María Zambrano y Hannah Arendt: la fuerza del pensamiento, por Carlos Javier González Serrano

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María Zambrano (1904-1991) vivió gran parte de su existencia en el exilio. En febrero de 2021 se cumplieron treinta años de la muerte de esta pensadora y escritora –primera mujer en recibir el Premio Cervantes, en 1988, y una de las más grandes filósofas del siglo XX– que se vio obligada a abandonar su tierra, como tantos otros compatriotas, en 1939, tras el fin de la guerra civil española. “Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido”, explicaba Zambrano a los periodistas en sus últimos años. Y ello porque el exilio formó parte no sólo de su periplo vital, sino también de su pensamiento filosófico. De ella dijo el profesor Aranguren: “Si María Zambrano se hubiera callado, algo profundo y esencial habría faltado, quizá para siempre, a la palabra española”. A la palabra filosófica, universal, cabría añadir.

 Y lo cierto es que Zambrano nunca calló. Tampoco, y mucho menos, en su dilatado exilio. Su compromiso con el decir fue siempre firme, una nota que compartió con su contemporánea Hannah Arendt (1906-1975), quien estimaba que la palabra es una de las formas más decisivas de actuar. Las simpatías socialistas de Zambrano fueron patentes; un socialismo que, más que en términos políticos, se manifestó en términos antropológicos: es la sociedad, en conjunto, la que ha de dar la cara en los momentos flacos de la historia, sin desfallecer ante las adversidades (sobre todo, las debidas a los totalitarismos). Los individuos, juntos, pueden llegar a mostrar así un compromiso cívico del que la autora malagueña fue siempre defensora.

En este sentido, el deber comunitario –la responsabilidad por el cuidado de lo común, de la polis– se traduce en una práctica política entendida como ejercicio plenamente humano y no meramente institucional o profesional. El ser humano es el animal que puede alejarse de los imperativos biológicos y puede lograr crear cultura, instancia que nos protege de la intemperie y nos arremolina en torno a ideales. Por eso, defendió Zambrano, es tan relevante el concepto de conciencia histórica, desde la cual asistimos a la dimensión más irrenunciable de nuestro ser: el ejercicio común de la responsabilidad cívica. “Pues el hombre puede estar en la historia de varias maneras –anotaba Zambrano–: pasivamente o en activo. Lo cual sólo se realiza plenamente cuando se acepta la responsabilidad o cuando se la vive moralmente”.  

 No somos únicamente individuos separados y diferenciados, sino también, y sobre todo, personas. Somos “soledades en convivencia”, y “el lugar del individuo es la sociedad”. Su responsabilidad nace de la soledad, del pensar y pensarse en común, pues “nada hay que degrade y humille más al ser humano que el ser movido sin saber por qué, sin saber por quién, el ser movido desde fuera de sí mismo”. Su objetivo fue el de promover una “sociedad humanizada y lograr que la historia no se comporte como una antigua deidad que exige inagotable sufrimiento”.

Tales ideas fueron plasmadas por María Zambrano en su imprescindible obra, de 1958, Persona y democracia, en la que queda puesto sobre la mesa el mencionado compromiso cívico en busca de sociedades democráticas en las que las personas pudieran desarrollarse plena y –sobre todo y por tanto– libremente. Para decidir con plena conciencia es necesario pensar para, después, actuar responsablemente; de ahí que la palabra, el decir, esté tan unido al pensar. Quien cuida la palabra cuida también y a la vez la manera en que esa palabra se dice. Quien cuida la palabra se cuida de cuidar a sí mismo y a los otros.

Tanto María Zambrano como Hannah Arendt, desde sus particulares y tan distintos estilos, trascendieron su propia realidad, mas no para soslayarla, sino para poder convivir con la inquietud que les suscitaba, en una labor constructora del exiliado. Como apunta Olga Amarís Duarte en su fantástico libro Una poética del exilio (Herder, 2021), en ambas pensadoras “el exilio se convierte en un acontecimiento propiciatorio e iniciático que, en complicidad con los tejemanejes de la historia, logra aquello que el místico sólo consigue empezar a vislumbrar tras arduos ejercicios ascéticos”, de manera que “alcanza en el salto abismático hacia lo desconocido un estado total de desarraigo”. Tanto Arendt –con su concepto de “vida desnuda”– como Zambrano –con la experiencia descarnada del exilio– reivindican “la posición privilegiada del límite que se abre en toda crisis para empezar a poner los cimientos de un modo alternativo de expresión y de intelección capaz de comprensión total de la realidad, incluyendo aquellas regiones desterradas”. En esto fueron maestras y, se puede decir, guías espirituales.

Un contundente fragmento de la autora de Vélez-Málaga en su obra citada resulta elocuente y definitivo a este respecto (que, por cierto, lo hermana de alguna forma con el existencialismo de Sartre): “No es posible elegirse como persona sin elegir, al mismo tiempo, a los demás. Y los demás son todos los hombres. Con ello no acaba el camino; más bien empieza”. Si bien los dramas de la historia parecen repetirse una y otra vez, también es posible que pueda darse un cambio de conciencia que resitúe las coordenadas de tales dramas y los haga cada vez más evitables, a la luz de aquella responsabilidad cívica que ambas pensadoras tanto y con tanto ahínco reivindicaron.

Ni en Zambrano ni en Arendt el pensamiento queda petrificado en las zonas etéreas o teóricas de la filosofía. Ambas pensadoras pujaron por tocar el suelo de la realidad, de su particular realidad, para pensarla y, a partir de ese contacto filosófico, emerger en y con la acción. Hay que comprenderlo todo y del todo, aunque no por un gusto fatuo o diletante por lo teórico, sino, más bien, con la mente puesta en la acción que, también y por supuesto, se traduce a veces en el pensar. Pero un pensar sin acción resulta inoperante y vacío. El verdadero pensar contiene la fuerza de la acción.

Una respuesta a “María Zambrano y Hannah Arendt: la fuerza del pensamiento, por Carlos Javier González Serrano”

  1. Me encanto la frase ” somos soledades en convivencia”. Generalmente se hace hincapié en que somos seres sociales por naturaleza. Pienso que nos convertimos en seres sociales principalmente en el núcleo familiar y nunca perdemos nuestra esencia,
    nacemos y morimos solos.

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