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Sociedad

Unidad Racional de Emergencias

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Otra cultura de gobierno es posible (y necesaria); modelos de inversión, por J. A. González Sainz

En los momentos críticos, cuando la vida y el porvenir de las personas y las sociedades están gravemente comprometidos como ahora, cada uno de los actos y cada uno de los gestos de cada persona cobra una importancia decisiva, a veces aplastante. No es que antes, en los buenos tiempos, digamos, no tuvieran esa relevancia; pero su pegada, vamos a decirlo así, su carga significativa, podía ser menos concluyente. Los grandes peligros tienen también eso: que todo, cada acción y cada palabra, en la caja de resonancia de la capital gravedad en que se producen, revelan más a las claras (y pese a todos los dispositivos de control de la comunicación) lo que son y suponen. Lo que son y también lo que han sido antes, pero sin que quizá les diéramos, o les dieran algunos, la trascendencia que tenían. Cosas que antes podían pasar como una anécdota más y a las que la inopia o las tragaderas de parte de la sociedad se habían hecho como si nada, ahora demuestran, con cruda evidencia, su rango terminante de categoría. Claro, para quien lo quiera ver, porque es sabido que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Con aberrante crueldad, una eurodiputada y exconsejera de Educación de la Generalidad de Cataluña de cuyo nombre no quiero ni acordarme, para mofarse del desolador incremento de víctimas mortales en la capital de España a consecuencia del virus chino y creyéndose seguramente además graciosa, tuiteó sarcásticamente a los cuatro vientos el viejo lema “De Madrid al cielo”. Insensible a cualquier asomo no ya de solidaridad sino de mera compasión humana, o por lo menos del debido silencio ante la muerte, la exconsejera —¡de Educación!— de la institución catalana no consiguió contener la expresión de su gozo ante la desgracia de sus vecinos, y su vergonzosa mofa enseguida fue borreguilmente corroborada —retuiteada— por el habitual enjambre de clérigos del nacionalismo, con el expresidente de esa misma institución a la cabeza. El gesto, que quedará en los anales de la vergüenza y la estupidez humanas, desde luego no es una excepción. Es uno más, por mísero que sea, de los venenosos frutos que el nacionalismo, con sus temporeros y braceros ocasionales, lleva decenios sembrando y cosechando para su distribución y venta masivas. Responde a un nombre clásico: odio, y su papel de combustible fundamental en las circunstancias que abocan a las grandes crisis y catástrofes está más que demostrado por la historia.

“Esa horrible hostilidad, convertida en residuo venenoso”, recuerda Stefan Zweig de los años que precedieron al hundimiento de Europa con las guerras mundiales, “todavía no separaba a unos hombres de otros”, “el sentimiento de rebaño y de masa todavía no era tan repugnantemente fuerte en la vida pública”. Todavía, siempre hay un todavía no en que aún es quizá posible neutralizar; luego viene el ya no, luego ya el fanatismo campa por sus fueros como campó entonces y frente al fanatismo, a diferencia del idealismo a secas, ya de nada valen ni la argumentación racional ni la experiencia de las cosas ni las pruebas fehacientes; sólo su derrota frontal. Eso es algo de lo que comprendió Hannah Arendt tras las tragedias del siglo XX y lo que trató de mostrar en sus estudios sobre los populismos totalitarios a quien quiera ver.

Pero aquí no hemos querido ver, y con esos mimbres se ha llegado a formar el gobierno con el que nos ha pillado la catástrofe.  Con el mismo fondo de estolidez y vileza que pone de relieve el tuit de la exconsejera —de nuevo: ¡de Educación!— de la Generalidad catalana, la consentida, engordada y subvencionada maquinaria del nacionalismo catalán ha acuñado y sigue acuñando a porrillo moneda simbólica e inundándonos con ella como valor de cambio: del “España nos roba”, dadas las circunstancias, han pasado al actual “España nos contagia” o “España nos mata”. Verdaderas cumbres de ignominia; y de una ignominia, como sucede con todos los fanatismos, además exultante. Pero a las cumbres se asciende poco a poco, con decisión y equipo adecuado, y además, una vez ascendida una, parece como que te pide el cuerpo seguir ascendiendo otras hasta haberlas probado todas las veces que sea. A qué cumbre de abyección no será capaz de ascender el dispositivo políticosocial que no tuvo empacho en convertir una manifestación de duelo y repulsa por unos atentados islamistas que causaron docenas de muertos en Barcelona y Cambrils (y el luto en todo el país y todo el mundo, muchas de las víctimas eran extranjeras) en un despiadado espectáculo de animadversión nacionalista contra los representantes de las instituciones del Estado. La cumbre más alta ya estaba subida.

Cuanto más determinantes son los dispositivos de odio y animadversión para la formación de la identidad y el éxito de un grupo, más nos van acercando a una guerra civil, al principio sólo larvada y emocional, donde ni la razón ni la piedad son ya otra cosa que excepciones. Tras su deflagración, sólo deseando la muerte del otro o matándolo de veras, se sabe que somos iguales (Hobbes). Celebrar con recochineo la muerte de quien has decidido que sea el otro es ya el penúltimo escalón.

Las maquinarias de animadversión (organizaciones, medios de comunicación, estrategias de acaparamiento de poder, penetración y control de instituciones y presupuestos, educación…), como las de los populismos o el nacionalismo catalán de marras, se basan, por mucho que consigan presentarlo al revés (presentar al revés las cosas de cómo son es una de sus prácticas fundamentales), en una atribución absoluta y originaria de culpa al grupo al que han decidido oponerse y, en último extremo, anular. Haga lo que haga el otro —los españoles por ejemplo para los nacionalcatalanistas—, y aunque no haga nada, siempre y de alguna manera, aun de las más inverosímiles, es el culpable de todo: de que no sean más ricos y felices, de que no sean más unos, grandes y libres, de las crisis económicas y de las pandemias. Estas maquinarias de vocación totalitaria no aspiran a ser mejores que sus oponentes por la calidad de su gestión de las cosas públicas en pos de una convivencia lo más justa posible y una prosperidad lo más sostenible y equilibrada, sino por el contrario a quitar de en medio a una parte de la población —grupo, tendencia, pensamiento o idiosincrasia a los que, en el fondo, se da consideración categórica o tratamiento de raza— para ocupar todo el engranaje de las instituciones y conquistar el poder de la forma más omnímoda y permanente que se pueda.

Desde Pujol hasta el tuit de la exconsejera —otra vez: ¡de Educación!—  es lo que se ha venido promocionando en nuestro país en un proceso unívoco e imparable —el proceso— de sustitución de la realidad por la fantasmagoría, de las cosas por su instrumentalización, de la veracidad por una engrasadísima maquinaria mediática de mendacidad y de todo afecto por el encono y el odio, invirtiendo grandes cantidades de dinero público (que ahora vendrían de maravilla para menesteres de efectiva vida o muerte) y de esfuerzos y tiempo para alentar un antagonismo que se quiere inveterado, originario e infinito; que, si no existió, se inventa, y si algo hubo, se recuerda de continuo obsesivamente y, si se adormece, se despabila a porrazos retóricos y emocionales continuos manipulando conceptos, hechos, historias y afectos. Ese ha sido el modelo de inversión en nuestro país en los últimos decenios: invertir en antagonismo, invertir en odio, invertir en insolvencia, en desintegración de la sociedad y el territorio, invertir en burocracias, en chiringuitos clientelares, en incapacidad operativa, en adoctrinamiento y embustes y burbujas. Causa verdadero repelús imaginar lo que esa exconsejera —una vez más: ¡de Educación!—  alentó y cobijó bajo su mandato. Con el producto de esas inversiones, hemos afrontado en estos momentos la gravedad de una realidad de la que la Organización Mundial de la Salud llevaba alertando desde el inicio de febrero.

Modelos hay otros, claro, por ejemplo invertir en racionalidad, en concordia y conciliación en lugar de en animadversión y, en su extremo, el odio; invertir en formación del criterio y el juicio personales en lugar de en espíritus nacionales, invertir en técnicos de verdad en lugar de en verdades de ideólogos de partido, en investigación en lugar de en burocracias, en empresas localizadas aquí en lugar de despreciarlas, en educar en el esfuerzo integrado y el esmero y el servicio a la comunidad, en servidores públicos y no en quienes se sirven de lo público, en funcionarios de carrera en lugar en mamporreros de partido, en prudencia y prevención en vez de en prepotencia y banalidad, en hechos en vez de en manipulación y comunicación y en la obsesión continua de ganar elecciones. Ante la brutal irrupción de la realidad que ha supuesto el virus chino, la incapacidad de respuesta operativa del modelo seguido en nuestro país, del modelo en que nos hemos educado y en el que se ha echado el resto en invertir, ya no se computa en un enfrentamiento de opiniones o posturas sino en la terrible realidad de los muertos. Si hemos de volver a ponernos en pie, habrá que revisar y corregir, punto por punto, el modelo seguido —el que ilustra la anécdota de la exconsejera catalana. Necesitamos una Unidad Racional de Emergencias que, a semejanza de la Unidad Militar de Emergencia, intervenga sin demora en las partes emocionales más dañadas del cerebro, esas que han dado vítores y votos para que lo peor se alíe y se propague y gobierne el país. De esos cuerpos expedicionarios, no habría ni que decirlo, todos podemos y debemos ser parte activa.

J.A. González Sainz



Solicitud de ingreso en la Unidad Racional de emergencias, por José Lázaro

Sr. D. J.A. González Sainz

Fundador de la Unidad Racional de Emergencias

En Madrid, a 27 de abril de 2020

Muy señor mío:

El abajo firmante, mayor de edad, soltero y en más o menos posesión de sus facultades mentales,

A V. I. RESPETUOSAMENTE EXPONE:

Que habiendo tenido noticias de su convocatoria para la creación de una Unidad Racional de Emergencias, desea solicitar su inmediata incorporación como voluntario a la misma.

No hace falta añadir muchas razones a lo tan brillantemente escrito por usted. La invasión de nuevos clérigos que estamos padeciendo es cada vez más insoportable y hay que movilizarse contra ellos si no queremos que el mundo se degrade a una feria de creyentes empeñados en imponer a los demás sus virtudes y verdades rigurosamente obligatorias.

Hemos disfrutado en este país de 45 años espléndidos (gracias a lo que algunos de esos clérigos, particularmente necios, llaman despectivamente “el régimen del 78”). Y casi habíamos empezado a respirar a gusto, con la sensación de que por primera vez la historia de España dejaba de ser triste y daba la impresión de que, al menos por el momento, estaba acabando bien. Parecía haberse impuesto un cierto espíritu de tolerancia, en el que no habían desaparecido esos creyentes proselitistas que usted, con mucho acierto, denomina “clérigos”, pero al menos los había de tan diversos pelajes que se neutralizaban entre ellos y no molestaban demasiado a los que procurábamos no dar oídos ni a hunos ni a hotros.

Y sin embargo, como usted muy bien señala, se está produciendo ahora una deriva inquietante. Algunos de esos clérigos, en parte reforzados por su ascenso a las más elevadas alturas ministeriales, muestran un doble rasgo que produce mucha intranquilidad. Primero, han convertido en intolerable cualquier género de disidencia, de tal modo que ya es obligatorio ser “xxxxista”, y el que no lo sea (y no lo proclame a gritos) es condenado a las más oprobiosa de las infamias. Y, segundo, se han lanzado sin frenos a la pendiente resbaladiza que conduce de la creencia al dogmatismo y de ahí al fanatismo. El siguiente paso no puede ser otro que la violencia de los creyentes. Nacionalistas y populistas son dos ejemplos obvios, y usted se refiere claramente a ellos. También los hay de otros géneros.

Y todos tiene en común, junto a esa mirada firme, desafiante, del que cree firmemente en su propia virtud, el lema que a todos ellos les une: “Más corazón y menos cerebro”.

Y POR TODO ELLO SUPLICA:

Le sea concedido el honor de ser admitido cuanto antes en la Unidad Racional de Emergencias, declarándose dispuesto a asumir en ella el puesto en que más útiles puedan resultar sus limitadas capacidades racionalizantes.

Que los dioses del Olimpo guarden a Usted muchos años.

Fdo.  José Lázaro



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