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España hoy

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Nadie va a parar esto, por Francisco Sosa Wagner

Publicación original en el siguiente enlace

La pregunta es pertinente: ¿nadie va a parar esto? Es decir, ¿nadie va a parar la degradación de la dignidad política en España practicada a golpe de ocurrencias de saldo y prontos primarios?

Me dirijo naturalmente al Partido Socialista Obrero Español. Y lo hago porque quienes figuran como sus actuales socios de gobierno, el podemita zarandeado por las urnas (recuérdese: Galicia y País Vasco), el separatista catalán condenado por el Tribunal Supremo y los amigos de los terroristas vascos no serían más que una nota a pie de página en la historia contemporánea de España si el PSOE no los hubiera metido en el texto principal del relato. Y con letras mayúsculas y aun capitulares. El PSOE no solo dispone de un número de diputados abultadamente superior a los de estos grupos, sino que además es el partido que goza de las más sólidas raíces en la sociedad española, presente como está -de manera directa o indirecta- en todo tipo de iniciativas sociales y actividades culturales. Goza pues, como se dice ahora, de una envidiable capilaridad, lo que se manifiesta parlamentariamente en la fortaleza de su respaldo electoral.

De manera que podría decirse que, gobierne o no, el PSOE es clave a la hora de conducir esta nave que es España. Mucho más cuando se encuentra encabezando su Gobierno: de ahí que su responsabilidad sea inmensa. Y de ahí que los españoles avisados y prudentes sigamos sus pasos y sus decisiones con el mayor de los respetos y, cuando procede, con la mayor preocupación.

Que es donde justamente estamos. Porque se convendrá conmigo que ver al PSOE, de historia antigua, controvertida pero siempre vigorosa, gobernar al dictado de un partido cuyos dirigentes están en la cárcel por haber perpetrado un golpe de Estado o de unos sujetos que son descendientes directos de quienes han sembrado el terror en el País Vasco y en el resto de España durante décadas, decidiendo quién debía continuar viviendo en libertad o merecía ser introducido en un zulo o quién debía seguir simplemente viviendo, es algo que debería estremecer a cualquiera que sienta respeto por las siglas socialistas, no digamos a quienes les dispensan su adhesión o incluso su cariño.

Si todo está ocurriendo y negarlo sería tanto como negar la evidencia, la pregunta se impone: ¿dónde están esos compatriotas socialistas? ¿dónde se esconden? ¿dónde guardan sus convicciones y su ideario? ¿los conservan entre bolas de alcanfor o los han disuelto en la indiferencia? ¿les han puesto acaso sordina para que no perturben su bienestar?

¿Dónde están los ciento veinte diputados del Congreso y los ciento trece senadores? Estos señores y señoras, cuando se presentaron ante sus electores en sus respectivas circunscripciones, cuando hablaron en los mítines o escribieron artículos explicando sus proyectos ¿defendieron lo que el Gobierno que ellos ahora sostienen está haciendo? ¿abogaron en público por cambiar el Código penal para sacar a la calle a los golpistas? ¿sostuvieron que iban a dar satisfacción a esos mismos separatistas a la hora de arrinconar el idioma español? ¿se mostraron acalorados defensores de los decretos-leyes en lugar de las leyes para ordenar nuestra convivencia jurídica? El mismo pacto con Podemos ¿fue aireado? ¿Se dio a conocer la campaña contra el hombre prudente que encarna hoy la Jefatura del Estado y que se halla consentida -¿o alentada?- ¿por el Gobierno?

Más pienso que justamente ocurrió lo contrario en mítines, encuentros y programas electorales. No es preciso recurrir a las palabras de quien fue candidato principal y hoy preside el Gobierno acerca de su insomnio para sostener que los diputados y senadores actuales han roto de una manera clamorosa ese sutil contrato con sus electores que supone el otorgamiento del voto. Y esto es muy grave en un sistema democrático que tiene muchas imperfecciones pero que está o debe estar soldado por unas reglas de lealtad que son su argamasa misma.

Pero más allá de esta grave consideración ¿no están orgullosos esos diputados y senadores de sus siglas, de su ideario? ¿cómo es posible que toda esa riqueza quede disuelta en el seguimiento acrítico de un dirigente que les lleva por caminos que nada tienen que ver con una socialdemocracia que tanta gloria ha dado a los gobiernos de Europa durante más de medio siglo?

No lo entiendo y me devano la cabeza porque yo mismo estuve al servicio de los primeros Gobiernos de Felipe González como modesto secretario general técnico del Ministerio para las Administraciones públicas y estoy muy orgulloso de esta etapa de mi vida y de aquello que pude aportar a una política responsable, adulta, poco superficial en suma. Me marché voluntariamente (“a petición propia” dice el Decreto de mi cese) cuando pensé que mi sitio estaba de nuevo en mi cátedra. Ese pasado me impulsa a escribir hoy este artículo, estupefacto como estoy porque las sombras de aquel período que a muchos nos desmoralizaron y nos alejaron, sin embargo no han sido capaces de borrar la claridad de sus luces, la brillantez de algunos de sus logros.

Y ello obliga a no permitir a nadie que arruine -a base de inyecciones de frívolo oportunismo y de ignorancia- el nervio socialdemócrata sustituyéndolo por aventuras coyunturales, por el trajín miope de pobres ocurrencias que están comprometiendo el ser mismo de la España constitucional, tal como proclaman con altanería los socios del Gobierno. ¿Qué se diría -pregunto- si se viera a un Gobierno del Partido Popular encogerse ante las imposiciones de unos parlamentarios que fueran hijos o seguidores de los golpistas del 23 de febrero o de aquellos pistoleros franquistas que tantas amarguras ocasionaron?

¿Saben los diputados y diputadas que en la Asamblea Nacional francesa o en el Bundestag alemán (por citar tan solo dos países cercanos) los grupos parlamentarios tienen sus tensiones internas y que sus jefes han de entregarse a encarnizados debates con ellos para convencerlos del acierto de esto o aquello y que al final la disciplina puede romperse y no pasa nada grave? ¿Cómo es posible que aquí el toque del silbato sea el que marque el comienzo del aplauso desmedido o el silbido atronador de los escaños sin que haya ni una sola ocasión en que ocurra lo contrario? ¿no se advierte el carácter gregario e inmaduro de este comportamiento? Y lo que puede ser peor para ellos ¿no ven estos parlamentarios que están arruinando su propio oficio pues el día llegará que los votantes nos cansemos de ver en nuestros representantes cadáveres bien conservados y les enviemos a instalaciones más apropiadas a su lúgubre condición exceptuando al del silbato?

Y la misma interpelación que dirijo a los parlamentarios presentes en el Congreso y en el Senado la reitero respecto de quienes les precedieron o están o han estado en el Parlamento europeo, a las autoridades que lo son o lo han sido en las instituciones de Bruselas, los ex-ministros y los centenares de antiguos altos cargos presentes en los gobiernos socialistas, como secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales o presidentes y consejeros de las Comunidades autónomas o alcaldes que lograron sus puestos gracias a militar en el socialismo español. Ítem más, incluyo a quienes, precisamente por las siglas a las que han servido, están hoy con magníficos sueldos en los Consejos de Administración de grandes empresas o en sólidos negocios a los que en modo alguno hubieran accedido si no hubieran podido presentar la credencial socialista.

De verdad, estas personalidades ¿dónde están? ¿no se les desgarran a diario sus interiores, no pierde el equilibrio su sensibilidad, no se les remueven las conciencias? ¿no sufre su honestidad? ¿no lamentan el zafio patear de ideales y compromisos? ¿no oyen las voces, las quejas, los gritos angustiados de la vergüenza herida?

¿Por qué callan?

Francisco Sosa Wagner



¿Quién gobierna? por Antonio Elorza

Publicado originalmente en El Correo el 7 de diciembre de 2020

El pensamiento de las Luces descubrió un procedimiento eficaz para ejercer la crítica de la sociedad y de su sistema político, sin los riesgos de la frontalidad y con un distanciamiento que reforzaba el valor de las observaciones: el viaje filosófico. Montesquieu patentó el hallazgo con sus ‘Cartas persas’, Cadalso le siguió entre nosotros en sus ‘Cartas marruecas’ y en Rusia reprodujo la fórmula Alexander Radishev en el ‘Viaje de San Petersburgo a Moscú’, sin buen asiático o africano interpuesto. Al carecer de esta red de protección, estuvo a punto de perder la vida en el intento, ya que el libro interesó mucho a Catalina la Grande, quien le acribilló a preguntas y finalmente decidió que le trasladasen encadenado a la frontera china, para ser allí decapitado. Aquí y ahora no existe ese riesgo, si bien tampoco el poder dejaría de dictar su sanción sobre el crítico inoportuno.

Ante todo, el visitante deseoso de entender qué ocurre en nuestra vida política se quedará perplejo. Estaría ante una democracia en perfecto estado de funcionamiento, a pesar de la tremenda epidemia. El Gobierno es ejercido por una coalición de dos partidos, con un presidente que corresponde al mayor de ambos, la institución parlamentaria funciona, lo mismo que la libertad de expresión -lejos de los trescientos periodistas encarcelados en Turquía- y los partidos independentistas que como en otros países buscan la fractura del orden constitucional, no solo son tolerados, sino que incluso participan en el área de gobierno, sin que cuenten en un caso sus sanguinarios antecedentes, y en todos que su propósito es acabar cuanto antes con el orden constitucional.

A poco que profundice en la realidad, descubrirá que es imposible deshacer los nudos que hay detrás de ese montaje perfecto. El discurso del presidente proporciona una imagen de firmeza, en ocasiones más de mando que de gobierno democrático. Y sin embargo, bajo ese autoritarismo de fachada, se esconde la acefalia, un evidente caos. El socio menor va por libre, importándole poco la solidez de las instituciones con tal de promocionar su verdadero objetivo político: un imparable ascenso al poder de tipo personal. Ignora las decisiones adoptadas en el seno del Gobierno, la lealtad a las instituciones, y el respeto a los principios de la democracia. Roba protagonismo, incluso conceptos políticos, caso del ‘compromiso histórico’, y construye paso a paso su poder dentro del poder.

Es la estrategia del cuco. Y como Sánchez juega al progresismo, él va más allá, lo que le cuesta poco, lo suyo es incrementar la clientela. Populismo anticapitalista, y lo demás sobra. El ataque a la monarquía le sirve de banderín de enganche, mientras se atiene una y otra vez al guion de ‘Pablo Iglesias arrastra a Sánchez…’. Por fin, en buen maniqueo necesita que la vida política se convierta en guerra política contra una derecha apocalíptica que por mucho tiempo le ha jugado el juego. Cuando alguien como Arrimadas ensaya otro papel, toca aplastarle, con descalificaciones, nunca con argumentos. ‘Progres’ contra ‘fachas’, eso es lo que llamó «disputar la democracia».

Llegada a este punto la observación, ¿qué hace y qué quiere Sánchez ante esa enmienda a la totalidad contra su socialdemocracia? Lo tolera hasta los Presupuestos, como piensan algunos, o es que de veras juega a ese ‘compromiso histórico’ para el desmantelamiento ‘soft’ del actual régimen constitucional, con la triada ERC-Podemos-Bildu ofreciéndole el papel de mascarón de proa. Con palabras dulces, y con las chirriantes de Adriana Lastra, impone el orden en el interior del PSOE, donde nadie se atreve a salirse de la foto. Isonomía proscrita, como para el conjunto del sistema político. Nada dice en cambio ante improvisaciones disparatadas, como la de Ximo Puig, buscando la alianza con el independentismo catalán para «reformar (sic) España». ¿Federación o confederación? A Sánchez no le importa. Tampoco que su éxito con los Presupuestos se haya logrado a costa de no explicar nada sustancial sobre ellos.

Última cuestión, ¿de veras las palabras de Sánchez son suyas? El visitante que contraste sus afirmaciones con las actuaciones reales verá que poco tienen que ver. Desde que tiene a Iglesias por socio/rival, no se trata nunca de informar, sino de convencer mediante el autoelogio y los eslóganes fabricados. Nunca isegoría, información veraz, ni expresión política alternativa. Si en esto tiene éxito, Parlamento y elecciones son simples. Por eso la utopía «que merecemos» se sitúa más allá de 2021.

Lo único seguro es que tenemos delante la máscara de un poder (o dos), que busca perpetuarse, como tantos otros beneficiarios del cansancio de nuestras democracias. El error reside en ignorar que un Gobierno no puede tomar esa distancia abismal respecto de la opinión y las expectativas de los ciudadanos. El consenso democrático acaba cediendo paso al malestar y a la frustración, consecuencias lógicas de que la sociedad pierda todo interés en conocer cuáles son los contenidos de la política que se le impone. Total, no se los van a decir. A corto plazo, la pasividad forzada fomenta la indiferencia y conformismo; en una coyuntura dramática como la actual, puede ser el supuesto de una crisis del sistema.

Antonio Elorza



Aniversario, sin motivo para la alegría. Por Francisco Sosa Wagner

Publicación original en el siguiente enlace

El cumpleaños es ocasión para la alegría y el intercambio de parabienes. El de este año de la Constitución de 1978 no es el caso por desgracia. Sería estupendo que, junto al virus que mata y arruina, también estuviera la Constitución infectada por un virus cruel pero a la espera de una vacuna con la que inyectarse y sanar. Me temo que no sea así.

Vengo sosteniendo desde hace tiempo que la comunidad política regida por una Constitución ha de ser una comunidad «integrada». Sin ella, lo sabemos desde Rudolf Smend, no hay Estado, siendo precisamente la Constitución el resultado de esa comunidad vertebrada. Pues tal Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, que recrea y actualiza los elementos de que se nutre y que es capaz de participar lealmente en la vida y en las decisiones de la colectividad. La aquiescencia democrática es así el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, la sustancia que lo anima y que determina su existencia.

Por eso se trata de una realidad que fluye y de ahí que la legitimidad de la Constitución sea un problema también de fe social, de fe en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos y constituirse en Estado. Tal dimensión se ve muy clara en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en elementos muy afinados, el primero de los cuales es un reparto de competencias bien aparejado, pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus agentes y protagonistas de pertenecer todos a una misma familia o linaje. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, afirmo que las fracturas que alimentan los partidos políticos separatistas que forman parte hoy de la «dirección del Estado» conforman el ejemplo de manual de una Constitución a la que se ha privado ya de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia ordenada y fructífera. Dicho de otro modo, mientras no exista un «credo»» compartido y libremente asumido, un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado y la existencia misma de España, pensar en festejar una Constitución puede ser entendido como un acto de caridad, como quien va a visitar a un pariente gravemente enfermo al hospital, para insuflarle ánimos y ofrecerle un rato de alivio en sus pesares, pero abandonada toda pretensión de milagros.

En España lleva fallando mucho tiempo ese gozne fundamental del Estado que es la «lealtad», conjuro de la desunión y de la fragmentación. Una lealtad que representa el confín más allá del cual se abre otro en el que se extienden la sombra del desconcierto o el germen del despropósito.

Y es en estos elementos del desorden donde estamos cuando advertimos cómo quienes conforman la mayoría parlamentaria que nos gobierna anuncian la celebración de un referéndum de autodeterminación para Cataluña o un futuro republicano confederal para el País Vasco y Navarra o precipitan la aprobación de normas destinadas a liberar a quienes sufren prisión por haber perpetrado un golpe de Estado o se cuestiona la figura del rey. Todo esto es de una gravedad excesiva para poder ser asimilada por un sistema democrático por muy sólido que sea (lo que no es por desgracia nuestro caso).

El ataque al jefe del Estado es quizás el veneno más letal que se está administrando a la democracia española sabedores quienes lo distribuyen de que acabar con la monarquía es acabar con el sistema constitucional de 1978. Produce cierta jovial hilaridad que se descalifique a Felipe VI por no haber sido elegido ¡como si los españoles pudiéramos estar necesariamente orgullosos de las personas a las que elegimos! Olvidan quienes así razonan que en una sociedad política pueden convivir la legitimidad democrática, derivada de los votos, que es la más importante, con otras legitimidades, a saber, la legitimidad técnica o profesional, en la que se basa uno de los poderes del Estado, el judicial, a cuyos miembros no elegimos, sino que son seleccionados por sus conocimientos jurídicos. Y, en fin, otra legitimidad cuya razón de ser es preciso buscar entre los renglones de un relato antiguo, cubierto por telarañas, encorvados sus protagonistas a veces bajo el peso de la historia, un paisaje en el que conviven inevitablemente la decencia con la indecencia de tal manera que puede afirmarse que apenas hay una monarquía ¾¡pero tampoco una república!¾ cuyos orígenes y andadura puedan justificarse en conciencia. La historia nunca ha conocido la virginidad.

Todas estas maniobras de los socios del Gobierno destinadas a barrenar el edificio constitucional serían una nota a pie de página si el PSOE, mayoritario y con amplias raíces en la sociedad española, no los hubiera llevado al texto principal. Y ello ha ocurrido porque en el PSOE, a ver si nos aclaramos de una vez, se ha producido una mutación («mudar: dar otro estado, forma etc», DRAE).  No es la primera: a finales de los setenta del pasado siglo Felipe González y Alfonso Guerra mutaron al PSOE del exilio en un PSOE claramente comprometido con la socialdemocracia europea tradicional. Ahora,  Pedro Sánchez ha transformado (mutado) ese PSOE en algo distinto, apoyado, ya sin máscaras ni mascarillas, en los tradicionales enemigos del socialismo democrático. Sin que -salvo excepciones- se aprecie reacción a este perverso y burdo truco de magia.

La tesis que sostengo es que a la mutación del PSOE, clave en la vertebración de España, seguirá la mutación (¡ojo, no la reforma ni la derogación!) de la Constitución de suerte que en poco tiempo no quedará de este texto, cuyo aniversario ahora nos convoca, ninguno de sus elementos apreciables.

Para el éxito de esta operación es preciso contar con la cobardía de muchos. No faltará.

Francisco Sosa Wagner



Cartas y manifiestos liberales por Nicolás Redondo Terreros

Publicado originalmente el 19 diciembre 2020 en El Mundo

Diferentes líderes políticos firmaron en la capital de Bolivia una suerte de manifiesto germinal, iniciando una concertación internacional de claro espíritu iliberal y populista. El lamentable texto, que posee la misma altura ética, política y literaria, fue rubricado por dos influyentes políticos españoles: José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente de España y ferviente partidario del régimen bolivariano liderado por Nicolás Maduro, y Pablo Iglesias, vicepresidente del actual Gobierno de España.

La naturaleza, el espíritu y los objetivos del texto se traslucen con la fuerza de todo lo grosero en el último párrafo: “Reunidos en La Paz con motivo de la toma de posesión de Luis Arce como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, país que se ha convertido en referencia internacional de la respuesta ciudadana al golpismo, los firmantes de esta Declaración, gobernantes, ex presidentes y líderes progresistas en nuestros respectivos países de Iberoamérica y Europa, afirmamos nuestro compromiso histórico de trabajar conjuntamente por la defensa de la democracia, la paz ,los derechos humanos y la justicia social frente a la amenaza que representa el golpismo de la ultraderecha”.

No se fijen ustedes en las comas o en la carencia de puntos; no se fijen en la sintaxis, en el orden de las palabras, ni siquiera en la falta de gusto literario. Cierto que uno escribe como lo que es; y, en este caso, el desorden, el caos, el infantilismo del texto nos describe con exactitud radiográfica la ideología de los abajo firmantes. Tampoco se detengan en el autobombo de algunas frases como la que escriben sin sonrojarse -“confirmamos nuestro compromiso histórico”- ni en la necesidad perentoria de definirse ellos mismos “progresistas”, elogio que en realidad casi siempre supone una clara declaración implícita de lo contrario: nostálgicos regresistas, enlazados a quimeras pretéritas y fracasadas.

No hará falta que les aconseje, cuando lean que el “compromiso histórico de lucha es contra el golpismo de la ultraderecha”, que se pregunten la razón de no extender su justa medieval a las dictaduras de extrema izquierda o a las de origen religioso. Automáticamente les asaltaran sin remedio algunas preguntas: ¿No les parecen igualmente repugnantes? ¿les deben algo a determinadas dictaduras? ¿la omisión significa que las justifican y las apoyan?

Deténganse, por favor, en una clamorosa omisión que delimita su “histórico” compromiso. Lucharán, escriben, en combate sin igual en la historia de la humanidad, por los derechos humanos, la justicia social, y la paz. Pero advertirán que en esa breve lista de objetivos celestiales no mencionan la libertad. No me extraña, porque en ese acto germinal están creando la internacional iliberal. La libertad que nos convierte en ciudadanos no es imprescindible para ellos, la entienden como un trampantojo para encubrir el dominio de los poderosos. En realidad, el voluntario olvido del principio de libertad individual expone impúdicamente el conflicto que supone para ellos armonizar la justicia social (que podríamos traducir por igualdad) y la libertad individual. La libertad fue y sigue siendo la diferencia sustancial y excluyente entre ellos y los socialdemócratas. Porque para estos no hay libertad sin una igualdad suficiente y no hay igualdad digna sin libertad individual. El fracaso de los que se preguntaban cínicamente para que servía la libertad se realizó ante nuestros ojos en gran parte de la Europa Oriental: en la RDA tuvieron que construir un muro, no tanto para impedir que se beneficiaran del milagro comunista los alemanes occidentales y el resto de la humanidad, sino para que no huyeran los desgraciados e involuntarios beneficiarios.

El grupo firmante de la declaración de La Paz, formado por laclausianos, peronistas indigenistas identitarios y populistas de diversa laya, se comporta en realidad como lo han hecho los comunistas desde su origen. Siempre han buscado y han encontrado personajes que confundan, que hagan dudar a los grupos sociales a los que se dirigen; rostros que les permitan afirmar que no es una acción o una organización o un plan comunista. Sus intenciones últimas, de la misma forma, siempre han estado escondidas en rimbombantes declaraciones, que en el pasado eran la paz mundial, la emancipación de los pueblos, el internacionalismo proletario, trampantojo que encubrió desde el principio la vocación imperial de la URRS, llegando cuando fue necesario a pactar con Hitler. Hoy sus oscuros objetivos ideológicos se encubren en un amplio recetario identitario, mezclado con un conflicto social, que desborda los límites institucionales de los conflictos de clase, que fueron transformados en hechos constitucionales por las democracias social-liberales, y que permitieron impulsar un largo periodo de nuestra historia, caracterizado por la paz social, la igualdad de oportunidades, la libertad individual y el progreso.

Parece que al manifiesto de La Paz se le ha concedido poca importancia, pero solo con los firmantes de esa desbarajustada carta se define una zona geográfica muy amplia y un grupo de países convertidos en una base económica muy poderosa para influir y consolidar sus respectivos gobiernos o extenderse por donde puedan. Su capacidad de influencia se basa en la pobreza de los países en los que han triunfado, su poder en la arbitrariedad, su peligro en la ignorancia y su éxito dependerá de nuestra ceguera.

Unas semanas antes otros personajes, en el otro extremo ideológico, hicieron pública la Carta de Madrid. Capitaneados por dirigentes de Vox, tampoco les podríamos encuadrar en ninguna de las internacionales ideológicas que han dado estabilidad, progreso, justicia y libertad desde el final de la II Guerra Mundial. Cierto que aventajan a los bolivarianos en la limpieza sintáctica y en la contención política. Pero quienes la suscriben son jinetes que cabalgan desesperadamente hacia el pasado, huyendo de un futuro que no comprenden y que les atemoriza. Así, los que han logrado pisar la moqueta mullida del poder de sus respectivas naciones se han parapetado en democracias sin democracia, con líderes autoritarios y con propuestas políticas nacionalistas e iliberales.

El largo periodo de progreso y libertad iniciado con el final de la II Guerra Mundial nos hizo olvidar las tragedias del siglo pasado y hasta creímos que los viejos fantasmas ideológicos habían sido derrotados para siempre. No supimos entender que nada es derrotado para siempre en la historia, como nada ha sido conquistado definitivamente.

De otra forma, adaptadas a nuestro tiempo, las ideologías nacionalistas, comunistas y populistas, han vuelto a enseñar su tenebroso rostro y volvemos, como entonces, a disminuir ciegamente su peligrosidad. Vuelve el combate, en esta ocasión entre la democracia representativa y la basada en la voluntad popular expresada directamente, entre la democracia social-liberal y los iliberales, entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, entre la ley y la arbitrariedad, entre la laicidad y el fundamentalismo religioso. Estos serán, más o menos atemperados, con fuerza diferente en unos Estados y en otros, los ejes políticos del futuro próximo. Los que llamamos iliberales, de izquierdas o de derechas, han ganado terreno ante nuestra incapacidad de ver claramente lo que no entendemos.

La política española sufre parecidos rigores extremistas a los de algunos países vecinos y amigos, aunque, debe decirse, con mayor intensidad y con consecuencias más graves para nuestra vida pública. Esta triste realidad es consecuencia de una gran debilidad institucional, tal vez con la excepción de la monarquía representada por Felipe VI, y también de la elevación al Gobierno de partidos que impugnan la Constitución del 78 cuando no la mismísima soberanía nacional.

De esta forma se ha ido polarizando la política española. La estrategia de acoso a las instituciones democráticas promocionada por Pablo Iglesias (una de las rutilantes firmas del manifiesto de La Paz), ha sido contestada por Vox (firmante de la Carta de Madrid), beneficiándose ambos: los de Podemos rentabilizan su posición en el Gobierno para llevar a cabo sus campañas de propaganda anti-sistema, olvidándose de la responsabilidad de gestionar que impone la presencia en cualquier gobierno; los de Abascal aumentando su saco de votos con un discurso apocalíptico.

Esta realidad no nos debe llevar a ese pesimismo tan conocido a lo largo de historia y que tanto daño ha hecho a la vida nacional. No son pocos los que ven, en esta crisis de muchas caras, la evidencia de la sempiterna incapacidad española para la gestión razonable del espacio público. Sin embargo, estos últimos 40 años de libertad y progreso, de mirar al mundo sin complejos, de descentralización política, son la mejor enmienda que podemos realizar a tantos pesimistas profesionales. Como siempre, las soluciones, las rectificaciones, muy necesarias, dependen de nuestra capacidad de llevar a cabo sencillamente lo que podemos hacer. Los españoles no somos esclavos de un trágico e inevitable destino, si ejercemos nuestra responsabilidad ciudadana, que pasa fundamentalmente por la crítica severa, no nos podrán arrebatar el futuro ni cartas ni manifiestos.

Nicolás Redondo Terreros fue secretario general del PSE.



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