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Enrique Baca Sociedad

La guerra del coronavirus

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Coronavirus y realidad, por Enrique Baca Baldomero

La humanidad se encuentra en estos días (20 de marzo de 2020) frente a un desafío que la coloca en una situación parecida a la que generaron en el pasado las guerras mundiales. Pero ahora no se trata un peligro bélico.  Al menos por el momento.

Hay una amenaza a la vida de las personas en todo el mundo que no se conoce bien y que, mas allá de su letalidad real, produce efectos graves en forma de “epidemias mediáticas”. Es decir produce, de forma fehaciente y rápida, una infoxicación que es la forma de denominar a una intoxicación informativa global. Globalidad que está favorecida por un hecho insólito en la historia: la difusión instantánea y mundial de la información en las alas de las tecnologías de la comunicación.

Así pues, estamos ante una situación que, repetimos, es global, que no es fácilmente controlable, que genera miedo e incertidumbre y que se propaga con una celeridad pasmosa en su doble vertiente: la infección física de la gente y la infección informativa. La primera provoca enfermedad y muerte, la segunda ataca y destruye el tejido social.

Nadie debería ignorar este hecho y por ello es necesario hacer un doble esfuerzo. El primero, el que hace el sistema sanitario intentando paliar los hechos físicos de la enfermedad y al tiempo luchando para que el propio sistema no se colapse. No es tarea fácil, aunque me temo que los responsables políticos no son aún conscientes de lo que nos jugamos en ese frente, cuyo peso se ha descargado en su totalidad sobre los profesionales sanitarios, esperando que ellos aguanten todo lo que se les viene encima. Pero no podrán aguantar solo con halagos verbales y con los aplausos en los balcones por mucho que nos emocionen y se agradezcan. Es imperativo actuar con decisión racional y sin trucos barriobajeros en la distribución de los recursos y en la elaboración de los necesarios planes de contingencia. Hay que explicar a los que están al pie del cañón lo que se piensa hacer y por qué se piensa hacer eso y no otra cosa (están perfectamente capacitados para entenderlo) y hay que arbitrar los medios y canales para recoger las informaciones de esos profesionales de trinchera, de manera que dicha información llegue a los sanedrines de todo tipo. Si no se hace todo esto, pronto los profesionales entenderán como un sarcasmo ofensivo los halagos que se les dirijan y más aun en la medida en que contrasten con lo que diariamente viven.

Y esto que se dice de los profesionales sanitarios hay que aplicarlo también a los colectivos que mantienen el orden y la estructura social. No se puede tener trasportistas, policías, personal de comercio, repartidores y tantos otros sin los apoyos y las medidas fácticas de protección, pensando que solo la disciplina o el halago los mantendrán a salvo (y sobre todos los mantendrán activos y operativos).

Y ahora hablemos de la información. La información que se da a la población general ha de ser, sin duda, veraz, rápida y continua. Pero la información que se trasmite a los colectivos profesionales ha de ser una comunicación técnica solvente que  permita saber a dichos profesionales por qué se les dice que hagan lo que están haciendo más allá de la expertiseclínica para la cual, afortunadamente,  no necesitan instrucción alguna.

La idea de un grupo de sabios, alejado de la realidad, que piensa por todos, no solo es arriesgada sino que es radicalmente peligrosa en su efectividad real. Y mucho peor si en lugar de sabios tenemos a burócratas empoderados o a expertos de solapilla.

[Un inciso necesario aunque molesto:  España posee una masa cualificada de profesionales de la salud publica (epidemiólogos, preventivistas y salubristas) perfectamente homologable internacionalmente.  Pero en épocas normales se ha producido, en los organismos oficiales que atienden a la salud publica en nuestro sistema sanitario,  intromisiones (políticas a veces, nepotistas otras) de gente que hace real la frase “no son todos los que están” y, en consecuencia, no están todos los que son. Es vital en estos momentos actuar de manera realista y con estrictos criterios de efectividad, corrigiendo estas desviaciones allá donde se manifiesten.  Hay que ser valientes y dar paso a los que saben. No se trata de echar a nadie pero sí de apartar a los ignorantes y a los advenedizos. No es fácil, pero al menos que no estorben].

Sigamos hablando de información. Y centrémonos en lo que mas arriba hemos llamado “epidemia mediática”.  Y aquí hay también dos problemas distintos pero complementarios. El primero es la información que dispensan las autoridades entendiendo por tales los responsables políticos de las acciones. Hay solo una difícil condición para este primer aspecto: No engañar. Y no engañar no es solo no ocultar lo que pasa, también es dar la información de manera comprensible y sin sesgos oportunistas. Aquí los profesionales sanitarios que están incrustados en las esferas de mando tienen un deber inexcusable: no plegarse al tempo político ni al manejo partidista. Y ya hemos visto como no lo consiguen en los momentos más clave del problema. A veces, por muy compresible que sea, no es de recibo decir amén a lo que el poder nos dicta. Mejor irse a casa con la cabeza alta.

El segundo problema lo protagoniza el afán de conseguir la “historia llamativa”. Comprendo que para el periodismo de batalla la tentación de contar la historia llamativa es muy difícil de resistir. Pero las anécdotas han de ser valoradas en razón de su impacto social y, sobre todo, de su posibilidad de ser generalizables. No cabe duda de que toda historia humana tiene un valor por sí misma y toda historia que se relata está ciertamente basada en un hecho real y comprobado. No me refiero en este momento a la verdad del hecho. Sino a su valor divulgativo, a su capacidad de generar ruido, miedo o indignación. Se podrá decir que se pretende exactamente eso: generar ruido, miedo e indignación para que se resuelvan las cosas. Pero me temo que en circunstancias como las que atravesamos no está tan claro que sea la mejor manera de resolverlas. Lo que sí es evidente es la facilidad con la que se convierte en un elemento importante  de erosión del tejido social que tan imprescindiblemente hay que preservar.

¿Hay, por tanto, que callar todo lo que no sea ideal o estupendo en la respuesta que se da al problema? ¿Los que sufren no tienen derecho a que se conozca y se responda a su sufrimiento? De ninguna manera. La función critica de los medios de comunicación es imprescindible. Y aun mejor si se convierten en la voz de los que no tiene posibilidad de ser escuchados.  Pero eso no es una patente de corso para torticeramente alimentar un sensacionalismo alarmista ni, lo que es mucho peor, arrimar el ascua a la sardina de nuestras preferencias ideológicas. Y no solo por sus consecuencias negativas sino porque estamos usando el dolor de la gente.

No cabe duda de que el tremendo asunto que nos ocupa da para mucho más. Pero no se puede acabar sin mencionar dos de sus consecuencias colaterales más graves. La primera es la económica. Se habla y se escribe mucho sobre esto y no estaría de más que se abordase con seriedad y sin pensar que se trata de una mera cuestión táctica. El trasfondo (la alteración de los sistemas y estructuras económicas, las pérdidas de magnitudes escalofriantes y la repercusión en la vida inmediata de cada uno de nosotros) no es fácil de percibir, ni siquiera de concebir, ahora. Los remedios nos remiten, como decíamos al comienzo, a la economía de guerra durante la epidemia y a las reconstrucciones económicas de las postguerras, una vez pase la pandemia. Pero en las guerras del siglo XX siempre había vencedores y en ellos se apoyaba la humanidad para reconstruir. ¿Los habrá ahora? Me temo que la respuesta puede no ser demasiado tranquilizadora.

Pero hay una ultima consecuencia más obscura y no menos preocupante. Las consecuencias políticas. Las opciones políticas revolucionarias (y llamo revolucionarias a las que pretenden asaltar el poder constituido desde una legitimidad autoatribuída) tienen en su ADN la idea de que los momentos de debilidad del sistema que pretenden asaltar son los que hay que aprovechar sin demora y cueste lo que cueste. En su ADN también está inscrito a fuego aquello, tan repetido y tan ignorado, de que el fin justifica los medios; y también aquello, cínico pero efectivo, de que cuanto peor, mejor.

No es un tema que ninguno debamos desdeñar ni menospreciar.

A no ser que decidamos formar parte de la gente definitivamente instalada en la ciudad alegre y confiada que tan bien describió Benavente.

Enrique Baca



Contagio emocional, por Javier Moscoso

Publicado en ABC, 24 de marzo de 2020

En uno de los cuentos más emblemáticos de Edgar A. Poe, el detective Dupin resuelve el misterio de un chantaje, no mediante la aplicación del razonamiento lógico, sino a través de la identificación empática. En «la carta robada», que así se llama este maravilloso cuento, Poe defiende que, para averiguar los pensamientos de otros, no hay nada como comenzar por acomodar nuestras expresiones faciales a las suyas, y esperar a que los mismos sentimientos afloren en nuestro corazón. Por boca del avezado Dupin, el escritor se pregunta si los grandes moralistas, desde Maquiavelo a La Bruyère, no fueron tal vez más que personas dotadas con esa capacidad de hacer brotar en su interior los pensamientos y sentimientos de otros. Tiempo antes de que el filósofo Adam Smith estableciera que la simpatía era el fundamento de la sociedad civil, el suizo Albrecht von Haller, fundador de la fisiología moderna, le había cortado la cabeza a un buey para estudiar sus movimientos post-mortem. Cuando vio brotar una lágrima del ojo del animal, juró que jamás repetiría experimento semejante.

En los tiempos que corren, habría que reconocer que el drama de la nueva pandemia posee una dimensión psicológica y emocional que no puede desatenderse. Las medidas de distanciamiento social, que no son sino una forma suave de llamar al confinamiento, producen un efecto similar al del náufrago atrapado en su isla, aislado y, sin embargo, responsable de mantener sus rutinas cotidianas, sus valores morales y sus virtudes económicas. La circunstancia de que Defoe escribiera tanto un libro sobre la soledad de un náufrago como un diario de la peste nos hace ver hasta qué punto la relación entre el aislamiento y la pandemia, entre los individuos y sus referentes emocionales, no pueden olvidarse en tiempos de tragedia. Dentro de poco seremos capaces de derrotar la enfermedad, pero tal vez pasemos por alto lo que podíamos haber aprendido de nosotros mismos. Hay que recordar que, desde los tiempos de Tucídides, o incluso desde que Apolo castigara a los griegos con la peste, las grandes visitaciones, como se llamaba a estos episodios, nos han puesto en la necesidad de movilizar no solo nuestros conocimientos, sino nuestros recursos emocionales. Nada extraño por otra parte, puesto que no hay relatos sin emociones ni enfermedad humana sin relato. Así que, a medida que avanza la enfermedad, también afloran los sentimientos. Y no todos son bienvenidos ni carecen de consecuencias. Harían mal los responsables políticos en no llamar a la puerta de las humanidades en tiempos de pandemia, pues la batalla no es solo contra el virus, sino contra las metáforas de la enfermedad, de las cuales la historia nos proporciona innumerables ejemplos.

Para empezar, nuestra situación presente puede parecernos única, pero no lo es en absoluto. La gran pandemia de este año, como la peste de 1665, como cualquier otra, no distingue fronteras. Por el contrario, es un fenómeno propio de la globalización que algunos juzgarán cosa de ahora, pero que en realidad ha sido cosa de siempre. Por muy extraño que les parezca a algunos, nunca hemos estado solos. De ahí que hayamos tenido siempre la tentación de pensar que la enfermedad viene de lejos. Al describir la peste que asoló Atenas en el siglo V antes de Cristo, el historiador Tucídides explicaba que la epidemia había surgido en Etiopía, más allá de Egipto. De los valles del Nilo había llegado a Libia, desde donde se extendió por el Peloponeso. Tampoco innovamos demasiado en las soluciones. En la peste de Florencia de 1348, que dio lugar al Decameron, Boccaccio explicaba cómo, para combatir la enfermedad, algunos ciudadanos prefirieron apartarse de cualquier otro ser humano y encerrarse en sus casas; otros optaron por la satisfacción de sus más diversos apetitos y hubo también quien, ante la rapiña y el desorden, prefirió abandonar sus posesiones, buscando refugio en el campo. Como en la peste de Londres de 1665, sobre la que escribió Defoe en 1722, la llegada de la epidemia propiciaba, antes como ahora, una nueva relación de los ciudadanos con la autoridad, así como una forma de enfrentar de manera individual y colectiva la experiencia de la tragedia. Tampoco faltan, en cualquier acontecimiento que cuestione o suspenda provisionalmente el orden social, las acusaciones veladas o explícitas. Fuera de la lógica del castigo divino, con la que Apolo castigó a las griegos en la Ilíada, la naturalización de cualquier fenómeno disruptivo ha pasado, históricamente, por el señalamiento del otro, hasta el punto de que el drama de la pandemia ha servido muchas veces de abrevadero del odio y del fanatismo. La historia de la xenofobia y de la peste se han encontrado muchas veces, aunque no siempre bajo la bandera de la discriminación racial. Baste recordar que en los comienzos de la epidemia de sida, tampoco faltaron voces dispuestas a explicar la desgracia por la orientación sexual de los enfermos.

Puesto que la visitación supone una ruptura del universo normativo, es lógico que afloren los sentimientos de pertenencia grupal, ya estén animados por el amor o por el odio. Los aplausos y las caceroladas que se escucharon hace unos días en algunas ciudades de España tienen orientación política muy diferente, desde luego, pero ambos fenómenos obedecen a la misma necesidad, la de construir un orden emocional que sostenga el espectáculo de la tragedia. Ya sea como reconocimiento o como señalamiento, el gesto subraya la urgencia de aunar los vínculos de pertenencia grupal, mediante la movilización de pasiones, incluso contradictorias.

Al contrario que Robinson Crusoe, que tenía que hacer esfuerzos por mantener viva la civilización, aun estando solo, los protagonistas del año de la peste deben intentar no sucumbir a las pasiones ficticias, ni a las emociones inmoderadas. Es decir, deben evitar convertirse en salvajes, aun estando juntos. El alegato de Defoe a favor de las medidas impopulares que sirvieron, en lo posible, para contener la epidemia, forman parte de la lógica británica del «Keep calm and carry on» (mantenga la calma y siga adelante) que tan buenos resultados produjo durante los bombardeos de Londres en 1940. Bajo la forma de lo que los psicólogos denominan «contagio emocional», que los antiguos llamaban «ósmosis» y los modernos «simpatía», los seres humanos reconocemos nuestro carácter gregario, hasta en condiciones de confinamiento. Ahora bien, el contagio emocional en tiempos de epidemia, que nos lleva a arrojarnos sin control sobre los rollos de papel higiénico, es tan peligroso como el contagio viral, pero al contrario que este último, puede ser modulado. No es una imposición de la naturaleza, sino un factor humano que puede y debe regularse.

Javier Moscoso



Por un gobierno de unidad, por Francisco Sosa Wagner

Publicado en El Mundo, Sábado, 28 marzo 2020.

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.

Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que “el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran” (así en sus Recuerdos de la revolución de 1848, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).

Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o la ONU a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.

Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.

Podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo Dios y leyes viejas y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.

Creemos que si este mensaje sencillo lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.

Hoy, la epidemia nos pone de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios…

De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno. Es hora de que callen quienes, con mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas. Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.

Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.

Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes… son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!

Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es: ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España?, ¿volveremos a reunir la mesa del conflicto catalán, con Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales?, ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario?, ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman su independentismo?, ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas?, ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado?, ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O, por el contrario, ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por angustias, desesperanzas y lutos?

Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial. No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un Ejecutivo, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente, pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven, “como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza”.

Un Gobierno que recoja lo que de aprovechable -en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones. Un Gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

Francisco Sosa Wagner



El confinado por su gusto, por Daniel Martín Mayorga

Todos los males del mundo vienen de que a la gente le da por salir de su casa

Blaise Pascal

Solo por esta cita —extraída de los Pensamientos, en traducción un tanto libre— merecería Pascal la consideración de santo patrón de todos nosotros, los confinados. Pero no es el único ni el más importante promotor del discreto recogimiento. Antes bien, son multitud, y de todas las épocas, quienes con mayor o menor énfasis han ensalzado el aislamiento, la soledad, el retiro, o, cuando menos, las ventajas de mantener una prudente distancia con nuestros congéneres. Aquí nos ocuparemos de uno vernáculo: el fraile Juan Crisóstomo de Olóriz.

Mínimos datos biográficos para situar al personaje: nacido en 1711 en Zaragoza, monje cisterciense, erudito, catedrático de la universidad de Huesca, calificador del Santo Oficio, miembro correspondiente de la Real Academia Española. Murió en 1783. Autor de una docena de obras, todas de tema religioso con dos o tres excepciones. Precisamente una de ellas es la que merece ser recordada en estos momentos de reclusión: Molestias del trato humano (1745).

Quien esto escribe tuvo primera noticia de tal libro gracias a uno de los extraordinarios, luminosos y siempre divertidos artículos que Julio Caro Baroja publicaba en el diario El País en los años 80 del pasado siglo. En concreto, el domingo 20 de marzo de 1983, en la sección de Opinión, página 11, el desprevenido lector se encontraba, junto al nombre del sobrino de don Pío, este título: “Apotegmas II: sobre la abundancia de pelmazos”. Se comprenderá que, con un reclamo así, cualquier otra actividad física o mental que no fuera sumergirse inmediatamente en su lectura resultaba impensable.

El meollo del artículo era un recuerdo de juventud del autor, cuando de estudiante frecuentaba el Ateneo madrileño y a los atrabiliarios seres que allí habitaban. Uno en concreto, don Saturnino, general retirado, agnóstico, positivista y “discípulo de don Heriberto (Spencer), como él decía”, le tomó particular afición, hasta el punto de confiarle su diagnóstico sobre los males de España: la causa de nuestras desgracias no era, a su entender, la desidia o la holgazanería, sino “la proporción descomunal de pelmazos por kilómetro cuadrado”.

Y seguía don Julio:  «Algún tiempo después de amistar con el viejo general y de conocer su teoría, compré en la feria de libros una edición barata, publicada por la Biblioteca Clásica Española de Barcelona, de la obra de fray Juan Crisóstomo de Olóriz Molestias del trato humano y se la regalé. Me agradeció el modesto obsequio, comprobó que aquel fraile castizo era “una autoridad de la lengua” y que utilizaba la palabra clave: pelmazo. Y me dijo: “Es una obra sugerente, estimulante. Muchas gracias, pollo, muchas gracias”».

No extrañará al lector que nos pusiéramos con toda urgencia a la búsqueda de un ejemplar. En aquellos años no era tan fácil e inmediato como en nuestro actual tiempo tecnológico, donde, con un ordenador y sin moverse del sillón, se puede acceder a los fondos de cientos de librerías, escoger y pagar con aladas monedas. Entonces se requería visitarlas físicamente y, además, estar en buenos términos con el librero. Hubo suerte y con cierta rapidez dimos con las Molestias…, en la misma edición que regaló don Julio (no había otra) de la Biblioteca Clásica Española; casa que conocíamos bien por sus hermosos volúmenes con la particular encuadernación que los distingue (entre ellos guardamos con cariño una preciosa edición, la única en castellano, de las novelas de Mateo Bandello).

Molestias del trato humano es, sobra decirlo, singular. Y sugerente y estimulante, como atinadamente afirmaba el general. Para empezar, uno nunca ha visto un libro con tantos preámbulos: una dedicatoria, una aprobación, tres licencias, dos censuras, una tasa y la introducción propiamente dicha hay que atravesar antes de llegar a la sustancia. En cuanto al texto, el lector de hoy probablemente señalaría tres supuestos defectos: estilo sumamente recargado, exceso de latinajos —la mayoría, sin traducción— y argumentaciones efectistas y tortuosas. Nada grave: 1) estilo, hay tres siglos de distancia con el gusto actual; 2) qué decir lo de los latines, siendo el autor un fraile, y 3) en cuanto a las argumentaciones tortuosas… era catedrático y, por si fuera poco, académico.

La obra está dividida en diez capítulos, denominados Reflexiones. En la primera se nos sitúa —“Qué hombres buscan la comunicación y qué hombres huyen a la soledad”— y en las siguientes se desarrolla la teoría y la práctica del aspirante a confinado a partir de las mil situaciones que se van dando en la vida social. Solo con leer algunos títulos nos haremos una mediana idea: Reflexión VI, “Dificultades en que se embaraza la política para tratarse los hombres sin molestia”; Reflexión VIII, “El trato de los hombres es más temible que el de las fieras silvestres”. Y todo así.

Para el padre Olóriz es dogma infalible que el sabio prefiera la vida retirada, mientras resulta sospechoso de garrulería cualquiera que guste de la compañía de sus semejantes. “Indoctis molestissima est solitudo”, (para los ignorantes es muy molesta la soledad), nos asegura, e insiste: “fuge multitudinem, fuge paucitatem, fuge etiam unum” (huye de la multitud, huye de pocos, huye incluso de uno solo). Remacha con una sentencia de San Bernardo, el fundador de su orden: “nunquam minus solus quam cum solus”, (nunca se está menos solo que cuando se está solo).

Pero, ¿es el trato humano detestable por sí mismo, o depende de las personas involucradas? Nuestro fraile, creemos, lo tiene claro, pero contemporiza: “No quiero decir que la conversación que se tiene entre gente discreta no sea el pábulo más gustoso del alma”. Añadiendo a continuación, porque le puede el genio: “Aunque sobre esto hay muchas excepciones”.

Y va describiendo los distintos tipos de pelmazos, entre abundantes citas y referencias por las que desfila todo el elenco clásico —a Cicerón lo llama familiarmente “Tulio”— y bastante del santoral. Repara especialmente en aquellos que importunan no solo con su propia presencia, sino que lo complementan hablando mal del prójimo. Olóriz opina que estos hombres malignos suelen ser peritos (in illa est eruditus) en los defectos que a los demás achacan. Quien a otros pretende corregir omni vitio carere debet, (debería carecer de todo vicio), pero la vida y la historia nos presenta múltiples ejemplos de lo contrario; tal Salustio, “terrible fiscal y acusador de cualquiera delincuente, siendo él mismo tan vicioso que era escandaloso y ninguno más notado en Roma”.

Las visitas y los visitantes son particularmente detestables, como no podía ser de otra manera, pues consiguen que “para tropezar ya en molestias, no sea menester salir de casa”. Y añade esta certísima observación que merecería ser puesta en mármol: “los que no gustan mucho de que los visiten, gustan menos de visitar. Si el ser visitado es molestia, el visitar es violencia que martiriza”. Lo cual incluye, por supuesto, a los amigos, si es que existen: “presumo que la verdadera amistad solo la descubrieron los mitológicos en el país de la ficción”.

A nadie se echa en falta en la infinita galería de pelmazos que, con precisión de entomólogo, se descubren y clasifican en el libro. Recorriéndolo —a capite usque ad calcem, como diría nuestro fraile— quedará el lector bien munido de sentencias y prácticos consejos de aplicación directa en estos días de confinamiento. Y también de ejemplos del talante rocoso y la actitud resuelta con que hay que afrontarlo… y hasta disfrutarlo.

Una muestra, para concluir, del recio carácter del padre Olóriz, y de cómo éste le lleva a no rehuir contrincante alguno, por más elevado que sea: así, acepta —porque no le queda más remedio— que el mismísimo Dios dijera aquello de non est bonum hominem esse solum. Pero acto seguido se atreve a puntualizar: “Mientras Adán estuvo solo mantuvo la gracia, y la perdió poco después que tuvo compañía”.

Es lo que modernamente se llamaría un “zasca” en toda regla, aplicado nada menos que al Padre Celestial. Reconozcamos que, para un inquisidor, no es poca cosa.

Nota; nunca tuvimos la fortuna de manejar la primera edición (1745) de Molestias del trato humano. La mencionada por Julio Caro Baroja (Biblioteca Clásica Española, 1887) no es, ya lo hemos dicho, un libro particularmente difícil de conseguir. De este, además, la Editorial Alta Fulla sacó un muy digno facsímil en 2001, y no hace muchos años incluso estaba saldado en la librería del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Daniel Martín Mayorga



Moralizar la naturaleza, por Diego S. Garrocho Salcedo

Uno de los recursos más arcaicos de cualquier cultura consiste en atribuirle rasgos humanos a la naturaleza e incluso a los seres inanimados. Las tempestades, las plagas y los desastres naturales podrían justificarse como el resultado de la decisión de un dios que vela por nuestra correcta instrucción moral a través de la retribución y el castigo. El Antiguo Testamento, por ejemplo, está plagado de escenas en las que se quiere imprimir una significatividad moral a algo que, en principio, no la tiene. El tópico del diluvio, del que el mismo Dios habría de arrepentirse, es su ejemplo más célebre, aunque ya lo primeros exégetas del texto supieron adelantar la eventual condición alegórica del motivo.

A partir del siglo XVII, con Descartes y a pesar de sus abusos, aprendimos a distinguir entre seres animados e inanimados.  Con permiso de Bruno Latour, todavía hoy tendemos a sospechar de aquellas personas que reconocen sentimientos a la lluvia, a las aspiradoras o a los osos de peluche. Nuestras exigencias éticas tienden a circunscribirse a una comunidad de sujetos imputables y no parece razonable discutir la condición moral de que la gravedad sea, aproximadamente, de 9,8 m/s2.

En las últimas semanas no pocas voces han insistido en imputar rasgos morales e incluso teológicos a la propagación y eventual condición letal del coronavirus. La vocación apostolar de muchos ha querido reconocer incluso un cierto cariz mesiánico, salvífico o castigador en los efectos de la COVID19. Lo que a todas luces no es más que un fenómeno puramente biológico ­—aunque su gestión e interpretación adquirirá, por supuesto, connotaciones éticas y políticas— ha representado a ojos de algunos una ocasión irrechazable para confirmar todas sus teorías.

A poco que nos descuidemos las ideologías se instalan en nuestro cerebro como un dispositivo fallido y miope que funciona como un reloj parado. Lo han oído más veces. Sólo hace falta esperar el tiempo suficiente para que, cada doce horas, el artilugio inmóvil parezca dar la hora correctamente. Miren a su alrededor y constaten la pléyade de ideólogos que merced a esta pandemia sienten, por fin, que el tiempo se ha cumplido para ratificar sus infalibles doctrinas. No cabe duda de que para una mentalidad obstinada cualquier signo fortuito será una prueba inequívoca al servicio de su sólida convicción. Para quien espera el fin del mundo —o la venida del Reino, que es lo mismo— todo son señales.

No hace falta mucho esfuerzo para reconocer este gesto a uno y otro lado. Mientras seguimos sumando muertos hay aprendices de brujo a izquierda y derecha afanados en ratificar su propia prestidigitación. Para algunos la letalidad del virus es un signo inequívoco de los males del capitalismo; para otros una señal distintiva de la obsolescencia de cualquier nacionalismo. Más allá de la distinción entre izquierda y derecha el COVID19 también admite lecturas según talantes. Tenemos exégesis de todo tipo, desde la del apocalíptico que no duda en anunciar el fin de la democracia y el inicio del terror orwelliano, hasta las expectativas esperanzadas que confían en reiniciar un sistema que a todas luces estaba viciado.

Todos los aficionados a la teúrgia (economistas, filósofos y opinadores de distinta ralea) han sacado su bola de cristal para intentar desentrañar un sentido oculto en toda esta tragedia. Tal es la vocación de sentido en el ser humano: queremos explicar también lo inexplicable. Habrá quien confíe en que, al menos, las circunstancias extremadamente dramáticas tienen el beneficio de reconciliarnos con la inmanencia de lo real. Cuando la realidad golpea de veras el universo de lo simbólico parece empequeñecerse y en un tiempo en que los muertos se cuentan por miles parecería casi una frivolidad teórica intentar trascender la dramática materialidad del hecho.

Algún ingenuo —entre los que me cuento— podría haber pensado incluso que las vindicaciones identitarias o que la colección de pseudoproblemas artificialmente alimentados habrían dejado de tener vigencia durante este período de excepción. Sin embargo, para quienes han construido toda su personalidad intelectual en torno a los debates simbólicos esta oportunidad se ha hecho también irrenunciable. Mientras nuestros médicos, policías, militares y transportistas arriesgan su vida, siempre habrá en Madrid, en París o en California un intelectual sensible dramáticamente afectado por la cuestión del relato.

Ante la crudeza del hecho, el manierismo de la interpretación. Es curioso como casi todo el panteón de la filosofía mundial ha sentido la necesidad de brindarnos una lección oportuna y originalísima de un acontecimiento tan escrupulosamente natural como esta pandemia. Nadie está dispuesto a dejar de elaborar una sofisticada hermenéutica del dolor con vocación política.

No hay nada malo en que el ser humano intente reconstruir un sentido más allá del dolor y la desgracia. Lo que parece menos afortunado es aprovechar cualquier hecho, especialmente si es dramático, para intentar validar nuestros prejuicios. Máxime cuando para justificar nuestras posiciones somos capaces de desentendernos de la neutralidad moral de la naturaleza. Aguarden unas semanas y pronto las librerías estarán repletas de ensayos, novelas y poemarios compitiendo por brindar la explicación más global, omnisciente y crítica de lo que nos está pasando.

Todo está permitido siempre y cuando la visión se defienda con apocalíptica vehemencia. Todo menos una cosa: la asunción serena y consciente de nuestra condición irremediablemente finita. Cada día amanecemos para lamentar el ascenso de unas cifras que, desafortunadamente, están llamadas a alcanzarnos a todos aunque por distintas causas. Heidegger con su estilo ampuloso definió al hombre como un ser-para-la-muerte, una expresión que Odo Marquard vendría a enmendar con una frase mucho más prosaica pero igualmente inapelable: la tasa de mortalidad en el ser humano es del cien por cien. Sólo a partir de esa certeza podremos reconstruir una interpretación lúcida de la realidad, no sólo esa pequeña parte que atañe a esta crisis dolorosa pero forzosamente puntual, sino también a aquella otra, más íntima y definitiva, que determina la única condición incuestionable de nuestra humana existencia.

Diego S. Garrocho Salcedo



Agujero negro COVID-19, por Pedro García Barreno

En la novela La dama de blanco, en el contexto de un dialogo, puede leerse: «Eso no me importa, señor. En este país no nos interesa el genio si no va acompañado de honorabilidad, pero si la hay, somos felices de ver un genio, verdaderamente felices». ¿Lo hay? ¿La hay? ¿Lo somos?

En este país, lo que hay, es mucha noticia tergiversada, manipulada o con fines espurios (fake-news), y también falsas (false-news). Hay cierta diferencia de matiz entre lo falso y lo tergiversado. También hay comunicados y comparecencias largas, terriblemente largas, repetitivas, aburridas. También hay una Ley de Transparencia que, como todas las leyes, está para saltársela. Por supuesto, también hay expertos; muchos expertos, según el censo de población actual cerca de 47 millones.

Todos, yo también, hemos escrito sobre este mal. Pero creo que ha llegado el momento de parar. Todos los días, y no cada ocho horas ¾los remedios se administran con desayuno, comida y cena, sino en píldoras imposibles de tragar, de manera continua; ni se respetan las altas horas de la madrugada—, expertos de todo tipo nos deleitan con su sabiduría. Amen de los tertulianos, quién no está troceando virus, anda con la edición génica; por supuesto con su mejor buena intención y saber hacer. Ya, mañana mismo, conoceremos las tripas del bicho y, ¡albricias!, la vacuna, el fármaco de Fierabrás está al alcance de la mano. Al terminar, el pudor añade, «bueno, ¡se tardará un tiempo…!». Otros, con igual buena intención y saber hacer, se embarcan en ensayos clínicos que tras el correspondiente metaanálisis —alguien se refirió́ al asunto como la «alquimia estadística del siglo XXI»—, sacarán conclusiones sobre un fármaco, hasta ahora arrinconado en las boticas, que consigue el efecto soñado. Qué actual suena aquello de «fármacos viejos para enfermedades nuevas». También, agradecer que el experto de turno suele añadir: como son muchos los centros implicados se tardará un tiempo.

Pero no es un problema exclusivamente interno, también hay «expertos» en los centros de mayor renombre internacional que se desayunan con ocurrencias. A estas alturas, en mi opinión, los expertos no deberían exigir lo uno y lo otro. Si usted es un experto, esté donde esté, no está en condiciones de exigir sino de hacer. Si usted piensa en algo —primer mandamiento del científico o del experto— tiene dos opciones. La primera y obligada es diseñar un experimento y llevarlo a cabo con sus manos y con su grupo y, cuando obtenga resultados contrastados, divulgarlos. Si usted es un filósofo se lo cuenta a un amigo experto para que lo haga. No es momento para ocurrencias. Para Linus Pauling: «The best way to have a good idea is to have lots of ideas».

Se atribuye a Lord Ernest Rutherford, conocido como el «padre» de la física nuclear y Premio Nobel de Química en 1908 por sus investigaciones en la desintegración de los elementos y la química de las sustancias radiactivas, que espetó a sus colegas en una conferencia en la Royal Society: «We’ve got no money, so we’ve got to think». Una variante se pone en boca de Sir Winston Curchill, Premio Nobel de Literatura en 1953 por su maestría en las descripciones histórica y biográfica y por su brillante oratoria en la defensa de los valores humanos: «Gentlemen, we have run out of money. It’s time to start thinking». Eran tiempos duros, difíciles, para el uno —tras la Primera Guerra Mundial— y para el otro, en plena Segunda Guerra Mundial. Charles P. Snow recogió́ en las Godkin Lectures 1960, en Harvard, las diferencias y pugna entre científicos que asesoraron al Gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Por qué el CSIC de la mano —el problema es que está prohibido darse la mano— con otras agencias no recopila todo lo que están haciendo los grupos de este país y lo publica para información de la ciudadanía que, a la postre, es quién costea el trabajo? Señores, los grupos tal y tal, donde trabajan tal y cual, están haciendo este trabajo. Cuando se obtengan resultados lo comunicaremos. Punto y final. No es posible tragarse minuto a minuto lo que cada uno dice que hace, deja de hacer o se le ha ocurrido.

No importa, el gentío, tras escuchar a los oráculos —antes solo había uno o dos homologados—, se agolpa en las farmacias ávido de los productos. Algunos colegas expenden recetas oficiales a todos y cada uno de los miembros de la familia y algún vecino para asegurar el bienestar de los suyos. Las boticas quedan exhaustas. Los más avispados hicieron acopio de las afamadas y oscarizadas mascarillas, aprovechando que la OMS había dicho que no. Ahora parece que ha dicho que sí. El gobierno, astuto, dice que no impondrá a sus ahijados lo que resulte imposible llevar a cabo, ni lo que atente contra los derechos individuales. Acaparamos casi todo. Nada, que los aviones no acaban de llegar. Señores, lean lo de las Mil y Una Noches, en especial la historia de Aladino. Compren una lámpara con genio incluido; a frotar y, ¡voilá! De momento, mientras el gabinete de crisis se va o no se va, un empresario con clase vació el almacén clausurado por impago y ha hecho el negocio del siglo.

Amén de las discusiones en el Hemiciclo, llegan a diario declaraciones, opiniones, entrevistas… de ilustres expertos; ilustres de verdad porque, no cabe duda, destacan o han destacado en sus respectivas ocupaciones: médicos de diferentes especialidades, epidemiólogos, biólogos y virólogos experimentales, matemáticos computacionales, psicólogos, sociólogos… Todos ellos o la mayoría con estancias en centros de incuestionable reputación y amigos de algún Premio Nobel o destacadas figuras de… Nadie duda de su buena voluntad. ¿Pero todos los días? Si, al menos, se pusieran de acuerdo. Las diferentes tertulias quedan al margen por razones que no detallo.

Hay, sin embargo, alcaldes de poblaciones de la España vacía —prefiero la denominación de Sergio del Molino— y no vacía, pueblos entre 500 y 10.000 vecinos, que no conocen a premiado alguno ni, mucho menos, tienen amigos en los centros más afamados. Poseen una preparación, en ocasiones básica, una inmensa inteligencia que llamamos natural y, sobre todo, responsabilidad del cargo que exige previsión, tomar decisiones a veces arriesgadas e impopulares, pero que gracias a su empeño han conseguido que en su territorio de gobierno no haya infectado alguno y, por elemental supuesto, fallecimiento por el maldito mal. Se anticiparon a los expertos, obviaron directrices y aplicaron normas ancestrales: los leprosos a los lazaretos, los tuberculosos a los sanatorios serranos, los apestados con una campanilla para mantenerlos alejados, los sanadores con máscaras. En resumen, detección de los contagiados y aislamiento y los sanos procurando no acercarse. En nuestros días, países más sofisticados han hecho lo mismo, a tiempo y con medidas más refinadas; unos efectuando cientos de miles de análisis para la detección precoz y aislamiento de los contagiados, otros controlado la temperatura mediante telesistemas con igual objetivo. Véanse los resultados.

Qué fácil es predecir el pasado. Antes la mántica, el dominio de la adivinación, estaba reservada a unos pocos que conocían a las tres Moiras que daban el destino. Ya no hay Moiras, tal vez, con la que está cayendo, ande por ahí Átropos. Tampoco tenemos a mano a Tiresias ni la Pitia. Va a tener razón Dan Quisensberry, lanzador del equipo de béisbol Kansas City Royals: «I have seen the future and it is just like the present – only longer». Fue descalificado. Habrá que rehabilitarle.

Aunque tarde y más cosas, hay que ir en busca del tiempo perdido. Como se murió Marcel Proust —por cierto, de neumonía— echamos mano de los expertos, esta vez en comunicación de masas. Problema, China ha controlado la cosa; Italia parece que, por fin, va recuperándose. Grecia y Portugal casi limpios. ¿Quién tiene más infectados, más muertos? Pues Estados Unidos. Otro problema fácil de resolver; nadie pregunta cuantos habitantes pululan por allí: aproximadamente 328 millones. Sacamos el artilugio que opera bajo el control de IA y, más o menos, ocho veces más. No importa, los escuchantes tragan. Por cierto, 13 días después del multitudinario Mardi Gras en New Orleans se detectaron los primeros casos de COVID-19; ahora se ha convertido, compitiendo con New York, en el epicentro de la epidemia en Estados Unidos, y eso que las autoridades no descartaron que se produjera un contagio masivo; se calcula que al menos un millón de personas acudieron al carnaval. Es curioso que por aquí las consecuencias de las concentraciones masivas de personas nada tengan que ver con lo que pasa en otros sitios.

Hablando de IA, existe un artilugio llamado quipu, una especie de ábaco sofisticado, hecho a base de cuerdas previstas de nudos, que sirve, en otras cosas, para llevar las cuentas. Tal vez, para evitar el baile del número de muertos, afectados…, no sería descartado incorporar al equipo asesor a un quipucamayoc y un par de qullqa- kamayuquna; el problema es que hablan quechua. Tal vez lo entiendan porque nadie entiende el idioma del oráculo.

Dado que los gobiernos, no nos gusten o nos gusten, el de aquí y la mayoría de los de fuera, están elegidos democráticamente, y lo mismo para las instituciones nacionales y transnacionales, no nos gusten o nos gusten, son igualmente legítimas, que hagan su trabajo como puedan o quieran. Un portavoz, al menos, que aparente ser creíble —hablaba al comienzo de honorabilidad—y domine la dicción —no pretendo que incluyan la retórica en el nuevo plan educativo, aunque es tan importante lo que se dice y cómo se dice; las formas ¿les suena?; las formas son parte integrante del hacer democrático—, informe un par de veces al día, en comunicados claros de no más de diez minutos, sobre cómo se desarrolla la situación. Se puede ahorrar que somos los mejores; se da por supuesto que tenemos las morgues más grandes y hemos levantado los hospitales más enormes, tomado las «medidas más exigentes del mundo» o comprado los «mejores y más fiables» test del mercado. También que un experto —pero que sea experto, que no dependa su puesto de lo que diga— informe otros diez minutos al día, para explicar lo técnico del asunto. El resto de la población, es decir los casi 47 millones indicados menos las dos personas citadas, permanezcamos callados. Que no liemos a la ciudadanía que bastante tiene. Tampoco a los que nos cuidan, a los que hay que cuidar y dotar de medios para que nos cuiden. Como en la película Margin Call —que viene al pelo—, que solo se oiga el silencio. Creo que los participantes en el grupo de la UE, también de expertos, que tendrían que haber tomado una decisión resolutiva esta madrugada (09/04/2020), estuvieron viendo la película. Seguimos sin ser felices.

Una cuestión que no debe pasar desapercibida. Estemos atentos para que esta vez no nos engulla. Se denomina límite de Chandrasekhar a la masa máxima posible que puede soportar una estrella fría; a partir de ella la estrella colapsa en un agujero negro. Una vez traspasado el límite de acontecimientos —el borde del agujero— todo es oscuridad; nada, ni la luz, es capaz de escapar. Ya nos estamos quedando fríos; la «masa» de desaguisados se aproxima, casi a la velocidad máxima permitida por la relatividad, al límite. Antes de que esto llegue —al menos todas las pandemias se han resuelto, de una u otra manera, a lo largo de los siglos— será el momento de llevar ante los tribunales de justicia a quien haya menester. Si pasamos el horizonte de acontecimientos todo quedará impune.

Nota: Una entrañable y admirada amiga tuvo la gentileza, el buen gusto, el tacto, de hacerme llegar un mensaje con una breve nota: «Si tienes tiempo escucha esto, Pedro». Escuché, y lloré. Señorías, en la próxima reunión del Hemiciclo, por favor, antes de iniciar el turno de intervenciones, escuchen Gregorio Allegri (1582–1652): Miserere. «Perderán», exclusivamente 12:40 min. Luego comiencen a dialogar, señorías.

Pedro R. García Barreno Médico



Enmienda, por Fernando Savater

Publicado en El País, 18 de abril 2020

En mi adolescencia de colegio religioso solían llevarnos a ejercicios espirituales: tres días encerrados en una residencia, sin salidas ni visitas, escuchando homilías sobre las desventajas de morir en pecado y las incomodidades del infierno. Teníamos ratos dedicados a la meditación, a la que nunca he sido aficionado, que yo ocupaba con ocurrentes pensamientos impuros y prácticas nefandas. El objetivo del retiro espiritual era despertar el propósito de enmienda y cambiar —a mejor, claro— nuestras vidas. Conmigo nunca funcionó. En vez de recordar con santo rechazo mi pasada existencia pecaminosa, no veía el momento de salir de la clausura y volver al culpable paraíso.

Ahora vuelvo a estar en un encierro purificador similar: contra malicia, milicia, toca regenerarse. Tampoco creo que surta efecto. Predicadores de ambos sexos nos dicen cómo debemos limpiar nuestras costumbres, abandonar el consumismo, reconciliarnos con la naturaleza que tanto nos ama, renunciar a los caprichos del yo y entregarnos a los deberes del nosotros. Hablan en plural —“debemos cambiar, no podemos seguir…”—, pero es evidente que se refieren a los demás, porque ellos/ellas siempre estuvieron preparados para el santo advenimiento, listos para cuando la plaga les diese la razón. Entonan himnos a lo público, de cuya necesidad es difícil dudar con peste o sin ella, pero abominan de los empeños privados que precisamente ahora se están revelando como indispensables para la salvación social. Si son más tontos, nacen con asas. ¿Cómo seremos después de la pandemia, además de mucho más pobres? Ojalá hayamos aprendido a quejarnos menos y disfrutar más. O como ha dicho Marta Sánchez, pensadora más aguda que Agamben y Zizek: “Espero que no tengamos miedo a ser los de antes”.

Fernando Savater



La dictadura de la mayoría, por José J. Jiménez Sánchez

Según supimos ayer, quince de abril del 2020, el CIS planteó una pregunta a sus encuestados acerca de la libertad de información. La pregunta formulaba, en principio, una disyuntiva, o prohibición o libertad. Sin embargo, se enunciaba de manera más compleja pues no oponía simplemente los términos de tal disyuntiva, sino que consideraba a uno de ellos, la libertad, de manera muy específica, como total, un calificativo de triste recuerdo en el terreno jurídico-político. Hablaba, pues, de “libertad total”, cuando en realidad nunca ha existido esa libertad total, ya que si así fuera, no cabría denominarla libertad, sino arbitrio o capricho. Pongo dos ejemplos, no cabe la libertad de expresión, decía Rawls, cuando se pueda demostrar la conexión directa entre el ejercicio de la misma y la comisión de un delito. Por eso los jueces pueden requerir la intervención de las comunicaciones o dictar el secuestro de publicaciones, ¡cuidado!, los jueces, no el Gobierno. En definitiva, el Gobierno, pues el CIS depende del Gobierno, está preguntando a los ciudadanos en una situación terrible si quieren comportarse arbitrariamente, caprichosamente. La respuesta es evidente, la mayoría dijeron que no, lo que les honra. El problema es que al decir que no a esa arbitrariedad, se ven obligados por la forma en la que está planteada la pregunta a admitir la propuesta del Gobierno, con lo que se podría concluir que el pueblo es favorable a la renuncia de su libertad de expresión en favor del Gobierno, ya ni siquiera, como en Hobbes, en favor del soberano. No es posible retroceder tanto en tan poco tiempo.

La primera parte de la pregunta, contrapuesta a la libertad total, se articula sobre dos ideas, una consiste en la defensa de la prohibición de “la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social”; la segunda, consistiría en la defensa de que la información se remitiera a “fuentes oficiales”, con lo que aparentemente se estaría garantizando el derecho constitucional a una información veraz. Esta segunda parte es de poca enjundia, se apoya en una lectura sesgada y simple, esto es, populista, de la Constitución, de manera que se coge de ella lo que me interesa en cada momento, despreciando el resto de la misma. Esto ya ha sucedido con anterioridad, por ejemplo, con la orden ministerial que aprueba la requisa de bienes inmuebles, basada en el artículo 128, sin tener en cuenta otros que están íntimamente relacionados con este, como por ejemplo, los artículos 38 y 33, especialmente el apartado 2, en el que se afirma que su función social se regulará por ley, pero no por orden ministerial. Las leyes y disposiciones normativas con fuerza de ley son recurribles ante el Tribunal Constitucional, las órdenes ministeriales no.

Me interesa centrarme en la primera idea, la prohibición de la difusión de las informaciones falsas. Esto quiere decir que se puede proscribir lo falso, porque se conoce lo verdadero. El trasfondo de esta posición quedó muy bien reflejado en una intervención del ministro de Justicia, en la que defendió la necesidad de luchar contra la “contaminación de la opinión pública”. Ambas cuestiones están estrechamente relacionadas. La opinión pública ha de ser verdadera y cuando no lo es, quiere decirse que está infectada, así que de la misma manera que combatimos un virus, purificando el cuerpo, así debemos combatir la infestación de la opinión pública por informaciones engañosas y alcanzar su depuración. En principio parece que la argumentación tanto del CIS como del ministro es impecable. Lo que sucede en la ciencia ha de trasladarse a la sociedad.

El problema radica en que tal manera de pensar está enraizada en una nefasta comprensión de lo que sea un Estado democrático de derecho, lo de social lo dejo para otra ocasión. El Estado democrático de derecho es una construcción que la cultura occidental ha venido desarrollando a lo largo de varios cientos de años y como tal habría de considerarse una auténtica obra de arte pues se asienta sobre la defensa de la libertad del ser humano, lo que no hay que entender como sometimiento a nuestros impulsos, inclinaciones o deseos, sino justamente lo contrario un control racional sobre los mismos. Hobbes, fundador del Estado moderno, partió de esa libertad y reconoció como irrenunciable nuestra libertad de pensamiento, aunque sometió la libertad de expresión a los requerimientos del soberano, vamos como ahora con la preguntita del CIS. Sin embargo, esta posición produjo uno de los debates intelectuales de mayor altura que se produjo en el siglo XVII. Spinoza se opuso a Hobbes y defendió que la libertad de expresión era irrenunciable, pues no era simplemente algo que pudiera considerarse como un derecho político por importante que fuera, sino que era constitutivo de la propia naturaleza humana. Si el ser humano se define por algo es por su capacidad de raciocinio, y esta solo puede ejercerse, en opinión de Spinoza, en común. Esto quiere decir simplemente que el hombre a fin de ejercer su capacidad racional ha de poder comunicarse con los otros, por lo que unos y otros han de ser capaces de ejercer su razón en una comunicación libre entre ellos, lo que exige que el soberano, en nuestro caso, el Gobierno, se quede en la Moncloa. Así pues, parece que la libertad de expresión no puede quedar relegada a lo que establezcan las fuentes oficiales, sino que ha de quedar en manos de quienes requieren de su ejercicio.

El Estado democrático de derecho se asienta sobre las decisiones que bajo ciertas condiciones adoptan las mayorías, esto es, la mayoría elige el poder legislativo y este al ejecutivo, pero esas medidas no pueden ser arbitrarias, pues si lo fuesen dejarían de estar justificadas. Para estarlo, las decisiones de la mayoría y de los poderes que en ella encuentran su fundamento, han de adoptarse bajo ciertos límites, fundamentalmente dos, el respeto a las libertades subjetivas de acción y a las libertades políticas, especialmente la libertad de expresión. En nuestra situación, confinados como nos encontramos, se ha producido una restricción de las primeras, hemos de permanecer en casa y nuestra capacidad de movimiento se ha limitado. Hay razones para justificarlo y por tanto compartirlo. El problema por tanto se encuentra en la segunda parte, en si se respetan o no las libertades políticas. La pregunta que ha formulado el CIS va en la dirección opuesta, en el fondo está cuestionando la libertad de expresión y si esta quiebra, se quebranta también la justificación de las decisiones mayoritarias, por lo que entonces habríamos de dejar de hablar de un Estado democrático de derecho y empezar a hacerlo de una dictadura de la mayoría, todo muy bolivariano.

Si esto terminara por suceder, deberíamos abandonar el confinamiento y defender en la calle lo que más importa, la libertad, pues nuestra libertad está por encima de una vida sumisa.

Jose J. Jiménez Sánchez



Pandemia y desastre institucional, por Joaquín Leguina

El 2 de marzo de 2020 el Centro Europeo para el Control y Prevención de Enfermedades recomendaba “evitar concentraciones masivas” para “reducir la transmisión del virus” y el Gobierno español miró para otro lado. Pilar Aparicio, directora de Salud Pública, consultada acerca de una convención eclesiástica, recomendó el 6 de marzo el aplazamiento de los eventos multitudinarios de cualquier tipo en un documento firmado por ella y sellado por el ministro de Sanidad, por tanto, en clara contradicción con las manifestaciones. Documento que el Gobierno ignoró en beneficio de las manifestaciones del día 8.

Tengo para mí que la autorización de las manifestaciones multitudinarias feministas del 8 de marzo de 2020, que dispararon la epidemia, fue una decisión tomada bajo el chantaje al que sometieron las “organizadoras” de la concentración al Gobierno. Y siendo éste completamente consciente del riesgo que aquellas manifestaciones representaban para la salud pública, fue incapaz de poner a las “organizadoras” en su sitio. La mala fe de ellas quedó retratada en una de las consignas que gritaron: “¡El machismo mata más que el virus!”.

Mucho antes, el 30 de enero, la Unión Europea convocó una reunión urgente del Comité de Seguridad Sanitaria para analizar la decisión de la OMS, que acababa de declarar el coronavirus una “emergencia de salud pública internacional”. La mañana siguiente, el día 31, los países que acudieron a la reunión le quitaron hierro al asunto y aseguraron que no era necesario tomar “contramedidas médicas” de prevención. Ya bien entrado febrero, en Italia muchos políticos seguían diciendo que era una barbaridad cerrar el país, que no había motivos.

Los técnicos de Bruselas también interrogaron a los participantes sobre si disponían de suficientes equipos de protección. Solo cuatro gobiernos admitieron problemas y España no estaba entre esos cuatro. Entre esa fecha y mediados de febrero el Gobierno español siguió mirando para otro lado, sin mover un dedo para comprar el material defensivo imprescindible.

¿Por qué no se vio venir? ¿Qué falló? ¿Cómo es posible que de Milán a Nueva York pasando por Madrid o París se hayan cometido tantos errores? Los viajes en avión desde Oriente hacia Occidente o dentro de Europa siguieron funcionando y expandiendo el virus de forma exponencial.

¿Cómo empezó el desastre? Al parecer, Taiwán advirtió tempranamente del peligro al Gobierno chino desde los primeros casos de neumonía atípica provocada por el nuevo coronavirus, pero la alarma fue silenciada. Lo mismo hizo el Gobierno chino con el joven médico que también denunció la inacción. Fueron los primeros errores criminales. Si se hubieran controlado y aislado esos primeros casos hubiera ocurrido lo mismo que ocurrió con los brotes de SARS y de MERS, que en su día fueron abortados rápidamente.

La realidad es que casi nadie pensó entonces, cuando el virus brotó en China, que esto acabaría convirtiéndose en una pandemia… y así muchos países tardaron demasiado en actuar, incluso después de que quedara claro que tenía el potencial de globalizarse.

Desde luego, la OMS (Organización Mundial de la Sanidad), aparte de unos incomprensibles elogios a China, no ha tenido ni las ideas ni la capacidad para enfrentarse al problema con eficacia, mostrando —esta vez a golpe de fallecimientos— la misma incapacidad de tantos otros organismos internacionales cuya utilidad práctica tiende a cero.

Cuando el virus ya estaba provocando desastres en Italia, los vuelos entre Italia y España continuaron. Miguel A. Díaz, directivo de Distintia, escribió ya entonces:

» ¿Qué hicieron las instituciones públicas y privadas, la sociedad española en su conjunto? Mirar a otro lado, considerarse inmunes y confiar en que la divina providencia nos salvaría de la pandemia, aunque ya daba muestras de su apetito de expansión. El ejército es una de las pocas estructuras de la Administración con capacidad estratégica, organizativa y logística. ¿Por qué no se ha utilizado para transportar productos sanitarios y de protección con un puente aéreo de China a España?

En efecto, como ha dicho el virólogo Estanislao Nistal, “aquí nadie se lo tomó en serio y nadie se adelantó. De hecho, la oposición criticó el alarmismo días antes de empezar a criticar lo contrario. Nadie se preocupó de pedir mascarillas, equipos…”.

A todo lo anterior es preciso añadir algunas ocultaciones estadísticas. Abordar cualquier problema social exige en primer lugar conocer los datos fundamentales de ese problema. Pues en el caso de la pandemia actual los poderes públicos se han olvidado de ese requisito y así, por ejemplo en España, no se conocen ni el número de infectados ni —lo que es más sorprendente— el número de fallecidos.

¿De dónde salen en España los datos de “infectados”? Estos datos se podrían estimar fácilmente mediante una muestra —que no tiene por qué se muy grande— a la cual se le apliquen test fiables (y no esos que el Gobierno español sigue comprando en China). La verdad es que a estas alturas las clases de test y la calidad de los mismos se han ignorado en España y los datos de infectados que da el Ministerio no sirven para nada. Pero es que tampoco están contabilizados los muertos por virus en un país en el que no entierran ni incineran a nadie sin presentar “papeles”. Volvamos pues a los “papeles”, contabilicemos los muertos del mes equis de 2020, restemos esa cantidad de los muertos durante ese mes en 2019 y esa diferencia es una buena estimación de los muertos por causa del virus chino.

Como estadístico y como ciudadano no entenderé nunca cómo no se ha estimado desde el inicio (mes de febrero) el número de infectados, especialmente los asintomáticos, sabiendo como se ha sabido que conocer esos datos mediante los test es lo que ha salvado realmente muchas vidas en Corea del Sur y también el Véneto.

Joaquín Leguina



Cómo hacer tu vida mas noble aun en cuarentena, por Miguel Ángel Quintana

Publicado originalmente en The Objective, 26 de marzo de 2020

El impulso para hacer tu vida mejor, más hermosa, puede brotar a veces de una, a veces de otra fuente. Para Rilke surgió de la contemplación de un magnífico torso de Apolo arcaico. Le inspiró una certeza al final del poema que le dedicaría: “Debes cambiar tu vida”. Para Hannah Arendt, el acicate provino de una experiencia menos bella: de vuelta en tierras germanas, recién derrotado Hitler, comprobaría espantada cómo muchos de sus paisanos seguían negando sencillas verdades sobre el horror nazi. Fue entonces cuando comprendió que no deseaba pasar el resto de su vida discutiendo extravagancias, como si acaso no habría sido Polonia la que había invadido Alemania. Fue entonces cuando entendió que la aislaba de sus antiguos compatriotas el mismo abismo que se abre entre la decencia y mentir.

Probablemente estos días de confinamiento no parezcan ricos en estímulos ni para el bien, ni para el mal. Pero se trata de una impresión errónea: tenemos ante nosotros un enorme elefante. Uno que camina desmandado por nuestras calles y nos obliga a refugiarnos. Tenemos ante nosotros la pandemia.

Todos los grandes acontecimientos de la historia han terminado por hacernos mejores o peores. El 11 de septiembre, con todo su horror, acabó fomentando entre los estadounidenses el civismo; el 11 de marzo, entre nosotros, la discordia. Esta primera gran peste del siglo XXI, hasta no volvernos inmunes, tampoco nos dejará inmutables. Pero a ti atañe, amigo lector, calibrar el modo y la medida en que saldrás de ella transformado. Como decía Walter Benjamin glosando el poema de Rilke: se alza ante ti, como si fuese un valioso bloque de mármol, tu vida; está en tus manos que reciba este, ese o aquel otro cincelado.

Un tópico habitual en la literatura moral antigua es imaginar a Hércules en una bifurcación de su camino. El héroe debe entonces decidir si tomará el sendero de los buenos (a él le invita una dama, llamada Virtud) o si preferirá el de los malvados (hacia este le tienta otra mujer, Voluptas).Tengo para mí que ahora nos topamos sin embargo ante una encrucijada aún más enrevesada: no son dos, sino tres, las sendas que se abren frente a nosotros. Para acabar de enredar las cosas, nada menos que un par de ellas nos extraviarían; solo la tercera guardaría nuestro rumbo. Y no es solo una mujer voluptuosa la que nos incita a descarriarnos: es todo un tropel de periodistas, políticos y activistas. Empezaré describiendo las dos salidas erradas.

En primer lugar, se erige ante nosotros la ruta negacionista. Es con la que el Gobierno de la nación, y gran parte del establishment mediático, trata de seducirte. Según ellos, nadie podía prever lo que está ocurriendo (aunque baste una somera búsqueda en internet para constatar su mentira). Según ellos, el Ejecutivo simplemente acató lo que le decían unos expertos neutrales (esto de nuevo es falso: numerosos expertos sí le alertaron ya en enero de lo que se venía; bien es verdad que entre ellos no se encontraba Fernando Simón, que solo le dijo al Gobierno lo que este deseaba oír). Según los negacionistas, no se podría haber hecho nada antes del 9 de marzo en aras de contener la enfermedad (esto es un disparate: podrían haberse comprado respiradores, mascarillas, tests, podrían haberse montado ucis; tras China e Italia sabíamos de sobra qué íbamos a necesitar). Además, según los negacionistas, si acaso el Gobierno tiene alguna culpa, ¿no la comparten acaso todos cuantos, hasta el pasado 9 de marzo, hicieron vida normal? (Como si tu abuelo, que el sábado anterior se acercó a ver a la Ponferradina tuviera que ser un experto en epidemiología. Como si la señora que aquel domingo se fue al teatro tuviera que mantener contacto constante con la OMS, esa que sí lo estaba con Pedro Sánchez y le alertó en contra de las manifestaciones que él incitó).

Esta versión negacionista nos muestra a un Gobierno de España inocente, incluso benévolo, que solo actuó siempre en el momento oportuno, aunque curiosamente se le hayan anticipado en casi cualquier medida sensata las comunidades autónomas (fue la Comunidad de Madrid la que empezó cerrando colegios o residencias de ancianos; fue también ella la primera que descartó las peluquerías como algo de primera necesidad). No negaremos que esa imagen de un Ejecutivo limpio y sagaz constituye una idea reconfortante: ¡es tan lindo tener fe en que nos dirigen unos gobernantes sabios y benéficos! ¿Qué son un par de datos contradictorios con esta fe a cambio de tanto agrado? Este camino, pues, te incita no solo a que cierres los ojos ante la realidad, sino a arrellanarte en tu sillón. Solo deberás levantar tu dedo admonitorio ante quien ose cuestionar este relato: ¡pájaros de mal agüero!, grúñeles, ¿a quién se le ocurre ahora exigir cosas antiguas y desasosegantes, como verdad o responsabilidad?

Ahora bien, ten cuidado. Porque si emprendes esta senda, saldrás de esta cuarentena más mendaz, menos consciente de la realidad, más sumiso al Gobierno, menos tolerante con quienes sí recuerdan los hechos. No la tomes: te hará una persona peor.

La segunda ruta que puedes adoptar durante este confinamiento se asemeja a la primera en el último rasgo mentado: busca acallar toda crítica hacia nuestros gobernantes. Eso sí, en este caso te dará una excusa nueva para ello: “¡no es el momento aún!”. Una ventaja de esta senda es que no obliga a que te trepanes todos esos recuerdos aún demasiado vívidos y cercanos. Es decir, podrás mirar cara a cara la evidencia de que Pedro Sánchez y sus ministros lo han hecho mal, mortíferamente mal. Ahora bien, aunque tu vicio al adoptar esta vía no será la mentira, sí lo serán otros: la cobardía, la mansurronería, la pusilanimidad.

Puedes reconocer que esos son los defectos que en ti cultivas porque no existen motivos loables para asumir tal docilidad. No es verdad que un simple tuit tuyo deplorando a Pedro Sánchez vaya a dejarnos sin gobierno “en este momento tan importante para todos”. Tampoco lo es que la libertad de expresión haya de limitarse si criticas al Gobierno: ¡se inventó justo para eso! Esa libertad no es un lujo para tardes ociosas, sino la raíz de tu dignidad. Y más ridículo aún es suponer que, ahora que tanto tiempo libre tenemos todos en casa, si reprochas algo a quienes mandan “estés entorpeciendo la solución”. Como mucho, entorpeces la futura reelección de estos incompetentes; pero mientras criticas puedes perfectamente estar cosiendo mascarillas o lavándote las manos, que es lo más destructivo contra el virus que ahora te cabe hacer.

En realidad, tras esta actitud de “no critiques todavía, ahora no” se agazapa, apenas camuflada, la nostalgia de sentirse protegidos por un papá Estado bondadoso en momentos de tanta desazón. Pero el Gobierno no es tu papá. El Gobierno es Pedro Sánchez. El Gobierno no es tu mamá. El Gobierno es un filósofo al que pusieron de ministro de Sanidad porque es una cartera apenas sin competencias, porque tocaba como cuota catalana y porque “total, Salvador, si ahí nunca pasa nada y nada va a pasar”.

Quienes mandan, además, están aprovechando tu silencio para difundir otros relatos. Como: “la culpa de todo lo que está pasando son los recortes del PP”. “La culpa es de la privatización de la Sanidad”. “La culpa es del rey emérito y la monarquía”. “La culpa fue del chachachá”. Calla tú y solo a los falaces se oirá.

Si eres noble y rechazas, por tanto, esta segunda senda acomodaticia, solo te resta la más dura de todas. La vía de la verdad. La que te obliga a reconocer, y reconocerte, que justo cuando más necesidad sientes de él, estás ante un Gobierno falsario e incompetente. Un Gobierno al que siempre preocupó más su propaganda que tu salud. ¿Cómo fiarte de él ahora? No lo hagas; asume con valentía que vienen tiempos duros y que de ellos nadie te salvará. Mira los muertos, los ancianos a los que se deja morir sin tratamiento; mira a esos parientes o amigos a los que temes perder. ¿Merecen tu engaño? No, merecen que aproveches este dolor para mejorar.

Es ese el tercer sendero que tienes ante ti. No lo temas. Cierto es que, si lo recorres, probablemente perderás amigos demasiado volubles como para rehusar el pastoreo que les presta este Gobierno. No te importe: por esta calzada harás otros nuevos. Cierto es que te verás a ti mismo siendo mucho más contundente que nunca. No te desconcierte: el momento lo requiere.

Y, en los días más duros, cuando las paredes de la casa se te caigan encima y añores las caricias que quedaron fuera, deléitate pensando esto: que solo porque tomaste esta tercera senda acabarás este encierro hecho mejor persona que a su inicio. Duro con los poderosos; sediento de justicia en favor de los sufrientes. Tajante con los mentirosos; compañero de los que miran, incluso ante un espejo, siempre a los ojos. Llegará el día del triunfo y será tuya la mejor de las guirnaldas: la del que se venció a sí mismo. Será tuya la mejor de las coronas: la del que logró combatir a los viles sin envilecerse.

Y entonces podrás festejar.

Miguel Ángel Quintana



¿Cambiará el coronavirus nuestra forma de pensar? por Miguel Ángel Quitana

Publicado originalmente en El Español el 20 de marzo de 2020

Voy a ir contra las leyes del suspense, que invitan a mantener la intriga hasta el final, y daré desde el inicio una respuesta clara: no, seguramente el coronavirus no cambiará nuestra manera de pensar.

Hablo así apoyándome en la experiencia. No hay indicios, por ejemplo, de que la terrible gripe de 1957, con su 1,1 millón de muertos, hollara en modo alguno la mentalidad de finales de los 50. De hecho, muchos la habrán olvidado ya.

Algo más famosa nos resulta la gripe de 1918, conocida en todo el mundo como “española”, pese a no resultar aquí especialmente mortífera (hola, leyenda negra). Y sí, sin duda el mundo cambió tras aquel año de 1918; mas la responsable de ello sería la entonces finalizada I Guerra Mundial. No fue precisa epidemia global alguna para acabar con algo que aquel conflicto ya había aniquilado: la gozosa fe en un progreso continuo de la humanidad.

Es cierto que, si nos remontamos aún más en la historia, las cosas empiezan a mostrarse controvertidas. ¿Acabó quizá la peste de Atenas con su afición a la democracia? ¿Influyó la plaga de Justiniano en el pensamiento bizantino? Aún se debate largamente si la peste antonina (165-180 d.C.) tuvo que ver con la decadencia romana que entonces comenzó. Menos discutible es que nos legó una estupenda reflexión del entonces emperador Marco Aurelio: aquella en que el filósofo lamenta que la gente solo huya de las epidemias del cuerpo, y no de aquellas otras que emponzoñan el alma, como la hipocresía y la mentira (hola, Pedro Sánchez).

El coronavirus, por más que nos cause molestias, dejará esencialmente inalterado el modo en que pensamos

Alguien podría aducirme que, en cambio, no existen dudas de que la peste negra del siglo XIV sí transformó por completo la Europa medieval. Algunos le atribuyen incluso el inicio del Renacimiento, por el desprestigio que atrajo hacia un Medievo incapaz de afrontarla. Con todo y con eso, y por fortuna para todos nosotros, parece insensato comparar nuestro Covid-19 con la mortandad de aquella peste, que llegó a segar las vidas de un tercio de los europeos (según las estimaciones más optimistas, pues hay quien eleva tal cifra al 60 % con picos, como en Escandinavia, del 90 %).

Mantengo, pues, la idea de que el coronavirus, por más que hoy nos cause innúmeras molestias, y pese al luto de los muertos que acarrea, dejará esencialmente inalterado el modo en que pensábamos antes del diciembre chino de 2019.

Discrepo en especial de los que están aprovechando esta cuarentena para sugerir que a partir de ahora seremos todos más solidarios, más animosos a la hora de compartir tiempo con nuestros semejantes, más comunitarios (o incluso más comunistas). ¿No es posible que estos días en casa nos descubran justo lo contrario: que trabajamos mucho mejor lejos de nuestros compañeros de oficina, que estamos más relajados sin tanto contacto diario con tantas gentes, que “en ningún sitio como en casita”? ¿Se reavivará entre nosotros el amor por lo privado? El tiempo dirá.

En todo caso, mi escepticismo hacia una transformación inmediata de nuestra mentalidad no me impide tener deseos. Dedicaré el resto de este artículo a indicar una forma de pensar que sí me gustaría que el coronavirus nos cambiara, pese a mi menguada fe en que lo logre.

Una de las mentalidades más potentes durante los últimos tiempos es la obsesión por las identidades de grupos

Se trata de una de las mentalidades más potentes en nuestros lares durante los últimos tiempos: la obsesión por las identidades de grupos. Obsesión que cabría resumir en tres postulados:

1) La sociedad occidental está dividida en grupos (mujeres, gais, lesbianas, transexuales, bisexuales, queer, asexuales, musulmanes, gitanos, negros, inmigrantes, catalanoparlantes, galesparlantes, vascos, leoneses, bercianos, adventistas… la lista es interminable) cuya mera pertenencia a ellos te convierte en un oprimido.

2) Cada uno de nosotros (excepto el “privilegiado” grupo de los varones cisheterosexuales occidentales que no hablen lenguas minoritarias ni pertenezcan a alguna religión ídem en su lugar de residencia) puede adscribirse a uno o varios de esos grupos, que son lo más importante de su identidad (es más importante que seas gay a que te gusten las croquetas, aunque te hayas convertido en el cocinero más famoso del mundo por cocinarlas; es más importante que seas mujer a haber nacido millonaria, así que preséntate como víctima siempre que puedas, ayudada si es posible de los miles de euros que a ello puedes dedicar).

3) La política debe versar primordialmente acerca de los intereses de esos grupos identitarios. Feminismos, nacionalismos, reivindicaciones LGTB… deben copar los desvelos de la opinión pública.

El virus no distingue por motivos identitarios: no parece exacerbarse ni con gais ni con musulmanas

Y bien, ¿no deberían tambalearse estos tres postulados en la situación actual? Empecemos con el punto 1; el virus no distingue por motivos identitarios: nos puede afectar a todos. Y, de hecho, es más letal en un grupo que, curiosamente, se suele olvidar al hablar de “identidades”: el de las personas mayores (tal vez la causa de tal olvido resida en que su voto suele ir para partidos poco dados a lo identitario).

Cierto es que, desde el principio, muchos de los que ganan dinero por mantener vigentes las identidades (periodistas, políticos, ONG… nuestra nueva clerecía) se han lanzado a intentar amoldar a su marco el Covid-19. Pero, ¡ay!, el bicho no parece estar por la labor de colaborar con ellos: no en vano afecta más a los (supuestamente privilegiados en todo) hombres que a las (supuestamente omnidiscriminadas) mujeres; mata más a los susodichos varones que a las féminas; no parece exacerbarse especialmente ni con gais, ni con musulmanas, ni con vascas transexuales adventistas afrodescendientes y lesbianas.

Vaya con el virus: así no se puede mantener el tipo de periodismo “de género”, “social”, “concienciado” al que nos estaban acostumbrando nuestros nuevos clérigos.

El segundo punto señalado antes podría quedar también en entredicho a partir de ahora. Quizá lo más importante de cada uno de nosotros no sea ya el grupito de oprimidos al que pertenecemos (si lo hacemos); quizá no tengamos que obcecarnos con detectar ofensas a nuestro grupo por doquier. Quizá haya que recordar algo que la obsesión identitaria olvidó una y otra vez. A saber: que somos humanos. Y que eso constituye nuestro rasgo más precioso. De hecho, ni siquiera es un rasgo: es la base sobre la que construimos todos los demás.

Quizá este sea solo el primer golpe de unos cuantos que nos saquen de la etapa más boba de la humanidad

Ojalá vinieran tiempos preocupados sobre todo en resaltar nuestra común humanidad. Esa que nos permite ocuparnos del que lo necesita sin necesidad de adherirle antes la pegatina de su minoritaria identidad.

Por último, la obsolescencia del tercer punto (centrar la política y los medios de comunicación en las identidades) se deriva del decaimiento de los otros dos. ¿No hemos estado este invierno demasiado preocupados por los piropos y demasiado poco por incrementar la cantidad de respiradores artificiales en nuestros hospitales? ¿No discutimos demasiado sobre mesas paritarias con separatistas catalanes y demasiado poco sobre cómo aumentar nuestras UCI? ¿Era de verdad tan importante declarar nada menos que una “emergencia climática”, mientras se relegaba como poco urgente el objetivo, mucho más modesto, de adquirir rápido mascarillas?

El coronavirus va a poner sobre las mesas de la morgue miles de muertos. Ojalá uno de ellos fuera el afán identitario que nos clasificaba en grupos, hacía que nos embobásemos solo con un rasgo de nuestra personalidad, y pasaba por alto cualquier asunto que no coincidiese con estas obsesiones. Es poco probable que así suceda. Pero quizá este sea solo el primer golpe de unos cuantos que están por venir y nos saquen poco a poco de la que, probablemente, haya sido la etapa más boba de la humanidad.

Miguel Ángel Quintana



La erradicación ilusoria de la peste endémica, traducido por Fernando Sánchez Pintado

Publicado originalmente en Le Monde 29 abril 2020

¿Qué pandemia no deja una huella que permanece durante mucho tiempo? Una huella, en primer lugar, histórica; no es necesario investigar a fondo en los archivos, en la literatura o las representaciones pictóricas para encontrar el rastro de la gripe española, de la peste negra o de la de Justiniano. Pero semejantes calamidades no perviven únicamente en los mitos, la literatura o el arte. La existencia de reservorios animales permite que, una vez pasada la crisis, las enfermedades infecciosas de origen animal (zoonosis) persistan en estado endémico. Los focos locales de infección son el origen de casos esporádicos y, cuando se dan las condiciones ecológicas, sanitarias y climáticas adecuadas, se producen nuevos brotes epidémicos altamente letales, como fue el caso en 2017 de la peste en Madagascar.

La peste, que según la OMS todavía causa estragos en varias regiones de África, de América y de Asia, es un vestigio duradero de la última pandemia que tuvo su origen en la provincia china de Yunnan a mediados del siglo XIX, antes de extenderse a través del tráfico marítimo por todo el mundo. Un artículo aparecido en la revista PNAS en mayo de 2019 hacía un balance de la experiencia que nos ofrecía un siglo de lucha contra la peste en la antigua Unión Soviética. A partir de los años veinte del siglo pasado, se adoptaron distintas medidas para erradicar la enfermedad del territorio, con resultados moderados a pesar de los medios extraordinarios que se emplearon.

La bacteria responsable de la peste, Yersinia pestis, es transmitida por insectos vectores, las pulgas, que parasitan a roedores salvajes, en especial a las especies sociales. Su encuentro con animales domésticos o con el hombre conduce a infecciones accidentales, pero potencialmente fatales. El contagio directo entre humanos es, comparativamente, poco frecuente. Partiendo de estos datos, la URSS tomó medidas para “liquidar” de raíz tanto los roedores salvajes como las pulgas.

Cambio de planteamiento

A partir de los años veinte, las grandes campañas de intensificación agrícola en las estepas de Asia central se acompañaron del empleo masivo de insecticidas organoclorados, como el DDT, tóxicos a largo plazo para la población y la fauna, y cuya eficacia disminuía a medida que la selección natural hacía a los insectos más resistentes. En paralelo, fueron diezmados pequeños roedores como los jerbos, lo cual mostró claramente algunos efectos contra intuitivos de la operación; si se reduce, por ejemplo, drásticamente la población de roedores, las pulgas que sobrevivan tenderán a buscar nuevos huéspedes a los que infectar. De esa manera se constató un recrudecimiento de la contaminación de los animales domésticos al hombre.

Aunque un responsable soviético aseguró en 1959 en la Organización Mundial de la Salud que la URSS no había conocido ningún caso humano de peste desde 1928, únicamente para Kazakhstan se encuentran registrados en ese período cuatrocientos casos. En los años setenta, el abandono de esos ilusorios esfuerzos de erradicación completa, pasando a adoptar una estrategia de control, permitió asignar medios a objetivos más abordables y eficaces, habiéndose producido solamente treinta y tres casos en Kazakhstan entre 1974 y 2003.

Este control implica un excelente conocimiento ecológico, geográfico y social del terreno: la vigilancia precisa y la modelización de las poblaciones vectores y de los huéspedes salvajes, a fin de detectar los brotes infecciosos lo antes posible, controlarlos preservando el equilibrio de los ecosistemas, invirtiendo en redes de saneamiento y de sanidad eficaces, flexibles y bien equipadas, así como prevenir, informar y educar a la población, y formar al personal sanitario. Un cambio de planteamiento que ayuda hoy a vivir con la peste … a pesar de la peste.

Autora: Alice Lebreton

Investigadora de l´Institut national de la recherche agronomique (INRAE) y de l´Institut de biologie de l´Ecole Normale Supèriere.

Traducción: Fernando S. Pintado



Contra la anormalidad, por Jorge Bustos

Publicado originalmente el 8 de mayo de 2020 en El Mundo

Dicen unos millonarios en Le Monde que no quieren volver a la normalidad y los comprendo, aunque para decirlo haya que ser millonario. Marx enseñó que la conciencia del personal nace de su bolsillo antes que de su corazón, pero los ricos de su época solo pretendían seguir siendo ricos mientras que los de ahora anhelan conservar a la vez el dinero y el planeta. La clase social se ha quedado pequeña: hoy el millonario que no aspire a integrar la clase planetaria no es más que un nuevo rico, carne del bajo cuché. La conciencia anticonsumista no arraiga en las banlieues de París sino en la alfombra roja, y por eso firman el manifiesto Almodóvar, Madonna, Bardem y otros aristócratas felizmente emancipados de onerosos dilemas como el que disuade al currito de jubilar la furgoneta diésel para mantener las extraescolares del niño.

«Nos parece impensable volver a la normalidad», confiesan lealmente quienes han logrado elevarse sobre los normales. Desde esa altura es lógico que los deseos más llanos parezcan insignificantes, razón de que les parezca errónea la nostalgia de la anciana confinada en su pisito que cuenta los días para volver a Zara. Claro que la ventaja del mundo poscovid es que nos va a ahorrar muchos escándalos superfluos: haríamos bien en reservar la indignación por las pizzas de los niños para cuando falten en Cáritas las legumbres de los parados.

Proclamar la ética de la sobriedad en plena pandemia se parece mucho a abrazar la castidad tras una operación de fimosis. Por fortuna, el tejido cicatriza. «El consumismo nos ha llevado a negar la vida misma», reza el sínodo glam de la Cultura. ¿Pero qué es la vida sino consumición? Cuando Horacio clavó en dos palabras la fórmula epicúrea de la felicidad, escogió precisamente el verbo consumir: carpe diem. El virus es muerte y paro, la vacuna será vida y consumo. Pero el millonario se harta de poder elegir cuando el resto solo está empezando, y al sentir náuseas de su propia abundancia desarrolla el sentimiento de culpa burgués por los golpes que la vida no le ha dado. Ese mórbido remordimiento apadrina ideologías tajantes cuyos efectos nunca rigen para los patrocinadores. Como la intransigencia, el consumismo es un pecado que se predica siempre de los demás. ¡Adónde vamos a llegar si todos hacen como nosotros!, reflexiona Madonna en el jacuzzi.

¿Covid-19? ¡Dadles causas más grandes a nuestras estrellas! ¿Por qué recaudar fondos para una vulgar campaña serológica si pueden suscribir una alerta mundial sobre «la extinción de la vida sobre la Tierra»? Ciertamente a la Tierra lo mismo le da ser el planeta azul que una bola de fuego. Pero la extinción será asimétrica, como la desescalada. Y debería empezar por los manifiestos contra la normalidad de los anormales.

Jorge Bustos



¿Son fiables las estadísticas publicadas sobre la Covid-19? por Juan Díez Nicolas

Publicado originalmente en The Conversation el  10 de abril de 2020

Suele decirse que la primera víctima de una guerra es la verdad. En este caso, la estadística no es responsable sino víctima, pues la responsabilidad corresponde al uso que se hace de ella. No afirmaré que los datos que se han publicado sobre el Covid-19 sean falsos, pero sí que son engañosos. Para que los instrumentos de medir sean útiles, además de ser baratos, claros y comprensibles, deben cumplir dos cualidades imprescindibles: que sean válidos y fiables.

La validez se refiere a que el indicador debe medir lo que dice medir. Generalmente esto es difícil porque lo que se quiere medir son conceptos abstractos. Este problema existe en todas las ciencias, físicas, naturales y sociales. La validez no es un atributo objetivo, sino subjetivo, basado en el consenso de la comunidad científica. El segundo criterio se refiere a la fiabilidad, es decir, que sucesivas mediciones del mismo fenómeno nos proporcionen la misma medición.

Hemos aplicado estos dos criterios a los fenómenos cuyas mediciones se han publicado en los medios de comunicación:

-Número de contagiados por el virus.

-Número de ingresados en hospitales y centros de salud.

-Número de atendidos en unidades de cuidados intensivos (UCI).

-Número de muertos.

-Número de curados.

-Número de contagiados

Al no haber dispuesto de tests suficientes, no solo no se han aplicado estos tests a todos los posibles contagiados, sino que tampoco se han podido aplicar a los que accedían a los centros de salud, por carencia de pruebas. Muchos contagiados han pasado la enfermedad en sus casas.

Por otra parte, ha habido ingresados, incluso tratados en UCI y muertos, que no han sido contabilizados como contagiados porque algunos servicios solo los han tenido en cuenta si habían recibido el test y dado positivo. Cuando se han empezado a recibir los tests, a finales de marzo y principios de abril, la autoridad competente ha establecido que solo se contabilizan como contagiados los que hayan dado positivo en el test, lo que vuelve a excluir todos los demás casos.

Para dar una cifra fiable de contagiados habría que haber aplicado las pruebas a toda la población española. Cualquier cifra de contagiados está, por tanto, subestimada.

Número de ingresados

Es una de las estadísticas que no tiene errores, pues no puede haber fallo en esta contabilidad. El concepto en sí no tiene interpretación posible: o se está ingresado o no se está.

Se sabe que algunas personas deberían haber sido ingresadas, pero no fue posible porque no había camas. Eso no cambia el número de ingresados. Por tanto, esta cifra no significa nada más que cuántas han sido las camas disponibles, pero subestima el número de los que habrían requerido ingreso hospitalario.

Número de atendidos en UCI

Tampoco tiene error posible. Cada hospital sabe cuántas unidades de UCI tiene para atender, generalmente con respirador, en esta epidemia, y cuántas están ocupadas. Ha habido tantos atendidos en UCI como respiradores e instalaciones han estado disponibles.

Se puede argumentar que el número de los que deberían haber sido atendidos en UCI es mucho mayor que el de los que han sido atendidos, pero eso no cambia el dato objetivo. La prueba de este argumento es que, a medida que el sistema sanitario ha podido disponer de más respiradores, ha aumentado el número de atendidos en estas unidades. Por tanto, cualquier cifra subestima el número de los que habrían requerido tratamiento en UCI, aunque ahora ya comience a haber camas libres.

Número de muertos

Cuando comenzó a crecer el número de muertos en España por el coronavirus cundió la alarma, y solo hace unos días se modificó la medición de este hecho, de manera que solo se considera «fallecidos» por el virus a aquellos a quienes se les haya practicado la autopsia que lo certifique.

Es obvio que, al modificar la definición del concepto se pueden eliminar de la estadística todos aquellos casos en que no se ha practicado la autopsia. Por eso, las muertes por esta causa posiblemente están subestimadas desde que se modificó la definición de muerto por el virus.

Número de curados

Esta estadística es la que recibe más atención recientemente, para animar a la ciudadanía. Es cierto que esta epidemia produce muchos contagios, pero menos mortalidad que otras enfermedades. Como las muertes se producen en un período de tiempo muy corto, provocan más pánico en la población.

En este caso, solo se contabilizan como curados los que han sido hospitalizados y dados de alta, pero es evidente que todos conocemos muchos casos de personas que han superado la enfermedad en sus casas. Por tanto, también el número de curados, muy probablemente, esté subestimado.

Por último, no se entiende por qué casi todas las estadísticas que se publican se presentan en cifras absolutas. Es lógico que una población mayor, a igualdad de otras circunstancias, tendrá más muertes de virus que una población más pequeña. Por eso se han utilizado siempre las tasas o las proporciones para comparar los hechos demográficos con la población total, pues es la única manera de obtener interpretaciones y conclusiones comprensibles. Las estadísticas no mienten, se miente con estadísticas.

Juan Díez Nicolas



El tiempo de la modestia, por Juan José Martinez Jambrina

Publicado originalmente en El Español, junio 2020

Las historias del ser humano son bastante simples. Se reducen a todo lo que transcurre entre dos sintagmas: el miedo y el deseo. Para poder comprender esta turbulencia alucinósica que estamos atravesando desde hace cuatro meses hay que recordar que en el principio fue el deseo. Llevábamos 25 años deseándolo todo, sin tregua. Pero en el año 2006, en pleno éxtasis de deseo, en los Estados Unidos de América se produjo una crisis inmobiliaria. Y el deseo se detuvo. Y unos medios de comunicación  despegados del respeto a los hechos desataron el miedo en unos mercados que solo toleran la confianza. Y el miedo hizo estallar la burbuja inmobiliaria. Y a los medios de comunicación se sumaron las redes sociales. Y en el año 2007, el miedo se llevó por delante el curioso mundo de las hipotecas subprime. Y así entramos en el año 2008 con una grave crisis económica tan infodémica como globalizada. Y la crisis también llegó a la pulpa de Occidente. Los sistemas democráticos comienzan a ser cuestionados desde los extremos. Y en esas estábamos cuando llegó la Covid-19, la pandemia que nos ha sumido en un drama sanitario y económico. Estamos en manos del miedo. A lo desconocido, al futuro más inmediato, al contagio, a los cambios necesarios para salir del atolladero. Miedo a todo. Tenemos una pandemia desatada sobre la que crece una nueva crisis económica que va a poner a prueba la resistencia de los sistemas democráticos. Una tormenta perfecta hecha de miedos y deseos.

Decía Pavlov que la única de forma de encauzar la vida instintiva más básica en los seres humanos era la educación desde la infancia. Porque el cerebro humano está mal diseñado para enfrentarse a los miedos, a la incertidumbre. Se disparan mecanismos inconscientes básicos como la negación o la proyección sobre los que asientan numerosos sesgos cognitivos y respuestas motoras como la agitación o el bloqueo. Si algo tienen en común las crisis señaladas es que han estado causadas o avivadas por decisiones apresuradas o inapropiadas en condiciones de zozobra, de urgencia. Porque el mejor antídoto contra las crisis de pánico o los sobrecogimientos paralizantes es la prudencia, la capacidad para pararse a pensar y reflexionar sobre los datos, sobre los hechos y no sobre las opiniones. Estos procesos que subyacen en la toma de decisiones en situaciones de riesgo fueron estudiados por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tverski (unos amigos de película). Kahneman los dio a conocer en su libro “Pensar rápido, pensar despacio” donde detalla los dos sistemas cerebrales que explican como pensamos: el sistema 1, raudo, intuitivo, emocional, casi automático, no pasa por la corteza, que funciona junto al sistema 2 cortical, más lento, pero basado en la deliberación y en la lógica, que permite tomar la mejor opción entre las posibles. Los primeros en valorar estos estudios y la importancia de los sesgos en la toma de decisiones fueron los economistas y no precisamente para eliminar los sesgos, sino para usarlos de cara a controlar mejor los mercados. El psicólogo Kahneman fue premio Nobel en el año 2002. Pero de Economía. Su discípulo Richard Thaler ahondaría en la importancia de los sesgos del conocimiento y recibió el Nobel en 2017 (Thaler aparece en la película “La gran apuesta” (2015) jugando al blackjack y explicando la crisis de las subprime a Selena Gomez).

Así pues, parece que para no sucumbir como barquillas rotas ante miedos y deseos hay que ser prudentes. Desde Aristóteles a la prudencia se llega deliberando y a deliberar se aprende educándose en el método deliberativo, o sea, entrenando. Pero tal vez haga falta algo más para vivir deliberando.

Hace unos días ví un película francesa que viene a ser un corolario de lo expuesto en este artículo. Se titula “Los consejos de Alice” (Michel Pariser, 2019) y está disponible en casi todas las plataformas televisivas. Un veterano alcalde socialista de Lyon sometido al vértigo de la vida social y de las responsabilidades del cargo se encuentra en crisis, apagado, sin ideas. El hombre tiene conciencia de la magnitud de la crisis de la democracia y de todo lo que traerá consigo. Tipo sensato, identifica bien la raíz de su conflicto y evita psicologizarlo. Contrata de asesora a Alice, una joven que ha estudiado Filosofía sin apenas experiencia laboral. El juego de diálogos que se genera entre ambos es una delicia. Es una conversación rohmeriana, un leve vals de estocadas… La joven filósofa le transmite la necesidad de poner calma en su vida, de relegar a la tupida red de asesores que le rodea, de recobrar su autonomía. Y de que ese cambio y la solución a su crisis de ideas y valores pasa por la recuperación de la modestia, de la humildad, en las relaciones interpersonales. Solo desde la modestia, embridando la vanidad y la soberbia, podremos afrontar los cambios que se avecinan sin destrozar la democracia. Para ser prudentes y poder pensar con el sistema 2 de Kahneman primero hay que atreverse a hacerlo, como estipularon Horacio y luego Kant. Y para atreverse a deliberar hay que llenarse de modestia, “porque hay que devolver el crédito moral a las formas civilizadas de vida” dice el otoñal alcalde protagonista. Ha llegado, pues, el tiempo de la modestia. Ojalá, como se dice ahora, las razones de Alice hayan llegado para quedarse.

Juanjo Jambrina



La servidumbre de los cuerpos, por María Ángeles Durán

Publicado originalmente en El País, 30 de julio de 2020

En sus estudios sobre la sociología del cuerpo, Le Breton expuso con gran éxito la idea de que la técnica y la ideología estaban construyendo la nueva corporalidad de la Modernidad. Más restringida la velocidad del cambio por condicionantes éticos que por barreras tecnológicas, el cuerpo humano escapaba de su condición natural y dejaba progresivamente de ser un cuerpo orgánico para convertirse en un cuerpo plástico, protésico, digital, cibernético y, finalmente, inmaterial. De golpe y sin previo aviso, esta perspectiva parece haberse esfumado. A causa de la pandemia de la covid-19, las insuficiencias de la técnica y de la estructura productiva se han hecho patentes y la penuria de simples equipos de protección ha echado por tierra el sueño de la inmortalidad cibernética. Quizá no era un sueño, sino una pesadilla en los comienzos de su gestación. Las relaciones humanas se han hecho más restringidas y corpóreas a la par que virtuales; el cuerpo no puede darse ya por garantizado ni es el telón de fondo que enmarca las demás cualidades de la persona, sino un aviso de alerta que se anticipa a cualquier otra percepción. El miedo al contagio se ha instalado firmemente y evitar el cuerpo del otro es una guía de conducta legalmente impuesta.

Alrededor del cuerpo todo ha cambiado. Simmel enfatizaba la importancia del rostro, la mirada y el reconocimiento visual, la sensorialidad, los detalles, la etiqueta de la gestualidad. En lugar de proyectarse, ahora el gesto se reprime, sobresalta al otro, obliga a pedir disculpas por el acercamiento excesivo. Códigos complejos y elaborados por un aprendizaje de siglos, basados en la capacidad de ver, oír, tocar, oler y gustar, tendrán que rehacerse y de momento están en suspenso, en el torpe ensayo de olvidarlos e instalar a tientas los nuevos.

Mientras las pilas de agua bendita están vacías, el gesto ritual ha revivido a la puerta de los centros comerciales, donde el rastro del aroma levemente punzante del hidrogel se expande a veces hasta las calles. Tememos las nubes de respiración que acompañan nuestro paso y el de los otros. Sospechamos del aire y el agua por si arrastrasen gotículas contaminantes. La voz del otro, su risa, su cántico, su estornudo o su beso; todo es posible vínculo de transmisión del mal. Para evitar la nariz y la boca de los otros, tapamos con máscaras nuestra cara, enfundamos el cuerpo en trajes de astronauta cuando la actividad nos obliga al contacto físico.

La exhibición de los cuerpos bien mantenidos se había declarado consustancial a la Modernidad. ¿Cómo se ejerce la seducción en los espacios encapsulados, fragmentados por mamparas acrílicas, con la distancia regulada a un mínimo de dos metros? La vestimenta y el adorno eran signos del cuerpo, pero no hacen falta signos, o al menos no de ese tipo, cuando han dejado de frecuentarse los espacios de encuentro. En la rebeldía de los jóvenes no hay sólo la prepotencia de quien se cree inmune, también se afirma la necesidad de reponer la pérdida del contacto, del juego.

Las manos eran antes una herramienta para conocer el mundo, y la pandemia las convirtió en fuente de riesgo. Tocar es ya un ejercicio prohibido o, cuando menos, fuertemente desaconsejado. Por prescindir del cuerpo, ahora rehuimos la exploración y la caricia. Un ligero chocar de codos sustituye malamente al apretón de manos, al roce suave de las yemas de los dedos. Se ha generado una nueva avaricia de la proximidad; hay que escatimar, limitar personas y espacios, decidir con quién se quiere o necesita compartir la cercanía. Entre el afecto y la consciencia, se instala la lotería del riesgo. Lejos de quien querríamos estar cerca, el azar nos coloca próximos a los desconocidos irrastreables que posaron sus manos hace un rato en la misma barandilla o los que respiraron en el mismo ascensor y cabina. Sentimos nostalgia por la pérdida de los grupos intermedios, la de quienes sin ser íntimos compartían con nosotros la mesa festiva, el espectáculo, la reunión religiosa o el debate presencial.

En toda política hay algún tipo de coacción o restricción sobre el cuerpo; en la pandemia, las prohibiciones y restricciones tratan de limitarse al nivel inocuo de la recomendación, pero su eficacia escasa obliga a imponer sanciones de todo tipo al incumplimiento, desde multas hasta privación de libertad. En el plano personal, la norma y su desobediencia se acompañan de un arco de sensaciones, desde la festiva del reto y la aventura hasta la dolorosa del desasosiego y la culpa. Lo que comenzó con el anuncio de un breve cierre de los espacios educativos ha ido prolongándose mes tras mes, sin que el fin del confinamiento haya traído una libertad real de movimientos, ni a corta ni a larga distancia. Imposible hacer proyectos en medio de tanta incertidumbre, cuando la amenaza sigue latente y agazapada, pronta a revivir por circunstancias propias o ajenas. Suplicamos, para que declaren a nuestros territorios libres de riesgo de contagio, para facilitar la llegada de los otros/consumidores. Y bregamos, actuamos contundentemente para evitar que vengan a nuestro territorio los otros/no consumidores, o los que proceden de territorios contaminados.

La Modernidad había creado infinidad de ocupaciones relacionadas con el cuidado, mantenimiento y esplendor del cuerpo. Más allá de la lucha contra la enfermedad, la medicina se había expandido hacia los límites de la estética, el modelado, la corrección de las imperfecciones. Pero el temor al cuerpo ajeno, al contacto con los otros, ha mermado la asistencia en los gimnasios, las salas de fisioterapia, las manicuras y demás servicios personales. El acceso, gratuito o pagado, al cuerpo del otro también se ha redefinido en un nuevo equilibrio entre la oportunidad y la prudencia.

No sabemos cuánta gente quedará marcada por las secuelas de la enfermedad, el estrés, las convivencias intensivas no deseadas, el sedentarismo, el desuso de los servicios sanitarios y, en los casos peores, el desempleo y el hambre. Pero no sólo pasa factura el daño directo, objetivo y medible. A los mayores, la pandemia nos ha dejado más aislados y viejos, anclados en el estatuto ambiguo de la necesidad de protección. A los enfermos y a los que van a morir, más solitarios; quizá sea la oportunidad de repensar la deriva organicista de la medicina y, por ende, del sistema sanitario, que ha avanzado en el conocimiento de las parcelas del cuerpo a costa de olvidar al paciente en su totalidad de persona. A los forasteros, la pandemia les ha convertido en más sospechosos y rechazables. A las mujeres, más sobrecargadas por el cuidado. A los afortunados que atravesaron la enfermedad sin sufrir sus síntomas les ha premiado con un nuevo título de aristocracia de sangre.

Para compensar tanto sufrimiento, inventamos risas donde no hay ganas, esperanza contra todo pronóstico; lo que antes decían agarrarse a un clavo ardiendo. El clavo ardiendo es la vacuna, la contención. Sabemos que tardará en llegar y, aun cuando el antídoto sea capaz de ofrecer suficiente protección, persistirán las desigualdades y la dificultad de acceso. ¿Quién podrá pagarla, asegurar las dosis, a pesar de las economías endeudadas? ¿Cuántos cuerpos enfermarán, morirán entretanto?

Lo que el coronavirus nos ha mostrado a todos es que la Modernidad puede tener caminos de vuelta atrás. Que somos vulnerables y hemos de adaptarnos a las servidumbres de nuestro cuerpo, inventando un modo distinto de tratar con los cuerpos ajenos.

María Ángeles Durán