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Los grandes avances que en los últimos años se están produciendo en el campo de las tecnologías han hecho creer a muchos que la civilización avanza al mismo ritmo y que las amenazas que se ciernen sobre ella carecen de importancia. Esa huida de la realidad no es algo nuevo. Ya ocurrió en la Europa de la segunda década del siglo XX. La mayoría de la gente, empezando por los intelectuales, estaba persuadida de que se había llegado a tal grado de civilización que una guerra entre naciones europeas era imposible y que, de producirse, no pasaría de ser una simple escaramuza. Tan insensata creencia fue desmentida por la realidad de dos guerras mundiales en el lapso de treinta y dos años con millones de muertos y destrucciones como nunca se habían visto a lo largo de la historia. Y, lo que es peor, nada puede asegurarnos que esa creencia, a pesar de su insensatez, si es que no a causa de la misma, no vuelva a repetirse. La huida de la realidad es la espada de Damocles de la humanidad, sobre todo en unos tiempos tan agitados y coloreados por un sinfín de imágenes, músicas y espectáculos como son los nuestros.

El hecho de que países de régimen totalitario, como la extinta URSS y la China comunista, no hayan sido incompatibles con los progresos de las ciencias y las tecnologías, debería abrir los ojos a muchos para que, al fin, lleguen a ver la realidad. ¿Qué realidad? La de que el mantenimiento de la civilización no va unido a esa clase de progresos. ¿A qué va unido entonces? Al sostenimiento de ciertos valores morales y de ciertos derechos fundamentales, como son los que se enumeran en la Declaración universal de los derechos humanos, de 1948. ¿Qué ideologías han representado la mayor amenaza a esos valores y derechos? A lo largo del siglo XX, el comunismo marxista-leninista-stalinista de la URSS y la China de Mao, el fascismo italiano de Mussolini y el nacionalsocialismo alemán de Hitler. Las decenas de millones de muertes que esos regímenes han causado, incluso entre los habitantes de sus países, demuestran de la forma más sangrienta hasta qué extremo la barbarie se puede enseñorear de sociedades que presumen de ser el no va más de la ciencia, la tecnología, la filosofía, la literatura y las artes.

De lo que acabo de decir puede deducirse que un libro que lleva en su frontispicio la palabra Democracia empiece su recorrido profundizando en la naturaleza de esas ideologías antidemocráticas. En el capítulo inicial he querido mostrar por qué y cómo esas ideologías funcionan como religiones capaces de enseñorearse de las conciencias y de las voluntades de millones de seres humanos, y cómo, por esa condición suya de religiones, ayudan a comprender uno de los temas principales del libro y al que dedico más espacio: el carácter político de la religión fundada por Mahoma —el islam— según aparece expuesta en el Corán, en los dichos atribuidos a Mahoma —los llamados hadiz—, y en la vida del Profeta árabe. Si no se profundiza en el conocimiento de esa religión fundada hace mil cuatrocientos años y a la que en el día de hoy están afiliadas mil quinientos millones de personas en el mundo y más de cincuenta millones en Europa, no podría entenderse la amenaza que se cierne sobre el mundo en general y sobre Europa y el Occidente en particular. En una palabra, sobre la civilización o, lo que es lo mismo, sobre los valores y derechos sin los cuales hablar de civilización es un abuso de lenguaje. «Civilización» viene de civis, que en latín significa «ciudadano», condición a la que va unida la de persona en su sentido más pleno. Solo se puede llegar a ser una persona cabal si el Estado garantiza el respeto a ciertos derechos y valores fundamentales derivados de la condición de ciudadano.

A la amenaza que representan, de una parte, las religiones políticas mencionadas y las herederas que a esas religiones les han salido en el siglo XXI con el vistoso atuendo de los más variados populismos, y, de otra, las derivaciones políticas del islam que se han hecho tan brutalmente presentes en los últimos años, sobre todo en los países donde el islam predomina (pienso en Argelia, Libia, Líbano, Siria, Irak, Yemen, entre otros) se ha venido a sumar la no menos grave amenaza de los nacionalismos que pretenden disgregar numerosos países europeos (pienso ahora en Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, España, etc.). De ahí que otro largo capítulo de este libro esté dedicado a ese tema. Se trata de una disgregación que, en el caso de Europa, tiene un único beneficiario: el obtuso nacionalismo de Alemania, país que está en primera línea a la hora de alimentar y proteger esos nacionalismos disgregadores, según mostré en algunas páginas de Recuperar la democracia (2008), que me he tomado la licencia de reproducir en el presente libro. Concretamente, en el Apéndice 3 del Capítulo 7, que dedico al nacionalismo.

He dicho «obtuso», pues, aunque en los últimos veinte años los sucesivos gobiernos de la República Federal han conseguido la anexión de la Alemania Oriental sin haber consultado a los germanorientales si querían ser anexionados, han llevado a cabo la expansión de su Lebensraum hacia el Este con la incorporación a la Unión Europea de los antiguos países satélites de la URSS, han logrado su anhelada salida al Mediterráneo a través de sus tradicionales aliados Eslovenia y Croacia gracias a la desintegración de Yugoslavia, resultante sobre todo de la política germana, y han rechazado sin el menor miramiento el deseo de independizarse que han manifestado algunos de los principales estados alemanes, como es el caso de Baviera, que a lo largo de su historia ha sido durante siglos un estado independiente y soberano, la realidad es que la disgregación de los países europeos por el nacionalismo separatista que hemos mencionado tendría como inevitable consecuencia una guerra civil europea (eso fueron, al fin y al cabo, las dos guerras mundiales) de la que la propia Alemania, aunque solo sea por su situación geográfica, sería el país más perjudicado y, posiblemente, incluso borrado de la historia.

Antes de llegar al último capítulo del volumen, «Reconstruir la democracia», invito al lector a pasar por otros dos en los que se trata del puritanismo anglosajón y de la clave poética del cristianismo católico, según fueron vistos por Jorge Santayana, eminente filósofo y escritor americano que nunca quiso renunciar a la nacionalidad española (a pesar de escribir, magistralmente, en inglés), pues los escritos de Santayana que presento en esos dos capítulos sirven para iluminar aspectos especialmente relevantes de la cultura contemporánea. En el primer caso, la formación de la nación más poderosa de este último medio siglo, los Estados Unidos de América, la mentalidad de cuyas élites gobernantes ha estado especialmente condicionada por el ideario puritano, y, en el segundo, el carácter esencialmente poético del cristianismo católico romano, frente al cristianismo luterano-calvinista y, sobre todo, frente al islam, con el que el protestantismo tiene, según se verá, puntos ideológicos de contacto.

A esta cuestión aludí en mi libro Sobre el fundamento (2002), cuando señalé que

en el sistema de las grandes religiones, el catolicismo romano ocupa una posición intermedia entre […] la ortodoxia de los cismáticos y el reformismo de los luteranos y los calvinistas; y también entre el islamismo y el budismo. El cristianismo reformado representa la orientación más judaizante-islamizante […]. Los dos grandes competidores del catolicismo en el siglo XXI serán, por el lado del fideísmo, el islamismo; y por el del filosofismo, el budismo […] La gran confrontación será la del catolicismo con el islamismo […] Pero tal vez la confrontación decisiva será otra: la que el catolicismo librará consigo mismo (p. 159).

Poco antes, en ese mismo libro, subrayé la aplicación «que hacen del terror y la violencia los grupos totalitarios, generalmente relacionados con el nacionalismo, el comunismo y el islamismo» (p. 148).

Como paso previo a las propuestas que hago para reconstruir la democracia —tema esencial de este volumen, pues si algo se pretende en las siguientes páginas es contribuir a poder llevar adelante nuestras vidas de la forma más civilizada posible— está el capítulo que dedico a analizar el origen, el fundamento y la razón de ser del Estado a fin de destacar los aspectos más relevantes de un Estado de derecho auténticamente democrático.

Democracia, islam, nacionalismo es —digamos para rematar estas líneas preambulatorias— una obra que se fue gestando a lo largo de muchos años. El inicio de la gestación se puede situar en otros dos libros míos: La mentira social. Imágenes, mitos y conducta (1989) y Recuperar la democracia (2008). Espero que este nuevo y arriesgado parto colme las expectativas que inevitablemente suscitan las importantes cuestiones que en él se lanzan a la arena.

      Ignacio Gómez de Liaño