Oler con la vista, el gusto, el tacto y el oído, por Paloma Serrano Molinero

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Cuando el lenguaje se queda corto para los sentidos

El olfato es el sentido unido con mayor fuerza al centro de nuestra memoria. Un olor puede retrotraernos al pasado, hacernos revivir sensaciones olvidadas. Cuando tenía ocho años mi familia se mudó y, de entre las cajas, rescaté un bote de crema. Curiosa, cogí el envase ondulado y, haciendo fuerza —provocando una gárgara arrastrada en el tapón de rosca— conseguí abrir la tapa rosa. Eché un poco de la crema en mi antebrazo y acerqué la nariz. Me invadió una ceguera momentánea, como la nube negra que eclipsa cuando uno está a punto de desmayarse. Rápido, el perfume trepó por la nariz hasta la coronilla y relampagueó por toda la columna. De repente me sentí bebé siendo embadurnada en caricias húmedas tras el baño. La crema salía del bote libre como una salsa espesa y se esparcía fresca como bálsamo sobre la piel aliviada, se extendía sobre el cuerpo frágil y tierno un líquido suave, liviano y rosado como el algodón de azúcar. Gracias al olfato recordé —o me reencarné brevemente en— una época que habría quedado olvidada por los demás sentidos. Sorprendida, corrí a decirle a mi madre que había encontrado mi crema de bebé. Lo supe por el olfato. De esa etapa tan temprana de la infancia no tengo más recuerdos que los reconstruidos por las fotos y las cosas que me han contado. En palabras de Rudyard Kipling: «Los olores son más seguros que las visiones y los sonidos para hacer sonar las cuerdas del corazón».

Los humanos compartimos con los animales la capacidad sensorial. Sin embargo, nosotros hemos creado un sistema de símbolos que nos ayuda a expresarnos y, por tanto, a tratar de definir lo que percibimos. El lenguaje; pero el lenguaje siempre se queda corto para los sentidos.

Podemos decir, por ejemplo, que un campo de trigo es amarillo pero la mente de cada uno proyectará un amarillo diferente. En literatura para describir un campo de trigo, entonces, no basta con nombrar su color, tendremos que matizar los tonos del amarillo: ¿es citrino, bronceado, gualdo, limonado, herrumbroso, azafranado? Así presentamos el campo a la vista del lector pero hay que presentárselo también a los demás sentidos. ¿A qué sabe una varilla de trigo, es rígida o endeble, a qué huele la tierra de debajo, qué ruidos se oyen de pájaros y otras criaturas (o hay silencio), hace calor o ya está bajando el sol (si oscurece matizaríamos con nuevos tonos de amarillo)?

Describiendo todo lo que percibimos podemos situar al lector en medio de ese campo de trigo. Se trata de apelar a los cinco sentidos. Nuestros ojos ven desde que hay una tenue luz; nuestra piel siente el tacto de cualquier contacto; nuestros oídos son capaces de escuchar todo lo que supere un mínimo de decibelios; olemos siempre que respiramos, constantemente. Todo huele aunque huela a lo que percibimos como «nada». Y sin embargo, somos incapaces de poner palabras a un olor. El olfato es el sentido que tiene los lazos más débiles con el lenguaje.

En la obra maestra de Patrick Süskind, El Perfume, el protagonista Grenouille —obsesionado con los olores desde su nacimiento— aprende a hablar tarde porque no le interesa precisamente por eso: el lenguaje no abarca su mundo de los olores. Pero en la novela el lector es capaz de olfatear todo lo que describe Süskind, desde los aromas más placenteros a los tufos más pestilentes. Entonces, ¿cómo hace para describir los olores?

Para la descripción visual, como hemos dicho antes, basta con utilizar adjetivos con entidad propia. Si algo es amarillo, es amarillo. Incluso con sus matices si algo es amarillo oro, es amarillo oro. Para describir un olor, sin embargo, tenemos que utilizar sustantivos que nombren cada cosa. Podemos decir que algo huele a humo, a azufre, a flores.  También podemos recurrir a los adjetivos subjetivos que nos indican cómo nos hace sentir un olor. ¿Es nauseabundo, agradable, hipnótico, placentero? Si nos encontramos en medio de un incendio sentiremos un olor a humo asfixiante. En cambio, si caminamos por las calles de una pequeña aldea en invierno, sus chimeneas desprenderán un olor a humo reconfortante. De esta forma accedemos al sentido del olfato por asociación, empleando fórmulas simbólicas, metafóricas o comparativas.

En la literatura hay diversos ejemplos de cómo describir el olfato a través de los demás sentidos. Volviendo a El Perfume, en el comienzo de la novela el autor recurre a la vista para descubrirnos los olores en las callejuelas pobres de París del siglo XVIII.

“En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor”.

Según el lector acompaña la narración como una cámara que avanza por los recovecos, observamos que las calles huelen a estiércol, las escaleras a madera podrida y excrementos de rata, los dormitorios huelen a las sábanas grasientas que vemos, los mataderos a la sangre coagulada que descubrimos, las cocinas apestan a la col podrida y la grasa de carnero que contemplamos en las encimeras.

 Es la mediación de otro sentido —la vista— la que nos lleva a activar el olfato. Más adelante en el texto, Süskind nos ayudará a percibir los olores a través del gusto. El personaje de la nodriza asegura que el bebé Grenouille debe estar poseído por el demonio pues no tiene olor a nada e intenta explicar a qué debe oler un bebé. El cuerpo de un recién nacido huele a “galleta mojada en leche”. Y mediante el sentido del tacto nos cuenta que los pies de un bebé deben oler a “una piedra lisa y caliente”.

Marcel Proust, en su obra En busca del tiempo perdido, recurre a la comparación para que un olor se transforme en melodía. Recrea el ritmo de las flores para describir el olor a espino blanco a través del oído:

“Quisiera detenerme aún mucho tiempo ante el espino blanco, olerlo, representarme en mis pensamientos, que no sabían cómo abordarlo, su invisible, invariable aroma, perderlo y volverlo a hallar, sentirme uno con el ritmo con el que sus flores, con juvenil vivacidad y a intervalos, que eran tan inesperados como ciertos silencios musicales, surgían aquí y allá; desplegaban para mí, por tiempo indefinido, el pleno encanto de su inagotable plenitud, mas sin que yo pudiese penetrar más profundamente en él, al modo como existen ciertas melodías que uno interpreta cien veces consecutivas sin realizar progreso alguno en cuanto al descubrimiento de su misterio”.

Siendo imposible nombrar el olor del espino blanco, Proust trenza palabras relativas a la música y al olor con términos como melodías, silencios musicales, intervalos, ritmo. De esta forma maravillosa, la musicalidad que desprenden las florecillas recrean su olor. También, en la novela, acude al sentido del gusto para describir los olores de una habitación:

“(…) en la lumbre, cociendo, como si fueran una pasta, los apetitosos olores cuajados en el aire de la habitación, y que estaban ya levantados y trabajados por la frescura soleada y húmeda de la mañana, los hojaldraba, los doraba, les daba arrugas y volumen para hacer un visible y palpable pastel provinciano, inmensa torta de manzanas, una torta en cuyo seno yo iba, después de ligeramente saboreados los aromas más cuscurrosos, finos y reputados, pero más secos también, de la cómoda, de la alacena y del papel rameado de la paredes, a pegarme siempre con secreta codicia al olor mediocre, pegajoso, indigesto, soso y frutal de la colcha de flores”.

En este fragmento Proust transforma el olor de la habitación en una gran torta de manzana. Olemos una estancia cuajada, hojaldrada y dorada. Una estancia deliciosa.

Oído, tacto, vista, gusto; los demás sentidos para describir el olfato. La gárgara arrastrada del tapón de rosca, la salsa espesa, fresca como bálsamo, el líquido suave, liviano y rosado como el algodón de azúcar.

Desde aquél día que volví a oler mi crema de bebé no he vuelto a hacerlo. No sé qué pasó con aquél bote. En algún momento se gastaría o se perdería en otra mudanza. No he podido recuperar ese aroma a mí, a bebé, a indefensión y días de solo amor. Pero el recuerdo del perfume de esa crema no abandona mi memoria. Seguiré buscando más y mejores palabras para trenzarlo en mí. Por corto que se quede el lenguaje para los sentidos, lo alargaré todo lo que pueda.

 

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