El interés público de lo privado

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Sólo ficciones, subjetividades e inexactitudes, por Javier Marías

Publicado originalmente el 4 de Julio de 2021 en  El País

Relatar cabal y verídicamente la existencia de alguien es vano y quimérico, o como mínimo exige grandes dosis de credulidad

A raíz de dos artículos recientes aquí (La industria de la maledicencia y Los calzoncillos de Conan Doyle), un autor me discute educadamente, en su revista Deliberar, los argumentos que en ellos expuse. Bien está. En uno de sus textos, sin embargo, asegura algo que me causa perplejidad. Como no creo que mienta, le contesté privadamente que no recordaba lo que me atribuía: “Marías saludó con entusiasmo” la publicación de la correspondencia privada entre Juan Benet y Carmen Martín Gaite, “cuya lectura recomendaba tras compararla a la fantasía de mirar por la cerradura lo que hacen en su habitación papá y mamá”. Y añade: “Cuando le recordamos” (a mí, se entiende) “sus frecuentes condenas a la publicación de confidencias privadas respondió sin inmutarse: ‘Claro, pero me refería a las mías”.

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Javier Marías


La relevancia de la intimidad, por José Lázaro

En un segundo artículo que enlaza directamente con “La industria de la maledicencia”, “Los calzoncillos de Conan Doyle” (El País Semanal, 25 de abril de 2021), Javier Marías aclara, amplía y centra sobre las correspondencias los argumentos del primero. Su tesis es que “La verdad de un escritor solo reside en sus obras consentidas” y “la obra es solo lo que ese escritor da a conocer en vida, voluntariamente y más o menos en plenitud de facultades”. No habría más razón que la curiosidad malsana en el deseo de conocer intimidades biográficas o confidencias privadas, piensa. Nadie tiene derecho a conocer del prójimo nada más que lo que cada uno decida voluntariamente dar a conocer.

Pero este planteamiento, que lógicamente no se puede limitar a los escritores, implica que todo estudio biográfico es inviable e ilegítimo, que sobre una vida ajena no se debe conocer más información ni versión que la aportada de forma deliberada por el interesado, como por ejemplo la contenida en las memorias escritas y publicadas por la persona en cuestión. Lo cual es casi como decir que el juicio que nos hagamos sobre alguien debe estar basado sólo en lo que dice de sí mismo, prescindiendo de cualquier conocimiento que nos pueda llegar por otras vías y de toda inferencia que podamos hacer sobre la base de la observación.

Marías califica su postura de anticuada, lo cual no tendría, en mi opinión, nada de malo. El problema es que nos coloca en la posición de un policía que tuviese que resolver un crimen prescindiendo de todos los testimonios y pruebas que no fuesen la declaración del acusado, o un médico que tuviese que diagnosticar a sus enfermos por los síntomas que cuentan y sin poder realizar ninguna exploración o prueba complementaria. Y esto no solo anula la posibilidad de desmentir los engaños intencionados, también desprecia el hecho de que toda mente humana es una fabulosa máquina de elaborar —consciente e inconscientemente— argumentos favorables a nuestros intereses y deseos, explicaciones justificativas de nuestras conductas y razonamientos que adjudican a los demás nuestros fracasos.

Muchas veces se atribuido a hechos biográficos el origen de una obra artística, y muchas de esas atribuciones son sin duda disparatadas o al menos distorsionadas. Pero otras muchas veces la personalidad y biografía de un autor son lo único que nos da las claves para entender el sentido de una novela o pintura, iluminando a la vez la comprensión artística y la comprensión humana del artista. Los estudios biográficos son parte valiosísima del conocimiento histórico concreto, pero son también del mayor valor para la comprensión genérica de las conductas, a primera vista opacas, características de nuestra especie.

Si en el comentario anterior yo me refería a la correspondencia entre Benet y Martín Gaite, en su segundo artículo es el propio Marías el que se refiere a su correspondencia con Benet. Rechaza, naturalmente, la posibilidad de publicarla, aun reconociendo su enjundia intelectual y literaria (que modestamente focaliza en las cartas de Benet). Pero añade un matiz esencial pues afirma, sobre sus cartas en general, “que no deseo que se publique ninguna, de momento al menos, y mientras esté en mi mano autorizarlo o impedirlo”. La referencia al futuro abre una perspectiva que puede matizar de forma decisiva la cuestión y abrir paso a soluciones prudentes y sensatas. Lo que hoy es una indiscreción lesiva puede ser un valioso dato histórico dentro de doscientos años. Resulta muy irritante, y sospechoso incluso, el escritor que encarga a su mayor admirador que destruya los manuscritos inéditos a su muerte. ¿Por qué no lo hizo él mismo antes? ¿Qué sentido tiene encargar esa tarea precisamente a una persona que valora muy positivamente los textos?

Nada hay más lógico y legítimo que quemar papeles cuya difusión se piensa que produciría un daño y no un beneficio. Freud solía hacerlo de vez en cuando y aseguraba irónicamente que era para dar más trabajo a sus futuros biógrafos. El hecho es que la destrucción de fuentes informativas ha impedido siempre que se puedan conocer las razones y el sentido de hechos antiguos muy relevantes. Hay una solución equilibrada y conocida: establecer una fecha futura en que esa publicación seguirá teniendo valor cultural, quizá habrá aumentado incluso su significación histórica, pero ya no podrá dañar, al menos personal y directamente, a las personas aludidas en ella. Es impresionante la forma en que la publicación póstuma de diarios y cartas, decidida (o al menos no impedida) por Sartre y De Beauvoir, transformó la imagen póstuma que conservamos de ellos, y no precisamente para ennoblecerla. Pero una al menos de sus víctimas emocionales reaccionó a aquella publicación mostrando públicamente todo el dolor que le había producido y reprochándoselo a sus antiguos amantes en otro libro… que sería interesante saber que supuso íntimamente para su autora. Tal vez sea cierto que la confesión de los pecados tiene un efecto positivo para el alma del pecador, incluso aunque fuese ateo y la confesión tardía. Otra cuestión es la de los daños colaterales.

Hay una gran nobleza en las intenciones manifiestas de Javier Marías al adoptar la estricta postura que adopta. Pero sus consecuencias conducen a dilemas complejos teñidos de sentimientos ambivalentes. No suele ser fácil de encontrar el punto de equilibrio exacto entre el noble deseo de conocer y las consecuencias dañinas de las revelaciones imprudentes.

José Lázaro


Los calzoncillos de Conan Doyle, por Javier Marías

Publicado originalmente el 25 de abril de 2021 en El País

Un editor veterano ha encargado la publicación de su correspondencia con colegas, autores y agentes. En el elefantiásico reportaje que una revista dedica a tal acontecimiento (16 páginas) figura una también larga entrevista, y en ella el editor dice que “es una lástima” que yo no quiera publicar mi correspondencia con él. “A mí me encantaría”, añade, “pero a él parece que no. Sería muy interesante, en especial” para mis lectores. En tan breve cita, el hombre se equivoca dos veces, pero a eso iré luego.

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Javier Marías


Virtudes de la indiscreción, por José Lazáro

Con firmes argumentos deplora Javier Marías, en su artículo “La industria de la maledicencia” (El País Semanal, 18 de abril de 2021) el gusto popular por el chismorreo malintencionado (y también su versión culta, como son los casos, que él cita, de las “memorias póstumas” elaboradas con la correspondencia privada de Jaime Salinas, las de Marsé o los juicios —estos prepóstumos—  de Caballero Bonald sobre sus colegas).

Los argumentos de Marías tienen dos características poco frecuentes que invitan a deliberar con ellos: son siempre agudos y además claramente personales, nunca repiten discursos estereotipados sino que elogian o critican por su cuenta y riesgo. Esta es la razón de que sus homilías dominicales, que a muchos irritan, a otros nos sirvan ante todo como estímulo para intentar hacer lo mismo: pensar por nuestra cuenta. Y el pensamiento deliberativo, sea oral o escrito, siempre empieza por buscar argumentos razonables que oponer a los del interlocutor para intentar que del encuentro entre unos y otros broten nuevos senderos, que se bifurquen y podamos seguir avanzando por el inagotable laberinto del pensar.

Toca ahora, pues, buscar argumentos para defender las indiscreciones envenenadas de autores conocidos que se publican con cierto éxito y amplio eco periodístico (sin entrar en las redes fecales que, como apunta Marías, no conviene frecuentar por razones higiénicas evidentes). Y sin olvidar que también podríamos encontrar los argumentos contrarios para apoyar a Marías, como en ese ejercicio de colegios admirables en los que se divide a los alumnos en dos grupos (los que están a favor o en contra de algún tema candente) y se le pide a cada uno que elabore argumentos a favor de las ideas que defiende el grupo contrario.

La primera cuestión que suscita “La industria de la maledicencia” es el tipo de contenidos con que se nutre esa industria, tanto en su versión popular como en la culta. La segunda cuestión es la curiosidad por las vidas ajenas. Y la tercera, los límites entre lo privado y lo público.

Los contenidos de esa rentable industria prácticamente se centran en dos temas: quién se acuesta —o quisiera hacerlo— con quién y quién ataca o despelleja a quién. Sobre ello no dice nada Marías que yo pueda contradecir, así que me limito a mencionarlo y constatar una vez más que Eros y Thanatos acaban siempre apareciendo en el núcleo de todas las pasiones humanas. El deseo amoroso por un lado, y la hostilidad agresiva por el otro, son el objeto predilecto del cotilla, quizá porque son dos grandes pilares sobre los que se apoya toda existencia humana.

Que la curiosidad por las vidas ajenas le parezca a Marías, en general, “algo menos que más comprensible” resulta un poco chocante, sobre todo en pluma de un novelista, que se dedica profesionalmente a ella, llegando incluso a inventar personajes imaginarios para poder escarbar hasta el fondo de sus almas. La curiosidad por las vidas ajenas y su comparación con la nuestra son la base misma de todo trabajo biográfico o histórico y el mejor instrumento que tenemos para avanzar en el conocimiento de los enigmas humanos. Quienes pensamos que Homero, Shakespeare o Proust han aportado a la ciencia psicológica conocimientos mucho más importantes que todas las estadísticas y todas las ratas de laboratorio juntas, hemos de agradecer a la curiosidad por las vidas ajenas el que hayamos podido disfrutar y aprender con textos tan jugosos como los que suele firmar Javier Marías. Y el que esa curiosidad con frecuencia se dirija hacia temas sexuales o agonísticos probablemente sea fácil de explicar por el mencionado protagonismo que el deseo y los conflictos suelen tener en el fondo de las motivaciones humanas.

Pero el tema más sugerente, a efectos deliberativos, es la muralla que Marías defiende entre lo que se dice en privado y en público. A nadie le gusta leer con su nombre en un periódico el comentario cruel sobre un tercero que confió a un amigo en una cena pensando que no saldría de allí. Pero si respetásemos estrictamente la confidencialidad y la voluntad de cada uno sobre sus afirmaciones privadas y escritos inéditos tendríamos que empezar por quemar El castillo, El proceso y toda la correspondencia y diarios de Kafka, es decir, la mayor parte de su obra. Y mandaríamos también a la hoguera prácticamente todas las biografías existentes, junto con los epistolarios. Imagino que Flaubert se quedaría horrorizado si supiese que las cartas que escribía a vuelapluma a su amante por las noches (tras haber dedicado el día entero a corregir un par de párrafos de la novela en curso) acabarían publicadas en la misma colección que Madame Bovary. Pero sin esas cartas no podríamos conocer hoy el fascinante proceso de escritura de esa novela y, desde luego, Vargas Llosa no habría podido escribir La orgía perpetua. Yo pregunto siempre que puedo a la ferlosía por la ansiada publicación de las Guerras barcialeas (que a juzgar por los fragmentos ya difundidos, en especial El testimonio de Yarfoz, son de una calidad muy superior al Alfanhuí y a El Jarama); sin embargo, su autor no quería oír hablar de ellas. Y agradezco a su pareja, Demetrio Chamorro, que le dejase claras las intenciones que tenía: “En cuanto te mueras, lo publico todo”.

El dilema de la discreción sobre las confidencias privadas y los textos inéditos suele cambiar por completo con el paso de los años. Hoy celebraríamos todos el improbable hallazgo de grabaciones con los comentarios que Platón o Dante intercambiaban seguramente con sus amigos cuando el banquete ya había vaciado varias jarras de vino. Y libros como el que Eckermann escribió sobre Goethe o Boswell sobre Johnson (transcribiendo conversaciones privadas análogas a las de Bioy y Borges que Marías deplora) son en la actualidad clásicos consagrados que nos ayudan a conocer y valorar a las afortunadas víctimas de sus indiscretos confidentes.

Un amigo que fue, como Marías, discípulo de Benet, saludó con entusiasmo la publicación de su correspondencia privada con Martín Gaite, cuya lectura recomendaba tras compararla a la fantasía de mirar por la cerradura lo que hacen en su habitación papá y mamá. Cuando le recordamos sus frecuentes condenas a la publicación de confidencias privadas respondió sin inmutarse: “Claro, pero me refería a las mías”. La revelación de cuestiones personales puede ser tan peligrosa para el que es objeto de ella como útil para sus enemigos. Y una característica de las indiscreciones maledicentes —pero también de muchas confidencias inocentes— es que cuantas menos ganas tenemos de que se hagan publicas, más sustanciosas suelen ser para entender las raíces ocultas de nuestras poco transparentes motivaciones. Y para comprender, a partir de ellas, los enigmas nucleares de la conducta humana.

José Lázaro


La industria de la maledicencia, por Javier Marías

Publicado originalmente el 18 de abril de 2021 en El País

Este es un país tan dado a la maledicencia que ha creado una potente industria en torno a ella, y así ha contaminado todo. Todos esos programas y revistas de cotilleos son el alimento diario de una considerable parte de la población. Ahí no hay curiosidad por las vidas ajenas (algo menos que más comprensible, pero bueno), sino voluntad de hacer daño y de ultrajar, despellejamiento nada encubierto. Ese ánimo se ha trasladado a la política y a demasiados ámbitos, y las redes sociales no han hecho sino multiplicarlo por millares. En éstas hay poco más que invectivas, burlas, comentarios malsanos, malignidad hacia cualquiera, sea un particular o muy famoso. Nadie se libra, pero quien se convierte en figura pública está acostumbrado a ser zaherido (también a recibir algunos halagos).

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Javier Marías


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