Elogio del silencio, por Fernando Rivas

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“El silencio es dolorosa intuición de una palabra destinada al otro”,

Edmond Jabès, El libro de las preguntas.

Sin duda el mayor elogio del silencio sería callarnos. Pero en una época como la actual, caracterizada por la sobreabundancia de palabras, imágenes y sonidos que se han convertido en una “ruidosfera” que nos invade, contaminando nuestro ser y quehacer, necesitamos buscar alternativas, y nada mejor que el silencio. De aquí el éxito de todo lo que tenga que ver con esta temática, y más si tiene un halo oriental.

            En nuestro caso vamos a cometer el oxímoron de hablar del silencio basándonos en una tradición diferente, el cristianismo, que, a pesar de estar basado en la “Palabra” de Dios, tiene el silencio como uno de sus elementos fundantes, empezando por Jesús hasta llegar a su clímax en los Padres del desierto.

            Jesús de Nazaret estuvo en silencio no solo, como es lógico, en su infancia (al fin y al cabo “in-fans” significa: “que no habla”), sino que los evangelios canónicos no reflejan ni una sola palabra suya hasta los doce años cuando, según Lucas, Jesús se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres y no solo preguntaba a los maestros de la Ley, sino que respondía a sus progenitores con la típica ironía borde adolescente: “¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49). Normal que no lo entendieran.

Luego volvió a estar callado durante casi veinte años, en lo que se conoce como “vida oculta”, e incluso en el bautismo estuvo en silencio, para que la Voz del cielo pudiera hablar. Será solo cuando la voz de Juan sea silenciada por el tirano de turno cuando la Palabra empiece a proclamar en público que el Reino de Dios está cerca. Una Palabra que nunca será callada por más que lo intentaron sus adversarios, sino que se mantuvo activa hasta su ejecución y su muerte.

Sin embargo, dentro de los diversos silencios de Jesús en su vida activa hay un episodio especialmente relevante. Se encuentra en el evangelio de Juan, en el capítulo octavo, un episodio censurado en muchas comunidades cristianas, que sobrevivió gracias a la iglesia de Alejandría que transmitió esta historia tan escandalosa (intento de lapidación de una mujer pillada en flagrante adulterio) porque en su seno no se realizaban estas prácticas ni condenas.

Frente a la algarabía de los escribas y fariseos, que no hacen más que vociferar para presionar a Jesús a que se decante por una de las dos alternativas de esta trampa capciosa: o perdona a la mujer adúltera, y va en contra de la Ley de Moisés; o la condena, y va en contra del Dios en el que creía (además de la ley romana), Jesús actúa de una  manera sorprendente.

Y cuando todos esperamos que el Maestro que había estado enseñando poco antes en el templo (Jn 8,2), desmontara implacablemente los argumentos de los  acusadores y defendiera brillantemente a la pobre mujer, resulta que  Jesús: “Inclinándose se puso a escribir con un dedo en la tierra” (Jn 8,6, gesto que repite dos versículos más adelante).

Muchas personas han entendido este gesto desde una postura estratégica, a la defensiva: cuando no hay nada sensato que decir, lo mejor es callar. Pero el texto esconde en su interior un doble “abajamiento” (kénosis): espacialmente, al inclinarse, Jesús se coloca por debajo del nivel de los acusadores, asumiendo voluntariamente una situación de inferioridad, compartiendo así la condición de la mujer acusada, mientras los demás están de pie; verbalmente, su silencio es un acto de humillación (el Maestro guarda silencio), que no responde a las palabras ofensivas de sus adversarios.

Sin embargo, esta doble kénosis da como resultado algo imprevisto: mientras el silencio de la mujer la sitúa en clara indefensión, el silencio  de Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, desmonta los argumentos de escribas y fariseos, y vuelve contra ellos la acusación. Frente a la agresividad de los acusadores, Jesús responde con paz y tranquilidad; frente al griterío de los denunciantes, Jesús les invita a mirar en su propio interior: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”, ofrece la  oportunidad para elegir, para quitarse la máscara que todos llevamos.

Y es que, de manera paradójica, la Palabra sabe cuándo hablar y cuándo callar, porque si la Palabra estuviera siempre hablando, el ser humano Jesús no podría escucharla y no habría diálogo ni recíproco enriquecimiento entre ambas dimensiones.

Ya a inicios del siglo II, Ignacio de Antioquía, adaptando una fórmula de sabor gnóstico, nos habla de la “Palabra que procede del Silencio”, A los magnesios 8,1. Se trata de un Silencio primordial, el Padre (aunque la palabra “Silencio” es femenino en el original griego, Sygê), donde el Hijo habría tenido su humus creador, pues sin silencio ninguna palabra es posible.

            Pero serán los primitivos monjes del desierto quienes llevarán este silencio a su mayor plenitud en su dimensión práctica. Así abba Arsenio, al pedir a Dios que le mostrara el camino de salvación, recibe esta triple orden: fuge, tace, quiesce (“huye [de los hombres], guarda silencio y mantente en la quietud”). Y es que es el silencio el que permite al monje estar de verdad plenamente solo y consciente para dedicarse al cuidado de su corazón y al encuentro con Dios, incluso cuando está rodeado de otras personas: “Si guardas el silencio, en cualquier lugar que te encuentres hallarás reposo” dirá abba Poimén en uno de sus apotegmas. Es más, es el silencio el que permite acoger dignamente la Palabra de Dios, que quiere una morada recogida, dirá san Gregorio de Nacianzo.

            Sin embargo, a nadie, ni siquiera a los hombres y mujeres del yermo, se les puede exigir el silencio absoluto, pues callar por siempre es inhumano. Por eso, el silencio no es visto tanto como una obligación, sino como una oportunidad de escuchar mejor lo de dentro y lo de fuera. Y la cuestión será más bien el buen o mal uso de la palabra, como enseñaron a Evagrio Póntico al comenzar su estancia en el desierto: “Cuando visites a alguien, no hables antes de que el otro te pregunte”.

Se ve que lo aprendió bastante bien, porque más adelante escribirá: “Di lo necesario, en un tono convincente y apropiado a las exigencias del oído, haciendo escuchar tu palabra de un modo inteligible y en voz alta, a fin de hacerla llegar agradablemente a los oídos de los que te escuchan. Guárdate de decir alguna cosa que no hayas examinado antes por ti mismo. Guárdate asimismo de esconder, por envidia, la sabiduría a los que no la poseen” (Sobre el silencio).

Pero será abba Arsenio, al que podemos considerar como el santo patrono del silencio, quien resume este consejo en un apotegma sin desperdicio: “Si hablas con tus compañeros, examina tu palabra y, si no es palabra de Dios, no hables”, que completa con otro que también se le atribuye: “Muchas veces me he arrepentido de haber hablado, pero jamás de haber callado” (Apot. Arsenio 40). Aunque en realidad -y siento defraudar a los fans del monacato egipcio- según Plutarco sería un dicho de Simónides, un poeta griego del s. V a.C. Pero hacemos como que esto no lo he dicho.

Será sobre todo el ecuánime san Basilio el que mejor aconseja la manera más correcta de este silencio: por medio de él somos dueños de nuestra lengua, aprendemos a usar rectamente la palabra y nos permite encontrar la paz; en definitiva, tantas ventajas que, salvo casos de auténtica necesidad, “es preciso permanecer callados”, y si hablamos, que sea “con el canto de los salmos” (Reglas breves 13).

En fin, que tanto hablar del silencio no deja de ser contraproducente, por lo que lo mejor será callarnos, no vaya a ser que se convierta en otro de los múltiples ensayos sobre el silencio que tanto pululan últimamente.

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