridad en 1986— consiste en: “influir, terciar, señalar y, si es posible, dilucidar los desastres generales que nos rodean (…), cambiar el mundo” (p. 81).

Me parecen muy buenas las tres fotos del escritor que se reproducen en el libro y que corresponden a momentos distintos de su vida. En la que aparece en la cubierta (se publicó en la revista La hora, en 1957, y es obra de Besabe), está con su hija Marta, muy pequeña mirando directamente a la cámara, con el mismo rostro de su madre. Ferlosio en cambio, entonces un hombre joven, atildado y apuesto (“yo era guapito”, admite, y quizá por ello Aldecoa lo llamaba –con cierta sorna— el Príncipe de las Letras, p. 147 y 148), se parece aquí a su padre, Rafael Sánchez Mazas. La segunda foto es del mismo autor y procede de la misma publicación y fecha. En ella nos encontramos a un Ferlosio más meditativo y ensimismado. Mientras que en la tercera (obra de Alberto Ferreras, publicada en El Correo en el 2017) aparece vestido con una chilaba, hundido en un sillón rojo, color que se impone, con el rostro serio, meditabundo.

A pesar de que le gustaba repetir que sabía hacer punto, pero no jerséis, es decir, que le gustaba escribir, pero que no era partidario de cultivar los géneros canónicos, fueran estos la novela, el ensayo o el aforismo, me parece que nos ha dejado excelentes novelas y cuentos, artículos y ensayos, y entre esos textos que él llamó pecios, buenos aforismos y microrrelatos. Pero la conclusión que puede sacarse, tras la lectura del conjunto, es que a sus entrevistadores les interesaban mucho más sus opiniones culturales y literarias, que las políticas. Sea como fuere, nadie que estudie o quiera entender la obra de Sánchez Ferlosio podrá prescindir de este libro.

Fernando Valls.



Brindis al sol: Entrevistas y conversaciones, por Alberto González Troyano

Texto publicado en el  Diario de Sevilla,  lunes, 20 de enero, 2020

Aunque se admita que el sentido de una obra va por un lado y la biografía del autor por otro; aunque se repita que una creación cobra autonomía respecto a la persona que la escribe, siempre la vida y las ideas de un escritor despiertan curiosidad. El lector que ha sido tocado por la gracia y el gusto de una obra bien hecha rara vez se conforma con la referencia de un simple nombre escrito en la cubierta del libro. Quiere saber más. El proceso creador y el cómo y el porqué se escribe un libro llaman la atención e incluso se confía que la trayectoria biográfica -los lugares en que ha vivido el escritor, los libros leídos, los conflictos padecidos- ayudará a comprender mejor las páginas impresas. Por eso las biografías de escritores se han convertido en género tan socorrido: porque se espera que la vida de Cervantes permita entender las andanzas de Don Quijote. Otro tanto cabe decir de las autobiografías, que desempeñan otro papel auxiliar en el entendimiento de una obra. Pero aún existe otro género, más reciente, más ligado a la llegada del periodismo, que cumple con esa misma función complementaria: la entrevista. Un ejercicio realizado entre dos, a veces frente a frente y mano a mano, en un duelo dialéctico, en el cual uno, el entrevistador, pregunta, hurgando y haciéndose eco de las cosas que los lectores quieren conocer, y el otro, el autor, explica, revela datos y construye la imagen pública que quiere exhibir. Gracias a este intercambio, las entrevistas han sacado a relucir intimidades, amores, odios y deseos personales. Testimonios que han servido para esclarecer episodios de novelas, estrofas de poesías o el origen de una reflexión. Incluso, a veces, una prolongada entrevista se ha transformado, como ocurrió en las Conversaciones con Eckermann, de Goethe, en el mejor documento literario de una época.

Una editorial española se ha percatado del valor latente en este género literario, que cuenta con gran potencial por aglutinar las funciones de confesión, biografía y crítica. Y así, esta editorial, Triacastela, lo ha convertido en la especialidad de su colección Biblioteca Deliberar. En su último volumen, Diálogos con Ferlosio, su editor, José Lázaro, recoge casi una cincuentena de entrevistas, realizadas a lo largo de la vida literaria de Rafael Sánchez Ferlosio. Un valioso intento que reconstruye obra y personaje de este reciente Premio Cervantes. Entrevistas y conversaciones que pueden permitir el mejor acceso a uno de los escritores españoles más riguroso -y también más intimidante- del último medio siglo.

Alberto González Troyano



Habla el grafómano, por Manuel Arias Maldonado

Habían transcurrido apenas unos meses desde el fallecimiento de Rafael Sánchez Ferlosio cuando llegaban a las librerías, a finales del año pasado, estos Diálogos que José Lázaro empezó a compilar en vida del escritor. De hecho, el título que llevaba inicialmente su prólogo afirmaba que Ferlosio «no era de este mundo» y hubo de ser modificado. No cabe duda, sin embargo, de que Ferlosio nos ha dejado un mundo. Y estas conversaciones, que arrancan en 1956 y se cierran en 2017, sirven para enriquecerlo: hoy nos devuelven a un Ferlosio entrañable y mañana servirán de complemento a su obra escrita. No en vano, Ferlosio se ve obligado aquí a hablar de sí mismo y a dar explicaciones sobre su obra; no es poco. Ni que decir tiene que esta compilación no cambiará la opinión de quienes nunca han tenido interés por Ferlosio o lo hayan perdido por el camino; para los demás, miembros de una parroquia decreciente, la cita resulta ineludible.

Hablamos de sesenta años de conversaciones; se dice pronto. Las primeras tienen como motivo la concesión del Premio Nadal a El Jarama en 1955; las últimas coinciden con la publicación de sus ensayos reunidos y lo encuentran ya «muy viejo para entrevistas». Entre medias, sin embargo, hay un hiato formidable: entre 1957 y 1983 Ferlosio no habla con nadie. Sabido es que durante buena parte de ese tiempo nuestro autor prefirió dedicarse al estudio de la gramática, menester para el que se ayudaba de anfetaminas que le permitían trabajar 48 horas seguidas a pleno rendimiento y otras 48 a medio gas; un tema que Ferlosio y Sánchez Dragó trataron como connoiseurs en el programa televisivo del segundo, recogido en estas páginas. A principios de los 80, después de ser salvado de la «animalización» por el propietario del piso donde vivía, Ferlosio regresa con fuerza al ensayo y a una narrativa que abandonaría definitivamente con la prodigiosa El testimonio de Yarfoz. En esa época habla con Blanca Berasátegui, José Antonio Gabriel y Galán, Julio Llamazares; luego, manteniendo ya un ritmo estable de publicaciones, comparecen Alfonso Armada, José Andrés Rojo, Arcadi Espada. Pero también se encuentra en este volumen la entrevista inédita que Félix de Azúa hizo a Ferlosio para la revista Archipiélago en 1997, incluidas las acotaciones críticas de este último, así como un preciso retrato que de él hiciera Miguel Delibes por 1960. Yo solo he echado de menos, precisamente, la conversación en torno a la vida rural que Ferlosio mantuvo con Miguel Delibes de Castro, biólogo e hijo del escritor, para el diario ABC en diciembre de 2005.

Se tiene la impresión de que la mayor parte de estas entrevistas tienen lugar a regañadientes y contra la voluntad del entrevistado. Ferlosio se declara «fundamentalmente enemigo de la espontaneidad» y de ahí que en ocasiones recurra al cuestionario, un formato que le permite suprimir aquellas preguntas que juzga superfluas o siente incómodas. Si no sirve para las entrevistas, empero, es también porque recela de «la simplicidad de la síntesis». Pero este cultivador de la frase larga y sinuosa sabía también expresarse de manera concisa; de ahí la justa fama de sus pecios, que él mismo emparenta con Karl Kraus antes que con su venerado Theodor Adorno. El formato de la entrevista, que limita la extensión de las respuestas, no es entonces obstáculo para que Ferlosio luzca su ingenio: puede responder con malhumor al cliché periodístico (preguntado en en qué época quisiera vivir, responde que «en ninguna, y menos que en ninguna en esta»), dar rienda suelta a sus fobias personales («Lope de Vega fue un chapucero, un mamarracho y un sinvergüenza»), crear imágenes formidables («la araña roja del ridículo») y aforismos perdurables («La hora de la victoria de los débiles suena siempre de noche y en invierno»), así como enunciar sobriamente una ambivalencia universal («En ocasiones uno busca la soledad, pero otras no, y echa uno de menos la compañía»).

Cuando nuestro autor habla de sí mismo, la condición de hombre de letras prevalece sobre las demás aun a pesar suyo. No es que Ferlosio se identifique con el gremio, aunque allá por 1955 bajase una vez la guardia y se declarase «escritor profesional», ni se tenga por un intelectual público pese a su confesa vocación de influir en el público. Lo que sucede es que su conocimiento del mundo se debe a la palabra escrita, igual que sus actividades principales fueron siempre el estudio y la escritura. Hablando con Alfonso Armada, dice Ferlosio de sí mismo que es «un animal sin instinto y un hombre sin experiencia», razón por la cual no puede definirse: «solo tengo exterior». Esa falta de experiencia vital desemboca en lo que él mismo mismo llamaría una «autorrepresentación» cuya punzante belleza justifica por sí sola la publicación de este volumen: «He pasado por el mundo o el mundo ha pasado por mi alma como el sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo». ¡Sublime! Este rechazo de la «profundidad» explica su alergia al psicologismo literario y su preferencia por los personajes literarios que hablan y actúan, abjurando en cambio de la verbalización omnisciente de la interioridad, ya que «nadie puede saber cómo se define lingüísticamente un sentimiento». Y ello pese a que en algún momento dirá que sus pecios son sentimientos antes que pensamientos.

Que Ferlosio haya pasado por el mundo como el sol por el cristal no significa que su relación con el mundo haya sido pacífica. Aficionado a los periódicos e inclinado a la vida pública, escribía según nos dice «por reacción, no por acción». La indignación resultante lo convertía no pocas veces en un sermoneador, el «cura párroco» que solo encuentra motivos para la queja y olvida momentáneamente cuán peligroso es cargarse de razón. Pero no es ése el Ferlosio dominante en estas páginas, donde topamos a menudo con su minusvalorado sentido del humor. Así, cuando explica que no hay ningún mérito en amar lo propio, sino que en todo caso la virtud estará en amar Portugal siendo uno extremeño y viceversa, concluye que «ya hace falta estómago para poder amar la historia de España, o bien la de cualquier otro país». O cuando presenta su opinión sobre el nacionalismo a través de una anécdota, recordando cómo durante su servicio militar en Marruecos se familiarizó con el habla popular de toda España en contacto con sus compañeros, con una excepción: «solo los catalanes, que eran doce, hablaban en su lengua; tenían un portavoz para las relaciones exteriores, un chico llamado Caparrós, tal vez dependiente de comercio». Y desarrollando la idea de que los espectadores disfrutan de un «derecho narrativo» a que las cosas sucedan de un modo previsible, apunta que «incluso hay actores especializados en un destino fijo: por ejemplo, Borgnine casi siempre se sabe que va a ser “el que se va a morir”». En cuanto al periodismo contemporáneo, en fin, aduce que el uso de la negrita para enfatizar nombres o ideas es la medida de un amarillismo nefasto que «está ya en los ojos de los periodistas, como una ictericia».

He aquí, en definitiva, un libro que merece leerse por la exactitud de su lenguaje y la felicidad de sus ideas. No sabemos si tendrá lectores dentro de 20 años, pero Ferlosio fue el primero en enseñarnos a no pensar en el éxito ni en la posteridad: leámosle con el júbilo desinteresado con que él mismo se deslizaba cuando niño, pinaza abajo, en la añorada villa de su abuelo italiano.

Manuel Arias Maldonado



Entrevistas y conversaciones por Alberto González Troyano

Publicado originalmente en el Diario de Sevilla,  lunes, 20 de enero, 2020      

Aunque se admita que el sentido de una obra va por un lado y la biografía del autor por otro; aunque se repita que una creación cobra autonomía respecto a la persona que la escribe, siempre la vida y las ideas de un escritor despiertan curiosidad. El lector que ha sido tocado por la gracia y el gusto de una obra bien hecha rara vez se conforma con la referencia de un simple nombre escrito en la cubierta del libro. Quiere saber más. El proceso creador y el cómo y el porqué se escribe un libro llaman la atención e incluso se confía que la trayectoria biográfica -los lugares en que ha vivido el escritor, los libros leídos, los conflictos padecidos- ayudará a comprender mejor las páginas impresas. Por eso las biografías de escritores se han convertido en género tan socorrido: porque se espera que la vida de Cervantes permita entender las andanzas de Don Quijote. Otro tanto cabe decir de las autobiografías, que desempeñan otro papel auxiliar en el entendimiento de una obra. Pero aún existe otro género, más reciente, más ligado a la llegada del periodismo, que cumple con esa misma función complementaria: la entrevista. Un ejercicio realizado entre dos, a veces frente a frente y mano a mano, en un duelo dialéctico, en el cual uno, el entrevistador, pregunta, hurgando y haciéndose eco de las cosas que los lectores quieren conocer, y el otro, el autor, explica, revela datos y construye la imagen pública que quiere exhibir. Gracias a este intercambio, las entrevistas han sacado a relucir intimidades, amores, odios y deseos personales. Testimonios que han servido para esclarecer episodios de novelas, estrofas de poesías o el origen de una reflexión. Incluso, a veces, una prolongada entrevista se ha transformado, como ocurrió en las Conversaciones con Eckermann, de Goethe, en el mejor documento literario de una época.

Una editorial española se ha percatado del valor latente en este género literario, que cuenta con gran potencial por aglutinar las funciones de confesión, biografía y crítica. Y así, esta editorial, Triacastela, lo ha convertido en la especialidad de su colección Biblioteca Deliberar. En su último volumen, Diálogos con Ferlosio, su editor, José Lázaro, recoge casi una cincuentena de entrevistas, realizadas a lo largo de la vida literaria de Rafael Sánchez Ferlosio. Un valioso intento que reconstruye obra y personaje de este reciente Premio Cervantes. Entrevistas y conversaciones que pueden permitir el mejor acceso a uno de los escritores españoles más riguroso -y también más intimidante- del último medio siglo.

Alberto González Troyano



El ogro filológico por Manuel Gregorio Fernández

Publicado originalmente en El Diario de Sevilla el 19 de abril de 2020

Se recogen aquí, en único volumen, buena parte de las entrevistas que Rafael Sanchez Ferlosio concedió en su fértil y misteriosa vida. Misteriosa, incluso para él, dado los largos trances alucinatorios que el autor propició y se infligió durante años, y que fueron el germen de una parte importante de su obra. No hay, sin embargo, misterio alguno respecto del contenido último de las presentes páginas. De las entrevistas que el lector tiene ante sí, oportunamente agavilladas, se desprende una única pasión, escandida en dos pliegues o facetas. Es la vieja pasión barroca del poder, con la no menos barroca deploración del gobierno y un análisis del conocimiento, de su deformidad y sus fallas. Esto es, un análisis del discurso.

Para Ferlosio, el buen discurso es aquel que aprovecha “al máximo los recursos gramaticales; la frase antiazoriniana y bien articulada, por decirlo de alguna manera”. Esto es lo que le responde a Juanjo Fernández en 1987, después de confesarle que lo que le interesa, verdaderamente, es la teoría del conocimiento. La parte más adventicia de esta pasión ferlosiana es, claro, la máscara fugaz de quien detente el poder en esa hora (sus exabruptos sobre Reagan, Tatcher, Wojtyla, etcétera, nos llegan amortiguados por un infranqueable muro de tiempo); no obstante, sus apreciaciones sobre el idioma son, a un tiempo, más personales y gozan de una mayor vigencia. Más personales, por cuanto sus críticas a la prosa lírica de Ortega -o a la parvedad sintáctica de Azorín-, no dejan de ser una defensa tan subjetiva, como acaso ingenua, de su teoría del “galeón”, donde la frase debe ser una frase amplísima, largamente subordinada, y donde el sujeto principal venga abrigado, cual galeón de línea, de toda la vasta utillería que, necesariamente, lo apareja. Y de mayor vigencia, porque, con o contra Ortega, está postulando una forma precisa de comunicación, más sujeta a la utilidad que a la moda.

De toda esa necesidad de precisión, ordenada en diferentes años y entrevistadores (Azúa, Del Pozo, Llamazares y muchos otros), con un apéndice de Miguel Delibes, dan cuenta estas sólidas e inteligentes páginas.

Manuel Gregorio González



 

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