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Yo hice una película que se llama Eva al desnudo. Si hubiera querido hacer Adán al desnudo, no me habría dado ni para un cortometraje.

Joseph L. Mankiewicz

La mujer es un ser plenamente instalado en su cuerpo, mientras que el hombre vive el suyo como un simple instrumento; lo que no significa que la mujer esté presa de su fisiología. La capacidad femenina para llegar al deseo a través del amor contrasta con la dificultad masculina de alcanzar el amor a partir del deseo; lo que no tiene nada que ver con las tesis más rancias sobre el sentimentalismo femenino. La tendencia de la mujer a las relaciones personales se opone a la querencia del varón por las objetales; lo que no implica poner a los hombres en la cola de las especies animales. La dinámica masculina con el poder contrasta con la dialéctica femenina del querer; lo que nunca debe ser una excusa para perpetuar la sumisión de la mujer. Pg. 11.

Hay que superar el tópico, relativo, según el cual las mujeres hacen el amor mientras los hombres follan para mostrar que tanto unos como otras pueden follar o hacer el amor, pero de muy distinta manera, porque hacer el amor supone la posesión gozosa y mutua del cuerpo amado, pero también la entrega indefinible del alma que realmente ama. Pgs. 11-12.

El hombre desea y solo después puede llegar a amar, mientras que la mujer aspira a amar y ser amada desde el momento mismo del encuentro que hace nacer el deseo. Pg. 24.

Las diferencias profundas entre lo masculino y lo femenino, que las hay, se encuentran en la forma de instalarse en el propio cuerpo, en el sentido que se da al cuidado del otro, en la relación con las cosas, en el juego acción-pasión, en centenares de matices maravillosos… Pg. 12.

El motor de la búsqueda siempre es el deseo, da igual que sea un deseo alimentado por la necesidad o un deseo nacido de la imaginación del bien desconocido. El amor, en cambio, supone una dinámica totalmente distinta, pues su meta está en el encuentro con el sujeto, no en la posesión del objeto. El deseo se concreta en una captura del objeto deseado, que es hipotética y necesariamente futura. El amor busca la fusión completa, que tiene su comienzo en el establecimiento de la comunicación tras el contacto. La dinámica del deseo es la dinámica del objeto, la dinámica del amor es la dinámica del sujeto. Pgs. 30-31.

¡Somos [los hombres] tan previsibles, tan elementales, tan lineales en nuestras respuestas, indefectiblemente ligadas al deseo o al poder! Pg. 35.

Las mujeres no son pasivas, son activas, diga lo que diga toda la cultura occidental desde Aristóteles hasta Freud. Ahora bien, no son activas instrumentalmente, no manejan la naturaleza para utilizarla y seguir adelante sin más. No, no: la mujer actúa y se instala en lo actuado, mientras que el hombre actúa pero no se instala en lo actuado. Y eso te lo encuentras en las islas Trobriand, te lo encuentras en la cultura china y te lo encuentras en todas las culturas históricas. Pg. 39.

A mí el hombre me interesa poco, creo que ya quedó claro, por su evidente simplicidad. Sin embargo, no puedo obviarlo, por dos razones fácilmente comprensibles: la primera es que pienso desde un cuerpo de hombre y pretendo pensar sobre el cuerpo de la mujer. La segunda es que, en la comparación equidistante, si tal equidistancia existe, creo encontrar la posibilidad misma de acercamiento a la realidad que se me muestra, pero que no vivo. De nuevo aquí me apoyo en el rol del voyeur y en su posibilidad de, mirando, vivir lo que mira. Pg. 41.

Recuerda al duque de Borja, el ilustre santo valenciano que ante espectáculo gemelo al que se le presentaba diariamente a la reina de Castilla [Juan la Loca ante el cadáver de Felipe el Hermoso], reaccionó diciendo lo que ha quedado también en la historia y en la leyenda: “Nunca volver a servir a nadie que se me pudra”. Si la muerte del amado lleva a Juana a la locura de acompañarlo, servirlo y acariciarlo mientras se deshace, la muerte de la amada lleva a Francisco a apartarse del mundo y convertirse en santo. Y es ese mundo el que a una la llama loca y la encierra; al otro cuerdo y lo sube a los altares. Una es mujer, el otro hombre. Pg. 74.

Hay hombres que se sienten satisfechos en el ambiente prostibulario de usar y tirar. Los hay en abundancia. Es una triste constatación que se resume, quizá con brutalidad innecesaria, diciendo que el hombre quiere follar y lo hace. La mujer aspira a hacer el amor, a materializarlo en la entrega y en la posesión del otro. ¿Una limitación? Desde el punto de vista operativo, es posible. Pero en el fondo no es una limitación: es el precio de una existencia más armónica, estructuralmente más madura. Pg. 76.

La mujer posee, aunque posea de muchas y variadas formas; aunque posea desde el amor y también desde el odio, desde la entrega y desde la utilización, desde la protección y desde la destrucción. Por eso son tan distintas la pregunta del hombre y la de la mujer cuando se sienten engañados por la pareja con la cual creían haber constituido una comunidad amorosa. La pregunta del hombre, la letal, la que verdaderamente le importa, la pregunta definitiva, no siempre pronunciada pero siempre presente, es una serie, en realidad, de preguntas sucesivas que nunca tienen, en la mente del preguntador, una respuesta lo suficientemente detallada como para resultar satisfactoria: “¿Qué te hizo? ¿Que le hiciste? ¿Te gustó? ¿Te gustó más que lo que yo te hago?” Cuando una mujer descubre que el hombre que decía amarla ha estado con otra, también se plantea una pregunta que teme formular —como el hombre a la mujer que le engaña, diga lo que diga—; esta pregunta, también definitiva, reprimida también por miedo a la respuesta, es a la vez más simple e infinitamente más compleja: “Pero, ¿la quieres?” La mujer no siente el dolor de la traición en el uso del cuerpo y en el deseo que la excluye, sino en la pérdida que supone constatar que el hombre al cual reputaba como suyo ya no lo es, porque hay otra que le disputa con éxito lo que más le importa de él: sus sentimientos, su entrega, su ser mismo, su amor, su alma. Pgs. 155-156.

Hay mujeres que, sobre todo en años mozos de inexperiencia con ideales, conciben su amor como una potencia que puede mover el mundo. Y quien dice mover el mundo, dice mover las costumbres, las debilidades, las mañas y las trapacerías de hombres indefectiblemente más inmaduros, más egoístas y más pequeños como personas que ellas. Pg. 165.

Hay que defender (…) la pasión responsable. Es legítimo y bueno buscar el disfrute. Pero el disfrute inteligente, el que hace que ganemos más de lo que perdamos y el que, nota distintiva importante, no se construye sobre el sufrimiento de los demás. La ascética y la sobriedad siempre las he mirado con suspicacia. El abuso del otro, con horror. Pg. 219.

Al otro se le conoce tratándolo, conviviendo, descubriendo qué hay tras los ropajes que le ponemos, no disfrazándolo sino desnudándolo, y no me hagas chistes, constatando si lo que creíamos y deseábamos es o no es real. Y todo eso en un proceso de aproximaciones sucesivas y de instalaciones progresivas. Equidistante tanto de la lentitud absurda y de las posturas desconfiadas como de la alegría a lo ¡viva la virgen! del que en unas horas cree descubrir, ¡infeliz!, que halló su alma gemela. ¿Que es problemático el proceso que te describo? Pues claro que lo es. Por eso pasa lo que pasa. Pg. 232.

La capacidad de amar es la real e intima posibilidad de poseer al otro al tiempo que se permite consciente y asumidamente que el otro te posea. Ya os he advertido que en esta definición el termino “poseer” no tiene el sentido simple de “tener”. Poseer, en el ámbito del amar, es la intima fusión de dos individualidades en el marco imprescindible del respeto escrupuloso que cada una le tiene a la otra, precisamente porque se poseen sin trabas ni ambages. Porque se aman. Este es el misterio del amor. Aún a riesgo de que me llaméis cursi os lo digo. Posesión incondicional y respeto absoluto, un oxímoron imposible de admitir por los que no son capaces de vivirlo. Y como sin conocer no hay posibilidad de amar, esa posibilidad se da solo en la medida en que se conoce. (…) El amor no produce utilización ni dependencia, que son sus antípodas. No las produce en la relación entre los amantes ni en la conducta de estos hacia los demás que les rodean. Pgs. 260-62.