Manos, por Pedro R. García Barreno

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1.Declara que, en la elaboración del artículo MANOS, se aceptaron las buenas prácticas de calidad, privacidad y ética, teniendo como referencia el Código de Conducta y Buenas Prácticas que, para los editores de revistas científicas, define el Comité de Ética de Publicaciones y de las revistas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (CSIC).2.Asimismo, amplía los criterios citados para alinear y contribuir a los objetivos establecidos en la «Declaración Mundial sobre la Educación Superior en el Siglo XXI: Visión y Acción» (Educación Superior y Sociedad, UNESCO, 2019), particularmente con el artículo segundo: «Función ética, autonomía, responsabilidad y prospectiva».3.Se acoge, igualmente, a las «Recomendaciones sobre el uso del lenguaje inclusivo y no sexista», de acuerdo con la Guía para un lenguaje no sexista de la lengua, CSIC, 2019.4.Asimismo, el autor se adhiere a la política de Acceso Abierto (Ley 17/2022, de 5 de septiembre, de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación. Artículo 37).5.Declaro no tener conflicto alguno de intereses, así como hago constar que el artículo presentado no forma parte de proyecto alguno, ni ha recibido ayuda de tipo alguno.Firmado, en Madrid, a día seis de octubre de 2024.

No era el “último tahúr” de los pianistas, el polaco Arthur Rubinstein (1887-1982) que, al final, incapaz de amoldar sus manos a los movimientos rápidos, adoptó por ejecutar todos a modo de un tempo pausado; decía que al personal le entusiasmaba. También espetó a un afinador: “Déjelo, hombre. Si la gente no se va a dar cuenta”. Tampoco el alemán Wilhelm Backhaus (1884-1969), para mí en la primera fila a pesar de las críticas. No estaba, por supuesto, el soviético Emil Grigórievich Guilels (1916-1985), considerado como uno de los mejores pianistas del siglo XX; ni el ucraniano Vladimir Samóylovich Horowitz (1903-1989), de técnica legendaria, o el soviético Sviatoslav Teofilovich Rijter (1915-1997), célebre por la profundidad de sus interpretaciones y su amplio repertorio. Ni Maurizio Pollini (Italia, 1942-2024), de quién Rubinstein, que presidía el jurado del Concurso de Piano Frédéric Chopin 1960, comentó: “Ese muchacho toca el piano mejor que cualquiera de nosotros”. El ruso nacionalizado español Grigori Lipmanovich Sokolov (n. 1950), que, a los dieciséis años, obtuvo por unanimidad y por sorpresa la Medalla de Oro del Concurso Internacional Chaikovski, que se celebra en Moscú cada cuatro años. Aquella vez, el jurado estuvo presidido por Emil Guilels, pero la decisión nadie la tomó en serio; años después diría Sokolov: “los discos no son fieles. No dan la posibilidad de valorar realmente la ejecución como la interpretación en directo”. No estuvo en el concierto de la Fundación Louis Vuitton, pero tengo su CD que recoge su intervención en el Festival de Salzburgo 2008: “I play only what I want to play”. Interpretó las sonatas para piano en F mayor K280 y K332, y los 24 preludios op. 28 de Frédéric Chopin. Entre los más jóvenes, como el chino Lang Lang (n. 1982), considerado como uno de los mejores pianistas de su generación, no concurrían.

El canal 123 de mi televisión conecta Mezzo. “Originalmente -se lee en Wikipedia- el grupo de France Telévision lanzó en 1992 un nuevo canal llamado France Supervisión. El deporte constituía aproximadamente un tercio de su programación, además de la emisión de documentales y programación dedicada a la música. En marzo de 1998 cambia el formato y su temática, dedicándolo a la ópera, música clásica, la danza, llamándolo Mezzo. Su eslogan: La plus belle des salles de concert. En 1996, el Grupo Lagardère había lanzado un canal dedicado a la música clásica, jazz y músicas del mundo: Muzzik. Los propietarios de Muzzik y Mezzo, decidieron el 7 de diciembre de 2001 fusionar sus canales. El canal nació el 2 de abril de 2002, convirtiéndose en el primer canal temático de música clásica, ópera, danza, jazz y músicas del mundo en Europa.

A mediados del mes de octubre sintonicé el canal 123. Primera sorpresa, el piano utilizado fue un Fazioli. Segunda admiración: unas manos. Son el instrumento ejecutor de un personaje nacido en Massachusetts; el padre originario de Taiwán, la madre de Shanghái. El pianista estadounidense Eric Lu, se impuso en la XIX edición del prestigioso Certamen polaco Internacional de Piano Frédéric Chopin, que se celebra cada cinco años en Varsovia. El jurado está compuesto por tres pianistas consagrados y convocados para la ocasión, y por profesores de prestigio. En la última edición, la XIX, el jurado, de 17 miembros, estuvo presidido por Garrick Ohlsson (n. 1948, en Nueva York), que ganó la VIII edición del Premio Chopin.

El primer ganador, en 1927, fue el ruso Lev Nikoláyevich Oborin (1907-1974). Pollini se alzó con el primer puesto en 1960. El galardón quedó desierto en las ediciones correspondientes a los años 1990 y 1995. Pianistas orientales, coreanos o chinos o con antecedentes sínicos, se han hecho con el premio en sus últimas ediciones: Seong Jin Cho (Seúl, n. 1994) en 2015, y Bruce (Xiaoyu) Liu (n. en París en 1997, nacionalizado canadiense), en 2021.

Tengo, delante, una foto de unas manos entrelazadas: a la izquierda, una mano envejecida pero sana, trabajada, curtida, recia, y, a la diestra, una mano joven, virginal. En el recuerdo, las pinturas al fresco trazadas por Miguel Ángel, en particular el Génesis de la bóveda de la Capilla Sixtina -las manos del creador y del creado-, o las manos dibujando, del holandés Mauritis Cornelis Escher (1898-1972). Por toda la casa hay dibujos de manos; algunas se las llevó mi hijo Riky a su casa. Manos; todas ellas esbozos de Alfonso y de Justo; ambos arquitectos y, sobre todo, amigos.

La mano es la herramienta del alma:

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,

brotan del corazón, irrumpen por los brazos,

saltan, y desembocan sobre la luz herida

a golpes, a zarpazos.

(Miguel Hernández Gilabert, 1910-1942,

 comienzo del poema Las Manos,

en Viento del Pueblo,

dedicado a Vicente Aleixandre y Merlo, 1898-1984).

Ayer noche, de nuevo, manos. Esta vez manos especiales. Manos autónomas; evocan aquellas manos juguetonas, sueltas, de la familia Adams. Manos delicadas, cuidadas, pero fuertes. Dedos largos. Levedad en acción. “He tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades”, escribe Italo Calvino en Levedad, la primera de las conferencias por él preparadas para ser dictadas en las Charles Eliot Norton Poetry Lectures, allá por 1984.

“[…] Hay que desendemoniarse,

liberarse de su peso.

Quien no responde, parece

que nos entiende,

con las piedras, con el viento…”.

(José Hierro del Real, 1922-2002.

Con las piedras, con el viento, 1950).

Pero esta noche -repesco a Italo- no “me parecía que el mundo se iba volviendo piedra”. Todo lo contrario. Por su parte, el checo Milan Kundera (1929-2023), en La insoportable levedad del ser (1984), insiste en que lo vivido ha de repetirse eternamente. Disfrutemos del piano; si es con un perro fiel al lado, mejor.

Manos. Herramientas de Yoav Levanon, nacido en Israel, en marzo de 2004. “No hay una sola forma de tocar. Yo interpreto a compositores que no están vivos. El arte es infinito… Trato de entender lo que quería el compositor para poder interpretarlo y hacerlo mío. Siempre me pregunto cómo sería memorizar un discurso largo… Bueno, una pieza musical cuenta una historia. Hay que entender que, si la obra va por un camino, entonces no irá por aquel otro. Es como cuando uno ve una película y entiende. Como en una sonata, una vez sucede algo y luego se sabes que sucederá de otra manera. Me resulta muy natural leer música y luego memorizarla”. Le había escuchado y perdido la pista, en octubre de 2019, creo recordar, como parte del Ciclo de Grandes Clásicos, organizado por la Fundación Excelentia, en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid. Interpretó el concierto número 1, en si bemol menor op. 23 (1875), de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893), con la Orquesta Clásica Santa Cecilia.

Ayer noche, Mezzo ofreció un recital de Yoav en la Foundation Louis Vuitton, en París. El programa: Variations sérieuses Op. 54 (1841), Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847); Fantasie en do mayor Op. 17 (1836), Robert Schumann (1810-1856); Sonate en si mineur S. 178 (1853), Franz Liszt (Liszt Ferenz, 1811-1886), y Rhapsody in Blue (1924), George Gershwin (Jacob Gershovitz, 1898-1937). “Propinas”: La Valse (1920), Joseph Maurice Ravel (1875-1937), y La Campanella (1838), Niccoló Paganini (1782-1840)-Franz Liszt. Piano: Steinway & Sons. Perfecta compostura, ningún aspaviento. Mínimos gestos, en ocasiones gesticulaciones medidas. Por poner algún pero, en algún momento, indicación al teclado con el dedo índice de su mano derecha (recuerdo de Chico Marx (Leonard Marx, 1887-1961), sobre todo en el “juego” con el piano); la pajarita discretamente caída hacia la derecha, o la utilización, esporádica, de una pequeña toalla para enjugar el sudor facial que ocultaba en el extremo derecho de la caja del piano. Nos acostamos tarde. Mereció la pena.

Levanon bien puede compartir con José Hierro:

“Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría,

  no podrá morir nunca.

  Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría

  no podré morir nunca”.

  (El Muerto, 1947)

***

 

                        Paz y Bien.

                        Pedro R. García Barreno.

                        Ciudadano.

                        Madrid, 18 de noviembre de 2025.

2 Respuestas a “Manos, por Pedro R. García Barreno”

  1. Me encanto la frase » somos soledades en convivencia». Generalmente se hace hincapié en que somos seres sociales por naturaleza. Pienso que nos convertimos en seres sociales principalmente en el núcleo familiar y nunca perdemos nuestra esencia,
    nacemos y morimos solos.

  2. Imperdible este comentario de C. Serrano sobre estas autoras.
    Me hubiera gustado trasladarlas a este 2021, pandémico, cansado, autoexplotado, como dice B. Hul Chang, para que arrojaran su luz sobre esta sociedad agobiada. Necesitamos que todos los filósofos, antropólogos y escritores se sumerjan en esta transición que estamos viviendo antes que el hombre pierda totalmente la conciencia de sí.

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