Sobre la amistad/4. Jesús y el discípulo amado, por Fernando Rivas Rebaque 

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Una de las características más destacadas de la vida de Jesús es la gran importancia que concede a la amistad y la gran cantidad de amigos que tuvo, de todas las clases sociales y perfiles. A los nombres de Nicodemo, Lázaro, Marta, Zaqueo y María de Magdala habría que añadir los de sus discípulos, con los cuales establece un vínculo de profunda amistad. En el evangelio de Juan aparece, sin embargo, una relación muy particular con uno de sus discípulos al que se denomina “discípulo amado”, donde la amistad llega a su culmen.

¿Quién es el discípulo amado?

La primera dificultad es saber quién este discípulo. Algunos estudiosos tienden a considerarla una figura simbólica que representa al cristiano ejemplar, la mayoría se inclina por ver en este discípulo amado un personaje real. Las opiniones son muy amplias. Entre ellas destacan la de quienes piensan que sería Lázaro, el único personaje masculino al que el evangelio de Juan dice que Jesús amaba (φιλεῖν en Jn 11,3.11.36 y ἀγαπᾶν en 11,5), pero no es lógico que al principio se hable de él de manera explícita y luego anónimamente, aparte de que no formaba parte del grupo de los Doce.

Otros ven a Juan Marcos como posible candidato para el papel de discípulo amado porque era de Jerusalén (Hechos de los apóstoles 12,13), donde están situadas muchas de las escenas del discípulo amado, tiene algunos parientes del estamento sacerdotal (su primo Bernabé era levita, cf. Hch 4,36), lo que explica que sea conocido del sumo sacerdote (Jn 18,15), y parece haber mantenido contactos con Pedro (Hch 12,12), como el discípulo amado. Pero tampoco ha sido uno de los Doce, ni aparece en la última cena, sino que sería más bien un personaje secundario.

La inmensa mayoría de los investigadores considera, sin embargo, que Juan, el hijo de Zebedeo, cumple las condiciones para ser identificado como el discípulo amado: era uno de los Doce, además es uno de los discípulos -junto con Pedro y Santiago- elegidos por Jesús para estar con él en momentos clave de su vida como la transfiguración (Mc 9,2) o la oración en el huerto de Getsemaní (Mc 14,33), y por último tiene una estrecha relación con Pedro, no solo estando Jesús vivo, sino después, como compañeros en Jerusalén (Hechos 3-4) y en la misión de Samaría (Hch 8,14).

¿Qué tipo de amistad tienen Jesús y el discípulo amado?

Sabemos que Juan, cuyo nombre significa “el Señor es misericordioso”, es nativo de Galilea, hermano de Santiago el Mayor e hijo de Zebedeo. Se dedica a la pesca en el lago de Genesaret, vive en Cafarnaúm y tiene como compañero de trabajo a Pedro.

A partir de aquí las fuentes discrepan, por lo que seguiré el evangelio de Juan, para quien el primer encuentro entre Juan y Jesús habría tenido lugar en el río Jordán: “Jesús se volvió y, al ver que le seguían [Andrés y Juan: los dos discípulos de Juan Bautista] les dice: ‘¿Qué buscáis?’. Ellos le respondieron: ‘Rabbí, que significa Maestro, ¿dónde vives?’. Les respondió: ‘Venid y lo veréis’. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima” (Jn 1,38-39). La iniciativa del encuentro parte de Jesús, que apela a sus intereses. Frente a la respuesta de los discípulos, centrados en una dinámica magisterial (enseñanza), Jesús responde con otra de más calado: les invita a compartir su estilo de vida. Lo que vieron fue tan impactante que el discípulo amado se acuerda hasta de la fecha exacta y de que se quedaron aquel día…, y otro, y otro.

Juan va a formar parte del grupo de los Doce desde el inicio. A pesar de su carácter impetuoso, por el que es denominado, junto con su hermano Santiago, Boanerges (“hijos del trueno”), Jesús lo integra en el núcleo de los tres íntimos (con Pedro y Santiago), con los que comparte los acontecimientos más importantes de su vida. Una intimidad que se va a expresar de manera plena en la pasión de Jesús, cuando se convierte en el “discípulo amado”.

Como vemos en la última cena, donde “uno de los discípulos, al que Jesús amaba, estaba reclinado sobre el pecho [κóλπος] de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: ‘Pregúntale de quién está hablando’. Él, recostándose sobre el costado [στῆθος] de Jesús, le dice: ‘Señor, ¿quién es?’. Jesús le responde: ‘Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar’” (Jn 13,23-26). Dentro de los tres íntimos, el discípulo amado destaca por su estrechísima vinculación a Jesús, expresada por su cercanía física: solo él está reclinado sobre el pecho/seno de Jesús, como el propio Jesús estaba sobre el “pecho/seno del Padre” (Jn 1,18). Una proximidad física que será recordada de nuevo en Jn 21,20, cuando se hable de que se recostó sobre su “costado”, del que con posterioridad manará “sangre y agua” (Jn 19,34: aunque aquí aparece la palabra πλευρά). Estar tan cerca de Jesús le permite al discípulo tener la absoluta confianza de hablar con libertad los temas más delicados (como quién lo iba a traicionar).

Haber estado tan cerca de Jesús y haber escuchado los latidos de su corazón hacen que el discípulo amado sea el único discípulo que quede junto a su Amigo en la cruz, donde Jesús, “viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,25-27). Porque estamos ante una amistad, no de carácter intimista, sino que se abre a quienes los rodean, haciéndolos crecer. Por eso, porque entre los “amigos todo es común” se crean nuevos vínculos y relaciones, una nueva familia para afrontar la ausencia física de Jesús: el discípulo acoge a María, al tiempo que Jesús invita a su madre, imagen de la nueva Eva y de la Iglesia naciente, a reconocer al discípulo amado como hijo.

Una amistad que continúa tras la muerte de Jesús, cuando “salieron Pedro y el otro discípulo [a quien Jesús quería] y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo, pero no entró… Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó” (Jn 20,3-8). Algunos atribuyen la mayor velocidad del discípulo amado a que era el más joven, yo creo que se debe a que era el que más lo amaba. Un amor que se refleja en el respeto del “no atreverse a entrar al ver las vendas en el suelo” (¿quizá por esperarse lo peor?), pero que cuando entra “ve y cree” plenamente, haciendo crecer su amistad hasta el límite, porque sabe que Jesús no está allí.

Una amistad que también permite al discípulo amado reconocer a Jesús resucitado, donde el resto de los discípulos no lo habían visto, pues “el discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: ‘Es el Señor’” (Jn 21,7). Porque solo con los ojos del corazón se puede descubrir la profundidad de las personas.

Una amistad, por último, tan estable, firme, leal y confiada que persevera hasta la vuelta del Amigo. “Si yo quiero que [el discípulo amado] permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?”, responderá Jesús a Pedro en Jn 21,22, ante el rumor de que Juan no iba a morir hasta la venida del Señor. Porque “solo el amor alumbra lo que perdura/ solo el amor convierte en milagro el barro/ solo el amor engendra la maravilla/ y solo el amor consigue encender lo muerto” (Silvio Rodríguez).

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