LOADING

Type to search

Cultura

Sobre gustos está todo escrito

Share
866 visualizaciones
Mas allá de Galdós, la cuestión del gusto, por José Lázaro

Publicado en el El País, 6 de marzo de 2020

Juan Benet suele funcionar bien como piedra de toque. Escritores que coinciden en muchas cosas (también cuestiones de gustos), e incluso tienen entre sí excelentes relaciones amistosas, se abren como las aguas del Mar Rojo al llegar a él. De un lado están los que lo consideran como una cumbre en la novela española del siglo veinte, encabezados por sus discípulos directos, como Javier Marías o Félix de Azúa. Del otro los que celebran el comentario que hizo Savater cuando Benet criticó a la Unión Soviética por ser demasiado blanda con Solzhenitsyn: dijo que su opinión era muy importante, al ser Benet un gran especialista en técnicas de tortura, como puede comprobar cualquiera que intente leer una de sus novelas.

No solo hay gustos totalmente contrapuestos entre personas de inteligencia, formación e intereses similares. También ocurre frente a los diversos géneros cultivados por un mismo autor. El propio Savater es un gran defensor de los ensayos y artículos que escribió Benet, cuyo estilo ingenioso, ocurrente y agudo contrasta ciertamente con el tono de sus novelas. Y el propio Savater lamenta que las novelas de aventuras o fantásticas que él mismo ha escrito no tengan la acogida que suelen tener sus artículos y ensayos.

Fue precisamente Benet quien planteó de forma polémica la cuestión del gusto literario en el artículo “Pan y chocolate” (1981). Sostenía que el paso de la infancia a la juventud implica “trocar a Verne y Stevenson por Kafka y Hemingway, pongo por caso. En este, como en cualquier otro cambio de paladar, no hay vuelta atrás”. Frente a la moda de reivindicar las novelas de acción, de piratas o de fantasmas, defendía los aspectos creativos e innovadores de la gran literatura que abre al público “un nuevo cauce a su sensibilidad y un mayor horizonte de su entendimiento”, a diferencia del producto pseudocultural, que no incrementa más que el embrutecimiento.

Savater respondió afirmando que un buen lector, como todos los animales superiores, suele ser omnívoro, lo que no significa que carezca de paladar sino que saborea cada género literario en función de sus propias características. Tras reivindicar la categoría literaria de lo interesante (que no está al alcance de todo escritor adulto) y plantear la sospecha de que quizá lo inmaduro sea el vanguardismo adolescente de los experimentos lingüísticos abstractos, confesaba su incapacidad de soportar los “monótonos monólogos monocordes que declaman inacabablemente lecciones cuya pedantería impresiona más que su profundidad, con el mínimo soporte de argumentos imperceptibles o indescifrables” y concluía reafirmando lo apetecible que puede resultar “el pan y el chocolate al sentirse harto de tocinos de cielo y de tortillas de tonterías”.

El caso de Galdós no solo es paradigmático por las reacciones opuestas que provoca; es a la vez idóneo para plantear, en términos generales, la cuestión del gusto, del papel que juegan la objetividad y la subjetividad en los criterios que se usan para valorar la literatura. Y más allá de la literatura, para cualquier juicio de valor estético. Y más allá de la estética, para cualquier juicio de valor, sea artístico, moral, económico, jurídico, político, sanitario… Pero quedémonos en la literatura, porque sería desmesurado plantear, en un artículo periodístico, las coincidencias y diferencias que se dan entre el acto de valorar la última película de Amenabar, la conducta de Estefanía en la isla de las tentaciones y la salud mental del señor Torra.

Los ejemplos son inagotables. Editores de primera categoría rechazan una y otra vez manuscritos de autores desconocidos que cincuenta años después son obras célebres disfrutadas por millones de lectores en múltiples lenguas. Y junto a casos como los citados, de autores que fracasan en un género que les ilusionaba pero triunfan en otro al que ellos no daban tanta importancia, hay también escritores que se mueven como pez en el agua en múltiples registros: Torrente Ballester escribió alguna de las mejores novelas vanguardistas de su época (La saga-fuga de JB) pero también obras maestras del realismo (Los gozos y las sombras), excelentes relatos fantásticos (El cuento de Sirena), enjundiosos estudios literarios (El Quijote como juego) y deliciosas compilaciones de ensayos (Los cuadernos de La Romana). Y este tipo de escritores polifacéticos son además la mejor refutación de quienes intentan explicar el fenómeno aludiendo a modas literarias o a gustos generacionales.

No se resuelve el problema invocando la objetividad o la subjetividad. La cuestión misma evidencia, solo con la posibilidad de plantearla, el papel decisivo de la subjetividad en el gusto literario. Y la importancia de la objetividad queda clarísima en la reacción que produciría quién afirmase que Francisco Umbral es un escritor mucho mejor que Cervantes.

Hay casos que suscitan casi unanimidad y otros en los que ocurre todo lo contrario. Las opiniones sobre la calidad de Valle Inclán, García Lorca o Sánchez Ferlosio tienen muy pocas voces disonantes. Ocurre exactamente lo contrario cuando se plantea el caso de Cela (que muestra en forma diáfana cómo el juicio de valor ético infiltra, inevitablemente, el estético).

La cuestión —apasionante— está abierta y no es fácil de cerrar. Quizá habría que preguntarse si es deseable cerrarla o es preferible seguir abriéndola, por la cantidad de enseñanzas que podemos sacar de su interminable exploración. El tono razonable y sereno en que Cercas y Muñoz Molina, sin rehuir la polémica, han planteado sus diferencias sobre Galdós, alimenta la esperanza de que, incluso en el país que retrató Machado, es posible que poco a poco las cabezas que piensan le vayan ganando terreno a las que embisten.

José Lázaro



Galdós, por Javier Cercas

Publicado en El País, 9 de febrero de 2020

Buscaba yo la forma de razonar en esta columna por qué me gusta menos Benito Pérez Galdós que a muchos de mis colegas españoles —a pesar de haberme pasado media vida tratando de explicar en la universidad su enorme importancia histórica y sus méritos literarios— cuando vino en mi ayuda un artículo providencial de Almudena Grandes.

Se titula Galdós para entender la España de hoy (EL PAÍS, 5-1-2020) y dice en lo esencial dos cosas. La primera es que Galdós “nunca fue neutral”. Es verdad, y ahí es donde empiezan mis problemas. El 9 de diciembre de 1852, Gustave Flaubert escribe en una carta célebre: “El autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todas partes, pero sin que se le vea en ninguna”. Más de medio siglo después, James Joyce, uno de los dos mejores discípulos de Flaubert —el otro fue Franz Kafka—, recordaba quizá esas palabras cuando escribió: “El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, refinado de la existencia, indiferente, limándose las uñas”. Esta objetividad, esta imparcialidad — esta neutralidad— constituye uno de los pilares de la novela moderna: para sus más destacados representantes, ella es la garantía de la creación de un mundo verbal autónomo, surgido de la realidad pero emancipado de ella, cuyos moradores fingen existencias tan ricas, intensas y complejas como las nuestras (o más). Galdós, en efecto, se halla en las antípodas de eso. En sus novelas toma casi siempre partido y, preocupado por difundir las causas en las que cree (todas ellas muy encomiables, por cierto), le dice al lector lo que debe pensar, en vez de dejar que sea el lector por sí mismo quien piense; este paternalismo es literariamente letal (y en sus peores momentos degenera en el mayor defecto de la literatura española desde Quevedo: el señoritismo). No creo en la banalidad posmoderna según la cual la literatura no es útil; por supuesto que lo es, pero sólo si no pretende serlo: en cuanto lo pretende, se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser literatura (al menos, gran literatura). Llegamos así al segundo punto de Grandes. Ésta afirma que “los lectores de Galdós tenemos una perspectiva más amplia de lo que estamos viviendo que los españoles que nunca lo han leído”, y a continuación enumera algunas lecciones que, leyendo a Galdós, es posible aprender sobre la historia de España. Grandes tiene también razón en esto, sólo que todas y cada una de las lecciones que menciona pueden asimismo aprenderse leyendo libros de historia (a veces, incluso, un buen manual). Ése es el segundo problema: que, precisamente a causa de su afán pedagógico, las novelas de Galdós tienden a menudo a ser redundantes; lo que ellas enseñan ya lo enseñan los libros de historia, mientras que lo que enseñan las grandes novelas (el Quijote, Madame Bovary, El proceso) no puede aprenderse más que leyéndolas: no es una verdad histórica, concreta, factual, sino una verdad moral, universal, esa verdad elusiva, huidiza, paradójica, contradictoria y esencialmente irónica que sólo las novelas contienen, y que sólo cabe llamar verdad literaria.

Esta doble inclinación que lastra tantas novelas de Galdós —la tendencia a la pedagogía y a la redundancia— explica en cierta medida la incomodidad que produce su lectura. No a todo el mundo, ya digo: de un tiempo a esta parte la novela española vive el retorno de un realismo didáctico, moralista y edificante, que yo no creo que lleve muy lejos, pero que quizá es una de las razones del fervor renovado por Galdós. El cual, casi sobra decirlo, puede ser muy bueno: Fortunata y Jacinta es tal vez, junto con La Regenta, la mejor novela española del siglo XIX. El problema es que el siglo XIX español no es el inglés ni el francés, ni tampoco el ruso. O dicho de otro modo: no le hacemos ningún favor a la literatura —ni siquiera a Galdós— cuando, llevados por el celo patriotero o por el legítimo entusiasmo, lo elevamos a la altura de Dickens o Flaubert, de Tolstói o Conrad o Dostoievski; es decir, a la de los mejores de sus contemporáneos. Sencillamente porque ése no es su lugar.

Javier Cercas


En defensa de Galdós, por Antonio Muñoz Molina

Publicado el El País, 14 de febrero de 2020 

Decía Borges en su vejez que no darle a él el Premio Nobel de Literatura se había convertido ya en una antigua tradición escandinava. Una tradición española casi escandinava también ya de tan antigua es la de mostrar la modernidad de uno mismo como novelista perdonándole la vida a Pérez Galdós. Uno de sus primeros cultivadores fue Valle-Inclán, quien tanto le debía, personalmente y en su educación literaria y política. Valle-Inclán hizo aquella bromita sórdida de llamar a Galdós “don Benito el Garbancero” y la carcajada despectiva española no ha parado de resonar desde entonces. Galdós era garbancero, decimonónico, vulgarote, costumbrista, agropecuario.

El último en sumarse a esa antigua tradición ha sido Javier Cercas, en un artículo de la semana pasada en El País Semanal. Cercas tiene todo el derecho del mundo a que no le guste Galdós, pero tal vez no a reducirlo a una caricatura. A Galdós le costó muchos años de dedicación incesante al oficio alcanzar la maestría de sus grandes novelas y del ciclo prodigioso de los Episodios, pero a Javier Cercas le bastan un par de párrafos para descalificarlo. Dice Cercas: “En sus novelas toma siempre partido, y preocupado por difundir las causas en las que cree, le dice al lector lo que debe pensar, en vez de dejar que sea el lector por sí mismo el que piense”. Efectivamente, Pérez Galdós, desde muy joven, se comprometió apasionadamente con una causa en la que creía, y que le importaba mucho, que era la de la libertad española, el impulso siempre amenazado y siempre muy frágil de establecer un sistema político que garantizara los derechos ciudadanos y el progreso social. Vivió en persona, recién llegado a Madrid, el júbilo de la revolución de 1868, y vivió también en los años siguientes el desmoronamiento de aquellas esperanzas y el retorno al poder de quienes llevaban ejerciéndolo desde antes de las Cortes de Cádiz, la Iglesia católica, la aristocracia parásita, los militares aprovechados y despóticos. En sus primeras novelas, muy juveniles todavía, indagó en el ejemplo histórico del despotismo oscurantista de Fernando VII y en la desastrosa incompetencia de la mayor parte de los liberales que se enfrentaron a él. La vehemencia política, la necesidad de comprender, el deseo de imaginar novelescamente el pasado le permitieron superar muy rápidamente el esquematismo en el que algunas veces cayó desde luego en su primera época. Y en el progreso hacia la madurez le ayudó tanto el sentido crítico y la capacidad de observar y escuchar que siempre tuvo como el conocimiento de lo mejor que estaba publicándose en la narrativa europea. Galdós no es un provinciano español aislado del mundo. Ricardo Gullón y Stephen Gilman investigaron con sensibilidad y erudición el diálogo lector que Galdós mantuvo desde muy joven con los novelistas europeos de su tiempo. Aprendió primero de Balzac y de Dickens, y cuando llegaron Flaubert, Zola y los grandes rusos estuvo al tanto de lo que escribían, muchas veces urgido por su amiga Pardo Bazán, y se dejó influir por ellos, igual que había sabido aprender del ejemplo de un escritor más joven que había escrito una primera novela deslumbrante, Leopoldo Alas.

Un novelista aprende de la vida y de las novelas. Observando la vida política y la vida cotidiana, viajando regularmente por Europa, recorriendo España en viajes que le dieron un conocimiento variado y profundo del país, Pérez Galdós fue creando un mundo narrativo que es exactamente lo contrario de esa simpleza pedagógica o doctrinaria que Javier Cercas dice encontrar en sus novelas. La conciencia política de Galdós se corresponde con su actitud de novelista en una pasión simultánea por comprender y mostrar la complejidad. Los Episodios empiezan en su primera serie como estampas patrióticas de heroísmo popular y muy pronto se convierten en algo mucho más complicado, y más sombrío, y más desolador. En la segunda serie ya casi no hay héroes: hay, sobre todo, verdugos y víctimas, personajes divididos entre la nobleza de los ideales y la vulgaridad de la ambición, el oportunismo, el delirio estéril. No sé cómo se puede acusar de didactismo, o de simplismo, a quien ha creado el retrato a la vez trágico y banal del coronel Riego, el héroe liberal de 1820 que resulta ser un atolondrado y un irresponsable, que sube sin dignidad al cadalso en una escena que tiene la catadura siniestra de una pintura negra de Goya. Zumalacárregui, el primer episodio de la tercera serie, en la que se narran con amargura los horrores de la guerra carlista, tiene en su centro la pura ambigüedad: Zumalacárregui es al mismo tiempo el espadón que asegura las victorias del bando ultra y un hombre caballeroso, capaz, austero, de un valor sereno. Galdós era un ciudadano liberal que cada vez fue inclinándose más al republicanismo y al socialismo, y también era un hombre lúcido que veía el contraste entre los ideales y los intereses, entre las intenciones y los comportamientos. A Cercas parece ofenderle que se le sitúe a la altura de otros grandes novelistas europeos. Pero cabe preguntarse si los usureros de Dickens o de Balzac tienen la complejidad humana y novelesca del Torquemada de Galdós, cuyo ascenso social está prodigiosamente relatado a través de sus cambios en el vocabulario, o si hay un personaje femenino en Flaubert o en Zola que esté retratado con la hondura, la perspicacia, la sofisticación literaria y psicológica de muchas de las mujeres de Galdós, no solo Fortunata o Jacinta: pienso en la Amparo de Tormento, o en la Isidora de La desheredada, la Benina de Misericordia, la deslumbrante Tristana. En cada una de ellas se va perfeccionando esa tercera persona de Galdós en la que el punto de vista se desplaza de un personaje a otro con la flexibilidad de una cámara de cine que no para de moverse y no llama la atención sobre ella misma.

Dice Cercas que una de las razones del “fervor renovado por Galdós” es que “la novela española vive el retorno de un realismo didáctico, moralista y edificante”. Es verdad que ahora hay novelas que tienen mucho de manifiestos doctrinarios. Pero Galdós, para quien lo lea con atención y a ser posible sin arrogancia, actúa precisamente como un antídoto de las simplificaciones y las divisorias entre buenos y malos. Su pasión por la libertad y la justicia es inseparable de su talento de novelista: retratando a seres humanos verdaderos, hombres y mujeres, burgueses y trabajadores, niños y viejos, potentados o mendigos, Galdós nos muestra la gran lección universal de la novela, que la vida concreta está por encima de cualquier doctrina.

Antonio Muñoz Molina



Respuesta de Cercas a Muñoz Molina

Publicado en El País, 15 de febrero de 2020

Afirma Antonio Muñoz Molina que tengo “todo el derecho del mundo” a que Galdós no me guste tanto como a él; puede ser, pero a juzgar por su artículo En defensa de Galdós (Babelia), no parece muy contento con que haya ejercido ese derecho en Galdós (El País Semanal, 9-2-2020). Asimismo, afirma Muñoz Molina que caricaturizo a Galdós; también puede ser: al fin y al cabo, a pesar de haberme pasado media vida tratando de explicar en la universidad su enorme importancia histórica y sus méritos literarios (que los tiene), no he sido capaz de vislumbrar en su obra los casi infinitos placeres, sutilezas y complejidades que detecta en ella Muñoz Molina, hazaña por la que le felicito.

En definitiva:  es posible que yo subestime a Galdós, pero también es posible que él lo sobrevalore y que sostener, como él parece sostener, que el novelista canario es superior a Dickens o Flaubert sea una verdadera temeridad (si no un disparate). En cualquier caso, lo que Muñoz Molina no debería de ningún modo permitirse es decir que quienes no compartimos su imbatible entusiasmo galdosiano y tenemos el atrevimiento de tratar de razonarlo en público, desde Valle-Inclán o Baroja hasta Juan Benet —por mencionar solo escritores españoles—, lo hacemos para dárnoslas de modernos. ¿No podría imaginar Muñoz Molina una motivación un poquito menos espuria que esa, o simplemente menos insultante? ¿No cabría la posibilidad de que algunos de nosotros lo hayamos hecho, por ejemplo, porque no consideramos inútil discutir los méritos reales de los clásicos, aunque nuestra valoración de ellos no coincida exactamente con la de Muñoz Molina? Yo creo que debería pensarlo.

Javier Cercas



La estatua en vida de Galdós, por Daniel Martín Mayorga

Se suele decir, con toda razón, que a las estatuas urbanas las miramos, pero no las vemos. Es fenómeno común, más acentuado cuanto mayor es la ciudad. Uno está, pongamos por caso, en Madrid, y bien puede pasar al lado de la fuente dedicada al río Lozoya en la calle de Bravo Murillo con sus tres soberbias esculturas, sin despegar la vista del suelo –o del móvil. Tampoco nadie se molesta en alzar los ojos para contemplar las que ocupan los nichos de la fachada en la iglesia de Las Calatravas de la calle de Alcalá, o el majestuoso Esculapio que nos bendice desde el frontis del antiguo Colegio de Médicos de Atocha. Y si esta indiferencia sufren aquellas que, como las anteriores, están arropadas por un espacio monumental, ¿qué decir de las exentas, solitarias, presencias fantasmales entre coches y peatones como –es un ejemplo entre mil- la espléndida Andrómaca del escultor decimonónico José Vilches, que se mesa los cabellos en el paseo de Recoletos sin un mal Héctor que la mire?

Hay, sin embargo, una excepción en el paisaje madrileño, o eso queremos creer. Nos referimos a la hermosa escultura dedicada a don Benito Pérez Galdós, obra de Victorio Macho que, con prestancia de esfinge, luce imponente en el parque del Retiro. Siempre que pasamos cerca se nos va la vista hacia esa recia figura, y hemos observado con satisfacción que a la mayoría de los paseantes les ocurre lo mismo. Será querencia galdosiana o, más probablemente, el genio del escultor, que ha sido capaz de aunar, en su sobrio diseño, majestuosidad y ternura; el caso es que la estatua atrae a las miradas y, a veces, a las personas, que se acercan a examinar la leyenda del pedestal: Galdós, Episodios Nacionales, Novelas Contemporáneas, Teatro.

Este malhadado 2020 estamos celebrando el centenario de la muerte de don Benito. Nos ha parecido que una modesta contribución a la efemérides podría bien ser reproducir aquí los recuerdos de alguien que asistió a la inauguración del monumento. Hablamos de César E. Arroyo, escritor y diplomático ecuatoriano, autor de un pequeño librito donde despliega su extraordinaria admiración por el novelista. Se titula sobriamente Galdós (Sociedad General Española de Librería, Madrid, 1930), y uno de los apartados está dedicado precisamente a narrar el acontecimiento.

El capítulo en cuestión, titulado La apoteosis, principia así:

Fue radiante aquel sol de domingo de febrero de 1919. Bajo las frondas amables del Buen Retiro, entre la elegancia estilizada de un eucalipto y la gracia primaveral de un almendro, blanco, sereno y armonioso como himno en mármol, semicubierto por una gran bandera española, se alzaba el monumento que iba a ser inaugurado.

Este inicio ya merece comentario, y no solo por el estilo un punto florido, tan propio de la época. En primer lugar, la fecha: el acto no se celebró en febrero sino en enero, concretamente el 19, como figura en el acta del Ayuntamiento. Y tampoco estamos ante un himno en mármol. El material, según hemos leído en alguna parte, es piedra blanca de Lérida y, sin entrar en sutilezas geológicas o semánticas sobre si mármol y piedra son equivalentes, lo que se deja bien ver por cualquiera que se aproxime al monumento es que lo que el común entendería por apariencia marmórea, eso no lo tiene… Pero disculpemos sin más cuestión estos pequeños despistes, producto sin duda de lo emocionante del momento (más adelante, el propio Arroyo hablará de granito, y eso sí que no) y prosigamos con el relato de este único testigo presencial –periodistas aparte- que nos ha dejado memoria del evento. Continúa:

De pronto se oyó un rumor como de olas que venía del lado del Paseo de Coches (…) Se paró el coche de gala del Municipio bajando de él un anciano que fue recibido casi en brazos por los señores de la Comisión (…) La marcha entre la multitud fue lenta y premiosa, tardando algún tiempo en salvar la corta distancia que media entre el Paseo y el lugar en que está emplazado el monumento. Por fin llegó a éste, y al ocupar el sitial que se le había preparado frente a su propia estatua, un ¡viva Galdós! Salió de todos los pechos llenando el espacio con el clamor de una ovación.

Hay que recordar que en ese momento, justamente a un año de su muerte, don Benito está muy enfermo y casi totalmente ciego. Prosigue el cronista:

A los compases de la Marcha Real, el Alcalde (…) descorrió el velo que cubría el monumento. Ya estaban el hombre de piedra y el hombre de espíritu y materia frente a frente. Se pronunciaron discursos (…) Pero lo grandioso, lo verdaderamente único de aquel instante inmenso, fue el diálogo sublime que, sin duda, se entabló entre estos dos hombres.

El monumento, acierto rotundo que consagró a Victorio Macho, pasa a ser explicado con arrebatado lirismo:

Está sentado en un gran sillón sostenido por dos leones (…) La cabeza, en la que el parecido es lo de menos, sorprendía. Era noble y plena de vida. Esa frente pensaba y era la misma de la que brotó la epopeya novelesca de toda una raza. Aquellos ojos que escrutaban en lo arcano eran los mismos que semicegaron después de haber visto más allá de la vida; aquellos labios plegados en un rictus eran los mismos que bebieron amarguras y destilaron piedades; las manos que se trenzaban sobre las rodillas….

Y como el resto de la figura está cubierta y hay poco que describir, Arroyo pergeña esta habilidosa pirueta:

Sobre las piernas, para evitar detalles prosaicos y angulosidades que hubieran acaso comprometido el conjunto, destruyendo la serena euritmia de sus líneas, el escultor había echado una clámide.  

(Uno diría que “clámide” hubiera merecido un verbo menos tosco que “echado”. Con “tendido” o “dejado posar” sin duda habría mejorado la euritmia).

Nuestro cronista enumera acto seguido una larga relación de personajes galdosianos, reales o ficticios, arquetipos de toda una raza, y en su imaginación, ya sin freno, los imagina presentes en la ceremonia agitando palmas y ramos de laurel alrededor del Maestro, de cuya frente irradiaban resplandores como de la frente del divino Dante.

Y culmina:

Esto es lo que vio nuestro espíritu soñador y propicio a todas las exaltaciones. Pero la realidad fue otra, y como realidad también fue bella.

Esa realidad consistió en sendos discursos del alcalde y de Serafín Álvarez Quintero, la firma del acta (encabezada por el homenajeado) y los vítores del público. Arroyo consigue acercarse a Galdós, tomar respetuosamente una de sus manos y poner en ella un beso conmovido, antes de que

el pueblo de Madrid, después de haber escrito esa página tan bella en su historial de pueblo culto, comenzara a dispersarse.

Hasta aquí este pequeño recordatorio de un acontecimiento importante –última salida pública del escritor, inauguración de su “estatua en vida”, como dejó escrito Emilia Pardo Bazán. Tómese como modesto y sentido homenaje a quien tan buenos ratos lectores debemos… aunque, si se nos perdona la alusión personal, quien esto firma cumple con don Benito al menos dos veces más cada año: una –activa- leyendo todos los veranos alguna de sus novelas o Episodios; y es usanza que recomendamos porque las malas lecturas terminan estragando, y con Galdós se recupera enseguida el gusto por la buena prosa (en este curso tan especial tocó, como no podía ser de otra manera, volver a Fortunata y Jacinta, y hacerlo pasando las venerables páginas de una primera edición que conservamos entre nuestros mayores tesoros). También es homenaje –pasivo, en este caso- el décimo de lotería que otro fervoroso galdosiano reparte cada Navidad entre los amigos, del mismo número, el 44.408, con el que don Baldomero Santa Cruz resultó agraciado en el capítulo X de la primera parte de Fortunata….

Incluso las circunstancias de este centenario han propiciado un acto de homenaje más: la lectura de la imponente biografía que Yolanda Arencibia ha publicado coincidiendo con la efemérides. Libro muy esperado y del todo recomendable, que recorre con minuciosidad los días y las circunstancias del escritor canario, y ya sabemos hasta qué punto se entrelazan en Galdós vida, historia y escritura. Denso, prolijo, y ¿lo diremos?, también sorprendente por algunas, con perdón, erratas inverosímiles que uno nunca esperaría encontrar en un texto que sin duda ha tenido que pasar por muchas manos, incluidas las de los que le dieron el merecido premio que luce en la portada. No hablamos de bailes de dígitos en las fechas, cosa esperable cuando, como es el caso, fechas aparecen a cientos (la inauguración de la mentada estatua, por ejemplo, se data con un día de retraso), sino algo tan asombroso como que el río que ciñe Toledo es el Tormes (pg. 55 de la primera edición), o que Azorín era murciano (pg. 605).

Dicen que determinadas imperfecciones pueden aumentar el valor de una joya. Será este el caso.

Daniel Martín Mayorga



Next Up