Sobre la amistad/3: Rut y Noemí: una amistad por encima de las fronteras, por Fernando Rivas Rebaque

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Hay una planta llamada popularmente “la suegra y la nuera” (amarillys belladona) cuyas flores están colocadas de forma opuesta, de manera que no pueden verse. Y es que la relación entre las suegras y las nueras ha tenido muy mala prensa a lo largo del tiempo, algo que no sucede precisamente en el caso de Rut y Noemí.

 Su historia se relata en uno de los tres libros de la Biblia con nombre de mujer, precisamente el libro de Rut, donde descubrimos esta amistad tan contracultural para su tiempo: es una amistad entre mujeres (mientras lo habitual es entre varones); entre mujeres de diferente nacionalidad: Noemí es judía de pura cepa, nacida en Belén, mientras Rut es de Moab, un país habitualmente enfrentado con Israel; y para rematar, de diferente religión. Entonces, ¿qué fue lo que las unió?

Una amistad que comienza por relaciones familiares

La historia se inicia por algo muy habitual en todos los tiempos, la emigración forzada por cuestiones económicas: “Sucedió en tiempos de los jueces que hubo un hambre en todo el país, y un hombre decidió emigrar, con su mujer y sus dos hijos desde Belén de Judá a la región de Moab. El hombre se llamaba Elimélec, su mujer Noemí, y sus dos hijos Majlón y Kilyón… Eran de Belén de Judá” (Rut 1,1-2). La etimología de los nombres nos da algunas claves para comprender la situación: muy mal tienen que estar las cosas para que en Belén (“casa del pan”) haya hambruna, que los hijos se llamen Majlón (“débil, enfermo”) y Kilyón (“estar agotado o acabado”) augura un mal futuro y que tengan que irse a la tierra de los enemigos proverbiales de Israel es una humillación añadida.

 La tragedia sigue porque, una vez instalados en Moab, “Elimélec murió y Noemí quedó sola con sus dos hijos. Ellos tomaron por mujeres a dos moabitas llamadas Orfá y Rut. Pero después de residir allí unos diez años murieron también Majlón y Kilyón, quedando Noemí sin hijos y sin marido” (Rut 1,2-5). Viuda, sin hijos y en un país extranjero, la única posibilidad que le queda a Noemí es regresar a su tierra, que en el interim ha recuperado su bienestar económico.

En el camino de vuelta, Noemí aconseja a sus nueras que le han acompañado: “Volved a casa de vuestras madres. Que el Señor tenga piedad de vosotras como vosotras la habéis tenido con mis difuntos y conmigo; que él os conceda felicidad en la casa de un nuevo marido” (Rut 1,8-9). Frente a la valentía y solidaridad de las nueras, que abandonan la seguridad de su patria para acompañar a su suegra, Noemí les invita a regresar a su país y encontrar allí la estabilidad de un nuevo matrimonio.

A pesar de que ellas inicialmente se niegan, señal inequívoca de la profunda amistad que las une por encima de los vínculos familiares, rotos por la muerte de los hijos, Noemí insiste de nuevo en que regresen, ahora con argumentos más sólidos: “¡Animo, hijas, volved! Soy demasiado vieja para casarme de nuevo. Y aunque me casara esta misma noche y tuviera hijos, ¿aguardaríais a que fueran mayores? ¿Renunciaríais a otro matrimonio? No, hijas mías” (Rut 1,12-13). Es tan fuerte la amistad que Noemí no quiere hipotecar el futuro de sus nueras, proponiéndoles que inicien una nueva vida.

 Igual que los nombres de los hijos auguraban su futuro, la etimología de las nueras tiene el mismo valor, pues Orfá (“espalda”) regresará a Moab, mientras Rut (“alivio”) se queda con Noemí, convirtiéndose en su apoyo y consuelo, con una respuesta por parte de Rut para guardar en los anales: “No insistas en que vuelva y te abandone. Donde tú vayas, yo iré, donde tú vivas, yo viviré, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios, donde tú mueras yo moriré, y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que solo la muerte podrá separarnos” (Rut 1,16-17).

Mientras la postura de Orfá es la más lógica y comprensible: volver a su patria, a sus raíces, a su familia…, la respuesta de Rut es totalmente contracultural: es tan honda la amistad que la une con Noemí, su suegra, que está dispuesta a arriesgar todo lo que es y lo que tiene: su patria, sus raíces, su familia, sus proyectos personales, su futuro, su pueblo y su Dios por la patria, el futuro, el pueblo y el Dios de Noemí, que se convertirá en su auténtica familia y amiga del alma.

Una amistad que se convierte en absoluta complicidad

El regreso a Belén no fue fácil para ninguna de las dos: Noemí se vio confrontada con el fracaso más absoluto porque volvía vacía por fuera (sin marido, sin hijos, sin riquezas) y vacía por dentro (sin ilusión ni ganas), porque todos sus proyectos se habían convertido en polvo, ceniza y nada. Rut tuvo que adaptarse a unas gentes y costumbres totalmente nuevas para ella, una joven extranjera, además de una nación enemiga. No tenían nada, pero se tenían la una a la otra. Y es así como juntas van a organizar una serie de estrategias para rehacer su vida en Belén.

El primer paso a dar está propiciado por el inicio de la cosecha de cebada. Rut, aconsejada por Noemí, va a espigar al campo de Booz (“fuerza, alegría”), un rico terrateniente, familiar lejano de Noemí, que acoge a Rut hospitalariamente por el favorable comportamiento que ha tenido con su suegra, y permite a Rut no solo espigar en sus terrenos, sino incluso comer con él, dando a sus jornaleros una de las más bellas lecciones de amor que hay en toda la Escritura: “No molestéis a Rut si espiga entre las gavillas. Dejad caer incluso algunas espigas de los manojos para que ella pueda recogerlas libremente” (Rut 2,16).

Rut no exige ningún privilegio, sino que se atiene a una antiquísima legislación bíblica (el espigueo para pobres y extranjeros). Booz no tiene el comportamiento prepotente de quien regala lo que le sobra, sino que posibilita que Rut haga crecer con su esfuerzo lo que él ha dejado para ella (autonomía y libertad unidas al cuidado y la atención). De esta manera se comporta de acuerdo con otra costumbre de Israel, la del goel, patrono benefactor o protector de quienes están a su servicio.

Una vez establecida la relación inicial entre ambos, Noemí aconseja a Rut la forma de establecer una relación más íntima con Booz: “Lávate, perfúmate, cúbrete con el manto y baja a la era, pero no te dejes ver hasta que él haya terminado de comer y beber. Entonces vas, le destapas los pies y te acuestas allí” (Rut 3,3-4). En la Biblia la era es un espacio de fertilidad, al tiempo que “destapar” y los “pies” son considerados como signos del encuentro sexual. Frente a otros relatos de su tiempo, no es el varón quien tiene el papel activo y protagonista en la relación, sino que es la mujer la que toma la iniciativa. Esto causa tanta conmoción que hasta el autor sagrado tiene que poner como coletilla final: “Él te dirá lo que debes hacer” (Rut 3,4). Algo que en realidad no se da.

El encuentro propiciado por Rut resulta un éxito y recibe incluso la felicitación por parte de Booz, pero queda todavía un problema por resolver. Aunque Booz es “pariente y protector, hay otro pariente más cercano… Si él quiere actuar como protector, que lo haga; si no te juro ante el Señor que lo haré yo” (Rut 3,13), dirá Booz. Nos encontramos ante otra antigua costumbre judía, el levirato: en caso de fallecimiento de uno de los hermanos casados, el siguiente en la línea genealógica debía casarse con la viuda para procurarle protección y asegurar la continuidad del linaje.

Este problema queda resuelto en el capítulo siguiente, donde Booz convoca una asamblea ciudadana para decidir el destino del campo de Elimélec, el marido fallecido de Noemí. A pesar de que el pariente más cercano en un principio pretende quedarse con el campo, ante la obligación añadida de tener que cargar con Noemí y casarse con Rut, renuncia al terreno, mientras que Booz acepta comprar el campo, acoger a Noemí y “tomar por mujer a Rut, la moabita…, para perpetuar el nombre del difunto junto con su propiedad y para que su nombre no desaparezca entre sus parientes de esa ciudad” (Rut 4,10).

La sorpresa última es que el hijo de Rut y Booz, Obed (“adorador, siervo”), acaba siendo criado por Noemí y se convierte en la alegría y consuelo de su vejez. Además, Obed “fue padre de Jesé, el padre de David”, a partir del cual se constituye el pueblo de Israel, que tiene entre sus antecesores a Rut, una extranjera moabita.

Así lo que comenzó con una tragedia terrible concluye con un final feliz gracias a la amistad entre dos mujeres de condición y origen muy diferentes, pero capaces de superar todas las fronteras. Dos mujeres unidas por una amistad que les permite sobrellevar y superar las más duras dificultades. Su solidaridad se convierte además en el origen de una nueva historia que supera sus propias personas: el nacimiento de la dinastía davídica.

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