Les enfants terribles, por Iñaki Carrasco

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Hace poco me decía un amigo, que también es profesor de instituto, que sus alumnos no sabían redactar. Son incapaces de expresarse por escrito correctamente. Se quejaba, además, de que adolecen de una falta de interés y responsabilidad hacia todo aquello que forma parte del programa educativo. No le di mucha importancia, pues la queja de los maestros hacia sus alumnos existe desde que los epígonos comenzaron a superar a sus tutores, en definitiva, desde que el mundo es mundo.

Al poco tiempo, otro amigo. Este, profesor universitario de Ciencias, me expresaba algo parecido. Mis alumnos del máster entregan trabajos llenos de errores gramaticales, frases inconexas y anacolutos. Aunque sé que hay que ser muy precavido antes de elevar a categoría cualquier particular, empecé a sentir cierta preocupación. ¿Se está degenerando hasta tal punto nuestro sistema educativo? ¿Hemos criado una generación de jóvenes apáticos y desafectos a todo?

Dándole vueltas a si esta será una generación perdida, a si estos jóvenes terribles encontrarán alguna vez la iluminación, me vino a la cabeza el joven Rimbaud. Quizá pensando en poetas y en jóvenes terribles recordé también un poema de E. E. Cummings: the boys I mean are not refined. Es este un poema de Cummings de los considerados “sucios” por la crítica estadounidense. Sin embargo, se trata de una de las loas más bellas y agudas hacia aquellos jóvenes de la denominada generación perdida que libraron la Gran Guerra.

Aquel epíteto, el de generación perdida, ya estaba gastado entonces. Bien se lo podían haber endosado al joven Rimbaud, quien, a pesar de componer en perfecto latín antes de terminar la escuela, ha dejado para la historia capítulos enteros de fugas y travesuras sin número antes de alcanzar la veintena.  A los quince años se fuga de la casa materna para dirigirse al París sitiado por el ejercito prusiano. Después lo vuelve a hacer con intención de unirse a la Comuna. Luego huye a Inglaterra para vivir con Verlaine y antes de cumplir los veintidós se enrola en el ejercito holandés para poco después desertar en la isla de Java. Cosas de críos.

Claro está que ni todos los jóvenes rebeldes son Rimbaud, ni todos los malos alumnos devienen en genios. De hecho, debemos tener presente que si hemos llegado hasta donde hemos llegado, con todo lo bueno y lo malo que nos acompaña como especie, ha sido más gracias al talento y solo un poco al genio. Basta dar un paseo por la fraseología para entender que a veces se pueden tener golpes de genio, pero que, hasta la fecha, no se han descrito golpes de talento. Bueno, igual alguno, pero muy poco.

Así las cosas, confieso que creo poco en el genio, aunque alguno he conocido. Y reconozco que soy de esos que piensa que el talento es una planta que cuando se cuida y se cultiva desarrolla un rizoma profundo y da muy buenos frutos. ¿Debemos entonces confiar en que el sistema educativo parirá jóvenes que desconocen la redacción correcta y ordenada, pero que después caerán del caballo cegados por el sol del conocimiento? Igual no. Y, desde luego hay muchas, muchísimas cosas que mejorar respecto a nuestro sistema educativo. Pero no voy a ser yo quien muestre las faltas del mismo, al menos no ahora.

Respecto a esto como respecto a casi todos los hechos humanos, la culpa y la responsabilidad siempre tienen gastos compartidos, como las transferencias bancarias. Si el sistema educativo, si la propia pedagogía contemporánea es falible, también lo es – quizá- nuestra percepción del hecho y del producto educativo. Vuelvo a mirar a la planta. Veo sus hojas, sus frutos, me parecen mejorables, pobres, quizá excelentes. Da igual. Debajo de lo que se ve, subterráneo, se extiende el rizoma. A veces una de sus ramas crece y encuentra un acuífero. Las más de las ocasiones, crece, crece, crece y termina por no encontrar nada. Y sin embargo la planta, afuera, continúa verde y dando fruto.

La excelencia académica universal, es, como casi todos los buenos deseos, un hecho aspiracional. Un horizonte al que dirigirse siendo consciente de que nunca se alcanzará. Siempre habrá quien no quiera, no sepa, no pueda o tenga mala suerte. Probablemente por cada cien o por cada cien mil, un genio y diez talentos. Lo considero suficiente.

Pero, un momento. Rimbaud en 1870, conducido por la policía de vuelta a casa de su madre, no era un genio. Era un pillo como cualquier otro. Noam Chomsky antes de poner del revés la lingüística y la psicología conductista, en 1956, era un estudiante de doctorado como otro cualquiera. Kary Mullis, antes de 1983, era un licenciado en Química -brillante- pero uno más al fin y al cabo.

La genialidad y el talento son plantas de desarrollo muy lento y es probable que no veamos sus frutos o la ausencia de ellos. Es probable que el genio y el talento de hoy no se valoren hasta después de que nosotros hayamos desaparecido. Es probable también que el valor y el talento de hoy radique en mayor medida en el conocimiento técnico que en el teórico. Por la propia dinámica de los tiempos. Piense en lo que le diría a un hijo, un amigo o un hermano que le insinuara su intención de estudiar Filología Semítica. Mejor una Ingeniería, o quizá Derecho, ¿no?

En conclusión. Que los alumnos de mis amigos no sepan redactar me sigue pareciendo imperdonable. Que a redactar se aprende leyendo, lo juro. Que los alumnos de mis amigos tienen afición por la lectura, quizá ellos y ellas no lo saben. Pero si se acercasen, qué sé yo, al joven Rimbaud, a aquel pillo que se colaba en un tren para vivir aventuras lejos de la casa de su madre, quizá y solo quizá, descubran un inmenso acuífero del que no podrán separarse el resto de sus días.

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